Si algún día decides volver

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Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia. Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos. La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.


Recomiendo Winter Song (Ft. Ingrid Michaelson) de Sara Barielles.

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X

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Isabella POV

—¿Te has lastimado? —me pregunta con aquella voz delicada y poderosa a la vez.

Niego rápidamente.

Me paro con algo de dificultad y recojo las botellas que consiguieron salir con vida. Él me mira lentamente, a pesar de la oscuridad. Pero no me reconoce, porque tiene una sonrisa respetuosa y distante, la que una persona esboza cuando no le conoces.

Dejo escapar el aire que tengo incrustado en mis pulmones, pero la luz de un coche logra darme en el rostro y Edward frunce el ceño de inmediato.

—Disculpe, pero ¿por qué utiliza gafas cuando es de noche?

Sé que quiere que me las quite, avergonzada claro, por lo estúpida que me veo con las gafas de sol puestas en el rostro.

—No me gusta quitármelas —digo suavemente.

No se quiere dar por vencido, claro que no, Edward no es de esos. Me fijo en la silueta de su nariz y en la forma roja de sus mejillas. Siento cosquillas en mi estómago, pero las evito con un solo pensamiento: "concéntrate", me digo internamente.

—Yo… Creo… Te he visto antes —dice mientras sacude la cabeza buscándome en sus archivos cerebrales.

—¡Edward! ¡Mira ese cascanueces! —le grita Jessica desde la tienda que está frente al supermercado.

Edward se gira para mirarla y yo aprovecho de correr hasta mi auto. Cuando me meto él se queda de pie mirando con curiosidad y suspicacia, pero no hace nada más. Niega y da la vuelta para ir con Jessica, su novia. Es mi pase para meter la llave e ir a andar hacia mi casa.

Mis manos tiemblan contra el manubrio y los dedos se incrustan en el cuero. En un momento tengo que parar porque no puedo seguir conduciendo. Respiro y luego dejo escapar el aire, una y otra vez, solo para controlarme.

No sé qué es, pero la presencia de Edward me ha puesto a un nivel casi histérico. Quizá es el hecho de que se me haya presentado por sorpresa… Otra vez.

Y Jessica, nuevamente presente cuando tengo aquella imagen de ambos en el lago que alguna vez fue nuestro. ¿Cómo puede ser así? ¿No le persigue nuestro recuerdo? ¿Nada?

De pronto quiero un vaso de vodka, como siempre. Han pasado muchos días sin beber y lo necesito, realmente embriagarme se ha vuelto mi necesidad humana, como el agua, respirar.

Estoy pensando babosadas. Soy mujer. Soy sentimental. Es normal que piense babosadas de un hombre que ha intentado arreglar su vida del caos que le he dejado. Debería sentirme bien de que él haya dejado todo el dolor a segundo plano, sobre todo con una mujer como lo es Jessica. Pero siento celos y no puedo evitarlo.

Cuando topo con la casa, saco las botellas y me escabullo por el oscuro lugar hasta entrar. Se me hace extraño que el cerrajero no haya llegado, aunque todavía es bastante temprano para la cena de noche buena. O quizá él no tiene familia. Bueno, en ese caso le entiendo. Mi única familia está en el hospital. Espero que Jane le acompañe si es que todavía está en el hospital.

Enciendo la radio y escucho la música que tocan en una emisora de la zona. Al parecer es buena música. Incluso antigua para estos tiempos. Vincent, de Don McLean.

Esa canción es dolorosa, realmente sofocante. Me trae recuerdos de mi pasado de puta, cuando ya estaba experimentando los vestigios de la dolorosa muerte de Edward. Siempre le recordaba pintando, dibujando. Sonreía creyendo que fue feliz a pesar de todo lo que le dije. La melodía me hacía recordarlo, y aún más los estribillos, la poética forma de Don para expresar el arte de Vincent van Gogh.

Edward es un profundo admirador de aquel artista. Pasaba horas viendo el cuadro "Starry Night", una copia que su madre le había regalado cuando era muy niño.

