Gracias por vuestros maravillosos rewiews a: Jime, Lucyarg, alimago y niki
Ni la historia ni los personajes son míos.
Este capi se lo quiero dedicar a Lucyarg, ¡anímate amiga, la vida son dos días!
CAPÍTULO 11
Bella despertó a la mañana siguiente con el presenti miento de un desastre inminente. Por unos minutos se quedó mirando fijamente al ventanal antes de hacer el intento de in corporarse.
La noche anterior había sufrido un desengaño. Estuvo varias horas tendida en la cama esperando inútilmente que Edward fuera a con tinuar lo que había iniciado, y al examinar sus sentimientos tuvo que reconocer que, a pesar de todo lo que había dicho su cuñada y de lo que había pensado hacer, tenía unos enormes deseos de que su marido estuviera junto a ella. Esto era lo que encontraba más difícil de aceptar.
Cuando salió de Inglaterra, sabía que la esperaban muchas dificultades. Edward tenía un carácter bastante complicado, pero estaba decidida a hacer frente a cualquier obstáculo. Sin embargo, ahora tenía que aceptar que los problemas que había considerado antes de salir de Londres, eran por completo diferentes a los que tenía que encarar en realidad.
Todavía se sentía débil, pero ahora podía comer bien y estaba se gura de que muy pronto lograría recuperarse por completo.
Se acercó a la ventana. El sol se filtraba a través de los celajes grises y Bella pensó que pronto iba a llover. Su estado dé ánimo estaba de acuerdo con el tiempo. Se alejó de la ventana y, presa del abatimiento, se encaminó hacia el vestidor. No le importaba que Edward la viera en camisón. Varias veces la había visto sin ropa y no sólo eso, sino que también había tenido que refrescarla y limpiarla con una esponja, destruyendo así cualquier misterio que pudiera tener para él.
No encontró a nadie en el vestidor. El lecho de Edward estaba en el más completo desorden, testigo mudo de la intranquila noche que había pasado su dueño. Cerró la puerta en el momento que Chiquita aparecía con la bandeja del desayuno.
— ¡Ah, senhora! ¿Cómo está? ¿Se siente bien? ¿Sim?
—Bem, obrigada —respondió Bella—. ¿Dónde está mi esposo, Chiquita?
—El senhor Edward se fue, senhora —le dijo la sirvienta, colocando la bandeja sobre la mesita de noche.
— ¿Se fue? ¿Adonde?
—A Belo Horizonte, senhora.
—Belo Horizonte —repitió Bella, incrédula—. ¿Y cuándo vol verá?
—Nao conheco, senhora —contestó Chiquita, encogiéndose de hombros.
Bella la miró desalentada y le indicó que la dejara sola. Se sentó a tomar una taza de café y no pudo evitar que le asaltara la te rrible idea de que tal vez aquella ausencia inesperada era la forma que Edward había escogido para darle su libertad. Con esfuerzo, logró comer algo. Después tomó un baño y se puso unos pantalones va queros y una blusa de algodón. Bajó la escalera y entró en la cocina.
Encontró a Sancha sentada ante una mesa de burda madera, tomando el desayuno. Cuando la vio se puso de pie, despidió a las dos sirvientas que se ocupaban de limpiar verduras y la invitó a que to mara asiento junto a ella. Aunque Bella sabía que la buena mujer no entendía el inglés, había en su rostro tanta bondad e inteligencia que decidió intentar la comunicación, valiéndose, además de las pa labras, de gestos y ademanes.
—Sé que usted me cuidó cuando estaba enferma; ahora estoy mucho mejor y quiero darle las gracias.
Sancha asintió y la miró con tal intensidad, que la joven se turbó visiblemente y se puso de pie. La sirvienta también se levantó y, acercándosele, la retuvo por un brazo. Con mucha dificultad le dijo:
—Usted va a quedarse en "Monte Paraíso", ¿verdad? Senhor Edward quiere que se quede.
—Es muy amable de su parte, pero... —respondió Bella, des concertada.
—Usted es la mujer del senhor Edward —insistió Sancha— y va a tener muchos bebés... yo lo sé, lo sé.
