X:
EL VUELO A LA TORRE DE MARFIL Justo en el momento en que Axel
había atravesado la tétrica puerta de la Ciudad de los Espectros y
comenzado el vagabundeo por las retorcidas callejas que terminaría,
de forma tan funesta, en el sucio patio interior, Fújur, el blanco
dragón de la suerte, había hecho un descubrimiento muy
sorprendente. Buscando siempre infatigablemente a su señor y
amigo, se había remontado muy alto entre las nubes y jirones de
niebla del cielo, mirando en derredor. Por todas partes se extendía
el mar, que se movía ahora suavemente, después de la poderosa
tormenta que lo había revuelto hasta el fondo. Y, de pronto, Fújur
vio en la lejanía algo que no pudo explicarse. Era como un rayo de
luz dorado que, a intervalos regulares, se encendía y apagaba, se
encendía y apagaba otra vez. Y aquel rayo de luz parecía estar
orientado precisamente hacia él. Tan aprisa como pudo se
aproximó al lugar y, cuando por fin estuvo encima, pudo comprobar
que aquella señal intermitente salía de lo profundo de las aguas,
quizá incluso del fondo del mar. Los dragones de la suerte
-como ya se ha dicho- son criaturas de aire y de fuego. El elemento
líquido no sólo les resulta extraño, sigo también sumamente
peligroso. Pueden Fújur no sabía qué hacer. Ni siquiera
sabía qué era aquel extraño parpadeo en las profundidades del mar,
ni si tenía algo que ver con Axel. Sin embargo, no lo pensó
mucho. Subió muy alto en el aire y luego dio la vuelta, orientó la
cabeza hacia abajo, apretó las garras contra el cuerpo, se puso
rígido y derecho como un palo, y se precipitó en el abismo. Con un
violento ¡plaf! que hizo saltar el agua como una fuente gigantesca,
se zambulló en el mar. Al principio, casi perdió el conocimiento
por el choque, pero luego se forzó a abrir sus ojos de color rubí.
Entonces vio los destellos muy cerca, a una distancia de sólo unos
cuerpos más abajo. El agua lo rodeaba y empezó a formar burbujas,
como en una cacerola antes de empezar a hervir. Al mismo tiempo,
Fújur sintió cómo él se enfriaba y debilitaba cada vez más. Con
las últimas fuerzas que le quedaban se obligó a bucear más hondo.
y entonces vio la fuente de la luz al alcance de la mano. ¡Era
ÁURYN, el Esplendor! Por suerte, el amuleto había quedado
enganchado por la cadena en una rama de coral que sobresalía de la
pared de un barranco rocoso... De otro modo, la Alhaja se hubiera
hundido en un abismo sin fondo. Fújur la cogió, la desenredó
y se puso la cadena al cuello para no perderla porque se dio cuenta
de que iba a desmayarse. Cuando recobró el sentido, al
principio no podía entenderlo, porque, con gran asombro por su
parte, volaba otra vez sobre el mar a través del aire. Iba a gran
velocidad y en una dirección muy determinada, mucho más aprisa de
lo que le permitían sus agotadas fuerzas. Intentó volar algo más
lentamente, pero pudo comprobar que su cuerpo no le obedecía. Otra
voluntad, mucho más fuerte, se había apoderado de él y lo dirigía.
Y esa voluntad procedía de AURYN, que llevaba colgado al cuello por
la cadena. El día declinaba ya y se hizo de noche cuando,
finalmente, Fújur divisó a lo lejos una playa. De la tierra que
había detrás no se podía ver mucho, porque parecía envuelta en
niebla. Cuando se acercó más, descubrió que la mayor parte del
país había sido tragada ya por aquella Nada que tanto daño hacía
a los ojos porque se tenía la sensación de haberse quedado
ciego. Allí, Fújur, si hubiera podido decidir por su propia
voluntad, se hubiera dado la vuelta. Pero la fuerza secreta de la
Alhaja lo obligó a seguir volando en línea recta. Y pronto supo por
qué, porque en medio de aquella noche sin fin descubrió de pronto
una pequeña isla que resistía aún, una isla de casas de tejados
puntiagudos y torcidas torres. Fújur sospechó a quién encontraría
allí y entonces no fue ya la poderosa voluntad que influía en él
desde el amuleto sino su propia voluntad la que lo hizo volar hacia
su objetivo. El patio sin luz en que yacía Axel junto al hombre-lobo
muerto estaba ahora casi en la oscuridad. La luz grisácea del
crepúsculo que se filtraba en el estrecho pozo entre las casas
bastaba apenas para distinguir el cuerpo blanco del muchacho de la
negra piel del monstruo. Y cuanto más oscurecía tanto más se
parecían los dos. Axel había abandonado hacía tiempo todo
intento de librarse de la presa de acero de las mandíbulas del
hombre-lobo. Estaba en un estado de semiinconsciencia, en el que veía
otra vez al búfalo purpúreo del Mar de Hierba que no había cazado.