For they could not love you
But still your love was true

Esa parte me gustaba mucho. Explicaba claramente todo lo que Edward era para los demás, el sentimiento que sentía yo al ver cómo pisoteaban su autoestima en la escuela, cuando era solo envidia de su gran potencial artístico.

—Ellos no pudieron amarte, pero aun así tu amor fue verdadero —recito con fuerza, mientras tanto me meto a la cocina para intentar cocinar algo para mi cuerpo.

No he comido nada.

—Este mundo no fue hecho para alguien tan bello como tú.

Le hice daño y permití que otros lo hicieran. Apagué su luz. Y ahora, cuando él quiere ser feliz aparezco frente a sus narices. Soy un estorbo.

Busco en la alacena alguna cosa para comer, pero solo encuentro carne de cordero añeja. Me encojo de hombros y preparo la olla para cocinar un poco de sopa. Mientras sigo escuchando la canción para Vincent van Gogh, rebano una que otra verdura y me recuerdo que debo ir a comprar más verduras estos días.

Bebo el vodka desde la botella y revuelvo la sopa que se hace calurosamente en la olla. Huele bien, aunque no la tomo mucho en cuenta gracias al alcohol que comienza a meterse en mi sangre.

Por cada recuerdo, cada beso entre Edward y Jessica, doy un sorbo. Por cada cicatriz, cada arrepentimiento, doy un sorbo.

Me conduzco hacia la sala donde está la gran mesa y el florero de porcelana que mi abuela le obsequió a mamá hace muchos años. Lo quito con cuidado y pongo algunas velas. No quiero luz, no la siento necesaria.

La sopa está lista y el cordero ya caliente. Lo mezclo, sazono y pongo verduritas sobre éstos. Miro hacia mi improvisada decoración navideña; mis ojos se llenan de lágrimas.

Estoy completamente sola.

—Feliz navidad, Bella —susurro, para luego beber otra vez desde la botella.

Nuevamente me atormento al rememorar que Edward y Jessica pasarán la noche juntos.

Cuando pongo el plato en la mesa y me siento para comer junto a los soquetes azules, escucho unas voces detrás de la puerta principal. Frunzo el ceño y me levanto bruscamente. Tocan a la puerta; una voz femenina y otra masculina, las siento muy lejanas. No las puedo reconocer.

Abro con lentitud y casi caigo hacia atrás, desmayada. ¡Alice! Oh mi Dios, Alice Brandon ha llegado y está en Forks.

—¡Sorpresa! —exclama, levantando dos valijas de color burdeos.

—Eh… Si me disculpa, he llegado para arreglar la cerradura de… Bella —susurra Jasper Whitlock abriéndose paso entre nosotras dos. Su rostro se ha desfigurado y ahora me mira como si fuese un sueño. O una pesadilla.

Yo no sé qué decir, estoy callada y apenas consigo respirar. Por una parte está la sorpresa de Alice, mi única amiga, y ahora Jasper, el primo y mejor amigo de Edward me ha encontrado. ¡Diablos! Le diré que estoy durmiendo aquí, quizá vendrá hacia acá a pedirme explicaciones. O simplemente le dará igual, me reprendo en un segundo.

—¿Quién es éste? —dice Alice con mala mirada.

Jasper se hace a un lado incómodo. Lleva una camisa a cuadros y unos jeans desgastados, como su primo. Las botas gruesas le quedan bastante bien. Se ve más hombre, más cambiado y más maduro. Me pregunto si tendrá novia.

—Oh, Bella, yo, eh… Mmm… —Los sonidos que hace con la boca me demuestran sus nervios—. ¿Has llegado hoy?

—Sí, Jasper, he llegado hoy —le digo cansinamente.

Alice entra a la casa y deja las valijas en el suelo. Se cruza de brazos y da golpecitos con sus relucientes zapatos de tacón. Jasper le sigue la mirada a sus esbeltas piernas y se sonroja. Parece un infante ante una tentación.

—Lamento la demora yo… Creí que era nuevamente Carmen a la espera de que le arregle las cerraduras. —Se corre el cabello rubio del delgado rostro.

