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Puzles en Westminster
Londres, 07 de junio de 1940
Las conversaciones de Herbert Dixon con el Führer fueron exitosas, pues de otro modo no habría un clima tan tenso en Londres. Se podían escuchar estampidos, gritos y edificios que colapsaban a medida que los aviones alemanes bombardeaban la ciudad sin resuello. Era el clima propicio para que Herbert y sus hombres se instalaran en un edificio vacante.
—Recuerda, Patrick, que somos blanco fácil aquí. Ellos probablemente ya saben que estamos aquí
—Ya lo sé, Herbert —dijo Patrick cansinamente.
El objetivo de Herbert era la Abadía de Westminster, la catedral anglicana fundada, supuestamente, por Eduardo el Confesor. Sabía que en ese lugar habían sido enterrados muchos personajes importantes, junto con reyes y reinas de antaño, pero era una tumba la que estaba buscando, y no precisamente la de un demonio, sino que la de uno de los científicos más importantes de la historia.
—De acuerdo, repasemos el plan. Londres está en estado de sitio, lo que implica que hay toque de queda. La idea es que todos ustedes permanezcan en el inmueble como ciudadanos comunes y corrientes para mantener las apariencias. Yo y Patrick iremos a la abadía y obtendremos el sarcófago, mientras que ustedes prepararán todo para transportarlo de manera segura. Tenemos tres horas para cumplir con la misión.
—¿Y qué se supone que debemos preparar? —preguntó uno de los soldados.
—Todo está en las instrucciones que dejé en esos papeles —respondió Herbert, señalando lo que parecía un informe técnico encuadernado, aprovechando de tomar una manzana y guardándola en su bolsillo—. Sólo sigan los pasos en orden y al pie de la letra.
Diez minutos más tarde, Herbert y Patrick salieron del inmueble y se adentraron en el caos del centro londinense. Como era de esperarse, casi no había gente en las calles, temerosas de que la siguiente bomba tomase alguna vida más.
—Me sorprende que los ingleses no hayan dado su brazo a torcer —dijo Patrick, viendo la devastación a su alrededor.
—El pueblo inglés fue forjado en base al conflicto bélico —respondió Herbert como si el hecho fuese obvio—. Pero parece que los nazis no lo saben.
Tardaron solamente diez minutos en llegar a la abadía, la cual no lucía afectada por los bombardeos. Patrick pensaba que iba a buscar un sarcófago en medio de unas ruinas humeantes.
—Una de dos: o los nazis son considerados con los monumentos históricos o tienen mala puntería —comentó Patrick, adentrándose en la entrada este de la inmensa catedral.
—O sus objetivos son otros —dijo Herbert—. Recuerda que los primeros movimientos en cualquier batalla es cortar el suministro del enemigo para que no pueda seguir produciendo u obteniendo los recursos necesarios para mantener un combate.
—¿Desde cuándo sabes de estrategia?
—Desde que leí a Sun Tzu (6) —dijo Herbert con una pequeña sonrisa—. Quizás no lo sepas, pero todo lo que se sabe actualmente de estrategia militar viene de hace más de mil años atrás.
Pero la charla fue interrumpida por un sujeto ataviado con una vestimenta bastante peculiar y apuntaba a Herbert con lo que parecía un arma muy extraña.
—Así que al fin diste la cara, maldito malnacido —dijo el hombre—. ¿Así que quieres someter a la gente que no es como tú por la fuerza?
Herbert no dijo nada. Solamente se había limitado a alzar los brazos.
—Oh, cómo me gustaría matarte en este preciso minuto, pero me temo que serán otras las personas que decidirán tu suerte.
Herbert seguía sin decir nada. Parecía estar esperando algo.
—Eso, pon tus condenadas manos donde pueda verlas —dijo el hombre, sintiéndose complacido por haber sido el que hubiera capturado al sujeto más buscado de Inglaterra.
