N/A: Este capítulo va dedicado a Cary Castilla por su cumpleaños (09/01/16). Nena, espero te guste. Me has leído desde el primer fic y has seguido constante a mis historias. Gracias por estar ahí.
Sin más, espero que les guste este cap. Gracias por los hermosos reviews. Debo de confesar que muchos de ellos, me hicieron sentir mejor cuando peor me sentía, sin su apoyo y esas palabras tan lindas, posiblemente me hubiese puesto triste por la situación que atravesé y que gracias a Dios, ya quedó atrás. Gracias Karen CP, amiga del otro lado del mundo, tan lejanas pero a la vez tan cerca.
INVOCO LLUVIA DE REVIEWS. NOS VEMOS AL FINAL CON OTRA NOTA…
X-X-X-X-X-X-X
Los personajes son de la señora Meyer, la historia es mía.
x-x-x-x-x
Capítulo 10
Mía
Mi padre me mira con sospecha mientras yo jugueteo con la punta de mi bolígrafo.
—De viaje, has dicho.
—Sí, ¿Qué hay de malo?
—Nada — responde—, pero es inusual. Tú no has tomado vacaciones en muchos años y menos por tanto tiempo. ¿Te sientes bien?
—Necesito despejarme— respondo más como una mentira que como un escape—, Nueva York me ha hecho su reo por los últimos años. Creo que me lo merezco.
—Y, ¿Quién se quedará al mando?
—Puedo llamar a Emmet.
—Podría quedarse la señorita Swan.
—No… Ella también pidió un permiso conmigo— digo rapidamente—, está un poco emocionada con lo de su boda que ha iniciado los preparativos desde a mediados de mes.
Carlisle no se inmuta.
—Lo olvidaba, la señorita Swan está prometida.
—Así es.
—Entonces, ¿ambos se van?
—Tal parece que las fechas se han cruzado, ¿No?
Mi padre ríe y niega suavemente.
—Sino supiera lo de su compromiso y que tú no mantienes relaciones amorosas, diría que tú e Isabella se van a fugar juntos.
Yo me quedo mudo, trato de seguir su broma pero debo admitir que me pone nervioso. ¿Por qué he llegado a la necesidad de hasta mentirle a mi padre? No me gusta la idea, pero le prometí a Bella cuidar su integridad y proteger ambas partes del acuerdo, por lo que nadie puede saber de lo que hemos planeado, casi una semana atrás.
—Que cosas dices.
—Yo sólo estoy bromeando, Edward. No te alteres. ¿Cuándo te marchas?
—Mañana a las cuatro de la tarde sale mi vuelo.
—¿Y a dónde piensas ir?
—Quizás a Londres— miento.
—Suena fantástico— Y se levanta de su asiento—. Vendré a despedirme, hijo. No olvides llamar a Emmet.
—No lo haré— respondo y él se marcha de mi oficina.
Cerca de un dos horas después, es hora de la salida para todos los de la oficina. No he hablado con Isabella desde el lunes pasado y eso me mantiene ansioso. Ni siquiera me la he topado por accidente. Al otro lado de la pared, escucho la voz amortiguada de Rosalie Hale hablando con ella sobre el repentino permiso que ha tomado. Afortunadamente, base a la pequeña pelea que tuvo conmigo en la sala de conferencias, eso no da pie a sospechas de que ella y yo nos iremos juntos. Todo mundo cree que le dulce Bella se tomará un tiempo para organizar su boda y que el jefe mal ogro, se irá de vacaciones a un lugar tan lejano de Nueva York que por fin podrán tener un respiro.
Sonrío.
Sí que lo tendré. Hace meses que no tengo sexo. Perdí la cuenta inclusive, no he visitado de nuevo a mi psiquiatra, por lo que mi ausencia ya ha de haber sido motivo de preocupación para él. No lo sé.
Cuando escucho a la rubia despedirse, abro la puerta tan silenciosamente y entro. Veo a Bella distraída mientras acomoda algunos papeles en el escritorio y la sujeto por la espalda para después girarla y encararme a ella.
—Me has asustado— dice con los pies colgándole.
