Primero que nada… ¡FELIZ DÍA A TODOS LOS PADRES! A esas personas que tanto nos cuidan, nos celan y nos enseñan a forjar nuestro carácter… Y si no es un padre, será algún tío, algún abuelo o el vecino incluo… (¡El lecheroooo!) Ya, no, esta bien…

Bueh, este día no me emociona, así que ahí no más lo dejo… ¿Qué decirles? Mi padre es un hijo de la gran burra. ¡Pero ni modo!

Humm… A ver… Antes de que me digan algo respecto a Tigresa, porque nunca falta aquel que sale con alguna tontera, como si fuera la primera en distorsionar un poquito las actitudes de los personajes a mi favor; piensen en la felina como una mujer que vivió entregada a un estilo de vida y que, ya tarde, quiere empezar a experimentar… Una adolescente en el cuerpo de una adulta. Bueh, solo eso…

¿Quién es ella?... ¿Realmente es la dura maestra de Kung Fu? ¿O eso solo es una fachada, un engaño, para ocultar aquello que jamás tuvo oportunidad de conocer?

Ella solo quiere conocerse…

¡A leer!


¿Quién soy?

Desde pequeño, las pesadillas atormentan a Yuan, noche tras noche le interrumpen el sueño. Es algo oscuro, tortuoso para cualquiera, pero con lo que ha aprendido a vivir. El dolor no desaparece, uno tan solo se acostumbra. Jamás duerme más de cuatro horas seguidas, pero los años le han enseñado a vivir con ello y con el tiempo, las cuatro horas se han transformado en su tiempo máximo para dormir. Se acuesta último por las noches y es el primero en estar en el patio por las mañanas. Tal vez por eso su actitud tan distante, tal vez por eso nunca sonríe, tal vez por eso las permanentes ojeras yacentes bajo sus ojos. Se levantaba en medio de la noche, usando apenas un delgado pantalón de pijama, sin importarle cuan frío pueda ser el viento o siquiera si está lloviendo. Eso lo tenía sin cuidado. A veces ronda los miles de pasillos del templo, caminando a pie descalzo para hacer el mínimo ruido sobre los tablones de madera, otras prefiere salir afuera. En esas ocasiones, se permite alejarse del templo, recorrer los alrededores, llegando incluso a adentrarse algunos kilómetros en el bosque de bambú.

Esta es una noche de aquellas. La oscuridad y los gritos de su mente le despertaron como ya era habitual, obligándole a enderezarse en su cama, con el pecho y rostro sudados, jadeando bruscamente. Sus ojos, algo desorientados, recorren el cuarto hasta que su mente se calma lo suficiente para ubicarle en tiempo y espacio. Es en ese momento, cuando las imágenes desaparecen de sus recuerdos y la pesadilla se reduce a un simple cuarto oscuro y vacío, imposible de relacionar con algo coherente. Lo único que su mente no elimina, es aquel agudo y estremecedor pedido de ayuda de una voz femenina cuya dueña ya no recuerda.

La sábana se ha corrido a un lado, cayendo por el borde de la cama y dejando ver el cuerpo desnudo del felino. Flexiona las piernas y esconde el rostro en sus manos, jalando levemente el pelaje entre sus dedos.

En su cuarto es el único lugar en el cual se permite perder la compostura. Allí grita, llora, piensa, rompe cosas o hace lo que necesite para volver a su temperamento usual. Allí vive sus más oscuras pesadillas y recrea una y otra vez el tormento de lo que es vivir con una mente vacía, carente de recuerdo alguno. Yuan no sabe quién es, de donde viene o qué hace en aquel lugar. Él tan solo llegó una noche, con un nombre inventado por él mismo y la historia más sencilla que a alguien pudiera habérsele ocurrido.

