¡LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN!
(A EXCEPCIÓN DE LOS OCS)
Agradecimientos.
Byakko Yugure: gracias por tu review. Las citas convencionales pasaron de moda :v Lo de ahora es la adrenalina xD. Melina es vida, Melina es amor :v. Con Trivia pues 7u7, te dejaré la incógnita xd y con lo de Ren, Atha y Samuel, bueno... aquí conocerás a Samuel, bueno, algo. Bueno, Colmillar ya se murió :v, pero me dio cosita matarlo así como así xd Gracias por leer.
Todd Zootatonix: gracias por tu review. No, no moriste :v y con lo que te tengo preparado pues, ¡prepair your cora! :v Con lo de Colmillar, pues bueno... la idea era que tocara feeling para la parte siguiente 7u7 es decir, el Melina :v Duro contra el muro :v Y prepara el cora porque a nuestra pareja del alma le vienen tiempos oscuros :v. Gracias por leer.
The Chronicler Fox: gracias por tu review. Jajajajjaja :v El pelapapas es el arma más mortal del mundo terrenal, pero no le llega a mi arma intangible ¡El dolor! :v Y como tu mataste a quien-tu-sabes (no, no es Voldi :v) has de conocer el peso de dicho poder xD Y con lo de Ren pues... si te refieres a Iva, la acertaste xD. Gracias por leer.
barnywiller: gracias por tu review. Teorías everywhere. Duke es la polla con cebolla :v. Baia baia baia, la segunda persona que nota el collar ¿Estarás en lo correcto o no?. Melina is love, Melina is life. Era obvio que seguían vivos xD. Y por lo último :v Matar personajes no es malo, es una forma de arte :v
AldoJDC97: gracias por tu review. Me alegra que te guste, y con lo que viene después 7u7. ¡Prepárate :v!. Gracias por leer.
arturven: gracias por tu review. Me alegra que te guste y espero que este capítulo también. Gracias por leer.
Sin más que agregar, los dejo con el capítulo.
X
Samuel Burnie
Downtown, Central de la ZPD. Lunes 10 de marzo, 8:24 h.
Transcurrieron dos días desde todos los eventos y lo que tenía a Judy vuelta un ocho era James. No había tenido noticias de él ni de Lupa. ¿Les habría pasado algo? No, no podía pensar eso, debía mantenerse positiva o si no su investigación se vería afectada. No podía inmiscuir sus problemas sentimentales o familiares con su trabajo… aunque lo que hizo James estaba relacionado con la investigación.
Se tiró de las orejas, ofuscada y desesperada.
Suspiró, relajándose. Ahora sólo había que centrarse en lo sucedido. Y eso no era precisamente un lecho de rosas. Los disturbios en Plaza Sahara, el escape de Bellwether y la pérdida de Colmillar y Van der Welk.
No tenía casi información de ellos que fuera sólida. Sabía que una de sus integrantes, una jirafa de alias Pomona había muerto en el incidente de la mansión. Que otro de sus miembros tenía como alias Jano y era un zorro de mármol, sería un buen dato si en la ciudad no hubiera más de cinco mil zorros de mármol repartidos por todos los ecosistemas; era como buscar una aguja en un pajar.
Meloney le contó sobre Belona, y, como con Sabrina, que ese animal había ido casi con todo el cuerpo cubierto, dejando ver únicamente sus ojos, de un color oro. ¿Qué iba a hacer con eso? No podía ir por la ciudad revisándole los ojos a todos los depredadores hasta encontrarla. Era… era un camino sin salida. Aunque algo que ella pudo notar en su hija fue que cuando habló de Trivia, una hiena, parecía como resentida o enojada.
Además, ella le había entregado una carpeta con tres fotografías: una de un jaguar y dos de dos lobos distintos. No les prestó mucha atención, la verdad.
También sabía que la causante del disturbio fue una pantera negra, pero de ahí, más nada. Y sabía que Gratión, o como se hacía llamar ahora, Diana, es miembro de ellos, y el tigre blanco también. Por lo menos ellos dos eran ese hilo minúsculo de luz entre toda esa oscuridad, porque de Diana conocía su nombre y podía imprimir una orden de búsqueda, sumado a que el tigre, Término, era un objetivo sencillo. Los tigres blancos son algo demasiado poco usual en Zootopia y eso Judy sabría aprovecharlo.
