LOS RÍOS DEL AIRE
Mágico Sur
10
Te recuerdo, Amanda
Al día siguiente fuimos a buscar a la Amanda.
El viaje por el río Valdivia en la lancha de Ramón fue triste y silencioso. La Amanda no decía nada, estaba demasiado callada y eso no me gustó para nada. Mi hermano Samuel estaba a su lado durante todo el viaje, pero no conversaron, solo estaban juntos y tomados de la mano. Yo comencé a sospechar que algo grave había pasado, nada de eso era normal, y el propio Ramón parecía notar la tensión en el ambiente.
Desembarcamos antes de llegar a Niebla porque la Amanda se había mareado mucho, y ahí fui a confrontar a mi hermano. Sólo quería que me dijera por qué ella estaba de ese humor, y me gritó que no debía meterme. Yo le dije que sí debía, porque era mi amiga.
Fue provocar el desastre. El Samuel se enojó y comenzamos a discutir, yo nunca he sido muy tranquilo, y el Ramón trató de interponerse y calmar las cosas. Maldita sea, debimos hacerle caso, pero por desgracia no lo hicimos. Por desgracia tuvimos que pelear, y la Amanda gritaba de que nos detuviéramos, y por la cresta que nos tuvimos que detener en ese momento, porque tal vez aún estaría aquí.
Apareció el Hombre de Negro, y la Amanda gritó de puro miedo. Ella salió corriendo, y yo traté de defenderla, enfrentándome a él. no pude hacer mucho, el maldito me dio un combo en toda la cara y quedé aturdido. Cuando desperté, ya estaba oscureciendo, y oía lejos de ahí los gritos de la Amanda y del Ramón. Rápidamente me levanté, me sangraba toda la nariz por el golpe, y cuando llegué junto al Ramón, él estaba tirado, sujetándose el rostro, seguramente por otro golpe. Lo dejé ahí y corrí tras la Amanda.
Encontré sangre, por la chucha, ¡Sangre! Y me asusté tanto por ella. Encontré al Aquiles tirado, sin moverse, pero sin sangre, y más adelante, en el agua del río, el Samuel sujetaba a la Amanda y trataba de sacarla del agua. Ella gritaba, y se esforzaba por alejarse de él: vi que estaba salpicada de sangre en su ropa. Lleno de ira, corrí hacia él y le di un combo, y la Amanda se asustó, resbalando al agua. El Samuel me agarró antes de que pudiera ir a sacarla.
Y entonces, el Hombre de Negro apareció en la orilla, y arrojó algo al agua, algo parecido a una moneda. Entonces, se lo juro, surgió un remolino que parecía llegar al cielo. Sí, un remolino. ¡Un puto remolino que parecía llegar a la luna!
Y ella, la Amanda fue atrapada por el remolino, y comenzó a ascender, mientras el Ramón cojeaba hacia allá y lo contemplaba tan asombrado como yo y el Samuel. Y el puto Hombre de Negro sonreía, con los brazos cruzados, sonreía al ver como Amanda cambiaba.
Porque mientras ella ascendía, sí, estaba cambiando. Se iba volviendo algo distinto..., algo plano, como un mono animado, exactamente igual que un mono animado, como esos caballos que salen para las cabras chicas, una yegua de color naranjo, conservando su lindo pelo rubio y sus ojos verdes, y su chupalla se volvió un gorro de vaquero. Tenía una marca rara con forma de manzanas. ¡No se rían!
¡Deje de reírse! ¡Eso fue lo que vi! La Amanda nos miró una última vez antes de ascender al cielo, y el Hombre de Negro desapareció sin que nos diéramos cuenta. Luego el remolino desapareció, y el Samuel, gritando, se lanzó al río, tratando de llegar al remolino antes de que este desapareciera, y cuando no pudo llegar a él, siguió nadando hasta perderse en la otra orilla. El Ramón gritó al ver su gato. Entonces me di cuenta de que yo estaba lleno de sangre.
Luego sólo hubo silencio.
—Primeras declaraciones de Ismael M********, entregadas a un psicólogo del Servicio Médico Legal.
Fui de los primeros en unirse a las labores de búsqueda, por todo el río, por la playa, por los bosques.
Yo nunca creí que el Ismael fuera inocente, y si pudo matar a alguien tan dulce y tierna como la Amanda, él pudo matar a su hermano. Yo no me di por vencido hasta que suspendieron las misiones de búsqueda, y entonces, por la chucha, ahí me entregué a la depresión, a la bebida y a toda esa weá. No podía dejar de pensar en ella. No podía creer que jamás volvería a ver a la Amanda, a la cabra más linda del mundo.
Debe saber, Comisario, que yo aún pienso en ella, ahora cuando comienza la temporada de cosecha rezo por ella, porque esté al fin en paz. En el Cielo ella debe estar feliz, sin ningún drama, sin estar pasando por el sufrimiento que el Ismael le causó.
Pero..., quisiera que estuviera aquí conmigo. La extraño tanto, Comisario, la extraño cada día, y seguro pensaré en ella por el resto de mi vida.
Aún te recuerdo, Amanda.
—Martín U******, en las declaraciones sobre la desaparición de Amanda M********.
Fue doloroso, yo lo sé.
No disfruto siendo el malo de la historia. Mentira, sí lo disfruto. Es divertido. Me encanta vestir de negro, me encanta causar algo de Caos. De donde vengo ya lo tengo prohibido, allá creen que me reformé, que ya no causaré males, y por una amiga mía no lo hago. Pero…, al navegar por entre los universos soy libre, al fin puedo ser yo mismo, al fin puedo disfrutar de lo que me hace feliz. Esparcir el Caos.
¿Es caso culpa mía hacer lo que me hace feliz? No lo creo. ¿Es acaso culpa mía disfrutar de hacer todo eso? Tal vez. Pero si no lo hiciera yo, alguien más lo haría y podría ser mucho peor. Mil veces peor. Un millón de veces peor.
¿Qué pasó con Amanda? Despertó y su vida siguió igual, pues no fue nada más que un sueño, un mal sueño. El premio o maldición que trajo de su mundo florecerá o no, depende de lo que la Princesa me permita hacer. Tal vez pueda liberarla de una carga horrenda. Tal vez no. tal vez ni siquiera esté esperando un hijo, pues lo que pase en su mundo, se queda en su mundo. Y espero que sea mejor así.
Lo cierto es que yo no hice nada. ¿Toda esa sangre? No se la saqué yo. Ni tampoco lastimaría a un gato. Por mi nueva amiga que jamás dañaría un animal. No, todo el causante de aquello fue Samuel. Digamos que no creía ser el padre de su criatura.
Maldito humano estúpido. Ahora..., no sé dónde está. Mentira, sí sé, está buscando como enfrentarme. Cree que puede enfrentarme a mí, un ser de otro mundo, un ser que sabe caminar a través de miles de mundos.
Sí, son tan ingenuos, estos jóvenes humanos.
—Carta encontrada en casa de Ramón Huidobro, firmada por un tal "Hombre de Negro". Análisis de huellas dactilares sugieren que fue leído tanto por él como por Ramón Huidobro.
