Hísië (bruma)

V

Aquella mañana caía una ligera llovizna, apenas una caricia de humedad sobre el bosque. La familia real no se inmutó por las gotas de cristal. Los árboles admiraron afligidos el paso de Thranduil y sus hijos. Los rostros hermosos mostraban tristeza en su serenidad. Thranduil iba al frente, escoltado por Aiwëndil y Vardamir. El rey y sus hijos mayores vestían túnicas blancas ricamente bordadas. Thranduil caminaba con el aplomo de sus largos años, el corazón intranquilo, la mirada llena de pena. Aiwëndil y Vardamir evitaban mirarse para no ver su dolor reflejado en los ojos del otro. Unos pasos atrás caminaba Legolas de la mano de su marido.

Gil-galad vestía de negro, la garganta adornada por la tira de mithril, por los collares de las batallas que libró en su vida. Legolas vestía una túnica larga acorde a su condición de elfo casado. Gil-galad caminaba despacio dando tiempo al lento andar de Legolas, se detenía, como en aquel momento, cuando el pequeño elfo necesitaba respirar profundo.

—Tranquilo —murmuró Gil-galad.

Legolas levantó la vista, los ojos se le llenaron de lágrimas. Gil-galad lo atrajo contra su pecho, le besó los cabellos.

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—¡Faramir qué te dieron que estás tan torpe!

La risa de Faramir se escuchó detrás de un biombo de ramas plateadas y flores azules.

—Lo que me faltaba —bromeó, se golpeó el codo contra la seda del biombo—. ¡Envenenado por elfos! Debiste decirme que no comiera nada.

Aragorn acompañó con una sonrisa las bromas de Faramir. Se sentó en la cama y se frotó la pierna inútil. Trató de recordar el sueño que lo inquietó por la madrugada; sólo la certeza de que soñó permanecía en su mente. De la fuente de su corazón brotó el recuerdo de la voz de Arwen. "Cuando estoy lejos de mi amado el dolor invade mi cuerpo…"

Ésta es la mano de tu atar.

Arwen guió la mano de Aragorn, la acomodó sobre su vientre.

Llámalo ahora, dile su nombre.

Aragorn trató. Su lengua se negó a obedecer, todavía tenía la dicha alborotada. Esa mañana su hijo se mostró en el vientre de Arwen y el asombro enmudeció al rey. Acarició la suave piel de Arwen y le pareció sentir que la gota de calor se movía en busca de su mano.

Vanimelda —susurró.

Era una emoción que iba más allá de todas las que conoció antes. Se le llenó el pecho de una profunda alegría y a la vez una enorme congoja. Se inclinó sobre Arwen, le robó un beso. Las palabras no alcanzaban para agradecerle.

Llámalo —dijo emocionada, y su voz fue como el canto dulce de los pájaros, como la mañana que nace cada día.

Eldarion.

—Ya está —gruñó Faramir dando los últimos toques a la capa que le cubría los hombros.

Aragorn levantó el rostro, dio su aprobación. Observó el rostro tranquilo de Faramir.

—No sé lo que nos espera —dijo Aragorn inquieto. Giró el bastón en sus manos—. Ayer Thranduil parecía más dispuesto a cercenarme la garganta que a pactar, y ahora…

—No tiene más remedio, no querrá ser él quién inicie una guerra sin sentido, —dijo Faramir alisando los pliegues de su túnica—. Lo que pedimos es justo.

Aragorn escrutó a Faramir. Oscuras ojeras le rodeaban los ojos.

—¿Hace cuánto que no duermes bien? Los soldados me dicen que vagas de noche.

Faramir esquivó la mirada del rey.

—Estoy preocupado. Sólo quiero el bien de Legolas

—Faramir dime que todo lo que dije ayer era cierto.

Los ojos de Gil-galad despedían fuego negro, un fulgor asfixiante que lo quemaba y ponía al descubierto sus mentiras. Faramir se removió incómodo, el altivo rey mantenía la mirada fija en él.

Mi desposado no fue tu amante. ¿Es la lujuria lo que te trajo aquí, hombrecito?

—Lo es —dijo. El peso de la mentira le oprimió los hombros.

—Vamos —suspiró Aragorn—, nos esperan. Ayúdame.