—¿Carmen te ha pedido que vinieras? —inquiero sorprendida.

—Para que no entre Phill ni Charlie a molestar a tu madre.

Levanto las cejas sin poder evitarlo.

—Bueno, creo que puedes irte a casa ahora. Llamaré para que vuelvas cuando acabes las fiestas.

Asiente y se da la vuelta para irse, pero algo le detiene. Alice bufa exasperada.

—Feliz navidad, Bella —dice—. Es un gusto tenerte nuevamente en el pueblo.

No puedo evitar sonreír. Pero luego recuerdo que él estará junto a Edward y a Jessica.

—Feliz navidad, Jasper. Espero que la pases muy bien con tu familia. —Mi voz sale ácida y ahogada en rabia.

Él abre sus ojos verdes y asiente.

—Un gusto conocerla, Srta. Brandon —le dice a Alice.

—Adiós —gruñe mi amiga a mi lado, dándose la vuelta y sujetándose la mata de cabello castaño entre los dedos.

Cuando Jasper sale de la casa, Alice se aprieta entre mis brazos y grita de euforia al verme. Su aroma se cuela en mis fosas nasales y puedo asegurar que ya no estoy sola en estos lugares.

—No quería que pasaras la navidad a solas —me susurra con los ojos llenos de lágrimas—. No ahora que te vas a enfrentar a tantos demonios.

—Oh, Alice —gimo.

Nunca he sido muy efusiva, pero en estos momentos la emoción me gana. La sorpresa de ver a Alice entrar por mi puerta y la aparición de Jasper me habían elevado más de una vez.

—¿Cómo supiste que estaba aquí? ¿Cómo es que…? —me enredo en mis propias palabras. No sé cómo expresarme.

Alice me toma de ambas manos y me obliga a sentarme en el sofá. Me pasa las manos por el rostro, probando mi temperatura.

—Es un pueblo, Bella. No me costó nada valerme de mi nombre para que un par de chicos me dijera que ésta era la casa Swan. Supe de inmediato que estarías aquí. Te conozco como la palma de mi mano —susurra—. Estás muy pálida, quizá te ha bajado la presión. ¿Ha sucedido algo muy malo?

Me siento realmente mal con sus palabras: "te conozco como la palma de mi mano". Ay, Alice, hay cosas que no conoces de mí. Le he ocultado mis peores dolores, solo porque no soy capaz de decirlo a viva voz.

—Solo es… Ha sido un día muy largo —le digo.

Se levanta y mira hacia la mesa. Le da una ojeada al plato que pobremente he preparado y a la botella de vodka. Niega con los labios fruncidos. Va a regañarme. Pero algo la detiene y es precisamente lo que no debería ver.

—¿Qué es esto, Bella? —me pregunta con la voz alterada.

Toma los soquetes azules y los mira con horror.

—¡No te atrevas a decirme que estás embarazada de William porque voy y te abofeteo! —me grita.

Me ruborizo enseguida, me levanto del sofá y le quito los soquetes de las manos.

—¡Claro que no estoy embarazada de William, Alice, no seas estúpida!

Me siento indignada. ¿Qué tiene que ver él en todo esto?

El rostro de Alice se relaja notoriamente.

—¿Entonces? —inquiere preocupada—. ¿No estás embarazada?

Niego con lentitud y rompo a llorar.

Edward POV

Llego a casa con las piernas débiles y cansadas; la caminata ha sido pesada. Jessica salta de la emoción por el cascanueces que le regalé. Ahora ha ido a su casa para cambiarse.

Papá está en su habitación, creo que vistiéndose. Yo mientras me voy a la ducha para quitarme todo el estrés que he sentido en el día. Cuando el agua caliente cae sobre mi cabeza, cierro los ojos. Mis hombros están tensos y los músculos contraídos, el agua pasa por toda mi piel y éstos parecen relajarse.

Apego la frente al azulejo y el frío me hace reanimar mis emociones pasadas. Bella en Forks. Bella me grita. Bella me mira con desprecio. Bella se va… Cierro los ojos y frunzo los labios sin poder evitarlos.