—¿Por qué? — respondo y la bajo. Me desconcierta, ¿De dónde ha salido ese lado juguetón?
—Bueno, pensé que ya te habías ido.
—Casi, he tenido un día ocupado. ¿Cómo van las cosas?
—Yo… — se pone nerviosa—. He estado preparándolo todo.
—Mañana salimos a las cuatro de la tarde en vuelo privado, ya sabes, para no levantar sospechas.
—¿No crees que igual sospecharán algo tus empleados? — inquiere recargada en el escritorio y ese gesto me trae buenos recuerdos.
—Eh, no— respondo algo distraído—. He contratado personal especial. No hay de qué preocuparse.
—Parece que lo tienes todo bajo control.
—En vano no ha pasado esta semana, Bella — y entonces me acerco a ella con aire seductor, tocando su hombro para deslizar un mechón entre mis dedos con tanta lentitud que puedo observar su respiración cambiar—. Estoy ansioso por llegar a nuestro destino— susurro y me acerco a su mejilla para besarla.
Bella cierra los ojos y suspira hondamente.
—¿Ah, sí? — inquiere y no sé si es porque me está tentando.
—¿No lo sabes acaso? — beso más hacia el sur en dirección a su cuello. La piel expuesta ser eriza de tal forma que me hace gruñir un poco.
—Edwad— gime, cuando mi boca atrapa su delicada dermis, haciendo un chupetón juguetón sin dejarle marcas.
—Dime.
—Debemos… Ser… Prudentes— logra decir apenas.
Sin despegarme de ella, acaricio sus hombros y sonrío. Me separo y le doy un beso en la frente.
—Mañana a las dos de la tarde te estaré esperando. Lleva algo cómodo, nos espera un largo viaje.
—¿A dónde iremos?
Yo camino hasta la puerta y le guiño un ojo.
—Ya lo sabrás, nena.
x-x-x-x-x-x-
Por la mañana, me levanto preparando mi maleta. Ropa cómoda y de algodón y también algunos trajes. Gran parte de la misma mañana me la paso tras el teléfono organizando el viaje yo mismo, porque no me puedo permitir que la información se filtre a los paparazzis. Uso mi segundo nombre y el apellido de soltera de mi madre, ya que en Italia soy conocido pero no tanto en las Islas, no por eso tomaré el riesgo. Guardo mi Visa y la deposito entre los papeles importantes.
Como algo ligero y me doy un baño. Para cuando termino, faltan diez para las dos y yo estoy en mi despacho, poniéndome de acuerdo con Emmet McCarthy, un gran amigo mío, socio de algunos acciones fuera de la empresa y casi hermano de toda la vida. Es ahijado de Carlisle y estudió administración. Es bueno.
—Me dijo Carlisle que te marchas.
—Raro, ¿Eh?
—Bastante, hace tiempo que ni siquiera te veo. ¿Cómo es que te vas?
—Lo necesito, Emmet. Así como tú.
Se ríe fuertemente.
—Espero que ese viaje te deje algo bueno, como una linda chica o qué sé yo. ¡Hombre! Veintisiete años y nada.
Suspiro.
—No lo creo, Em. Pero nos estaremos hablando.
—¡Claro! Buen viaje, hermano.
Cuelgo y muy acorde a la hora, el elevador se abre o más bien lo escucho abrirse. Me levanto porque sé que Isabella ha llegado. Cuando salgo a la sala, ella viste pantalones cortos hasta los tobillos, unos zapatos bajos y una blusa de algodón color blanco que deja ver coquetamente su sostén. El cabello lo lleva como coleta y debo decir que luce muy juvenil, me gusta.
—Que puntual.
—Dijiste a las dos— sonríe.
—Nunca me decepcionas.
—¿Estás listo?
—Claro. Vámonos.
Ella me sigue y yo tomo su maleta y la mía hacia el estacionamiento. Cuando el ascensor baja, elijo llevar el Lamborghini Veneno. Una preciosidad de hermosa carrocería negra y vidrios ahumados.
—Wow. Lindo juguete— dice cuando le abro la puerta.
Yo me sonrío.
