Cabos sueltos

—Profesor Dumbledore, hay un espía del Señor Oscuro en Hogwarts.

Sus palabras fueron recibidas con silencio y el paso de los segundos se llevó consigo las esperanzas que Draco tenía de que su improvisado plan funcionara.

El director no se veía sorprendido y su expresión no indicaba ningún interés en lo que acababa de escuchar, como si fuese una noticia vieja y sin importancia.

—Señor Malfoy —dijo Dumbledore luego de lo que parecía una eternidad—, ¿sabe usted lo que está implicando?

Era imposible no sentir una pizca de molestia ante semejante pregunta, pero Draco hizo lo posible para ignorarla y concentrarse en el hecho de que el director al menos parecía dispuesto a escucharlo y aunque eso no significaba que podría persuadirlo con facilidad, sí era el primer paso.

—No estoy acusando a nadie —aclaró, manteniendo su cabeza en alto y su mirada firme a pesar de su nerviosismo—. No quién es.

—Pero sabe que están espiando el colegio —insistió Dumbledore, observándolo fijamente.

Esas palabras eran más cercanas a lo que su padre le había informado que a lo que él le había a Dumbledore, por lo que Draco no pudo evitar que las dudas lo invadieran.

El director era inteligente y quizás contestar con una afirmación sería suficiente para que Dumbledore considerase posibilidades mucho más concretas y cercanas a la verdad y si alguien siquiera sospechaba que él, Draco, había sido el que lo había encaminado a investigar sobre eso tendría que considerarse hombre muerto, pues dudaba poder convencer al Señor Oscuro —o tener la oportunidad de intentarlo— de que sólo había hablado para confundir al director.

Pero ese riesgo había existido desde que había pisado la oficina de Dumbledore y ya estaba ahí.

Por eso, lo único que podía hacer ahora era asegurarse de que el hombre creyese en él y agradeciese la información que le estaba dando al punto de sentirse endeudado y protegerlo, de lo contrario correría un gran riesgo en un futuro cercano aun si el Señor Oscuro no se enteraba de nada.

—Podría decirse.

Draco contuvo su respiración y Dumbledore se recostó en su asiento, tocando su barba distraídamente sin perderlo de vista.

—Señor Malfoy —dijo Dumbledore, estirando su brazo y empujando una vasija de cristal llena de dulces hacia él—, ¿un caramelo de limón?

El cambio de tema hizo que Draco observase al director con incredulidad por un momento, preguntándose si estaba siendo probado, y al final tomó uno de los dulces, mas sintiéndose incapaz de comerlo lo mantuvo en sus manos.

—Voldemort —pronunció Dumbledore de repente, sobresaltándolo—, siempre ha tenido espías y aliados en los lugares más inesperados, eso no lo dudo.

—Pero... —intentó interrumpirlo Draco, a pesar de que no estaba seguro de lo que podía decir pero demasiado consciente de que el director estaba hablando como si no le hubiese creído.

—Le aseguro —continuó Dumbledore con un inusual brillo en sus ojos, alzando una de sus manos para indicarle que lo dejase hablar— que si algo pasa en Hogwarts haré todo lo posible para proteger a todos los estudiantes.

Draco bajó su mirada y apretó el dulce en sus manos, sintiendo un sudor frío recorrer su nuca y convencido de que todo color había abandonado su rostro.

Eso sonaba como si Dumbledore tuviese claras todas las razones por las que él estaba allí y era el segundo momento de la conversación en la que el viejo había parecido saber la verdad.

Pero si Dumbledore hubiese usado legilimancia él se habría dado cuenta... ¿verdad?

El no estar seguro impidió que Draco pudiese volver a alzar su mirada para ver al director de frente mientras asentía con su cabeza, sintiendo que acababa de cavar su tumba al aceptar las palabras de Dumbledore.

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Investigar nunca era perder el tiempo.

Incluso las veces en que le tomaban semanas encontrar la respuesta anhelada, Hermione se atrevía a asegurar que la búsqueda era más grata que frustrante debido a lo mucho que podía aprender en el proceso.

Esta vez, en cambio, era justo lo opuesto.

Las menciones de demonios eran muchas, pero la mayoría eran leyendas que incluso podrían haber sido sacadas de obras de ficción muggle y los libros que hablaban de demonios en un contexto más real contenían relatos sobre rumores que un mago había investigado, todo para descubrir que los rumores eran causados por un ser mágico no registrado o el resultado del experimento de algún otro brujo.

El autor de un solo libro no había llegado a esa conclusión y a pesar de que una leída minuciosa la hizo que pensara que se trataban de las historias de un loco, Hermione le había dado el beneficio de la duda.

