Capítulo diez


El escritor tomó la mano del empresario para salir de la tienda, procurando hacerlo con sumo cuidado para no despertar a su compañero de campamento, sin embargo, no fue hasta salir completamente de ella, que cayó en cuenta de que era el único dentro.

—Viktor —le llamó una vez fuera—, ¿dónde están los demás? —preguntó.

El de hebras plateadas río en respuesta, desconcertando al otro.

—Por allá —respondió divertido, señalando el lugar donde anteriormente se habían sentado a cocinar dulces al pie de la fogata.

Los tres hombres restantes del grupo estaban, más que dormidos, noqueados sobre el par de troncos donde todos estaban sentados anteriormente, pudiéndose captar perfectamente los ronquidos de cada uno de ellos.

El japonés les miró entre divertido e incrédulo de que en serio pudieran dormir así.

—¿Deberíamos acomodarlos mejor? —preguntó al empresario.

El ruso llevó el dedo índice a su barbilla mientras emitía un "mmm" entre sus labios.

—No —dijo, girando al rostro para ver directamente al nipón—. Se ven cómodos, sería malo si perturbamos su sueño, ¿no crees?

Eros lo miró entrecerrando los ojos.

—Puede que tengas razón...

—Claro que tengo razón —contestó—. Vamos, ahora existe algo más importante que ellos —le dijo al narrador, volviendo a tomar su mano para guiarlo y empezar a caminar.

En cada paso, el japonés sentía que se adentraban a una especie de laberinto, ya que el panorama estaba cubierto de distintos árboles apenas dejando espacio para pasar entre ellos.

—Viktor —le llamó de nuevo—, ¿a-a dónde vamos? —preguntó, sintiéndose cada vez más perdido.

—Lo verás cuando lleguemos —respondió, riendo.

Siguieron avanzando, esquivando ramas de los árboles y teniendo cuidado de las raíces grandes del piso. Después de un par de minutos deambulando, el ruso cesó su andar, soltó la mano del escritor y se posicionó detrás de él, tocando sus hombros.

—No sé si esto es necesario, pero lo haré de todos modos —dijo a su espalda.

Eros arqueó una ceja.

—¿De qué estás hablando? —preguntó, y, al mismo tiempo que terminó de hablar, su vista se vio obstaculizada por un par de manos que se posaron sobre sus ojos—. ¿V-Viktor? ¿Qué haces?

—Estoy cubriendo tus ojos —contestó—. Ahora, puedes avanzar —le dijo el nipón, tratando de seguir con su caminata.

—¡N-No! —exclamó el escritor—. Es peligroso.

—Tranquilo, te cuidaré. Y si tropiezas, yo te sostendré, ¿está bien? —susurró suave a su oído.

El narrador dudaba en dar un paso, pero al final lo hizo, siendo cien veces más cuidadoso con lo que pisaba, y tal como Viktor le dijo, lo cuidó, diciéndole al oído hacia dónde ir.

—Ahora, vamos a sentarnos —dijo Viktor, agachándose lentamente junto a su acompañante, teniendo el cuidado de cubrir bien sus ojos. Una vez los dos en el suelo, el ruso se acomodó al lado derecho del nipón—. Listo, ya puedes ver.

Con delicadeza, el mayor apartó sus manos del rostro contrario, parpadeando el japonés al instante para acostumbrarse de nuevo al entorno, quedando maravillado con la vista que se topó de forma inmediata.

—Viktor…E-Esto es…

—¿Te gusta?

—Me encanta, es…hermoso.

Los ojos castaños miraron con detenimiento la imagen frente a él, era como si estuviera dentro de una pintura de acuarela; el tono oscuro de la noche aún permanecía cubriendo sus espaldas, pero, al mismo tiempo, el sol comenzaba a sobresalir por el horizonte, creando un hermoso contraste con el manto boscoso del otro lado del lago. Un pequeño muelle resaltaba en el apenas visible amanecer, el cual jugaba con tonos naranja y amarillo, reflejándose estos en el agua, la luna estaba en su cuarto menguante, posando en lo alto del cielo, sobre la línea divisoria de la noche y la mañana. Todos y cada uno de los elementos estaban perfectamente alineados para apreciarlos, se encontraban en el ángulo perfecto, y solo ellos dos podían verlo.