Se levanta de la cama y busca un pantalón entre sus escasas ropas. Se lo coloca, algo holgado, cayéndole sobre las angostas caderas, y sale de la habitación sin rumbo alguno. No sabe a dónde le llevará el paseo de esta noche, pero descubrirlo le ayudará a relajar la torturada mente del que no tiene memoria. Es el único que vive en el templo, dejando de lado a Hikari, quien se aparece en el lugar únicamente para entrenar y dormir alguna que otra noche. Las gemelas tienen su propia casa, heredada de su madre ya fallecida, Bo vive con su padre y Li junto a dos hermanos. Al pasar por lado de la que, se supone, es la habitación de la panda rojo, Yuan no puede contenerse de arquear una ceja al notar que está vacía. Bueno, ¿qué podría esperarse de una chiquilla como aquella? Llegó al templo con apenas diez años, luego de haber quedado huérfana de madre y que su padre la abandonara. No tiene límites, nadie que le ponga en camino, mucho menos alguien que se preocupe en que llegue a dormir por las noches. Las únicas órdenes que obedece, muy de vez en cuando, son las de su maestro, quien ya en un principio pareció rendirse ante la indisciplina de la niña.

Siempre pensó que Hikari terminaría mal. Tarde o temprano, se toparía con quien no debe y sería el final de sus andadas. Sin embargo, no se permite juzgarla. Su vida no es un ejemplo como para pretender ser quien encamina a aquella niña. Tampoco le interesa lo suficiente.

Decide que esta noche saldrá del templo. Se estremece al sentir tan abruptamente el frío viento contra su cuerpo, prácticamente desnudo, pero rápidamente se acostumbra, haciendo como si nada. Camina con las manos tras la espalda, serpenteando perezosamente el rabo en el aire y con la mirada fija en el suelo de tierra. Sus orejas se mueven ansiosamente ante los más pequeños sonidos, desde el chasquido de una rama seca a lo lejos, hasta el murmullo de sus propias pisadas. Está asustado, Yuan vive asustado, pero jamás lo ha puesto en evidencia.

Cuando menos lo piensa, se encuentra bordeando el bosque de bambú, sus pasos le han llevado hasta ahí. El frío viento le acaricia el pelaje, alborotándolo levemente, y sus pies se hunden en el césped y la húmeda tierra del suelo. Pero a diferencia de otros días, algo le llama la atención; Un aroma. El viento sopla en su dirección, llevando consigo no solo algunas hojas sueltas, sino también un sutil aroma dulce que, aunque le resulta familiar, no logra reconocer de quien.

Continúa caminando, atraído por la curiosidad, y se adentra en el bosque hasta dar finalmente con su objetivo.

Una pequeña y discreta sonrisa le curva los labios, dejando entre ver sus incisivos. Se relame los labios, sus ojos observan tanto con sorpresa como con cierta fascinación a la Maestra Tigresa, sentada en aquella roca, en posición de loto y con los ojos cerrados. Parece estar meditando y no advierte la presencia del leopardo. Lo segundo que le llama la atención es su vestimenta; una pequeña yukata, que por la posición en la que está sentada, deja entrever bastante de sus muslos firmes y torneados por tantos años de entrenamiento.

El pecho de Tigresa, notablemente libre de vendas, sube y baja con la acompasada respiración. Parece tranquila, serena, y Yuan se ve inmerso en la tentación de acercarse. Más no lo hace. Se mantiene a la distancia, observándola, recorriéndola con la mirada en silencio.

Él toma asiento en el suelo y espera.

¿Qué espera? No lo sabe realmente, pero siente la necesidad de esperar algo.

Sentado en el suelo, sus ojos recorren cada gesto en el rostro de Tigresa. Es la primera vez que la ve tan relajada, sin aquel entrecejo arrugado o aquella mirada de estar ocultando algo… Y ahora, a la luz de las estrellas en aquel claro, puede ver que no es belleza lo que hay en ella. Es algo diferente. Su rostro no es hermoso como el de otras chicas, sus rasgos no son finos ni delicados, son marcados y toscos en algún punto, pero hay algo en ella que se vuelve llamativo, atrapa su atención y ya no puede dejar de mirarla. Tal vez sea la fuerza en sus pómulos o la manera tan altiva en que mantiene alzada la barbilla, pero hay algo casi señorial en ella. Es el semblante de quien está acostumbrado a mandar y ser obedecido, de quien tiene la seguridad de ser respetado, temido y a la vez, también, valorado entre los suyos.

