Capítulo 10

Llegando al límite

Fran se estiró lo más que pudo, haciendo sonar varios de sus huesos, tras lo cual respiró hondamente el aire puro y fresco. Había despertado con mucho más ánimo que el día anterior, se sentía optimista y enérgica; debía ser lo que llamaban "el segundo aire". Un sentimiento que al parecer todos compartían, aunque también podía deberse a la belleza de aquella mañana o las promesas de calor que daba el sol.

Aprovechando la tranquilidad del momento y mientras Trancos y Merry se alejaban para revisar la zona más adelante, Michelle sacó su celular y lo encendió, el cual a los pocos segundos vibró por los mensajes. Fran se acercó a su amiga, quién se había alejado un poco, y entonces comenzaron a leer:

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"Hicimos unos descubrimientos increíbles: primero, al parecer todo lo que decimos (con excepción de nombres propios de personas, países y objetos) se traduce de inmediato al idioma más próximo, en nuestro caso el sindarín, el suyo el oestron (creo), sin embargo, aunque entendamos los textos, seguimos escribiendo en nuestro idioma, así que para escribir deberán aprender a hacerlo. También aprendimos a controlarlo para no traducir, ¡es difícil! Y segundo, NUNCA presten una cámara de vídeo a unos guardias, aunque sean elfos… les aseguro, eso no me lo esperaba… de elfos… no diré lo que vi…"

"Maglor es bastante serio y ni les digo cuando se enoja… ya dije que es molesto? es un buen bardo pero eso no le quita lo idiota a veces… si, tuvimos una discusión a gritos y sigo molesta, aunque no comprendo por qué a Maedhros le sorprendió tanto que me negara a obedecer a su hermano, ¿quizá por lo de la voz de mando? Igual, con lo molesta que estaba y ese calor incómodo en mi pecho, ni percibí dicha magia. Sólo espero que me deje de mirar tan fijamente por eso, tampoco es para tanto…"

"Descubrimiento: Elfos + Marcador= risas y persecución."

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Ambas chicas no pudieron evitar reírse a carcajadas, antes de guardar con rapidez el celular tras haber llamado la atención de Pippin, quien obviamente se acercó para averiguar el motivo de sus risas. Tras inventar una excusa, se acercaron al resto para iniciar una agradable conversación mientras esperaban el regreso de Trancos y Merry, quienes no demoraron mucho en volver. El camino era fácil ahora y la marcha fue mucho más alegre que el día anterior, ¡si hasta Frodo se veía en mejores condiciones! Fran casi tenía unas ganas infantiles de caminar dando saltos, cantando en voz alta lo primero que se le viniese a la mente, pero contuvo sus impulsos, aunque sin poder evitar sonreír.

El ánimo duró hasta que Pippin encontró un sendero, en el cual más intranquilos se sentían todos mientras más se internaban en éste… todos excepto Michelle, quien miraba el cielo a la vez que tarareaba mentalmente algunas canciones. Entonces apareció una puerta en una pared rocosa, ante el cual el grupo se detuvo.

— Seguro que quien viva ahí es quien hizo esta ruta —susurró frenética Fran a Michelle, tirando de su brazo para inclinarla a su altura pequeña—, y con nuestra suerte, debe ser alguna clase de monstruo o… quien sabe que más hay en este mundo.

Vivía Fran, vivía. ¿No ves cómo está de vieja esa puerta? Y los matorrales del camino muestran que hace mucho no pasa alguien por estos lugares — le aseguró la morena alta sin perder la calma.

Continuaron su camino, Fran pegada a su amiga tras saber que por allí podía haber troles y Michelle completamente relajada, observando su entorno con ojos soñadores. Por alguna razón había comenzado a imaginar una deliciosa pizza, con múltiples ingredientes sobre su masa caliente y esponjosa… cuando Pippin volvió gritando sobre que había troles más adelante, asustando aún más —si cabía en lo posible— a la pobre Fran. Michelle dio ligeras palmadas sobre la cabeza de su compañera mientras caminaba tranquilamente junto al resto del grupo, y observó igual de impasible como Trancos revelaba que los famosos trolles eran sólo roca.

— Te lo dije ¿no Fran?, hacía tiempo que no había señales de vida en estos parajes, te sobre preocupas demasiado. ¡Relájate un poco y disfruta el paisaje!

— Es un poco difícil cuando estás en peligro constantemente —murmuró la aludida, más para sí misma y haciendo un mohín, al tiempo que volvía a preguntarse cómo había "caído" en esa situación.