La puerta de su oficina se abrió con un chirrido, recordándole que tenía que mandar a engrasar las bisagras. Nick entró con dos vasos de papel humeantes de café. No importaba que el mundo se estuviera acabando, se dijo Judy bebiendo un sorbo, mientras hubiera café las penas se aliviaban.
—¿Cómo vas? —preguntó Nick con un tono de voz cansado, a la vez que se sentaba en una silla; Judy se compadeció del zorro que había estado trabajando al incesante ritmo de ella—. ¿Alguna pista?
—No. —Bebió otro sorbo de café.
—¿Y de James?
—Nada tampoco y eso es lo que más me tiene preocupada —reconoció Judy—. Van dos días que no sabemos nada de ellos, ni de Lupa. Eso sólo puede significar…
—Problemas —completó él.
Judy asintió, pesarosa. Ninguno de los dos dijo alguna palabra más. No había nada para decir. No podían alentarse porque sabían que sería mentira, sin información de James la cosa pintaba mal.
Un ruido estridente alertó a Judy, haciéndola estirar ambas orejas al aire, alerta. Seguido del ruido de expresiones sorprendidas y ahogadas. Gritos y murmullos. Judy espiró, molesta y salió a ver qué pasaba.
—¿Qué demonios sucede? —espetó en el borde del barandal, al salir de su oficina.
Lo que vio la dejó sorprendida. Había un tumulto de oficiales apuntando sus almas tranquilizantes a un pequeño animal que parecía arrastrar a otro que lo superaba en tamaño. Judy no podía verlo bien porque los demás oficiales, tigres, rinocerontes, elefantes y demás, le tapaban la visibilidad. Lo que si podía notar era que había sangre por el corredor.
—¡Wilde! —llamó el animal—. ¡WILDE!
Judy reconoció la voz y no lo pudo creer. Bajó al vestíbulo y con varios gritos y órdenes hizo que los oficiales se dispersaran a sus respectivas labores. Ahora que tenía visibilidad completa, corroboró sus sospechas.
Era Duke. Y a su lado había un lobo con las patas cubiertas de sangre y con cortes en varias partes del cuerpo; tenía las patas atadas con lo que parecía ser una especie de alambre. Se sorprendió que Duke casi no hubiera cambiado nada desde la última vez que lo vio, y siendo sincera esperaba que realmente fuera la última. Si se supiera que no había hecho cumplir al pie de la letra la orden de búsqueda que Bogo había puesto en su contra hacía veinte años como pago al favor recibido en el caso de Los Olímpicos, podría perder el puesto, más aún si se enteraba la alcaldesa.
—¿Qué significa esto, Duke? —preguntó Judy, señalando al lobo. Él seguía teniendo ese cuerpo delgado y flexible, de comadreja, y aquellos ojos con locura contenida; lo que sí se notaba era que su cara se veía más vieja, mayor.
—¡Oh, verás, es que pensé en ti y decidí traerte un presente! —respondió, sarcástico—. ¿Qué más puede ser? ¡Es un jodido criminal!, y no cualquier criminal, sino un maldito que debí haber desollado vivo.
Ante esa afirmación, el lobo se tensó, haciendo que los alambres en sus patas le cortasen más la carne. Judy pasó la vista por el lobo, había dos cortadas en las patas que sobresalían de las demás. Dos profundas a nivel del codo, vendadas para que no botara mucha sangre. Frunció el ceño, aquello era tortura pura.
—¿Y bien, quién es este? —dijo al fin.
—El que destruyó mi tienda —afirmó él, dándole un puntapié al lobo.
—Ya va —lo detuvo Judy, alzando las patas y dejando ver sus palmas, en clara señal de alto—. ¿Tienda? ¿Tú tienes acaso…? —Se quedó perpleja mirando a la comadreja—. ¿Era tú tienda la que destruyeron?
—Gran deducción, coneja. —Duke rodó los ojos.
—Pero…, pero la tienda estaba a nombre de Elías Thompson —señaló ella.
—Un placer —dijo Duke, tomándose un imaginario sombrero—. ¿Acaso creías que usaría mi verdadero nombre sabiendo que tengo orden de captura que, convenientemente, no han hecho cumplir? —sonrió.
Judy se llevó un dedo a los labios y chistó, indicándole a Duke que guardara silencio.