Tigresa es respetada, tal vez hasta temida en cierta manera, a Yuan no le quedan dudas de ello. Su fuerza, su habilidad y aquella mente suya le dan las cualidades perfectas para ser una líder nata, sin contar también su interés natural para quienes le rodean. Ve tantas cosas en ella… Yuan siempre fue hábil para descifrar a las personas, especialmente a aquellas que para muchos supone un misterio. Tigresa le mantiene ocupado. Tal como le ha dicho, puede ver en sus ojos el dolor y la ira de quien ha sido traicionado, pero le es imposible sonsacarle más. Ella es una muralla. Fue entrenada para ocultar sus emociones a toda costa y es lo que lleva haciendo desde hacía ya tres meses.

—¿Qué haces aquí?

Yuan se sobre salta al oír la ronca voz de ella.

Tigresa, ahora con las piernas cruzadas una por encima de la otra, observa a Yuan con recelo.

El leopardo no tiene idea cuanto lleva consciente de su presencia, pero deduce que no mucho.

—Solo… vine a caminar —No miente— Y te encontré aquí.

—¿Y creíste educado observarme?

—Es interesante verte meditar… ¿Sueles hacerlo con aquella prenda?

A pesar de ser consciente de su posición, del peligro que corre de ser brutalmente golpeado, se arriesga a una ladina y socarrona sonrisa, de aquellas tan suyas. Tigresa, por acto reflejo, se aferra a la yukata a la altura del pecho. Aun así, el leopardo tiene una buena vista de sus piernas, las cuales ella no se molesta en ocultar.

—Lo he hecho con menos ropa —Sonríe Tigresa— Solo para que sepas.

Devuelve la sonrisa y de un salto, cae de pie en el suelo.

La yukata le llega hasta un poco antes de las rodillas, marca su cintura y la delgada tela deja adivinar que no se ha vendado el pecho. Se siente expuesta ante la mirada del leopardo, pero por algún motivo, también satisfecha al notar aquel brillo depredador en los ojos del felino. Tomando eso a su favor, da media vuelta sobre sus talones y se aleja caminando, contoneando el rabo en el aire cual felina que es. Deber admitir que resulta divertido.

No pasa mucho para que escuche las suaves pisadas del leopardo seguirla y no se contiene de sonreír, podría decirse que incluso hasta satisfecha con aquella reacción tan esperada. Realmente no se dirige a la casa, solo se aleja más de esta, pero es que no le importa a quien estuviera siguiéndola, no le apetece volver y nadie la va a obligar. Meditar le ha ayudado bastante, ya no tiene que esforzarse para no pensar en Po, ni tampoco se siente tan inquieta respecto al tema.

Esta… tranquila. Sí, esa es la palabra; Tranquila.

Incluso el viento parece haberse detenido, dejando el bosque en un completo silencio.

Tigresa camina a paso tranquilo, con la mirada al frente y acariciando con la palma de sus manos los tallos de bambú a sus costados. Se siente como el pajarillo que acaba de salir de la jaula y por primera vez en largo tiempo, vuela lejos de aquello que le ha lastimado. Cierra los ojos, inspirando hondamente el aire puro de la noche, impregnado con el sutil aroma a césped mojado, y disfrutando del fresco aire alborotándole el pelaje. La tentación de largar a correr es grande, pero recuerda su escasa ropa y eso es suficiente para obligarla a mantener su paso tranquilo. Yuan le sigue de cerca, expectante, inquieto por saber a dónde le lleva la felina. Los pasos de ella se aceleran y los de él le imitan. Tigresa no ve la pequeña sonrisa en el rostro del felino.