— Mejor siéntate por allí y juega con tu piedra rara mientras la comida se prepara. ¡En serio!, si no te relajas, los monstruos serán tu menor problema frente a los colapsos nerviosos o ataques al corazón.

— Está bien, supongo que tienes un punto con eso.

Fue un almuerzo ligero bastante agradable, tras el cual escucharon a Sam recitar un poema bastante divertido que al parecer él mismo había inventado. Entonces a Merry se le ocurrió preguntar a las chicas si podían contar algún poema de su mundo.

— Oh, los nuestros son un poco distintos a los suyos —comentó Michelle inmediatamente, sin muchos deseos de recitar y buscando una salida a esto.

— ¿Y usted señorita Fran? —preguntó Pippin, mirándola con ojos brillantes por la emoción.

— ¿Qué? Oh yo, bueno….

— A mí no me importaría escuchar un poema de su mundo, aún si son diferentes —animó Frodo desde su sitio, con esa sonrisa amable que siempre parecía portar en su rostro.

— Pero yo… yo… —tartamudeó Fran, nerviosa ante la presión, sin deseos de hacerlo pero tampoco queriendo negarse a esas expresiones tan ilusionadas que los hobbits le estaban dirigiendo.

— Si mal no recuerdo, me contaste la otra vez que tuviste que aprender un poema de memoria para una clase ¿no? —agregó Michelle, ocultando una media sonrisa malévola.

— Si pero… ahm… ¿Por qué yo? ¡Tú también podrías contar uno!

— Uf, muy bien, pero primero debo buscar uno que me guste, así que por mientras tendrás que recitar el tuyo —repuso Michelle, cediendo ante su amiga y sacando un pequeño libro, para buscar entre sus hojas.

— Está bien. Pero no se rían ¿eh? —gruñó Fran, bajando la mirada con vergüenza mientras tomaba aire.

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1"Si el sueño fuera (como dicen) una

Tregua, un puro reposo de la mente,

¿Por qué, si te despiertan bruscamente,

Sientes que te han robado una fortuna?

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¿Por qué es tan triste madrugar? La hora

Nos despoja de un don inconcebible,

Tan íntimo que sólo es traducible

En un sopor que la vigilia dora.

-.-

De sueños, que bien pueden ser reflejos

Truncos de los tesoros de la sombra,

De un orbe intemporal que no se nombra

Y que el día deforma en sus espejos.

¿Quién serás esta noche en el oscuro

Sueño, del otro lado de su muro?"

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— Es muy bonito y no recita nada mal, no debería sentirse avergonzada —aseguró Frodo, mientras Fran se tapaba el rostro apenada igualmente.

— ¿Ya encontró un poema señorita Michelle? —preguntó alegremente Merry a la morena con una mirada expectante.

— Si, pero lo diré si dejan, por lo menos a mí, de llamarme "señorita", ya llevamos semanas juntos y me gustaría que me consideraran una amiga.

— Creo que es justo —admitió Frodo asintiendo.

— Bueno, éste me gustó, aunque les advierto que es un poco largo así que lo leeré con el libro si me disculpan — declaró Michelle con una sonrisa, entonces se aclaró la garganta y comenzó:

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2"Si cada hora viene con su muerte

Si el tiempo es una cueva de ladrones

Los aires ya no son los buenos aires

La vida es nada más que un blanco móvil

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Usted preguntará por qué cantamos.

-.-

Si estamos lejos como un horizonte

Si allá quedaron árboles y cielo

Si cada noche es siempre alguna ausencia

Y cada despertar un desencuentro.

-.-

Usted preguntará por qué cantamos.

-.-

Cantamos porque el río está sonando

Y cuando suena el río/ suena el río

Cantamos porque el cruel no tiene nombre

Y en cambio tiene nombre su destino.

Cantamos por el niño y porque todo

Y porque algún futuro y porque el pueblo

Cantamos porque los sobrevivientes

Y nuestros muertos quieren que cantemos.

-.-

Cantamos porque el grito no es bastante

Y no es bastante el llanto ni la bronca

Cantamos porque creemos en la gente

Y porque venceremos la derrota

-.-.-

Cantamos porque el sol nos reconoce

Y porque el campo huele a primavera

Y porque en este tallo en aquel fruto

Cada pregunta tiene su respuesta

-.-

Cantamos porque llueve sobre el surco

Y somos militantes de la vida

Y porque no podemos ni queremos

Dejar que la canción se haga ceniza."

