CAPÍTULO 10:
"Indomable"
Zenki
Como un alma errante, el demonio de la cabellera color fuego recorría a gran velocidad aquel mundo extraño donde reinaban el silencio y las tinieblas. Ríos de lava se deslizaban por doquier y gran parte del suelo estaba invadido por géiseres que vomitaban vapor caliente. El misterioso guerrero, cuyos músculos eran tan fuertes como el acero, medía más de dos metros de altura y portaba una armadura que despedía constantemente tonalidades de vivos colores. Sus ojos emitían un inextinguible brillo dorado. Su expresión reflejaba una furia sin límites y un fuerte deseo de derramar la sangre de aquel que se atreviera a desafiarlo.
Se trataba de Zenki, el guardián legendario que solía ser controlado por Ozuno siglos atrás. En ese momento, Zenki formaba parte de otra realidad que distaba por completo del universo de los humanos. Dicho sitio le era más que familiar a Zenki porque ése era su punto de retorno cada vez que él concluía su labor en la Tierra. Nadie podía imaginar que ese supuesto letargo en el que caía no era más que el regreso a un infierno sin nombre que no tenía principio ni fin, y en el que Zenki, como único habitante, aprovechaba para regenerar su energía e incrementar su poder. Él sabía que el mal es como un virus que se niega a morir y que al verse amenazado por una fuerza superior, se esconde en algún lugar seguro y resurge sorpresivamente para atacar diez veces más fuerte que antes. Por eso mismo, él debía estar listo para cuando llegara el momento de entrar nuevamente en acción.
Al aproximarse al borde de un abismo, Zenki se detuvo. Varios metros lo separaban de la otra punta. Más allá se extendía un valle triste y desolado. En su mente se dibujaron algunos de los momentos más memorables que él había vivido junto a Chiaki, su última dueña, y Goki, su fiel camarada de guerra. Recordó lo mucho que le había costado aceptar en un principio que no podía ser libre y que debía permanecer en estado chibi durante los momentos en los que el enemigo se mantuviera oculto. Desde Karuma, la diosa que hizo despertar las semillas del mal para que atacaran a los humanos en sus debilidades y así convertirlos en criaturas sanguinarias, hasta Kokutei, la bestia sin alma que estuvo a punto de acabar con los habitantes de la Tierra. Había sido una época apasionante que él ansiaba poder repetir en un futuro. Zenki sentía placer cada vez que pensaba en todas las criaturas que habían sucumbido ante su fuerza, pero sobre todo, se deleitaba al recordar el crujiente sabor de las semillas del mal, que al momento de perder su capacidad para atacar a un ser vivo, él engullía a toda prisa como si se trataran de un auténtico manjar de dioses.
Luego de retroceder varios pasos y medir la distancia, Zenki, veloz como el rayo, corrió y, tras dar un largo salto, alcanzó la otra orilla sin problemas, haciendo que el suelo retumbara al caer. Tras levantar la vista, el guerrero apenas si se percató de un conjunto de rocas de gran tamaño que se encontraba a su alrededor. Zenki, con aire despreocupado, decidió reemprender la marcha, sin imaginar lo que estaba por suceder.
Una serie de chillidos agudos y espeluznantes hizo que Zenki se pusiera en alerta. Las rocas, que momentos antes habían permanecido quietas, empezaron a moverse de un lado a otro para finalmente estallar. Fue entonces cuando Zenki distinguió a un grupo de pequeñas criaturas con apariencia de insectos. Tenían el rostro deformado, ojos enormes y brillantes, una serie de cuchillas en sus extremidades y cuerpos de piel seca cubierta por un caparazón. Parecían dispuestos a exterminarlo y Zenki, lejos de sentirse intimidado por su horripilante presencia, esbozó una pequeña sonrisa porque sabía que por fin podría derrochar a su antojo el vigor que llevaba dentro. Antes de dar el primer golpe, una lluvia de diminutas esferas de fuego empezó a caer de aquel cielo negro y siniestro. Lejos de lastimarlo, Zenki disfrutó del extraño fenómeno que habría matado a un ser humano común y corriente en pocos segundos. Cuando alguna de las esferas caía en el cuerpo del guerrero, ésta se evaporaba al instante. El fuego no tenía secretos para Zenki, al ser uno de los elementos con el que había sido creado.
