CAPÍTULO 11.
He de hablar con una amiga —le dijo la duquesa, que dirigía su vista en dirección a una mujer a la entrada del salón—. Cuidad de Candice. Y tú, criatura, haz oídos sordos a cuanto comentario puedas escuchar, la Corte es un nido de lenguas viperinas.
Se fue alejando con paso apresurado, sin perder un ápice de su elegancia innata y Candy desvió sus ojos en derredor por si localizaba a Terrunce. Echaba de menos su compañía. ¿Dónde diablo se había metido? ¿Cómo tenía la poca delicadeza de dejarla sola junto a Alex, más perdido aún que ella, en un lugar donde sabía con certeza que no se manejaban con ninguna soltura? No podía imaginarse lo cerca que estaba de él. GrandChester se paseaba por la galería anexa al salón, inquieto y nervioso tras la seria advertencia que le había hecho Potter mientras viajaban en el coche hasta allí.
—¿Cuándo vas a tener la decencia de decírselo, muchacho? ¿O vas a dejar que sea la propia Reina quien se lo descubra a Candy? —Se lo había soltado a bocajarro, sin mirarle, como si estuviera muy interesado en las calles que se veían desde la ventanilla del vehículo.
—¿A qué os referís, señor Potter?
—A vuestro engaño, que ya dura demasiado.
—No sé de qué me estáis hablando...
—¿De verdad no lo sabéis... Lord GrandChester? Entonces sí lo miró de frente con gesto adusto.
GrandChester se quedó de una pieza sin argumentos, atrapado en la red que él mismo había tejido—. Puede que Candy sea tan cándida que se crea todo lo que digáis, pero no os confundáis conmigo por que no soy como ella... milord. —Casi deletreó la palabra como si la escupiera.
—Potter...
—Cuando os ofrecisteis a ayudarla se me dispararon unas cuantas alarmas —le cortó—, entre las causas porque vuestra línea de acción y vuestros modales desde que pisasteis la cubierta del Melody Sea no fueron las de un simple aventurero.
—Os aseguro que...
—Nada debéis asegurarme a mí, es a ella a quien debéis una explicación. Vos y vuestra madre, la duquesa.
—¿Como os habéis enterado?
—Un perro viejo siempre tiene sus fuentes.
Terrence había querido dar una excusa convincente a Potter, pero no era él quién debía recibirla desde luego. Tampoco tuvo lugar porque éste reprochando sus embustes con frialdad dejó de prestarle atención.
Ahora venía lo difícil tenía que sincerarse del todo con Candy y temía su reacción porque no había sido ser honesto con ella desde el principio. Es verdad que la conoció haciendo un trabajo, pero también era cierto que había dispuesto de ocasiones la intimidad para haber llegado a este punto con los deberes hechos.
Ahora le iba a costar Dios y ayuda afrontarlo porque las cosas habían ido demasiado lejos, todo se había complicado más de lo previsto y estaba metido hasta las cejas en una ciénaga de la que no sabía cómo iba a salir. ¿Cómo iba a reaccionar ella? En qué circunstancias normales, como basílico y conociéndola, con razón. No debió nunca dar por sentado que al saber ella quién era el en realidad iba a caer en sus brazos. No Candy tenía una personalidad y unos principios, y para una mujer como ella su sangre noble, su título y sus propiedades no eran el pasaporte para que se rindiera a él y aceptar hacer desposada sin más.
Lo que estaba por encima de cualquier otra consideración es que la amaba más que a su vida. Y bajo esa premisa tenía que exponérselo. Porque aquella noche se estaba jugando su felicidad y el futuro de ambos.
Regresó al salón con el objetivo definitivo de sincerarse de la humildad y pedirle perdón a Candy a sabiendas que cualquier reproche se lo tendría merecido dispuesto a lo que fuera, incluso arrodillarse ante ella y rogarle su absolución.
Apenas dio un par de pasos ya dentro del salón y un hombre se interpuso en su camino. No tuvo otro remedio que atenderle: era Petter Balwin.
Candy le descubrió de inmediato, como si un Sexto Sentido le hiciera notar la presencia de Terry conversando con un caballero de un modo que se le antojó bastante amistoso o familiar, teniendo en cuenta que ese hombre le palmea la espalda. Quiso interrogar con la mirada a Potter, pero su contramaestre tenía también los ojos fijos en la pareja.
