Hola c: ¡Tanto tiempo...! Perdón por no haber actualizado antes, pero tengo mucho trabajo en la facultad ;w; Ahora mismo lo estoy ignorando para actualizar esto (?)

Y lastimosamente, en esta parte de la historia hay poco, poquísimo Ulquihime :c Pero no dejen de leer, porque si les gusta el UraYoru, este es el momento para ustedes (?) -oklosientoperdón-. Pero en verdad, es importante para la historia lo que les muestro acá c:

Música para este cap: tengo dos, Little Talks y Dirty Paws, ambas de Of Monsters and Men.

Ahora, a responder a mis lectoras que no tienen cuenta (es el único lugar donde puedo responderles):

YlieN: gracias, y trato de que se comprenda bien lo que ocurre sin cansar a los que leen c: Me gustan las descripciones precisas y necesarias, no dar vueltas y vueltas sin motivo. Y si lo hago, por puro gusto estético, lo hago de forma simple y fácil de comprender -una vez más-. Y te recomiendo que les compres tapones para los oídos a tu familia, entonces, porque mucho más vas a gritar más adelante (?) No en este cap, pero en otros c:

Vanessa Aensland: que sea natural es importante, que no parezca forzado. Es como un gran rompecabezas: cada pieza debe encajar perfectamente. AJAJA, eso me suele pasar: leo capítulos de fanfics a la mitad, y luego vuelo a la facultad, y vuelvo para seguir leyendo -por eso no adelanto en mis trabajos ;_;

Karito: ¿Corto? xD TE DIGO QUE PARA QUIEN LO ESCRIBIÓ NO FUE CORTO PARA NADA (?) Pero entiendo el punto, y me alegra de que no se te haya hecho pesado c: Me gustaría no cargarles con capítulos tan largos, pero los prefiero antes que cortos pero frecuentes. Una vez a la semana, un capítulo largo: esa es mi meta. Y sí, escribo por eso, ¡y me relajo y descanso! -a costa de mi facultad, ya lo dije-. Comprendo esa sensación, por lo que trato de actualizar frecuentemente xD Solo me atraso por días, hasta ahora no por semanas, ni hablar de meses c:

Y eso es todo por ahora, ¡a leer! :D


CAPÍTULO XI: VERITAS FILIA TEMPORIS

Frunció el entrecejo. Seguidamente, separó levemente el labio inferior y sopló hacia arriba; los mechones rubios se apartaron solo para volver a caer sobre su nariz empapada en sudor.

Esto era frustrante.

—Juliette, hoy no estás cooperando…

Normalmente, no le tomaba demasiado afinarla. ¿Por qué era así?

El pianista suspiró para instantes después mirar en forma condescendiente a la gata detrás de sí.

—Lo siento, señorita Yoruichi… Parece que te desperté de una de tus siestas gatunas.

El animal saltó sobre el piano, lo que produjo un sonido desagradable al oído; Urahara entornó los ojos a causa del mismo.

—Señorita Yoruichi, apreciaría si te apartases; estoy tratando de afinar a Juliette y…

La gata soltó un suave maullido, y presionó una tecla con la pata trasera. Lo siguiente que hizo fue avanzar a lo largo del teclado, lo que causó incluso más disonancias.

Cuando llegó al final, la minina dio un brinco y aterrizó perfectamente sobre sus cuatro patas en el suelo. Volteó para mirar con sus enormes ojos ocres al rubio.

Un nuevo maullido fue todo lo que necesitó él para comprender.

— ¿Esas son las teclas en las que debo trabajar?

El animal se giró, y se encaminó hacia la ventana más cercana.

—Gracias —murmuró por lo bajo.

Su mirada fue a Juliette. Ah, qué recuerdos aquel piano le traía… Ahora la tecnología había avanzado, y los pianos eran fabricados excelentemente, no como en otras épocas.

Y sin embargo, él deseaba un piano como el que Juliette había poseído; el único problema era que una persona cuya vida era tan vana como una hoja cayendo al río no contaba para la historia lo suficiente como para jactarse de ser dueño de posesiones costosas.

No era más que un forastero, un extranjero en aquella tierra…

No había pertenecido nunca. Ni a los Cifer, ni a los Inoue, ni a ningún lugar.


Frío.

Estaba seguro de que no sobreviviría a la noche; sin alimentos, sin abrigo alguno, sería imposible lograrlo.

Se cubrió mejor con la harapienta bata que era lo último que le quedaba de sus días de forajido; con catorce años, ¿qué ladrón lo contrataría para entrometerse en casas ajenas por agujeros estrechos?

Había suplicado por piedad cuando el jefe del grupo que lo había rescatado del burdel en donde su madre lo había parido hacía ya tantos años —y alrededor del cual había mendigado durante bastante tiempo, solo ayudado por ocasionales muestras de compasión de las prostitutas— lo había echado a la calle.

—Ya no me sirves, mocoso —había replicado el hombre—. No me sirves, y aunque en verdad deseaba conservarte para que fueses uno más de la pandilla cuando crecieses, ahora mismo no hay suficiente comida para una boca más que alimentar. Así que, ¡largo!

Para probar su punto, uno de los bandidos le había asestado una potente patada al estómago que lo había dejado tendido en la calle. ¡A punto había estado de que un caballo lo pisase, si no fuese por sus rápidos reflejos…!

Caminó descalzo. Ahora lo máximo a lo que se enfrentaba era el lodo mezclado con heces de varios animales embadurnando sus pies, mas la noche sería simplemente intolerable; ya se había hecho formal el anuncio de los eruditos respecto al clima.

Nevaría durante la noche.

De solo pensarlo, sus dientes tiritaban. Aunque… no, tiritaban por el frío que su escuálido cuerpo venía soportando de modo continuado desde hacía días.

Lastimosamente, ya tenía una reputación bastante lamentable en el pueblo, y nadie le permitiría acurrucarse en los establos con animales ajenos.

Tengo que sobrevivir.

Así era él. Alegre, ¿no? No se dejaría amilanar por esto. Su madre había muerto en el transcurso de traerlo al mundo, y pese a lo que le dijesen las putas del prostíbulo, él tenía la íntima certeza de que ella lo había amado y por eso había dado todo, hasta su propia vida, con tal de dar a luz a su hijo.

Así que siguió caminando. Tarde o temprano encontraría a alguien que le permitiese hundirse entre las pieles de sus animales. ¿Quizás un granjero a las afueras del pueblo, en la región en la que no era una personalidad tan infame como en el centro…?

Vale la pena el intento.

Continuó con sus trémulos pasos; el frío lo tenía tan entumecido que, aunque se tambaleaba, no sentía gran dolor cuando las piedras del camino se clavaban en sus talones.

Desafortunadamente, el viento helado que bramaba no tenía tal cosa como una anestesia contra el hambre: sin siquiera notarlo, sus piernas lo traicionaron y lo dejaron caer al suelo.

Su rostro dio contra un montículo de arena amontonado en una esquina.

Y aun así, aunó fuerzas para levantarse; utilizó ambos brazos como apoyo, y levantó la cabeza.

Lo que vio le sorprendió enormemente.

Frente a él se hallaba una especie de tienda con la puerta semiabierta. Dentro, podía divisar un montón de instrumentos musicales.

Incluso…

Un clavicordio.

El pensamiento lo animó, y lo hizo levantarse; lo echarían como un perro si intentaba ingresar al comercio, mas nadie le prohibía el contemplar (momentáneamente).

Él conocía el instrumento: lo había visto una vez que había entrado a robar en la casa de un noble. No se había resistido, y había llevado los dedos a presionar unas cuantas teclas de manera inexperta, lo que causó que lo descubriesen y lo persiguiesen con los sabuesos del dueño de casa.

Uno le había mordido la pierna, y le había dejado una cicatriz bastante notoria, pero él no se arrepentía; aquel instrumento digno de los reyes había cantado para él, aunque solo hubiese sido durante unos instantes.

La idea lo reconfortaba bastante; ¡incluso él, una escoria cualquiera, era capaz de producir algo bello…!