A veces, Axel llamaba a los otros chicos, sus compañeros de caza,
que ahora serían ya, sin duda, auténticos cazadores. Pero nadie le
respondía. Sólo el enorme búfalo, inmóvil, seguía allí,
mirándolo. Axel llamó a Ártax, su caballito. Pero no vino, y
tampoco se oyó en parte alguna su claro relincho. Llamó a la
Emperatriz infantil, pero inútilmente. Ya no podía decirle a ella
nada. No había sido cazador, no era ya emisario, no era nadie. Axel
se había rendido. Pero entonces notó además otra cosa: ¡la
Nada! Debía de estar muy cerca ya. Sintió de nuevo aquella horrible
atracción que era como un vértigo. Se incorporó y tiró de su
pierna, desgarrándosela. Pero los dientes no se aflojaron. Y,
en aquella ocasión, fue una suerte. Porque si los dientes de Gmork
no lo hubieran retenido, Fújur habría llegado tarde a pesar de
todo. Así, sin embargo, Axel oyó de pronto arriba, en el
cielo, la voz de bronce del dragón de la suerte: -¡Axel!
¿Estás ahí? ¡Axel! -¡Fújur! -esclamó Axel. Entonces
puso las manos ante su boca, haciendo bocina, y gritó hacia el
cielo:- ¡Aquí estoy, Fújur! ¡Fújur! ¡Ayúdame! ¡Estoy aquí! Y gritó lo mismo una y otra vez. Vio el cuerpo blanco
y llameante de Fújur, como un relámpago vivo, atravesar el pedacito
de cielo que se iba apagando, primero muy lejos, muy alto allá
arriba, y luego, la segunda vez, mucho más cerca. Axel gritó y
gritó, y el dragón de la suerte le respondió con su voz de
campana. Y finalmente, el de arriba divisó al de abajo, pequeño
como un pobre escarabajo caído en un agujero profundo. Fújur
se dispuso a aterrizar, pero el patio interior era estrecho, era casi
de noche y, al descender, el dragón derribó uno de los puntiagudos
tejados. Las vigas del entramado se Se sacudió, estornudó como un perro que sale del agua
y dijo: -¡Por fin! ¿Dónde te habías metido? Parece que he
llegado justamente a tiempo. Axel no dijo nada. Había rodeado
con sus brazos el cuello de Fújur y enterrado la cara en su plateada
melena. -¡Ven! -lo apremió Fújur-. ¡Súbete a mi espalda!
No hay tiempo que perder. Axel se limitó a sacudir la cabeza.
Sólo entonces vio Fújur que tenía la pierna entre las fauces del
hombre-lobo. -Eso lo vamos a arreglar enseguida -dijo
revolviendo sus globos oculares de color rubí-. ¡No te
preocupes! Utilizando ambas garras, intentó abrir las
mandíbulas de Gmork. Sin embargo, los dientes no se separaron ni un
milímetro. Fújur jadeaba y bufaba por el esfuerzo, pero no
servía de nada. Y sin duda no hubiera logrado librar a su amigo si
la suerte no hubiera venido en su ayuda. Pero los dragones de la
suerte tienen precisamente eso, suerte, y con ellos la tienen los que
con ellos se portan bien. Efectivamente, cuando Fújur, agotado, se
detuvo y se inclinó sobre la cabeza de Gmork para ver mejor en la
oscuridad qué se podía hacer, el amuleto de la Emperatriz Infantil,
que colgaba del cuello del dragón, vino a reposar sobre la frente
del hombre-lobo muerto. Y en ese mismo instante se abrieron las
mandíbulas y la pierna de Axel quedó libre. -¡Eh! -gritó
a Axel-. ¿Has visto? Axel no respondió. -¿Qué pasa?