-.-.-.-

— Aquel me ha gustado bastante, tiene un poderoso mensaje —comentó Trancos con un indicio de sonrisa en sus labios, inclinando la cabeza ligeramente en su dirección—, recitas muy bien por cierto.

— Gracias — dijo la morena, inclinando a su vez la cabeza y sonriendo satisfecha.

Tuvieron otro momento más de tranquilidad antes de seguir caminando, hasta que poco a poco comenzó a atardecer. Fran volvía a sentirse de un excelente humor y su andar ligero lo demostraba.

— Parece que la comida y el descanso te hizo bien —señaló Michelle, sin poder ocultar su felicidad y tranquilidad ante el buen humor de su pequeña compañera.

El rostro de Fran se iluminó con una sonrisa, sin rastros del antiguo temor invadiendo sus características. Pero el universo debía tener algo personal contra ella, pues cuando llegaron a un único camino y comenzaron a escuchar el sonido de cascos acercándose, la oscuridad volvió a la mente de la chica, quien del miedo casi se queda congelada en medio de la ruta si no fuera por Michelle, quien reaccionando rápidamente la cogió del brazo y tiró de ella para subir tras del grupo, internándose entre los matorrales y recibiendo varios rasguños en el proceso. Pippin se devolvió y la ayudó a arrastrar a Fran, para cuando llegaron por fin al otro lado, inclinó su cabeza en un agradecimiento silencioso hacia el mediano.

Poco a poco lo que producía ese ruido comenzó a acercarse. Las chicas se asomaron para ver el camino, ansiosas y expectantes, pero en lugar de sombras fueron recibidas por la imagen de un hermoso caballo blanco, cuyo jinete de cabellos de oro parecía resplandecer ante los ojos asombrados de ambas. Inmediatamente tras verle, Trancos salió de entre los arbustos para acercarse al jinete y cuando el otro habló, algo peculiar ocurrió entre las chicas: su lenguaje era claramente diferente y lo percibían, pero por algún extraño motivo, las palabras se traducían en sus mentes casi al instante.

— Creo que a esto se refería Alice con lo de entender otros idiomas —susurró entre dientes Michelle a Fran, al tanto que miraba con ojos como platos a la nueva aparición.

— Si, yo también lo creo, pero me pregunto quién será ese jinete tan extraño y de voz tan… cantarina…

— No sé, pregúntale a Pippin, él debe saber — replicó de inmediato la morena mayor, mirándola de lado con un asomo de sonrisa.

— ¿Por qué yo?

— Le caes bien.

— ¡Tú también! —refunfuñó Fran, mirándola con reproche al tiempo que se cruzaba de brazos, pero finalmente cedió y le preguntó al hobbit.

— Oh, ese es un elfo.

— ¿En serio? Vaya… — musitó Fran maravillada — entonces así son.

— Trancos nos está haciendo señales para que vayamos —anunció Michelle, sin dejar de mirar deslumbrada al jinete.

Todos bajaron con rapidez y fueron introducidos a Glorfindel, quién había venido a buscar a Frodo según pudieron entender, mencionando además que al parecer varios jinetes se hallaban ya cerca de ellos.

Fran se aferró del brazo de la mayor, mirando con paranoia la oscuridad que los comenzaba a rodear por todos lados, mientras su amiga masajeaba su espalda y seguía con la atención puesta en la conversación frente a ella. Necesitaba conocer todos los detalles de la situación, para saber mejor cómo defender y proteger a su compañera. Pero en ese momento se habían concentrado en la herida de Frodo, diciendo que debían seguir el camino sin descansar, pues al parecer la empuñadura era algo muy serio, la verdad no entendía mucho pero supuso que en un mundo como ese, aquel objeto debía estar maldito. Con Frodo ahora montando el caballo de Glorfindel, finalmente pudieron aliviar la carga que llevaba cada uno y ambas chicas soltaron un suspiro de alivio, aunque a pesar de esto no lograron igualar el paso rápido del elfo.