Existía la posibilidad de que alguna vez llegase a ser incluso un gran pianista, en tal caso: ¿quién se lo impediría? Solo necesitaba poner sus manos una vez más sobre las teclas, sentirlas vibrar bajo su dirección, y él solo se las arreglaría para descubrir el método, el secreto…

— ¡Rufián, fuera de aquí!

La escoba golpeó el brazo extendido hacia el instrumento instantáneamente, lo que lo tomó por sorpresa.

Sin embargo, ni él mismo había reparado la forma tan codiciosa en la que había estado observando el clavicordio, ni cómo su mano, aun estando a tantos metros de distancia, se había dirigido hacia el objeto de su deseo.

—A-ah, lo siento…

Retrocedió, y sintió su espalda ser detenida por una superficie suave. Volteó instantáneamente, y allí estaba ella.

—D… Disculpe, señorita.

La muchacha llevaba un vestido verde más que elegante, típico de la nobleza.

Y aun así, portaba la expresión menos esperada para mostrársela a un plebeyo como él.

—No, discúlpame , chico —sus ojos verdes eran puros, no como los suyos, que estaban como manchados por una neblina gris—. Y disculpa a este pobre hombre que no reconoce a la realeza —negó con la cabeza reprobatoriamente.

Él no entendía de qué hablaba. Y a juzgar por la expresión del dueño de la tienda, quien aún sujetaba fuertemente la escoba con la mano, él tampoco.

— ¿Qué no es obvio? —inquirió la joven con el entrecejo fruncido. Más tarde, tomó de los hombros al niño rubio y lo obligó a encarar a quien le propinase un escobazo momentos antes—. ¿No ve sus ojos? ¿De qué color son sus ojos?

El dependiente de la tienda, un gordinflón de espesa barba dudó.

—Ah… G-gris… No. ¿Gris verdoso? ¿Verde con gris? No lo sé, señorita…

Gris, exacto —asintió la joven, y dejándolo en libertad, apuntó con el índice al vendedor—. ¿No hemos dejado claro, acaso, que el gris es un color propio de las familias nobles? Como castigo (¿o tal vez recompensa? No lo tengo claro), quiero comprar este piano, así que llévalo a mi palacio; lo quiero para dentro de una hora, no más tarde.

Él no comprendía aquel nombre. ¿Piano? ¿No era acaso un clavicordio? ¿Qué era un piano?

—Pero, señorita, usted comprenderá…

Ella negó con la cabeza

—Para dentro de una hora, John. ¿O debo recordarle quién le trajo los planos para cierto instrumento más que adelantado a esta época…?

El hombre cabeceó, derrotado. La muchacha tomó al chico de la mano, y lo instó a caminar con ella; recién entonces él cayó en la cuenta de que estaban solos, y si esta chica era en verdad de la nobleza, ¿no debería tener, por lo menos, una escolta?

—D-disculpe —tartamudeó, mitad a causa del nerviosismo, mitad a causa del frío—, pero ¿adónde me lleva?

Ella no pareció alterarse.

—A mi castillo, por supuesto.

No sabía qué decir. ¿No lo echarían igual que de todos los demás lugares…? Sabía que su rostro estaba manchado con tierra, y sus pies embarrados…

—No creo que me permitan pasar, señorita…

Ella se detuvo ipso facto, con lo que él debió imitarla. La mirada que le prodigó era indescifrable para él.

—Chico, ¿cómo te llamas?

Él parpadeó, confundido.

—Kisuke Urahara, señorita.

La joven sonrió.

—Mucho gusto, Kisuke —hasta la forma en la que su boca pronunció su nombre se le antojó elegante al rubio—. Yo soy Juliette Cifer, y soy la actual reina de Karakura.

Sintió las rodillas temblarle. ¿Él, tomado de la mano de la legítima reina? ¿Él, el vulgar hijo de una prostituta y antiguo miembro de una banda de ladrones?

¿Él?


Él la admiraba en silencio, embelesado, mientras ella ejecutaba sus piezas musicales predilectas; ella se sabía bajo el atento escrutinio ajeno, mas no hacía observación alguna.

Excepto por aquella vez.

Sus manos se detuvieron, y sus ojos fueron a parar en los del joven sirviente al que había rescatado de las calles hacía unos meses.

— ¿Quieres que te enseñe?

Él sintió su cabeza darle vueltas. ¿En verdad se lo estaba ofreciendo? Era un sueño hecho realidad, ¡más que un sueño!

—Me… gustaría, mas no sé si tenga lo necesario… —había contestado, clavando la mirada en la punta de sus zapatos por no mirarla a ella.

—Yo estoy segura de que tienes lo necesario; el mismo día en que te conocí lo supe, Kisuke.

Era la primera vez que alguien le dedicaba un cumplido. No pudo disimular su perplejidad ante las palabras de Juliette, ni el rubor de sus mejillas.

Ella no hizo más que sonreír.

—Ven, siéntate a mi lado.


Caminó por las calles llenas de lodo como había hecho seis años atrás.

Irónicamente, ahora ya no tenía los pies embarrados ni tiritaba de frío: su fino traje le evitaba dicha molestia.

No, ahora ya no estaba por morirse…

… por fuera.

Por dentro, en cambio…

Había dolido demasiado.

Había puesto toda su dedicación, todos sus años de práctica en volverse un pianista capaz de encontrar la combinación de notas musicales que lograrían ganar el corazón de Juliette.

Se preguntó si en realidad ella lo había visto haciendo esto en alguno de sus viajes al futuro, y solo mentía al decirle que los Oriundos del Tiempo tenían prohibido atestiguar sus propias líneas vitales y lo relacionado directamente con ellas.

Tal vez deseaba ahorrarme la humillación.

Siguió avanzando por una callejuela larga. Era extraño andar por aquel camino tan oscuro, y hasta insensato.

Mas Urahara solo deseaba perderse y nunca más salir de allí.

No tener que ver a Juliette saltando emocionada al recibir una carta del tal Augustus, ni fingir alegría cuando ella le había comunicado que se casaría con él.

Que estaba embarazada de él.

Se detuvo repentinamente. Frente a él, un sombrero de copa superior plana volteado hacia arriba.

En su interior, vio un gato.

—Ah, pequeñín, ¿quién te ha dejado tirado aquí?

El minino tendría unos pocos meses, y era de un color azabache profundo.

Pese a que le habían roto el corazón, el rubio aún tenía pedazos suficientemente asidos unos a otros para tomar el sombrero, y al gatito en su interior.

—No sé cómo te llamas, ni siquiera sé tu sexo, pero creo que podríamos ser amigos, ¿no lo crees?

El animal lo miró con impresionantes ojos del color de la miel.

Lo siguiente que hizo fue propinarle un rasguño en el labio.

Urahara hizo un pequeño mohín, y apartó la diminuta patita con ternura.

—Asumiré que eso fue un beso, mi pequeño amigo.


Yoruichi observó el paisaje oscuro a través de la ventana. Se preguntó dónde estaría Orihime. ¿Estaría bien, acaso…? Kisuke parecía convencido de que Ulquiorra no la lastimaría, mas ella no estaba tan segura…

Sin embargo, le había prometido a su amigo que sería paciente.

Lo observó sin que él lo notase, concentrado en su piano.

Juliette.

Siempre se trataba de Juliette.

Él era su amigo, y estaba allí para ella cuando lo necesitaba, mas había una parte de él, un pedazo de su alma que Yoruichi se consideraba incapaz de alcanzar.

Había hecho un enorme progreso desde su lejana infancia; hasta había logrado ser humana. Identificarse con los humanos, actuar como una humana más… Kisuke se mostraba feliz con ello, complacido.

Pero ¿no había, acaso, una barrera simplemente infranqueable cuando se trataba de los dos?

Cerró los ojos. Había cosas que simplemente nunca podría olvidar, aunque su mejor amigo no tuviese conciencia de ello.


Aquel hombre la había llevado a su hogar.

Era un castillo, un hermoso palacio.

La había mantenido cálida entre sus brazos, y se había colocado el sombrero —«los sombreros son para la cabeza, ¡no para guardar gatos! Por eso, mis brazos te servirán»—, el cual, en su opinión, le quedaba mejor incluso que al hombre que le había dado algunos restos de pescado el otro día.