Lady Margaret tomo entre las suyas la mano que la dama le tendía. Era una mujer de estatura mediana, delgada con un junco, cuyos cabellos plateados recogidos bajo la toca, no encajaban con su cutis terso, sin arrugas ni afeites. Erguida y de porte distinguido, se apoyaba en un bastón con empuñadura de plata que le confería una pátina de elegancia, lejos de hacerle aparentar una persona de avanzada edad.
Hablaban ambas en actitud precavida, cómo si insinuaran en sus tonos y ademanes la privacidad de una conversación, en el transcurso de la cual el rostro de la recién llegada fue abriendo a distintos estados de ánimo, que sólo sabía interpretar su interlocutora; extrañeza, asombro, alegría y después la angustia de la duda. Se volvió para mirar en la dirección que le indicaba su buena amiga y sus cansados pero aún hermosos ojos del color de las esmeraldas no consiguieron distinguir con nitidez. Dijo algo a Lady Margaret, se apoyó en su brazo y caminó con resolución hacia Candy y Alex Potter.
A medida que acortaba distancia, crecían su turbación. Temblaba la mano que se apoyaba en el bastón, se hacía más vacilante su paso y se demacraban sus mejillas.
También Candy estaba mirando hacia la aristocrática anciana vestida de oscuro que, a pasitos cortos y raros se les aproximaba del brazo de la Duquesa. Los rasgos de la damas suscitaron en ella una corriente de afinidad sin causa aparente, por más que intuía que iba a tener que someterse a una presentación, y preparó su mejor sonrisa.
Para desconcierto suyo, sin embargo no se produjo tal salutación. Lady Margaery y su acompañante se pararon frente a ella, y la respetable dama no dudo en observarla con detenimiento de arriba abajo, fijando luego sus verdes ojos en el colgante que descansaba sobre el pecho de la muchacha para exigirle, a continuación en un tono desabrido que la desorientó.
—Decirme vuestro nombre.
Cruzó Candy una mirada azorada con la Duquesa. Sin saber muy bien cómo dirigirse a ella, puesto que desconocía su condición, optó por doblar ligeramente la rodilla al tiempo que respondía.
—Candice White, milady.
—¿Y el nombre de vuestro padre?
— Mi padre era el capitán White, señora -repuso un tanto contrariada por la rigurosa inflexión de su voz.
—Quiero decir su nombre auténtico, niña.
—William Andrew White. -Pero no fue Candy quien contestó sino Alex Potter.
Candy giro el cuello hacia èl doblemente sorprendida por ser Potter quién respondiera y por añadir un apellido desconocido a su padre ¿Andrew? ¿De dónde se había sacado eso? ¿Por qué él no parecía encontrarse turbado por tales preguntas de ámbito personal que que requería la señora? ¿Y quién y quién demonios era aquella antipática octogenaria, que ya no le caían también?
La dama titubeo brevemente, como si cediera a su peso y Potter evitó que cayera, asistiendola a tiempo.
Mientras tanto Candy era víctima de un estupor manifiesto. ¿Qué demonios estaba sucediendo que se le escapaba? ¿Porque tantas preguntas. Porque Alex había dado un hombre equivocado que hacía que Lady Margaret y la otra mujer no la quitaran ojo, entre aleadas y fascinadas?
Acontinuación, ya con voz trémula y más azorada, quiso saber aquella dama:
—Decidme el nombre de vuestra madre.
—Ely, señora.
Aquellas tres únicas letras hicieron perder la poca estresa que le quedaba la anciana. Sin dejar de mirarla, adelantó una mano para tocar su mejilla y la muchacha pudo comprobar, con infinito embarazo, como las lágrimas rodaban por sus mejillas.
A Candy no le dieron tiempo para reaccionar; Lady Margaret tomándola por el codo, la condujo hacia la salida del salón, seguidas por un Potter grave y estirado, ayudando a caminar a la longeva dama.
Desde el lado opuesto del salón Terrunce aún hablando con Balwin fue testigo del encuentro, del intercambio de la de palabras y de lo precipitado de su retirada. Frunció el entrecejo y preguntándose también él que estaba ocurriendo. Aunque por el modo en que Potter lleva la Duquesa viuda de Corning, quizás se trataba de un desmayo. Se excusó con Balwin y fue tras ellos, que se internaban en una sala adyacente al salón que se aguardaba normalmente ser recibido por la Reina, evitando poco a poco que Potter le cerrará las en las narices.