Pronto el sueño los venció a todos, Michelle estaba segura que debían parecer un grupo de zombies y que sólo les faltaba gemir, hasta que por fin al llegar el alba pudieron descansar, entonces las chicas cayeron la una junto a la otra quedando dormidas en el momento. Tras despertar entre dolores y más sucias y desaliñadas que antes, bebieron un revitalizante licor élfico y un escaso alimento, compuesto mayormente por frutos secos, para seguir de inmediato su andar con poco descanso hasta la caída de la noche, cuando ni los hobbits ni las chicas podían continuar ni un centímetro más. Michelle con un terrible dolor de cabeza volteó para ver a Fran, quien observaba aletargada las cercanías, sin energías ni para sentir temor ante la preocupación evidente de los guías. Ambas masajearon sus adoloridos pies, antes de buscar un buen sitio donde dormir que no tuviera rocas.

— Ahora sí que no creo poder aguantar más esta clase de marcha, Michelle —comentó Fran con un nudo en su garganta y lágrimas en las comisuras de los ojos—, quiero dormir, quiero comer, quiero bañarme, quiero… volver a casa y ver a las demás…

— Lo sé, yo también… — admitió la morena mayor, odiando cada vez más la situación y mundo en el que estaban, e intentando sacar hasta la última gota de fuerza y optimismo de su tanque casi seco — pero lo lograremos, ya estamos cerca, sólo debemos aguantar un poco más.

— Lamento ser tan débil — susurró Fran, agachando la cabeza.

— No, no eres débil, cualquiera en tu situación se sentiría igual, yo también estoy harta.

Entonces ambas se tomaron de las manos, antes de caer profundamente dormidas.

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Maedhros ya se había acostumbrado a los peculiares juegos que inventaba el pequeño grupo que protegían. A pesar de esto, aún ocurrían cosas que le sorprendían y le hacían preguntarse si no estaría alucinando como en los malos días de antaño. Aquella tarde había decidido ir al salón, pero en cuanto abrió la puerta… fue recibido por cuatro rostros, que voltearon a verlo lentamente y se lo quedaron mirando fijo; pero eso no era lo extraño.

Marie estaba usando una máscara de caballo y sostenía un pergamino en las manos, Alice estaba vestida de pescado y se hallaba servida en la mesa. Elros llevaba en el rostro una espesa barba falsa, tenía puesto un vestido de princesa rosa y sostenía un tenedor y un cuchillo en cada mano en posición de comer al pescado-Alice, mientras Elrond se hallaba quieto en una esquina, disfrazado de pollo con tutú y medio ocultando el rostro entre sus plumas, seguramente por la vergüenza.

Se quedaron mirando durante largo rato, hasta que Maedhros cerró con lentitud la puerta, sin desviar la mirada de tan extraño espectáculo. Luego se apoyó en la pared e intentó comprender lo que acababa de ver. En ese momento pasó Maglor, quien al ver su rostro le preguntó qué estaba mal, su hermano iba a responderle cuando se percató de algo y en cambio dijo:

— ¿Qué te has hecho en el cabello?

— Oh, aquellas niñas estaban aburridas y decidieron peinarme, sin embargo no hicieron gran cosa —contestó sin comprender su sobresalto, poniéndose de lado para mostrar su cabello amarrado por una sencilla cinta azul a la mitad de la espalda.

— En realidad me refería a… —comenzó Maedhros, señalando el mechón de pelo que ahora caía libre sobre la frente del otro. Los elfos se enorgullecían de sus largas cabelleras, por lo cual era raro que decidieran cortar aunque sea un mechón, a menos que fuera por una extrema necesidad.

— ¡Ah!, sí, eso… Alice lo hizo en algún momento sin que me percatara. Cuando habían terminado y tras pasarme un espejo salió corriendo, alcancé a ver en su mano algo negro y cuando me miré… realmente no sé para qué querría una mecha de mi cabello.

— Mhm. Se te ve bien — mencionó aturdido, sin comprender la tranquilidad con que su hermano mencionó el evento, aunque últimamente había notado que dejaba pasar muchas cosas a ese cuarteto.

— ¿De verdad? —preguntó el cantante, tocando el pequeño y rebelde mechón, que se negaba a ocultarse entre el resto del cabello—. Lo normal y más formal es llevar la frente al descubierto, por lo cual me siento inseguro de llevarlo así, pero no logro tirarlo hacia atrás ahora con lo corto que es.

— A estas alturas no debería importante tanto la opinión del resto, menos sobre formalidades, además tampoco es una obligación. Si te gusta, úsalo y si alguien dice algo, sólo envíalo ante mí —respondió cortante el elfo pelirrojo y mirando hacia un lado, sintiéndose por algún motivo algo irritado ante la inseguridad de su hermano y, a la vez, deseando darle algún tipo de seguridad.

