—¿Estarás otro minuto más en silencio? ¿Puedo decidir el plato principal o me harás esperar más?

Primer intento de Kurt para comenzar con la plática.

—Si no cierras el menú jamás vendrán y muero de hambre… —segundo intento de Kurt para comenzar a dar lástima.

Nada; ni una sola reacción…

Le quitó el menú entonces y lo cerró con una mueca graciosa, por si su acompañante se molestaba, pero ésta tampoco se inmutó; solo lo miró con ojos preocupados y un gesto en medio del ceño que no desapareció en toda la mañana, ni parte de ese mediodía.

—Dime que nos odias; levanta una pared alrededor para que ese atractivo camarero no nos tome la orden o comienza a cantar villancicos, pero habla, única diva de mi vida.

Tercer intento de Kurt y tuvo éxito.

La chica sonrió a medias ante la adulación, queriendo parecer más enojada, pero no lo estaba logrando. En realidad estaba cansada de estar enojada; solo podía pensar en la tregua que le había propuesto Quinn, y dejarse llevar por esas palabras y sentimientos que cada vez le eran más difíciles de dominar.

Toda la mañana intentando que esas compras sean lo que tendrían que ser, y no se conviertan en una maratón de expresiones de Quinn era extenuante realmente.

Después de recorrer un par de tiendas y sin encontrar lo que estaba buscando optó por visitar librerías; recorrieron tres hasta que se decidió por algo en especial, y luego el hambre no la dejó pensar mucho más.

—¿De verdad me decidí por Sidney Sheldon? Te hago responsable de mi gusto atrofiado para el regalo de mis padres…

Rachel hizo un mohín pensativo, recibiendo como respuesta un suspiro dramático de Kurt.

—Para ti muñeca… Shere Hite; lo mereces. Te regalaré una minicolección para Hanukkah…

Esas palabras la hicieron reír, y se permitió suspirar un poco más relajada.

—Regálame una entrevista con ella y te haré un monumento… —susurró, escondiendo el rostro entre las manos—. Nunca entenderé a las mujeres…

—Venga, primero te regalaré el almuerzo y después hablaremos… de mujeres—decía, al tiempo que miraba al rubio camarero y le hacía señas.

Una vez el muchacho acudió al llamado, Rachel dejó que su amigo se encargase de pedir los platos principales, disfrutando también del momento en que todo su encanto afloraba. Estaría comprometido, pero era todo un galán con los chicos que le parecían atractivos.

—¿Van a ordenar? —preguntó educadamente el muchacho.

—Oui, garçon; deux soupes a la bercy, por favor… —exclamó todo encantador y arrogante—, con mucho condimento; y dos aguas minerales.

Aquél asintió y se fue, seguido por la atenta grisácea.

Rachel entornó los ojos y se enderezó en su silla para mirarlo con burla.

—Veo que te quieres congraciar a toda costa… tú odias la sopa a la bercy, Kurt.

—No te equivoques, hoy le daré una segunda oportunidad porque se lo merece, porque es nutritiva, excelente para estas temperaturas y vegetariana… como tú…

La chica largó el aliento con pesadez, desviando la mirada hacia el pálido sol que se veía desde el ventanal.

Segundas oportunidades… ¿para una sopa, para Quinn…? Un temerario como tú, una vegetariana como yo…. Ya veo por dónde irá nuestra conversación…

—¿Cómo puedes decir algo así?

—Porque así lo siento… qué quieres que te diga…

—¡Por favor! Esto simplemente no puede estar pasando. De casta reina pasaste a casta obrera… ¡Yo no te enseñé eso! —las facciones latinas estaban desencajadas por las palabras que acababa de escuchar; no lo podía creer.

O mandaban la culpa por el excusado o ellas mismas desembocarían allí, así de real era…

Quinn apretó las mandíbulas, revolviendo su cappuccino italiano.