Hoy no he podido dejar de pensar en ella. No puedo dejar de pensar en todo lo que ha cambiado.

La culpa me atormenta, sobre todo ahora que Jessica parece estar más efusiva. Es de esperarse. No hemos podido consumar nada desde que estamos juntos, y de eso hace cinco meses. Bueno, yo no he podido consumar nada porque no puedo. Una persona no puede estar con alguien pensando en otro individuo, y yo no voy a acostarme con Jessica pensando en Bella entre mis brazos.

La idea me produce un ligero temblor. Estar con Bella era una maravilla; aún la recuerdo. Desnuda, con el cabello aleonado y desparramado entre mis brazos. Piel con piel, su hálito contra mi rostro, el sonido de la carne, frotándose placenteramente. Todos esos recuerdos estaban bien grabados en mi memoria y yo solo quería compartir esos momentos con Bella, con nadie más que ella.

Me sentía culpable por la falta de atención que había tenido para con Jessica durante toda la tarde que pasamos en el lago. Me preguntaba a cada momento qué estaría haciendo Bella en el pueblo, lo que pensaría de mí, dónde iría a dormir. Jessica me comentaba cosas triviales, como siempre, pero yo no podía centrar mi cabeza en ella, solo en la morena de ojos grandes y marrones que me había mirado aterrada en el hospital.

Cierro los ojos cuando el agua de la ducha me da de lleno en la cara y paso mis manos por mi cabello para quitarlo del rostro. Eso me da la instancia para pensar aún mejor en todo lo que me ha sucedido.

Soy muy curiosa —me dijo Jessica.

Enredó sus brazos en mi cuello para besarme con pasión y deseo. Jamás me había besado así antes. Me tomó desprevenido, así que solo atiné a seguirle el juego a pesar de mi sorpresa. Ella me pedía con su cuerpo que nos entreguemos, pero yo no podía hacerlo así como así. El lago era un lugar especial que no podía compartir con nadie más que con Bella. Y lo sentía mucho.

No, Jessica, aquí no —le reprendí quitándole las manos de mi cuello.

¿Por qué no? —exclamó aturdida.

Sabes bien que no me traería buenos recuerdos en este lugar.

Me acomodé a un lado para evitar el escrutinio de su mirada.

¿En este lugar? ¡Por Dios, Edward! Pero si no quieres en ninguna parte —gimió.

Me miré las manos por un momento y luego hacia un lado, junto al sauce y las ramas que hacían un fuerte hasta el otro lado. Fruncí el ceño y distinguí un pañuelo de seda casi transparente entre las hojas menos marchitas. Al parecer el viento lo había traído hasta acá.

¿Qué es eso? —inquirió Jessica cuando me paré para tomarlo.

Se lo tendí solo un momento para que lo viera. Frunció el ceño y miró hacia el lugar de procedencia.

El viento tuvo que traerlo hacia acá —afirmé.

Lo observé largos minutos, pues me traía recuerdos muy frescos. Quizá era de Rosalie, porque me parecía realmente familiar. Pero Rosalie… No, no era de ella. Apreté la seda entre mis dedos y fruncí el ceño. ¿Podía ser de Bella? Ella era la única persona que adoraba la seda incluso antes de que se fuese de Forks. Pero también podía ser el pañuelo de cualquier mujer que pisaba la laguna. No obstante, la laguna no era muy conocida, solo Bella y yo la frecuentábamos.

Eso me hizo pensar seriamente. ¿Cómo pensé en traer a Jessica a la laguna? Bueno, ella insistía frecuentemente por lo que no dudé mucho en hacerle conocer ese pequeño espacio. Fui culpable de una estúpida reacción para no hacerle sentir mal a ella, pero ahora me sentía mal yo mismo. Ni Jessica, ni yo, ni mucho menos Bella nos merecemos esto.

Negué con mi cabeza y me obligué a olvidar el pañuelo. No podía ser de Bella, eso era una coincidencia macabra. Si era de ella entonces nos podría haber visto a Jessica y a mí.

