Disclaimer: Card Captor Sakura le pertenece a CLAMP.

La historia si es mía, por favor NO LA COPIEN.

Por amor

Emiko hime-sama

-Tenemos que regresar al castillo-dijo Eriol después de un largo silencio.

Ninguna respondió.

Tomoyo tenía la mirada perdida en el infinito, y su mente recorría miles y miles de recuerdos que le estrujaban cada vez más el corazón y le traían más lágrimas.

Luna, en cambio, estaba totalmente desconectada, bloqueada. Tenía la frente apoyada en sus rodillas, sus brazos abrazando su cabeza, tapando sus oídos. No podía dejar de pensar en cómo había cambiado su vida en los últimos cuatro días…

Después de la muerte de Tamaki, Eriol le había escrito una breve carta codificada a su mejor amigo, Syaoran Li, quien había llegado solo un día después del envío de la carta junto con dos carruajes y un ataúd.

El ataúd había sido bonito, en verdad, de madera fina, oscura, y las flores que habían lanzado también habían sido bonitas. En general, el funeral de Tamaki de Lincourt había sido muy bien decorado, y las personas que habían asistido también se habían puesto sus mejores prendas de luto.

Cuando Lydia de Lincourt se enteró de la muerte de su hijo, se puso a llorar como alma en pena en brazos de su esposo, quien, si bien no lloraba, estaba terriblemente apenado por la muerte de su único hijo.

Jamás olvidaría los sollozos de la madre desconsolada quien le había tomado las manos y le había dicho "Gracias por estar aquí" con la voz temblando de tristeza pero haciendo todo lo posible por sonar optimista pero más que nada, agradecida.

Jamás olvidaría la reverencia que le habían hecho los padres de Tamaki ni tampoco olvidaría la cantidad de lágrimas que se habían derramado por él no sólo sus padres, o las personas presentes… si no también ella misma.

Aunque claro, jamás olvidaría el frío vacío que sentía en el pecho y, que incluso en estos momentos, no había desaparecido.

-Tomoyo, Luna tenemos que…

-Yo me quedaré un poco más aquí, Eriol. –se apresuró a aclarar rápidamente con una de sus falsas sonrisa de ángel.

-Mira el cielo, Luna… es claro que esta por llover…y…

-Te prometo que si empieza a llover, entraré. –sonrió una vez más.

Y es que, de verdad quería estar sola.

Eriol se le quedó por un largo instante hasta que por fin decidió que no podría obligarla a hacer nada.

Giró ligeramente y le tendió la mano a Tomoyo quien no dejaba de ver la lápida de Tamaki con mirada pérdida.

Eriol no podría decir quién estaba peor: si Luna quien continuaba hablando, sonriendo hipócritamente con su sonrisita de ángel y con el rostro pálido y demacrado por grandes ojeras oscuras… o Tomoyo quien se negaba a hablar más que para pedirle, todos los días desde la muerte del príncipe francés que la llevarán al cementerio, donde se encontraban en ese momento.

El ambiente se había vuelto muy lúgubre… aunque no podía decir con exactitud que era por la muerte de Tamaki.

¿Por qué?

Porque estaba clarísimo que a Syaoran Li, le apenaba la muerte del francés, pero… ¿tanto para estar encerrado todo el día en su habitación sin salir, sin comer más que unas migajas de pan como méndigo? No, Syaoran Li no era así.

Tendría que preguntarle qué le pasaba un día de estos, pero ahora primero estaba…

Tomoyo.

Tomoyo quien no dejaba de ver la lápida fijamente con mirada pérdida. Tomoyo que tenía la voz ronca y rasgada por sus gritos, que tenía los ojos hinchados por el llanto y el rostro pálido por el ayuno y el frío.

Tomoyo… Tomoyo… simplemente Tomoyo. En ese momento y siempre.

Luna miró de reojo a Tomoyo quien no había estirado su mano para coger la de Eriol y, sin pensarlo si quiera, con los labios apretados se volteó para mirar a Eriol.

Lanzó un largo suspiro al notar que la paciencia de Eriol se estaba volviendo cada vez más y más hipócrita.