No le tomó mucho encontrar la biografía del creador —y auto-publicador— de dicho libro, la cual hizo que sus minúsculas esperanzas de haber encontrado algo desaparecieran. La vida de aquel mago había estado llena de incidentes —como la ocasión en la que había confundido su gato con un ser felino humanoide o cuando había insistido que un perro común era un demonio que un muggle había estado ocultando y cuidando luego de un pacto— que probaban que su palabra no era fiable.

Eso había sido dos días atrás y ahora la pila de libros que tendría que volver a dejar en sus polvorientos estantes había crecido tanto que Hermione comenzaba a considerar rendirse por primera vez desde que había ingresado a Hogwarts.

Al fin de cuentas todo indicaba que aunque investigase por meses no encontraría ninguna prueba de que lo que Genkai, la maestra que había parecido eficiente en un comienzo pero a la que tal vez le faltaba un tornillo o dos, había dicho era verdad.

Con un suspiro, Hermione cerró un libro más y lo dejó de lado.

Quizás ya era hora de confrontar a la profesora, pero el pensar que la anciana insistiría en el demonio supuestamente verdadero que había atrapado en lugar de usar argumentos basados en la realidad y con fuentes que pudiesen ser corroboradas hacía que Hermione perdiese el ánimo de hacerlo, aunque sabía que debía si quería recuperar las esperanzas de aprender algo y prepararse junto a sus compañeros para los TIMOs.

Con eso en mente Hermione abrió otro de los libros que había recopilado para su investigación, "Demonios y sus historias", y estuvo a punto de cerrarlo de inmediato para dedicarse a algo más productivo, como comenzar el ensayo para encantamientos que debía entregar la semana siguiente, mas una palabra impresa en la página al azar en la que había abierto el libro captó su atención.

—"Youko Kurama" —leyó en voz alta, frunciendo el ceño.

Sabía que había escuchado "Kurama" antes, pero no recordaba dónde. Aunque tal vez leer sobre "Youko Kurama" refrescaría su memoria.

Animada ante esa perspectiva y decidida a volver a sus estudios una vez terminase con ese libro en particular, Hermione se enderezó en su asiento y empezó a leerlo desde la primera página.

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En todos sus años como educadora Minerva había tenido una gran cantidad de alumnos.

No podía decir que se acordaba de todos, ya que los años se habían encargado de borrar de su memoria los rostros de más de uno, pero un vistazo a la lista de quienes habían pasado por Gryffindor desde que ella había comenzado a trabajar en Hogwarts usualmente bastaba para que pudiese rememorar algo de cada uno de ellos.

Aun así, siempre podía recordar sin necesidad de ninguna ayuda a los estudiantes más brillantes y a los más rebeldes.

Pensar en los primeros la hacía sonreír con orgullo, mientras que las memorias que tenía de los segundos la hacían suspirar con cansancio aun si ya había pasado mucho desde los siete años en los que le habían provocado dolores de cabeza.

Y a pesar de eso, no podía comparar a ninguno de ellos con Hiei Jaganshi.

No era que aquel chico ocasionase problemas con sus compañeros en Gryffindor o con los estudiantes de otras casas, pero su evidente indiferencia en lo referente a sus estudios era preocupante y diferente a lo que había visto en los estudiantes más perezosos.

Minerva apretó sus labios, mirando fijamente el pergamino encantado en el que cada día aparecían nuevas frases que anunciaban a cuáles clases Jaganshi no había asistido, y contuvo un suspiro.

En las dos semanas desde el comienzo del término escolar, Jaganshi sólo se había presentado sin falta a todas sus lecciones de Pociones y de Cuidado de Criaturas Mágicas y luego de una conversación con Severus y Hagrid, Minerva estaba convencida de que eso era gracias al amigo de Jaganshi en Slytherin y no a que a él le entusiasmaran o interesaran las pociones o los seres mágicos.

Y aunque Genkai, quien había sido profesora de Jaganshi y los demás cuando estaban en Japón, le había asegurado que era mejor dejarlo hacer las cosas a su modo, como jefa Gryffindor ella no podía permitir que Jaganshi siguiese holgazaneando de esa manera.

Sin dejar de observar el pergamino encantado que había decidido dejar en su escritorio hasta que lograse que Jaganshi asistiese a todas sus clases, Minerva usó su varita para servirse una taza de té, la cual bebió con lentitud mientras consideraba qué hacer.

Hasta el momento no había logrado encontrar a Jaganshi para explicarle que, independientemente de la forma en que Genkai le había enseñado, Hogwarts no permitiría tal actitud de parte de sus estudiantes, pues el chico parecía ser experto en ocultarse mientras no estaba en las clases que debería y Minerva no sentía que debía abordarlo en el gran comedor para hablar de un tema tan delicado.

Darle detenciones tampoco era una verdadera solución y al menos todavía no quería hablar con Dumbledore para tomar medidas más serias como expulsarlo de Hogwarts o enviarlo de regreso a su colegio en Japón.