No estaba preparada para el interrogatorio, pero era algo casi obligatorio. Sabía que los "bandos" que se formaron ese día serían para eso, para contener, saber y aconsejar, como cuando estaban en el colegio y llenaban los pasillos de cuchicheos y novedades.

Pero esa realidad estaba muy lejos de aquella pasada. No había pasillos ni casilleros, de hecho, toda su ropa entraba en una gran maleta a su lado, y el cuchicheo de ese presente era a través de una línea telefónica o vía chat.

Santana y ella retiraron la maleta del hotel y utilizaron la mañana para caminar, hasta que se internaron en uno de los cafés preferidos de Santana, ubicado en la Séptima Avenida.

Quinn estaba ansiosa por volver a tomar esa cafeína "de paso", como la llamaba ella, pero Santana se negó rotundamente. Quería una mesa de por medio para el gran cuestionario.

—Ella no me quiere aquí —continuó hablando con pesar, repasando las vívidas imágenes de la noche anterior.

—¡Al diablo con eso, Quinn! ¡Es ridículo! Si te hubiésemos arrastrado para que vengas sería exactamente como dices —exclamó efervescente su amiga, haciéndola sonreír de lado —; pero volviste porque así lo decidiste. Y la realidad es que Rachel se muere por ti.

La blonda suspiró como si se estuviese ahogando; escuchar esas palabras sencillamente le oprimía el pecho y la llenaban de una salvaje fuerza interior que al instante se apagaba por las dudas.

—Volví después de haberme ido, y antes de haberme ido me acosté contigo…

Santana revoleó los ojos con una simulada expresión espantada.

—¡Disculpa por disfrutar un poco de sexo despechado contigo, Q!

—¡Santana! —advirtió ésta con las mejillas ardiendo, al ver que varias personas de alrededor curioseaban las exclamaciones de la otra integrante de la pequeña mesa.

—¿También me reprocharás el sexo? Me parece detestable, Fabray…

—Lo que menos haría sería reprocharte. No me obligaste a nada, San —consensuó Quinn en voz baja, con la mente en el mismo instante en que Rachel le recriminó exactamente esa noche en aquel hotel.

—Pero… si tan solo hubiese hecho las cosas diferentes… —se lamentó con un hondo suspiro.

Santana resopló con creciente fastidio, a la vez que sus ojos oscuros se volvían serios.

—Tú y ella, en definitiva, siempre fueron dos desconocidas en ese aspecto. ¿Te lamentarás ahora porque ninguna se atrevió a conocerse realmente en el pasado?

La mirada verde terminó bajando con desaliento, tomando esas palabras que parecían quemar hasta llagarle el pecho.

—Te perderás ahora volver a adular el sexo genial que tuvimos —siguió bromeando, provocando una pequeña carcajada, pero cambió al instante, volviendo a su semblante anterior—. ¿Perderás esta oportunidad para venir dentro de cinco años más?

—¡No! —fue la respuesta rotunda de Quinn...

—¿No?

—No me hagas contarte eso, por favor —gimoteó Rachel—; porque te diré que solo fueron reproches y ahí quedará la historia.

La amenaza quedó suspendida entre el murmullo de los demás clientes.

—Si me haces eso, te juro que te sacaré fotos cuando duermas con Colin, y haré posavasos para repartir en la cafetería…

Rachel lo miró horrorizada.

—Tú no harías eso…

—Pruébame, Berry. Me estás negando el cotilleo del mayor acontecimiento del año después del comercial de Santana y tu papel estelar, y no lo voy a tolerar.

—Kurt, esto es demasiado difícil para mí; tendría que ser yo la que no les hable ni a ti ni a Santana, por lo menos hasta después de Navidad…

—Dime qué es lo que sucede con nosotros.

La diva lo miró como si le hubiese salido una verruga en su pulida frente.

