Antes de nada, dar las gracias a quienes seguís leyendo mi fic y tenéis la paciencia de aguantar la espera, y más a quienes ademáis os tomáis la molestia de comentarlo :)

Espero que el capítulo siga en la línea, como la mayoría de las veces, no sé si voy bien o tengo una impresión equivocada jaja así que vuestras opiniones siempre son bienvenidas.

Espero que os guste, felices fiestas y a acabar el 2014 como se merece!


Suspira, tirada en el sofá, donde después de varios minutos por fin ha encontrado una postura cómoda, y agarra el mando a distancia, cambiando el canal que estaba mirando sin prestarle demasiada atención. Hace algunas muecas ante varios anuncios publicitarios, para su gusto, demasiado exagerados. Gente con una amplia sonrisa en la cara mientras prueban no se qué tipo de detergente para la ropa, ese que les hará cambiar sus vidas, según el anuncio; o ese otro donde un coche, uno como cualquier otro para ella que entendía poco o nada de coches, se transforma de pronto en una especie de robot que destruye la ciudad, dejando maravillados a todos sus habitantes.

Vuelve a suspirar, pero esta vez el mando a distancia resbala de su mano hasta caer sobre sus piernas. En el televisor, un hombre sentado en la barra de algún lugar elegante, sonríe mientras el camarero le sirve una copa de aquella marca de Whisky que ella tan bien conoce. Cierra sus párpados ante el dolor que le produce el recuerdo. Aquel tipo de bebida alcohólica, de esa marca en concreto, había estado presente en todas las últimas discusiones con su padre.

No pudo evitar pensar en él, qué estaría haciendo en ese momento, o más bien, qué sería de su vida ahora. Ya habían pasado unos meses desde que él la trató de esa manera, echándola de casa, dedicándose a la bebida como única opción. Se había prometido a ella misma intentar no volver a pensar en él, ya que el recuerdo y el anhelo tanto de su padre como de su madre solo le producían dolor, sin embargo, era algo imposible. Era su padre y en el fondo sabía que lo ocurrido con él era consecuencia de la tragedia de la que los dos habían sido víctimas. La muerte de Johanna Beckett les había hundido en un mísero pozo sin fondo a los dos, sin embargo ella tenía a Rick, que tiraba de ella hacia la luz. Su padre no tenía a nadie.

Observó el reloj situado junto al televisor, todavía quedaban bastantes horas para que Rick volviese del trabajo, y, puesto que era el día de Navidad, todo el mundo estaba reunido en sus casas con sus familias, tal y como ella solía hacer desde que era una niña. Lanie les había invitado, a ella y a Rick, a cenar con su familia, sin embargo ella le había dicho que preferían cenar los dos solos, pasando una noche como otra cualquiera. Lo cual no era cierto, porque sabía que Rick tendría que trabajar hasta bien entrada la noche.

Se levantó del sofá, sintiendo la pesadez y el cansancio que el embarazo provocaba en su cuerpo, se puso sus botas, se enrolló una bufanda al cuello, que Martha le había regalado, y se colocó su abrigo antes de salir al frío que Nueva York le ofrecía en esos momentos.


Sus nudillos, todavía fríos, golpeaban contra la puerta una y otra vez. Había estado llamando al timbre y golpeando la puerta de su antigua casa durante varios minutos, pero no pensaba rendirse. No había ido hasta ahí ni cambiado su opinión sobre perdonar a su padre, para que ahora él se negase a abrirle la puerta. No había escuchado ningún ruido en el interior de la vivienda, sin embargo, tenía que estar allí, ¿dónde más podría estar? La otra opción era que estuviese bebiendo en algún bar cercano, y si ese era el caso, esperaría hasta que volviese.

Cansada de aporrear la puerta, dejó caer su brazo a un lado, y apoyó su frente en el marco de la puerta, justo cuando el vecino de enfrente salía de su propia casa. Llevaba unas zapatillas de estar por casa, y una bata desgastada debajo de la cual asomaba un pijama de color azul marino, en una mano sujetaba una bolsa de basura. Kate no conocía su nombre, siempre lo había llamado "el señor Craffman", que así era como se apellidaba, y le caía bien, su familia siempre había mantenido con él una cordial relación de vecinos.

El señor Craffman dio un pequeño paso hacia atrás, sorprendido de encontrarse a alguien en el rellano a esas horas, y después la observó de arriba abajo, sorprendiéndose por el abultado vientre de la joven, sin embargo, no hizo ningún comentario al respecto.