Faramir se quedó inmóvil ante la mano extendida de Aragorn. Esa era una muestra de confianza y cariño que no esperaba, sólo a la reina, y en la intimidad de sus habitaciones, se atrevía Aragorn a pedir ayuda

—Anda, tonto —sonrió Aragorn—, quiero llegar algún día esa maldita reunión.

Faramir lo ayudó a levantarse. La sonrisa de Aragorn, cálida y sincera, le pesó en el corazón.

—Quiero acabar con esto y volver a casa. Anoche soñé con mi hijo.

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Vardamir se recargó contra el ventanal que daba al jardín. Aunque tendría que estar sentado al lado de su padre, no tenía ganas de hacerlo. Al lado de la silla que debía ocupar se encontraban Legolas y su marido. Si su hermanito lloraba le sería difícil contenerse.

Cuando era un elfito caprichoso y testarudo amaba escapar de los cuidadores y entrar a escondidas al salón del trono. Le gustaba ver las muecas de su atarincë. Aranwë tenía prohibido hablar por temor de que ofendiera a algún alto dignatario. Si la lengua permanecía muda, los ojos y los gestos, la forma despectiva en que se acomodaba el cabello cantaban su desprecio. A veces tampoco se contenía y la cara de Thranduil y los consejeros era memorable.

—Elessar —dijo Thranduil—, en tiempos mejores compartimos la mesa como amigos. Hoy la situación nos obliga a confrontarnos como soberanos. En bienestar de mi pueblo debo pensar con la cabeza de rey y hacer a un lado mi corazón de padre.

Vardamir ladeó el rostro. Afuera ya no llovía, el sol se alzaba desganado. Perezosos caireles de oro se abrían paso en el bosque. Vardamir no quería estar en ese salón, como anoche deseó no estar en la habitación de Legolas.

Vardamir despertó sobresaltado, la sombra que lo empujó contra la cama le cortó la respiración. Una mano sobre su boca acalló el gritó. Luego de un momento reconoció el olor a bosque de Ekkaia y distinguió sus ojos en la oscuridad. Intentó decir algo, la mano de Ekkaia lo silenció.

Las palabras malintencionadas calan hasta en el corazón más firme, esta noche hubo una gran pelea en las habitaciones de mi Señor. Un hermano prudente y preocupado debería cerciorarse del bienestar del príncipe consorte. Mi Señor se fue y juzgando la fuerza de su enojo podría volver hasta mañana.

Ekkaia liberó su boca. Vardamir se sentó. En la penumbra se miraron en silenció. Afuera llovía y Ekkaia estaba empapado.

Hantalë —dijo Vardamir.

Nuestros días se acaban príncipe —musitó Ekkaia. Caminó hacia la ventana abierta y antes de salir se giró—. No juzgues a mi Señor por un momento de ira. Lleva al sanador.

Vardamir observó la ventana abierta, los relámpagos que cruzaban la noche.

—Somos justos, lo sabes bien Elessar y reconocemos que hay verdad en tus reclamos, como también la hay en los nuestros —Thranduil hizo un pausa—. Llegamos a un acuerdo que será lo único que obtendrás de nosotros.

Aiwëndil buscó la mirada de Minastan. Parado junto a la puerta, con su uniforme verde y castaño, el capitán de la guardia le daba tranquilidad. Por la madrugada, después de la reunión en la que Gil-galad y Thranduil decidieron el destino de Legolas, Minastan se presentó en su habitación, le dio el consuelo que sólo su cuerpo podía brindarle. Permanecieron juntos, abrazados con la fuerza de una pena compartida.

—Nada obliga a Legolas a someterse a las leyes de los hombres, siendo un elfo libre se casó bajo nuestras normas y su unión se respetará.

Aiwëndil observó el rostro del hombre que sembrada desgracia en el camino de Legolas. Aragorn lo silenciaba con un gesto. El rey tenía el ceño fruncido, parecía cavilar cada palabra de Thranduil.

—Bajo nuestras leyes y las tuyas el hijo que espera es propiedad del padre. Reconocemos el derecho del príncipe Faramir para reclamar al niño.

Aiwëndil volvió la mirada a Minastan. Parpadeó atónito. Cerró los ojos y al abrirlos percibió lo mismo: dos gotas de calor en el vientre de Minastan. Los ojos del capitán chispearon con un toque de ira. Deja de mirarme así, reñían sus ojos

—Pensado en el bienestar y la seguridad del niño, exigimos que sea nombrado heredero y que esta sucesión se mantenga por encima de los hijos que el príncipe Faramir engendre. Legolas está en su última semana de embarazo, en cuanto el niño nazca podrán reclamarlo. ¿Encuentras justicia en mis palabras, Rey de Góndor y Arnor?

