Capítulo 11

Al despertarme de mis ya recurrentes sueños con aquel río me di cuenta de que no eran solo sueños; tenían que ver con mis recuerdos. Y empecé a recordar.

«Sólo te amo a tí.»

Después de pronunciarle esas palabras a Yuzu, las palabras que ella merecía escuchar de mi boca después de tanto tiempo, empecé a recordar algo. Mi subconsciente me mandó imágenes que estaban enterradas, cerradas con llave y olvidadas en las profundidades más oscuras de mi mente. No eran imágenes de los últimos años sin Yuzu. No eran imágenes de nuestro anterior año juntas. Eran de mucho antes.

Sentí en mi mente como se dibujaba una imagen solar. No podía verla pero sentía el esa luz ardiente dentro de mi cráneo. Recordé a mi padre, el día que me dió ese pequeño osito de peluche que Yuzu había curado y bautizado, como si de mi relación con él se tratara.

Mi padre había marchado poco después de eso.

Sentía que era como Ícaro, había querido volar demasiado alto, demasiado lejos. Había topado de pleno con aquel sol que tanto ansiaba tocar, aquella luz resplandeciente ahora me cegaba, me quemaba, pero me había vuelto adicta a ello. Mientras caía precidipadamente hacia un nuevo destino impredecible miraba el sol, viendo como cada vez se volvía más y más pequeño. Admiraba la característica única de aquel astro; su luz era capaz de llegar tan lejos y a todo el mundo por igual, aunque te alejaras de esa luz, la luz seguía allí, sin immutarse.

Pero la caída fue tan larga, que tuve el suficiente tiempo para darme cuenta de dos cosas; podía dejarme caer hasta estallar y desaparecer hecha pedazos al explotar contra el suelo, o usar todas mis habilidades, toda mi fuerza interior, toda la energía que me quedaba, generarla nueva energía si hacia falta, para hacer crecer otras alas. No tenían que ser demasiado grandes y demasiado ambiciosas, solo hacía falta que fueran unas alas que me libraran de una muerte segura. Así que durante esos momentos en los que estuve luchando; en mi mente luchaban ambas fuerzas igual de poderosas, ansias por desaparecer tan rápido como fuera posible, y las ansias por vivir, por vivir y volar descubriendo todo lo que el mundo tuviera que ofrecerme.

Mi yo interior que había estado ganando la batalla la mayor parte del tiempo era el primero, el negativo, el destructivo. Me di cuenta de que lo había estado venerando por demasiado tiempo. No quería deshacerme de esa parte de mí, pero debía venerarlo y respetarlo aquello que formaba parte de mí. Así que momentos antes de tocar la parte más aspera y profunda de mi vida, apareció algo que me hizo creer en mi propia luz.

Ahora, después de todos estos años lo he recordado.

Era el día más soleado del verano, la humedad había llegado a dejarme sin energía. Mi padre había marchado el día anterior. Aún estaba en estado de shock y no podía creer que había pasado. Le había dicho que no marcharía con él, que no traicionaría al abuelo ni a la escuela. No podía entender como él había sido capaz de hacer tal cosa. Me había abandonado. A mí, su única hija.

El abuelo creyó, quizá, que yo era lo suficientemente adulta para cuidarme de mí misma, una chica de 12 años. Así que ni siquiera me supervisó, solo me dió orden de volver a casa a cierta hora.

Yo había dejado que mi padre marchara porque había creído que obedecer al abuelo y continuar con mi destino como futura heredera de la escuela era lo correcto. Pero que el abuelo hiciera como si nada hubiese pasado y ni siquiera me reconfortara, que no se diera cuenta de que necesitaba alguien que me apoyara en ese momento. A mí, una niña de 12 años cuyo padre acababa de dejarla sola.