—Dime que no está aquí por ustedes…

—No está aquí por nosotros… exactamente —no escatimó información pero sí la corrigió al ver la expresión de muy pocos amigos en el rostro de Rachel—. Sí la llamamos… Pero Quinn ya tenía los pasajes Rach, de veras. Ya tenía pensado venir. Es más, lo planeó todo para encontrarte sola en el departamento.

Rachel lo miró confundida, y Kurt pensó rápidamente cómo enmendar la cantidad de información innecesaria que le estaba dando.

Si Quinn supo que ese día estaría sola, inherentemente, la información le llegó de la mano de él o Santana, no había otra opción lógica.

Kurt no podía arriesgar más sus nombres, por lo menos por ese día.

—¿Ella sabía…? —comenzó a preguntar Rachel.

—No… no. Es demasiado perspicaz; simplemente tuvo suerte...

—Es una embustera, que llega como si nada…

La fue imposible no dibujar un puchero que le causó mucha ternura al chico.

—Y se atreve a escribir nuevas reglas —terminó la frase Kurt, con mirada soñadora y algo triste.

Rachel asintió lentamente.

—No solo eso. Trae las que se escribieron alguna vez y se guardaron en los casilleros del colegio…

—¿Y por qué no las aceptas?

—Porque me siento una traidora.

—¿Aun sabiendo la verdad?

—La verdad me confunde, como la mía a ella; estoy segura. Esto… es inaudito, Kurt. Es como estar dentro de una caprichosa ficción.

—¿Ficción? ¿Como besos de ficción, como caricias y palabras de ficción? ¡Mira lo que estás diciendo!

—¡Yo no la besé! —se quiso defender, pero el amigo la miró con evidente indignación.

—Seguramente lo que vimos ayer no era la visión de dos mujeres que acababan de retozar. ¡Por favor, diva! Conmigo eso no...

—¿Por qué lo pones de esa manera?

—¿Sí o no? Por dios, no puedes ser tan cuadrada.

—¡Esta bien, sí! Sí me lo dijo… me lo confesó, pero… está llena de dolor. Siento como si estuviera en la difícil posición de decidir qué amor le conviene, qué apostar cuando… solo hay un único número…

—Pero ella jamás apostaría, Quinn. Es nuestra Rachel… y a pesar de toda la oscuridad que la cubre, su corazón es más grande que la maldita Julliard...

—Sí… —suspiró Quinn, estremeciéndose levemente.

—Solo… tiene que despertar. Yo la he visto dormirse, como si le hubiesen apagado el interruptor… —insistía la morena, cruzándose de piernas por tercera vez.

—Le di una cachetada y luego… la besé, San… Todo fue tan… tan tangible.

Su coequiper abrió los ojos con sorpresa, pero por la primera confesión.

Le contó brevísimamente la razón de ese exabrupto, el antes y el después, y Santana se vio completamente satisfecha.

—Por supuesto que la besaste; eso era evidente y te hubiese golpeado si no lo hacías, ¿pero otro dramático encuentro con cachetada incluida?

Se tapó la boca exageradamente y sonrió luego para matizar.

Quinn movió la cabeza, resignada ante esta interlocutora tan rebelde.

—Todo fue como si nunca se hubiese roto, como quedar suspendidas por el tiempo para volver a tener movimiento, justo una frente a la otra…

Santana revoleó los ojos y se acomodó sus perfectos bucles.

—Te estás poniendo romántica Fabray, y te comunico que yo ya estoy comprometida.

Quinn rio con ganas, poniéndose un bombón de chocolate entero en la boca.

—Te vas a atragantar….

—No…

—Lo harás si no lo largas.

—Está bien, la besé —confirmó desviando la mirada con un evidente sonrojo, provocando la risa suave de Kurt—. Nos besamos, pero antes le di una cachetada…

El murmullo se escuchó perfectamente, aunque haya salido con la mayor de las culpas, por eso Rachel pudo tener la leve satisfacción de ver como su compañero de mesa casi se atraganta con la sopa.

—¿La golpeaste? —el chico tragó un poco de agua y se abanicó el rostro con las manos.