—Cómo… ¿cómo supiste que se podía ver el amanecer desde aquí? —preguntó el escritor, desviando por un momento su mirada para dirigirla al ruso. Viktor sonrió.

—Hace mucho tiempo pude verlo desde aquí, y por accidente, descubrí la posición correcta —se explicó.

—Creí que era tu primera vez acampando aquí —inquirió el nipón.

—Claro, es mi primera vez acampando aquí, no dije nada sobre trasnochar —contestó, haciendo reír al aludido—. Pero, de igual forma, es muy bello. La primera vez que lo vi…quedé maravillado, te inspira tantas cosas… ¿no lo crees?

—Sí… lo hace.

Se sumergieron en ver la noche desaparecer, pero tanto silencio provocó que el ruso girara el rostro, tapándose de lleno con la expresión embelesada del escritor; aquellos tonos cálidos se reflejaban en el color café de sus ojos, la casi imperceptible luna también estaba ahí, provocándole un brillo particular, aquel panorama estaba dibujado en su totalidad sobre sus ojos, antojándosele al ruso como algo maravilloso. Tal vez el paisaje era similar a una bella pintura de acuarelas, pero en ese momento, se reflejaba en la mirada del escritor como la más hermosa obra de arte.

—Debo deducir entonces que es tu primera vez viendo el amanecer, ¿cierto? —habló el ruso, llamando la atención del narrador.

—Sí… lo es —afirmó sonrojado— ¿Qué hay de ti?

Viktor sonrió ante su pregunta, acercándose un poco a él.

—No, no es la primera vez que lo veo —le dijo, quitando los lentes del rostro ajeno, colocándolos a un lado—. Pero sí la primavera vez que lo aprecio en la mirada de alguien más —comentó, alzando su mano para hacerla viajar a la mejilla izquierda del escritor, delineando delicadamente su párpado con la yema del pulgar—. Y el amanecer es más bello en tus ojos.

El escritor sintió su respiración detenerse por un instante, y nuevamente no supo que era, si los tenues rayos de sol que apenas amenazaban la mañana o los vestigios de estrellas que aún podían notarse, pero el tono azul de los irises del ruso se veía más hermoso, y juraba que sus ojos brillaban al verlos.

No sabía que era, pero el mundo se había detenido de nuevo al ver su sonrisa.

—¿Tienes frío? —preguntó el ruso, sus dedos habían viajado a sus pómulos, notando la baja temperatura de su rostro.

El japonés regresó de su ensoñación y respondió.

—Un…un poco —confesó, frotando uno de sus brazos.

—No te preocupes —dijo, rebuscando algo atrás de su espalda—. Vengo preparado —dijo sonriente, mostrándole al nipón una larga y acogedora manta de color azul.

—Planeaste esto, ¿no es así? —inquirió riendo.

—Puede ser —divagó—. Sea un sí o un no, tú dedícate a relajarte, ¿está bien? —le dijo, extendiendo la cobija sobre la espalda de los dos, rodeando al narrador por los hombres para acercarse más y que los cubriera en su totalidad.

—Está bien —respondió, desviando la mirada para tratar de ocultar el nuevo tono rosa de sus mejillas.

—Puedes recargarte —comentó, observando como la cabeza del nipón se mantenía erguida.

—N-No…cansaría tu hombro —negó.

En respuesta, el ruso chistó la lengua y lo acerco a su hombro con una mano.

—Tonterías, ven aquí.

La cabeza del nipón chocó con el hombro ajeno, al principio, tener su cuerpo sobre el de Viktor le hizo sentir tensó, pero el ruso estaba tan relajado que terminó por contagiar a su acompañante, y a el escritor, también le gustaba el aroma que había percibido a través de su cuello. Todo se combinó para que los dos se acoplaran, sintiéndose cómodos poco después.

—¿Hay algo que quieras y no hayas podido tener? —habló Eros suavemente, rompiendo el silencio después de un rato—. Lamento la pregunta repentina…tienes razón, ver el amanecer inspira un poco —rió.

El ruso se contagió de la risa ajena, cambiando su expresión a una pensativa momentos después.

—En realidad, son muchas cosas…—respondió.

—¿Puedes decirme una de ellas? —pidió, alzando un poco la vista.

—Pues…siempre he querido una mascota, un perro. Un caniche color café, para ser exactos.

—¿En serio? ¿Por qué no lo has tenido? —preguntó el nipón.

