¡Oh mi dios nuevo capítulo y no pasa más de un mes! Perdón… una pequeña nota antes de empezar, para quienes no han leído El Extranjero de Albert Camus, el señor Meursault es su protagonista… pero la trama no se las cuento, léanlo porque es bueno.

(En negrita cursiva están algunos recuerdos…)

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El crimen de la indiferencia, de la alienación, insensibilidad,

o tal vez sólo descubrir el absurdo del mundo.

Un suspiro gélido, distante,

la piel pierde su color rosado

para tomar tonos violetas,

violetas muertas,

Dios ha negado el movimiento

el mínimo movimiento.

Estas manos…

¿Qué pueden matar rosas? ¿Qué pueden callar cantos?

¿Qué pueden detener un bravo corazón?

Meursault,

La sentencia está dictada, al alba,

al aurora,

será la ejecución.

Y terminando así el verso libre, Blaise cerró su cuaderno…

:::::::::::::::::::::::::::::::::::Máscara::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Fue al día siguiente que Aristeo volvió a ver a Kanya, pero esta vez en la arena: algo raro considerando que era una niña. En esa arena sólo había visto chiquillos varones, ¿Cómo sería pelear contra una guerrerita? ¿Compensaría su falta de fuerza con grandes destrezas, agilidad, rapidez? Sólo había una forma de saberlo…

"¡Ahhh!" –gritó un niño. –"¡No tiene cara!"

Aristeo tuvo otro deseable contrincante: el que gritaba era Michelángelo, y a su lado siempre estaría el españolito. Ahí estaba, su eterno rival, sonriendo, sin imaginar la dieta a base de polvo que él le recetaría. Se dirigía hacia ellos, cuando notó que Kanya también lo hacía, y prefirió desviar su camino, sentándose en una escalinata cerca de ellos. Ella iba a hablarles.

"Mira niño, ¿Ves? Es una máscara, bajo ella está mi rostro." –Le aclaró la amazona.

"¿Y por qué te lo escondes? ¿Eres fea?" –Le preguntó extrañado el italiano. La chica pensaba que con eso entendería, y a pesar de no revelar su rostro, se notaba su molestia.

"¿Recuerdas a Anís, la maestra de Amoka y Blaise? Ella es mujer, por eso usa máscara, todas las amazonas usan máscaras." –Le explicó su hermano. –"Por eso esa niña usa máscara, porque es mujer." –El menor hizo gesto de entender y se dirigió a la chica:

"Entonces eres linda." –Insistió inocentemente. Kanya se sonrojó, normalmente no te dicen chica linda en un lugar de guerreros. O si lo hacen, pero para molestarte. –"Si un niño se enamora…" –Pero su hermano le interrumpió argumentando que la estaba molestando. La chica ignoró el tema y se despidió, alejándose.

Ahora sí era momento de retarlo, pero se acercaron otros obstáculos para su misión: no, eran sólo el niño mono y su niñera perezosa.

"¡Ah que no saben lo que pasó!" –Gritaba Amoka correteando como siempre. –"Yo estaba por allá, y un chiquillo vino y decía oh, sí soy muy fuerte quítate del camino mocoso y le dije que yo no era un mocoso, entonces se enojó y me atacó y yo lo ataqué y ¡pau, pium, pou! Y estuve genial, hasta la maestra me felicitó, era un combate justo, él me retó y entonces es justo, ¿no? Así que vencí a un chico mayor que yo y eso fue genial." –Parecía hiperventilado. Los demás intentaban entender correctamente lo que decía, pues su dicción no era la mejor, menos si hablaba tan atropelladamente. Aristeo perdía la paciencia.

"Gracias por la narración de tu hazaña, Amoka, pero…"

"No he terminado, Blaise, espera tu turno." –Le interrumpió el rubiecito. –"¿Dije ya que vencí a un chico mayor? Pues bien, resulta que también tengo algo mucho más interesante que contar, algo que me pasó ayer…"

"¡Ya dejen la cháchara!" –Se exasperó el griego mayor empujando a Amoka y parándose frente a Fernando. –"¡Tú y yo, en esa arena, ahora!"