¿Por qué lo guardas? —volvió a inquirir ella, levantándose de la manta para hacer frente a su repentino mal humor—. Quizá es de alguna mala mujer.

Estaba metiéndolo en el bolsillo de mi pantalón. El pañuelo era bonito, fino y emitía un exquisito aroma.

Jessica tomó la pequeña tela y lo miró con algo de asco. Su actitud me incomodó. Lo acercó a sus fosas nasales y olió lentamente.

Veo que tenemos personas con gustos caros —dijo irónica—. Chanel.

Levanté la ceja y me permití borrar la curiosidad que me producía sentir el aroma de aquel pedazo de tela, solo para no parecer un animal.

¿Estoy haciendo bien al intentar olvidar a Bella con Jessica? Me siento una basura podrida, más aún al intentar hacer lo imposible para que ella se sienta bien. No estoy siendo egoísta, solo quiero lo mejor para ella. Pero lo estoy haciendo mal. ¡Y diablos! Tenía que aparecerse ella justo hoy, justo cuando estoy intentando dejarle ir.

Nada es justo en esta vida, claramente. Tampoco es justo que esté sintiendo esto a pesar de que Bella me odia. O eso vi yo cuando escapó sin decirme nada más "no te conozco".

El agua tiende a relajarme muchas veces, pero ésta vez no logra hacer el mismo efecto en mi cerebro. Me siento tensionado, como nunca. Me imagino a Bella sola, sentada en algún taburete, sosteniendo la tristeza entre sus manos.

Y era eso lo que me había llamado la atención cuando la vi. El dolor. Bella nunca fue una chica risueña, siempre fruncía el ceño cuando era oportuno. Jamás había tenido una suerte de dioses para que le permitieran sonreír a menudo. Sin embargo, jamás había visto sus ojos tan miserables. En ella no había inocencia, ni pureza.

Me estremece pensar lo que pudo haberle ocurrido para cambiar tanto. Y me entristece profundamente saber que ella ya no es la misma.

Necesito expulsar todo esto y la única forma es pintando. Mañana tengo que ir al orfanato de Forks para enseñarles a los niños a pintar. La hermana Sonya me había pedido expresamente que fuese, como todos los años, a darles una clase entretenida a los huérfanos. Aprovecharé de expulsar toda esa desazón impregnada en la sangre y me sumergiré en la bondad de un grupo de niños.

Tocan a la puerta. Es papá, me dice que Jessica está esperando y que no es de buena educación dejarla sola. Me apresuro, salgo de la ducha y me visto con lo primero que encuentro. Cuando salgo hacia la sala está ella junto a mis tías. Todas sonríen y se abalanzan para besar mi mejilla.

Veo a Jessica; está muy guapa. Lleva un vestido sencillo de color ciruela y unas sandalias del mismo color. El cabello se lo ha tomado en un suave moño. En sus manos sostiene el cascanueces que le he regalado hoy, hace muy poco.

Otro recuerdo peligroso.

¿Quién era aquella mujer que sostuve entre mis dedos? Estuvo a punto de caerse. Llevaba gafas y apenas pude distinguir que también tenía el cabello oscuro, cayendo hacia un lado del rostro para taparse. Evito creer que fue Bella, comienzo a preocuparme al estar viéndola en cada lugar al que voy.

Jessica ha traído el pavo, el que huele muy bien, por cierto. Tías Hale se pasean por la casa con total sofisticación. Me recuerdan mucho a mi madre, ella era muy delicada y hermosa.

—¿Jasper no ha llegado? —inquiero con distracción mientras aliso mi camisa frente al espejo.

—Se suponía que acababa su trabajo hace unos minutos —me dice su madre.

Frunzo el ceño.

Jessica está poniendo la mesa con cuidado. Intenta dar una buena impresión hacia mi familia, aunque no lo necesita, la adoran de cualquier forma. Debo admitir que me gusta estar acompañado por ella en esta ocasión, siento el calor que me ha faltado. Papá sonríe y me mira con orgullo, sé muy bien que le agrada en demasía no verme derrotado como acostumbraba.