—Extrañas me son sus palabras majestad, ayer se negaba a escucharme e incluso me impedía ver al príncipe Legolas.

—Está aquí —dijo Gil-galad— para que tu hombrecito lo vea, ¿acaso no viste su rostro? Es claro que un varón embarazado le causa repudio.

Faramir enrojeció. Cuando entró al salón del trono lo primero que vio fue el rostro bellísimo de Legolas, la tiara que le mantenía la frente despejada, el cabello rubio, más corto de lo que recordaba, descendiendo en cascada sobre sus hombros. La deformidad en el cuerpo que recordaba esbelto y hermoso le revolvió el estómago. Legolas notó su mirada, vio el rechazo que se pintaba en su cara y sus mejillas se tiñeron de un rojo avergonzado. Faramir habría querido disculparse, Gil-galad puso una mano sobre el hombro de Legolas y el pequeño elfo bajó la mirada.

—Tu príncipe vino aquí seducido por una visión élfica que no existe más. Lo que ves es un elfo fértil, y esto es Legolas.

—No vinimos a ser ofendidos —atajó Aragorn.

—Tampoco viniste a traer paz —habló Vardamir. El príncipe tenía los brazos cruzados sobre el pecho y miraba el bosque.

Lo sintió llorar antes de verlo. Los soldados de guardia fingieron no verlos. Abrió la puerta y permitió que Kyermë entrara primero. El murmullo de un llanto desesperado llenaba cada recoveco. La estancia le pareció mil veces más grande, contuvo la respiración hasta que vio a Legolas sentado en el piso.

Hinya —llamó, la desazón ahogándole la voz.

¡Vardamir! —lloró Legolas, le tendió los brazos.

Suspiró aliviado cuando lo apresó entre sus brazos. Le echó hacia atrás el cabello para mirarle el rostro.

¿Qué pasó? ¿Estás bien? ¿por qué lloras?

¡No es cierto! —balbució entre lágrimas—, es… mentira… yo no… hice… ¡me pegó!

Déjeme revisarlo —pidió Kyermë y lo separó de su lado.

—No puedo aceptar lo que proponen —confrontó Faramir a Gil-galad.

—Hombrecito —lo detuvo el altivo rey, la furia destellaba en sus ojos—, no te atrevas a rechazar el regalo que se te ofrece. Tú mismo alegaste sucesiones y herederos, ahora tienes lo que deseabas.

—No separaré a Legolas de su hijo.

—Entonces déjanos en paz —siseó Gil-galad.

—¡Él ira conmigo!

—¡Basta! —rugió Aragorn—, aceptaremos las condiciones si Legolas me dice que está dispuesto a separarse de su hijo.

El silencio se hizo en la sala. Minastan observó que Ekkaia sostenía un dardo diminuto entre los labios y que los tres soldados de Gil-galad apostados en la sala tenían la cerbatana entre los dedos. Minastan sintió la nausea subiendo por su garganta, le dirigió al rey Thranduil una mirada. Bufó molesto al ver la cara de perplejidad del rey y abandonó la sala de forma apresurada. Aiwëndil se puso en pie al instante y lo siguió.

—Si su marido lo permite —dijo Thranduil conciliador.

Legolas buscó el rostro de su marido. Gil-galad asintió molesto.

Aragorn recordaría hasta el último día de su vida la voz hermosa y profundamente triste de Legolas, los ojos miel que lo miraron sin esperanza.

—¿Por qué deseas que hable mi corazón si está roto?

—Legolas te ofrezco mi protección y mi cariño. Ven conmigo yo te protegeré a ti y a tu hijo.

Legolas negó. Buscó la mano de su marido.

—Mi lugar es a su lado. Él me brindó esperanza cuando la perdí, su voluntad permitió que mi hijo viviera, y ahora tú me arrebatas a mi bebé.

Legolas apretó los labios. Apartó la mirada y cuando confrontó a Aragorn sus ojos estaban húmedos; su voz seguía firme.

—Partiré a Valinor con mi marido como es mi deber, y te entrego a mi hijo por que es lo justo.

Legolas dirigió su mirada a Faramir. Un profundo desprecio bañó el rostro hermoso.