— Gracias, aprecio tu opinión hermano —dijo Maglor con una sonrisa. Los instantes en que Maedhros mostraba preocupación o cualquier otro sentimiento que no estuviese relacionado con lo deprimente o la irritabilidad eran tan raros ahora, que atesoraba cada instante que uno asomada, especialmente si era dirigido hacia él; le traía buenos recuerdos y una sensación cálida—. Por cierto, aún no me dices por qué estabas tan perturbado hace un momento.

— Mira por ti mismo.

Maedhros vio a su hermano abrir la puerta, quedarse largo tiempo mirando el interior, para luego cerrar de la misma forma en que él lo había hecho momentos antes. Maglor comenzó a caminar por el pasillo, se detuvo y volteó a verle.

— No te calientes la cabeza hermano, son niños, dudo que alguna vez sepamos exactamente de qué iba todo ese juego.

Cuando llegó a su estudio, rememorando los eventos anteriores, no pudo evitar recordar algo solo vagamente similar ocurrido en los buenos tiempos, cuando Caranthir perdió en una apuesta y finalmente se lanzó a reír a carcajadas, como no lo hacía desde antes de que Fingon muriese, al comprender todo, entonces negó con la cabeza, todavía sonriendo. "Malditos niños" pensó al mismo tiempo que, discretamente, agradecía su presencia pues, aunque sea por un tiempo, se sentía como si el abismo que le rodeaba desde la Nirnaeth Arnoediad le estuviese dando una tregua antes del final.

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El cansancio general había provocado una especie de crisis nerviosa en Fran, quién ahora no soltaba la piedra de elfo ni para comer. Ese estado pareció empeorar cuando Glorfindel mencionó que los jinetes venían a toda velocidad tras ellos. Michelle simplemente le lanzó una mirada furiosa, mientras tomaba del brazo a su amiga instándola a continuar.

Caía la tarde cuando llegaron a una zona en que el camino se volvía casi un túnel de follaje, con los pinos tapando la poca luz del sol. Fran adelantó a todos en cuanto escuchó un eco de pasos detrás, quedándose quieta junto a la salida, sin saber que hacer a continuación, casi esperando resignada a algo que, intuía, ocurriría en cualquier momento. Michelle se acercó a ella, observando como agarraba con más fuerza la pequeña piedra y empalidecía, al tiempo que su cuerpo se tensaba, lista para correr en cuanto alguien diera la señal. Justo en el instante en que iba a preguntarle que sucedía, Glorfindel gritó para que huyeran y en menos de un segundo, el cuerpo de la menor se movió de un salto hacia delante, bajando con toda la rapidez que le otorgaban sus cortas piernas y sin mirar hacia atrás.

Michelle se quedó patidifusa unos segundos antes de bajar junto al resto, quedando a la altura de Trancos y cuando se le ocurrió mirar de reojo a sus espaldas, su corazón pareció querer detenerse ante la vista de aquellos horribles espectros. Alcanzó a hacerse a un lado cuando los jinetes pasaron a toda velocidad y vio con miedo como su amiga seguía corriendo, ajena al peligro que se acercaba tras ella, hasta que por suerte Pippin, quien estaba más próximo, agarró velocidad y se lanzó contra la chica, impidiendo que fuera aplastada por las patas de los caballos. Corrió hacia ambos y levantó a su amiga, al tiempo que agradecía con voz rasposa al jadeante hobbit, entonces siguieron al resto del grupo para encender unas antorchas. Fran observó admirada como su amiga controlaba su propio terror para ayudar, y decidió dar un último esfuerzo mental para hacer lo mismo. Así que ambas corrieron hacia el río al lado de los medianos, moviendo sus antorchas lo más amenazadoramente posible, aunque los caballos estaban más asustados por el rostro furibundo del elfo que de ellos.

Al fin todo terminó, con el resto de los jinetes siendo arrastrados por el agua y sin esperar más cruzaron el río, donde se encontraron con el pobre Frodo tirado en el suelo. Ambas chicas se sentaron con cansancio, observando impotentes como Trancos se acercaba al cuerpo para ver si seguía vivo y al pobre Sam desesperado a un lado. Fue en ese momento que llegaron los elfos y tras otra corta caminata, y luego de semanas de tantas desventuras, Michelle y Fran se encontraron finalmente en Rivendell.


Notas:

1. Borges, Jorge Luis. "El sueño"

2. Benedetti, Mario. "Por qué cantamos"