Disclaimer: los Juegos del Hambre no nos pertenecen. La idea de la Academia de Vigilantes, por otro lado, es propiedad de Elenear28, HikariCaelum y Coraline T.
11. Verde
Rowan Greyfox, 17 años.
—No lo entiendo ¿estamos yendo a tu apartamento?
Abro la puerta y me detengo un momento para mirarla con una expresión de impaciencia.
—¡Claro! Es una fiesta privada ¿no te lo había dicho? —digo con sarcasmo.
Ella se deshace de mi agarre y me mira con las mejillas encendidas.
Me río.
—Tranquila, no pretendo arrebatarte tu dulce pureza en mi apartamento ¿vale? Tengo que recoger la invitación.
Ella enrojece:
—¿Acabas de decir "dulce pureza"? — dice meneando la cabeza con incredulidad.
—Dios, a veces eres tan obtusa.
—¿Yo? —dice mientras sus ojos recorren el salón con rapidez.
—Como si estuvieras en tu casa— me burlo—. Puedes revisar mi basura también, si quieres.
—Creo que me estás confundiendo con un miembro de tu club de fans—dice dejando de curiosear y dedicándome una mirada furiosa—. Pero si hablas en serio con lo de la basura, se bueno y fírmame un vale. Seguro que puedo venderlo por una buena suma.
Le dedico una mirada envenenada.
—Aún tengo que pensarme cómo voy a cobrarme esa— le digo muy serio mientras entro en mi cuarto y tomo el papel rosa neón con la invitación.
Bliss Allen me fastidió esta mañana durante horas hasta que finalmente acepté ir a su estúpida fiesta. Me pregunto qué cara irá a poner cuando entre a su mansión en Oxfort Street con Arah.
—Llévate un abrigo, regresaremos tar…— me quedo de piedra al salir porque veo que ya ella no está sola en medio de mi salón.
—Bueno, no me habías dicho que vivías con alguien— dice con un tono que parece mitad sorpresa y mitad diversión, a juego con la cara que, desde la puerta, Evaki me dedica a mí.
—No sabía que vendrías temprano hoy, Ev.
Una mezcla de emociones pasa por el rostro de Arah, demasiado rápido como para poder identificarlas todas, pero lo que más destaca es la confusión. No sé qué estará pensando, así que me adelanto y le digo:
—Deja que te presente antes de que nos marchemos: Evaki, Arah. Arah, esta es Evaki, mi mejor amiga.
Su cara es un poema. Ev, por su parte, no parece impresionada por mi presentación, se ha ganado ese título a pulso.
—No sabía que tenías la capacidad de ser amistoso. Pensé que todo el mundo era muy poca cosa para ti —replica Arah, con su usual agudeza.
Ev sonríe, burlona.
—Con el tiempo notarás que toda regla tiene una excepción. O dos.
—Mucho gusto— dice Arah acercándose y extendiendo una mano con los nudillos cubiertos de pecas. Sus brazos están ligeramente rosados por los tatuajes que aún no terminan de sanar y yo siento el extraño impulso de recorrer las marcas con el dedo para sentir si la piel se ha abultado ahí donde ahora la cubre la tinta.
Evaki extiende la mano y se la estrecha. La piel de Arah es mucho más blanca y su mano se ve diminuta, como la de una muñeca, junto a la suya.
—Eres… muy callada— dice Arah finalmente—. Supongo que por eso le caes bien a Rowan. Sin ofender.
Evaki asiente y le sonríe. Supongo que ella también está algo descolocada. Arah es la primera persona a la que dejo entrar en mi casa desde que tengo memoria.
—No creas. Estoy seguro de que si pudiera hablar se te uniría al club de las chicas que…
—¿Si pudiera… hablar?
—Ev es una avox— digo yo con un encogimiento de hombros.
—Oh…— ella no parece estar muy segura de cómo reaccionar—. Lo… lo siento.
Ev agita la cabeza y le dice algo en su lenguaje en señas.
Arah parpadea.