Acto seguido, aquellos seres se abalanzaron sobre Zenki, quien, a pesar de verse rodeado y superado ampliamente en número, demostró ser más fuerte y rápido que ellos. El gigante de la armadura se defendió con pericia, repartiendo puñetazos, destrozando los cráneos de unos y mutilando las extremidades de otros. A medida que se dejaba llevar por los instintos asesinos que lo perseguían como una sombra por la vida, Zenki arrasó con cada uno de ellos, utilizando los cuernos de Vajra que hizo surgir de sus puños y que eran su arma básica. Gracias a estos, Zenki podía lanzar desde simples golpes que penetraban cualquier superficie hasta devastadores rayos que alcanzaban grandes distancias. También podía enterrar dichos cuernos en el suelo para causar la aparición de enormes columnas de fuego que se dirigían a toda velocidad hacia el enemigo. Aquello, desde luego, era sólo la punta del iceberg porque Zenki poseía una envidiable gama de ataques y ni él mismo sabía hasta dónde era capaz de llegar en los momentos de mayor peligro.
Cuando hubo acabado hasta con el ser más insignificante, el guerrero por fin logró calmarse. Su cuerpo, al igual que el suelo que pisaba en esos momentos estaba salpicado por la sangre y restos de sus víctimas. Zenki no podía imaginar de dónde habían salido semejantes criaturas pero se sentía satisfecho de tener un poco de acción luego de haberse aburrido por tanto tiempo.
Mientras retomaba la marcha, su mente se desvió hacia otros derroteros, plagándose de dudas que no lo dejaron en paz: ¿Existiría Chiaki aún cuando a él le llegara el momento de despertar para proteger nuevamente a los seres humanos? De no ser asi, ¿Cómo reaccionaría él ante su nuevo dueño? ¿Sería acaso el hijo, el nieto o el biznieto de Chiaki? ¿Sería hombre o mujer? Después de tantos momentos compartidos junto a ella, y por más que le resultara difícil aceptarlo, Zenki extrañaba profundamente a la descendiente número cincuenta y cinco de Ozuno. Lo mismo le sucedía con las demás personas que había conocido durante esa época. Esto lo sorprendió porque nunca antes había tenido esa clase de emociones por nadie, ni siquiera por Ozuno, a quien despreciaba profundamente por haberlo condenado a un destino en el cual la libertad le estaba prohibida. Su interior le decía a gritos que sólo era un instrumento concebido para proteger a una raza de seres vivos que no había hecho nada bueno por él.
No obstante, Zenki se reprochó de inmediato a sí mismo por su último pensamiento. Era falso que los humanos no hubieran hecho nada por él. A pesar de que muchos de ellos se sentían intimidados por su actitud avasalladora, Zenki había sido aclamado como un héroe y era una leyenda popular en gran parte de Japón. La abuela Saki, con su infinito conocimiento, era la mayor admiradora de Zenki y ella siempre se había referido a él como su "amo". Jukai y Kuribayashi, los dos monjes budistas del templo Kirin, habían luchado junto a él desde el primer día, apoyándolo tanto en sus momentos de gloria como en los tragos amargos. Sohma Miki, el monje más fuerte y experimentado de Kagekoya, había aportado soluciones en los momentos de mayor necesidad. Zenki tampoco podía olvidar a la intrépida Kazue, que disparaba hechizos digitalizados en un CD con su moderna pistola a cualquier espíritu inicuo. Cada uno de ellos había aportado su granito de arena en el pasado para evitar que el guerrero guardián fracasara en su misión.
Estas reflexiones hicieron que Zenki se diera cuenta de que estaba madurando y que ya no era el demonio irascible al que poco le importaba la vida y los sentimientos de los demás. Su rebeldía se había ido enfriando gradualmente e incluso experimentaba emociones anteriormente desconocidas, tales como la nostalgia, provocada por el recuerdo de Shikigami-Cho y su gente. Zenki se sintió enfadado al darse cuenta de esto porque creía que el afecto y la bondad eran debilidades humanas que entorpecían la mente y el espíritu, más no podía evitar sentirlas. De cualquier forma, esto no quería decir que su valentía y arrojo estaban desapareciendo. Su sed de combate se mantenía latente, pero si antes él tenía la tendencia de atacar primero y preguntar después, de ahora en adelante todo iba a ser distinto.