—Dime —dijo al fin Herbert, quien no lucía ni remotamente asustado o preocupado—. ¿Qué hace alguien como tú a solas en una zona de guerra?
El tipo no alcanzó a responder, porque una bala había atravesado su cabeza y la había hecho pedazos.
—¿Müller? —quiso saber Patrick.
—Precisamente —dijo Herbert, reconociendo el trabajo de un maestro con el rifle—. Supe que está casado con una linda chica oriental.
—La suerte de algunos —murmuró Patrick, quien no le hallaba sentido a comprometerse con alguien, pues creía que le coartaba para hacer muchas cosas.
Los dos penetraron en la abadía y navegaron la laberíntica nave principal, buscando la tumba de aquel afamado científico. Herbert, quien conocía mucho de la historia de la ciencia, no tardó mucho en encontrar el aparatoso mausoleo.
—¿No crees que falta algo aquí? —dijo Herbert, fascinado por el tributo a la grandeza de aquel hombre—. Hay planetas, estrellas y demás, pero no eso.
—Pues yo pienso que sobran cosas —opinó Patrick, mirando el mausoleo con menos de la mitad de la fascinación que Herbert—. ¿Tanta parafernalia para un simple lugar de entierro?
—Voy a asumir que no tienes idea de lo que hace falta —dijo Herbert, pensando en que Patrick, pese a ser un buen lugarteniente, podía ser alguien bastante tosco e ignorante—. Supongo que eres familiar con la gravedad.
—¿Eso que hace que las cosas caigan?
—Por decirlo de algún modo —respondió Herbert, extrayendo la manzana de su bolsillo—. No olvides que fue una manzana la que le dio la idea al hombre enterrado aquí para trabajar en la primera ley de la gravitación universal.
Herbert dejó la manzana con cuidado a los pies de la tumba de Sir Isaac Newton y algo realmente asombroso sucedió.
El mausoleo entero se removió y se hizo a un lado lentamente, dejando al descubierto un agujero cuadrado que parecía no tener fondo. Patrick tragó saliva al notar que no había ninguna escalera que les facilitara el descenso.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Nos lanzamos —dijo Herbert y fue eso lo que hizo después de decir aquellas palabras, para la sorpresa y el terror de Patrick. Se quedó mirando por el hueco por unos cuantos segundos antes que una voz velada le llamara desde el fondo.
—¿Qué demonios estás esperando, Patrick? ¡Ven aquí!
Juzgando que Herbert lucía bastante tranquilo y optimista cuando le llamó, Patrick dio un par de pasos hacia el agujero y, titubeando por un par de segundos, se arrojó pegando el conocido grito de "¡Gerónimo!"
Patrick no sintió como si estuviera cayendo a la velocidad que debería, sino como si una fuerza extraña estuviera empujando desde abajo, amortiguando la caída y haciendo que sus pies tocaran el fondo con delicadeza.
—Parece que estamos en el lugar correcto —dijo Patrick, recordando todas las cosas extrañas que habían pasado cada vez que la tumba de un demonio estaba cerca—. El ambiente se nota raro, como si la fuerza de gravedad se hubiera vuelto loca.
—Mira, aquí está el túnel de alcantarillado del que hablamos mientras viajábamos a Londres —dijo Herbert en voz baja, como temiendo despertar a alguien muy peligroso—. Conecta con otro que está cerca de nuestra base.
—Suena conveniente para el transporte —opinó Patrick—. Pero recuerda que, para cuando logremos obtener el sarcófago, puede que ya haya iniciado el toque de queda.
Herbert consultó su reloj de bolsillo.
—Todavía tenemos tiempo. Démonos prisa.