Y antes de notarlo, se vio en una habitación bastante amplia. No obstante, era tan fría… ¿En verdad aquel hombre vivía allí, solo? Se atusó los bigotes para quitarse la idea de la cabeza; ¡debía morirse de frío cada noche!

Después de todo, él no tenía un pelaje suave y mullido como el suyo…

Sin preámbulo, todo giró, y se vio levantada en el aire; debajo de ella, el hombre estaba acostado, y le enseñaba los dientes en una mueca afable.

— ¿Cómo te llamaré…?

A ella no le hizo gracia la posición. Forcejeó ligeramente, con lo que procuraba mostrar su desagrado. Él solo río.

—Eres tan juguetón…

Pero entonces, algo capturó su atención.

—Ah, ¡resulta que no eres «juguetón», sino «juguetona»!

Esa fue la gota que colmó el vaso.

— ¡Ay, ay, ay, dolió…!

No solo soy juguetona, pensó ella, y se lamió las patas, a una segura distancia de tres metros del hombre.

Pero este, más que preocupado por tomar venganza, parecía impresionado.

—Wow. Eres una gatita veloz, ¿no es así?

Ella siguió guardando las distancias.

—He estado pensando en cómo llamarte… Verás: soy un firme creyente de la igualdad humana y animal, así que, aunque ya tenía decidido tu nombre, no te lo pensaba decir hasta que tuviese también un apellido que te fuese bien.

La felina esperó.

— ¿Qué te parece… «Yoruichi Shihouin»?

El animal maulló lastimeramente.

— ¡No, no, espera, déjame explicarte…! «Yoruichi» significa, en una antigua lengua de un país maravilloso, «una noche». Y «Shihouin» quiere decir, en esta misma lengua, «diosa de la velocidad». ¿No te parece que te quedaría bien?

Ella lo consideró posible. Bastante acertado.

El hombre se arrodilló frente a sí, y ella pensó que, por lo veloz que era, bien que podría él mismo llamarse «dios de la velocidad».

—Ven, Yoruichi.

Mientras se acercaba a él, grabó aquel momento en su memoria: fue la primera vez que alguien pronunciase su nombre

Porque ahora, ahora tenía un nombre.


Los ojos felinos podían ver lo que el hombre hacía aún con la escasa luz que aquella bujía ofrecía.

Sus manos trabajaban incansables, a pesar del frío. Cada lámina debía encajar perfectamente…

Era una obra de arte.

Pero para Yoruichi, jamás habría algo que valiese las ojeras que todo el esfuerzo le causaba a Kisuke.

Kisuke.

El hombre le había dicho que aquel era su nombre. Se lo había dicho mientras sus manos producían aquel potente sonido sobre aquella plataforma llamada «piano».

En su opinión, su amo era maravilloso.

Amo.

Aquel concepto se quedaba corto para lo que Kisuke significaba para ella.

En el corto tiempo que llevaba viva, se había cruzado con gatos que le habían explicado que los seres humanos no eran más que criaturas torpes al servicio de los felinos.

«Eso sí; debes amaestrarlos. Hacerles creer que los quieres, hacerles creer que tienen el poder sobre ti».

Pero Kisuke era distinto.

Kisuke le hablaba, la trataba como a una igual: le contaba sobre Juliette y el bebé que esperaba, sobre Juliette y sus manos incluso más habilidosas que las suyas —aunque para Yoruichi jamás nadie rascaría su barriga mejor que el joven pianista—, sobre Juliette al reír y Juliette al hablar y Juliette en la mañana y Juliette en sus sueños.

Se levantó al fin de la cama del músico, y se acercó a él, su mirada fija en el rostro ajeno aunque partiese desde el suelo.

Maulló para hacerle saber que estaba despierta, y a su lado.

Él detuvo por un momento su trabajo, y le sonrió.

—Oh, señorita Yoruichi, ¿me deleitarás con tu atención esta noche?

La gata respondió con otro maullido. Kisuke rió cansinamente, por lo que Yoruichi decidió saltar a su regazo directamente, en lugar de esperar a que él la cargase.

—Aquí estás —susurró mientras le rascaba detrás de las orejas, algo que cautivaba a la minina—. ¿Quieres ver lo que tu amigo está creando?

Antes de que ella fuese capaz de contestarle, él la levantó hasta que estuvo a la altura del escritorio, y le indicó una extraña caja rectangular de madera.

—Será una cajita de música —le explicó en voz queda—. El otro día, Juliette viajó al futuro y vio una de estas; se enamoró. Me la describió, y finalmente creo que encontré cómo crear una similar… Será para su hijo. Dime, ¿no es hermosa?

Yoruichi pensó que sí, que en verdad era hermosa.

Aunque no hallaba hermoso el sufrimiento de Kisuke.

Juliette era la mujer a la que amaba, y ¡estaba ofrendando sangre, sudor y lágrimas para fabricarle un regalo a su hijo con otro hombre!

Sintió inesperados deseos de morder y arañar la caja. Y orinarle encima, ¿por qué no? No era un macho como para marcar su territorio, mas la idea no se le antojaba tan descabellada ahora mismo…

Pero Kisuke se levantó de su lugar, aún con ella en brazos.

—Es hora de dormir —le explicó tras bajarla en aquella superficie suave que había aprendido que se llamaba «cama».

Ella volvió a maullar.

Él solo apagó la vela con un suave soplido.


Había pasado el tiempo.

¿Un año y algo, quizás…?

Yoruichi ya era una gata adulta. Sin embargo, no le atraían para nada el perseguir ratones ni el desairar a posibles candidatos que la persiguiesen.

Solo le interesaba permanecer al lado de Kisuke.

Observarlo componer y trabajar en aquel mundo al que ella no podía acceder.

No obstante, aquella noche su tranquila rutina de música se había roto.

Kisuke no llegó a la hora que debía.

Cuando al fin llegó, azotó la puerta. Yoruichi no podía ver su mirada bajo la sombra de su sombrero, y aquello la desesperaba.

Él, sin embargo, la ignoró.

La ignoró.

Había esperado por horas, hasta la madrugada incluso.

¿Y él se comportaba así…?

Su prioridad fue, sin embargo, depositar un libro nuevo en el librero; sus manos temblaron al hacerlo.

Y ahora se sentaba frente al «piano» —la gata se sentía orgullosa de poder recordar aquel vocablo— y una furiosa melodía surgía bajo la presión de sus dedos.

Al principio era potente, rabiosa; luego se hacía triste, melancólica.

Pero en ningún momento fue dulce, o alegre.

Daba miedo.

A pesar de ello, Yoruichi no lo dejó solo; se quedó a su lado, estoicamente.

Tras horas de inagotable música, sentía ganas de chillar del dolor de tímpanos a causa de la música.

Mas no lloraría; Kisuke necesitaba aquello.

Porque si no lo necesitase, no habría tocado hasta que las manos le sangrasen.

Cuando finalmente se levantó de frente al piano y sus ojos se posaron sobre los de la minina, esta pudo ver que los mismos estaban rojos e hinchados.

Yoruichi.

Su voz se quebraba. Ella soltó un suave «miau» para indicarle que allí estaba, que lo escuchaba, que él la tenía a ella.

El pianista se abalanzó sobre ella y la cargó hasta la cama.

Se dejó caer limpiamente sobre el colchón, y la apretó contra su pecho; este subía y bajaba, se expandía y se contraía de forma irregular.

—Ha muerto.

Ella no podía hacer más que lamerle las magulladas manos y dejar que las lágrimas le diesen un baño —cosa que, como todo buen felino, ella despreciaba—.

Kisuke no dijo otra palabra con sentido; solo sollozos escapaban de su garganta.

Yoruichi había escuchado alguna vez de boca de Kisuke la frase «tener el corazón roto».

Su poca experiencia y su misma especie le impedían entender el significado de dicha expresión.

Y no obstante, en aquel preciso instante, Yoruichi sintió con toda claridad su corazón fragmentarse en trocitos, hacerse añicos entre los brazos de Kisuke.


—Miau.

Urahara concluyó con éxito la primera pieza con una nuevamente afinada Juliette.

—Listo —anunció él, complacido consigo mismo—. Ya no suena mal, como antes.

Ella volvió a insistir.