-¿Por qué no dejas a la princesa Tomoyo aquí también… Eriol? –se aclaró la garganta, su nombre la sabía tan amargo y tan hipócrita además de extraño… tal vez estaba demasiado acostumbrada a mostrarle amabilidad, y su voz débil ronca… solamente a Tamaki. Sí, eso debía de ser, había olvidado como solía hablarle a Eriol. -Regresaremos juntas en cuanto empiece a llover, no te preocupes.

Eriol se le quedó viendo extrañado. ¿Desde cuándo eran tan buenas amigas?

Abrió los labios una y otra vez tratando de preguntar por qué o algo parecido, pero no pudo decir nada. La mirada pérdida de Tomoyo y la fría de Luna fueron suficientes para que asintiera y aceptara la propuesta que tan… amablemente le había propuesto Luna.

Se metió las manos a los bolsillos y se dio media vuelta, parecía que, después de todo, le haría el interrogatorio a su amigo antes de lo esperado.

Y eso es precisamente lo que hizo.

No se molestó en tocar la puerta de su amigo, no era necesario. Sabía que si la tocaba Syaoran le negaría la entrada.

Se dio media vuelta después de cerrar la puerta solo para encontrarse a su amigo acostado en su cama mirando fijamente el techo con el ceño fruncido.

-La gente normal, toca la puerta…Eriol. –dijo soltando un largo suspiro al tiempo en que se incorporaba. Se llevó una mano a sus cabellos y la dejó allí por unos momentos para después dejarla caer con otro suspiro.

-Te ves cansado.

-¿Crees que es fácil crear paz en un país que…?

-No, no insinuó eso. –le interrumpió. –Pero no es eso lo que te está molestando.

-¿Y tú quién eres para saberlo? –le espetó bruscamente.

-Sabes que tengo razón. –dijo frunciendo el ceño.

-Tienes razón, pero no te diré nada, no te incumbe.

-Creí que éramos amigos.

-Somos amigos. –corrigió Syaoran cansinamente. –Pero esto… no se trata de eso. Tengo que poner en orden mis pensamientos antes de hablar o… o todo terminará en un desastre. Lo arruinaría todo si hablo ahora.

-¿Tan grave es?

-Es confuso.

-¿No hay nada en que pueda ayudar?

Syaoran desvió la vista haciendo que Eriol frunciera aún más el ceño.

Era tan extraño que Syaoran desviara la vista….

-Deberías hablar más, Syaoran. Desde que te conocí has sido así, ¿nunca has pensado en… relajarte un poco? ¿Expresarte? Tú sabes… ser más… ¿extrovertido? ¿Abierto? Por primera vez en tu vida, olvídate de tu orgullo, ¿quieres? ¿Es tan difícil para ti hacer eso?

-Es fácil hablar cuando eres un príncipe y nunca has tenido dificultades, ¿no? –murmuró, no obstante, Eriol lo escuchó.

-Tú solías ser un príncipe también. Sabes que eso de "los príncipes tienen una vida relajada, sana y sin dificultades" es mentira. Es tan solo un estereotipo de la gente.

-Pero yo ya no lo soy. –murmuró quedamente sin mirarlo, con el rencor escupiéndole por los poros.

Eriol suspiró.

Hubo un largo silencio en el que ninguno dijo nada.

-¿Cómo está Sakura? –preguntó por fin para cambiar de tema y deshacerse del ambiente tenso que se estaba formando. No obstante, en lugar de eso, se tensó aún más, si es que era posible.

Vio, extrañado, como su amigo apretaba los puños, una reacción muy diferente a la de unos años atrás, cuando, tan pronto como alguien mencionara "Sakura" incluso cuando no fuera refiriéndose a la misma Sakura y lo hiciera con intenciones de alabar una flor de cerezo, los labios de su amigo se ensanchaban en una sonrisa, sus músculos, no importara cuál fuese la situación, se relajaban y todo el ambiente parecía llenarse de paz y tranquilidad.

-¿Syaoran? –preguntó cautelosamente, después de todo, Syaoran no tenía muy buen temperamento. -¿Pasó algo con… Sakura?

Su amigo pareció tensarse. Se dio la vuelta y alzo ligeramente la barbilla.

Nota mental: dejar de pronunciar su nombre.

No respondió.

-Hey….