—Caprichos de niños— respondo cuando subo y me abrocho el cinturón, ella me imita.
—¿Últimamente tienes muchos caprichos?
—Una vez hice una rabieta de cuatro millones.
xxx-xxx-xxx
Cerca de una hora después, llegamos al John F. Kennedy, que es donde se encuentra el avión privado. Ubicado en el distrito de Queens, en Jamaica Bay, a veinticuatro kilómetros de Manhattan. Salgo cuidadosamente con lentes, ayudando a Bella en la entrada y rápidamente nos transportamos a una sala de espera privado donde esperaremos el vuelo. El piloto North, tan pronto sabe de mi llegado, nos permite el acceso al avión, pudiendo así poder pasar desapercibidos.
Ingresamos a un Dassault Falcon 7X color blanco, con líneas azules. Este bebé me costó cerca de cincuenta millones de dólares y ahora cada centavo está valiendo la pena. La tapicería color blanco y las decoraciones color caoba, le dan un toque elegante. Cuenta con más de diez asientos acolchonados y una habitación sencilla para descansar. Al final de las puertas, hay una "C" enorme en color dorado que contrasta el tapiz de los muebles. Bella se siente en uno de los asientos cerca de la ventana y me mira sonriente y yo le correspondo. La azafata en turno nos dice que el vuelo saldrá en diez minutos.
Yo asiento.
—Que hermoso avión— dice al fin.
—Eso me hace pensar que tengo buen gusto— respondo.
—¿Otro capricho?
—Más o menos— contesto—. Éste lo compré porque antes mi padre viajaba contantemente y los viajes comerciales siempre lo retrasaban. De vez en cuando lo usa para escaparse a Francia y visitar a sus amigos.
—El señor Cullen sabe viajar con estilo— comenta.
—Es de sangre— digo altivo.
La voz del capitán se escucha enseguida, dándonos la bienvenida y la hora aproximada de la llegada a Italia. Llegaremos al aeropuerto de Nápoles-Capodichino alrededor de las cuatro y treinta de la mañana. Doce horas de vuelo, perfectas para estar a solas con Bella. La azafata nos pide que abrochemos nuestros cinturones y el avión comienza a despegar.
x-x-x-x-x-x-x
Cerca de tres horas después, la punta del sol comienza a descender lentamente hasta convertirse en un ocaso naranja. Podemos movernos libremente por el lugar y noto que Bella está muy callada. Después de haber cenado, le ofrezco una copa de vino Branchetto d'Acqui y ella acepta aun nerviosa. Saborea el sabor de fresas y pétalos de rosa. Este vino me recuerda a ella, porque es delicado y dulce. No sé porque me siento así.
Cuando bebo, me gustaría saber algunas cosas de su persona.
—¿Qué has dicho a tus padres?
—¿De este viaje? Bueno, les dije que necesitaba pensar algunas sobre mi matrimonio y cosas así.
No puedo evitar reír.
—Yo también le he mentido a mi padre— confieso—, me siento un chiquillo de nuevo. Es refrescante.
—¿Es porque Edward Cullen nunca tuvo la necesidad de esconderse?
—No necesariamente— respondo—. En parte si necesitaba esto. Viajar, salir. Extraño Italia. Y tú me diste la excusa perfecta.
—¿Por eso no decidiste quedarte en Estados Unidos?
Yo la miro con desafío.
—Quiero intentar cosas nuevas— respondo y me levanto para depositar la copa en la mesa. Le tiendo la mano y ella parpadea sin entender—, ¿Vienes?
—¿A… A… Dónde?
—Quiero mostrarte algo.
Con nervios, suspira y pone el cristal sobre el taburete de cedro. Coloca la servilleta que tenía en sus piernas sobre la mesa y me da la mano. Yo la dejo pasar primero y le indico que siga por el pasillo, hasta encontrarnos con una amplia puerta de color caoba claro con un pestillo dorado. Ella luce temblorosa cuando se queda frente al umbral y yo abro para dejarla pasar. Al principio se queda mirando al vacío, pero cuando pone un pie dentro de la pequeña habitación, sé que no está arrepentida. El lugar no es muy diferente a donde están los asientos. Sólo que en su lugar, hay una pequeña cama con almohadas mullidas, edredones blancos de hilo dorado con decoraciones de franjas azules, un mueble amplio en representación de una sala que debajo bien puede ser un depositario de maletas, un pequeño armario, lámparas en burós pequeños y al fondo un baño privado.