Los pensamientos de Zenki fueron interrumpidos cuando un rayo cayó a pocos metros de donde él se encontraba, seguido por un poderoso estruendo. Zenki retrocedió rápidamente para ponerse a salvo y vio que una luz blanca empezaba a crecer frente a él. Su brillo era muy intenso pero Zenki, lejos de sorprenderse, hizo un gesto de fastidio al saber de qué se trataba aquello y dijo, con ironía:
—Vaya, vaya, vaya… Así que el ilustre y siempre bien recordado hechicero Enno Ozuno por fin se acuerda de visitarme. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez. Imagino que esperas a que te dé la bienvenida, ¿No es así?
Sus palabras fueron acompañadas por una risa inyectada de cinismo. Al momento, se escuchó una voz suave, firme y reposada, como la de un hombre maduro, que decía:
—Definitivamente hay cosas que no cambian contigo, Zenki, y es una pena. Sigues teniendo esa absurda arrogancia, misma que a veces te ha metido en problemas. Ojalá pudieras aprender algo de Goki, quien, a diferencia tuya, rebosa de sabiduría por donde lo mires…
—¡No menciones ahora a ese infeliz! —vociferó el gigante, interrumpiéndolo—Sabes bien que somos muy diferentes, como el día y la noche. Él es un pacifista y yo soy un gladiador. Mientras Goki se la pasa analizando si vale la pena o no luchar contra el enemigo, yo ya estoy atacándolo. No sé cómo aún sigues creyendo que él es un digno guerrero guardián.
—Zenki, no te mientas a ti mismo. O, ¿Acaso olvidas que, gracias a Goki tú te pudiste transformar en un ser casi indestructible? ¿Ya no recuerdas cómo adquiriste tu armadura dorada? Las veces que Goki te protegió a ti y a Chiaki de una muerte segura no se pueden contar con los dedos de las manos. Deja a un lado tu soberbia y reconoce que Goki, aún sin haber alcanzado su verdadero poder, ha sido un inmejorable compañero de batalla desde el primer día.
Zenki calló al no tener una respuesta a las palabras de Ozuno. A pesar de lo mucho que le costaba aceptarlo, tenía que reconocer que el fundador de Shikigami-Cho estaba en lo cierto. Lejos de odiarlo, Zenki sentía una extraña admiración por Goki, el demonio de la cabellera azul. Sin embargo, a veces se había sentido desplazado, ya que Goki, con su carácter tranquilo y su envidiable sabiduría supo tomar las decisiones más sensatas que llevaron a los Enno por el camino de la victoria. Goki era un estratega. Zenki era un ejecutor. Goki era sinónimo de inteligencia. Zenki era sinónimo de fuerza. Esto lo frustraba porque se sentía incompleto y, en vano había tratado de alcanzar a su compañero de equipo en ese apartado. No importa cuánto te esfuerces, tal parece que no puedes tener todo lo que deseas, pensaba a veces con amargura.
—¡Basta! —dijo Zenki, por fin —Siempre encuentras la forma de hacerme la vida imposible a pesar de ya estar muerto. Dime qué es lo que quieres y déjame en paz.
—Cálmate. Si estoy aquí, es por algo mucho más importante y que, estoy seguro, te interesará.
—Habla entonces. Te escucho.
Apenas Zenki dijo estas palabras, la gigantesca luz que se encontraba frente a él se redujo de tamaño hasta convertirse en una figura semitransparente de aspecto humano que vestía una túnica gris. Enno Ozuno lucía tal y como Zenki lo recordaba. Alto, barbado, de mirada inquisidora y con una gran fortaleza física. Su figura estaba rodeada por un aura de color blanco y sus pies no tocaban el suelo. Era la primera vez en muchos años que el fundador de Shikigami-Cho aparecía de esa manera frente a alguien, ya que él se manifestaba mayormente a sus descendientes por medio de visiones. Este avanzó hacia Zenki quien, inmóvil como una vela, lo observaba sin perder un solo detalle de sus movimientos. Finalmente, Ozuno dijo:
—Como ves, he adquirido esta forma para que tengamos una conversación cara a cara y de forma más íntima. Quiero que entiendas de una vez por todas que nunca fuiste un peón para mí. Tu misión va más allá de proteger a la raza humana.