—Para que haya paz entre nuestros reinos renunciaré a mi hijo. Para un elfo el tiempo de los hombres es un suspiro y mi hijo vivirá cuando de su reino no queden más que cenizas. Yo lo esperaré del otro lado del mar y le contaré por qué tuve que dejarlo entre hombres.

Amargos diamantes de rocío inundaron los ojos del príncipe. Se limpió el rostro y no lloró más.

—Legolas —titubeó Faramir, no es esto lo que.

—¡Con que confianza me tratas! ¡Me deshonraste ante mi padre y mi marido! ¡Rompiste tu promesa y me arrebatas a mi hijo! ¡Maldigo el día en que te cruzaste en mi camino atan!

—¿Fuiste su amante? —preguntó Aragorn con voz fría.

—¿Qué dice tu corazón de mí? —respondió Legolas altivo

—¿Se sació tu curiosidad? —inquirió furioso Gil-galad.

—Miente —refutó Faramir.

Con un rápido movimiento, que Aragorn ni siquiera pudo ver, Gil-galad se aproximó a Faramir.

—Cada vez que hablas de mi desposado enlodas la honra de mi casa, una palabra más y te romperé el cuello —siseó ante el rostro atemorizado del hombre.

—¡Qué pasa aquí! —rugió Aragorn levantándose con dificultad.

Gil-galad se alzó imponente, una sonrisa burlona le cruzaba el rostro.

—¿Además de ser su heraldo también peleas por él?

—No toleraré tus insultos.

—¡Yo no te toleraré más tiempo!

Legolas se incorporó asustado y se interpuso entre su marido y Aragorn. Thranduil detuvo a Vardamir.

—No pelees —pidió Legolas en susurró.

Los ojos negros de Gil-galad se posaron sobre la mirada del príncipe. Ojos de miel que se humedecían, manos que se cerraban suplicantes sobre su brazo.

—Ese es nuestro acuerdo rey Elessar, —prosiguió Thranduil—, ¿lo aceptas?

Aragorn asintió confundido por lo que sus ojos le mostraban. Le hizo una seña a Faramir para que se tranquilizara.

—El niño te será entregado. Ni tú ni tu hombrecito volverán a ver a mi desposado —dijo Gil-galad, tomó a Legolas del brazo y se marcharon de la sala.

Aragorn volvió a sentarse. Faramir se inclinó iracundo sobre él. Con un gesto Aragón le indicó que se callara. Faramir bufó. Murmuró entre dientes.

—Elessar me gustaría que mi nieto pudiera visitarme —dijo Thranduil, quería asegurar al menos esa pequeña victoria.

—Hablaremos sobre ello —concedió.

Aragorn apretó las manos sobre el bastón. Se sentía cansado. Los largos años de su vida caín sobre sus hombros. Miró de soslayo a Faramir.

—No tenemos nada más que discutir. El príncipe Vardamir viajará con ustedes para cerciorarse que nuestro acuerdo se cumpla —dijo Thranduil—. Elessar, llegó un mensajero de la reina Arwen.

—Y un grupo de heraldos del reino de la Marca —dijo Vardamir—, buscan al príncipe Faramir.

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En el jardín los árboles extendían sus ramas a los rayos de sol. Las gotas de la pasada lluvia descendían por las enredaderas y las flores. El soldado lo llevó a una fuente de aguas cristalinas que brillaban con destellos de colores. Aragorn se inclinó sobre el agua. En el fondo de la fuente había incontables gemas. Aunque estaba inquieto, y todavía molesto, Aragorn sonrió, sólo entre elfos podían verse semejantes riquezas yaciendo en una fuente.

—Su majestad —llamó el soldado y le indicó el camino entre las ramas húmedas.

Aragorn se adentró en el jardín. Sentado en un banco de piedra vio a un elfo que no conocía y a su lado un pequeño pájaro de plumas plateadas y azules. El pajarillo saltaba entre un plato con agua y otro con semillas, se detenía entre un salto y otro para cantar alegre. Un agradable calor invadió el pecho del rey.

Aragorn abrió los ojos, parpadeó adormilado. Parado sobre su nariz había una bolita emplumada. El pájaro se acomodó, inclinó la cabeza y prorrumpió en un ruidoso trinar. A su lado Arwen se levantó de golpe, miró al ave y se ruborizó.

¿Qué dice? —inquirió Aragorn.