Pasó la vista por el lobo y suspiró. Un suspiro entre alegre y pesaroso, porque sabía que el causante del desastre de la tienda era un miembro de la SPQR, y pesaroso porque al tenerlo allí, podía causarle problemas. Si llegase a haber algún infiltrado en la policía, como en la última vez, las cosas podrían salir mal.
—¿Y la sangre? —quiso saber.
—¡Oh…! ¿eso? —Duke hizo un gesto vago con la pata para restarle importancia—. Solo son cortes de cuando peleé con él. Y no se va a escapar —agregó.
—¿Por qué?
—¿Ves esos cortes en los codos? —dijo, señalando las heridas—. Bueno, son cortes al nervio cubital. Al cortarlos causan parálisis de los brazos o pérdida de sensación. Creo que es lo primero, porque no los ha movido desde que salimos de Meadows.
Judy miró a Duke con interés renovado.
—¿Meadows? —preguntó—. ¿Acaso estuviste allá?
—¡Oh, sí! —asintió él—. Fui a… cumplir un pedido, y a cobrármelas. Supongo que lo preguntas por la loba y los pequeños, ¿cierto? No sé mucho de ellos, porque estaba luchando con éste, sólo que se fueron a Burrows. La oficial estaba herida. Deberían estar allá.
Se dio media vuelta y se retiró de la comisaría, entre miradas furtivas de los demás oficiales.
Al salir Duke, ella se quedó viendo al lobo en el suelo, gruñendo a cada rato, pero sin poder moverse. Estaría agotado por la pérdida de sangre, supuso. Ordenó a dos de sus oficiales más robustos y fuertes que se llevaran al animal a las celdas y lo mantuvieran vigilado las veinticuatro horas.
—¿Y bien, qué sucedió? —preguntó Nick, cuando ella entró en la oficina.
—Duke —respondió, con una semisonrisa—. Nos trajo a un miembro de la SPQR. Sumado a que ese mismo miembro es el que destruyó su tienda.
—¿La tienda era de Duke?
—Sí —asintió y procedió a explicarle por qué no estaba registrada a su nombre sino a uno falso. Que el miembro del grupo de la SPQR estaba en la celda y también le contó sobre lo de Lupa.
—Ya veo —dijo Nick, luego de un rato—. Por lo menos eso quiere decir que están a salvo. El que los perseguía lo tenemos nosotros, por lo que vendrán o se comunicarán con nosotros tarde o temprano.
—Sí —convino Judy algo más calmada, a la vez que se sentaba—. Con este miembro ya tenemos un punto de partida sólido —suspiró—, pero no me gusta enfrentarme a lo que no sé. Ya nos pasó una vez con los Olímpicos como para que nos pase de nuevo.
Nick soltó un suspiro.
—Tranquila, Zanahorias —sonrió—. No es algo tan complicado si te fijas. Según lo que sabemos son diez Cohortes, por lo que deben de ser miembros. ¿A cuántos y cuáles tenemos identificados?
—Identificados tenemos a Diana y a Bellwether—empezó a nombrar Judy, contándolos con los dedos de sus patas—, de alias conocemos a Belona, Término, Jano, Trivia y Pomona, aunque ésta última está muerta. Y sólo por físico conocemos a este lobo, suponiendo que él sea un cabecilla, y a la pantera del disturbio.
—Nos dan nueve —prosiguió Nick—. Nos falta uno.
—¿Pero quién?
—Ya lo averiguaremos después —la calmó él—. Por ahora hay que pasar órdenes de búsqueda con las imágenes que tenemos. Tendríamos que ir a la prisión y revisar las cámaras para extraer las de Diana, Término y Bellwether.
—La de Bellwether no, Nick. Si la ciudad se entera que ella escapó, reinará el caos. —Suspiró—. Mantengamos esto en secreto por ahora. Y habla con Meloney y Sabrina a ver si pueden ir ellas a la cárcel.
—Están en su semana libre, Zanahorias —rezongó Nick.
—Sí. Sin embargo, sólo podemos confiar en ellas para que no digan nada, ¿no crees?
Nick asintió y sacó su teléfono.
—Ya les aviso, Pelusa —sonrió y salió de la oficina.
Ella sonrió en respuesta y se volvió a sus papeles. Luego de un momento, su celular sonó, al contestar se extrañó, porque eran sus padres. Ellos por lo general no la llamaban cuando estaba en servicio, era siempre en la noche.