"Aristeo, ¿No te cansas de odiar a las personas? Si no te has dado cuenta se supone que pelearemos por el mismo propósito."

"Je, si lo planteas así, compañero" –e hizo énfasis en "compañero". –"¿Qué mejor forma de apoyarnos que entrenando en un combate?"

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En el gran salón, ostentoso y bello como sólo los dioses podían inspirarlo, tres humanas figuras paseaban en vano, recorriéndolo, admirándolo, no queriendo soltar palabra alguna. La hermosa mujer de cabello lila sostenía en su mano derecha un imponente cetro que la reconocía como diosa: la diosa de la guerra justa, la inteligencia y estrategia, la defensora de la paz y el amor, de los humanos. ¿Cuántos años ha acunado a la humanidad en su seno, ha alejado a los ambiciosos dioses que querían hacerse de la Tierra? Ni la historia misma podría contarlos. ¿Cuántas guerras ha librado junto a sus caballeros? ¿Cuántas veces ese hombre la había salvado…?

"Saori…"

Aun le parecía raro llamarla así. Ya había tenido que acostumbrarse a tratarla de diosa, su señorita Atenea, su princesa, arriesgar sus vidas, todo eso… eran experiencias demasiado fuertes para olvidarlas. Han pasado diez años… nunca se sintió tan cansado como entonces, como un simple y débil humano. Siempre lo había sido, pero ahora no contaba con esa fuerza misteriosa, o mejor dicho, había perdido la facultad de explotarla a voluntad. La armadura de Pegaso había abandonado para siempre su cuerpo. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? Atenea… es decir, Saori, les había pedido –no ordenado- que rehicieran sus vidas como personas normales, ya no era necesario su sacrificio, ya habían hecho suficiente, por favor, ya no son mis caballeros. Ya no eran sus caballeros. Sus protectores. La diosa insistía en que ahora ellos le llamasen Saori, y que desde ahora su única relación era la que mantenían con la humana de ese nombre.

"Te dije que no vinieras…"

Diez años. Era demasiado tiempo para un hombre de carne y hueso. ¿Qué era de los otros? Diez años. ¿Les fue igual de difícil aceptarlo? Él se había ido al orfanato con Miho y los niños, había estado con ellos un tiempo, un par de años, y luego se fue con su hermana Seika. Perdió contacto con los otros cuatro, seguro Hyoga volvió a Siberia, Shiryu volvió al Rozan con Shunrei, Shun iría a algún lugar, e Ikki desaparecería como siempre…

"Señorita Atenea…" –Le habló Mu a su diosa. –"Creo que se acerca."

"Seiya, por favor, márchate, Caos…"

"No es necesario que se vaya, me agrada mucho este humano…" –interrumpió el susodicho, apareciendo de la nada, como si se hubiese creado ahí mismo.

Caos soy, eres y es la infinita entidad, espacio que contiene en potencia todo lo existente, todo el porvenir. Su omnipresente presencia llenaba el salón casi al extremo de no dejar aire para que sus ocupantes respirasen.

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Por fin un enfrentamiento formal, la oportunidad para demostrar su valía. La impaciencia le ordenó arrojar el primer golpe, un puño cerrado que era esquivado por el español, y luego una patada que era contenida por el brazo del otro. Aristeo insistía en golpearlo, mientras Fernando prefería esquivar y contener golpes. ¿Acaso le subestimaba? Aunque debía admitir que el español había mejorado mucho. El pelinegro se acercó de pronto y le lanzó un golpe que le hizo retroceder, sorprendiéndolo, y luego un segundo golpe en el estómago que le hizo arrodillarse.

"Fernando realmente ha mejorado." –dijo Blaise.

"Claro, mi hermano es supremamente fuerte, será un santo dorado." –declaró orgulloso el pequeño albino.

"Tal vez está distraído por lo de ayer…" –Planteó Amoka, rascándose la cabeza.