Cuando se detiene, se encuentran cerca de un pequeño arrollo, oculto entre altas rocas al pie de una montaña. Están en el extremo opuesto del bosque, bastante lejos del templo, la casa de Shuo o de cualquiera lugar en realidad, y Yuan se inquieta un poco al ver a la felina detenerse delante de la orilla del rio. Las aguas son tranquilas y silenciosas, prácticamente cristalinas, reflejan el firmamento nocturno y las miles de estrellas. La imagen de la tigresa sumergiéndose desnuda en esas mismas aguas asalta fugazmente su mente, coloreándole las mejillas bajo el oscuro pelaje.

—¿Se puede saber por qué me has seguido? —Inquiere Tigresa, aún de espaldas, con aparente inocencia.

Yuan sonríe. Apoya la espalda contra una de las tantas rocas del lugar y mete las manos por los bordes del pantalón, en una postura bastante fiada de sí mismo.

—No es correcto dejar que una dama vague sola por estos lados —Responde.

—Sé cuidarme sola.

—Simple caballerosidad.

Tigresa ladea el rostro, observando al leopardo por encima de su hombro. No se priva de recorrer el cuerpo del felino en un rápido vistazo, desde aquel torso tan bien trabajado, hasta la manera tan descarada en que aquellos pantalones cuelgan de sus angostas caderas.

—No creo que lo tuyo sea la… caballerosidad, Yuan —Y sonríe.

—Tampoco creo que seas precisamente una dama.

—Jamás dije serlo.

Tigresa se sienta a la orilla del rio, con las rodillas flexionadas y las piernas bajo su cuerpo. Junta las manos en el regazo y sus ojos se posan en las tranquilas aguas. Descubrió ese lugar hacia un par de semanas y desde entonces, solía ir de vez en cuando, solo por el simple deseo de estar sola de vez en cuando. Se le ocurre que le gustaría meditar más seguido.

El silencio es sepulcral, interrumpido únicamente por las pisadas de Yuan, que camina hacia ella y se deja caer a su lado, en igual postura. No la mira. Al igual que la felina, su vista se fija en el agua.

—No, no eres una dama… —Murmura Yuan, con voz baja e inexpresiva— Pero tampoco pareces el tipo de chica que iría por la vida mostrando las piernas por algo de atención.

—¿Y qué tipo de chica crees que soy?

Ladea el rostro, observándole. Yuan mantiene la mirada gacha. Es la primera vez que alguien le hace un planteo como aquel. ¿Qué tipo de persona es? Ni siquiera ella misma podría responderse.

—Independiente. Sabes lo que quieres y lo tienes —Murmura— Te gusta la atención, pero no mendigas por ella, lo cual, déjame decirte, es algo que muy pocos hacen.

¿Mendigar por ella? ¿Y eso qué significa?... Tigresa arruga el entrecejo, contrariada. Sin embargo, su propio subconsciente se burla de ella ante las palabras del leopardo. Independiente. No, no es independiente, tampoco sabe lo que quiere y lo que creía querer, tampoco lo tuvo. No entiende de dónde saca Yuan tales ideas, pero una mordaz sonrisa le curva los labios ante el inevitable sentimiento de satisfacción. Al menos, le gusta lo que aparenta.

El silencio no es tenso. Por algún motivo, la compañía de Yuan no le supone ninguna molestia. Le repudia su manera de dirigirse a los demás, le indigna que sea tan altanero y pretenda llevarse a medio mundo por delante, porque eso es lo que hace, siempre avanza sin importarle a quien arrolle. Yuan es el tipo de persona que jamás aceptaría un "no", él sí es aquella persona que sabe lo que quiere y lo consigue a toda costa. Sin embargo, todo eso se ve opacado por aquella manera de mirarla y la torcida sonrisa en sus labios, por la sombra en sus ojos, oscuros y llenos de algo que aunque ya haya visto en otros ojos, Tigresa aún no sabe cómo nombrarle.

El tacto de la fría mano de Yuan en su mejilla derecha le sobresalta, devolviéndole a la realidad y haciéndole pegar un respingo. No voltea a verle, ladea el rostro mínimamente, apartándose, y emite un bajo y claro gruñido.

—No… No me toques —Murmura.

—¿Por qué?

—Porque apenas te conozco Yuan —Responde, con voz ácida— Detesto que me toquen.