—Creo que quiere decir que… —empiezo a interpretar, pero en ese momento sucede algo extrañísimo: Arah levanta las manos y le responde, con una sonrisa agradecida en el rostro.
Muy pocas personas tienen la capacidad de sorprenderme. Arah lo ha hecho desde el primer día.
El rostro de Evaki se ilumina y ambas empiezan un rápido intercambio de señas del que, tengo el presentimiento, soy el tema principal. El hecho de que de vez en cuando volteen a verme y se rían no ayuda mucho.
—Bueno, suficiente de hablar de mí. Tenemos que irnos— digo fingiendo estar enfadado.
—¿Por qué tienes que ser tan egocéntrico? ¿Qué te hace pensar que hablábamos de ti?
—Porque estoy seguro de que soy el tema más interesante que ustedes dos tienen en común— respondo con calma—. ¿Ev, te importa si Arah toma una de tus chaquetas? Ya se hace tarde y estoy seguro de que si la dejo regresar a su casa encontrará una excusa para zafarse.
Ella rueda los ojos, pero entra a su habitación y regresa con una chaqueta de piel doblada sobre su brazo. Le dice algo en señas y Arah la observa con atención y una suave sonrisa aparece en su rostro. La dureza de sus rasgos desaparece y, por primera vez, parece casi vulnerable:
—No te preocupes. Me gusta que mis abrigos me queden sueltos. Gracias— replica Arah en voz alta.
Le dedico una mirada curiosa a Ev y la beso en la mejilla para despedirme.
—Seguramente regresaré tarde, así que no me esperes despierta.
Ella asiente.
—Descansa.
Una vez fuera, me pongo la chaqueta y cierro la cremallera. El otoño está a punto de terminar y afuera empieza a hacer frío. Cuando levanto la mirada, Arah me mira con curiosidad:
—¿Qué?
—Nada.
—¿Se te perdió algo en mi cara?
—Me has sorprendido, es todo.
—¿Por qué lo dices? —pregunto poniendo una mano entre sus omoplatos y empujándola suavemente para que empiece a caminar.
—Porque hasta ahora te tenía por un cínico incapaz de tener empatía. Supongo que todos nos equivocamos alguna vez.
Me río.
—No creas. Tu descripción ha dado en el clavo.
—No te creo— dice ella moviendo la cabeza, haciendo que sus ondas plateadas reboten contra sus mejillas.
—¿Por qué no? —le digo mientras presiono el botón para llamar al ascensor.
—Dos motivos— dice alzando los dedos índice y corazón. El ascensor se abre y nosotros entramos en él—. El primero lo vi en cuanto entré. A tu madre la reconocí sin problema, pero no sabía que tenías una hermana. Es bonita. Al menos en fotografía.
—¿Cómo sabes que era mi hermana?
—Porque tienen los mismos ojos. Y la misma sonrisa que se tuerce hacia un lado y forma hoyuelos— dice ella con simplicidad—. Te pareces más a tu madre que a tu padre. No entiendo cómo la gente se sorprendió con la noticia de que Drusilla es tu madre.
—Eso me han dicho— digo encogiendo los hombros—. En cuanto a Jess… ella siempre ha aprovechado más la estela de mamá. A mí nunca me permitieron meterme mucho en el mundo del espectáculo.
—¿Por qué no?
—Supongo que porque papá esperaba que siguiera su carrera política.
Ella hace un mohín y una pequeña uve se forma entre sus delicadas cejas.
—¿Qué?
—Nada.
—Algo te ha molestado— el ascensor se abre—. Puedes decírmelo o puedo averiguarlo solo.
Ella pone los ojos en blanco y deja que la guíe hacia la entrada del edificio, con sus altísimos tacones repiqueteando contra el suelo.
—No creo que lo descubras.
—Me estás subestimando y ya sabes lo que te pasa cuando me subestimas— le digo con una sonrisa.
Afuera, el auto se encuentra aparcado contra el bordillo. No es el auto oficial de papá sino un deportivo de color plateado. Una muestra más de que mi madre no me conoce en lo absoluto.