Bella suspiró. La posibilidad de que ella y Edward tuvieran hijos le parecía muy remota. Además, se dijo a sí misma, en todo caso, sus hijos tendrían que ser los de Jake.
Trataba de desasirse sin brusquedad de la mano de Sancha cuando entró Rosalie.
— ¿Qué sucede aquí? —preguntó con voz autoritaria.
—Nada Rosalie, ya me iba, pero dime, ¿dónde está tu madre?
—Por ahí andaba, ¿por qué? Si la necesitas, voy a buscarla.
—No, no te molestes, no tiene importancia... Es que Chiquita me ha dicho que Edward se fue a Belo Horizonte.
— ¿Chiquita te lo ha dicho? —preguntó Rosalie con cierta malicia. Bella se sonrojó.
—Pues sí, me imagino que Edward tuvo que salir deprisa...
— ¿Tú crees?
— ¿Sabes cuándo va a volver? —preguntó Bella con timidez.
—Me imagino que dentro de dos o tres días.
— ¡Dos o tres días! —exclamó Bella angustiada y, atendiendo a una seña de su cuñada, salió junto con ella por el corredor, no sin antes despedirse de Sancha con una sonrisa.
—Yo creo que Edward habrá ido a la Universidad; es catedrático —comentó Rosalie.
—No lo sabía.
—Parece que ignoras muchas cosas acerca de mi hermano.
Bella se encogió de hombros, desconcertada y, haciendo un es fuerzo, respondió:
—Es verdad. —Trató de adelantarse para evitar las observaciones irónicas de su cuñada, pero cuando ya se encontraba a cierta distancia, Rosalie la llamó:
—Bella...
—Dime —respondió la joven, con evidentes deseos de no prolon gar la conversación.
—He pensado que tal vez te gustaría conocer la finca ahora que Edward está de viaje. Puedo acompañarte.
—Muchas gracias, Rosalie; me encantaría.
—No es nada; trato de disculparme por haberte juzgado tan mal.
—Estoy dispuesta a salir cuando quieras.
Poco después las dos jóvenes subían al Jeep para iniciar su re corrido. Bella pudo darse cuenta de que ignoraba muchas cosas sobre la administración de la finca.
"Monte Paraíso" era muy grande. Buena parte de la tierra estaba dedicada a la ganadería. Al sur había algunas granjas agrícolas, porque en aquella zona el suelo era más fértil.
En Santa Magdalena también había campos de cultivo de legum bres, cereales y frutas, para el consumo local.
—Brasil es esencialmente un país agrícola —le explicó Rosalie cuando iban de regreso a la casa—. Me imagino que habrás oído hablar del cultivo del café, pero no creo que sepas que ocupamos el tercer lugar en la producción de algodón, caña de azúcar, centeno, ta baco...
—No tenía idea —repuso Bella y añadió—: pero la producción ganadera también debe ser muy alta.
—Naturalmente —Rosalie señaló hacia los rebaños que pastaban tranquilos—. Están por todas partes.
Bella asintió, pensando que la vida campestre podía tener muchos atractivos. Ahora se daba cuenta de lo difícil que sería para los habitantes de aquellas regiones de espacios abiertos y tranquilos, acostumbrarse a vivir dentro de las tremendas limitaciones de las ciudades.
Por la noche, los Cullen dieron una fiesta. Invitaron a unos amigos, los Mineiras, que vivían en una finca cercana. Jane Mineiras tenía la misma edad que Rosalie y también estaba presente Emmett, el prometido de su cuñada. Como siempre, fue Bella el centro de atención de la familia y los visitantes.
Los Mineiras no eran como los invitados de Lady Newton, que se reunían para intercambiar maliciosos comentarios sobre sus amigos comunes. La señora era una dama encantadora, que como aficionada, se dedicaba a la pintura y su hija se mostró muy interesada por la vida de Bella en Inglaterra. Envidiaba las oportunidades que aquella tenía de asistir a conciertos, exposiciones y funciones de teatro. Le sorprendió saber que los grupos musicales favoritos de Jane eran bien conocidos para ella.