Zenki no deseaba doblegarse. En su lugar, le dio la espalda a Ozuno y dijo:
—¿Por qué dices eso? Tú te has dado cuenta que siempre se ha repetido el mismo círculo vicioso. Un descendiente tuyo solicita mi ayuda y me toca regresar a la Tierra para protegerlo a él y a su gente. Cumplo con mi tarea pero se me prohíbe ser libre y debo vivir sujeto a su voluntad. Existo desde hace más de mil años, pero ¡Todavía no puedo tener el control sobre mi destino! ¿Por qué?
—Porque aún no me has demostrado que estás listo para ello—respondió Ozuno sin perder la calma, al momento que desaparecía y aparecía nuevamente de forma repentina frente a Zenki.
—¡Tonterías! —rugió el demonio rojo, apretando su puño derecho.
—Dime una cosa, Zenki. ¿Cuáles eran tus verdaderas intenciones cuando Chiaki te invocó por primera vez en su vida?
—Lo recuerdo muy bien —dijo Zenki, sin saber a dónde quería llegar Ozuno con la pregunta anterior—. Lo que más deseaba era librarme del hechizo de Vajra. No quería estar bajo las órdenes de una niña inmadura cuya única intención era domeñarme y fastidiarme día y noche.
—Olvidas algo. Querías deshacerte de ella al precio que fuera. No te habría importado matarla con tal de conseguirlo.
—Pero, ¡Eso fue sólo al principio! —dijo Zenki, iracundo— Las cosas cambiaron después, excepto aquella vez en la que estuve temporalmente bajo un hechizo luego de regresar de nuestro viaje en el tiempo. Ni siquiera Chiaki supo controlarme pero afortunadamente todo se solucionó más adelante.
—Tranquilo, no es un reproche lo que te hago. Lo importante aquí es que aprendiste a convivir con Chiaki y los demás, algo que a primera vista parecía imposible. Eso es digno de admirar. Lejos de juzgarte, sólo creí conveniente que lo tuvieras en cuenta.
—Ni falta que hace. Eso sí, te dejaré algo muy en claro. No pienso abandonar la misión que tengo de proteger a los humanos. Cuando llegue el día en que deba luchar de nuevo, ahí estaré.
—Me complace saberlo porque ese día está más cerca de lo que te imaginas —terció Ozuno, causando el asombro inmediato del guerrero guardián.
—¿Qué…? ¿Qué es lo que dices?
—Sí, tal como lo oyes. Se aproxima una etapa crucial en la historia del hombre y te tocará volver al campo de batalla para enfrentar a nuevos enemigos. Pero, esta vez no será tan fácil.
—¡Bah! Eso ya lo he oído antes —murmuró Zenki lacónicamente—. Como sea, no te preocupes, soy el guerrero más poderoso del cosmos y nada impedirá que vuelva a salir triunfante.
—Zenki, ¡Escúchame! El exceso de confianza es tu talón de Aquiles y eso es algo que debes corregir. Confía en tu poder, pero nunca te olvides de trabajar en equipo. Chiaki y Goki aprendieron a confiar en ti y tú debes hacer lo mismo para que salgan adelante. ¿Lo entiendes?
—Sí, sí… Claro que lo entiendo. ¡No soy un retrasado mental! —refunfuñó Zenki.
—Está bien. Antes de irme, te concedo una pregunta. ¿Hay algo que desees saber?
Ahora es el momento, pensó Zenki. Sabía de punta a cabo que ésa era una inmejorable oportunidad para que Ozuno lo escuchara. El gigante de la armadura dio varias vueltas alrededor del hechicero y finalmente dijo:
—Ozuno, necesito que me respondas algo. ¿Podré algún día obtener mi libertad?
Zenki no obtuvo respuesta. Esto caldeó sus ánimos y repitió la pregunta:
—No pongas a prueba mi paciencia, Ozuno. ¡Responde!
Tras otro lapso de silencio en el que Zenki sintió volverse loco, la respuesta por fin llegó:
—Has formulado la pregunta correcta. Enhorabuena.
—¿Cómo…?
—Zenki, a pesar de que todavía tienes que corregir ciertas actitudes, tu mentalidad ha cambiado para bien. Hace mucho tiempo que dejaste de ser un demonio sin alma ni sentimientos. Deseas llevar una vida normal y transformarte en un guerrero guardián a voluntad.
—Vaya, con esto pretendes dejarme en claro que puedes leer mis pensamientos, ¿Verdad?