Dentro su madre trataba de conducir la situación, pero la Duquesa lloraba y Candy parecía confusa sin saber muy bien a que venían su lágrimas ni cómo calmarla. El único que manifestaba una relativa calma era Potter con quien cruzó una mirada cómplice.
—Dadas las circunstancias se impone A qué Candice tenga una audiencia privada con Su Majestad ahora mismo. —Oyó que decía su madre.
Si la muchacha no entendía nada, Terrunce no le iba a la zaga.
—¿Qué decís, madre? No veo motivo para tal cosa.
— Lo hay —intervino la Duquesa viuda con voz desfallecida—. El imperativo que hable con vuestra soberana antes de que comience la fiesta.
—¿Puedo conceder la causa de tal a premio, Excelencia?
—Debe ser presentada ateniéndose a su origen Terrunce. No sólo como la mujer que salvó su vida, sino como la mujer que en realidad es: Candice White De Andry , mi bisnieta y mi única heredera.
Apoyo las botas sobre la mesa lacada y se sirvió otra copa más.
Había perdido la cuenta de todo lo que había bebido tras dos días encerrado en aquella sala, apenas sin probar bocado, saliendo solo para gritarle a Summers que le trajera una botella más de brandy,
Estaba ebrio, sí.
¡Y qué!
Era preferible a mantenerse sereno, en cuyo caso veía con claridad mediana que su vida se había ido a la mierda. Al menos las brumas del alcohol le arrastraban a una somnolencia que embotada su desgracia. Después de que Candy le dejara le importaba todo un bledo: su fortuna, su nombre,su título. Renunciaría a todo con tal de borrar de su mente el dolor que había visto en los ojos verdes de la mujer que amaba más que a su vida.
Se bebió la copa de un trago y estiró la mano para atrapar la botella de nuevo. La muy maldita estaba vacía, así que la estrelló contra la chimenea al tiempo que gritaba a voz en cuello.
—¡¡Summers!!
Se levantó. Tambaleándose, apoyándose en los muebles, consiguió alcanzar la puerta y abrirla.
Unas manos pequeñas pero firmes lo empujaron hacia atrás, haciéndole retroceder a trompicones.
—Ni un sorbo más, Terrunce.
La visión se le emborronaba, tuvo que entrecerrar los ojos para fijarlos en las facciones indignadas de su madre.
—Buenos días. Duquesa —quiso balbucir con una sorna propia de su estado, yendo a caer pesadamente sobre un sofá.
—¿Te has lamentado ya lo suficiente?
—¡No! Vete, madre, y déjame en paz.
Lady GrandChester le hubiera cruzado la cara. Pero su corazón de madre penaba por él, la hería en lo más hondo que se hindiera en su desdicha, destrozado y arruinando su futuro. Todo ser humano tiene derecho a lamerse las heridas ante su desgracia, por eso le había consentido, dos días de retiro, sin intervenir, sin acercarse a él, dejando que asimilara lo sucedido y dando tiempo a que pensara en la manera de arreglarlo.
Pero se acabó. Summers ya no pudo controlar las reacciones de su hijo y tuvo que acudir a ella, a pedirle ayuda. Entonces se dio cuenta de que no debió dejar tanto tiempo a solas a Terrunce.
Ni siquiera tuvo en cuenta el desconsiderado rechazo de su hijo.
—Si todo lo que sabes hacer es estar ahí tumbado, compadeciéndote y bebiendo, es que eres más cobardemente de lo que me has hecho creer hasta ahora. Levántate y ponle remedio porque en esta familia no se pierda uno de sus hombres ni la Reina uno de sus mejores consejeros. La reprimienta avivó el fuego que consumía a Terrunce.
—Te ruego que me dejes, madre, quiero estar solo.
—¿Para seguir ahogando tu cobardía en alcohol? ¿Para continuar llorando como un crío?
—¿Porque no? No tengo otra cosa mejor que hacer.
Siempre hay una salida a los problemas, que es eso de darse por vencido. Sólo los muy cretinos se dan a la bebida.
—¡Por los clavos de Cristo! -explotó- Sólo estoy pidiendo un poco de paz y silencio, madre. Necesito estar solo.
—Lo que necesitas es cumplir con tu obligación.
—¿Y cuál es? Hacer como si nada hubiera pasado.
La Duquesa de Grandchester se armó de paciencia y se sentó a su lado, acarició su mejilla en la que la barba ya era notoria. Contrariamente a lo que esperaba, Terrunce no la rechazó y aceptó el consuelo de su contacto.
—Hijo. Estás actuando como un estúpido.