Esta vez, él le prestó atención.

— ¿Qué, quieres dormir en mi regazo, como en los viejos tiempos?

Ella ignoró su chiste —de todas maneras, no se lo había dicho con mala intención, sino con una sonrisa despreocupada— y de un brinco se halló sobre sus piernas.

Allí, se hizo un ovillo.

Él solo le propinó las caricias que sabía que la relajaban.

Y ella le respondió con el ronroneo que sabía que únicamente él había oído antes.


Urahara fijó los ojos en la gata que descansaba plácidamente sobre su regazo; aparentemente, se había cansado de observar el paisaje por la ventana.

De seguro pensaba en Hime…

Así era Yoruichi cuando quería a alguien.

Así ha sido siempre…

Ella era, posiblemente, lo único que él poseía de alguna manera.

Porque ella lo había salvado.

Lo había salvado cuando él ya había dado todo por perdido…


Su salud estaba deteriorándose. Se deterioraba porque Juliette se había marchado, y porque ni siquiera había podido conservar con él a Patrick y a Augusta.

No; el maldito Augustus los había llevado consigo, derecho de «paternidad».

Urahara sentía ganas de morirse. Él los amaba, sí, los amaba de por sí al ser hijos de Juliette, y era aún más fuerte su amor por ellos luego de haberlos criado durante los dos años siguientes a la trágica muerte de su madre. Todo ello porque una misteriosa enfermedad se la había llevado apenas tres días luego de que ella le escribiese una dedicatoria en el mismo libro que él le había regalado…

En ese instante, ni siquiera las notas musicales en el piano de Juliette tenían sentido.

Había huido a su cuarto a llorar, y aunque las lágrimas se habían secado hacía muchísimo tiempo, la lluvia en lo profundo de su corazón no parecía cesar jamás.

Ni parecía que fuese a hacerlo alguna vez.

Así que Urahara se resignó; se iría consumiendo, tal y como Juliette lo había hecho, solo que en un proceso mucho más lento y doloroso.

Porque aquel calvario que ella había atravesado acompañada por él, él atravesaría solo.

A excepción de…

Miró a la minina al otro lado del cuarto; ella lo había estado observando durante un largo periodo de tiempo.

Como si advirtiese su preocupación.

Yoruichi era casi humana desde el punto de vista de Urahara; estaba siempre a su lado, y únicamente carecía de la capacidad de hablar, mas manifestaba sus emociones de formas más que humanas.

¿Iba a dejar sola a Yoruichi, a la deriva…?

No.

Él se estaba muriendo, pero se cercioraría de que ella no compartiese su destino.


—He venido a dedicarle una pieza musical a su joven hija, con motivo de su primer cumpleaños —Urahara hizo una reverencia ante los nobles Inoue, quienes en menos de diez años debían ascender al trono—. Desearía tener el deleite de ejecutar una composición de autoría propia para la Futura Hikari Inoue.

Por supuesto, ante palabras tan halagadoras, los reyes asintieron, complacidos.

El resto fue fácil: apenas sus dedos entraron en acción contra el marfil, hubo conquistado los corazones de todos los presentes.

No le costó nada que le concediesen la petición siguiente.

—Me atendré a componer una obra maestra —mintió—, y ya no puedo cuidar de mi gata. ¿Podrían los reyes ser tan amables de conservarla con ustedes hasta que yo me libere de mis ocupaciones…?

Ellos habían aceptado, encantados. Después de todo, ¿qué significaba para ellos ocuparse de un simple animal, con tantos criados y tantas doncellas?

—Gracias…

Y había dejado a Yoruichi en brazos de Hikari, la bonita princesita de los Inoue, no sin cierta culpa: los ojos de la felina al marcharse gritaban lo que Urahara había callado; aquella era una despedida.

El adiós definitivo.


Yoruichi se frustraba, y se frustraba cada vez más.

Era imposible no amar a Hikari, ¿cómo no hacerlo, cuando se trataba de una niña tan dulce, tan virtuosa…? Y sin embargo, su mente la llevaba a Kisuke de una manera que sus correrías no alcanzaban a imitar.

¿Adónde había ido? ¿Se encontraba bien?

Todas aquellas interrogantes la acosaban día y noche desde hacía cinco años.

¿No me quería, acaso…? ¿No éramos amigos?

Yoruichi sentía que podría explotar a causa de la frustración. A su lado, Hikari sencillamente sonreía.

—Estoy segura de que tuvo un buen motivo.

La pequeña era perceptiva. La gata se preguntaba constantemente cuánto sería capaz de vislumbrar.

¿Sabrá que le entiendo? ¿Sabrá…?

—He escuchado una leyenda, Yoruichi —musitó la Futura de pronto—. Una historia que habla de un río mágico, que puede cumplir tus deseos.

Ella no entendía de qué hablaba ella tan repentinamente.

—Tal vez… si vas hasta allí, consigas lo que quieres, Yoruichi.

La minina se lo pensó unos instantes. Después se atusó los bigotes, y maulló.

Hikari sonrió.


—Es aquí —musitó la pequeña, señalándole el abismo detrás de un inmenso castillo que se le hacía extrañamente familiar—. Si pierdes el miedo y saltas, cosas increíbles sucederán. O eso dicen.

La gata tenía sus dudas.

Y sin embargo, valía la pena… Valía la pena si con ello podía reencontrarse con Kisuke.

Miró una última vez a la princesa, y finalmente se dejó caer al vacío.


La cabeza le mataba. Maldición, ¿qué había ocurrido…?

Abrió los ojos, solo para encontrarse con una espesa capa de neblina sencillamente infranqueable.

Desorientada, se enderezó. No obstante, en lugar de hallarse erguida sobre sus cuatro patas, sintió un dolor punzante en una parte de su cuerpo que no reconocía.

¿Qué…?

Optó por sentarse, y se halló con la sorpresa de que sus piernas eran ahora largas y esbeltas, de un color oscuro. Miró sus manos —porque , tenía manos—, y un temblor nervioso la invadió.

—Veo que al fin despertaste.

Se puso en guardia al instante; aun así, solo lograba rasparse las rodillas sobre las piedras del suelo. Frente a sí, un hombre la miraba afablemente.

—No te asustes, gatita —en su voz no se oía burla, sino… ¿ternura? ¿Era eso ternura?—. No me gustaría que te asustases; no cuando eres tan única, tan especial…

Yoruichi no entendía a qué se refería. Como si el hombre pudiese leerle la mente, enarcó una ceja.

— ¿No sabes de lo que hablo?

Una pausa incómoda. Como si él esperase que ella dijese algo. Iluso, ¡era una gata! No podía comunicarse con los seres humanos…

—Has venido al mismísimo Tiempo —expuso entonces él—. Y ese río que tienes a tus espaldas se llama Río Sincrónico. Se llama así porque se cree que tiene una corriente paralela en todo rincón del tiempo, y que puede llevarte al Árbol del Tiempo en específico.

Ella no entendía por qué le decía todo aquello, ni a qué venía su explicación.

El hombre sonrió condescendientemente.

—Te preguntarás por qué te digo esto… Verás: dicen que los que se bañan en el Río Sincrónico nunca vuelven a ser los mismos. Este tiene el poder de dar vida eterna… con una condición.

A Yoruichi no le interesaba aquello. Ella quería ver a Kisuke, estar con él…

—La condición es que debes vivir para servir al Tiempo en sí —insistió—. Así es como lo han estipulado los Grandes Seis. Ahora, todo esto puede parecerte ajeno, pero…

Ella solo pensaba en cómo salir de ahí. ¿Trepar el acantilado…? Parecía tan empinado…

—… tú ya has sido transformada de forma irremediable por estas aguas.

Ahora sí que le prestó atención.

—Solías ser una gata, ¿no? —cuestionó él—. Una gata muy inteligente, ciertamente… Una inteligencia innata, y por encima de muchos humanos. Es natural, por lo tanto, que el río te haya transformado en humana.

«¿Humana?».

Todo empezaba a tener sentido de a poco. ¡Así que por eso el cuerpo tan extraño, la falta de agilidad…! E incluso la altura que le provocaba algunas náuseas.