—Bueno…la gente me decía que, si apenas me cuidaba yo, era imposible que cuidara de una mascota —comentó, haciendo reír al japonés.

—Eso no es justo —musitó—. Yo creo que puedes cuidarlo.

—Gracias, eso me hace sentir mejor —rió.

—Y… ¿alguna vez pensaste como quisieras llamarle?

—Makkachin —respondió—. Se llamaría Makkachin.

—Bueno, Viktor, algún día tendrás a Makkachin. Solo promete que cuando lo tengas, podré conocerlo —dijo, Viktor le sonrió divertido.

—Lo prometo.

¿Menta o chocolate? ¿Limón o Naranja? ¿Blanco o negro?

El poco tiempo que faltaba antes de que amaneciera completamente lo pasaron entre conocer sus gustos más superficiales, sus cosas favoritas o las que odiaban, todo lo que influyera en compartir aquel momento que era solo para ellos dos, para conocerse mejor.

Pero entre palabra y palabra, los dedos de Viktor habían viajado a los pequeños mechones que sobresalían por la oreja izquierda del escritor, haciendo círculos con ellos, lo cual, había provocado una especie de efecto adormecedor en él, ya que el empresario miraba divertido como luchaba por mantenerse despierto.

—Eros…puedes dormir si quieres —sugirió en tono suave, rápidamente sintió como negó con la cabeza.

—Puedo…un…poco…más —respondió entre bostezos.

—¿Seguro?

—…S…í.

—Yo opino que no luches más —le dijo, pero al no recibir respuesta miró de reojo a su lado, observando cómo el narrador había cerrado los ojos en su totalidad.

El ruso rió al verlo el fin dormido, afianzando el agarre sobre sus hombros.

—Viktor…—escuchó que el japonés le llamaba.

—… ¿Sí? —respondió, dudoso de que solo hablara entre sueños.

—Gracias por…traerme, por estar aquí con…migo —susurró, cayendo de lleno en el sueño que le había sido interrumpido.

Viktor le miró con ternura para acariciar una última vez su rostro con la yema de sus dedos.

—Definitivamente, el amanecer es mejor en tus ojos.

Y lo atrajo más a su cuerpo para permitir que se acomodara sobre su pecho, sintiendo más confortante la calidez de su cuerpo, que la de los rayos de la mañana que ya empezaba a notarse.

El escritor tardó un par de horas en despertar, pero habían sido las suficientes para volver a su campamento y notar que los hombres restantes seguían dormidos.

Viktor y Eros no dijeron nada de su escape nocturno, sería un secreto que guardarían entre los dos.

Una vez todos arriba, limpiaron y guardaron todo lo que había llevado; por la mañana hicieron un par de actividades que les habían faltado el día de ayer, desayunaron, y el tiempo se extendió lo suficiente para que se quedaran a comer. Partiendo hacia Manhattan después de mediodía.

Antes de que cada quién partiera a su propio camino, Chris pidió pasar antes a su casa para bajar todo lo que él había llevado, nadie tuvo problema, el suizo prometió que posteriormente podría llevar a todos a sus respectivos hogares. Las horas de viaje se sintieron más ligeras al volver a Manhattan, el clima seguía en perfectas condiciones, les envolvía un ambiente tan relajado que las conversaciones salían solo en el momento que era necesario. Mientras intercambiaban un par de puntos positivos del lugar recién visitado, los ojos azules del empresario se desviaron al retrovisor exterior, captando en él el reflejo de cierto escritor; el cual, se mantenía de brazos cruzados con la cabeza inclinada hacia la derecha, elevando su pecho tranquilamente, se había dormido.

Riendo un poco ante la vista, pensó en llamarle para que pudiera acomodarse mejor, pero con ello iba le incertidumbre de perturbar su sueño y que ya no pudiese conciliarlo, optó por dejarlo tal y como estaba, deseando que no despertara con algún dolor de cuello, al menos, juzgando la expresión ajena, la posición parecía completamente cómoda.

Minutos más tarde, el complejo departamental del rubio ya estaba frente a ellos, despertando el japonés casi al instante en el momento que el motor del vehículo se apagó.

—Bien, no me tardo —canturreó el suizo, saliendo de la camioneta.