—Lo sé.
—Si estás decidido a recuperar a Candice, ponte a ello, te ayudaré.
La sola mención de su nombre le sobrepesaba. Quiso reírse. Ni siquiera pudo, su madre siempre iba a estar ahí y le agradecía su oferta de ayuda pero ni con el apoyo de la guardia real podría solucionar su problema.
—Candy me odia, madre
—Claro y yo soy la querida de Walter Raleigh, Qué te parece —Visqueó Terry oyendo tamaña barbaridad en la boca de su madre.
—Óyeme bien insensato esa muchacha no te odia hijo mío, más bien todo lo contrario. GranChester volcó su cabeza en el regazo de su madre como cuando era pequeño, evocando lo sucedido al saber de Candy —
y de paso el que era la bisnieta de la Duquesa de Corning.
Fue una declaración sorpresiva impactante que se expandió en la mente de todos los presentes, paralizandolos por la conmoción y trascendencia de la noticia. Pero no hubo tiempo material de asumir la primicia porque se imponía sin solución de continuidad una audiencia privada con la reina ya mismo. Inmediatamente antes de qué la soberana se presentara ante su corte; un hecho extraordinario e inusual que trastocaría el protocolo y necesitaría de la mediación de las personas de mayor confianza y más próxima a Isabel 1 de Inglaterra. Por fortuna, tanto la dignidad de la Duquesa como el predicamento de su propia madre pusieron en marcha la maquinaria de su autoridad para que fueran recibidos brevemente.
La Duquesa expuso ante su Majestad hechos, nombres y fechas, facilitando información personal, confidencial y precisa a propósito de la oposición radical de los Andry al amor declarado entre Eleanor y William White, y la posterior angustiosa desaparición de la hija de ambos tras la muerte de Eleanor.
Amanda White, única persona que la había apoyado, revolvió cielo y tierra en busca de la niña sin encontrar pista alguna para recuperarla. El tiempo acabó por hacerle pensar que pudiera haber muerto, pero incluso así no cejó en su empeño. Sólo se dio por vencida años después tras la desaparición de su hijo y su nuera, que perecieron en un accidente.
Isabel permanecía impertérrita escuchando. Una vez finalizada la exposición de la Duquesa mantuvo un silencio expectante que interrumpió determinando que la joven sería presentada como le correspondía, de acuerdo a su Rango y condición, a tenor de los nuevos hechos sometidos a su consideración de dictamen.
A continuación dirigiéndose al Terrunce hablo así:
—En cuanto a vos lord Grandchester, agradecemos vuestra colaboración para desenmascarar y acabar con el traidor Benson y por habernos devuelto a la bisnieta de Lady Corning sana y salva. Tened por seguro que recibiréis vuestra recompensa por haber servido, como siempre con riesgo de vuestra propia vida. Y no os preocupéis por habladurías de otro signo; de lo sucedido en altamar nadie abrirá la boca.
Esta proclamación, orgullo de cualquier súbdito de Su Majestad, supuso el principio del fin de su relación con Candy y de la amargura que ahora padecía.
Después de eso Candy no había cargado contra Potter, que confesó estar al tanto del secreto de William White, manteniendo la clandestinidad del origen de la muchacha en juramento a la última voluntad de su capitán y su amigo.
Acometido contra él, con quien se negó a cruzar palabra por más que lo intentó, interrumpió por la multitud de parabienes recibidos de cortesanos interesados sobre todo, el tener noticia de primera mano sobre el pasado de la recién aparecida heredera del ducado de Corning.
Candy se había mantenido en un segundo plano, amparada por su por su bisabuela y la Duquesa, manteniendo un mutismo total ante cualquier pregunta sobre sus años de ausencia. ¿Qué debía decirles en tales circunstancias y en su nueva condición? Desde luego, no que había sido creada en un barco y qué, más tarde había sido capitán de un grupo aguerridos corsarios, peleando como uno más de ellos. Tampoco que en consecuencia, robó e incluso mató porque en las reglas de los mares del Caribe, o se mata o se moría. No de nada de eso podía hablar.
Afortunadamente para ella Terrunce acaparaba toda la atencion manejándose a la perfección entre aquella jauría de lobos que componían la corte de Isabel, sacándose de la manga un convento en el norte de Escocia, de dónde la había rescatado cumpliendo órdenes de su Gracia, la Duquesa viuda.