-preguntó Fújur-. ¿Dónde estás, Axel? Tanteó en la
oscuridad buscando a su amigo, pero éste no estaba ya allí. Y,
mientras intentaba atravesar con sus ojos candentes la oscuridad de
la noche, empezó a sentir él mismo lo que había arrebatado a Axel
de su lado apenas había quedado en libertad: la Nada, que cada vez
se acercaba más. Sin embargo, AURYN lo protegía contra aquella
resaca. Axel se defendía inútilmente. Aquello era más
fuerte que su propia voluntad. Dio puñetazos, luchó y pataleó,
pero sus miembros no lo obedecían a él, sino a aquella resaca
irresistible. Sólo unos pasos lo separaban de la aniquilación
definitiva. Y en aquel momento, Fújur, como un relámpago
blanco y llameante, se situó encima y lo agarró por la roja
cabellera, tiró hacia arriba y se elevó con él en el negro cielo
de la noche.
apagarse realmente en el agua como una llama...
si es que antes no se ahogan, porque respiran aire
ininterrumpidamente por todo el cuerpo, a través de sus cien mil
escamas de color madreperla. Se alimentan por igual de aire y de
calor y no precisan otro alimento, pero sin luz y calor sólo pueden
vivir poco tiempo.
rompieron con estruendo.
Fújur sintió un dolor punzante: se había hecho una grave herida en
el vientre con la aguda arista del tejado. No fue uno de sus
elegantes aterrizajes habituales sino que cayó en el patio dando
fuertemente contra el suelo húmedo y sucio, junto a Axel y el muerto
Gmork.
El reloj de la torre dio las nueve.
Ninguno
de los dos, ni Fújur ni Axel, pudo decir luego cuánto duró aquel
vuelo en medio de una oscuridad total, ni si fue realmente una noche.
Quizá todo tiempo había cesado también para ellos y se mantuvieron
inmóviles en una oscuridad sin fronteras. No sólo fue para Axel la
noche más larga de su vida, sino también para Fújur, que era
mucho, muchísimo más viejo. Pero también la noche más
larga y negra acaba alguna vez. Y cuando amaneció una mañana
pálida, los dos vieron a lo lejos, en el horizonte, la Torre de
Marfil. Aquí resulta indispensable detenerse por un momento
para explicar algunas peculiaridades de la geografía de Fantasia.
Tierras y mares, montañas y ríos no están allí de la misma forma
que en el mundo de los seres humanos. Por eso, por ejemplo, sería
completamente imposible dibujar un mapa de Fantasia. Allí no se
puede prever nunca con seguridad qué país limita con cuál. Hasta
los puntos cardinales cambian según la región en que se encuentra
uno en cada momento. Verano e invierno, días y noches, obedecen en
cada región a leyes distintas. Se puede salir de un desierto
abrasado por el sol y llegar sin transición a árticas llanuras
nevadas. En ese mundo no hay ninguna distancia exterior
conmensurable, y por eso palabras como «cerca» o «lejos» tienen
otro sentido. Todas esas cosas dependen del estado de ánimo y de la
voluntad con que uno recorre un camino determinado. Como Fantasía no
tiene fronteras, su centro puede estar en todas partes o, mejor
dicho, está al mismo tiempo cerca y lejos de todas partes. Depende
por completo del que quiere llegar a ese centro. Y el centro mismo de
Fantasía es, precisamente, la Torre de Marfil. Axel se
encontró, con gran asombro por su parte, sobre las espaldas del
dragón de la suerte, sin poder acordarse de cómo había llegado
hasta allí. Sólo sabía que Fújur se lo había llevado por los
aires del cabello. Cuando, tiritando, se envolvió en su manto, que
revoloteaba tras él, se dio cuenta de que éste había perdido su
color y se había vuelto gris. Lo mismo había pasado con su propia
piel y con su cabello. Y entonces vio también, a la luz creciente de
la mañana, que lo mismo le pasaba a Fújur. El dragón parecía
ahora sólo una estría de niebla gris y era casi tan irreal. Los dos
se habían acercado demasiado a la Nada. -Axel, mi señor -oyó
decir al dragón suavemente-, ¿te duele mucho la herida? -No
-respondió Axel-, ya no la siento. -¿Tienes fiebre? -No,
Fújur, creo que no. ¿Por qué me lo preguntas? -Me he dado
cuenta de que estabas temblando -replicó el dragón-. ¿Qué cosa
hay en el mundo que pueda hacer temblar a Axel? Axel se quedó
un rato callado antes de responder: -Pronto habremos llegado.