—En efecto, y es bueno saber que estos han cambiado de forma radical. Respondiendo a tu pregunta, podrás ser libre eventualmente. Es por eso que te haré una oferta que dudo mucho que rechaces.
—Esto cada vez se pone más interesante —observó Zenki—. Veamos, ¿De qué se trata?
—Presta atención a lo que voy a decirte. Si deseas labrar tu propio destino, primero debes mostrarme que tienes la suficiente madurez para ello. De ser así, nunca volverás a tener aspecto chibi y tampoco te verás obligado a regresar a este sitio. Podrás convivir con los humanos y aprender de ellos. Podrás experimentar cosas que en un principio no tenía previstas para un guerrero creado exclusivamente para defender la paz y la tranquilidad en el mundo al que alguna vez pertenecí.
Zenki no daba crédito a las palabras de Ozuno. Era algo inaudito, imposible de creer para él.
—Entonces, si cumplo con eso, ¿No tendré más mi aspecto chibi? ¿No seré más un niño debilucho? ¿Lo dices en serio?
—Totalmente —respondió Ozuno—. Por lo pronto, cuando regreses a Shikigami-Cho, tendrás ese aspecto chibi que tanto te desagrada durante la primera mitad del día. A partir del mediodía y hasta la medianoche, tendrás tu aspecto adulto junto con todo tu poder.
Zenki se había quedado mudo ante las palabras de Ozuno. A duras penas podía controlar sus pensamientos. Ozuno retomó la palabra:
—Desde luego que eso sucederá sólo hasta que me demuestres lo comprometido que estás a seguir, no sólo mis reglas sino también las de Chiaki, aparte de no poner en peligro la integridad de la descendencia Enno por tus bravatas y tu rebeldía. Lo más importante es que transformes tu actitud y aprendas a ser humilde y consecuente con los demás. Sé que has cambiado en cierta forma pero eso no es suficiente para que liberes tus ataduras. Cumple con lo que te digo y serás recompensado con tu libertad.
Inmediatamente Zenki interpretó las palabras que Ozuno había callado y que seguramente eran: "Desobedece mis órdenes y serás castigado". De nuevo aquel anciano lo ponía en jaque, aún estando en espíritu, pero el coloso de la armadura sabía que la oferta era muy tentadora.
—Está bien —dijo Zenki, con voz calmada—. Me parece que no tengo más alternativa, así que lo haré.
—Sabia decisión —dijo Ozuno —. Cuando me demuestres tu buena voluntad, entonces también desaparecerá el brazalete con el que Chiaki te ha controlado siempre.
Magnífico, pensó Zenki, con gran satisfacción.
—Otra cosa: Nada más regreses al santuario Enno, tu armadura automáticamente desaparecerá. Parte de llevar una vida normal incluye que uses ropas más cómodas y discretas porque no quiero que llames la atención. En el preciso instante en que el peligro aceche y, no importando donde te encuentres, la armadura volverá a ti para que puedas combatir. Si el mal aparece durante las horas en que seas Chibi-Zenki, entonces Chiaki será la encargada de liberar el poderoso hechizo de Vajra.
Zenki asintió. A pesar de que odiaba que le impusieran condiciones, se sentía entusiasmado. Después de más de mil años de existir y estar atado a la descendencia Enno, ¡Por fin podría ser libre!
—Hay algo que no entiendo —observó Zenki, con extrañeza—. ¿Por qué haces todo esto por mí ahora?
—Ya te lo dije. No eres un guerrero desechable ni una simple pieza de ajedrez para mí. Tu papel en la historia es más grande de lo que crees y por eso es que tu leyenda ha perdurado sin importar que transcurran siglos o milenios enteros. Tú eres un guerrero indomable por naturaleza y esto a veces opaca tu inteligencia porque, por desgracia, muchas veces te dejas llevar por tus instintos y no mides las consecuencias de tus actos. Goki y tú tienen un origen distinto y este es otro factor que ha influido en las actitudes de ambos y en sus respectivos destinos.
—Ahí estás de nuevo mencionando a Goki por enésima ocasión… —dijo Zenki, un poco molesto.
—Sí, otra vez lo menciono. ¿Por qué te disgustas? Desde siempre me he sentido orgulloso por haberte elegido a ti para que los seres humanos pudieran tener un héroe que los protegiera de la maldad y de la muerte. ¡Lo mismo sucede con Goki! Recuerda siempre algo: No pueden haber dos cabezas que piensen igual en un equipo. Se necesita un balance, un "ying" y un "yang". Parte del poder de Goki consiste en recoger la sabiduría del universo. Tú eres el motor que mueve esa sabiduría. Ambos van de la mano, ¿Lo entiendes?