Todos los pasajeros descendieron del vehículo para estirar sus extremidades después de haber permanecido por la misma posición en un largo periodo de tiempo, el nipón fue el último en salir. Cuando Viktor cerró la puerta del copiloto, instantáneamente su mirada buscó el Audi plateado de su propiedad por los alrededores del estacionamiento del complejo departamental de su mejor amigo, ubicándolo segundos después debido a la escasa presencia de automóviles.

Con rapidez, desvió su vista hacia las escaleras, observando si su amigo estaba próximo a bajar, al no ver rastro de él miró al escritor, el cual alzaba sus brazos mientras emitía un bostezo de su boca. El ruso miró de reojo a los demás y se acercó a él.

—Eros —llamó en tono sutil, dando un suave toque a su hombre izquierdo con sus dedos.

El joven narrador volteó ante su tacto, topándose su mirada con los irises que le miraban atentos.

—¿Sí, Viktor? —respondió aún adormilado, frotando sus ojos.

Rascando su nuca, el mayor esperó a que el escritor aclarara su vista; una vez estando el nipón en casi sus cinco sentidos, Viktor procedió a realizar una pregunta al de mirada curiosa.

—¿Te molestaría si yo te llevo a tu casa?

El japonés despertó de su somnolencia al escuchar la pregunta, era cierto que todos había viajado juntos…pero bien podía abusar de la amabilidad de Viktor para ir ambos a sus respectivas casas, después de todo, el único tiempo de calidad que tuvieron juntos había sido en la madrugada, y él se había quedado dormido en un punto del momento.

—No hay problema —respondió.

Avisando a Chris y a los demás de sus planes, se acercaron para despedirse con la promesa de repetir el viaje, estando todos de acuerdo.

El trayecto hacia la casa del escritor fue silencioso, Viktor se dedicaba a ver el camino y Eros a mirar por la ventana. Después de alrededor de treinta minutos, llegaron al hogar del japonés, donde el ruso lo acompañó hasta la puerta.

—¿Quieres pasar? —preguntó el escritor, Viktor negó con la cabeza.

—Debes seguir cansado y con sueño, lo cual atribuyo, es mi culpa —rió—. No podría robarte más tiempo. Tal vez otro día, ¿sí?

—Está bien.

El ruso metió las manos en los bolsillos de su pantalón y sonrió.

—Buenas noches, Eros —se despidió, dando media vuelta para bajar el par de escalones que había para llegar a la banqueta.

Viendo cómo se alejaba poco a poco, algo dentro del pecho del escritor se sentía inquieto; sus dedos apretaban la madera de la puerta, sus dientes superiores mordían sus labios, controlando su inestable respiración, aclaró su garganta, esperando tener el tono de voz lo suficientemente alto para que el mayor escuchara lo que iba a decir.

—¡Yuuri!

Después de hablar, pudo observar como Viktor detuvo su andar antes de cruzar la calle, regresando sus pasos hasta el pie de la escalera, donde se apoyó del barandal mientras miraba al nipón con una ceja arqueada, el narrador procedió a explicar al ver su gesto confundido.

—E-Es "buenas noches, Yuuri" —dijo, haciendo bailar sus ojos de un lado a otro—. Ese es mi nombre… Yuuri Katsuki.

Tal vez la iluminación de las estrellas hizo dispersar su sentido del tiempo, o el cansancio presente provocó que sintiera el tiempo de forma pausada; pues sus latidos se sentían pesados, retumbando estos sobre sus oídos, su pecho seguía subiendo y bajando, jugaba con sus pulgares haciendo círculos con ellos, todo mientras veía al empresario subir los escalones uno a uno. No es que el escritor esperara que dijera algo después de haberle dicho su nombre…pero sí, esperaba una respuesta.

Desvió su mirada el suelo mientras frotaba uno de sus brazos con una mano, su boca imitaba los gestos de un pez tratando de emitir algo coherente.

—Viktor… —inició, pero todas sus intenciones de completar su oración fueron silenciadas, ya que la luz de la noche que pegaba sobre su rostro le fue arrebatada gracias a un cuerpo más alto que el suyo, y de un momento a otro, se vio apresado entre los brazos de alguien más, los brazos de Viktor.

Su cuerpo se tensó, no estaba acostumbrado a sentir su cuerpo rodeado por alguien más, quería responder, pero sus músculos se sentían entumidos, él se sentía nervioso. Pero el ruso no se separó, su brazo izquierdo apresó un poco más fuerte la espalda del escritor, mientras el derecho viajaba a la nuca contraria, y sus labios se acercaban a su oído.