"Así que esa era tu otra hazaña, entonces… ¿Qué pasó ayer?" –Le preguntó el francés, más bien con tono de regaño.

Aristeo sonreía. Ahora sí parecía estar teniendo un digno adversario. Se incorporó y caminó tranquilamente rodeando a su enemigo, manteniendo la vista fija en él, esperando, esperando. Fernando lo seguía también. Aguantar el embate de un chiquillo impetuoso no había sido tarea fácil, y la tensión de sus músculos le hacía sentir como si estuviese en una verdadera batalla, como si de verdad estuviese preparado para vencerlo, para matarlo. ¿Ares, fervor del combate? No blandiría su imperfecta espada contra él, no valía la pena probar si cortaba carne y hueso humano a costa de Aristeo. El griego seguro no sabía que él aspiraba a una armadura dorada. Golpe. Le enfadaba que por estúpidas guerras como esa los niños como Aristeo fuesen iniciados en el odio y la venganza, que su espíritu fuese envenado de esa forma, y que además fuese obligado a madurar y asumir responsabilidades que no le correspondían. Aristeo le derribó con una patada en la cara, dejándolo tirado en el piso con un dolor punzante en la cabeza, y ardor en la mejilla: se le hincharía en un rato. Luego le pateó el vientre, se retorció un poco hasta quedar boca abajo y trató de pararse, pero el pie de Aristeo sobre su cabeza se lo impidió. A pesar de todo la derrota no le sabía tan amarga.

"No estuvo mal, pero creo que podías hacer más, españolito. A la otra deberías atacar primero, de nada sirve hacer inefectivos los golpes de tu rival si no le haces daño."

"Gracias, lo recordaré." –Pronunció apenas.

"No seas tonto." –Se quejó, quitando su pie y parándose en una esquina de la arena. –"No es un consejo, es una advertencia."

"¡Aunque venzas a tus más acérrimos rivales, te sigue poniendo nervioso una chica!" –Le gritó Amoka desde las gradas. El peliazul le miró furioso y caminó hacia él alzando las manos en señal de querer ahorcarlo. El rubiecito se escondió detrás de Blaise, susurrando que tal vez no sabía que había sido él. El francés era casi inmutable, pero ese muchacho, más que producirle temor, le ponía nervioso. Con él las palabras no servían. Michelángelo se puso en medio.

"¡Quítate, cadavercito!" –lo apartó como si nada y se paró frente al pelirrojo, dirigiéndose al que se escondía detrás de él. -"¿Qué dijiste, niño mono?"

"¡Sálvame, Blaise!" –Le empujaba hacia adelante, contra el peliazul.

"Amoka, discúlpate." –Le aconsejó.

"¿Crees que eso es todo?" –Le cogió del cuello de la camisa que llevaba puesta. –"De mí nadie se burla."

"No han de ser mil fieros enemigos quienes perturben al hombre cuya fuerza es hallada en virtud de la justicia, ¿Por qué le ha de entristecer el mal que debe destruir? Lo verdaderamente terrible es descubrir que el rechazo te hiere más que sus lanzas, la indiferencia te asola más que sus insultos y que el amor de esa mujer no te corresponde aunque lo merezcas: digna enemiga es una mujer para un hombre." –recitó. –"No pensé en ti una causa tan noble. ¿Ella es tu Dulcinea?"

"¡Cállate, que no me gustan las niñas!"

"Ah… perdón, tranquilo, los antiguos griegos solían…"

"¡Tampoco me gustan los niños, no me gusta nada ni nadie!" –Le soltó. –"Tienen suerte, ya se me acabó el tiempo y debo volver con mi maestro, pero a la otra que los vea, sobre todo a ti, cachorro malparido, los hago puré." –Y se alejó corriendo. Si no hubiese sido porque veía a Diógenes vagando por allí y que Michelángelo traía a Kanya, tal vez le hubiese creído que era por eso.

"Todo ese parloteo tuyo me dio tiempo de ir a buscar a la bella, así calmamos a la bestia." –Guiñó un ojo el italiano.