—Bueno —saludó, intentando componerla mejor y más relajada cara que tuviera. No quería trasmitirle a sus padres, ya de por sí mayores, sus problemas.
—Judy-dudy —sonrió Stu, junto a Bonnie y, por lo que pudo ver Judy al fondo, eran James y Rachel.
—Papá, mamá. ¿Esos son quienes supongo que son? —quiso saber, ansiosa. Ambos conejos asintieron y les pasaron el teléfono a los chicos.
—Hola, mamá —saludó James, como si nada.
—James —dijo Judy, con cuidado—. ¿Se puede saber qué pasó? ¿Por qué no avisaste? ¿Qué pasó con Lupa?
—Este bueno, verás… —empezó a contarle todo lo sucedido. Lo de la llamada de Rachel, lo de su ida a Meadows, lo de su estancia en la posada, el encuentro con el lobo y las heridas de Lupa—… nada más terminé con una pequeña sutura en el hombro. Fuera de todo eso, estamos bien.
Judy se frotó el entrecejo tratando de calmarse. Al principio cuando James se había ido, pensó que sería cuestión de ir y venir, pero ahora que él le contaba las cosas como fueron, se preguntaba qué demonios estaba pensando James.
«Cosas del amor», pensó Judy. Después de todo, Nick también hizo sus locuras.
—Bien —dijo, estirando la palabra—. Los espero aquí antes de que termine la semana, tienen cinco días. En ese tiempo Lupa puede curarse y ustedes pueden volver, sin embargo, quiero que mantengan la guardia alta. —James asintió tras la pantalla y Judy sonrió algo más calmada—. Y por favor, James Wilde, cuando hagas una locura por amor, avísame antes.
Ella se percató cómo su hijo pegaba un suave respingo y Rachel emitía una expresión ahogada.
—¿Qué? —sonrió Judy, burlona—. ¿Acaso creías que no me daría cuenta? Soy tu madre, James. Si puedo seguirle el rastro a Nico, cosa nada fácil, puedo descubrir lo tuyo —rió.
—Bu-bu-bueno, sólo no le digas a papá —pidió el zorro, apenado.
—¿Por qué?
James la vio como si hubiera preguntado una locura.
—¡Si se lo dice a tío Finnick, pasaré a mejor vida!
Judy hizo un ademán con su pata para restarle importancia.
—No te preocupes por eso, pero recuerda lo que dije, guardia alta porque…
—…no se sabe lo que puede pasar —terminó James—. Si ma, lo sé. Siempre nos lo dices. Y hablando de eso… Lupa nos dijo ayer cuando fuimos a verla que contactaras con un amigo de ella, un tal Samuel. Vive en la Avenida Lionhearth. Un detective privado.
El nombre le sonaba por alguna razón, mas no recordaba cuál.
—¿Para qué? —quiso saber Judy.
—No lo sé, cuando iba a decirme el sedante le hizo efecto —Se encogió de hombros.
Con un suspiro, Judy se recostó en el espaldar de su silla. Miró a su hijo y asintió antes de colgar.
—Me tengo que ir, James —se despidió—. Cuida de Rachel y Lupa. Los quiero. Y por amor a los dioses, hijo, n les vayas a dar un infarto a tus abuelos, que sabes que mama es muy sensible.
—¡La hubieras visto, mamá! —Sonrió como un cachorro—. El abuelo se desmayó cuando nos vio llegar sucios y ensangrentados y la abuela con una orden lo hizo despertar. Parecía un soldado.
—Sólo… —Suspiró dando el caso por perdido, ella sabía que James tomaba todo con una relajación y humor insanos— cuídalos.
—¿Con quién crees que hablas, má?
«Eres igual a él», pensó, sonriendo, y entonces se dio cuenta que no lo había pensado, sino que lo dijo en voz alta, y él la había oído.
—¿Igual a quién? —quiso saber el zorro.
—A nadie, cariño. Adiós. —Y colgó, quedando en la pantalla del móvil el rostro inquisitivo de su hijo.
Se frotó las sienes para concentrase ahora sí en su trabajo. James y Rachel estaban a salvo; Lupa también. Las cosas estaban pintando bien, ahora sólo tenía que continuar haciendo que siguieran de esa manera.