Cuando terminó la cena, los mayores se dedicaron a jugar al "bridge" y los jóvenes pasaron a un saloncito donde, al compás de la música moderna, bailaron encantados. Los jóvenes brasileños tra taron de enseñar a Bella algunos pasos de «bossa-nova» y ella giraba al ritmo de los tambores, con movimientos sinuosos y pro vocativos. Llevaba un kaftán bordado y de cuando en cuando, por entre las profundas aberturas laterales de la falda, asomaban sus bellas piernas tostadas por el sol. De pronto, la expresión de Rosalie le llamó la atención y de inmediato se volvió en dirección a la puerta.
Edward estaba apoyado en la pared, mirándola, con los brazos cru zados. A juzgar por su apariencia, todavía no había pasado por el cuarto de baño. Sus pantalones y su chaqueta de dril estaban arru gados, y su camisa, que alguna vez había sido blanca, se veía llena de polvo.
Por un momento, Bella se desconcertó, pero la alegría que le produjo su llegada le hizo estremecerse con un extraño deleite. Sin tomar en cuenta lo que pudieran pensar los presentes, continuo bailando con movimientos sensuales y rítmicos, tendiéndole los brazos para que se acercara. Habían pasado cuatro años desde que bailaron juntos, y recordaba aquella ocasión como si hubiera sido ayer. Sus brazos se deslizaron en torno al cuello masculino, su cuerpo se adhirió al de Edward y levantó la cara para mirarle sin timidez alguna.
Él la estrechó con fuerza y le dijo:
—Así que no te has ido... —y Bella sintió que se le secaba la garganta.
— ¿Acaso esperabas que me marchara?
—Digamos que estaba preparado para lo peor.
— ¿Qué es lo peor para ti, que me vaya o que me quede?
—Eso está por verse.
Bella frunció el ceño y después, como si quisiera cambiar de tema, le preguntó:
— ¿Has tenido un buen viaje?
—Sí, bastante bueno.
— ¿Por qué no me avisaste que ibas a salir?
—Sabía que pronto te informarían.
—Chiquita me dijo que habías ido a Belo Horizonte y Rosalie me indicó que dabas clases en la Universidad.
Edward asintió y dijo:
—Belo Horizonte es una ciudad muy grande y moderna, con calles anchas y llenas de tiendas. Creo que te va a gustar mucho.
— ¿Por qué crees que necesito tiendas para sentirme bien? —Con testó ella, mientras sus dedos le acariciaban la nuca—. Me gusta este sitio mucho más de lo que hubiera podido imaginar. Rosalie me llevó a conocer la finca; ahora sé cuáles son los principales cultivos y cuántas cabezas de ganado tenéis.
— ¿De verdad? —Le respondió mientras con los ojos recorría la línea del escote del kaftán con marcada avidez—. ¿También sabes que la finca es de Carlisle y no mía?
—Él me explicó que se hizo cargo de todo cuando perdiste a tu padre, pero que la casa es tuya, junto con buena parte del terreno.
— ¿Me estás insinuando que te gustaría vivir en "Monte Paraíso"?
— ¿No es eso lo que querías? Me parece que... —se interrumpió porque vio algo que la dejó sin aliento. Por la escalera subía un hombre con gran lentitud. Su rostro, excesivamente pálido, le era muy familiar.
— ¡Jake! —exclamó, dirigiendo una mirada de asombro a su marido.
—Por cierto, olvidaba decirte que también fui a Río —dijo Edward, sonriendo burlonamente.
La joven se apartó de él para recibir al viajero, que en aquel mo mento se aproximaba.
—Hola, Bella —la saludó Jake—. Me imagino que pensaste que nunca iba a llegar.
— ¿Qué quieres decir?
—Mi telegrama. ¿No lo recibiste? Supongo que sí; de otra manera, ¿cómo iba a saber Masen que me encontraba en Río?
Edward se acercó para explicarles:
—Yo tengo la culpa. Quería sorprender a Bella, por eso no le avisé de su llegada.
La joven tuvo que luchar para contener las lágrimas. ¿Por qué le había hecho aquello? Era una crueldad complicarle aún más la situa ción.
—Lo importante es que estoy aquí, aunque como verás, apenas puedo tenerme de pie —comentó Jake.
— ¿Qué te ocurre? ¿Estás enfermo?
—Está mareado —explicó Edward—. Lo que pasa es que no está acostumbrado a las corrientes de aire de nuestras montañas.