-Kate, cuánto tiempo sin verte, creía que te habías mudado con algún familiar.

-Si… así es – dijo ella, dubitativa, pero sin ganas de dar más explicaciones - ¿Sabe…? ¿Sabe si mi padre está en casa?

-¿Jim? – preguntó él, alzando ambas cejas, sorprendido de que la chica no conociese el paradero de su padre. Kate asintió, esperando una respuesta - ¿No te has enterado? – preguntó, esta vez rascándose la barbilla con la mano que tenía libre.

-¿Enterarme de qué? – preguntó Kate con apenas un hilo de voz, sintiendo cómo todas sus fuerzas flaqueaban.

-Hace ya tres semanas que no está aquí – Kate le miró sin comprender – Tuvo un altercado en la portería, ya sabes que después de lo de tu madre solo se dedicaba a beber… El caso es que el portero se asustó y llamó a la policía, y ellos creyeron que lo más conveniente era llevar a Jim a un centro de desintoxicación.

Kate se quedó callada, sin saber qué responder o pensar ante eso. Obviamente le entristecía que su padre estuviese pasando por esa situación, pero eso era mejor a que todavía siguiese bebiendo.

-Lo siento – dijo el Señor Craffman después de unos segundos de silencio.

-No… gracias por decírmelo.

El señor asintió amablemente y se dio la vuelta hacia su puerta, dispuesto a cerrarla y proseguir su camino hacia los cubos de basura del portal. Sin embargo Kate recordó que su vecino solía guardar un juego de llaves de su casa, al igual que ellos lo hacían de la de él, para cuando faltaban unos días por vacaciones regar las plantas del otro y recoger el correo.

-Señor Craffman – dijo de pronto alzando la voz, haciendo que éste se girara para mirarla - ¿Todavía tiene esa copia de llaves de mi casa? Me gustaría recoger algunas cosas…

Tras entregarle la copia de las llaves, el vecino continuó su camino, dejando a Kate a solas. Ésta cogió aire antes de abrir la puerta, y cuando lo hizo, se encontró el salón hecho un desastre. Algo peor que la última vez que estuvo ahí. Tras un pequeño suspiro comienza a recoger, colocando las revistas que había por el suelo sobre la pequeña mesa del salón, llevando a la cocina varios vasos sucios, recogiendo botellas del suelo… Hasta que reparó en una pequeña caja situada al lado del pequeño mueble del salón donde sus padres solían guardar algunos libros que les gustaba tener a mano. La caja estaba tirada en el suelo, abierta, boca abajo. Se agachó junto a ella y las lágrimas se agolpan en sus ojos al descubrir allí el reloj de su padre, un Omega Speedmaster que Johanna le regaló por su cumpleaños. El último cumpleaños que habían celebrado todos juntos en familia. Dejó que las lágrimas resbalasen por su mejilla sin importarle cuántas veces había llorado, y se colocó el reloj en la muñeca. No le importaba que fuese un reloj de hombre, lo llevaría como recordatorio de su padre, se lo enseñaría cuando éste estuviese completamente recuperado y le diría que ella no pensaba rendirse, aunque su madre no estuviese con ellos, él no estaba solo, todavía se tenían el uno al otro.

Cuando fue a cerrar la pequeña caja de madera, se encontró algo que no esperaba ver allí, pero que hizo que sintiese un escalofrío al sentir a su madre cerca de ella. Era una simple pieza, una pieza preciosa, de oro, con una bonita y pequeña piedra. Era el anillo de bodas de sus padres. Nunca lo había visto allí. El recuerdo de su madre llevando ese anillo la invadió, nunca la había visto sin él. Lo cogió con cuidado, observándolo y cerró el puño con él, mientras sollozaba. No lo llevaría en el dedo, pero le pondría una cadena, de manera que pudiese llevarlo siempre con ella.

Tras unos minutos, tratando de recuperarse emocionalmente, apagó las luces de su antigua casa, dejando a oscuras el lugar que, cualquier otro año habría estado iluminado con las luces de Navidad, y lleno de las risas de su familia mientras cenaban y abrían los regalos. Sin embargo, eso no volvería a pasar, pensó, mientras cerraba la puerta y se alejaba de aquel lugar.


Esboza media sonrisa al ver cómo le ha quedado el plato. Cualquiera podría pensar que es el menú de un gran restaurante, el menú de un gran chef – palabras exactas de su jefe, que había quedado maravillado después de ver el resultado.