—Yuuri Katsuki… yo soy Viktor Nikiforov, mucho gusto —dijo en voz suave.

El timbre de voz que el de ojos azules utilizó, inició una especie de efecto relajante en el escritor, el cual se mantenía inmóvil, sintiendo la calidez que emanaba estar entre el cuerpo del más alto, pero su decisión de elevar sus brazos hacia la espalda del ruso, fue dictaminada después de escuchar al empresario hablar nuevamente.

—Tú nombre es hermoso —susurró, y la barrera que le impedía al narrador corresponder el abrazo, fue derribada gracias a su voz.

Los brazos del menor fueron ascendiendo tímidamente, poco a poco, hasta llegar a la espalda más ancha; sus dedos arrugaron la sudadera del empresario, este al sentir como su tacto al fin era correspondido, lo atrajo más hacia él.

Tal vez ahora el mundo se había reducido a ese instante, donde solo se escuchaba tenuemente el canto de las cigarras, nadie transitaba aquellas calles, y, si lo hacían, ellos nunca se darían cuenta.

De un momento a otro la tranquilidad les invadió, el escritor había recargado su frente en el hombro derecho del ruso, y Viktor disfrutaba de la suavidad del cabello azabache, acariciando con delicadeza cada mechón negro, aspirando ambos el aroma contrario que llegaba a sus fosas nasales.

—¿Estás seguro que no quieres entrar un momento? —preguntó el escritor en voz baja, removiéndose entre los brazos del más alto, sin alejarse.

Pronto escuchó como el empresario meditaba su respuesta, sin cesar el toque a su cuero cabelludo.

—No. No podría quitarte más tu tiempo —respondió suave.

"Y me temo que, si entro ahora, no querré irme", pensó.

—Prometo venir después para que no te libres de mi un buen rato —comentó, riendo.

—Está bien —contestó el escritor, sonriendo contra su pecho.

Siguieron por un largo momento en la misma posición, al pie de la puerta, si pasaron minutos u horas, eso no lo sabían, tan solo notaban la existencia de un casi imperceptible deseo: que aquel instante fuera eterno.

Sin embargo, uno de los dos tenía que separarse primero, y ese fue Viktor.

—Tengo que irme —dijo al escritor, mirándolo ya de frente.

—No hay problema —respondió el aludido, regalándole una fina sonrisa.

El ruso le miró con ternura antes de despedirse, su mano derecha viajó a la mejilla contraria para acunarla, y acariciar con su pulgar la piel que comenzaba a notarse sonrosada.

—Nos vemos después, Yuuri —se despidió, asegurándose de repasar con sus labios cada una de las letras de su nombre, acto que logró provocar escalofríos en el cuerpo más pequeño.

—N-Nos vemos…—respondió, observando como el ruso se alejaba para perderse en el tono oscuro de la noche, avanzando lentamente al interior de su hogar, cerrando la puerta.

Se tomó unos segundos frente a la madera y terminó por deslizarse sobre ella hasta quedar sentado en el piso, escondiendo el rostro en sus rodillas.

—¿Qué haces? —se preguntó a sí mismo una vez en el suelo.

El japonés tomaba como eventos memorables el decirle a alguien su nombre por primera vez, porque eso equivalía a que había entablado confianza con la persona que lo sabía, sin embargo, ésta vez fueno sabía con qué palabra empezar. No supo si fue la respuesta del ruso al saberlo, o la calmada expresión y bella sonrisa que le había dedicado, y ese susurro de despedida, con ese susurro había sentido…mariposas.

No podía evitar pensar en el dulce tono de su voz, el cual dejaba resbalar cada letra de su apelativo como si fueran pequeños pétalos de rosa cayendo sobre el suelo, no podía evitar pensar que le molestaría en absoluto escuchárselo pronunciar todos y cada uno de los días de su vida.

Viktor caminaba a paso lento para llegar a su auto, Yuuri abrazaba más fuerte sus rodillas.

Y mientras uno llevaba los dedos a sus labios para sentir las cosquillas que sentía al pronunciar por fin aquel nombre, el otro levantaba el rostro de su escondite mientras sonreía, pensando que probablemente había sido la primera vez que le gustaba tanto su nombre.

Pensando que nunca en su vida se había escuchado tan bien al ser pronunciado por los labios de alguien más.