"Michelángelo, esa niña escucha lo que dices." –suspiró el francés.

"¡Ah! Pero si yo… eh… te traía para… ¡Pelea conmigo!" –Se puso en posición de combate. La amazona cogió su brazo, le tiró al piso y lo inmovilizó ahí. –"¡Suéltame, tu ganas, pero suéltame!" –Le rogaba.

"Creo que me voy, las demás son mejores rivales que ustedes." –Y también se fue, decepcionada de lo que se suponía iba a ser feroces combates contra niños. Todos quedaron en silencio por un rato, aunque cierto parlanchín rubio no podía aguantar tanto:

"Seguro va a reunirse con Aristeo."

"Cierra la boca, Amoka, tú fuiste el que causó todo esto, no tienes que ir por allí espiando gente, y menos a las niñas, y mucho menos a Aristeo. Peor aún si vas contándolo a cada ser pensante que se te cruza."

"Oye… ¿crees que lo perdedor sea de familia?" –Comentó viendo a Fernando y a Michelángelo tirados en el suelo. Blaise le dio un golpecito en la cabeza a modo de reproche. –"Claro, si tú hubieses peleado hubieses quedado peor."

"Cierto que venciste a un niño mayor, oh, gran Amoka, flamante caballero de la constelación de la estupidez." –Le dijo enfadado, con un tono sarcástico que hasta Amoka pudo notar. Le iba a contestar cuando vio a Volgran en la arena levantando a Fernando. Según el último no era necesario, pero el hecho de que hubiese notado que Viriato lo levantaba cuando ya lo tenía de pie era señal clara de que necesitaba ayuda. Amoka levantó su mano y la agitó con energía saludándolo.

"Pero si está toda la pandilla aquí, ¡Hola!" –Saludó también.

Al fin los cinco se sentaron en las escalinatas. Hablaban animosamente del tiempo que pasaban en el santuario, de lo que estaban viviendo, de lo que iban descubriendo. Ese mundillo era fascinante para un niño. Blaise sólo hacía pequeñas intervenciones, cuando le preguntaban, no prestaba real atención a lo que hablaban. A él le dolía recordar ese fatídico momento en que se separó de su madre y encontró a Guillaume, ¿Cómo habían llegado aquí los demás? ¿También perdieron a sus familias? ¿También vieron los ojos asesinos de la muerte, sintieron el olor de la pólvora y el fuego? ¿También tuvieron que correr, no con la amenaza de ser alcanzados por el niño que atrapaba a los que jugaban a escapar, sino con la de morir si eran alcanzados? La noticia que le habían dado esa mañana, ¿Era venturosa, o desgraciada? Si hubiese… si él pudiese… si él no… no, pensar en eso le entristecía.

"Me sorprende que estés aquí, sabes lo que está pasando allá afuera, ¿Cierto?"

"Sí, pero no puedo hacer nada."

"De nada me sirve ser un santo ahora…" –Se le escapó. Los demás le miraron en silencio, deteniendo su conversación. Amoka se había descompuesto bastante con esas palabras, y enfadado le cogió la manga del polerón.

"¿¡Cómo que no quieres ser santo!? ¡Qué egoísta eres! ¿Crees que escribiendo estupideces salvarás el mundo? Cuando llegué aquí mi maestra me lo dejó muy claro: el ser santo no es un privilegio, es un deber."

Si lo de antes les había sorprendido, eso aún más. Blaise en especial mostraba asombro por esa última frase. Amoka se había puesto de pie y le apuntaba, gritando ¡Tú, tú! Con furia. No hallaba palabra para decirle.

"¡No digas eso! ¡Tú podrás hacer mucho! ¡Vamos, te sacaré de aquí, iremos al santuario, niño, te convertiré en un caballero de la paz!"

"¡¿Está loco?! ¡Ahora hay gente muriendo!"