—Estarás bien —la serenó el hombre mientras se arreglaba su sombrero de paja—. Deberás aprender a hablar, y a moverte… —se quitó la estúpida bata rosa que llevaba consigo, y se la arrojó; luego, le dio la espalda—, y aprender, claro está, que las mujeres decentes no se muestran desnudas ante desconocidos.

Yoruichi no entendía aquellos conceptos. Solo hizo lo que su instinto gatuno le dictaba: imitar. Si quería sobrevivir como humana, debería atenerse a las reglas humanas.

Empero, la curiosidad era poderosa; se acercó al río, y se vio reflejada sobre sus tranquilas aguas —que increíble, en verdad, que un río no fuese caudaloso—: su mismo color de ojos, al menos, aunque ahora eran evidentemente humanos; su corto cabello poseía una tonalidad extraña, como el de las uvas con las que Hikari solía mimarla cada tanto, y su rostro se le hacía bastante delicado. No era como el de Kisuke, aunque supuso que debería diferir en rasgos generales ya que ella, a diferencia de él, era hembra.

Aun así… aquello era demasiado raro.

Detrás de ella, el hombre solo sonreía.

No la miraba, mas estaba al tanto de que ella se estaba deleitando con los primeros indicios de vanidad femenina.


Hikari no podía evitar sonreír al tiempo que observaba a Yoruichi entrenar.

Esto llenaba de orgullo a la otrora gata.

—Eres una Guardiana excelente, Yoruichi; dudo que haya alguien que iguale tu velocidad en todo el reino.

Ella sabía que era cierto. Y para no pecar de engreída, solo sonrió en respuesta, acomodándose mejor la blanca capa.

Su deber era proteger al solar de los Inoue: se le había asignado aquel importarte cargo hacía diez años. Por ello, su capa era blanca: era el distintivo de que, en aquel mismo instante, ella era la guardiana más importante respecto a las siete familias, ya que era ella quien protegía a la familia que ocupaba el trono en la actualidad.

Y aunque ya hablaba perfectamente, y ya era capaz de obtener una velocidad asombrosa de un cuerpo que al principio le había sido extraño, aún no había logrado su meta más preciada.

Volver a ver a Kisuke.

El solo mirar a la joven princesa, próxima reina, le hacía caer en la cuenta del paso del tiempo.

¿Dónde estaría él? ¿Seguiría vivo?

Debía estar vivo… El solo pensar en lo contrario, la destrozaba…

—Yoruichi —Hikari habló; ella la miró—, puedes marcharte. Ve a buscarlo.

—Pero Hikari, tú…

—Ve —replicó ella—. No podrás protegerme si tu cabeza está en otro lado.

La mujer no pudo evitar sonreír. ¿Cómo había tenido la suerte de cruzarse con Kisuke, y luego, con Hikari…? Ciertamente que el pianista había hecho una sabia elección al dejarla con ella.

Bueno, tan sabia elección como la que pudo ser abandonarme.

Haciendo una reverencia, se esfumó.

En busca de su amigo.

En busca de Kisuke.


Lo había hallado, por supuesto, en donde sabía que lo hallaría.

En realidad, ella había tenido miedo.

Miedo de encontrarse con él.

Miedo de que la rechazase por su nueva apariencia.

Pero él siempre había estado en el mismo lugar.

No sabía si la apartaría, así que aprovechó cada segundo que él tardó en notar su presencia.

Cada segundo que los repulsivos dedos que ella adoraba hiciesen cobrar vida a aquel viejo piano.

Porque sus dedos eran repulsivos.

Todo él era repulsivo.

Estaba de espaldas a Yoruichi, con lo que podía apreciar cada cana en sus en otro tiempo rubios cabellos. Cada arruga en sus manos, cada rastro de sangre coagulada.

Y sobre la blanca superficie, esto se evidenciaba aún más.

No había cesado de tocar. O quizás lo había hecho lo justo y necesario para alimentarse, y continuar con aquel castigo para consigo mismo.

Sus ropas eran harapos, y Yoruichi reconocía retazos de ropajes que ella había llegado a conocer cubriendo su cuerpo.

Lo único que pertenecía intacto respecto a él era su sombrero: igual de bonito que antes, sobre su cabeza.

Ah, pero ¿qué importancia tenía? Un simple sombrero ante la salud de su amigo en ruinas.

Aquello era todo lo que quedaba de Kisuke Urahara.

—Kisuke.

No era la primera vez que pronunciaba su nombre: había sido una de las primeras palabras que había aprendido a leer, escribir y, asimismo, pronunciar. Le gustó el sonido que había adquirido con la práctica, y se preguntó si él coincidiría con ella.

Con lentitud, él dejó de tocar, y se giró. Fue una eternidad, una eternidad durante la cual Yoruichi atajó su respiración.

La espesa barba no hacía más que dar una imagen de descuido.

Los ojos, mezcla de gris y verde, la miraron. No sin vida: Kisuke era una llama inapagable, sin importar lo que ocurriese.

Solo…

Solo dolor. Profundo, insoportable dolor.

Su amigo había dejado de ser humano para volverse dolor.

— ¿Quién eres?

Su voz era rasposa, y apenas le llegaba. Yoruichi tragó saliva. ¿Iba a decírselo? ¿Cómo?

—Yo… soy Yoruichi.

Se hizo silencio. Cuando ella pensó que él ya no le respondería, finalmente se escuchó su voz:

— ¿Yoruichi…? Curioso… Tenía… una gata llamada así. Creí… que su nombre lo había inventado yo.

Con mucho trabajo se levantó, y se apartó del piano. Para sorpresa —y dolor— de la mujer, no goteó sangre de sus manos: sus dedos estaban destrozados.

La carne siempre expuesta ya no sangraba.

—Y ahora resulta… —tosió él, aunque se las arregló para sonreír posteriormente— que hay una señorita llamada igual que mi gata…

Ella pensó en miles de explicaciones para darle.

«Soy yo, Kisuke».

«Nunca te olvidé».

«Eres mi mejor amigo».

«Siempre fuiste mi mejor amigo».

Y a la hora de verdad, simplemente se encontró saltándole encima; sus brazos lo rodearon sin tregua alguna, y lo apretaron contra su esbelto cuerpo.

Él no tenía fuerzas suficientes para responder siquiera al abrazo.

Era como si le faltase voluntad para otra cosa que no fuese ejecutar el piano.


—Dime, ¿eres el ángel de la muerte? —fue todo lo que pudo susurrar contra el pecho que ahora cobijaba su cabeza, ambos en la sucia cama que parecía no haberse aseado en quince años—. Porque si es así… déjame decirte que eres bienvenida. Tarde o temprano, habías de venir; tantas noches… tantas noches en este frío glacial, con esta rastrera enfermedad mía…

Ella se encontró a sí misma cayendo en la cuenta de la falta de preparación para ser humana; ¿qué hacían los humanos en situaciones así? ¿Qué hacían, qué decían…?

¿Decir la verdad, acaso?

—No soy ningún ángel —murmuró al final—. Pero he venido a salvarte, Kisuke.

— ¿Salvarme…? —él hablaba con los ojos cerrados, y permitía que Yoruichi le acariciase el cabello endurecido debido a la falta de higiene y cuidados—. ¿Has venido a salvarme…? Ah, magníficas noticias… ¿Cuánto me queda, señorita? ¿Me llevarás con ella…? Si no estoy con ella, no encuentro sentido alguno a esta vida mía…

Yoruichi pensó largamente.

Pensó no como humana, sino como una gata.

Y guiada por el instinto gatuno, el instinto animal de supervivencia que era similar a la regla humana de «El fin justifica los medios», replicó:

—Acompáñame a dar un paseo. Si lo haces, tal vez… Tal vez… consigas lo que quieres, Kisuke.

Ella no necesitó que él abriese los ojos para saber su respuesta.


Urahara caminaba con lentitud, sujeto al brazo de aquella extraña mujer de hermosa piel y extravagante cabello lila.

—Solía recorrer estos caminos con ella.

Su acompañante permanecía en silencio.