Incluso a ella le resultó creíble la nueva y piadosa vida que se inventó Terry para evadir la de la verdad. Este era en realidad Terrunce Grandchester. El maldito e imprudente Duque de Grandchester. ¡Cuánto le costaba pensar en él, con esa personalidad!—; un hombre hábil, capaz de presentar al príncipe de los infiernos en la corte y hacerles creer a todos que se trataba de un Arcángel San Gabriel.
Pero Candy, resentida como nunca antes le estuviera, ni siquiera le correspondió con una simple mirada retirándose en compañía de su bisabuela y Potter.
En consideración a la excepcionalidad de la ocasión, también Terrunce solicitó el beneplácito de la reina para ausentarse, fue concedido y fue tras ellas, urgido por hablar con Candy cuanto antes. Consiguió alcanzar le subiendo ya al carruaje y cuyo costado como una burla del destino, lucía con toda su carga histórica el escudo del ducado dos rosas entrelazadas recibido con una respuesta tan fría que lo la sangre.
—Mi bisabuela y yo tenemos mucho que contarnos lord Grandchester —silabeó su título lanzándoselo a la cara como un insulto —Lamento tener que prescindir de vuestra compañía.
—Candy, es importante que hablemos, necesito que me escuches.
—No quiero ir Nada. Y espero por vuestro bien, que nuestros caminos no vuelvan a cruzarse.
Así comenzó la cuesta a los infiernos de un hombre cuya vida saltaba por los aires que quiso cerrarse al mundo negándose a sí mismo una salida desde la que afrontar al remedio a los errores cometidos de los que tan sólo él era culpable.
-Terrunce...
La voz de su madre le hizo volver a al presente e incorporarse. Le dolía la cabeza se sentía sucio de cuerpo y alma.
—Necesito una copa -dijo.
—No, lo que necesitas es un baño de agua fría, un afeitado, tu mejor talante y tu cabello, prestó a partir a golope tendido, hacia la mansión Corning.
—Déjame a solas, madre, por favor
Lady grandchester se levantó y se fue retirando hacia la puerta antes de salir se volvió hacia él:
-Terrunce Duque de Grandchester, Bravo caballero noble y consejero de Isabel 1de Inglaterra — e número la cáustica con mordacidad--, probablemente el único hombre capaz de conseguir que la soberana cambie de parecer. ¡Mírate, huyendo de ti mismo, muerto de miedo como niño de pecho que rehúye enfrentarse a una muchacha! ¡Hijo mío, das lástima!
Él permaneció allí sentado con la mirada perdida en el vacío, mirando su soledad, rechinando en su cerebro el Sarcasmo desabrido de su madre de cuya boca, hasta ahora, Jamás había escuchado tanto reproche y tan contundente.
--¡¡Summers!!
—No hace falta que gritéis mi lord --contestó este a un paso tras la puerta que dejó abierta su madre--, os oigo a la perfección.
—Qué me preparen un baño. Pídele a la cocinera una de esas pócimas para despejarme del alcohol, y manda a ancillar mi caballo. Tengo que salir.
Justin asintió y caminó prestó a cumplir las instrucciones hasta el primer recodo de la Galería. Hay y con semblante guasón le esperaba la con la Duquesa con la palma de su mano extendida hacia él.
—Creo que me debes un penique, Te dije que le haría reaccionar, ¿verdad?
Se agitó el cuerpo de Summers por la risa rebuscando en el bolsillo de su levita el importe reclamado.
—No sabéis con qué placer pierdo la apuesta, milady.
Lo que nadie podía imaginar era qué horas más tarde, cuando Terry llegó a Corning Hall, Candy White De Andry había partido de Inglaterra.
Firme la baranda de estribor, perdida su mirada en la Inmensidad de las aguas encrespadas por el viento, cada vez más impetuoso que azotaba su rostro, desmelenaba su cabello y se colaba entre su cascada abierta, Terry ni siquiera daba muestras de sufrir la intensidad del frío del mar abierto, cavilando en sus meditaciones.
--Deberíamos plegar velas, milord -intervinieron a su espalda, Terry echó un vistazo al cielo encapotado cada vez más negro
—Aún no señor Rogers. Aún no.
—Si seguimos navegando a este ritmo endiablado y estalla la tormenta que se adivina, la nave será una cáscara de nuez a merced del oleaje, Milord.
El dragon fly aguantará el temporal, no os inquietéis.