Sentía como, a pesar del intenso calor y la insufrible humedad, mi corazón se volvía frío poco a poco. Algo dentro de mí cambió. Así que de camino a casa de mi abuelo después de la escuela decidí tomar un paseo, seguí a mis pies. No tenía ninguna destinación concreta en mente. Mi mente estaba tan paralizada como mi corazón, pero mis pies continuaban avanzando con pasos certeros, pero algo despacio y con cuidado. Yo quería descubrir a donde me llevarían. Sentí que aquella era la última ilusión que quedaba en mi ser. Quizás mis pies creían que encontrarían a mi padre, que todo habría sido una pesadilla. Si una pesadilla es demasiado inverosímil, acabaría despertando de ella. Pero mis pies me llevaron a casa de mi padre. Él no estaba allí, el armario de su ropa estaba medio vacío y abierto tal como lo había dejado el día anterior.

Mi padre no estaba.

No era una pesadilla.

Jamás había estado más despierta.

Entonces como si de una marioneta controlara por fuerzas externas se tratara, dejé mi maletín al lado de su armario entreabierto. Cogí una de sus camisas que habían quedado allí tan olvidadas como yo, me la acerqué a la cara y inspiré profundamente en su esencia. Olía exactamente como él, el olor no había podido cambiar nada en solo un día, claro.

Pero aquel tejido estaba vacío y arrugado entre mis manos, estaba mojado.

Eran mis lágrmas. Usé la camisa para ahogar mis gritos. Lloré durante minutos... Quizás horas.

Dejé aquella camisa toda estropeada en su cama sin hacer y mis pasos volvieron a tomar vida propia. Me escocían los ojos, parpadear me dolía. Mi respiración era entrecortada, mi visión nublada.

Cerré la puerta de la casa que había compartido con mi padre lentamente, como si fuera la primera vez que hubiera visto o cerrado una puerta en mi vida. Como si salir a la calle y ver el mundo exterior me atemorizase. Pero aún así lo hice. Caminé, y caminé sin parar hasta que me dolieron los pies. Estaba en una parte de la ciudad que desconocía, había poca gente. Había seguido las callejuelas más despejadas de gente que había encontrado.

Encontré un parque pequeño, ya se había hecho de noche por lo tanto no había nadie allí. Tal como deseaba. Me escondí dentro una especie de cueva de plástico duro donde los niños de preescolar solían jugar. Yo nunca había jugado en los parques; las pocas veces que me habían llevado me había quedado sentada en los columpios sin atreverme a ir demasiado alto. Era la primera vez que entraba en aquel tipo de cueva-casita. Necesitaba desaparecer del mundo. En aquel momento no entendía bien lo que sentía, ahora sé que quería hacerme invisible, pero a la vez esperando en lo más hondo de mi corazón que alguien me encontrara.

¿Pero como me iba a encontrar alguien si estaba escondiéndome y huyendo?

Y así, escondiéndome del mundo, empecé a recordar a mi padre, aquel hombre estricto, elegante e inteligente que tanto admiraba. Siempre me llenaba de alegría cuando la gente comentaba lo parecidos que eran nuestros ojos, me decían la suerte que tenía de haber heredado aquel color tan particular y especial. Toda mi vida había sentido que el color de mis ojos era una bendición. Ahora creía que era una maldición que me recordaría siempre a mi padre, a la persona que yo había admirado, en quien me quería convertir.

Alguien me dijo que mis ojos eran tan únicos que me sería imposible olvidar de dónde venía y quiénes eran mis antecesores. ¿Iba yo a convertirme también en una traidora como mi padre? Que así sería un recordatorio para conocer y recordar siempre mi camino. ¿Cúal era mi camino, ahora? Ahora los únicos ojos violeta que podía encontrar eran los de mi abuelo. Así que una parte de mi se convenció de que aquel seguía siendo el camino que tenía que seguir. Mi padre nos había traicionado. ¿Cómo se iba a entender sino?

