Capítulo 11: El Jugador y La Distracción
Castle y Beckett ocuparon las dos sillas que los jugadores acababan dejar vacías, mientras que Gusano se quedó de pie tras ellos, mordiéndose la uñas de forma nerviosa. El muchacho se mantuvo entre las sombras, de perfil a la mesa durante el incómodo silencio que la invadió mientras Alzan Miller recogía las fichas que acababa de ganar, con la esperanza de que mediante aquel gesto lograra pasar desapercibido.
- Debo reconocer que tienes agallas Gusano - dijo El Judío, desde detrás de sus gafas de cristal rojizo -, o eres todavía más estúpido de lo que yo creía.
- ¿Señor Miller?
Beckett trató de hablar, pero El Judío continuó como si nada. Gesto que no agradó para nada a la detective.
- No sólo engatusas a Mark, un chico al que apreciaba, para que te respalde con tu estúpida apuesta y logras que le maten a él en vez de a ti por ello- hablaba con una calma y serenidad que hicieron que a Castle se le pusieran los pelos de punta -. Sino que además te presentas en mi local con una detective de homicidios de la policía de Nueva York y su reconocible perrito faldero. Sí señor Castle, sé quiénes son.
Castle trató entonces de disimular el asombro que habían provocado en él las palabras de Miller mientras Gusano hundía el rostro entre sus sudorosas manos.
- No estamos aquí para detenerle señor Miller – dijo Beckett, tratando de enterrar el hacha de guerra.
- Hasta ahí había llegado yo sólito querida – respondió El Judío esbozando una media sonrisa –. Es más, juraría que están aquí por motivos exactamente opuestos.
- Es bueno – dijo Castle en voz baja, haciendo que Beckett alzara la mirada hacia el techo con escepticismo.
La detective empezaba a perder la paciencia, no le gustaban esa clase de juegos. Hacían que tuviera la sensación de que estaba perdiendo el tiempo. Un lujo que no se podía permitir durante la investigación de un asesinato.
- Necesitamos que nos ayude a detener a El Ruso.
El Judío clavó su mirada en Beckett y su sonrisa se ensanchó. Parecía divertido con la situación.
- Su reputación la precede detective. Dicen que puede hacer cantar al más duro de todos los matones en su querida sala de interrogatorios, que puede saber cuando sus detenidos mienten con sólo mirarlos a los ojos. ¿Es así? – Beckett no respondió – Son cualidades que podrían venirle muy bien en una partida de póquer.
- No hemos venido a jugar al póquer.
- En eso se equivoca querida – repuso El Judío, dejando que sus codos reposaran sobre el tapete verde -, porque sólo hay una forma de acercarse a El Ruso.
Castle y Beckett compartieron una mirada intrigada a la espera de que Alan Miller completara su frase.
- Que él les invite a su mesa de juego.
Las luces de los coches que venían de cara por el carril izquierdo se reflejaban en los ojos de Beckett mientras ésta mantenía la mirada fija en la carretera. Tanto ella como Castle se habían pasado las últimas tres horas en el local de El Judío aprendiendo cuantos trucos éste pudo enseñarles, con la inestimable ayuda de Gusano.
- ¿Quién jugará? – preguntó Miller
- Yo – respondieron escritor y detective al unísono.
- Ni lo sueñes Castle. Yo soy la policía, yo juego.
- Pero yo tengo mucha más experiencia que tú jugando a póquer. Además… - el escritor desvió la mirada y se calló, sin atreverse a terminar la frase.
- Además, ¿qué?
- Bueno, usted ha dicho que tendremos que jugar en equipo, ¿no? –
El Judío asintió, pero fue Gusano el que respondió.
- Un jugador y una distracción.
- Bien pues… - Castle empezó a sudar, rozando el tartamudeo a la hora de hablar – Creo que… por razones evidentes… - dijo señalando a Beckett de arriba abajo – Tú cumplirías mejor con ese papel que yo.
- ¿Perdona? Ese comentario es tan machista como…
- Cierto – sentenció El Judío –. Siento decírselo detective, pero Castle tiene razón. El aforo del local de El Ruso es masculino en su mayoría. Huelga decir que su presencia será como poco perturbadora para muchos de ellos.
Beckett no estaba contenta con la decisión, pero tuvo que aceptar la practicidad del reparto de personajes.
- ¿Estás enfadada? – preguntó Castle desde el asiento del copiloto.
Kate estuvo tentada de jugar un rato con él, pero estaba demasiado conmovida por lo preocupado que parecía el escritor. Dejó escapar un suspiro y sonrió.
- No Castle, no estoy enfadada. Estoy… Intrigada
- ¿Intrigada por qué? – preguntó Castle, contagiado por su sonrisa
- Por saber qué habrá preparado Meredith para su despedida de soltera.
La sonrisa del escritor se quedó congelada en su rostro y su expresión se mantuvo en una máscara de temor el resto del viaje.
- Castle tienes que intentar relajarte. No puede ser tan malo.
- Oh, sí claro. Porque tu escepticismo dio en el clavo la última vez. ¡Es Meredith! – Castle parloteaba mientras el ascensor los conducía hacia el piso correspondiente – Seguro que ha convertido el loft en un rancho de potros a dos patas… O a tres.
El sonoro "¡ding!" del ascensor impidió que Beckett respondiera ante semejante comentario antes de que las puertas de metal se abrieran ante sus ojos para dar paso a un vestíbulo más tranquilo de lo que Castle había esperado.
- ¿Lo ves? No hay moros en la costa
- Todavía no estamos dentro
Esperándose lo peor, cuando cruzaron la puerta quedaron, una vez más, boquiabiertos. No había luces de neón, ni barras de streeptease, ni bomberos listos para mostrar su manguera. Sólo un grupo de cuatro mujeres, sentadas en el sofá y tomando una taza de café mientras charlaban tranquilamente.
- ¿Qué te pasa gatito? – preguntó Meredith, dejando su taza sobre la bandejita que reposaba en la mesa baja que tenía delante – Parece que hayas visto un fantasma.
- ¿Qué…? ¿Qué está pasando aquí? – inquirió Castle receloso de lo que sus ojos le mostraban - ¿Es esto la calma previa a la tempestad?
- Siempre has tenido un don para el melodrama Richard – respondió la pelirroja –. ¿Qué esperabas? ¿Una fiesta por todo lo alto? ¿Puro descontrol?
- Ahá – asintió el escritor con los ojos abiertos desmesuradamente y una máscara de confusión en la cara
- Vamos Castle – dijo Beckett, sacándole de su ensimismamiento –, tenemos trabajo. ¿Recuerdas?
Dejó que la detective lo arrastrara a través del salón y entró en el dormitorio que compartían sin que su rostro hubiera cambiado ni un ápice.
- Está tramando algo – sentenció.