—Así es; nunca había volado en aviones pequeños. —A continuación, Edward se encargó de las presentaciones y Bella hizo un esfuerzo para poner en orden sus emociones. Después de todo, su disgusto no tenía justificación. Se suponía que debía estar encan tada con la presencia de su prometido inglés; pero al verlos juntos y al comparar sus personalidades, eliminó de inmediato la posibilidad de un matrimonio con Jake. No solamente le parecía mucho más atrac tivo Edward, sino que recordaba las reacciones de aversión que le pro ducía el contacto físico con aquel otro hombre, ahora pálido y endeble.
—Y ahora, con su permiso, voy a tomar un baño —dijo Edward tranquilamente y añadió—: Por cierto, Bella, tal vez Jacob desee comer algo; me parece que no ha probado bocado desde esta mañana. —Cuando salió Edward, la atmósfera se hizo menos pesada. Rosalie miraba a su cuñada con gesto de reprobación y Emmett y Jane no parecían muy satisfechos por la intromisión.
— ¿Quieres comer algo, Jake? —sugirió Bella con timidez.
—Preferiría sentarme, si no te molesta.
La música había cesado y nadie parecía tener interés en poner otro disco; por lo tanto, la conversación era perfectamente audible.
— ¿No sabías que yo iba a llegar?
—No —contestó Bella, consciente de que les estaban observan do—. A Edward le gusta sorprenderme.
—Pero Bella —le dijo Jacob, al tiempo que trataba de acercarse para ponerle las manos en los hombros. La joven se apartó, moviendo la cabeza—. ¿Qué te sucede?
— ¿Has tenido buen viaje desde Inglaterra a Río?
—Bella, ¿le has dicho a Masen que quieres...?
—No, Jacob, ahora no... —contestó, suplicante.
En aquel momento apareció Esme para decirle:
—Querida, Sancha me ha dicho que ha vuelto Edward con un amigo...
—Así es —dijo Bella y ambos se pusieron de pie—. Este es Jacob Black. Esme, un amigo de Edward. Jacob, la señora Esme Cullen, mi suegra.
Jacob estrechó la mano de la dama brasileña y ésta inquirió:
— ¿Desea usted tomar algo, señor Black?
—No, gracias. El vuelo ha resultado excesivamente turbulento para mí. Tendrá que pasar algún tiempo para que mi estómago vuelva a su sitio.
—Muy bien, pero dígame, ¿va usted a quedarse muchos días entre nosotros?
—Su hijo me ha invitado —señaló Jacob a la defensiva.
—Comprendo. Entonces, voy a dar las órdenes necesarias para que le preparen una habitación. Con su permiso, me retiro.
— ¿Y ahora qué? —inquirió Jacob, mirando a la joven—. He ve nido por iniciativa tuya y ahora resulta que me estás tratando como a un intruso.
— ¡No es cierto!
—Está bien, pero quiero saber si ya le has pedido el divorcio a Masen.
—Sí, en efecto, le he pedido la anulación de nuestro matrimonio.
—¿Y?
—Se niega —repuso Bella, frunciendo el ceño.
— ¡No me digas! Edward Masen no ha mencionado ni una palabra del asunto.
— ¿Qué es lo que te ha dicho? —inquirió Bella con viva cu riosidad.
—No mucho. Me hizo toda clase de preguntas sobre mi trabajo y mi familia. Quería saber desde cuándo te conocía, pero yo no pude seguir hablando porque me puse a morir. ¡Maldito lunático!
— ¿Qué quieres decir?
—Que Masen no está capacitado para pilotar un avión. ¡Dios mío! Si ésa es la manera más rápida de llegar hasta aquí, prefiero que me den un par
de muías.
—A mí no me fue mejor. Tuve que hacer un viaje muy largo por carretera y estuve enferma varios días.
—Este es un país bárbaro. Yo me quedo con Inglaterra.
—No estoy muy de acuerdo... —Se dio cuenta de que su prometido estaba cada vez más disgustado y añadió—: ¿Cómo está tía?
—No he venido hasta aquí para hablar de tía. Quiero estar contigo. Me parece que tú también me necesitas. Tu telegrama...
—¿Sí?