—Déjame pensar ¿regalo de cumpleaños?
—Aún faltan un par de meses para mi cumpleaños— replico burlón—. Regalo de admisión en realidad.
—Supongo que te pega— dice sin impresionarse.
—Entonces te sorprenderá darte cuenta de que no. Aprendí a conducir para ganar independencia, pero no lo disfruto particularmente— evito mencionar que en cuanto aprendí a hacerlo, los terrores empezaron a agregar autos en llamas y carrocería que partía cuerpos por la mitad a mis sueños.
Saco el sensor de apertura de mi bolsillo y lo presiono, haciendo que los faros parpadeen y las puertas se abran hacia arriba.
Ella parece sorprendida por el hecho de que yo espero a que se siente antes de cerrar su puerta y rodear el auto para subirme yo. Cuando cierro mi puerta, ella ya se ha puesto el cinturón de seguridad y mira pensativa hacia el frente.
—¿Todo bien?
Ella da un respingo.
—Supongo. Aún no sé porque has insistido en que te acompañe.
—Eres mi póliza de seguridad— digo con una sonrisa.
—¿Disculpa?
—Mi forma de garantizar que el ejército de idiotas se mantenga lejos. La mayoría no te soporta ¿sabes?
Ella se ríe.
—Lo he notado, sí. Tampoco es como que me importe mucho.
—Si me lo preguntas, cambiaría de lugar contigo en cualquier momento.
Ella se ríe.
—No creo que hayas experimentado lo que es pasar desapercibido ni una vez en tu vida.
—Gajes del oficio— le respondo con amargura—. Pero créeme, lo preferiría. La atención rara vez es buena. Y nunca viene de gratis.
—Suenas demasiado cansado para alguien que aún no cumple los dieciocho.
—Lo estoy— y supongo que hay algo en mi cara que la disuade de decir nada más.
Enciendo el auto y una suave aria empieza a sonar.
—Tu música es tan pretenciosa como tú.
—Me he criado escuchando este tipo de música. La encuentro relajante, Señorita Irrespetuosa.
—A todo esto ¿a dónde vamos, Señor Pretencioso?
—A Oxford Street.
—Oxford es un lugar bastante grande. No te cuesta nada ser más específico.
—A la mansión Allen— y coloco los seguros de las puertas antes de que haga algo estúpido como saltar del auto.
—Déjame pensar— dice ella arrugando su nariz diminuta—. ¿No se te ocurrió una mejor forma de fastidiar a Bliss?
Pongo el auto en movimiento. No hay muchos autos en el campus, así que salir resulta sencillo, la historia cambia cuando nos dirigimos a la autopista.
—La verdad no tuve que pensarlo mucho. Ya sé que te odia ¿para qué molestarme en ir más allá?
—Me siento halagada— dice ella con sarcasmo.
—A todo esto ¿por qué te odia?
Ella me mira con los ojos entrecerrados.
—No voy a responder esa pregunta para alimentar tu ego, Rowan.
—¿Mi ego?
—Resulta evidente que la muy idiota piensa que no ha podido cazar tu trasero por mi culpa, pero no tengo interés en sacarla de su error. Ni en ti y tu trasero, ya puestos en ello —agrega un segundo después, como si acabara de ocurrírsele.
—No conoces lo suficiente mi trasero — le digo con una sonrisa ladeada—. Ni a mí tampoco.
—Seguramente sé más de lo que te imaginas.
Frunzo los labios, pero compongo una sonrisa.
—A ver, Sabelotodo ¿qué sabes sobre mí?
Siento sus ojos verdes sobre mi rostro. Analizándome, midiéndome.
—Bueno, a diferencia tuya yo no me he molestado en utilizar mis numerosos contactos para espiarte — dice burlona—. Así que lo que tengo es una larga lista de observaciones.
—¿Larga?
Sus pecas se oscurecen por el rubor.
—Bueno, tal vez no tan larga.
Me río.
—Sé que adoras a tu madre. Y a tu hermana. Aunque también hay algo de resentimiento ahí. ¿Qué sucedió? ¿Ninguna de las dos es lo suficientemente lista para merecer tu aprecio?