Abrió el folio que le había traído Meloney y revisó con interés, topándose con la razón de que el nombre que le dio James le saltaba conocido, era el que Meloney le dijo que encontró en unas fotos en la casa de Colmillar. Ese nombre había aparecido dos veces: Samuel. ¿Qué tenía ese lobo que ya van dos veces que aparecía? No iba a dejar ir esa sensación que tenía: un cosquilleo que le recorría la espalda. Sabía qué era eso, era la misma sensación que le daba cuando tenía una corazonada.
Sonrió, quizá a lo mejor él tuviese algo que ver. Aunque de momento, se centraría en hablar con la alcaldesa para que le permitiera emitir las ordenes.
—Zanahorias, ya le avisé a las chicas —dijo Nick, asomando la cabeza por la puerta—, me dijeron que irán lo más pronto posible a la cárcel.
—Bien —asintió ella—. Nick, necesito que interrogues al lobo.
Nick le dio un asentamiento firme y se retiró.
Distrito Forestal, mansión en las cercanías del río Moongoose. Lunes 10 de marzo, 11:18 h.
Dan había tenido la esperanza de que cuando comenzaran a cavar el túnel llegaría rápido a la salida; fue todo lo contrario.
Le había costado bastante levantar el piso de madera con la delicadeza suficiente para no mover los escombros cercanos y causar un derrumbe, pero la cosa se puso ruda cuando les tocó cavar. Al inicio todo de maravillas, la tierra estaba húmeda, como en todo el distrito, por lo que cavaron con rapidez, el problema llegó cuando duraron un día cavando hacia los costados y nada que llegaban a una salida.
Sabía que la mansión, o lo que quedaba de ella, estaba algo separada del río Moongoose, aunque no se imaginó que tanto. Llevaban, si sus cuentas iban bien, dos días desde el derrumbe: uno que duró inconsciente y uno cavando.
Estaba impacientándose porque, además de que estar con su enemiga, la captora de su madre y la que lo manipulaba como un títere, la hiena era inexpresiva. No decía nada, no respondía nada, ni siquiera se quejaba de la esquirla de madera que le atravesaba el antebrazo. Era como un robot.
Hubo varias veces que trató de preguntarle sobre hacia dónde iban o por qué no llegaban, y era visto y no visto, porque ella no respondía. Sólo seguía adelante. Tampoco ayudaba el hecho de que el túnel fuese estrecho: amplio como para que se sentaran, pero no lo suficiente como para que caminaran de pie.
Suerte que ella era un animal pequeño.
El brazo le dolía por la herida de bala, que al menos había dejado de sangrar, pero la herida aún estaba allí, abierta, y la fractura de la pata de ese mismo brazo, el hambre lo estaba poniendo de mal humor, y llevar veinticuatro horas cavando un túnel junto a Trivia lo estaba poniendo de malas.
De un momento a otro, ella se tambaleó y se pegó contra la pared.
—¿Qué sucede? —preguntó, de mala gana.
—Nada —respondió Trivia, cortante, Dan notó que respiraba agitada.
—¿Ah, sí? —Dan arqueó una ceja—. ¿Y por qué parece que fueras a desmayarte?
—¿Qué parte de «nada» no entendiste? —espetó, gruñendo.
Dan frunció el ceño y se abstuvo de decirle algo. De lejos podía notar que estaba mal, pero si ella decía que estaba bien, pues, que se muera si eso quiere. Aprovechó y se sentó al frente de ella, arqueando su cuerpo para que tomara la forma curvada del túnel, y logró descansar un rato.
No pasó mucho tiempo, unos diez minutos, logró calcular, y sin embargo, Trivia seguía igual, estaba poniéndose pálida bajo el pelaje y respiraba agitada.
«Lo menos que necesito ahora es que se me muera —pensó—. Si se muere, me muero yo. No puedo seguir cavando con una sola pata.»
—Ya di de una vez qué diablos tienes —soltó.
Trivia le lanzó una mirada mordaz, dejando su característico semblante sin emociones. Eso le dio la pista que necesitaba a Dan, algo le pasaba. Miró la pata en la que tenía clavada la esquirla y ésta daba espasmos sin que Trivia pudiera controlarla.
Era eso, la esquirla.