Quizás yo tenía la culpa de que él se hubiera ido, y por eso mi abuelo tampoco quería hacerse cargo de mí. Quizás yo era el problema, había algo que estaba mal en mí. Por eso nunca me habían mostrado el amor que tanto ansiaba. El osito de peluche que había recibido hacía poco de mi padre era la muestra más grande que tenía, era el único recuerdo que tenía.

Solo había pasado un día pero sentía que era como una eternidad.

Estrechando el osito de peluche en el bolsillo de la falda del uniforme de la escuela que debía algún día liderar me dispuse a salir de aquella pequeña cueva que no era mi hogar. La casa de mi padre tampoco lo era. ¿Dónde iba a ir yo ahora?

Entonces en medio de la noche empecé a correr, las calles estaban vacías, no había personas ni coches circulando, solo algunos aparcados en los portales de las casas. Llegué a una zona residencial algo remota, corriendo había llegado hasta allí siguiendo un pequeño canal que se iba estrechando y se había convertido en un río. Quizás era el río que mis lágrimas habían formado al huir. Corría cada vez más, mis pies eran pesados pero algo en mí me hacía correr más y más. Mis lágrimas marcaban el camino por donde había pasado, un camino invisible que se desvanecería pronto.

Corrí hasta que no pude más, mi pecho me dolía. No podía respirar bien, estaba demasiado agotada. Mis ojos ya estaban completamente secos, no tenía más lágrimas para ese día. Entonces cogiendo aire me apoyé en la barandilla que era lo único que me separaba de aquel río, que ya era ancho y profundo. ¿Cúal era el nombre de aquel río? ¿Dónde nacía? ¿Dónde desembocaba?

Me subí a la barandilla y admiré las aguas calmadas de ese río. Estaba tan oscuro que lo único que podía contemplar era su azul oscuro intenso. No podía ver el fondo del río pero imaginé que sería lo suficientemente profundo como para cubrirme entera. El azul intenso me llamaba, agradecía que no pudiera reflejar el violeta. No quería verme nunca más en el espejo, solo lo vería a él.

―Profesor...―susurré, a la nada sin fuerzas.

―¿Por qué me has abandonado...? ―preguntaba, esperando una respuesta de aquellas aguas.

―¿¡POR QUÉ!? ―grité, alzando mi cabeza para enfrentarme al único testigo que tenía esa noche, la luna. Sin importarme si alguien estaría escuchando dejé que mi voz dejara ir un largo grito con una voz rota. Aquella no parecía mi voz. ¿En que me iba a convertir?

Recordé que él había querido que nos fueramos juntos, así me lo pidió. Yo lo rechazé. Todo era mi culpa. ¿Cuál era el camino indicado? ¿Cúal era la respuesta correcta?

Tenía demasiadas preguntas, demasiado dolor en mi pecho. Sentí que nunca iba a desaparecer, aque aquel dolor ya era parte de mi para siempre. Mi vida había perdido todo el sentido.

Sin pensarlo más me subí a la barandilla, y pasé al otro lado, aún agarrándola. No sabía lo que estaba haciendo.

La luna me había mirado con expresión burlona, así que las únicas que parecían invitarme eran esas aguas azules. Quería fundirme con su calma, quería volver a la tranquilidad.

Ya no había vuelta atrás. Mis manos agarraban la barandilla con fuerza, y mi espalda estaba apoyada en ella. Estaba calculando el momento perfecto, quería saltar pero algo dentro de mí me lo impedía. ¿Por qué quería saltar?

O quizás debía preguntarme... ¿Por qué no iba a hacerlo?

Quizás me encontría con mi padre allá donde quiere que hubiese ido, allá donde fuese que yo acabara yendo.

Y la vibración de mi móvil me sacó de mis pensamientos del extraño e indefinible reino que existe entre el sueño y el despertar.

«Buenos días, Mei. Lo siento por no contestarte anoche y marcharme sin decir nada. La verdad es que me encontré muy mal; nos costó encontrar una clínica pero finalmente encontramos una y un doctor me analizó y me dió unas pastillas un poco fuertes...jajaja pero aún así voy a cumplir mi promesa y te acompañaré cuando hables con tu padre, sí así lo quieres...»