"¿De qué me sirve entrenar, días, meses, años, convertirme en un caballero, ganar el poder para quemar estrellas y partir el suelo, si la guerra es ahora? ¿Si cuando necesito de esa fuerza no la tengo? Yo no soy más que un niño estúpido, que creyó saberlo todo, que se creyó siempre seguro y dichoso, indiferente, glacial… y perdí a quien más quería… y… y…" –estalló en llanto el pequeño francesito. Que su corazoncito escupiese toda esa angustia y esa impotencia que le estaban carcomiendo por dentro.

"¡Quiero a mi papi y a mi mami!" –También comenzó a lloriquear el rubiecito, que se lanzó hacia su compañero y lo abrazó. El griego no tenía idea de que habían muerto, pero sí sabía que ahora no los tenía. Fernando cubrió su rostro con ambas manos, pero el movimiento espasmódico de sus hombros revelaba que también sollozaba. Ver a sus amigos sufrir, y recordar él mismo a esos soldados apuntándoles, a sus padres cubriéndolo… era demasiado. Viriato se sentó en el suelo y escondió su cabeza bajo sus brazos, mientras sus lágrimas mojaban sus muslos. Michelángelo se alejó un poco, no entendía por qué todos de pronto empezaron a llorar, ¿Qué había pasado, qué no sabía? Cierto, no recordaba mucho, ¿Acaso lloraban por sus padres? ¿Había que llorar por los padres?

"Ferni, ¿También tengo que llorar?"

"N… no… Gelo." –Le miró su hermano, sonriéndole, aunque con los ojos algo rojos e hinchados. –"Tienes que llorar cuando sientas tristeza, una gran tristeza."

"Pues para mí los muertos son los que deben llorar. No ha de haber mayor dolor que contemplar un mundo en ruinas y no poder hacer nada, pero mírennos, estamos vivos, podemos cambiar cosas, ser mejores. Si nos golpearon desgracias, ¿Qué importa? Las vencimos, además, ¿Realmente perdemos a alguien? Puede que no sepa mucho, y hasta ahora no haya perdido a nadie –que recuerde-, pero estas almas quedan cuando una persona se muere, así que realmente no se van, ¿No?"

Los demás se secaron y suspiraron, ya estaban mejor. Su explicación no era muy satisfactoria, pero entendieron a qué se refería, los recuerdos, momentos, quedaban para siempre en sus corazones. Ese albinito tenía razón: estaban vivos, y tenían que agradecerlo. Ser santos era la forma perfecta de retribuir a la diosa su protección.

"Bien, bien, mucho melodrama, hay que ir a entrenar, nos vemos." –Se alejó corriendo el americano. Los demás también debían hacerlo.

"Creo que ahora sí puedo decirles…" –les llamó la atención Blaise. –"Qué ya me han designado una constelación guardiana, y por tanto, una armadura a la cual postular."

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::La generación dorada:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Un día perfecto: victorias, victorias, victorias, ni una sola derrota. Lo mejor es que había arreglado un enfrentamiento con su jurado rival, el españolito, y le había ganado. Además le habían entregado una noticia que lo hacía bastante aventajado sobre los demás aspirantes a caballeros, incluso más que lo mayores –porque se habían equivocado, Aristeo no se iba por Kanya, sino que era verdad que su maestro lo había citado sólo a él y no a su compañero-: oficialmente aspiraba a una armadura dorada. ¿Cuál? Una tan violenta, apasionada y ardiente como él: la de Escorpión. Sí, en un par de años sería conocido como Aristeo de Escorpión. Era media tarde. Se duchaba con regocijo escuchando a los demás chicos que estaba allí, diciendo que habían despertado algo de cosmos, que habían roto una gran roca, que habían vencido a tres hombres seguidos. ¡Qué va! Eso lo hacía con los ojos cerrados, las piernas atadas y caminando con las manos, mientras le arrojaban piedras. Seguía aseando su triunfador y fortalecido cuerpo cuando escuchó una vocecita chillona que hablaba con otro niño de voz algo acalorada, entrando ambos al baño y a las duchas. Un extraño aroma a muerto inundó el lugar, pero parecía ser el único con suficiente desarrollo de cosmos para notarlo.