Cuando cierro la puerta, ella da un pequeño brinco. Puedo escuchar su corazón latiendo desbocado.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Sabes por qué te traje aquí? — inquiero desabrochándome la camisa de los puños.
Isabella me mira atentamente.
—Yo… Supongo que vamos a…
Hago un gesto con la mano para que se siente en la cama y ella obedece. Está tan rígida que me sorprende que me haya echo caso.
—Tranquilízate, no va a pasar nada que tú no quieras que pase— le digo tocando su cabello—. Estás aquí porque quiero pasar un momento contigo. No vamos a tener sexo en el avión, porque de gustarme cómo te sientes, no creo que nos saquen de la cabina. Lo que deseo es que pierdas el miedo.
—Estoy nerviosa— confiesa cerrando los ojos cuando toco con mi dedo índice su mejilla derecha.
—Todos tenemos miedo a lo que no conocemos.
—Naturalmente… —Suspira.
La tomo de ambas manos, alzando su cabeza avergonzada y la obligo a que me mire a los ojos.
—Quiero que hagas algo conmigo para que pierdas el miedo, ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Quítate los zapatos— le ordeno.
Bella obedece y se queda de pie junto a la cama. Yo también lo hago y me acomodo a mitad del lecho con las piernas de Yoga.
—Siéntate enfrente de mí de la misma manera en que yo lo hago.
Bella obedece un poco temblorosa y a la vez de manera torpe, doblando sus piernas del mismo modo que el mío. Se sienta respirando de forma pausada y lenta.
—¿Qué haremos?
—Lo que tú quieras realizar— digo con total libertad desabrochándome la camisa y dejando mi tórax desnudo—, eres tan libre de tocar, besar, lamer inclusive si lo deseas, Bella. Tengo entendido que nunca has tenido un contacto sexual y eso no está mal. Pero bueno, cuando una pareja decide tener relaciones, es porque ya se desean. Se desean porque se han tocado, porque saben lo que le llega a excitar al otro y que increíblemente, produzca excitación también en ellos.
—Suena… Muy…
—¿Intimo? Cierra tus ojos— le pido y ella obedece, me gusta—. Imagina que somos novios, llevamos seis meses saliendo— le propongo—. Imagina que estamos en tu casa y tus padres han salido. Comenzamos con besos, ya nos hemos besado.
—Sí— contesta.
Me levanto suavemente sobre el colchón y beso su mejilla colocándome hacia su lado izquierdo.
—No abras los ojos.
—Ok— suspira.
Beso sus mejillas de nuevo, acariciando suavemente con la punta de mi nariz la piel de su cuello en un avance lento.
—Bella, piensa en las veces en que nos hemos besado. Piensa en la primera vez que mi lengua se talló contra la tuya— murmuro en su oído mientras mis manos le dan un suave masaje en los hombros—, recuerda la primera vez que me viste duro por ti. Eso significa que te deseo y que tú gimieras mientras nos besábamos, significa que soy correspondido— y beso ahora su nuca.
Su piel se eriza en mi tacto y suspira profundamente.
—Lo estoy imaginando— susurra.
—Ahora, ¿Recuerdas cuando te toqué en la oficina? Imagina que ha sido la primera vez estando en tu habitación. Me colé a tu casa a media noche, cuando tus padres estaban ya dormidos y me dejaste que te tocara.
Mis manos descienden por sus hombros, hasta la curvatura de sus pechos pero sin tocarlos. Bella comienza a expedir calor.