Rick agradece una vez más que éste le diese la noche libre, pudiendo pasar así la cena de Navidad con Kate. Incluso le había dejado llevarse a casa varios platos, preparados por él. No era algo que hiciese a menudo, sin embargo sabía que hoy era un día especial para pasarlo con las personas que quieres. Eso y que no podía negar lo agradecido que estaba al chico de la cantidad de clientes que había conseguido gracias a sus platos y su talento.

Tras colocar dos copas en la mesa, y el zumo de uva a un lado, se sienta, intentando pensar dónde se ha podido ir Kate… Le dijo que no iba a salir de casa, sin embargo parece que cambió de opinión, puede que finalmente haya decidido ir con Lanie…

Está a punto de coger su teléfono móvil para llamarle cuando la puerta del pequeño apartamento se abre, dando paso a Kate, quien se asombra de verlo allí.

-¿Qué… Qué haces aquí? – Pregunta, con una pequeña sonrisa, al mismo tiempo que se deshace del gorro y la bufanda.

-Sorpresa – dice él, dirigiéndose hacia ella mientras señala los platos sobre la mesa.

-¿Los has hecho tú? – Pregunta con los ojos iluminados, apenas pudiendo apartar la mirada de la comida.

-Ajá… - dice él, acercándose a ella.

En cuanto Kate aparta la mirada de la mesa para mirar a Rick, éste es capaz de distinguir el brillo que iluminan sus ojos, además de ese tono rojizo, que le indican que ha estado llorando.

-Ey, Kate, ¿qué ocurre? ¿Estás bien? – Dice, acariciándole la mejilla con el reverso de su mano.

Ella rápidamente aparta la mirada de él, seguramente intentaba disimularlo.

-Cuéntamelo Kate.

Ella simplemente lleva su mano hasta el bolsillo de su chaqueta, ante la atenta mirada de él, y le muestra el pequeño anillo perteneciente a su madre. Él lo reconoce de inmediato, Johanna lo lucía siempre en su mano derecha.

-Has… ¿Has estado en tu casa? ¿Has visto a tu padre? – pregunta, intentando no parecer nervioso ante las distintas situaciones que se le pasan por la mente.

Kate sacude la cabeza, negando, al mismo tiempo que una lágrima resbala por su mejilla. Tras un pequeño suspiro, le cuenta a Rick lo ocurrido.

-¿Quieres ir a verlo?- le pregunta él finalmente, cogiéndole de las manos, sabiendo que es algo importante para ella. También es importante para él, que aprecia a Jim a pesar de los últimos malentendidos.

-Necesito pensarlo…

-¿Por qué no… probamos mis platos mientras lo piensas? Te aseguro que están deliciosos.

-Me parece estupendo – dice ella sonriendo – Aunque necesito un poco más de tiempo, unos días quizás, para pensar en ello.

Se sientan a la mesa y él sonríe con tristeza al ver cómo Kate devora su comida en apenas un par de minutos. Se siente culpable por el hambre que están pasando, sin embargo esta noche Kate puede repetir tantas veces como quiera.

-No me eches tanto – se queja al ver que Rick vuelca un montón de comida sobre su plato.

-No es para ti, recuerda que tienes que alimentar a Rodgers Junior.

-¿Rodgers Junior? – ríe ella, llevándose una cucharada a la boca – Te recuerdo que es una niña.

-Pero no tiene nombre todavía – argumenta él, probando su comida.

Ella le mira, pensativa. Rick tiene razón, todavía no han pensado un nombre para el bebé, quizás es el momento de pensar en ello.

-¿Cómo te gustaría que se llamase? – pregunta ella después de unos segundos.

-Kate – dice él, totalmente en serio.

-No le vamos a poner mi nombre.

-Me parece bonito.

-Tendría problemas cuando tú nos llamases a alguna de las dos.

-Podría llamarte Kate a ti y Katie a ella.

Ella niega, alentando a Rick a pensar más nombres.

-Me gusta Emma – dice ella de pronto.

-Tuve una ex que se llamaba así.

Ella rueda los ojos, tratando de pensar más nombres.

-Podría ser Alice, Ellen, Julia, Hannah…

-Hannah – repite ella, en un pequeño susurro, impidiendo que él continúe.

-¿Te gusta Hannah?

-Sí, me… Me encanta, de hecho. Y… Bueno, tiene parte del nombre de mi madre en él…

-Podríamos llamarle Johanna si quieres – dice él.

-No. Hannah me parece perfecto.

Ambos sonríen y Rick acaricia la mano de Kate por encima de la mesa, mientras piensan en su hija, Hannah Rodgers Beckett.