-Nada. –dijo, interrumpiéndole, quería estar solo, no necesitaba a nadie en ese momento, quería pensar, aclarar sus ideas… pensar si… si aún la amaba. –Nada importante. –escupió las palabras como si en realidad no le importara. Sin embargo, Eriol sabía mejor que nadie lo orgulloso que era su amigo.

-Sabes que no me lo creo.

-Si eres racional lo vas a…

Pero no pudo continuar ya que en ese momento tocaron la puerta.

Syaoran, como quería deshacerse de su amigo, se puso de pie de un saldo y abrió la puerta rápidamente.

Sinceramente, hubiera preferido no haberlo hecho.

Apretó los dientes.

-¿Qué quieres? –preguntó hoscamente. Sakura bajo la vista y se mordió el labio, nerviosa. No estaba acostumbrada a escuchar a Syaoran hablarle de esa forma.

-Yo solo quería decirte que… bueno… dicen que… la cena esta lista.

-Pudo haber venido una sirvienta no tenías que venir tú. –le dijo entre dientes. Sakura solo apretó la tela de su vestido rosado fuertemente.

Sintió su vista nublarse, y los labios temblar de imponencia.

-Quería verte. –lo susurró bajito, como cuando un amante le murmura a otro al oído cuando demuestran su amor y se unen haciéndose uno solo. Lo susurró bajito, como cuando quería calmar el mal temperamento y el estrés de Syaoran.

Lo susurró bajito, como cuando ellos estaban juntos, felices, y la vida de una creatura no estaba dentro del vientre de la chica.

Una creatura que no era del hombre que amaba.

No obstante, aunque lo susurró así de bajito, en ese tono que le hizo recordar miles de cosas felices y que ahora le dejaba un sabor amargo en la boca, Syaoran la escuchó. La pudo oír claramente como cuando un cristal se rompe en una iglesia; ésta descripción era más que acertada porque no solo lo escuchó tan claro como cuando el cristal se destroza en miles de pedazos y caen al suelo rompiéndose a su vez en más, sino también el eco. El tortuoso eco que no podía dejarlo en paz, el eco que no le permitía sacudir y ahuyentar sus recuerdos.

La escuchó y no pudo evitar cerrar los puños fuertemente, en un vano intento de reprimirse.

No quería abrazarla, no quería tocarla. Ahora su contacto le quemaba, pero no precisamente cuando estaban en su etapa de enamorados. No eran corrientes eléctricas, si no verdaderos truenos.

Truenos, que al tocarlos, te mandaban corrientes eléctricas tan fuertes que te hacían desear la muerte antes de ser asesinados por ellos.

Eriol, por su parte, miró extrañado el comportamiento de ambos. No había podido escuchar el "quería verte" tan privado de la chica, pero sí la voz rota, temblorosa y ronca con la que había anunciado la cena y la hostilidad en la voz de su amigo.

Y eso era extraño, porque él había visto con sus propios ojos como Syaoran juraba y re-juraba que prefería desafiar a Dios, al Diablo y a cualquier ser que se declarara Todopoderoso antes de hablarle –e incluso tratar -de esa forma a Sakura.

Desde donde estaba Eriol no podía ver a Sakura pero estaba seguro (aunque no conociera a Sakura tan bien) que ésta tenía una cara profundamente triste y desdichada.

¿Qué había pasado entre ellos que hacía que su amigo pasara de gruñón a hostil? Además, dejando de lado que fuera gruñón, con Sakura, Syaoran parecía… o bueno, solía parecer una persona completamente diferente a la que parecía ahora.

-No tienes nada que hacer aquí… -su frase quedó flotando en el aire, sus labios quedaron separados ligeramente, no pudo pronunciar su nombre. Aunque… no era que lo había intentado, el nudo en su garganta lo dejaba más que claro.

-Syaoran, -retrocedió un poco al sonido de su nombre. ¡Su nombre seguía sonando tan especial en sus labios! Nadie tenía la habilidad de torcer la lengua de esa forma para pronunciar "Syaoran" y que sonara tan endemoniadamente dulce y amable –por favor… -imploró.