—Siempre pensaba en ella —agregó; había tomado el silencio ajeno como señal de que estaba bien seguir hablando—. Cuando estaba con ella, cuando estaba solo… Cuando estaba con mi gata, también, aunque la criatura en cuestión era más que inquieta… y me causaba algunas distracciones —se le enternecía el corazón a recordar a la pequeña minina—. Algo estúpido… Juliette amaba a otro hombre, ¿sabes, señorita?

Le parecía curioso que ella no objetase sobre su manera de guardarle respeto pese a su formalidad al hablar.

—Y se murió amando a otro hombre. Es probable que por causa de este mismo hombre, aunque nunca haya podido probar nada —bajó la cabeza, y fue consciente de sus propios harapos. De repente, su panorama se le hacía patético—. Ah, pero mejor me callo… Mi voz no… da más.

Esperaba que ella lo entendiese.

—Calla —su comando fue severo, mas no malintencionado—. Guarda tus energías.

Urahara deseó replicar a aquello: ¿necesitarlas? ¿Para su viaje al más allá, quizás? No lo creía posible, más estaba convencido de que esta joven era el ángel de la muerte que venía a llevárselo.

Es tan hermosa que debe ser un ángel, se dijo.

Sin notarlo, se había quedado mirándola. Ella sí lo advirtió, y respondió a su mirada.

— ¿Sucede algo?

El pianista no pudo evitar la sonrisa que afloró en sus marchitos labios.

—Tus ojos… Me recuerdan a… a los de Yoruichi… Mi Yoruichi, digo —tartamudeó, cosa que se le complicó bastante con el escozor que sentía en la garganta.

Algo pareció turbar la expresión comedida de la muchacha durante unos instantes. Urahara supuso que tal vez lo estaba malinterpretando, que pensaba que estaba coqueteándole o algo por el estilo.

«Qué curioso es encontrarse con un ángel de la muerte tan tímido».

Finalmente, ella se detuvo. Él no halló explicación alguna. Si aquel había sido su paseo, había sido más que corto: se hallaban al borde del abismo detrás del palacio de los Cifer.

— ¿Qué hacemos aquí?

La joven dudó. Dudó largamente.

Urahara creyó que había llegado el momento, y sonrió. Soltándose del agarre ajeno, le dio una palmadita en el hombro, lo que la tomó por sorpresa.

—Creo que esto es algo difícil de hacer para ti, ¿no? Llevarte a alguien al otro lado.

—Yo no…

El músico hizo un gran esfuerzo para sobreponerse a la voz ajena; el tiempo se le acababa.

—Lo único que te pido, señorita —le rogó— es que me digas qué ha sido de mi gata. Sé que puede ser… una pregunta estúpida, pero… ella es mi gata y… si ya ha muerto, y los gatos van a un lugar distinto…, por favor dile… que ella fue mi mejor amiga, siempre.

Él notaba que incomodaba a la mujer con sus palabras. De seguro pensaría que era una estupidez. Pero tenía que tratar, realmente tenía que tratar de que ella obtuviese el perdón de Yoruichi para él…

Y no obstante, tuvo que callar cuando advirtió minúsculas perlitas bajo aquellas largas y elegantes pestañas.

— ¿Señorita…?
Sintió un fuerte golpe en la cabeza, y llevó las manos maquinalmente a cubrírsela. Frente a él, la morena mujer rechinaba los dientes.

— ¡Te he dicho… que yo soy Yoruichi, idiota!

Él no comprendía. Se negaba a comprender. Sin embargo, era prioritario ahora encontrar su sombrero: el golpe se lo había arrebatado.

Volteó el rostro, y notó que yacía al borde del abismo.

—Oh, no…

El viento sopló, y allí fue su sombrero con él.

Era lo último que tenía de ella, de su mejor amiga.

—Kisuke.

Miró a su acompañante. La notaba seria, hasta solemne. Sin saber cómo, una de sus manos había ido a descansar sobre su pecho.

—Confía en tus habilidades, Kisuke.

Y lo empujó al vacío.

Pero él no gritó, ni luchó mientras caía.

Solo repitió una y otra vez, en su mente, las palabras que le parecía haber escuchado de la boca ajena.

«Y confía en , que confío en ellas…».


Urahara sonrió. Luego de aquella aventura, había conocido a Kurotsuchi, quien lo había atacado, y lo había forzado a defenderse.

Increíblemente, su cuerpo demacrado había reaccionado de forma bastante favorable. Cuando se vio obligado a detenerse debido al cansancio, apareció Kyoraku.

Con sus pasos calmos y sus maneras despreocupadas, le indicó los siguientes pasos.

«Tienes una gata fiel, Urahara».

El que supiese su apellido, por alguna razón, no lo había impresionado.

Empero, debía contestarle:

«Yoruichi es fantástica».

El resto había sido una simple cadena de eventos inevitables: obtuvo su espada, y con ella, su rango de guardián.

Como no había puestos disponibles, el viejo Yamamoto le había asignado ser compañero de Yoruichi en su tarea de proteger a los Inoue.

Y si aún lo dudaba, el anciano le había dejado todo en claro:

«Ella es la mejor Guardiana de todas. Su velocidad y su astucia son inigualables. Pero bueno, decían que solía ser un gato… ¿Qué más rápido y más astuto que un gato?».

No solo su cabello recobró su color dorado ni sus dedos despellejados sanaron aquella tarde.

No.

Él había recuperado algo más.

Había recuperado su deseo de vivir.

Y había obtenido una razón para hacerlo.

Incluso me regaló cientos de sombreros nuevos, se dijo con alegría mientras palpaba la prenda sobre su cabeza.


Estaba acorralada.

Había transcurrido un día, pero sabía que él le seguía los pasos.

Sus flechas se habían agotado, así como su energía.

La sangre de sus heridas no era demasiada, mas su cansancio le jugaba en contra.

Escuchó el ruido de los cascos sobre la tierra en el exterior de la caverna donde se había refugiado.

Así que finalmente me encontraste.

— ¡Sal a jugar, Nel!

Apretó los ojos.

Probablemente todos en el clan tenían razón, y su amor por los humanos la llevaría a su perdición.

Enderezándose, caminó hacia la entrada de la cueva, los ojos abiertos e iluminados por la mañana.


La observó salir de su refugio estoica, tal y como la recordaba.

Le gustaba aquello en demasía.

Y estaba feliz de haberla encontrado.

Tienes ojos verdes, Nel.

Ahora lo sabía.

Apuntó la flecha con cuidado, y disparó.


Nnoitra escuchó el zumbido de la flecha.

Se volteó en un abrir y cerrar de ojos, y aun así, fue tarde: el filo encontró su lugar en el hombro izquierdo del centauro en lugar de su pecho.

— ¡Maldito…!

Observó al mismo humano del día anterior bajar con bastante agilidad del árbol en el cual se encontraba. Llevaba un carcaj con flechas y un arco, mas las dejó caer al costado en un santiamén.

En su lugar, desenfundó su espada.

—No me gusta atacar así; me hace sentir como un cobarde. Solo te cobré las heridas que le hiciste a Nel. Porque le tienes miedo.

Nnoitra frunció el entrecejo. ¿Qué sabía aquel humano sobre él? ¿Y sobre Nel?

—La conoces por un día… —masculló al tiempo que se arrancaba la flecha del hombro y la arrojaba lejos—, ¡¿y ya piensas que lo sabes todo, que puedes ser el héroe rescatando a la damisela en apuros?!

Ignoró a la sorprendida centáuride detrás de él, y embistió contra el pelirrojo.

No saldría de esta con vida.


Ichigo se había esperado esa reacción.

Ahora, lo que seguía era llevarlo lejos de Nel.

Lejos de la mujer que lo observaba sobresaltada.

— ¡ICHIGO! —había exclamado.

Supuso lo que le diría. «No te sacrifiques por mí», algo así.

Pero él no se sacrificaría. No actuaría de forma tan precipitada.

«Lo único que me pregunto es… ¿por qué estás de acuerdo ahora?».

Una media sonrisa.

Lo siento, Inoue.

Había obrado mal al intentar imponerle cosas.

No volverá a pasar…

Ni con ella, ni con Nel.

Pero aún puedo preocuparla un poco, ¿o no?

Detrás de él, el centauro seguía sus pasos con rapidez.

No tardaría en alcanzarlo.