George Rogers. el marino que capitaneaba la nave, se abstuvo de decir nada más. No iba a objetar a su patrón, un hombre obcecado por un amor no correspondido, con una fijación que desafiaría a un mar tempestuoso. Amaba aquella nave como si de un hijo se tratara y asumiría el riesgo que significaba surcar el océano con todo el velamen desplegado, si así lo quería su señor. Al fin y al cabo ya lo habían hecho en otras ocasiones.
Terry, a la vez, confiaba ciegamente en Rogers, un hombre dotado como pocos para el gobierno de una nave con quién ya había sorteado temporales de gran violencia con una paricia digna de encomio. Sin embargo ahora creía que el vendaval iba a aminar y el barco, a un inmejorable navío, tenía que devorar millas para acercarse a su objetivo al que ya no iba a renunciar.
Navegaba armado de una provisión de energía renovada, pleno de una privacidad interior que la impulsaba a su futuro con Candy o a su petición.
Le había costado mucho hacerse a la idea, no fue nada fácil renunciar a su vida anterior pero una vez tomó la decisión no dejaría que nada ni nadie, ni siquiera el mayor de los tifones le alejaría de su destino. Esa era la vida que le gustaba a Candy, y él iba a su busca para compartirla con ella. Si Candy no quería ser su Duquesa, él sería su corsario.
Aquel tiempo sin su presencia casi diez días que se le hicieron eternos, había trastocado su cerebro y había mermado con cordura. Pero su madre primero y Lady Corning después le convencieron de que Candy necesitaba tiempo. Tiempo para asimilar su nueva realidad diariamente opuesta a la de su vida anterior, una vida a la que tendría que despedirse. Porque acabaría haciéndolo. Le arrancaron La promesa de que debía esperar su vuelta, pero loco de impaciencia, la rompió tres días después incapaz de aguantar su regreso a Inglaterra. Terry también necesitaba aclarar las cosas con ella y por Dios que lo haría; le gustase a ella o no. Tenía que pedirle perdón por tanto equivocó que no sabía por dónde empezar, pero estaba seguro de que conseguiría hacerle entender que desconocía su verdadera identidad, que siempre creyó en su inocencia, y sobre todo que cuanto hizo fue por ella, porque la amaba con desesperación.
—Te alcanzaré, Candy, ¡Maldita sea tu alma corsaria! Y cuando lo haga, ni Satanás podrá ser que te liberes de mí.
A millas de distancia, sobre la cubierta del Melody sea, también ella tronaba igual de rabiosa, repitiendo palabras similares ¡Condenada sea tu alma Terruce Grandchester! barbotó evocando al hombre del que se había enamorado, que rondaba en su cabeza sin que pudiera eludirlo.
— Renegar de él no te servirá de ayuda, muchacha
Quiso desdeñar el comentario de Potter, incluso ignorarlo a él a quien aún no había perdonado del todo que le hubiera mantenido en la ignorancia durante tantos años. En realidad apenas habían vuelto a tocar el tema desde que se embarcaron, pero este era un momento tan bueno o tan malo como cualquier otro para que se sincerara, porque ella tenía todo el derecho de saber.
—¿Por qué, Álex?
Él se encogió de hombros entendiendo a qué se refería y buscó acomodándose junto a ella y apoyando los antebrazos en la borda
—Deberíamos arribar velas -se limito a decir
-¡Vete al infierno! Te hecho la pregunta y ya va siendo hora de que contestes con algo más que evasivas.
Le hice una promesa a tu padre ya lo sabes yo sólo cumplir lo que prometo.
--Entonces, explícame sus motivos.
-Tenía miedo.
-¿De qué?
-De que prefieras esa otra vida a esta. Lady Eleonor Fue el gran amor de tu padre, hubiera dado su alma por ella. Podría habérsela llevado de Inglaterra, secuestrarla Ella misma se lo había pedido ante la posibilidad de que pudieran estar juntos a causa de la oposición de sus padres. Pero no lo hizo porque William era un hombre cabal, no quiso negarla a las comodidades y privilegios de los que iba a tener que despojarse sí dejaba Inglaterra arrastrándola una vida incierta —Elevó la mirada hacía los mástiles—. Por eso renunció a tu madre, abandonándola, rechazando su propia felicidad sin saber que tú venías de camino.
Cuando se enteró de su muerte y de que tú existías, sé retractó de sus renuncias y ya no se planteó otra meta que tener a su hija cerca. Te busco, te encontró y te rapto, Candy, eso es lo que hizo tu padre, porque eras lo único que le quedaba de Lady Eleonor. La única razón por la que merecía la pena seguir viviendo. Para entonces ya había hecho fortuna en el mar suficiente para darte una vida cómoda. Desde luego no contaba con que a la hora de la verdad tú te negaras a dejar el Melody.