Los dos hombres siguieron por la caverna, sintiendo tirones en todas direcciones. A veces flotaban en el aire sin razón aparente y otras se sentían como si pesasen toneladas. La caverna parecía extenderse por decenas de metros hasta que ésta se abrió en una gigantesca sala de piedra llena de objetos en diversos estados: unos flotando, otros aplastados y algunos casi al borde de estallar. Herbert, sin embargo, se dio cuenta que había ofrendas que no parecían haber sufrido efecto alguno.
—Cuidado —advirtió Herbert, señalando el camino de objetos inalterados—. No te desvíes de los artefactos que no están deformados o flotando.
Pero hacerlo fue más fácil de lo planeado. Ni Herbert ni Patrick sintieron cosas extrañas cuando llegaron al sarcófago, el cual era transparente y lucía intacto.
—Bueno, llegó la hora de llevarlo.
Pero cuando Patrick y Herbert trataron de levantar el sarcófago, la gravedad volvió a jugar malas pasadas y todo se hizo más pesado. Los objetos que estaban flotando cayeron al suelo y ambos hombres notaban cómo las piernas les temblaban.
—No, no, no. Mala idea, mala idea —dijo Patrick, soltando el sarcófago. Cuando Herbert hizo lo mismo, la gravedad volvió a la normalidad.
—¿Qué demonios fue eso? —quiso saber Patrick, desconcertado y sobándose las piernas.
—No es otra cosa que el mecanismo de protección del sarcófago —respondió Herbert, a sabiendas que debió haber esperado algo como eso—. Para llevarnos al demonio debemos resolver un acertijo.
—¿Un acertijo? —dijo Patrick como sin creerlo—. ¡Tienes que estar bromeando!
—No, no es una broma, Patrick. Es un acertijo.
—¿Y cuál es? —gruñó Patrick, exasperado.
—Tenemos que adivinar dónde están los restos de Newton.
Patrick se dio cuenta que aquella era una muy buena pregunta. Recordaba claramente cómo se había lanzado por el agujero y caído varios metros sin ver ni un solo féretro. También había examinado las paredes de la cámara en la que había aterrizado y tampoco vio nada que no fuese roca y más roca.
—¿Y si sus restos fueron trasladados? —sugirió Patrick, pero Herbert negó con la cabeza.
—No hay registro histórico de eso. Newton fue enterrado aquí.
—¿Y entonces cómo mierda vamos a resolver esto?
Herbert no necesitaba ser impaciente como su lugarteniente. Estaba seguro que la tumba de Newton estaba en la abadía de Westminster y que el demonio estaba en ese lugar por una razón. ¿Cómo pudo haber ocurrido semejante coincidencia? ¿Tendría alguna relación con la clase de poderes que poseía el demonio?
—¡Ya lo tengo! —pregonó Patrick, sorprendido de que no se le hubiera ocurrido antes semejante idea—. ¡Isaac Newton es el demonio!
Herbert miró a Patrick con la más absoluta exasperación.
—No seas imbécil. ¿Isaac Newton, un demonio?
—Es la única explicación sensata —insistió Patrick con vehemencia—. No hay ningún sarcófago con sus restos en ninguna parte.
—Sí, y Alexander Pope (7) y todos los demás que asistieron a su funeral habrían tenido mucho que explicar —replicó Herbert mordazmente—. ¡Piensa un poco, Patrick! Isaac Newton no puede ser un demonio. Habría evidencia de ello en los libros de historia si fuese así. Apuesto a que Leibniz (8) estaría contento si lo que dices es cierto.
—Pero nadie pudo haberlo notado, ¿cierto? Me refiero a que Newton…
—Espera un momento —dijo Herbert, alzando una mano para silenciar a Patrick—. ¿Y si Newton siempre estuvo en la tumba?
—¿Cómo dices? No vimos nada.
Pero Herbert compuso una sonrisa, apenas pudiendo creer que el acertijo fuese tan simple de resolver.
—Ya se me hacía extraña la caída que tuvimos al arrojarnos por ese agujero —dijo, acercándose con cuidado al sarcófago del demonio—. Aterrizamos muy despacio y caímos muy bruscamente, como si no hubiera distancia entre la superficie y el subterráneo.