—Me dejaste tocarte anoche, en el restaurante.

Y Tigresa se maldice mentalmente por eso.

Sí, se lo permitió y siendo sincera con su consciencia, le gustó. Pero ahora no le apetece que la toquen, ni siquiera un roce, se siente más arisca que de costumbre y el tacto del leopardo le hace sentirse violenta.

—Sí, te dejé —Murmura.

Yuan le observa aún con la mano alzada en el aire y lentamente, una sonrisa le curva los labios.

—Eres muy extraña, Tigresa… —Comenta— Y eso me gusta.

—¿Extraña?

—No te comportas como una… libertina —Intenta suavizarlo—, pero tampoco eres tan puritana.

—¿Y qué con eso?

—Que cuando quieres algo, lo pides y cuando no, lo haces saber… Y eso me gusta, Tigresa.

Ella le observa con una burlona sonrisa, conteniéndose de reírsele en la cara.

—Eso es demasiado exagerado, Yuan —Su voz suena divertida— ¿Todo eso solo porque no te dejo tocarme ahora?

—Me parece un pecado de tu parte que me tientes de esa manera.

—¿Eh?

—La yukata, Tigresa, la yukata.

Las mejillas se le tiñen de un fuerte rojo, que fácil podría hacer competencia con el tono de la prenda, pero ese es el único indicio de pena que se permite. Ríe, una risa nasal y hasta sobradora en cierto aspecto, y sus ojos se mantienen firmes en la oscura mirada del leopardo.

Entonces, una idea, bastante loca a decir verdad, se le cruza por la cabeza…

—¿Qué tiene mi yukata? —Inquiere, con falsa inocencia.

Mientras habla, estira las piernas sobre el suelo, rosando la superficie del agua con la punta de los pies y apoyándose con los codos en el suelo, recostada. Mira al cielo, echando atrás la cabeza, disfrutando de sentir los ojos del leopardo recorrerla de pies a cabeza. Le escucha tragar grueso y removerse, inquieto.

Por un fugaz segundo, aquella parte aún cuerda de ella le reprocha tal comportamiento, repitiéndole una y otra vez qué pensarían Shifu, Víbora y cualquiera de quienes la conocen al verla así. ¿Qué pensaría Po?...

—Emm… Esto… es…

Ella ríe…. Po se puede ir bien al carajo.

—Es… ¿Qué, Yuan?

—Es… corta —Consigue murmurar, apenas con un hilo de voz.

—Te gusta.

—Si.

—No era una pregunta.

Voltea a verlo y cuando encuentra su mirada, oscura por el deseo, puede ver fuego en ella.

Las manos de Yuan se tensan en puños, tomando en ellas un poco de tierra del suelo, y su espalda se ha encorvado ligeramente. Tigresa le observa casi con precaución. Da la sensación de ir a abalanzarse sobre ella de un momento a otro. Entonces, ella es consciente de que realmente desea que lo haga.

—¿Por qué haces esto, Tigresa? —Pregunta él, con la voz ronca, pero serena— No me malinterpretes, eres… atractiva, pero no creo que seas del tipo que se ofrece ante alguien que apenas conoce.

—No me estoy ofreciendo… Tú eres quien no deja de mirarme.

—Ja-ja.

—Me voy —Dice de repente— Es tarde.

Le dedica una última sonrisa al leopardo, antes de colocarse de pie y voltear por donde ha venido. No es que le apetezca irse, pero debe dormir, sino no querrá levantar al día siguiente. Sin embargo, apenas se ha dado dos pasos, cuando la pesada zarpa de Yuan se cierra en torno a su muñeca, empleando fuerza tal que a poco no está de torcérsela. La jala hacia él y antes de poder reaccionar, Tigresa siente su espalda chocar con algo duro, seguramente una roca, y sus muñecas se ven sujetas a cada lado de su cabeza.

Inspira hondamente a medida que siente el pesado cuerpo del leopardo presionarse contra el suyo, acorralándola contra aquella superficie, y sus labios entreabiertos tiemblan ante la caricia del cálido aliento chocar muy suavemente contra estos. El aire se le queda atrapado en los pulmones por unas milésimas de segundo, volviendo su respiración un sonoro y rasgado jadeo.