Otro mensaje llegó al cabo de un rato.

«Ah y felicidades. Por fin has encontrado las fuerzas necesarias para hablar con él. Espero que haya ido bien. Gracias por contármelo. Ayer me preocupé, la verdad que sentí como si no te conociera.»

«No hace falta. Por favor descansa. Y lo siento otra vez, a veces me vuelvo así en situaciones de estrés.»

Y dicho esto miré le reloj sabiendo que mi padre llegaría pronto. Udagawa había marchado a casa de sus padres por nos días mientras empezaba a buscar otro sitio. Quien sabe como reaccionaría su família; seguro que me culparían.

Unos sentimientos y sensación de ansiedad surgió en mi interior y me oprimió el pecho; hasta que recordé a la chica que me estaba esperando. Entonces quise mandar otro mensaje antes de esperar a su respuesta.

«Espero verte pronto.», le escribí, sin poder aguantar.

«Pues hoy me vas a ver, estoy de camino. Venimos los dos juntos!»

Incluso enferma va a venir a verme. Su insistencia y su manera de actuar tan libremente me habría molestado mucho tiempo atrás, ahora solo sentía que cada vez me enamoraba más de ella si podía ser eso posible. Además, imaginar poder hablar con Yuzu y con mi padre a la vez, sin nadie más era una idea que me fascinó. Me acababa de dar cuenta de que eran las dos personas más importantes de mi vida, y venían a verme a la vez.

«A pesar de todo parece que finalmente tengo suerte, demasiada suerte»

Sonreí al ver ese mensaje y de seguida me di cuenta de que aquel no era un gesto al que los músculos de mi rostro estuvieran acostumbrados. Debería hacerlo más a menudo; tomé nota mental.

Y los esperé por un rato, llegaron puntuales. Les abrí la puerta de casa y sentí una emoción como si llevara mucho tiempo sin verlos a ambos. Desde que ayer hablé con Udagawa sentía como una especie de rejuvenecimiento.

Mi padre tenía una mirada preocupada cuando me saludó; Yuzu tenía cara de estar bastante enferma con orejas de no haber dormido muy bien pero aún así se había maquillado y estaba perfecta como siempre. Sincretamente, a mi me gustaba de todas las maneras. Y en sus ojos verdes, aunque algo cansados, brillaba una especie de luz. Sus ojos sonreían.

―¿Mei, que ha pasado? ―ya le había contado que Udagawa no estaba hoy en casa.

―Para eso has venido, para que pueda contártelo ―le dije sintiendo mariposas en el estómago; de tener a Yuzu tan cerca y de estar tan cerca de poder confesarle a mi padre la verdad.

―¿Cómo te encuentras, Yuzu? ―le pregunté, mirándola a los ojos directamente, queriendo acariciar su cara, queriendo abrazarla. Pero lo dejé para más adelante.

―Bueno, más o menos bien...hehe ―dijo, con una de sus risitas características que ayer por la noche no había visto.

Quería que la conversación fuera casual, aunque no lo era en absoluto. Quería que mi padre se sintiera cómodo y que no sintiera que iba a darle malas noticias, sentándolo en la mesa y diciendo alguna frase típica como «tenemos que hablar». Así que los invité a sentarse en los sofás de la sala de estar.

Yuzu guardó algo de distania conmigo, y se sentó en el mismo sofá que yo pero a un poco de distancia, una persona o dos podrían haber cabido. Mi padre se sentó en el sillón de enfrente mío.

El té que había preparado esta en la mesa baja en el centro entre los sofás y el sillón.

Hubo unos segundos de un silencio que podría haber sido bastante incómodo sino hubiese sido por la graciosa expresión de la cara de Yuzu, quien no podía contener la vergüenza y el nerviosismo poniendo una graciosa cara que seguramente no podía evitar.