Mis nudillos se tornan blancos cuando aprieto el volante con fuerza.
No se equivoca. Mi madre nunca pudo ver nada más allá de sí misma y en cuanto a Jess… A Jess siempre la envidié. Creo que una parte de mí, la parte más mezquina, siempre esperó que cuando alcanzara la misma edad que tenía yo, ella también empezaría a ser víctima de los terrores. Entonces ella también conocería el verdadero miedo. Supongo que una parte de mí siempre deseó estar un poco menos solo. Tener alguien con quien compartir un dolor que no se reflejaba en mi cuerpo sino en un nivel mucho más profundo.
Al menos hasta que llegó Ev. Creo que, de no haber sido por ella, habría sucumbido. Tal vez habría tomado por asalto los cajones en que mamá guardaba sus pastillas para dormir.
Habría sido una muerte irónica, creo.
—¿Rowan? ¡¿Rowan?! — la voz de Arah me llega desde muy lejos. Parpadeo y me doy cuenta de que me he pasado la salida de la autopista. Suelto una maldición por lo bajo—. ¿A dónde te has ido?
—¿Literal o figurativamente hablando?
Ella rueda los ojos.
—Tienes que conducir otros dos kilómetros y tomar el desvío— dice mientras sus delgados dedos golpean con suavidad la pantalla táctil del GPS—. Y no tienes que contarme nada, no me gusta estar indagando.
—¿Por qué crees que estoy resentido con mi familia? —pregunto con genuina curiosidad y ella me mira con sorpresa.
—Creo que en el fondo tu padre no te agrada mucho. Y tu madre y tu hermana… lo cierto es que no lo sé. Es como si te pusieras muy triste cuando hablas de ellas.
—No odio a mi padre. Al menos no de la misma forma en que tu odias a tu madre.
—¿Disculpa?
—Yo también puedo ser muy observador. He visto tu cara cuando te llama por teléfono. "EMMA". Pensé que yo era el único que tenía el contacto de sus padres bajo sus nombres.
—Esta es nuestra salida— dice ella mientras se gira hacia su ventana. Su rostro se ve muy pálido en el reflejo de los cristales tintados.
He tocado un nervio.
—Mi padre nunca fue cariñoso conmigo, no como lo era con Jess. Pero eso no significa que no lo quiera.
—Pero quería decidir tu futuro por ti— dice ella evitando deliberadamente el tema de su propia familia.
Mis labios se curvan en una media sonrisa.
—¿Estamos hablando de mi padre o de tu madre?
Ella me lanza una mirada furiosa.
—¿Me estás psicoanalizando?
—Podría hacerlo— digo mientras me detengo en un semáforo en rojo. Bajando la colina, puedo ver el destello de un millón de luces. Oxford Streetd en todo su esplendor—. Pero supongo que no quieres que lo haga. Puedo respetar eso. ¿No te parece un lugar vulgar?
—¿Oxford? —ella se encoje de hombros. No llega a mencionar que ese es su lugar de origen y yo no llego a decirle que lo sé.
—¿Cómo crees que será la casa de Allen? ¿Su familia tendrá un gusto tan ridículo como el suyo?
Ella se cruza de brazos.
—No te entiendo, Rowan.
La miro de soslayo.
—No esperaba que lo hicieras. A diferencia de la mayoría, soy una persona complicada. Supongo que tenemos eso en común.
Ella suelta una sonrisa seca.
—Supongo que en tu cabeza eso es un gran halago ¿no? Decir que nos parecemos, quiero decir.
—Créeme, tú no querrías parecerte a mí. Tú eres buena por dentro.
Hay sorpresa en sus ojos verdes.
—¿Por qué no? ¿Qué quieres decir con eso?
De pronto, me parece que podría haber revelado demasiado sobre mí mismo.
—Nada. Nada en lo absoluto.
—Eso me parece muy injusto. En cuanto te das cuenta de que estás dejando ver algo, te cierras en banda.