Las mejillas de Arwen se pusieron más rojas, tomó al cantor entre sus manos, le murmuró algo y lo dejó volar.

¿No aprendiste nada de Legolas?

Aragorn se rió, buscó entre el lío de mantas el cuerpo tibio y desnudo de Arwen, la atrajo contra si. Era el primer día que despertaba con una reina en sus brazos.

Déjame ver, —murmuró Aragorn contra el cuello de su amada —. Dos gorjeos son un si.

La risa de Arwen lo estremeció, le despertó el deseo intenso de poseerla. La avecilla entró de nuevo por la ventana y gorjeó escandalosa. Aragorn lo miró con gesto adusto.

¿Te apetece desayunar pájaro asado?

¡Aragorn! —rió Arwen, se giró en los brazos de su esposo y lo besó—. Elladan y Elrohir quieren saber si está todo bien o si vienen a cortarte la cabeza.

Yo los mato.

—Este mensajero hizo un largo viaje —dijo el elfo, miraba con admiración al ave—. Mi nombre es Nárië y si su majestad lo permite seré su intérprete.

Aragorn asintió. Se sentó donde el elfo le indicó.

—Dice que la reina Arwen está triste desde su partida, que pasa las tardes cantando en los jardines del palacio.

El elfo hizo una pausa, siguió el trinar del ave y cuando este terminó se llevó una mano al pecho y cantó:

—Cuando estoy lejos de mi amado el dolor invade mi cuerpo. No tiene reposo mi corazón, ni duermo aunque oscura sea la noche. Si mi amado está ausente toda mi vida es vana.

El pajarillo escuchó la canción atentamente y volvió a gorjear, trinos rápidos, afligidos. El elfo meneó la cabeza.

—El corazón de la reina está lleno de dudas. Cuando el rey partió no había amor en sus ojos y la reina piensa que los sentimientos de su majestad cambiaron.

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Gil-galad dejó caer el baúl junto a la cómoda de Legolas. Abrió uno de los cajones con violencia y la madera se quebró al chocar contra el baúl. Respiró profundo, se arrodilló en el suelo. Legolas lloraba en el jardín. Lo dejó solo, no soportaba su dolor. Para su pena no había ningún consuelo.

En el cajón había ropa para bebé. Prendas elaboradas por las mejores costureras del reino. Delicadas ropas regalo de Isil y sus hijas, incluso un gorro tejido por las manos del aguerrido Minastan. Gil-galad apartó la ropa que le regaló Isil y lanzó el resto al baúl. Le causaba gracia que Legolas todavía no pensara en la ropa del bebé, al fin y al cabo un elfito se ocupaba de los juguetes y las canciones con radiante alegría; las cosas prácticas no tenían cabida en sus pensamientos. Gil-galad miró hacia el jardín, Legolas tenía la cabeza inclinada, los hombros se sacudían levemente. El árbol a su lado le acariciaba la mejilla.

Gil-galad se acomodó el cojín de Gimli debajo del brazo. Se inclinó sobre su desposado dormido. El sol acariciaba el cabello húmedo de Legolas, el vestido que hacía unos meses le llegaba hasta las rodillas y que ya no cubría ni los muslos tiernos. Con suavidad aproximó al elfito a su cuerpo, Legolas suspiró, recargó la frente contra el pecho de su marido. Gil-galad hundió sus manos en el cabello sedoso.

Dulce muchacho —cantó en voz baja—, estas palabras vienen directo de mi corazón: No amo a nadie más que a ti, tú eres mi único amado.

La gota de calor se agitó al escucharlo cantar. Gil-galad metió una mano debajo del vestido de Legolas y acarició la pancita.

¿No quieres que tu atarincë escuche tu canción? —preguntó con una sonrisa. Apoyó sus labios sobre el vientre de Legolas y cantó para el bebé.

Quizá Legolas pensaba que como los muñecos el bebé vendría vestido. Gil-galad quería ver la cara de su desposado cuando el niño no parara de llorar, cuanta se diera cuenta de que a los bebés no se les puede guardar cuando se vuelven aburridos. Sonrió, él estaría allí para hacerse cargó del bebé y Legolas podría correr por el jardín hasta caer rendido. Gil-galad le cantaría a su hijo los arrullos que sus padres cantaron para él y le enseñaría con toda su paciencia las obligaciones de un príncipe

Cerró el cajón rotó, abrió otro que contenía juguetes y los lanzó al baúl sin verlos. Los escogió él, con el cuidado y la paciencia con que dilucidaba los asuntos de su reino. Ahora no servían de nada, no tendrían ningún significado.

