Antonio caminaba hacia la catedral, la culpa había desvanecido la sonrisa de su boca por lo que había causado la noche anterior. La gitana había sido arrestada por el asesinato del capitán de la guardia y él tenía el deber de castigarla.
Llegó a las puertas de la catedral y entró. Sus pasos resonaban en el recinto que estaba ocupado por varios peregrinos que rezaban en silencio mientras se dirigía hacia la habitación del arcediano.
-¿Romano?-preguntó tocando la puerta- ¿Estás ahí?
El italiano abrió la puerta y lo dejó pasar
-¿Qué quieres bastardo?-preguntó mientras se colocaba su sombrero de sacerdote- ¿no es muy temprano para que vengas a molestar?
-Lo sé, pero debía decirte algo que me carcome por dentro-murmuró Antonio
El corazón del menor se detuvo ya que había mal entendido el mensaje
-¿Q-qué ti-tienes que de-decirme?-preguntó nervioso.
-¿Sabes que tengo que juzgar a una gitana hoy?-preguntó desviando la mirada
-Sí, me enteré-contestó el italiano relajándose- Dicen que asesinó a un hombre
-No… ella no lo hizo-murmuró el español mirando el suelo-fui yo…
Lovino no podía creer lo que escuchaba, miró al juez sorprendido antes de lanzarle una vela a la cabeza
-¡Eres un estúpido! ¡Idiota! ¡Maldito bastardo!-gritaba a los cuatro vientos- ¡Deja de matar gente inocente, maldita sea!
Antonio se protegía de las cosas que el menor le lanzaba. El italiano tomó una botella de agua bendita y se la rompió en la cabeza
-¡Espero que te pudras en el infierno, maldición!-le espetó- y para que sepas, voy a apoyar a la gitana porque sé que es lo que Dios espera de un enviado como yo.
El español salió de la habitación de Romano y se dio cuenta de que los peregrinos lo miraban sorprendidos. Era obvio que habían escuchado los gritos del arcediano y cuando el castaño los miró fríamente, ellos comenzaron a rezar apresuradamente de nuevo.
La mexicana tenía la culpa de su locura por lo tanto debía morir, ella lo hechizó, y esta sería la única manera para que el juez pudiera liberarse de ella.
Esa misma tarde, María fue llevada al palacio de justicia para que la enjuiciaran.
-¡Les digo que soy inocente!-exclamó a sus captores mientras movía sus muñecas como si quisiera liberarlas de los grilletes- cuando entré él ya estaba…
Se formó un nudo en su garganta y bajó la mirada. El guardia la miró con sus fríos ojos azules.
-Espero que puedas probar tu inocencia-murmuró para que no lo oyeran
La mexicana miró al alemán y le sonrió débilmente
-Gracias-murmuró antes de entrar en la sala de juicios. La sentaron en una silla en el centro de la sala. Sus ojos chocaron con los del juez. Antonio la miraba sin saber qué hacer
-Que comience el juicio-anunció el español solemnemente-los cargos contra la acusada son el asesinato de un hombre. ¿Cómo se declara?
-¡Soy inocente!-exclamó la chica- él ya estaba así cuando yo entré
-Pruébalo-exigió uno de los ministros- según testigos, tu entraste con él a la habitación.
-Sí pero…-trató de probar su inocencia pero simplemente no sabía que decir
-Bien, esto es simple-dijo otro ministro sacando dos dagas una de mango rojo y una de mango azul- haremos el juicio de Dios
El ministro le dio ambas dagas al español el cual bajó del estrado y se puso de pie frente a ella
-¿En qué consiste el juicio de Dios?-le preguntó confundida
-Ok, voy a esconder estas dagas detrás de mi espalda, una en cada mano. La tuya es la roja, la mía es la azul-dijo el ojiverde- si escoges mi daga, significa que eres inocente, si escoges la tuya, eres culpable. ¿Entendiste?
La mexicana asintió, se estaba jugando el todo por el todo. Era un momento definitivo. El español tomó una daga con cada mano y escondiendo sus manos tras su espalda, intercambió varias veces la daga para que ella tuviera que adivinar.
-¿Lista?-preguntó el mayor mirándola a los ojos tratando de reprimir el deseo de acercarse y besarla
Ella lo miró pensativa por un momento tratando de elegir la mejor opción
-Escogeré… la mano izquierda-contestó al fin con el alma en un hilo
El español mostró la mano izquierda. El rojo en el mango de la daga hizo que el corazón se le detuviera.
-Yo te declaro culpable-dijo Antonio solemnemente- te condeno a caminar descalza con una soga en el cuello hasta Notre Dame, rezar ahí y luego caminar a la plaza para ser colgada.
Una vez que dictó la sentencia, sacaron a la mexicana de la sala, le quitaron los zapatos y poniéndole la soga en el cuello, la obligaron a caminar hacia la catedral.
Una vez ahí, se encuentra con Lovino. El italiano le brindó su apoyo y trató de disuadir a los guardias para que la dejaran en libertad.
-¡Escucha, macho patatas, o la sueltas o te las verás conmigo!-le espetó furioso al alemán el cual lo ignoró- ¡Chigii!-murmuró antes de patearle la pierna, pero Ludwig ni se inmutó. Otros guardias se llevaron al arcediano que comenzó a maldecir en voz alta mientras María seguía su camino hacia la plaza pública- ¡Malditos bastardos! ¡Váyanse al infierno, todos! ¡Los maldigo!
La mexicana escuchaba como los gritos del italiano iban desvaneciéndose conforme se acercaba a la plaza pública. Cuando llegó, subió a una plataforma donde el verdugo comenzó a atar la cuerda al palo. Antonio se acercó a ella.
-Puedes librarte de esto –le murmuró al oído- ven conmigo… escógeme…
María estaba impresionada por la lujuria impregnada en la voz del mayor-Sobre mi cadáver-murmuró mirándolo con asco
-Como quieras…-respondió el español y miró a la audiencia- La gitana no quiere arrepentirse, es por ello que yo la condeno a muerte.
El verdugo tomó la palanca listo para abrir la compuerta debajo de la gitana cuando de pronto se escuchó que algo se acercaba. Un encapuchado pasaba entre la gente. De un salto subió a la plataforma y cortando la cuerda, tomó a la mexicana en brazos. El verdugo trató de detenerlo, pero solo logró quitarle la capucha. El cabello rubio indicó que era nada más y nada menos que el campanero que rápidamente se perdió entre la multitud corriendo hacia la catedral. Una vez que llegó, entró y cerró la puerta mientras el público aplaudía.
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