Entonces tendré que decirle a la Emperatriz Infantil que no hay
salvación. De todo lo que he tenido que hacer, eso será lo más
difícil. -Sí -dijo Fújur más suavemente aún-, eso es
cierto. Siguieron volando en silencio, siempre hacia la Torre
de Marfil. Al cabo de un rato, el dragón comenzó otra vez: -¿La has visto alguna vez, Axel? -¿A quién? -A
la Emperatriz Infantil... o, mejor dicho, a la Señora de los Deseos.
Porque así es como tienes que llamarla cuando estés con ella. -No,
no la he visto nunca. -Yo sí. Hace ya mucho tiempo. Tu
bisabuelo debía de ser entonces un bebé. También yo era un joven
atolondrado que no tenía en la cabeza más que serrín. Una noche
intenté coger la luna del cielo, que alumbraba allá arriba, grande
y redonda. Como te decía, yo no tenía ni idea de nada. Cuando
finalmente me dejé caer desilusionado a la tierra, llegué muy cerca
de la Torre de Marfil. El Pabellón de la Magnolia tenía esa noche
sus pétalos abiertos y en medio estaba sentada la Emperatriz
Infantil. Me miró un segundo pero -no sé cómo explicártelo- desde
aquella noche fui otro. -¿Qué aspecto tiene? -Es como
una niña. Pero es mucho más vieja que los seres más viejos de
Fantasia. Sería mejor decir que no tiene edad. -Pero ahora
está enferma de muerte -dijo Axel-, ¿tengo que prepararla con
prudencia antes de anunciarle que no hay esperanza? Fújur
negó con la cabeza. -No, se daría cuenta enseguida de
cualquier intento de tranquilizarla. Tienes que decirle la
verdad. -¿Y si eso la mata? -preguntó Axel. -No creo
que eso pueda ocurrir -dijo Fújur. -Lo sé -respondió
Axel-: eres un dragón de la suerte. Y siguieron volando largo
tiempo en silencio. Finalmente hablaron de nuevo los dos una
tercera vez. Ahora fue Axel quien rompió el silencio: -Quisiera
preguntarte otra cosa, Fújur. -Pregunta. -¿Quién es
ella? -¿Qué quieres decir? -AURYN tiene poder sobre
todos los seres de Fantasia, tanto si son criaturas de la luz como de
las tinieblas. También sobre ti y sobre mí. Y, sin embargo, la
Emperatriz Infantil nunca utiliza su poder. Es como si no estuviera
ahí y, sin embargo, está en todas las cosas. ¿Es como
nosotros? -No -dijo Fújur-, no es lo que somos nosotros. No
es una criatura de Fantasia. Todos existimos porque existe ella. Pero
ella es de otra especie. -Entonces... -Axel titubeó al hacer
la pregunta-, ¿es algo así como una criatura humana? -No
-dijo Fújur-, no es lo que son las criaturas humanas. -Entonces
-repitió Axel-, ¿quién es? Sólo tras un largo silencio
respondió Fújur: -Nadie lo sabe en Fantasia, nadie puede
saberlo. Es el misterio más profundo de nuestro mundo. Una vez oí
decir a un sabio que quien lo pudiera comprender del todo apagaría
de esa forma su propia existencia. No sé lo que quiso decir con
ello. No puedo decirte más. -Y ahora -dijo Axel- su
existencia y la de todos nosotros acabarán sin que hayamos
comprendido su secreto. Esta vez Fújur se quedó callado,
pero en torno a su boca de león se dibujó una sonrisa, como si
quisiera decir: eso no ocurrirá. A partir de entonces no
hablaron más.