Siendo así, quizás lo mejor sería citar a Jaganshi en su despacho y una vez hablase con él y supiese cuáles eran las razones de su falta de interés, vería cómo podría motivarlo para mejorar su asistencia y también cuál sería el castigo apropiado por todas las clases a las que no se había presentado.

Contenta con su decisión, Minerva dejó su taza ahora vacía y preparó un pergamino nuevo, tinta y una pluma y comenzó a escribir velozmente.

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El lago se había convertido en el lugar en el que Hiei pasaba más tiempo y el que desde allí pudiese ver el bosque no tenía nada que ver en ello.

Aunque el interés de Kurama en aquel lugar no hubiese desaparecido luego de recorrer gran parte de éste, Hiei ya estaba convencido de que allí no había nada que pudiese ser considerado peligroso, por lo que no tenía ninguna intención de mantenerlo vigilado o siquiera volver a visitarlo.

Aun así, eran pocos los que se acercaban a los lindes de aquel mar de árboles y eso hacía que los bordes del lago más cercano a éstos fuese uno de los sitios más tranquilos de Hogwarts, lo cual era suficiente para que Hiei regresase allí cada vez que deseaba pensar, descansar o simplemente escapar del bullicio de los centenares de humanos que vivían en el castillo.

El único al que no podía evitar estando en el lago era a Kurama y Hiei no sabía si sentirse molesto o no por ello.

Cada acción del Youko desde que habían llegado a Hogwarts parecía variar entre normal a impulsiva y salvaje e incluso cuando Kurama sonreía y actuaba como un estudiante más, Hiei creía ver en él más de lo que había esperado del famoso Youko Kurama y menos del Kurama que había ganado parte de su confianza.

Y aun así, había momentos —como durante el recorrido del bosque— en los que el Kurama volvía a actuar como era usual y fingía que nada fuera de lo habitual había sucedido.

De lo único que Hiei estaba seguro era que no quería hacer parte de los juegos del Youko y que lo que sí deseaba era una explicación, cosa que Kurama parecía sin intenciones de ofrecerle.

¿Tendría que sacársela a la fuerza?

La idea era menos atractiva de lo que pensaba aceptar e inconcientemente, Hiei cerró una de sus manos alrededor de la empuñadura de su espada, considerando sus posibilidades si llegaban a enfrentarse.

Un aleteo cada vez más sonoro sacó a Hiei de sus pensamientos e hizo que observase hacia el cielo, fijándose en la lechuza que parecía estar volando en su dirección y que, efectivamente, en cuestión de segundos comenzó a planear sobre su cabeza en lugar de aterrizar en una de las ramas del árbol en el que él estaba.

Un par de semanas atrás Hiei habría considerado ahuyentarla o matarla, pero el haber visto más de una vez cómo esas aves eran usadas para entregar notas a los humanos residentes en Hogwarts hizo que se fijase primero en sus patas y no se sintió sorprendido al ver que en una de ellas tenía un pequeño pergamino en el cual se podía ver su nombre.

Cómo era que ese pájaro lo había encontrado y quién le había escrito eran dos misterios en los que Hiei no estaba realmente interesado, pero a pesar de eso le quitó su carga y esperó a que retomase su vuelo en cualquier dirección, cosa que la lechuza hizo con prontitud.

Una vez el ave desapareció de su vista, Hiei desenroscó el pergamino y leyó las tres escuetas frases escritas en éste antes de resoplar.

Fuese quien fuese la "profesora McGonagall", él no tenía ninguna intención de reunirse con ella para hablar sobre su "preocupante indiferencia escolar".

Queriendo deshacerse de la carta indeseada en cuanto antes, Hiei concentró su youki para prenderle fuego y esta vez no se sorprendió cuando esa acción le causó un leve dolor inmediato, el cual desapareció en cuanto dejó de usar su youki una vez todo lo que quedó del pergamino fueron cenizas.

¿Por qué había sucedido eso una vez más?

El no conocer la respuesta a esa pregunta lo molestaba tanto como la falta de explicaciones de Kurama y Hiei no pudo evitar dirigir su mirada hacia el castillo, fulminándolo con su mirada aun cuando sabía que la construcción de piedra no tenía la culpa de nada ni mucho menos podía contestarle sus muchas dudas.

Continuará

Notas: No tengo excusas para todo lo que me demoré y por eso mismo siento mucho haberme tardado tanto en subir este capítulo.

Les agradezco a todos por los reviews en el capítulo pasado y les prometo que continuaré y terminaré este fic, al fin de cuentas ya lo tengo todo planeado y el penúltimo capítulo ya está escrito (ahora faltan las anteriores a este... todo es culpa de mi desorden de inspiración).

¡Hasta el próximo capitulo!
-Nakuru Tsukishiro.