Yo entonces miré a mi padre cuya presencia se me hacía tan familiar, aunque habíamos estado tanto tiempo separados en los últimos años.

Su expresión solo demostraba sincera preocupación, y en ningún momento veía que quisiera juzgarme. Aunque aún no podía estar segura de eso.

Noté como Yuzu parecía estar en un partido de tenis; me miraba a mí y luego a mi padre, y así hizo varias veces seguidas, como esperando para ver quién empezaría la conversación.

―Mei...

―Papá, me quiero divorciar ―dije, sin más.

No supo que decir, abrió su boca pero no salían palabras.

―¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? ―preguntó, poco seguro de sus propias preguntas, quizás estaba nervioso al pensar que le pediría consejo. Él ya me había dicho varias veces antes que no era bueno en eso.

Lo que venía a partir de ahora era la parte más difícil de decir.

Como no contesté inmediatamente y miré a otro lado, y Yuzu estaba aparentemente cada vez más nerviosa, mi padre la acabó mirando a ella como si le fuera a dar alguna respuesta.

―Hay otra persona...―dije mirando al suelo, esperando cualqueir respuesta negativa, subconscientemente imaginándome la decepción de mi abuelo.

Pero él no era mi abuelo.

―Bueno... ¿Son sentimientos correspondidos, supongo? ―preguntó, como si aquel tema fuera algo sencillo.

Yuzu levantó la cabeza de golpé y me miró.

«Ah, tenerla aquí solo hace que no me pueda concentrar...», pensé, y noté como mis mejillas empezaban a ruborizarse.

―S-sí― tartamudeé, muy impropio de mí.

―¿Estás segura de lo que estás haciendo? ¿Lo has pensado bien? ―dijo, no dudando de mí sino, guiándome por diferentes etapas y niveles de raciocinio. Lo miré entonces a los ojos, y vi la sonrisa de un padre orgulloso.

Así que solo me hicieron falta unos segundos para decir lo siguente.

―Lo he pensado mejor que nunca.

Sin haberlo planeado, miré a Yuzu, quien tenía los ojos brillantes de emoción. Me pregunté como nos miramos las dos, me pregunté si mi padre pudo ver algo en nuestro pequeño intercambio de miradas.

―Entonces no necesitas ningún consejo mío, parece que has llegado a la conclusión tú sola ―decía aliviado y complacido.

―Pero no es tan fácil ―le dije, haciéndole entender que la conversación, el problema no habían acabado ahí.

―¿El qué no es fácil? ―preguntó sonriente―. La parte más difícil ya la has superado, encontrar a alguien que te quiere igual que tú los quieres no es nada fácil.

―Lo sé, no ha sido fácil. Pero me refiero a que... No sé como comunicárselo al abuelo, no se si debería.

―Bueno, está claro que no le sentará bien lo del divorcio, pero pronto se le pasará. Aunque ahora parece que está demasiado enfermo como para preocuparse de eso ―decía.

Era tan positivo; él veía las soluciones fáciles para todo, o mejor dicho, las soluciones que parecían fáciles pero no lo eran. Tenía una especie de filosofía de no preocuparse de las cosas que no tenían solución.

―Pero tarde o temprano se enterará, él, y todo el mundo de la escuela...

―Mei, no debe importarte tanto lo que piensen los demás. Un divorcio no es algo tan malo, aunque la escuela sea tan conservadora y estricta...en el fondo deberían entenderlo.

―No es el divorcio en sí, es la nueva relación lo que me preocupa.

―¿Tan malo es el nuevo? ―dijo,, y soltó una risotada―. A mí mientras te cuide bien me da igual, pero si es un tipo con pinta de delicuente o algo así pues simplemente no lo presentes a nadie de la escuela y manténlo en privado.

El rió pero nosotras nos quedamos bloqueadas.