-Debería haberse sincerado conmigo Alex
-No tuvo valor, más de una vez lo vi llorar atormentado, muchacha, rompiéndosele el alma entre su parte efectiva que necesitaba mantenerte a su lado y la otra parte de él más práctica que entendía que debía devolverse a Inglaterra, para que gozarás de una vida mejor.
-Poco me importaba un título entonces amigo mío y tampoco me importa ahora.
-Lo sé pero él no sabía, tú no lo sabías. Y tú eras feliz en el barco donde todo el mundo. Estaba pendiente de ti, tu presencia y tu vitalidad de niña, le hacía dichoso, dándote, dándole alas para seguir adelante así lo asumió.
—Definitivamente
—Pero me hizo jurar que guardaría silencio sobre tu madre para siempre. No quería que lo maldijera sí te enterabas.
-¡Por Dios! ¿Cómo iba a maldecir al hombre que me dio la vida Álex? Me mímo a cada segundo que viví junto a él y yo le quise como creo que se debe querer a un padre. Ahora, con la perspectiva de la disrancia en el tiempo, creo que la culpa también fue mía, lo admito, porque mil veces quise que me hablara de mi madrey otras tantas desistí. No podía abordar este asunto, sus ojos se oscurecían y se cernía sobre su rostro una tristeza y un silencio que me obligaban a no insistir.
-Esa sensaciôn que percibías te tiene que dar una ídea de lo que sufría.
-El amor es una farsa. Sobre todo, si la persona de la que te enamoras resulta ser un impostor.
-A mí no me engañas, Candy. Aplícate la historia de tu padre y no renuncies a la persona de la que sigues enamorada.
-¡Un cuerno!
Potter se permitió disfrutar del sonrojo que le cubría las mejillas.
-¡Ya, ya! Pero Yo me pregunto como reaccionarias si Terry aparece de repente.
-Atravesándolo con mi sable.
-¡Ja, ja, ja! ¡Seguro que sí!
Potter se alejó de allí y El eco de sus risotadas incito a que Candy maldijera de nuevo al Duque de grandchester y de paso, a todos los nobles de la tierra.
Un cielo inclemente vapuleaba el barco entre bramosos de viento y lluvia rechada, obligándoles finalmente a recoger velas. Los elementos que aliaban negándose a que Terrunce Grandchester materializarse en realidad su vehemente deseo de visitar el Melody Sea.
Muy poco podía imaginar que no muy lejos de su ruta marina Potter daba las mismas órdenes que el capitán Rogers, y la tripulación de Candy se aprestaba también arribar el velamen.
Terry no acababa de bajar a su camarote para cambiarse la ropa empapada y descansar un poco. Ni siquiera había abierto la puerta y la voz de del vigía encaramado en la cofa de la nave le detuvo en seco.
-¡Barco a la vista!
Corriendo escaleras arriba regresó a la cubierta como una exhalación para recibir de manos de Rogers el catalejo que enfocó en lontananza, limpiando de tanto en tanto el visor de vaho y agua, concentrándose al máximo en el objetivo que el oleaje en su balanceo, le ocultaba a su lente al amparó del aguacero. En un momento dado, entumecidos sus brazos de escudriñar, un visaje casi imperceptible alteró su rostro. Devolvió el instrumento a su capitán y afianzó sus manos en la borda, sin tensión ya listo para dar la cara.
-Te pillé. Capitán o Duquesa, tendrás que escucharme
-Bandera inglesa - confirmo Candy.
-Y diría yo que vuelan por darnos alcance. ¡Qué poco me gusta que naveguen a nuestro trasero!.
-Voy a mí camarote. Vigila ese barco. Si acorta la distancia más de lo razonable, avísame y les lanzamos una andanada de advertencia que les quité cualquier mala tentación. A estas alturas, no permitiré que nos pongan en aprietos.
-¡Por las barbas de Neptuno, señor Rogers! -bramó. La cortina de agua ina quedando atrás, pero del Melody apenas si conseguían distinguir la punta del mástil, lo que acrecentó en Terrunce una desazón por si lo perdían, pretendiendo que su capitán diera sosiego a su contrariedad o, más bien trasladándole su impotencia-. ¡Se nos está distanciando maldita sea!