Poco
tiempo después sobrevolaban el límite exterior del Laberinto, la
planicie de arriates de flores, setos y caminos entrecruzados que
rodeaba, en un amplio círculo, a la Torre de Marfil. Con espanto
comprobaron que también allí estaba actuando la Nada. Era verdad
que, de momento, sólo eran pequeños lugares salpicados por el
Laberinto, pero esos lugares estaban en todas partes. Los arriates de
flores multicolores y los florecidos arbustos que había entre
aquellos lugares estaban grises y secos. Los delicados arbolitos
levantaban sus ramas desnudas y deformadas hacia el dragón y su
jinete, como si quisieran implorar su ayuda. Los prados antes verdes
y coloridos eran ahora pálidos, y un ligero olor a putrefacción y
podredumbre subía hasta los que llegaban. Los únicos colores que
aún había eran los de gigantescas setas hinchadas y los de
conjuntos de flores de aspecto venenoso, degeneradas y de colores
chillones, que parecían más bien engendros de la locura y la
perversidad. La última vida interior de Fantasia se defendía aún,
espasmódica y débilmente, contra la aniquilación definitiva que,
por todas partes, la asediaba y corroía. Sin embargo, todavía
relucía en el centro de un modo maravilloso, inmaculada e incólume,
la Torre de Marfil. Fújur no aterrizó con Axel en la terraza
inferior destinada a los mensajeros que llegaban por vía aérea. Se
daba cuenta de que ni él ni Axel tendrían las fuerzas necesarias
para subir desde allí la larga calle principal que llevaba, en
espiral, hasta la punta de la Torre. Le pareció además que la
situación justificaba plenamente el hacer caso omiso de toda regla y
cuestión de etiqueta. Se decidió a hacer un aterrizaje forzoso.
Pasó zumbando sobre los miradores, puentes y balaustradas de marfil,
encontró en el último segundo el tramo más alto de la calle
principal, allí donde ésta terminaba ante el verdadero recinto del
palacio, se dejó caer, patinó por la calle cuesta arriba, dio unas
cuantas vueltas de campana y se detuvo por fin, con la cola por
delante. Axel, que se había aferrado con los brazos al cuello
de Fújur, se puso en pie y miró hacia todos lados. Había esperado
alguna especie de recibimiento o, por lo menos, a un tropel de
guardianes del palacio que le preguntasen quién era y qué quería...
pero no se veía a nadie por ninguna parte. Los blancos edificios
resplandecientes que había alrededor parecían muertos. «¡Todos
han huido! -fue la idea que atravesó su cabeza-. Han abandonado a la
Emperatriz Infantil. O quizá esté ya...» -Axel -susurró
Fújur-, tienes que devolverle la Alhaja. Se quitó del cuello
la cadena de oro. El amuleto se deslizó hasta el suelo. Axel
saltó de las espaldas de Fújur y rodó por tierra. No se acordaba
ya de su herida. Echado, cogió el Pentáculo y se lo puso. Entonces
se levantó con esfuerzo, apoyándose en el dragón. -Fújur
-dijo-, ¿a dónde tengo que ir? Pero el dragón de la suerte
no le respondió ya. Estaba echado como muerto. La calle
principal terminaba en una alta y blanca muralla circular, ante una
gran puerta, maravillosamente tallada, cuyas hojas estaban
abiertas. Axel cojeó hacia ella, se apoyó en el portal y vio
que, detrás de la puerta, había una escalinata blanca, ancha y
brillante, que parecía llegar hasta el cielo. Comenzó a subir. A
veces se detenía para reunir nuevas fuerzas. En los blancos
escalones iba dejando un reguero de gotas de sangre. Por fin
llegó arriba y vio ante sí una larga galería. Siguió adelante
tambaleándose, agarrándose a las columnas. Entonces llegó a un
patio lleno de fuentes y otros juegos de Axel
escondió la cabeza entre los brazos. Nadie que haya llegado o
llegue alguna vez hasta allí podría decir cómo recorrió la última
parte del camino. Es algo que a uno se le regala. Axel se
encontró de pronto ante la puerta que daba paso al pabellón. Entró
y se encontró cara a cara con la Señora de los Deseos. Estaba
sentada, apoyada en muchos cojines, sobre un diván blanco y redondo,
en el centro de la copa de la flor, y lo miraba a él. Axel pudo
darse cuenta de lo enferma que estaba por la palidez de su rostro,
que parecía casi transparente. Sus ojos azules tenían el color del
zafiro. No mostraba ninguna preocupación o inquietud. Sonreía. Su
figura delgada y pequeña estaba envuelta en una amplia túnica de
seda, que resplandecía con tanta blancura que hasta las hojas de la
magnolia parecían oscuras por contraste. Tenía el aspecto de una
niña de indescriptible belleza, de unos diez años como máximo,su
largo cabello que, peinado lisamente, le caía por los hombros hasta
el diván era dorado como el oro.