—Trae —dispuso, tomándole la pata a la hiena y revisando la herida; ella se le quedó viendo entre sorprendida y molesta, pero no tuvo la fuerza para retirarla. Él movió un poco la esquirla, arrancándole una mueca de dolor—. Puedo sacarla si quieres.
Ella no respondió, solo frunció el ceño. Para Dan era raro verla expresar emociones cuando nunca lo hacía… aunque tampoco es que la conociera desde siempre. Quizá ella sea normal a solas o tal vez sea la misma bruja sin sentimientos que es siempre.
No le había soltado la pata, y ella no daba muestras de poder salirse del agarre que le tenía. Cambió la forma de que la palma de ella reposara en la suya a asirla suavemente de la muñeca; era extraño, su pelaje era demasiado suave.
—Bueno, si quieres perder la pata, allá tú —le soltó, enojado—. Pero yo no voy a morir aquí porque la princesa no quiere que la ayuden. O te dejas sacar la esquirla o nos morimos aquí… y no es que nos quede mucho, llevamos dos días sin agua, uno más y morimos como basuras.
—A mí no me hables así porque… —se interrumpió, dando un grito de dolor que le perforó los oídos a Dan; él había sacado la esquirla de un tirón.
—Ya está —sonrió él, triunfante—; ahora sólo debo…
No pudo terminar, porque Trivia quitó la pata, con una mueca de dolor.
—¡Oh, vamos! —se quejó—, sólo necesitas un torniquete y listo. ¡Déjate ayudar, carajo!
—No necesito nada —siseó Trivia—, mucho menos de ti.
—¿Quién es la que propuso cooperar?
Al ver que ella no respondió, volvió a intentar.
—Dame la pata, Trivia —mandó, con el tono de un padre hablándole a un niño pequeño; se sentía extraño hablarle así—. No me sirves desangrada, y lo sabes. Si quieres salir de este miserable hueco, debes cooperar.
Le sostuvo la mirada y, ahora que veía tras ese muro de hielo que había antes y que estaba quebrándose, pudo ver un pequeño brillo de duda y un enorme, enorme lago de tristeza. Se dio una cachetada mental a la vez que se reprendía. «Es el enemigo. Por más vulnerable que parezca, es tu enemigo. No puedes tenerle lástima.»
—¿Dejarás que te ponga el bendito torniquete?
Ella murmuró algo que sonó como «mocoso imbécil» y le estiró la pata. Dan, con mirar por encima, supo que iba a requerir sutura, si no es que una cirugía menor, sin embargo, él no era médico, ni debía importarse por eso tampoco. Rompió un poco de tela de su pantalón y le empezó a hacer el torniquete a la hiena.
—¿Cómo terminaste así? —quiso saber, haciéndole el torniquete.
—Ya te dije —murmuró ella, enojada—. Me cegué, me dejé llevar por la ira hacia Belona y no preví la trampa.
—¿No se supone que Belona es tu aliada? —indagó, dándole la tercera vuelta al vendaje—. ¿Te hizo algo acaso?
Trivia le lanzó otra mirada furibunda, pero Dan ya estaba empezando a acostumbrarse.
—No tengo por qué contarte nada. Eres sólo un niño.
—Tengo veintidós —se ofendió él, apretó más el vendaje sacándole una mueca de dolor a Trivia; sonrió para sus adentros—. Soy un adulto hecho y derecho.
—¿Y qué? —espetó ella—. Yo tengo veinticuatro y para mí eres un mocoso.
—¡No, pues! —teatralizó Dan—. La ancestra, la abuela, la que vio cómo evolucionamos y nos volvimos civilizados.
—Cállate y termina el torniquete —susurró ella, y él pudo oír un dije raro en su voz. Algo que parecía el inicio de una risa.
«Quién diría que los demonios ríen.»
—Listo —anunció; le hizo un último nudo al torniquete y le soltó la pata. Trivia fue a seguir con el túnel, pero al ver que Dan no se movió, arqueó las cejas—. No voy a hacer nada —avisó—. Primero tienes que esperar que la herida repose para que no vuelva a sangrar de golpe con cualquier movimiento. Tocará esperar, no sé, una hora como máximo.
—¿Qué? —La estupefacción de Trivia era hasta cómica.
—Lo que oíste. —Se encogió de hombros—. Ahora siéntate y quédate quieta antes de que sangres como fuente.