—¿De qué mierda hablas?
—Hablo de que la entrada a la tumba del demonio es el sarcófago de Newton —dijo Herbert, visiblemente emocionado—. Imagina que tienes dos habitaciones separadas por un bloque de granito, pero el bloque es a su vez un portal por el que se puede llegar a la otra habitación de manera casi instantánea.
—No entiendo nada —dijo Patrick, rascándose la cabeza.
—Pues no es necesario que lo hagas —repuso Herbert y, acto seguido, alzó la voz, gritando que Newton no se había movido de su tumba.
El efecto fue instantáneo. Los objetos que flotaban cayeron al suelo y los demás artefactos que estaban distorsionados volvieron a la normalidad. Patrick quedó boquiabierto al darse cuenta de lo que habría pasado si Herbert hubiese aceptado su loca teoría.
—Vamos. Carguemos con esta cosa y larguémonos de aquí.
El sarcófago era sorpresivamente liviano, por lo que Herbert y Patrick no tuvieron grandes dramas acarreándolo por las alcantarillas. Sin embargo, los estampidos volvieron y polvo cayó del techo.
—¡Maldición! ¡Esos nazis lo están haciendo de nuevo!
—Espero que los soldados tengan todo listo para irnos de este infierno.
Herbert y Patrick encontraron la cámara que estaban buscando y, después de apartar la tapa, alzaron el sarcófago con mucha dificultad, pues éste era casi del mismo tamaño que la abertura. Una vez superado aquel escollo, ambos hombres entraron en el edificio e iban a llamar a los soldados cuando notaron que no había nadie en la planta baja. Patrick llamó a cualquiera que pudiera estar en el edificio, pero nadie respondió.
—Cuida el sarcófago —ordenó Herbert y recorrió el edificio, piso por piso, pero parecía ser que los soldados habían abandonado el inmueble por alguna razón. Solamente los equipos permanecían en su lugar. Herbert iba a bajar a la primera planta cuando notó que había un papel amarillento sobre un aparato de radio. Tomó el papel y vio un mensaje escrito con letras muy estilizadas. Herbert fue perdiendo de a poco la compostura a medida que iba leyendo.
Estimado Herbert Dixon, (aunque todos sabemos quíen eres realmente)
Desgraciadamente, me he visto en la penosa necesidad de informar a las autoridades pertinentes lo que estás tratando de hacer y de los lugares a los que vas a ir después. Aunque jamás he estado de acuerdo con el Ministro y su gabinete, sí coincidimos en que usted está poniendo en grave peligro a la humanidad con su labor. Mientras escribo esta carta, representantes del gobierno están asegurándose de obtener lo que tú quieres y ponerlo a buen recaudo. Siento haber tenido que hacer eso, pero has perdido el camino y, lamentablemente, yo seré quien te detenga.
Se despide cordialmente
Henry Abberline (aunque sabes cuál es mi nombre verdadero)
(6) Sun Tzu fue el autor del célebre libro El Arte de la Guerra, un notable tratado sobre estrategia militar cuyas aplicaciones van más allá del campo de batalla. En ese libro se postula que cortar los suministros de un ejército debe formar parte de la estrategia de guerra de cualquier general.
(7) Alexander Pope era amigo de Sir Isaac Newton y fue quien presidió su entierro en la Abadía de Westminster (que por cierto también está enterrado allí).
(8) Gottfried Leibniz era un matemático alemán que se vio envuelto en una controversia de proporciones con Isaac Newton por el asunto de quién había inventado el cálculo infinitesimal (ese mismo cálculo que se pasa como asignatura en la universidad). En la actualidad, la invención del cálculo es atribuida tanto a Newton como a Leibniz, pero los clásicos símbolos de la derivada (d/dt) y la integral son notaciones inventadas por Leibniz.