Aranwë. Gil-galad siguió al fantasma a través de un jardín florido. Aranwë cargaba un bebé, podía oír la risa de murmullo pero no podía verlo.

¿Dónde estamos?

Sueñas, gran señor —canturreó Aranwë con aquel tonito altanero que hacía enojar a Gil-galad, el bebé respondió con divertidos balbuceos.

Gotas de brillante luz hacían que la piel de Aranwë resplandeciera. Los pájaros cantaban y la voz de Aranwë, los tintineos de las perlas en su cabello, se unían jubilosas.

En mi reposo me hallaba durmiendo cuando tú me despertaste y hasta ti traje mi amor —le cantaba al bebé.

Gil-galad estiró el brazo para detenerlo. Aranwë se giró. Los ojos de miel le miraban con seriedad.

La tierra de los vivos está lejos de mis manos. ¿En verdad quieres cuidar de mis niños?

Gil-galad extendió lo brazos y Aranwë le dio el bebé. Lo acomodó en su regazo y por primera vez pudo verlo. Ojos verdes como las esmeraldas, risas dulces, una manita que se aferró a su dedo. Gil-galad murmuró el nombre que escogió y que sólo él podía pronunciar hasta que el niño naciera. La paz llenó el corazón del rey.

Ya no quiero soñar contigo Aranwë —dijo Gil-galad.

Ya era hora, sólo mi marido debe soñar conmigo —dijo Aranwë con sorna—. E incluso él debe olvidarme…

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No de nuevo —Gil-galad miró fijamente a Ekkaia—, este año ya me lo pidieron cinco veces —gruñó.

El capitán divertido meneó la cabeza. Le indicó al soldado en la puerta que hiciera pasar a los consejeros a la sala contigua.

Están preocupados.

No empieces tú también o te elegiré esposa —amenazó el rey. Abandonó el escritorio y se dirigió a la otra sala—. Terminaré con esto.

Ekkaia se quedó en el estudio del rey. Las palabras que escuchó lo sorprendieron.

Sé para que están aquí, ahórrense el discurso —dijo el rey—. Cuando lleguemos a Valinor me casaré con el elfo que ustedes elijan.

¡Agradezcamos a Eru que su majestad entró al fin en razón! —dijo algún consejero impertinente y feliz…

El canto del ruiseñor hizo que Gil-galad volviera el rostro y detuviera el caballo. Llevaba a su pueblo hacia los puertos grises, su tiempo de marchar había llegado. Rebuscó entre las ramas hasta que vio el manchón emplumado que trinaba su nombre. Desmontó del caballo.

¡Mensajero, yo soy Gil-galad!

El ruiseñor trinó de contento y revoloteó a su lado. Ekkaia que escuchó el alboroto detuvo su caballo y esperó. Gil-galad escuchó el mensaje del ruiseñor. Su rostro se cubrió de seriedad.

Ekkaia prepara una escolta y llama a los consejeros —dijo después de un rato—. Su deseo se cumplirá antes de lo que esperaban.

—¿Qué es eso?

Gil-galad levantó el rostro. Legolas estaba parado a su lado y veía el interior del baúl con curiosidad. Todavía tenía los ojos húmedos.

—Es la ropa de tu hijo —dijo burlón—, ¿no sabes que los bebés necesitan ropa?

Legolas se ruborizó. La idea no le pasó ni por la punta de la oreja.

—Trae tus muñecos.

Gil-galad separó el muñeco con forma de enano y acomodó el resto dentro del baúl. Se puso en pie y le tendió el muñeco a Legolas.

—Ya que te gusta tanto, quédatelo.

Legolas abrazó el muñeco, frotó su rostro contra la suave barba de Gimli. Gil-galad salió a la estancia y volvió con dos sirvientes, señaló el baúl.

—Llévenlo a las habitaciones del príncipe Faramir, que se acostumbre a la paternidad.

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Con una fuerza que pocos hombres le vieron usar, y con una sola mano, Aragorn tomó a Faramir por el cuello y lo empujó contra la pared. Faramir cerró los ojos, el aire se le escapó del cuerpo.

—Basta —siseó Aragorn—, no quiero escucharte más. Te quedarás aquí, recogerás al niño, y te casarás con Eowyn.