―Papá ―dije tan seria que se le cortó la risa en seco.

―¿Qué?

―Es una chica.

A mi padre se le cayó la mandíbula hasta el suelo y Yuzu empezó a toser intensamente atragantándose con el té. Como si para ella fuera información nueva.

―Vaya susto nos has dado ―dijo mi padre al cabo de unos instantes―. Yuzu casi se ahoga.

Y volvió a reir, pensando que era una broma o algo así. Como si yo fuera alguien que hiciera bromas a menudo. «¿En serio, papá?»

Pero Yuzu no rió, y se aclaró la garganta una última vez.

―Vale, no era una broma ―dijo, dándose cuenta―. ¿Y Yuzu ya lo sabía? Has venido apoyar a tu hermana, ¿verdad? Ah, ojalá hubiera tenido yo algún hermano así.

Esperé a que dijera algo más.

―Bueno, me alegro de que confíes en mi lo suficiente para contármelo ―dijo, levantándose y acercándose a mí― ¡dame un abrazo!

Y me abrazó muy fuerte antes de que pudiera darme cuenta.

―Yuzu-chan también, ¡ven aquí!

Yuzu quedó inmóvil hasta que mi padre la agarró y nos estrechó a ambas en el mismo abrazo.

―Bien y entonces, ¿Podré conocer a la afortunada antes de que me marche?

―Pero papá, no sé si―

―Vamos, ya me has contado la parte más dificil que he estaba comiendo por dentro, ¿No? Prefiero que sea una chica mil veces antes de que sea un tipo con pinta de delincuente. Aquí en Japón aún hay discriminación pero yo he visto muchos tipos de parejas alrededor del mundo, incluso he visto parejas de dos hombres o dos mujeres que tenían hijos biológicos o adoptados. Hay esperanza.

Continuaba explicando con una sonrisa alentadora en su cara.

―Además, no se si habrás visto hace poco las notícias; el govierno ha llegado a la conclusión larguísima sobre la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo; ya han votado que será legal durante los próximos meses. ¡Este es tú momento!

No contesté así que siguió hablando.

―¿Te da vergüenza? ―rió―. Bueno entonces ya la conoceré la próxima vez, si todo va bien. Que seguro irá bien.

―Papá... ―ya no había vuelta atrás, quería la total aprovación. No quería dejar las cosas a medias, ya me había dado cuenta de que eso no me llevaba a ninguna parte―. Ya la conoces.

―¿Eh?

Mi padre había estado más relajado de lo que me habría imaginado hasta ese momento. Sus ojos se abrieron de par en par.

―¿Alguna chica de la escuela? ―dijo, mientras las pupilas de sus ojos se movían rápidamente mirando hacia abajo como buscando en un libro de registros.

―Ella no estaba en la escuela aun cuando tú estabas ―dije, finalmente, dándole la última parte de información necesaria.

―Co-¿cómo dices? ―dijo mientras su cuello y su espalda se echaba hacia adelante y se estiraron para acabar mirando a Yuzu, con un movimiento de cabeza lentísimo.

Lo que tardó en girar la cabeza para mirar a Yuzu fue un instante durísimo y larguísimo. Creí que aquel sería el momento final de mi relación con él. Entonces un pensamiento loco, sin sentido, y sin respuesta atravesó mi mente; ¿Si tuviera que elegir a quién elegiría?

No quiero hacerlo...

Pero entonces me atreví a subir la mirada y ver como mi padre observaba a Yuzu con una sonrisa en la cara de oreja a oreja, con la mirada más brillante que le había visto, como si descubriera un hermoso regalo delante suyo de repente, caído del cielo. Un ángel. Un ángel como era ella. La miró así, y me miró a mí de la misma manera.

Yuzu entonces me miró orgullosa, y me sentí rodeada de la mayor felicidad que había sentido nunca en mi vida.

La felicidad no era un momento eterno; más bien consistía en encontrar eternidad en un momento concreto.