—Digamos que fue un vuelto… merecido…

Rachel achicó la mirada, perdida en el túnel del tiempo, como parecía haber estado desde que vio a Quinn aparecer detrás de su puerta.

—No lo puedo creer.

Aquél no salía de su impresión, solo continuaba mirándola, y Rachel trataba de no encontrarse con él y sí con su propio almuerzo.

—Yo tampoco…Verla allí fue tan…intenso. Escucharla fue tan dolorosamente real… Y besarla… bueno… —su garganta tomó un poco más de aire que le faltaba, y fue más soñadora de lo que le hubiese gustado mostrarse—… fue increíble…

—Increíble —mustió Santana, tomando otro sorbo de su segundo espresso—. Cruzas el Atlántico para cachetearte con tu amor de la adolescencia...

Fue irónica, pero Quinn sabía que estaba buscando respuestas no tan directamente; respuestas que ya sabía, pero que quería escuchar de su propia boca.

—Es más barato que un telegrama, te lo aseguro. Tal vez así pueda tenerla para siempre…

—¡Oh, por dios, es el despreciable para siempre que todas queremos! ¡Y lo has dicho, Fabray! Lo has dicho y te odio por eso…

Santana rió, enmascarando una vez más esas emociones que a veces sucedían cuando menos se esperaba. La mirada se le llenó de nostalgia y una pregunta muda que no se atrevió a realizar, y Quinn tampoco a responder.

Sí, sabía de ella; siempre supo de Brittany, pero Santana jamás se lo preguntó. Y tal vez las cosas debían quedar de esa manera.

—Deja de odiar el mundo, muñeca. Si lo odias te odias a ti, y nos odias a todos —reflexionó Kurt, observándola intensamente.

—Por qué no me revelas la verdad, caballero de blanda armadura.

El chico le dedicó una mueca desagradable y la señaló con la cuchara.

—Agárrate, porque te caerás de la silla. Tú y yo hablaremos del amor.

Rachel desorbitó los ojos y comenzó a negar con la cabeza de forma sistemática.

—Será mejor que dejes al amor en paz, o te dejaré solo y pagarás también por ma soupe a la bercy —amenazó con su mejor agudo y acento, comenzando a sentir un sudor frío recorriéndole la espalda.

El amenazado le lanzó una mueca y la miró con indignación.

—No vas a escapar esta vez, Berry doll. La iba a pagar igual, yo te invité…

—No estoy preparada, y no quiero hablar de eso —se negó fervientemente, haciendo caso omiso a la expresión de su amigo.

—Sí lo estás —insistió éste—. Tienes cinco días para hacerlo, y hacerlo bien.

—Cinco días; ¿qué quieres decir?

—Cinco días, solo cinco días para llevarme la promesa —murmuró Quinn, cruzándose de brazos, sintiendo que estaba reafirmando aquel objetivo con cada letra de la palabra promesa.

Santana la miró fijamente.

—Qué promesa, Quinn.

La rubia desvió la mirada, como si encontrara esa respuesta en los rincones de ese concurrido lugar.

—Que la podré abrazar mañana sin ninguna sensación de falta —murmuró con un pesado latir en su corazón—. Que me quedaré, aunque me cueste la mitad de la vida, porque quedarme a su lado es lo único que quiero hacer.

Santana estaba conmovida en verdad; estaba muy conmovida más bien, y cruzó la mano sobre la mesa para tomar la de ella y apretarla con fuerza.

—Diablos que me emocionaste Q… lo que has dicho es realmente hermoso.

—Cuando te escucho hablar de esa manera, realmente no te reconozco. Has hablado tanto del amor, lo alabaste tanto… que lo has olvidado.

—No es así Kurt, y me insultas si me dices eso… —contraatacó Rachel, dolida por esas palabras.

El chico se recargó sobre la mesa, acercándose más a ella con el semblante serio.