Miro el reloj apresuradamente cada tantos minutos, la hora va avanzando y Jasper no aparece. Me pregunto qué le habrá sucedido de camino a casa o qué le habrá detenido.

Las luces del árbol de navidad captan mi atención y me pierdo en las parpadeantes y coloridas incandescencias. La estrella dorada que está en la punta brilla también, como si tuviera vida propia. Me meto las manos en los bolsillos y siento el pañuelo de seda. Lo aprieto, lo estrujo entre mis dedos y le doy vueltas con nerviosismo.

Tocan a la puerta con insistencia. Jessica abre, dejando entrar a un apesadumbrado Jasper. Me alivia verlo bien físicamente. Cuando me ve me lanza una mirada breve pero que explica mucho. Quiere hablarme de algo. Pero es imposible, todos esperan el jugoso pavo oloroso que está en medio de la mesa.

Cenamos tranquilos y compartimos anécdotas divertidas, aunque Jasper come apresuradamente y yo le imito para poder acompañarle a hablar. Me inquiera su mirada, está muy preocupado.

—Esto ha estado demasiado bueno —dice Jasper—. ¿Me permiten salir un momento con Edward? Necesito mostrarle algo.

Todos asienten y siguen hablando de la política de Estados Unidos. Aburrido. Le sigo y le veo caminar hasta el patio trasero. Se para, me da la espalda y cruza los brazos, mirando al cielo estrellado.

—¿Qué necesitas hablar? Acá hace demasiado frío y…

—Bella está en el pueblo —dice girándose hacia mí.

Sus ojos claros se muestran tensos y temerosos.

—Lo sé —digo al fin.

Frunce el año.

—¿Cómo que lo sabes?

—La vi en el hospital esta mañana —me encojo de hombros para quitarle importancia al asunto a pesar de lo mierda que me siento por dentro.

Jasper suspira y pone una mano en mi hombro.

—No vayas a cometer una locura por esa mujer, Edward.

—No puedo evitar mortificarme por su presencia —suspiro—. Intento olvidarla, pero no puedo.

Mis ojos se llenan de lágrimas lo que a Jasper le llama súbitamente la atención.

—Ella te hizo mucho daño, primo, no quiero recordarte lo que sufriste por ella. ¿Cómo puedes seguir pensando en Bella a pesar de todo lo que te dijo?

—A veces la ausencia duele mucho más que el daño infringido —le digo con sinceridad—. ¿Alguna vez has hablado con alguien de la misma manera que hablas contigo mismo? —Lo veo negar con su cabeza—. Eso me sucedía con ella. Bella era una chica sencilla, natural y encantadora. Ella me instaba a seguir pintando, me hacía sentir talentoso. Podía hablar horas con ella y no me aburría.

Me miro las manos. Tiritan. La sinceridad me provoca temor.

—¿Te ha reconocido?

La pregunta duele.

—Fingió ser una desconocida. No me miró más de dos segundos y se echó a correr.

—Me permito ser el abogado del diablo —habla—. Hoy fui a la casa de Renée a cumplir con mi trabajo, ya sabes, me avisan la casa y voy por mi trabajo a domicilio. —Busca las palabras internamente—. Me sorprendí al ver entrar a una mujer muy pequeña y menuda a ese lugar, llevaba maletas. Luego noté que era Alice Brandon. Abrieron la puerta y vi a Bella.

Levanta las cejas y se lame los labios.

—Ella había estado llorando —susurra—, sus ojos estaban mojados, intranquilos y muy tristes. Aquí hay gato encerrado, Edward.

—¡Si tan solo pudiera saber qué es lo que le carcome por dentro! —gimo.

Me paseo como león enjaulado en el pequeño trozo de patio, mientras Jasper me mira con tristeza.

—¿Y Jessica? ¿Qué harás con Jessica?

La pregunta no tiene respuesta. Pero digo:

—No necesitas hacer nada, puedes quedarte con Bella si quieres —afirma ella con la voz rasposa.


¡Nos leemos en el próximo domingo! Un beso y un abrazo.