Por amor, y por más egoísta e hipócrita que suene, esta vez no por ti, sino por la creatura que tengo en mi vientre, voy a ponerme de rodillas, pegar mí frente al suelo y hacer cuantas reverencias quieras para que lo aceptes. Te besaré los pies, las manos, me haré tu esclava, sirvienta y objeto de burlas, pero esta creatura que tengo dentro de mí, fruto de un error y un pecado contra ti y contra Dios, no tiene la culpa de nada. ¿Quién soy yo para privarle los colores del mundo? ¿Quién soy yo para privarle su primer respiro? Yo lo siento moverse, Syaoran, yo siento a mi hijo moverse… e incluso ahora, aunque no sé de qué sexo es, cómo es, qué nombre le pondré, a quién se parece o algo parecido, yo lo conozco y sé que quiere vivir. Yo lo amo, incluso ahora, incluso sin conocerlo y conociéndole todo. Lo amo ahora, incluso cuando no lo he acariciado ni una vez su mejilla ni tampoco le he abrazado y acurrucado en mis brazos. Syaoran, déjame decirte un secreto: el amor que yo siento ahora por este niño es muy diferente al que siento por ti, pero es amor… ¿Podrías aceptarlo, por favor?

-¿Cómo quieres que…? –rió ligeramente incapaz de poder contenerse. Miró hacia el techo, ¿estaba tratando de contener lágrimas? El pensamiento le rompió el corazón a Sakura… sin embargo tenía que ser fuerte, no por ella, si no por su hijo.

Sakura, quien no había visto a Eriol y creía que estaban solos, no se preocupó en mantener el volumen de su voz.

-Syaoran… es mi hijo. –lágrimas empezaron a bajar por sus mejillas, a temblar. Siempre había odiado el ser tan sensible, pero en ese momento lo odió más que nunca porque ahora estaba sola y ya no tenía a nadie que la consolase, ahora, lo más que podía causar en la gente era lástima.

Y lástima era algo que, al ser esposa de alguien como Syaoran, le apenaba.

No, a ella le importaba poco si la gente decidía tírale migajas de pan al suelo con las barbillas alzadas para que se las comiera… o al menos eso pensaba antes de conocer a Syaoran.

Pero entonces le conoció y empezó a querer y desear proteger el orgullo de su esposo.

-Es mi hijo, Syaoran… y yo aún te amo. Eres… tú y esta creatura son lo único que me queda.

La mente de Eriol quedó helada al escuchar estas palabras. Sudó frío. Fue atando cabos, cabos y más cabos hasta llegar a una solución que le hizo acercarse rápidamente a donde estaba la pareja. Una vez allí, pudo confirmar sus sospechas: Sakura estaba embarazada, y por la cara de Syaoran y la de la misma Sakura….

Dudaba que las cosas estuvieran bien.

Estaba decidido, era la persona más idiota de la Tierra.

De todas las personas que pudo haber enamorado, de todas las personas de quien ella se pudo de haber enamorado…

Ella tenía que elegir mal.

Miró la lápida que tenía en frente casi con rencor, es decir, solo estaba allí postrada, sin decir nada, como si le importara un comino que la persona que estaba enterrado bajo ella estuviese… estuviese… bueno, enterrado.

También miró con algo de rencor a la chica que tenía a un lado suyo, a la que hace unos meses antes Eriol la había presentado como su prometida. Ella era la chica a quien Tamaki había acudido… no, más bien, Luna era la chica quien más le había dado apoyo en los momentos que más le necesitaba Tamaki, ofreciéndose, no siendo solicitada por Tamaki.

Y esto último le hacía sentir más culpable, es decir…

Lanzó un largo suspiro, su mirada se nubló.

Tomoyo sabía que Tamaki estaba enamorado de ella; Tomoyo sabía que las heridas de una persona enamorada solo podían ser curadas por la persona quien las había provocado. ¡Dios, ella no era hipócrita, pero habría dado todo por serlo en ese momento!

Miró una vez la lápida, que le devolvía la mirada con burla. La golpeó fuertemente al tiempo en que dejaba sus lágrimas correr.

Luna la dejó, no hizo nada, no tenía fuerza. Tal vez, antes, al ver –como ahora –la sangre correr por la mano de alguien, se hubiera quitado inmediatamente un listón, un pañuelo o lo que sea que tuviera a la mano y actuaría de ángel para parar su hemorragia, preocupada y preguntándole con una voz ligeramente dulce pero sin llegar a ser empalagosa, suavizando sus rasgos aunque estuviera teniendo el peor día de su vida y por dentro se sintiese morir, "¿Se encuentra usted bien?"