No se dio este por aludido. Por mucho que el patrón pretendiera que al Dragón fly le salieran alas, ni él ni la tribulación podía darle gusto.
-Hacemos todo cuanto podemos, milord, Vos mismo veis que el viento está rolando.
Terrunce no replicó porque sabía que no debía Rogers era un magnífico marino y no era culpa suya si la nave de Candy había sorteado mejor que ellos las rachas de Viento y las cortinas de agua tomándoles una ventaja apreciable en realidad si había un culpable era el mismo, porque en su prisa por ir tras ella no había elegido El barco más adecuado. El dragon fly era una nave poco más pesada que el Melody Sea, aunque fuera más moderna y tuviera mejor velamen. Resultaba incluso milagroso que hubieran podido darles alcance, habiendo salido tres días antes que ellos de las costas inglesas.
Las horas fueron cayendo sin que se aminorar a las distancias, Aunque en ningún momento dejaron de divisar la arboladura de la otra nave. Sin embargo a media tarde, el Melody redujo su velocidad y se le fueron acercando hasta el punto de divisar El casco en su conjunto.
Más, de pronto, sin previo aviso, se abrieron dos troneras centrales de babor, asomaron las bocas de los cañones y dispararon hacia ellos. Inmediatamente dio instrucciones Rogers de prepararse para un enfrentamiento. Sólo fue una andanada de aviso, pero Terrunce no quiso arriesgar a su tripulación, si modificaban la altura del disparo, no tardarían en hacer blanco y él no venía a pelear.
-¡Capitán, ondear bandera blanca —le ordenó. Como este extrañado, se demoraba en repetírselo a sus hombres, se volvió hacia él-. ¡Maldita sea, haced que se ice esa puñetera bandera de una vez! —vociferó afianzándose a la borda, casi volcándose sobre ella, entrecerrando los ojos para observar cuánto podía los movimientos de la cubierta del Melody-. ¡Hija del diablo, serías capaz de hundirme!
Potter avistó trapo blanco y canceló la orden de disparar otra vez descarga y Candy, dejando su camarote a toda prisa, subió a cubierta al oír las detonaciones.
-¿Qué ocurre, Alex? ¿Por qué diantres hemos disparado?
-¿No dijiste que una andanada de advertencia les gritaría las ganas de besarnos el trasero?
-Es un barco inglés, ¡por todos los santos!
-No soy ciego, claro que es inglés. Pero tampoco soy sordo y no has dejado de despotricar en mis orejas sobre cierto individuo a quien no querías volver a ver ni muerto no es así —Le pasó el catalejo—. Echa un vistazo a la enseña que ondea bajo la bandera.
Apenas una ojeada y ella se lo devolvió como si le quemara.
-Hijo de una... -¡Abrid todas las troneras de babor!
-¿Te has vuelto loca?
-Es una orden, señor Potter.
-Sabes que esa orden yo no la voy a cumplir. Nunca lo haría habiendo izado bandera blanca.
-Es una treta. No tengas tantos escrúpulos, porque si no das orden de abrir Fuego, lo haré yo.
Potter la tomó del brazo, apretándoselo con tanta fuerza que le hizo daño.
-Tú no eres la Candy que yo conozco, así que quiero pensar que se te está recalentando el cerebro. Una bandera Blanca es Sagrada y ningún navegante que se precie lo olvida nunca. Y tú tampoco, o me tendrás enfrente.
- Es el escudo de Grandchester, ¿es que acaso no lo has visto?
-Si, lo he visto, pero no permitas que tu frustación te haga perder la cabeza arrastrándonos a todo a la perdición, muchacha.
-No quiero que se me acerque.
-Tal vez él no viaje a bordo.
No quiso contestarle, solo se quedó mirando Atentamente. Si Terrunce Grandchester no se encontraba a bordo se habría dejado llevar cometiendo un disparate tan pueril, tan canalla. y vergonzante que lo hubiera lamentado toda su vida, perdiendo su dignidad y a su mejor hombre y amigo Alex Potter.
Bajo la cabeza y abandonó la cubierta escaleras abajo, hundiéndose en las tripas de la nave.
Estuvo muy poco tiempo. Cuando subió, Lucía su sable en la cadera y Potter blasfemaba porque no estaba nada seguro de que el Duque de Grandchester hubiera decidido quedarse en Londres.
Continuará...
Saludos queridos lectores. ¿ Qué creen? Si el siguiente capítulo es el final. JillValentine.