Con una sonrisa en los labios, Ichigo se giró justo a tiempo, y repelió con su espada el golpe que intentase asestarle Nnoitra. Tuvo la suficiente presteza para apartarse de su camino de igual forma, puesto que su solo cuerpo habría bastado para aplastarlo.

Pero no solo que lo esquivó, sino que logró llevar a cabo un tajo en el costado al centauro. Este rugió, y miró con odio a Ichigo, listo para atacarlo.

Empero, él no temía; estaba más que listo.


La lucha fue reñida. La sangre se derramó de ambos lados.

Solo que Ichigo tenía a favor su sangre fría; increíblemente, el temperamental Futuro sabía medirse a la hora de batallar.

Únicamente le faltaba el golpe de gracia para ganar, y lo sabía.

Aprovechando la distracción de Nnoitra luego de haberle hecho una herida considerable en el brazo izquierdo, se escondió tras unos arbustos.

Esto solo hizo enfadar al hombre en cuestión.

— ¡Sal, sal, espantapájaros…! ¿No me dirás que tienes miedo ahora?

No hubo respuesta. Ichigo contó sus respiraciones para no escuchar sus palabras.

—Iré a matar a Nelliel, entonces. Le diré que has huido, porque no te importa, y no me estaría equivocando, ¿no es así? ¡A ti no te importa, solo la ves como una yegua! ¡Los humanos son todos lo mismo!

Sintió el color subiéndole a la cara.

No caigas en su trampa.

Lo oía acercarse. El momento llegaría pronto…

—Cobarde, ¡cobarde espantapájaros!

Una vez más. Necesitaba que dijese algo más…

— ¡Bien, a por Nelliel, entonces…!

Esta vez, su voz no iba dirigida en su dirección.

Nnoitra no lo estaba mirando.

Perfecto.

Propulsándose con los pies contra el suelo, dio un enorme salto y aterrizó sobre el lomo del centauro a la par que lo asía por el cabello.

— ¡No soy ningún cobarde, caballito!

Y bajó su espada.

El sonido del hierro abriéndose paso a través de la carne era inconfundible; tanto como la espada al caer sobre la hierba.

Ichigo siseó, y miró a quien le había asestado aquella flecha en el antebrazo.

Era otro centauro.

Fue todo lo que alcanzó a distinguir antes de que Nnoitra se sacudiese y con un hábil codazo lo enviase a tierra.

— ¡Ugh!

Intentó enderezarse, mas un pisotón lo aplastó contra el suelo.

— ¿Cómo te atreves a montarme, humano?

A metros de ellos, una risotada se escuchó.

El joven comprendió que se trataba del recién llegado.

Aunó fuerzas para voltear la cabeza y mirarlo; el recién llegado tenía el cabello peinado hacia atrás, un celeste intenso. No distinguía el color de sus ojos, pero la parte animal de su cuerpo era blanca, a diferencia de Nnoitra, quien poseía un pelaje negro.

Esta vez, Ichigo no sabía cómo se libraría de la muerte.

Solo esperaba que Nel hubiese tenido el acierto de alejarse de allí.

Así, su muerte no sería en vano.


Hielo.

El hielo era su amigo, eso quedaba claro.

El hielo que subía como un remolino, que lo llevaba consigo a las alturas.

El hielo que lo dejó caer con suavidad sobre el pasto, que lo dejó adaptar los ojos a la oscuridad en completo silencio.

Cuando avanzó, lo hizo despacio. Y no tenía tiempo.

Tenía una misión.

Su primera misión como Guardián.

Como Guardián de los Kurosaki.

Blandió su espada; ella, al comprender su comando, lo bañó en aquella borrasca helada.

Le dio alas, y le dio velocidad.

La velocidad para alcanzar a sus presas, y defender a su protegido.


— ¡Un humano montando a Nnoitra! —el aludido sintió que podría matarlo allí mismo y no arrepentirse—. ¡Esto es más divertido que aquella vez en la que Starrk se quedó dormido bajo un panal y este le cayó encima! ¡MALDICIÓN, VOY A LLORAR DE LA RISA!

— ¡CÁLLATE, GRIMMJOW! —bramó entonces; ¿cómo se atrevía a burlarse de él?—. ¡CÁLLATE, O TE CORTARÉ LA LENGUA!

Grimmjow dejó de reír, y una sonrisa sardónica se abrió paso.

—Me gustaría verte intentarlo, bastardo. Esto es, claro está… si tu jinete te lo permite.

Esa fue la gota que colmó el vaso.

Nnoitra miró al pelirrojo bajo uno de sus cascos, y bufó.

—Me encargaré de ti luego, espantapájaros.

Y tras darle otro fuerte pisotón, arremetió contra Grimmjow.


Ichigo se enderezó con excesivo trabajo. A unos metros, los dos centauros se insultaban y peleaban. No sabía si era un juego, si eran en serio, o si era una simple riña llevada algo lejos.

Tampoco le importaba, en realidad; solo deseaba encontrar un método para vencerlos. Pero ¿cómo? Dos contra uno, ¿y él tan malherido? ¿Es que había alguna salida…?

Sus pensamientos se vieron interrumpidos de forma inesperada cuando un copo de nieve le cayó en la nariz.

¿Qué?

Era verano, ¿cómo podía ser aquel un copo de nieve? Intentó tomarlo, pero por supuesto, este se derritió en segundos.

No entiendo qué sucede…

De pronto, advirtió que los dos centauros dejaron de pelear entre sí, y adoptaron una posición defensiva. Ambos miraban al cielo.

—Otro visitante inesperado —masculló Nnoitra.

—Hmpf, uno más para la fiesta —replicó Grimmjow.

Silencio.

Ichigo no sabía si esto era bueno o malo. ¿Quién venía?

Sin previo aviso, los centauros echaron a correr, afiladas estacas de hielo insertadas en la tierra donde habían estado momentos antes.

Poco después, observó a una figura descender del cielo con dos alas de hielo. Ichigo no podía creerlo. No obstante, al tocar sus pies el suelo, las alas se desintegraron con un fuerte crujido.

—Os pido —habló el recién llegado, un muchacho de ojos color verde acuoso y un cabello blanco como la nieve que se le hacía raramente familiar; el mismo vestía una túnica negra con una cinta que combinaba con las hebras de su cabello— que dejéis de causar tantos tumultos —se dirigía a Nnoitra y a Grimmjow—. No disturbéis mi jurisdicción.

Los centauros lo miraron con odio.

—Un Guardián —escupió Grimmjow, aunque ahora volvía a sonreír—. ¿Qué haces aquí? No hemos causado problemas, solo estábamos divirtiéndonos un poco. ¿Quieres jugar con nosotros, acaso? El siguiente juego se llama «Desmembrar al humano», ¿no estás interesado?

El otro centauro rió.

— ¿Jugar? ¿Qué no ves su cara de amargado? Aunque el juego es tentador, ¿o no…?

Sin decir palabra alguna, el joven se posicionó frente a Ichigo, y apuntó con su espada hacia los dos centauros.

—Si lo intentáis, me veré obligado a atacaros.

Grimmjow chasqueó la lengua.

— ¡Que así sea!

Ichigo notó que no traía espadas consigo. Solo sus flechas. Pero no las utilizó, sino que galopó con extrema velocidad en dirección a ellos.

Frente a él, el muchacho no dudó.

No obstante, apartó su espada; esta colgó lánguida a una de sus costados.

El centauro blanco emitió una risa que erizó los vellos de la nuca de Ichigo.

— ¡¿TE HAS DADO POR VENCIDO?! ¡NO LES PERDONARÉ LA VIDA AUNQUE ME LO RUEGEN…!

Su puño impactó contra la frente del joven. Este no se movió, fue como si no le hubiese afectado en lo absoluto.

La sonrisa de Grimmjow se convirtió en una perturbadora mueca de espanto.

— ¡¿QUÉ DEMO…?!

Retrocedió como si una corriente eléctrica lo hubiese lastimado.

Sin embargo, apenas fue capaz de dar un paso atrás, cuando el joven le infligió una cortada en el lado derecho del abdomen; Grimmjow bramó de dolor y emprendió la retirada hasta un lugar a salvo.