Pero hoy… y tal vez por un tiempo (y no pensaba que fuera precisamente corto), no.

No podía.

Sería deshonrar el recuerdo de Tamaki y traicionarse a sí misma.

Ahora mismo, le parecía imposible el hecho de pararse, no podía entender como lo había hecho tan bien hasta ahora.

Se sentía mareada, tal vez por mirar tanto las nubes que se revolvían anunciando una tormenta.

La lluvia no tardo en caer.

La realidad cayó como un duro golpe sobre ella.

Y sin embargo no pudo mover ni un dedo, ni para animar a Tomoyo ni para animarse a sí misma.

Tamaki había sido…

Era…

¡Es decir… ella…!

¿Por qué se había enamorado una persona como él de Tomoyo?

Si Luna y Tamaki se hubieran conocido antes, muy seguramente hubieran terminado juntos.

Se llevó una mano a los labios, recordó sus roses, sus "casi-besos", con un dedo recorrió su mejilla donde le había dado millones de besos, se llevó la palma completa a la frente y se acarició el cabello levemente, delicadamente, como solía hacerlo él. No puedo evitar darse cuenta, que, aunque era la misma caricia, la mano de Tamaki nunca temblaba. Ni tampoco dudaba.

Parpadeó levemente para librarse de las lágrimas que no le dejaban ver bien, y que sólo contribuían a marearla más.

Sin embargo, fue en vano. Las lágrimas eran iguales a las gotas de lluvia, hiciese lo que hiciese –tomando en cuenta de que en ese momento moverse era difícil, y le era imposible pensar bien o si quiera ocurrírsele una idea como buscar un refugio o cubrirse con los brazos –éstas seguirían cayendo, cegándola, casi protegiéndola como un velo de la realidad y manteniéndola a salvo en su cuento de hadas… pero creía que la estaban mimando demasiado. En ese momento quería sentir dolor, el duro golpe de la realidad, y no vacío, la indicación de que algo no estaba bien, algo faltaba… más sin embargo no sabía qué era.

Tanto amor de Dios la estaba matando. La ansiedad en su pecho crecía y no daba indicaciones de parar. Quería romper en sollozos como lo estaba siendo Tomoyo en ese momento, pero no pudo, no había fuerza, ni tampoco voluntad.

Tal vez era cierto, ella era un ángel y Dios la había mandado para dar salvación a todos, si, tal vez la lluvia era un regalo de Dios, era el velo de María que la protegía de la realidad y la mantenía encerrada en su torre de cuentos de hadas.

Luna quería pensar eso, que Dios no había abandonado Japón, Inglaterra, ni tampoco a el mundo en general. Que aún había bondad para este pedacito en el espacio, para esta creación de Dios.

No obstante, Luna no era egocentrista, vanidosa o arrogante, así que no pudo creer nada de lo que su ilusa mente le había formulado una vez más, para protegerla de la realidad.

¿Cuánta gente se habría ilusionado y lo habría creído?

Cómo quería ser una de esas personas…

Toda su vida, Luna había deseado ser un poquito más hipócrita.

Tomoyo golpeó la lápida, la golpeó fuerte, como si hacer eso pudiese tirarla y entonces Naoki pudiera resucitar.

La golpeó como si fuese una puerta, y ella una desesperada huérfana en busca de posada.

Y los golpes sonaban fuertes, pero bajos a comparación de sus gritos, de sus llantos. Su mirada estaba translucida por las lágrimas, muerta por la muerte de un alguien que, incluso después de su muerte, seguía teniendo influencia sobre ella.

Apretó los ojos porque no quería ver la sangre que se estaba escurriendo por sus manos y brazos, no quería recordar como la sangre de Tamaki se había resbalado por toda la espada hasta llegar a sus manos.

No quería recordar cómo le había quitado la vida a alguien como Tamaki...

…Incluso aunque fuese involuntariamente.

Y entonces Luna reaccionó, dejó de pensar, encontró la fuerza necesaria para taparse los oídos. No quería escucharla.