—No te gustaría llegar más profundo.
—Entonces ¿por qué no me dejas en paz? ¿Cuál es el punto de tenerte pegado a mí como una lapa si no quieres que te conozca?
La multitud de autos aparcados en una amplia calle me hace darme cuenta de que hemos llegado. Aparco en un espacio cerca de la esquina de una enorme mansión con un gusto más que cuestionable.
—¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—¿Cuál es el punto? ¿Qué gano con que seas tan insistente si ni siquiera voy a llegar a entenderte?
—Nadie puede entenderme.
—¡Claro! Porque eres así de especial. Un pobre niño incomprendido ¿no? ¡Pobre Rowan! ¡Qué difícil es para él acercarse a las personas! ¡Cuán duro es hacer amigos! ¿No?
—Nunca dije que fuera duro o difícil. La gente es fácil de entender y complacer. Solo es cuestión de saber qué es lo que quieren. Si dejas que lo prueben, tan solo un poco, sin llegar a darles todo, los tendrás en tus manos.
Ella se ríe, sus ojos verdes resplandeciendo con furia contenida mezclada con cierta vulnerabilidad bajo las brillantes luces que salen de las ventanas de la mansión de Bliss:
—¿Qué estoy haciendo aquí, Rowan?
—Ya te lo he dicho.
—Pero no me lo has dicho todo ¿no?
Sostengo su mirada sin pestañar. Me pregunto que tanto ha podido leer en mí. Si sabe que a pesar de que una parte de mi pensó automáticamente en ella en cuanto Bliss dijo que me sintiera en libertad de llevar a mis amigos, una parte también deseaba equilibrar el marcador por mi propia cuenta. Devolverle la pelota, aún y cuando haberla derrotado en la prueba era un buen comienzo.
—No voy a ser parte de una fachada estúpida. Ni siquiera somos amigos. Hasta hace un rato no tenía idea de que tenías la capacidad de tener amigos.
—Estás siendo absolutamente ridícula.
Ella cruza sus brazos tatuados y me observa con los ojos entrecerrados.
—¿Yo? ¿Yo estoy siendo ridícula? Literalmente no me diste ninguna opción más que venir a esta fiesta. Una fiesta en la que muy probablemente la gente que está invitada me odia porque soy tu ¿qué? ¿Obsesión? ¿Fijación?
La observo burlón. Al cabo de unos segundos, ella suelta un suspiro.
—Abre la puerta. Quiero bajarme.
—¿Por qué estás realmente tan enfada?
Ella voltea a verme, con sus ojos brillando furiosos.
—Que te quede algo claro, puede que esta noche hayamos venido juntos, pero no pienso quedarme contigo.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Esperar el autobús?
Ella se inclina hacia adelante y golpea con el puño el botón que desbloquea los seguros.
—Haré lo que siempre hago: lo necesario— masculla antes de abrir la puerta y empezar a taconear hacia la entrada de la mansión.
La sigo unos segundos después. Es tan pequeña que resulta demasiado sencillo darle alcance.
—¿Cuál es tu plan?
Ella da un respingo y voltea a verme molesta. La chaqueta de Ev es al menos dos tallas demasiado grande para su diminuta figura, de manera que sus maños son engullidas por las mangas.
—¿Realmente crees que soy tan estúpida, Rowan?
—¿Disculpa?
—Esto es una treta ¿no? Estás tomando impulso.
—¿Para qué? —le pregunto, a pesar de que ambos sabemos a qué se refiere.
—Venganza— dice con simplicidad antes de seguir caminando. Me sorprende el hecho de que a pesar de que ha caminado una distancia considerable a gran velocidad, ni siquiera parece faltarle el aliento—. He estado esperándolo durante días. "Yo nunca pierdo", eso fue lo que dijiste el día en que nos conocimos. Pero perdiste. Te gané.
Esta vez soy yo quien se ríe.
—Una batalla no es la guerra.