Se muerde la boca y yo la beso en los labios. Al principio el beso es dulce, pero se deja llevar. Sus manos me buscan a tientas y por fin me encuentra halándome suavemente contra ella. El tacto de su lengua me hace gruñir y aun sentados en la cama, se gira para enredar sus piernas entre las mías y acercar peligrosamente nuestras caderas. Toca mi pecho desnudo aun sin abrir los ojos. Me siente y me explora. A veces rápido, a veces lento. Al par que profundizo el beso, mis manos se escurren lánguidamente por su cintura, abriendo los botones de su blusa. No se niega en ningún momento. En un movimiento fugaz, los tres primeros botones quedan fuera y puedo ver su sostén asomarse.
Bajo hasta su cuello en un camino de besos y lamo su pecho hasta morder la delgada franja de su ropa y tirar de ella. Sus manos se enredan en mi cuello y de manera autómata, se monta a mis piernas para así lograr un exquisito roce entre su sexo y el mío. ¡Mierda! Gimo y ella me acompaña. Mi cabello es sostenido por sus pequeños puños. Desato su coleta y masajeo su cuero cabelludo sin dejar de apartar mis labios de la piel de su ahora rojo pecho.
La copa del sostén me estorba. Hábilmente, puedo llegar a desabrochar su blusa al completo y bajo de golpe la parte frontal de su brasier. Y ahí está, su pecho erguido por la excitación me lo meto a la boca y ella gime de placer. Chupo como un inexperto haciendo sonidos con la saliva y el contraste de mis labios. Bella se aferra a mis hombros con fuerza y de vez en vez sostiene mi cabeza para que me acerque más a su boca. Con la mano izquierda, masajea su pecho mientras mi brazo la aprieta contra mi cuerpo incrustado al suyo, pueda rozarse con mi erección.
La pelvis la mueve tan lentamente que no puede evitar gemir. Sigue sin abrir los ojos. La masturbo con ropa, cosa tan interesante y divina. La miro a la cara cada vez que tengo la oportunidad y destapo la otra copa para meterme a la boca su otro pecho. Chupo su pezón y lo lamo de arribo abajo con la punta de la lengua en movimientos rápidos y lentos siempre alternados. Ella echa la cabeza hacia atrás y se muerde los labios.
Se recarga cerca de mi cuello y gime.
—Hazme tuya, por favor…
—¿Eso quieres?
—Sí, sí… Te lo pido. Te deseo, joder.
—No, preciosa. No te haré mía en una cabina de avión.
—Edward… Quiero…
—Sólo te estoy… Enseñando— gimo cuando ella se talla más rápido contra mi erección—… Joder, Bella. Me la estás poniendo difícil…
—Edward… Tú… Provocaste todo esto….
—¿En serio? Lo… Deseas…— digo al borde de la locura, excitado hasta más no poder.
—Sí, sí… Por favor…
¡A la mierda! Italia puede esperar… Le arranco la blusa. Las cuencas de los botones salen volando por el piso de madera de la cabina. Isabella se gira torpemente debajo de mí y se muerde los labios. ¡Mierda! Le halo los pantalones fuertemente y queda en una pequeña pero delicada ropa interior. No es vulgar pero tampoco es infantil, es el de una chica juvenil y coqueta. Me encanta. Me agazapo como un animal y beso su estómago hasta atorar con los dientes el borde de su ropa interior. Lo bajo tan lentamente que ella tensa las piernas y las abre cuando quedan por sus tobillos. Jodidamente perfecta. Tiene un cuerpo delgado pero bien proporcionado. Piernas torneadas y un vientre con un ombligo alargado y plano, pechos no muy grandes pero bien contorneados y una piel tan casta que por un momento me siento un animal, un demonio atrevido.
Beso su cuerpo de arriba abajo, deteniéndome por si ella cambia de opinión, pero solo se limita a buscar mi boca y enredar sus piernas al lado de cintura.
—Te necesito…
—¿En verdad quieres esto ahora, Bella?
—Sí, lo quiero…
La miro a los ojos y solo se limita a besarme. Tengo un erección increíblemente dolorosa y esta, roza con la punta su entrada húmeda y caliente. Gimo y apuño los ojos, no pudiendo evitar gruñir sordamente.
—Bien, nena… Sí eso quieres, lo tienes.
Me cierno sobre sus piernas y me coloco en su entrada. La punta de mi pene queda justo y empujo lentamente. Bella hace sus caderas hacia atrás, doblando un poco su espalda entre cada avance. Diablos, es tan estrecha. Apuña los ojos y gime. Le duele.