No a Tomoyo, no a la persona que lo había matado –dejando de lado lo física –si no que lentamente, tal vez sin quererlo y sin desearlo pues ella sabía que Tomoyo no era ninguna sádica -psicológicamente.

Ella sabía que Tamaki se lo había buscado, pero no pudo soportarlo.

¿Cómo se atrevía a llorar cuando ella había provocado todo esto?

-No… ¡No! ¡deja de ser tan hipócrita! –gritó. No se preocupó por lo honoríficos, ni tampoco de los modales, echó toda la educación que le habían dado por la borda, no quería pensar antes de actuar, no quería, no quería… ¡no quería escuchar! -¡Cállate, Tamaki te amaba! –golpeó la tierra con su puño dañándose su delicada mano. No le importaba dar a conocer a la estúpida hipócrita que estaba en frente los encuentros a escondidas que con tanto recelo y egoísmo habían guardado ella y Tamaki.

Ya nada importaba.

-¡Ya lo sé, ya lo sé! –Tomoyo sonaba desesperada, sincera, agonizante.

-¡NO, no lo entiendes! –escupió las palabras, gritaba, las lágrimas caían por las mejillas, la garganta le ardía por el llanto de los días tortuosos que habían pasado. -¡Él muy idiota murió por ti! ¡Murió para que fueras feliz y tú no estás siendo feliz! ¡Tú me robaste al hombre que amo y que iba a convertirse en mi esposo! ¡Tú me robaste al único hombre que estaba dispuesto a ser mi salvación! ¡Tú me robaste mi deseo de vivir! ¡Tú me robaste mi maldita felicidad, Daidouji! –golpeó una vez más la tierra.

Sus cabellos estaban desordenados, tal vez parecía una loca, pero… ¿A quién le importaba? La única persona para la que se quería ver bien no la amaba y para la otra persona que le daría cumplidos y le acariciaría el cabello con cariño y le diría "te ves hermosa" estaba enterrado bajo kilómetros y kilómetros en la profunda y estúpida tierra que, aunque la golpeaba, no parecía tener el valor ni tampoco el respeto de responderle si quiera.

Dios, estaba empezando a pensar que la tierra tenía vida y podía responderle… se estaba volviendo realmente loca.

-Yo no…

Tomoyo parpadeó desconcertada.

¿Esta era la chica que la mayoría de la gente consideraba un ángel?

-Y-yo… -¿era verdad lo que decía? ¿Le había arruinado la vida? Si le había arruinado la vida y había provocado que una persona tan optimista y alegre y nada masoquista como Luna, se pusiera a gritar e insultarla indirectamente… ¿también le había provocado el deseo de morir a Tamaki?

-Yo no quise… m-matarlo ni… ni… -temblaba, demasiado, pero quería continuar. Quería aclarar las cosas, justificarse al menos. –No quise arruinarte la vida….

-¡Pues ya lo has hecho! El no regresará a la vida y yo… no seré… feliz… nunca más…. –su frase se perdió en el aire, ya no podía. Sería sincera consigo mismo, eso de ser la insultante chica de barrio no le quedaba, quería seguir siendo la pequeña chica ejemplar, el ángel salvador. Rompió a llorar por fin. No quería desquitarse con alguien que no tenía la culpa de su desdicha, de que la vida fuera tan cruel. Aún si odiaba a esa persona.

-No quise hacerlo…

-Yo tampoco…

-¿Eh?

-Yo tampoco quise dejarlo ir… yo tampoco quería hacerlo… -negó con la cabeza, su mirada perdida, sus manos en los oídos, las lágrimas en las mejillas, la viva imagen de una loca que estaba siendo consumida por la sanidad, por los dolorosos recuerdos insanos. Un ángel caído.

-Tú… tú lo sabías…. –la suave realización cayéndole como un balde de agua fría a la joven princesa japonesa. Quiso golpear a Luna, ¿ella lo sabía y no había hecho nada por detenerlo?

-Él lo quería… él deseaba la muerte… yo no podía negarle nada… ¡nada! ¡No podía hacer nada!

-¡Tú pudiste haberlo detenido! ¡Tú pudiste haber…!

-Tú no comprendías… no conocías a Tamaki como yo lo hacía.