"Es increíble, primero Fernando y ahora Blaise."

"¿Cuántas quedan disponibles?"

"A ver... son… eh… menos… préstame dos dedos."

"Aquí tienes." –Rio el albinito levantando su dedo índice y corazón al lado de las dos manos abiertas de Amoka.

"Está tu maestro, Fernando, baja tus dos dedos… el niño que me da miedo…"

"A mí no me da miedo…"

"No importa… ¡Perdí la cuenta! Tu maestro, tu hermano, Adelphos, y Blaise… y tengo… ¡ocho deditos más!"

"Entonces tenemos a mi anciano maestro Dohko de Libra, Adelphos de Géminis, Fernando de Capricornio y Blaise de Acuario."

Aristeo casi cae al escuchar esas palabras. Siguió escuchando atentamente a los chiquillos que estaba en las regaderas convenientemente vecinas. ¿Qué su némesis y ese otro francesito serían caballeros dorados?

"¿Y para qué los repites, si ya los conté?"

"Tengo que saberme sus nombres, cuando sea un caballero dorado, ¡Serán mis compañeros!" –Gritaba entusiasmado el italiano.

"Pero ninguno de nosotros dos sabe cuándo nació, ¿Cómo sabremos cual es nuestra armadura?"

"Así que el españolito aspira a la armadura dorada de Capricornio. Interesante." –Le dijo Aristeo asomándose por arriba de las paredes que separaban las duchas.

"¡No me mires, estoy desnudo!" –Gritó el albino cubriéndose avergonzado.

"¡A mí tampoco me mires, mi piel no tiene pelaje que cubra mis cositas!" –Gritó también Amoka.

"Lo que digas, niño. ¿Sabes? Yo soy oficialmente aspirante a caballero dorado de Escorpión, y acabo de vencer a tu hermano en la arena, ¿Qué significa? Que con él por debajo de mí y con el acuariano perezoso, seré el más poderoso caballero dorado, y escucha, ¡Yo seré el patriarca!"

"¡Pues me revelo a tu régimen, patriarca!" –Declaró Michelángelo cogiendo la manguera y rociando al griego mayor en la cara, no pudiendo ver y con el piso resbaladizo cayó de forma más bien vergonzosa. –"Muere, muere, muere, vete al inferno y arde ahí eternamente escorpión venenoso."

"¿Puedo también ser guerrillero?"

"No, yo estoy haciendo un golpe de estado, tomaré el poder y liberaré al país de este tipo con la uña filosa que es malvado. Y luego seré nombrado director supremo… digo patriarca."

"¿Estuviste hablando de historia con Blaise?... Espera, ¿qué uña filosa?"

"¡Ahora me las pagarán, mocosos!" –Gritó el peliazul que efectivamente tenía una filosa y larga uña en el dedo índice, apuntándoles. –"Unos cuantos golpes con mi aguja en desarrollo bastará con unos gusanos como ustedes."

A una velocidad increíble ambos niños lograron ponerse ropa interior y sin nada más salir corriendo mientras Aristeo les seguía amenazando con su dedo índice. Lamentablemente para Kanya, que pasaba por allí, Aristeo no se había dado el tiempo de vestirse, dejándole a la amazona una imagen difícil de borrar por varios días.


¡Apareció Seiya! Aunque no hizo mucho… sólo pensar, pero ¡Ya hará más!

Eh… la pelea no fue taaaaaan genial ni nada de eso, pero sólo son niñitos, no los iba a poner a darse golpes brutales y súper movimientos… todavía no.

Un poco de humor, una peleíta, un momento triste, más humor, los capítulos están saliendo algo más largos que antes, eso me gusta…

Espero lo hayan disfrutado –tan rápido que salió- y espero ya vengan buenos combates.

Nota: ¿creen que soy muy… habladora? con el narrador, ¿intervengo mucho o está bien? Porque que dos personajes se estén peleando y que el narrador empiece con sus metáforas y esas cosas raras que a veces me pongo a escribir es… en cierta forma molesto. Las críticas siempre serán bienvenidas.