Siente el pecho de Yuan vibrar con un gutural gruñido y eso, en vez de asustarle, despierta una extraña, pero no por eso desconocida, sensación en lo profundo de su vientre.

Ninguno aparta la mirada del otro. Se mantienen quietos, respirando agitadamente, sintiendo el cuerpo ajeno casi desnudo contra el propio. El pantalón y la yukata no son de telas demasiado gruesas, por lo que permiten adivinar bastante de la anatomía de ajena. Los pechos de Tigresa, la excitación de Yuan. Ambos prefieren ignorar las reacciones en sus propios cuerpos, pasando por alto lo… excitante de la situación.

—Suéltame, Yuan.

Su voz, suave, es un ronroneo. No es una orden, solo una petición sin mucha convicción de por medio.

—¿O qué? —Los ojos de Yuan mantienen una oscura amenaza— ¿Acaso intenta jugar conmigo, maestra Tigresa?

—¿Habría algún problema con eso?

Flexiona la pierna derecha y la yukata se desliza por los costados de esta, abriéndose sugerentemente.

—Qué… ¿Qué haces?

Tigresa desliza la rodilla entre los muslos del leopardo, enganchando luego la pierna a la de él. Toda ella tiembla. La sensación en su vientre es familiar, ya experimentada, pero distinta a la vez.

Con Po experimento el placer que se obtiene por el mero hecho de amar a esa persona, pero esto es distinto. Es deseo puro, crudo y lascivo, es algo más instintivo y primario, una necesidad casi salvaje.

Acerca su nariz al cuello del leopardo y lentamente, la desliza por la curva de este, aspirando aquel aroma tan masculino. Podría decirse que esta mareada, aunque es un mareo raro y desconocido. Emite un fuerte ronroneo y su cuerpo se siente de goma, a merced de las manos del felino. Se reprende mentalmente por aquel comportamiento, pero su lado cuerdo se ve seriamente opacado por el calor en su cuerpo.

La risa, ronca y temblorosa, de Yuan le llama la atención.

—¿Me llevará a su cama, Tigresa?

—No… No, claro que no —Ríe ella— Aún eres un desconocido.

No está tan loca como para tener su primera vez con él… Pero ese es un detalle que Yuan no necesita saber.

Las respiraciones de ambos se entremezclan. Los pechos de Tigresa se aplastan contra el torso del leopardo, cuya anatomía no pasa desapercibida para ella. Los ojos de Yuan bajan hasta posarse en los labios de la felina, húmedos y entreabiertos, invitando a ser probados…

—¿Puedo besarte?

No era su intención preguntar, pero no le quedó de otra.

Lentamente, Tigresa esboza una ancha sonrisa. De un brinco, sus piernas se enganchan a las caderas de su compañero, que la aprisiona contra la roca a sus espaldas para sujetarla, sin soltarle las muñecas. No responde, pero poco a poco, su rostro se acerca al de él.

Yuan toma aquel acercamiento como una respuesta afirmativa y sonríe, satisfecho. Sin embargo, cuando inclina el rostro, Tigresa vuelve a echar atrás la cabeza…

—No —Sonríe— No me apetece besarte ahora.

En un primer instante, el semblante de Yuan deja entrever la decepción que le ha provocado aquella respuesta, hasta que logra procesar una a una las palabras de la felina y sus labios se curvan nuevamente hacia arriba. No me apetece besarte ahora… Había dicho "ahora", eso quería decir que, en otra momento, tal vez sí.

Sin responder nada, suelta las muñecas de ella y se aparta unos pasos de la roca, permitiéndole colocarse de pie.

Tigresa se acerca una última vez a Yuan para besarle castamente en la mejilla, antes de dar media vuelta y alejarse. Esta vez, el leopardo no la sigue, ni intenta retenerla. Tan solo se queda parado en su lugar, observándola contonear las caderas, y con una muy molesta presión en su entrepierna…

Continuará…