agua, pero apenas podía
darse cuenta de lo que veía. Como en un sueño, luchaba por avanzar.
Encontró una segunda puerta pequeña. Luego tuvo que trepar por una
escalera muy empinada, pero esta vez estrecha, llegó a un jardín
donde todo, árboles, flores y animales, estaba tallado en marfil, y
atravesó a gatas varios puentes de arco sin barandillas que
conducían a una tercera puerta, la más pequeña de todas. Echado
sobre el estómago, siguió arrastrándose, luego levantó lentamente
la vista y vio un picacho de marfil, pulido como un espejo, y en su
cúspide el blanco y deslumbrante Pabellón de la Magnolia. No había
ningún camino que llevara hasta él, ninguna escalera.
Roxas se sobresaltó.
En aquel momento le había ocurrido algo que nunca le había pasado antes. Hasta entonces había podido imaginarse muy claramente todo lo que se contaba en la Historia Interminable. Con todo, durante la lectura del libro habían sucedido algunas cosas extrañas, eso no se podía negar, pero que podían explicarse de algún modo. Se había imaginado a Axel mientras cabalgaba en el dragón de la suerte, y el Laberinto y la Torre de Marfil, tan claramente como pudiera pensarse. Pero, hasta aquel momento, habían sido sólo sus propias imaginaciones.
Sin embargo, cuando llegó al lugar en que se hablaba de la Emperatriz Infantil, durante una fracción de segundo -sólo el tiempo del parpadeo de un relámpago- vio el rostro de ella ante sí. ¡Y no sólo con la imaginación, sino con sus propios ojos! No había sido una ilusión, de eso estaba Roxas totalmente seguro. Había observado incluso detalles que no aparecían siquiera en la descripción, como por ejemplo, sus cejas, que se curvaban sobre los ojos de color zafiro como dos delgados arcos pintados con tinta de oro... o sus lóbulos auriculares extrañamente alargados... o la peculir inclinación de su cabeza sobre el delicado cuello... Roxas estaba seguro de que no había visto en su vida nada más hermoso que aquel rostro. Y en aquel mismo momento supo también cómo se llamaba ella: Naminé.
¡Y Naminé lo había mirado a él... a él, Roxas!
Lo había mirado con una expresión que no podía explicarse. ¿Se había sentido también sorprendida? ¿Había ruego en aquella mirada? ¿0 nostalgia? ¿0... qué?
Intentó recordar los ojos de Naminé, pero no lo consiguió ya.
Sólo estaba seguro de una cosa: aquella mirada, atravesando sus ojos y bajándole por el cuello, le había llegado al corazón. Ahora sentía el rastro ardiente que había dejado en su camino. Y sentía también que esa mirada se encontraba ahora en su corazón y relucía allí como un misterioso tesoro. Y eso hacía daño de una forma que era a la vez extraña y maravillosa.
Aunque Roxas hubiera querido, no hubiera podido defenderse ya contra lo que había pasado. Pero no quería, ¡de ningún modo! Al contrario, por nada del mundo hubiera devuelto aquel tesoro. Sólo quería una cosa: seguir leyendo para estar otra vez con la Naminé, para verla otra vez.
No sospechaba que, con ello, se metía de forma irrevocable en la más insólita y también la más peligrosa de las aventuras. Pero aunque lo hubiera sospechado... Eso no hubiera sido para él, con toda seguridad, una razón para cerrar el libro, dejarlo a un lado y no volver a cogerlo.
Con dedos temblorosos buscó el sitio en que había interrumpido la lectura y siguió leyendo.
El reloj de la torre dio las diez.