—No me iré sin él.

—Faramir —gruñó Aragorn—, no vine hasta aquí a hacer el ridículo. Tomarás lo que se te ofrece y esto no volverá a discutirse.

—Aragorn.

—¡No! —Aragorn soltó a Faramir, lo miró a los ojos—. Faramir somos hombres, nuestro espíritu es débil ante la carne. Recapacita. Olvídate de Legolas. Piensa en tu hermano, ¿acaso Boromir querría esto?

Faramir apartó la mirada. Las voces de los espectros que no le permitían dormir resonaron en su cabeza. "Hombre sin honor. ¿De qué vale tu palabra?" Boromir, la mirada triste, las palabras que Faramir oía en su corazón: "No así hermano, no así." Aragorn se hizo a un lado, Faramir se sentó en la cama, se cubrió la cara con las manos.

—Arwen se fue a Rivendel —dijo Aragorn cansado—, piensa que ya no la amo. Se irá a Valinor después de que el niño nazca.

Faramir miró atónito al rey. Aragorn se sentó su lado, su voz sonó triste.

—Viajaré a Rivendel, no la perderé Faramir, sin ella no podría vivir. Te pido que cumplas con el pacto que hicimos y que marches a la brevedad posible para hacerte cargo de la ciudad.

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Ya no había nada más por decir. Boromir ataba dos sacos a la silla del caballo. Legolas sujetaba el estribo, miraba el sol que caí despacio entre las montañas. Sombra gris era una mancha que se alejaba entre los árboles.

Boromir rodeó el caballo. Hizo que Legolas lo mirara.

Tengo que irme.

Legolas miró el cielo rojizo por encima de su hombro. No había pájaros.

Hay demasiada tranquilidad —murmuró.

¿Querías una tormenta? —dijo Boromir con una sonrisa—. Gandalf no esperará, debo partir.

Legolas asintió. Boromir le acarició con disimulo el cabello.

Te amo, —susurró contra la oreja puntiaguda.

Legolas bajó la vista, se le cerró la garganta. Boromir miró alrededor. Hombres por todas partes, unos pasos atrás Aragorn discutía con un herrero. No había forma de tener un poco de intimidad.

No lo olvides, elfo.

Boromir se subió al caballo y se marchó sin mirar atrás. Legolas se cobijó con sus propios brazos. Respiró por la boca para contener las lágrimas que le arrasaban los ojos. Se volvió y caminó al campamento.

Ofuscado por la pena Legolas no escuchó el caballo que regresaba. El brazo que se cerró sobre su cintura, y lo levantó en el aire, le arrancó un gritito de sorpresa. Aragorn levantó el rostro y vio a Legolas en brazos de Boromir. Las lágrimas en el rostro de Legolas eran un fiel reflejo de los ojos de Boromir.

¡No te mueras! —Legolas recorrió con sus manos el rostro de Boromir, le besó los parpados, las mejillas, la boca ardiente que devoró sus labios.

Nos encontraremos en Minas Tirith y me casaré contigo —prometió.

La angustia encajaba sus garras en el pecho de Boromir. Sabía que la muerte le esperaba en Gondor. No, él podría huir de su destino. Atrapó a Legolas en un abrazo desesperado. Ahora que la vida se le escapaba de las manos deseaba una segunda oportunidad. Una tarde más tirado en la hierba con Legolas a su lado, otro instante tibio de amor, ver de nuevo la cara de sorpresa que Legolas ponía. Ya no había tiempo.

¡No me dejes, no quiero que te vayas! —sollozó Legolas.

No me pidas eso niño, o me bajaré del caballo y te llevaré a vivir al bosque.

¡Hazlo!

Boromir sonrió con tristeza, miró largo rato al elfito que le arrebató el corazón. Besó la frente de Legolas y lo bajó del caballo.

En la batalla del puerto, cuando el orco le atravesara las costillas con su propia espada, Boromir pensaría en el rostro triste de Legolas, en las promesas que habría querido cumplir. Levantaría el rostro al cielo. Vería las nubes en completa calma, como aquel día cuando se despidieron. Con un asfixiante jadeo el ruido de la batalla se cerraría a sus oídos. La luminosa claridad de la muerte tomaría su cuerpo.

¡Aragorn cuídalo por mí! —gritó Boromir, empuñó las bridas del caballo y partió.