—Te conozco demasiado, amiga… y has olvidado cómo sentirlo. ¿A quién amaste primero, a quién segundo o tercero? Qué importa eso si lo único que va quedar es cómo amaste… —cayó con desaliento—. Mira… me cuesta hablar de Finn, Rach…

—Y a mí… —susurró ella, entrecortada.

—Escucha… —se llevó la mano a su peinado, un tanto nervioso—. ¿Tú no crees que haya personas que preparan para otras personas, aun habiéndolas amado?

Rachel lo miró con una expresión parecida al horror.

—¡Eso nos convierte en…"comerciantes de amor", Kurt! —exclamó nerviosa.

—¡No…! ¡Eso nos convierte en simples mortales que divagamos y pudrimos concepciones del amor y del romance, que muchas veces no nos conviene escuchar!

Rachel se llevó la mano a su cabello, desviando la mirada que rechazaba esas conjeturas no tan descabelladas.

—La pregunta es… —se cruzó de brazos, haciendo que el suspenso le retuerza el pequeño estómago—… qué hubiese pasado si Quinn hubiera ido por todas, y te daba todo aquello que siempre quisiste. ¿Estarían juntas ahora?

Lógico. Pasado. Verdad.

La primera vez que la vio, se enamoró; fue lógico y no la sorprendió. Imposible no volver a ese principio, al pasado raíz, y la verdad fue una sola siempre…

—Sí… pero no sé si alcanza para alguien como Rachel.

Santana se rió con una carcajada, un poco más relajada de tanto sentimentalismo.

—Bromeas, Fabray. Estás tan romántica que eres un cliché caminante, y Rachel adora eso…

—La respuesta es demasiado fácil, ¿verdad?

Rachel asintió, cerrando los ojos.

—¿Cuál es?

—Que sí, está bien, que sí... Pero no estuvo.

Kurt rodó los ojos.

—¿Y si ella no estuvo porque creía que no tenía oportunidad?

La otra bufó con cansancio; esa pregunta ya la había escuchado a medias, y en forma de respuesta. Si continuaba escuchando más juraría que su cabeza iba a estallar…

—¿Sabes cómo se llama eso? Miedo. El más absoluto y profundo miedo, Santana. Simplemente moriría si lo que siente no es igual a lo que yo siento… o es llevado por otros sentimientos.

Quinn gimió en voz alta, refregándose los ojos con cansancio.

—Si le hubieses dado la más mínima chance a la enana, hoy Beth tal vez sería su hija…

Un ruido extraño se escuchó en la mesa de esas dos chicas enfrascadas en una conversación de lo más profunda. De una forma llamativa, las piernas de una de ellas de alguna manera se movieron y chocaron contra la maleta a su costado, haciéndole perder el equilibrio, aun estando sentada, y extrañamente casi se cae de la silla…

Kurt miró a Rachel en completo silencio, dejando que asimile todas las palabras dichas antes de distraerse con la tarde de trabajo que les esperaba.

Se preguntaba concienzudamente si bastaría ese corto tiempo de daysQuinn, para que Rachel pudiera perdonar sus propios sentimientos.

Al igual que Santana miraba el lugar vacío frente a ella, que Quinn dejó para ir a refrescar su pálido e impresionado rostro.

¿Lo que dijo fue demasiado? ¿Bastarían esos días para que su amiga con aires franceses pueda convencer a su otra amiga con sueños de Broadway?

El sexo las ayudaría y bastante…

En la mente de las mujeres que se abocaron a las actividades vespertinas, precisamente no estaba el sexo… completamente. Cada una trató de concentrarse en sus labores.

Por su parte Quinn volvió con Santana al departamento después de esa intensa conversación, y tuvo la esperanza de encontrar a Rachel antes de que se marchara, pero por algunos trastos en la pileta y alguna ropa desordenada por allí, se dieron cuenta de que los chicos ya habían pasado antes.