Quizás aquello era lo que sentían las parejas de recién casados, saliendo del altar y despidiéndose de sus familias después de haber recibido la aprovación y la bendición de cada uno de sus miembros. Una aprovación que yo nunca pensé encontrar; pero ahí estaba, justo en frente de mí.

Por unos momentos nadie se movió ni dijo nada, pero nos mirámos como sin creer lo que estaba pasando.

―Alguna vez había escuchado de un caso así... El amor es complejo, se encuentra en los lugares más inesperados, ¿verdad? ―me dijo mi padre.

Mi mentor, mi inspiración de la niñez. Aquella persona a la que había llegado a odiar y culpar por mi propia infelicidad. Ahora se encontraba delante mío, aparentemente aprobando y alegrándose por la relación más imprevisible que podría alguien imaginar para su hija.

Y me abrazó. Simplemente me abrazó.

―Yuzu-chan, ven aquí ―dijo con una voz lacrimosa ―. Sois tan valientes... yo nunca lo podría haber hecho.

Decía con su cabeza en medio de las nuestras, con un brazo alrededor de cada una.

―¿Papá? ¿Por qué parece que te alegras? ―dije sin pensar.

―¡Qué! ―dijo separándose del abrazo para mirarme―. ¿Es que acaso no te has dado cuenta?

Yuzu y yo nos mirámos como preguntándonos qué querría decir.

―Mei, cuando estás con Yuzu veo en ti una luz que no veía desde hace años. Cuando os vine a visitar hace casi cinco años se me partió el corazón, porque mi querida hija casi había desaparecido por completo. Eras físicamente igual pero si te miraba a los ojos no podía llegar a tí.

Sentí como Yuzu me agarró del brazo mientras ambas escuchábamos atentas. Él tenía esa capacidad de hablar y hacer que quisieras escucharlo, como buen maestro que era.

―Cuando la mamá de Yuzu y yo nos conocimos, básicamente quería encontrar a alguien que pudiera cuidar de tí como sabría que el abuelo no podría ―empezó a contar con aires nostálgicos―. Así que elegí bien, aunque no fue cosa mía. Fue un encuentro del destino, en todos los sentidos. ¿No creéis?

Dicho esto se despidió, dijo que iría finalmente al hospital a ver al abuelo. Yo le dije que lo acompañaba pero me aconsejó que me quedara un rato a solas con Yuzu; teníamos que arreglar las cosas, por así decirlo, después de los acontecimientos de la cena del día anterior.

Pero entonces aquel miedo tan profundo y oscuro que había sentido se esfumaba, poco a poco. Todo empezaba a tener un poco más de color.

Sentí que aunque el mundo entero me rechazara, ya tenía en mi vida a las únicas personas que necesitaba para ser feliz.

Yuzu apoyó su frente sobre la mía, y como si lo hubiéramos ensayado, ambas cerramos los ojos a la vez.

Al cabo de unos instantes sin decir nada noté como ella movía su brazo, y me emocioné pensando que iba a tocarme, a rodearme con sus brazos. Pero entonces abrí los ojos y vi delante de mí una escena que en mi vida se volvía a repetir.

Pero de manera muy diferente.

―Mei... ¿Quieres volver a ser Mei Aihara?

Allí estaba delante mío, con aquella pregunta inesperada y quizás podría decirse que indirecta. Pero más directa que ninguna otra cosa.

Con aquella luz en su mirada, con aquella pose entregada, con su sencillez, con su grandeza. Con su enorme corazón.

Allí estaba delante mío, con la misma caja, con los mismos anillos.

―Sí, claro que quiero.

Noté lágrimas que súbitamente se precipitaron por mi rostro, pero noté algo más en él que no pude controlar. A pesar de mis lágrimas, ella observó mis labios y dijo: ―Tienes la sonrisa más hermosa que haya visto jamás.

Ella me había hecho sonreír, como jamás nadie había hecho antes.