Ichigo lo advirtió entonces: su mano… se había congelado. Y a juzgar por sus estremecimientos y sus aullidos de dolor, lo mismo estaba ocurriendo con la cortada, la cual iba llenándose de algo parecido a la escarcha.

Nnoitra, quien había observado todo aquello, fue quien habló:

—Retirémonos, Grimmjow.

Y apartando sus ojos del guardián, los fijó en Ichigo.

—Ya nos veremos en otra ocasión, espantapájaros. Entonces, lo lamentarás.

Y con esto, se marcharon.


Ya solos, el Futuro luchó por enderezarse, y al notar sus esfuerzos, de forma casi mecánica, el joven le ofreció su ayuda luego de haber envainado su espada.

—Gracias —dijo el pelirrojo con una sonrisa—. Aunque no sé tu nombre…

Él lo miró de forma fría.

De forma «fría», Dios mío, qué ironía.

—Trate de no ponerse en peligro, Futuro Kurosaki.

—Yo no me pongo en peligro, lo juro, él viene a mí —replicó él, y entonces, agregó—: Aún no sé tu nombre…

—Toushiro Hitsugaya. Usted dígame «Hitsu…»...

— ¡Ah, Toushiro, un gusto! —exclamó, y notó que el otro fruncía el ceño—. ¡Gracias por salvarme!

—Es «Hitsugaya»…

—Como sea, tenemos que ir a buscar a Nel, una centáuride que me salvó la vida; le debo el favor, ¿no estás de acuerdo?

Toushiro abrió sus ojos enormemente.

—No creo que eso sea pruden…

— ¡Vamos!

Ichigo echó a correr antes de que el otro pudiese presentarle alguna excusa. Si tenía suerte, vendría con él y lo ayudaría; aparentemente el peligro había pasado, mas no deseaba arriesgarse.

Estaba preocupado por Nel.

Y se aseguraría de que estuviese a salvo.


Toushiro suspiró. ¿Así que esto se sentía ser Guardián…? Creyó que el cambio físico al menos le ayudaría a ser más respetado, más su protegido únicamente lo ignoraba.

Resignado, lo siguió.

Después de todo, su misión era proteger a los Kurosaki…


Orihime abrió los ojos con lentitud.

La fuerte luz del sol no había sido lo suficientemente considerada como para golpear la ventana y preguntar si el acceso le era permitido, sino que sencillamente decidió iluminar el rostro aún dormido de la joven.

Lo que había conllevado a que despertase.

—Hmm…

Se movió apenas sobre el gastado colchón, y se detuvo al instante.

Una sonrisa se abrió paso hasta sus labios.

A su lado, un dormido Ulquiorra descansaba. Estaba de costado, y su pecho subía y bajaba rítmicamente.

La joven permitió a sus ojos deslizarse por su cuerpo con un leve sonrojo sobre sus mejillas: los eventos de la noche anterior estaban más que claros en su mente, y se repetían una y otra vez.

El estoico Ulquiorra gimiendo por su causa.

No había nada mejor que aquello.

Incluso aquel instante, observarlo descansar tranquilamente a su lado se llevaba el segundo puesto.

Lo que no significa que no valore esto.

Dejó escapar una risita… y ese fue su error.

Los ojos verdes revolotearon, abiertos.

—Mujer —murmuró, su mirada tan fría como siempre.

—Lo siento, ¿te desperté? —susurró ella sin perder la sonrisa—. El sol me despertó a mí…

Ulquiorra dirigió su vista hacia la ventana, detrás de ella.

—Aún es temprano.

Ella lo sabía. El sol no estaba demasiado alto, clara evidencia a favor de la afirmación ajena.

—Trataré de volverme a dormir, entonces —prometió ella.

Con esa excusa, se acercó un poco más a él. No intentó tocarlo, puesto que él era impredecible y podía apartarse de ella.

Con estar así me basta, pensó alegremente.

De pronto, todo se oscureció.

Ella parpadeó, sorprendida, y se vio en la más completa oscuridad junto a Ulquiorra. Levantó la mirada, y vio una enorme manta negra cubriéndolos a ambos. Únicamente hacia los pies de ambos —según advirtió— algo de luz se colaba.

Él los había envuelto a ambos con sus alas.

— ¿Ulquiorra…?

—Duerme, mujer.

Sus ojos ya se habían cerrado.

La reina lo imitó en silencio, preguntándose cuál sería el significado que aquella acción entrañaba para él.

De todas maneras, no importa, pensó de igual manera. Sé lo que significa para mí.


— ¡Un manzanar! No, espera… ¡¿son esas naranjas?! ¡¿Y peras?! ¡Si tan solo hubiese cebollas, la ensalada deliciosa que haría…!

Ulquiorra observaba en silencio a la mujer que daba brincos en el interior del extenso jardín del castillo.

Aunque no compartía su entusiasmo, sí se hallaba sorprendido de que aquel lugar estuviese tan bien cuidado.

Frunció el ceño. Era idiota pensar que alguien se encontrase allí; habían recorrido todo el castillo apenas despertaron, y ahora, al mediodía, habían decidido salir al patio.

No había indicios de que alguien habitase el castillo, lo que era de esperarse. Además, si alguien utilizase aquellas ruinas a modo de residencia, ¿no se habría deshecho del cadáver del viejo Yamamoto?

— ¡Ulquiorra!

La voz provenía de un lugar algo alejado. Cayó en la cuenta de que la mujer se había adelantado bastante.

Caminó hacia donde la oía llamarlo.


Orihime había recogido un montón de frutas, las cuales sujetaba con su capa verde.

Recogiendo más y más frutas, se había apartado del sector principal donde se hallaban los árboles más frondosos, y había terminado en otra parte del jardín.

Específicamente, en el cementerio.

Las tumbas, simples lápidas como estilaban los Inoue —y a diferencia de las demás familias, quienes preferían suntuosos panteones—, continuaban en una alargada procesión colina abajo, hasta que llegaban a un pequeño árbol en el centro del lugar.

Aquella zona, al igual que había notado antes en el sector repleto de árboles frutales, estaba más que cuidada.

Había llamado a Ulquiorra, quien había reaparecido a su lado en un santiamén. Sin decir nada, le indicó con su cabeza —pues aún tenía las manos ocupadas en sujetar la capa con las frutas— la larga procesión de tumbas.

Él avanzó, curioso. Ella lo siguió de cerca.

Según Orihime alcanzaba a distinguir, ninguna de las losas poseía nombre.

Aquello le entristeció, y su mirada fue a Ulquiorra.

Ni él ni su familia tienen derecho a ser felices o siquiera recordados, ¿eh?

Al final, alcanzaron el centro.

Debajo del árbol, una solitaria lápida yacía con su nombre grabado con temblorosas letras.

Juliette Cifer

1498-1521

Una lágrima cayó del ojo derecho de la muchacha.

Se encontró con la tierra en cuestión de segundos.

Luchando por mantener el equilibrio con las frutas, llevó una mano a secarse el camino dejado por la gota sobre su piel.

—No es necesario que te enjugues las lágrimas.

Ella se tensó, y notó que lo mismo sucedía con Ulquiorra.

No pudo creer que él se encontrase allí, de todas las personas.

Había salido como por arte de magia detrás del árbol, y su sonrisa serena, aunque melancólica, parecía darles la bienvenida a ambos.

—En verdad, Hime —suspiró Urahara mientras se arreglaba el sombrero—, no te enjugues las lágrimas cuando eres apenas la segunda persona que las derrama por Juliette.


¿Qué tal? c: Bueno, ahora aclaro:

El clavicordio es un instrumento musical europeo de teclado, de cuerda percutida y sonido muy débil. Es antecesor del piano (gracias wikipedia). Lo aclaro porque en esa época los pianos no existían aún, y en mi historia, es Juliette quien trae del futuro los planos para fabricarlos :D

Espero que les haya gustado el capítulo, sé que esta es una historia Ulquihime, y aquí casi no hubo, peeeeeeeeeeeeeero es necesario, en serio u_u Y además, hay mucha acción y aventuras, así que quiero que todos los personajes tengan su parte.

Bueno, déjenme review, y les spoileo algunas cosillas (?)

Saludos c:

-Pequeña Saltamontes.