—Fue inesperado. Me habías dicho que tenías que arreglar esto tú sola.
— ¿Te molesta haber venido? —Como respuesta, Jacob le echó los brazos al cuello y ella trató de desasirse con todas sus fuerzas.
—Les aconsejo que, si quieren pelear, lo hagan en otro sitio. Los sirvientes pueden verles —comentó Edward en tono sarcástico. Se les acercaba, perfectamente vestido para la ocasión.
—Eso nunca te ha importado —le respondió Bella, indignada.
—Es diferente. Yo soy el dueño de la casa y puedo hacer lo que me plazca.
—Sí, ésa ha sido siempre su costumbre —comentó Jacob con desdén.
— ¿Me está usted acusando de algo? —preguntó Edward, desafian te—. Porque si es así, estoy a sus órdenes.
— ¡Edward, por Dios! —exclamó Bella, alarmada.
—No me asusta usted, Masen. Conozco a los de su calaña. Quieren arreglarlo todo con la fuerza bruta.
— ¿Y usted a qué clase pertenece? Viene a mi casa con la in tención de llevarse a mi esposa y espera recibir una calurosa bien venida.
—Ella me pidió que viniera...
—Perdóneme, pero fui yo quien envió ese telegrama.
Jacob se quedó mirando a la joven con evidente sorpresa.
—Bueno, es que yo...
—No miento —interrumpió Edward en tono cortante—. Yo envié el telegrama porque quería conocer al canalla que se había tomado cier tas libertades con mi mujer.
— ¿Su mujer? ¿Qué clase de marido es usted?
— ¿Quiere averiguarlo?
Bella percibió el tono amenazador en la voz de Edward y se apre suró a intervenir:
—Por favor, ya basta. Os estáis portando como... como...
—Te dije muchas veces, Bella, que tu vocabulario era muy li mitado. Te suplico que cierres la boca.
— ¡Ya es suficiente, Edward! Finges estar celoso, pero todo es menti ra. Yo no significo nada para ti —y con un ahogado sollozo salió de la estancia, sin advertir la presencia de Esme.
Una vez en su cuarto, se derrumbó en la cama, pero las lágrimas no acudían a sus ojos y pasó muchas horas llena de angustia y rabia por la forma tan desagradable en que Edward estaba manejando la si tuación.
Hacía poco, al verle llegar, había sentido una inmensa alegría y le recibió con los brazos abiertos. Por unos momentos disfrutó de la in mensa felicidad de comprobar que el contacto con su cuerpo la hacía muy feliz, pero después apareció Jacob... Había sido terrible. Era la última persona a la que hubiera querido ver en aquel momento. Su presencia era como una intromisión en aquel mundo especial que ella había logrado penetrar y hacer suyo. No le interesaba Jacob y no de seaba volver a Inglaterra.
Pero ahora todo había cambiado. No sabía qué hacer. ¿Por qué Edward no había querido hacerla su esposa en todo el sentido de la pa labra? Se sentía defraudada y llegó a pensar que la culpa era de ella, qué tal vez fuese una mujer incompleta, incapaz de responder a las caricias masculinas. Sin embargo, allí, junto a él, casi sin sentirlo, había descubierto que podía experimentar emociones profundas y ver daderas al simple contacto
físico con su marido. No podía seguir en gañándose. Sabía que le amaba, que le amaba con todas las fibras de su ser.
A sus oídos llegaron palabras de despedida, y se sintió angustiada una vez más. ¿Qué pensarían de ella los Mineiras? Y sobre todo, ¿qué pensarían de ella los padres de Edward? Estaba desolada. Nece sitaba tiempo para tranquilizarse antes de tomar una decisión. Ade más, Edward podía venir a buscarla para saber si se sentía bien...
Pero Edward no llegó y cuando al fin el sueño la venció, todavía lle vaba puesto el kaftán bordado, que siempre quedaría en su memoria ligado a los desagradables sucesos de aquella noche.
¿Estará celoso Edward de verdad? ¿O solo está fingiendo? ¡me tiene loca! ¡este chico no sabe lo que quiere! xD
dejadme rewiews please! ya solo kedan dos capis y me encanta leer vuestras opiniones...
un beso de Tricia