Ella volvió a gruñir por lo bajo, con notorio enfado, aunque eso a Dan no le importaba. El hambre y la falta de sueño lo tenían vuelto una furia. Si su madre lo viera ahora pasaría una de dos cosas: o se moría de un infarto al verlo con la pata posiblemente rota y una herida de bala en el hombro, o lo reprendía por tratar de esa manera a una dama.
Una pequeña risilla salió de sus labios. Dama. El día que ese demonio con piel de hiena sea una dama, él terminaría como jefe de la ZPD… y como van las cosas, dudaba que lo volvieran a aceptar. Era un traidor, ayudó a una delincuente y ahora estaban trabajando juntos para salir.
«Es por mi madre —se dijo—, mi familia. Lo demás no importa.»
Sin embargo, por más que lo repetía, más sentía la mirada de decepción de Meloney quemándole la nuca. ¿Quién era ella para mirarlo así? Sólo su madre podía. Ni que…
Ni que fuera su pareja.
Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos de su mente. Debía centrarse en el ahora; lo pasado, pasado.
—¿Cuánto falta para que lleguemos a la zona del río y salgamos de aquí? —preguntó por fin.
Trivia lo miró extrañada, mientras tenía una pata sobre el torniquete.
—Deberíamos llegar en una hora, más o menos —contestó—, pero la joyita quiere que uno descanse para no desangrarme. ¿Qué diablos te interesa mi estado?
—Ahí te equivocas —la rectificó él, alzando un dedo—. Me interesa tu estado.
Ella arqueó una ceja y Dan soltó una risa.
—Eso sonó mal —admitió.
—Ya lo creo —convino ella.
—Lo que quise decir es que me importa que no te desangres, porque solo no puedo cavar para salir. Además…, si te mueres no me podrás llevar donde tienes a mi madre.
—¿Llevarte? El asunto era que te dijera dónde tenía a tu madre, no que te llevaría.
—Pues pasa y acontece que yo no conozco la zona en donde tienes a mi madre, así que me llevas. Te guste o no.
Trivia soltó un suspiro, fastidiada, y miró a Dan, con un renovado brillo en los ojos.
—A cambio de algo.
—Depende.
—Te llevo y la sacas, pero luego me ayudas con algo.
—¿Con qué?
—Me ayudarás a matar a Belona —propuso ella—. ¿Trato?
Dan cerró los ojos, sopesando sus opciones. No conocía el campo ya que él se crió en la ciudad, y dudaba en serio que la ZPD siquiera lo ayudara, por lo que ahora estaba solo, y la que resultaba ser la causante de su calvario, le proponía resolverlo, a cambio de ayudarla a matar a su enemiga.
«Eso puede ayudarte a volver a la ZPD —dijo una voz en lo más recóndito de su mente—. Sería un punto a favor.»
Y tenía razón.
—Bien —asintió él, como estaban las cosas ya no tenía nada que perder—. ¿Qué paso con Belona que la odias tanto?
Durante un largo rato no hubo sonido alguno. Ella lo miró y Dan se percató de que la tristeza que vio en sus ojos seguía allí, sólida y firme. Trivia suspiró.
—Ella mató a mi madre.
Downtown, avenida Lionhearth. Lunes, 10 de marzo, 12:21 h.
Al mediodía, Judy ya se había librado del papeleo para emitir las órdenes de búsqueda y de captura. Incluso la alcaldía les había habilitado mayor presupuesto con tal de que capturaran y llevaran tras las rejas a todos los miembros de la SPQR.
Interrogaron al lobo, aunque al final no les dijo nada, sólo se mantuvo callado durante todo el proceso. La única pieza de información sólida que pudieron sacarle fue la marca que tenía en el antebrazo, corroborando el hecho de que era uno de los diez miembros importantes de la SPQR.
Luego de haber dejado las cosas estables por el momento, Judy siguió la corazonada que sintió con respecto a Samuel. No era coincidencia que Meloney haya encontrado una foto referente al lobo y que, poco tiempo después, Lupa le diga que lo busque. Algo había con él que era importante.
Condujo con Nick por las calles del centro, llegando rápidamente a la Avenida Lionhearth, ya que no quedaba muy lejos de la comisaría. Con sólo el nombre y la dirección de él no iba a ser suficiente para encontrar la casa del lobo, sin embargo, Judy ya había previsto eso y buscó en la red de la policía que tenía los registros de los ciudadanos, a los animales que vivieran en dicho lugar y respondieran bajo el nombre de Samuel.