Sin hacer caso al sentimiento de decepción que acosó sus sentidos, Quinn se quedó sola, y se dispuso a ordenar sus cosas en el lugar que ocupaba en esa casa. El sillón.

La maldita Santana no le ofreció su cuarto para guardar la maleta, así que la dejó a un costado del centro neurálgico del loft.

No le pediría a Rachel que le diera asilo a su maleta, como tampoco a Kurt. Una cosa era molestar a las chicas y otra diferente, a los chicos…

Después de una breve llamada en conferencia decidió hacer las compras para el día siguiente. Habría dos menús que la pareja prometida se encargaría de realizar; el plato tradicional y algún plato más para los que no comían carne. Dani sería la encargada de los pasteles de calabaza y manzana.

Estaba nerviosa; por primera vez en muchos años participaría de una reunión hogareña completa, y se encontraba en un estado total de tormenta interior. Pero se sentía bien, tan bien que decidió esperar a los anfitriones con una rápida cena. Cena que finalmente disfrutaron dos de ellos, porque a Rachel se le había prolongado un poco más el turno.

Más decepción para ese día en que la había visto poco y nada, y que estuvo lleno de su nombre a cada hora.

Finalmente la jornada terminó temprano; el pronto festejo los llevó a cada uno a su cuarto, sin esperar a Rachel, que ya estaba de camino.

Así que a Quinn no le quedó otra que quedarse en "su" habitación, sola, leyendo. Era evidente que Santana y Kurt querían regalarles intimidad, sin saber lo difícil que le resultaba a Quinn concentrarse por ello en su lectura a media luz y en profundo silencio.

Cuando menos lo esperó, la cerradura de la puerta se escuchó por primera vez y su cuerpo se encogió más debajo de la manta, recibiendo sin aliento la presencia de Rachel que entraba con un suspiro friolento.

Rachel sabía perfectamente lo que se iba a encontrar, por eso respiró varias veces antes de entrar.

La verdad es que se le hizo imposible alargar más su turno, cobardemente necesitaba más tiempo para prepararse y enfrentar a Quinn; y no era para menos. No después de ese mediodía.

Como siempre sucedía, nada pudo prepararla para ser recibida por su persona vestida con una amplia sudadera azul de mangas largas, sentada cómodamente en el sillón, enredada en varias mantas. Llevaba el cabello peinado seguramente por sus dedos, y detrás de gafas de lectura, sus ojos estaban atentos a un libro.

Eso era todo, si no se le escapó un detalle más; el pantalón de ese improvisado pijama seguramente no era a juego.

—H-hola —graznó la recién llegada, apretando su bolso, sin saber si sacarse el abrigo o ser cortés primero.

Y en efecto, el pantalón era de un gris claro.

Lo supo porque Quinn dejó rápidamente su posición cómoda y se levantó.

—Hola… te esperábamos para cenar.

—Lo siento; al final se me hizo más tarde de lo que esperaba —se excusó torpemente.

—¿Quieres… cenar ahora?

Escrutó a Rachel de arriba abajo, pensando que iba a encontrarse con ese maldito y sexy uniforme debajo de su abrigo, pero encontró otro aditivo; su flequillo recto había vuelto, tenía un suave maquillaje y sus jeans estaban rotos en las rodillas. Le quedaban fantásticos…

Rachel sonrió de lado, finalmente dejando el bolso en otro sillón y comenzando a desabrochar su abrigo oscuro.

—Ya cené, gracias…

Ante la negativa, la rubia volvió a sentarse, atenta a cada movimiento de la otra, que de repente desapareció unos momentos. Al parecer había entrado al baño.

Estaba siguiendo todos sus movimientos… todos.

Aprovechó esos segundos para respirar, como también lo hizo Rachel, encontrándose en el espejo con su propia mirada enorme y brillante.

Era evidente que no se trataba de una casualidad que estuviese allí a solas con Quinn. No eran las nueve de la noche y ya todos, de pronto, se habían ido a dormir…


¡Felices epifanías!