-Yo lo conocía más que tú, yo lo conocía mil veces más que tú. -el rencor, el egoísmo en el pecho de Tomoyo fue creciendo y no pudo evitar esconderlo ni tampoco escupirlo en sus palabras. Ni tampoco se dio el lujo de arrepentirse, ni de morderse el labio con nerviosismo, ahora odiaba a la tipa hipócrita que actuaba de ángel que tenía enfrente.

Ahora las acciones empezaban a encajar, las lágrimas de Luna, la ansiedad de Tamaki, todo empezaba a tener sentido y no pudo evitar darse cuenta de que ella era la que no se había dado cuenta (ni tampoco preocupado) de nada. Ella era la que había sido egoísta y egocentrista, la que solo pensó en sí misma, en el de Eriol, en su dolor y en el de ambos.

En su propio mundo, en lo único que le importaba.

Sus brazos cayeron a sus costados ante la fría realización.

-Mentirosa. –Luna sabía decir verdades, era mala mintiendo, por lo que al instante, Tomoyo supo que era cierto.

Bajó la vista.

Las ganas de llorar desaparecieron casi instantáneamente.

De repente, todo parecía estúpido.

-Mi única misión en su mundo era cumplirse sus deseos, sanar sus heridas. Yo hice lo que pude. Tú fuiste la que lo provocó. –dijo parándose no sin antes tambalearse un poco. –Tú le arruinaste la vida, ¡tú le arruinaste la vida así que no trates de hacerte la victima!

Tomoyo enmudeció, apretó los labios.

Un rato más, y Luna se dio cuenta de sus errores, de las faltas que había cometido, de las palabras tan impropias de ellas.

Suavizó sus rasgos.

-Lo siento… no quería pero yo… no sé que… me pasa… -bajó la vista, en realidad no lo sabía, ni siquiera encontraba la forma de disculparse.

Tomoyo simplemente se puso de pie en silencio y caminó hacía el castillo de forma silenciosa, temblorosa, indignada por las palabras –verdaderas –de la rubia.

-Está bien. –murmuró mientras recorrían los pasillos. –Tamaki te hubiera perdonado. –esto último lo dijo más bajito, tan bajito que dudaba que Luna la hubiese escuchado si no estuviese a un lado suyo.

-Era demasiado amable… -dijo dulcemente Luna con los ojos cristalizados. –Demasiado amable… -repitió.

-Sin duda. –Tomoyo no pudo evitar que las palabras le robaran una sonrisa, sí, Luna tenía razón, Tamaki era demasiado amable.

Ambas chicas, mojadas y empapadas de pies a cabeza por agua de lluvia, despeinadas, y sucias por la tierra que habían golpeado, se echaron a reír amargamente….

Todo estaba bien hasta que escucharon las siete palabras que le cambiarían la vida a más de una persona…

-Syaoran, el hijo de Sakura es mío.

Syaoran enmudeció mientras miraba fijamente a su amigo.

Si esto era una broma, quería saberlo ahora.

NOTAS DE AUTORA:

Oh, sí gente, lo he hecho. He actualizado (sí, en serio, soy yop, Emiko hime-sama, ¡de verdad! Que milagrooooo nooo? heheU)… y he embarazado a Sakura de Eriol. ¿Reviews?

Ahora sí, mi acostumbrado discurso: Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, ¡lo siento muchísimo gente! *Emi se arrodilla en el suelo mientras hace reverencias con largos ríos de lágrimas corriéndole por las mejillas T-T* ¡Prometo actualizar MÁS rápido la próxima vez! En serio, esta vez lo cumpliré, palabra de otaku.

Si hay alguien que llegó hasta aquí… me sigue leyendo y no me odia… MUCHISIMAS GRACIAS! Y ¡MUCHISIMAS GRACIAS POR LOS REVIEWS, LAS ALERTAS Y LOS FAVORITOS! ¿Se los he dicho antes? Me da una pena horrible saber que hay gente alla afuera que me deja reviews a pesar de que tardo más de 3, 4… meses en actualizar… ¡lectores, me van a hacer llorar un día de estos!

¿Sería mucho pedir un review? Aww… vamos, ¡prometo recompensarles la espera!

Arigatou!

Emiko.