—¿Quieres que siga?
—Sí, estoy bien— susurra con la frente perlada en sudor.
—Aférrate a mí, cariño— le pido.
Me hace caso y comienzo a entrar más y más en su interior. Se siente tan jodidamente bien, tan caliente, tan perfecto, tan liberador. Ella gime entre cada estocado, mientras sus manos se aferran a la piel de mi espalda y mis costados. Las piernas las mantiene erguidas y en cada avance levanta las caderas.
—Edward…
—Relájate, nena— digo casi como un tartamudeo—. Te prometo que después será mejor.
Ella me mira a los ojos y yo la beso con ternura, sin moverme ni un milímetro. Veo que está asustada, pero de ella solo recibo un asentimiento.
—Eres preciosa, perfecta… Eres mía— gimo y de una sola estocada, entro en su interior.
—¡Dios! — grita y su espalda se separa del colchón.
La excitación que siento en estos momentos me está dominando y deseo moverme fuertemente para poder sentirla como tanto había deseado.
—¿Estás… Bien? — jadeo.
—Sí…— responde.
—Voy a… Moverme.
—Bésame— me pide.
Lo hago y no porque ella me lo haya ordenado, sino porque también lo necesito. Mi cadera se mueve tan lento como puedo manejarlo y el roce de nuestros sexos se hace más y más cadente. ¡Joder! Qué delicia de mujer. Me tallo contra su dulce piel y gruño. Soy todo un baño de sudor, deseo, pasión…
Me gusta Isabella. Me gusta cómo se siente. No puedo creer que yo haya sido el primero, pero en verdad aquí estoy, haciéndola mía. Gruño, mi cuello y cabeza se hacen hacia atrás. Ella comienza a gemir más alto y por fin ha llegado al placer. No hay dolor. Ahora lo disfruta. Se recarga en mi pecho, llenándolo de pequeños besitos que me dan más placer. Un placer desconocido y nuevo. Lo que sea que haga, me gusta.
Dios… La deseo tanto.
—Te sientas tan jodidamente bien…— murmuro acalorado y jadeante.
—Se siente tan… Oh…— gruñe—. ¡Edward!
Y la siento tensarse entorno a mí, me aprieta de una manera tan jodidamente deliciosa y ese dulce roce, me lleva a la locura. Mi cuerpo me desobedece y gimo alto, viniéndome dentro de ella. Sintiendo el calor inundarme lentamente.
Joder… Tan delicioso. La frustración de hace unos meses, se ha ido. Me siento liberado. Bella se tensa y en su rostro se dibuja una mueca de puro placer y emancipación. Su orgasmo llega unos segundos después del mío. Se deja caer en el colchón y sus brazos caen perezosamente sobre las sabanas. Me recargo sobre su pecho, poniendo mi cara contra su cuello, me aferro a su delgado cuerpo incapaz de dejarlo libre de mi sexo. Me quedo dentro de ella. El corazón me late a mil por hora y sé que es consciente de eso, porque también escucho el suyo.
La abrazo, yo que nunca abrazo a nadie y cierro los ojos.
—Eso fue… Increíble— suspira, acariciando mi cabello. Un gesto que me relaja y me hace querer dormitar.
—Lo sé. Fue…
—Maravilloso— completa.
Más que eso, me confieso para mí mismo y entonces el pensamiento me molesta un poco. Sólo es sexo, Edward Cullen. Y otro pensamiento me sorprende aún más.
Pero fue el mejor que has tenido.
X-X-X-X-X
OK, ¿Alguien se esperaba esto? ¿No? Si te he sacado una sonrisa, te he hecho soñar o te ha gustado este cap. Déjame un review… Me encantaría seguir leyendo todos sus comentarios. Motivan a esta humilde soñadora a seguir escribiendo…
¡EDWARD Y BELLA POR FIN LO HICIERON!
P.D. Fuente de inspiración tomada de las nuevas fotos de la casa Dior de Rob Pattinson. (*u*)
Son las mejores :D