Zenki no respondió, pero captó perfectamente esas palabras y sintió que su alma se llenaba de una extraña paz. Ozuno dio por terminada su aparición en aquel lugar al decir:
—Confío en ti, así que no me decepciones. Es el momento de retirarme. Si pones en práctica lo que te he dicho, puede que hasta lleves una vida normal como el antepasado de Goki, quien hace mil trescientos años se enamoró de una mujer, tuvo cinco hijos con ella y llevó una vida próspera y feliz. Como ves, todo depende de ti.
—¿Unirme yo? ¿Con una humana? —dijo Zenki, riendo a carcajadas —¡Qué locuras dices, viejo! Sabes que soy un lobo solitario y nunca entenderé ese tipo de emociones absurdas.
—No te adelantes a los acontecimientos porque no sabes qué pasará el día de mañana —respondió Ozuno, mientras empezaba a elevarse —. Hasta siempre, Zenki.
—¡Espera! ¿Cuándo exactamente se supone que regresaré a Shikigami-Cho?
Pero esta vez, Ozuno no respondió, sino que siguió ascendiendo hasta convertirse en una pequeña luz, que tras situarse en lo alto de aquel cielo eternamente negro, desapareció sin dejar rastro.
—Te volviste a escapar sin responderme. ¡Ja! Miserable —murmuró Zenki.
De vuelta al silencio, el guerrero de fuego prosiguió con su eterno trayecto a través de las sombras. Luego de su conversación con Ozuno, Zenki ardía en deseos de regresar a la Tierra. No se trataba sólo por la promesa que él le había hecho. Zenki necesitaba volver a luchar, hacer peligrar su cuerpo hasta el límite para triunfar finalmente ante la adversidad. Ese mismo espíritu de combate que lo caracterizaba le había impedido rendirse aún en los momentos más caóticos. A pesar de saber que su misión anterior había concluido con éxito, la desesperación lo invadía en ocasiones, pues no tenía alguien con quien discutir o luchar. Kokutei, la gran bestia que estuvo a punto de destruir el legado de los Enno, había sido su máximo rival hasta ese momento pero Zenki intuía que en alguna parte del universo acechaban nuevos enemigos que, de un momento a otro llegarían para amenazar la paz en el planeta.
De pronto, Zenki escuchó algo que sacudió su interior desde el primer instante. Era una voz triste y afligida que suplicaba por ayuda. Era el clamor de una jovencita que él conocía muy bien y que seguramente lo estaba esperando. La voz decía:
"Midori no dai-chi Ooi-naru umi…
Kono min'na no sekai o Kowasu aku no chikara wa…
Zettai. Zettai. Yurusenai!
Akarui Ashita o kizuku tame... Kirameku shouri o Tsukamu tame...
Atsui omoi. Moeru kokoro. Atsui omoi. Moeru kokoro.
Kiseki no chikara. Kiseki no yume.
Nosete, Nosete tobi tate, Chou-kishin— ZENKI!"
Es ella, pensó Zenki. Esa voz es de Chiaki, quien está rezando porque me necesita. El viejo Ozuno tiene razón. Una amenaza a gran escala está por llegar...
El rezo siguió por un tiempo más y Zenki sentía que su energía y sus ganas de luchar estaban al límite y que en muy poco tiempo iba a abandonar esa realidad. Las palabras de Chiaki, llenas de una devoción inquebrantable, lo inundaban de coraje. En ellas, la sacerdotisa anhelaba un futuro lleno de luz para su familia y la humanidad entera. Porque el mundo, con sus campos de color esmeralda, sus incesantes mares y sus cielos de añil no debía desaparecer por causa de las fuerzas malignas.
Ha llegado la hora de usar mis colmillos para triturar la impiedad… Mis puños para romper los más obscuros deseos… Mis cuernos para destruir almas poseídas… Y mi furia para estremecer al rival más sanguinario…
Y, mientras Zenki conservara un mínimo de poder, él haría hasta lo imposible para defender a Chiaki y los demás. En medio del silencio imperante, su voz atronadora se dejó escuchar por última vez en aquel infierno tenebroso:
VAJRA!!
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