Y lo encontró. Samuel Burnie, residente del edificio entre la Avenida Lionhearth y la Calle Taiga. Estacionaron en el lugar y subieron a la residencia del animal; el penthouse.
Llamaron al timbre y al poco rato les abrieron. Era un lobo gris, de ojos oscuros y de aspecto intimidante. Llevaba un mono de ejercicio negro, una camisa negra y tenía un fino collar con dos trocitos triangulares colgando como dijes.
—¿Sucede algo, oficiales? —habló el lobo, con voz firme.
—¿Usted es el señor Burnie? —preguntó Judy.
—Efectivamente.
—Soy la jefa Hopps y él, mi compañero, el oficial Wilde. Resulta que tenemos referencias suyas sobre una posible ayuda que nos puede proporcionar para resolver un caso en que tenemos algunos… ejem, problemas —dijo ella—. No es por molestarlo, señor Burnie, pero una de mis mejores oficiales me pidió que lo buscara. Y créame que no lo haría si no fuera por ella.
—¿Y puede saberse quién le pidió que me visitara?
—La oficial Ávila —respondió con vehemencia—. Lupa Ávila.
Con un suspiro resignado, Samuel Burnie se dejó caer los hombros y la expresión intimidante y seria desapareció de su rostro.
—Pasen —los invitó, haciéndoles.
Cuando entraron, Judy se quedó maravillada por el lugar. El suelo era de mármol sólido, de un blanco inmaculado que parecía reflejar el cielo, el techo era en realidad de cristal, con una cubierta que parecía abrirse de manera automática para permitir el paso de la luz; esta vez estaba a medio cerrar, por lo que un sector de la sala, el más cercano al alfeizar de la ventana, pasaba la luz del sol. Había unos enormes muebles mullidos y orejones y varias pinturas colgadas de las paredes.
Algo que intrigó a la pareja fue que la música que había de fondo, suave y apenas audible, era de Gazelle, Try Everything, más específicamente.
El lobo, con un amplio ademán de la pata, los invitó a tomar asiento y una vez que lo hicieron, los imitó.
—¿Y bien, oficiales, qué les dijo Lupa sobre mí? —preguntó.
—No mucho, en realidad —reconoció Judy—, sólo que nos comunicáramos con usted.
—Supongo que es porque soy detective privado.
Judy asintió.
—Bien, en ese caso…
El lobo no pudo terminar la frase porque el piso retumbó con la canción de Gazelle. Judy, como era sensible al sonido, tuvo que replegar las orejas a su cabeza. Fue tan fuerte que se mareó un poco. Samuel bufó molesto y vociferó:
—¡Demonios, bájale volumen! —Al notar que no lo oyeron volvió a gritar, esta vez más fuerte—. ¡BÁJALE!
El volumen se redujo considerablemente, al punto de que pudieron volver a hablar con normalidad.
—¿Hay más con usted? —preguntó Nick, mientras Judy se recuperaba.
—Sí: uno.
—¿Podría hacerle venir, por favor? —logró decir Judy.
—Claro. —Samuel se levantó y caminó rumbo al pasillo que daba a las habitaciones.
Samuel volvió acompañado por alguien que resultó conocido para Judy y Nick. Iba tomado de la pata con él, y el contraste que representaban ambos depredadores resultaba tierno y cómico a partes iguales. La redondeaba y esponjosa figura, ataviada con un albornoz azul, de Benjamín se detuvo al verlos. Abrió los ojos como platos y su expresión relajada y juguetona pasó a una que daba a pensar que quería que la tierra se abriese y lo devorara ahí mismo.
—Oficiales —dijo Samuel—, les presento a…
—Ben —completó Nick.
Samuel Burnie ladeó la cabeza, confundido.
—¿Se conocen?
Un silencio incómodo cobro vida entre los presentes. Ben alternaba la mirada entre Nick y Judy. Mientras que ella lo hacía entre Samuel y él, que seguían tomados de las patas. Su cerebro ato cabos rápidamente, hallando la respuesta… su hija actuaba de la misma manera. Entonces, movido tal vez por querer romper el silencio que había o por la pena, Ben alzó la pata libre y movió los dedos a modo de saludo, con una sonrisa avergonzada.
—Hola, chicos.