—Y nosotros estamos en guerra— es una afirmación, pero algo se cuela en su voz, algo que me llena de ansiedad pero que no consigo identificar—. Pues entonces que gane el mejor— murmura mientras sube los cuatro escalones y llega hasta la entrada. Hay un gorila en la puerta que supongo que le pide su entrada. Ella me señala con el pulgar, me dedica una mirada malévola y entra en la mansión.
Los oídos empiezan a zumbarme en cuanto la pierdo de vista. La música, tan cuestionable como la decoración, taladra mi cabeza.
Las luces de colores que salen por las ventanas de lo que supongo es el salón hieren mis ojos. No he dormido bien últimamente y la ausencia de Arah en nuestras clases me ha puesto más ansioso de la cuenta. No sé qué demonios me pasa con ella, pero ahora, lejos de ser un escape, es otro factor estresante.
La sangre late en mis oídos cuando subo los escalones, entrego nuestra invitación y entro en la mansión.
Resulta mil veces peor una vez que estoy dentro. La música retumba en el interior de la casa y la acústica hace que el sonido rebote una y otra y otra vez contra las paredes. Atacándome como olas.
En mi interior, pido no tener que encontrarme con Bliss aún. Al menos no mientras Arah no se vuelva razonable y coopere conmigo.
Empiezo a avanzar entre cuerpos sudorosos que se mueven al compás de la música. Veo a una chica con el cabello del color de las lavandas moviéndose sinuosa, como una serpiente. Hay dos chicas discutiendo cerca de una mesa cubierta de alcohol y drogas, con horrendas pelucas de color amarillo y azul.
Continúo caminando, el lugar es un torbellino de luz, color y sonido. Me pone enfermo.
Veo un destello de plata teñido de rojo por la luz. La sigo, zigzagueando entre cuerpos calientes y miradas lascivas cuando las chicas empiezan a reconocerme.
Alguien me llama por mi nombre, hago un gesto con la mano y continúo avanzando.
La pierdo de vista cuando entro a la siguiente habitación, donde hay una proyección gigante de la victoria de Azel. El más reciente Vencedor de los Juegos. Lo veo golpear la cabeza del otro finalista, el chico del Doce, con la ballesta que acaba de quitarle. La paliza parece durar horas en lugar de minutos. Otro vencedor que ha perdido la cabeza y ni siquiera ha sido por un plan de los vigilantes, Azel estaba desquiciado desde el principio. ¡Simplemente fantástico!
Un flash me deslumbra y cuando volteo a ver, ligeramente encandilado hacia su procedencia, una risa ronca me hace fruncir el ceño:
—Utilizaron el plano equivocado ¿no crees? Debieron enfocar el rostro de Azel en lugar de su nuca.
La voz me resulta familiar.
—BB— digo con un suspiro—. No sabía que estarías aquí.
—Vaya, vaya. ¿Debería sentirme halagada porque el gran señor Greyfox se acuerda de mí?
—¿Cómo no hacerlo? —digo echándole una mirada.
Blair Blazetic. La verdad no fue una gran sorpresa encontrarla en la Academia. Si alguien tenía méritos para una carrera como Vigilante, esa era ella.
Hoy tiene un look masculino, con pantalones de hombre negros y ajustados con múltiples cremalleras, una camiseta negra con cuello en V y un chaleco de color gris encima. Trae un enorme reloj de pulsera en su muñeca izquierda y sobre el pecho le cuelga una cámara fotográfica de aspecto profesional. Su cabello está recogido de manera que parece más corto de lo que es en realidad.
Parece un chico. Me pregunto si alguien que no la conociera notaría la diferencia.
Ella chasquea la lengua.
—Pues tomando en cuenta que es la primera vez que pareces darte cuenta de mi presencia en ¿seis años? Podría pensar que te llevaste un golpe en la cabeza y te olvidaste de todos ¿no? —a pesar de sus palabras, no resulta hostil. Blair Blazetic nunca ha tenido esa necesidad. Es tan aguda como una navaja y tan encantadora como una flor exótica. Y es, también, una de las tantas personas a las que saqué de mi vida antes de que pudieran enterarse de mi… condición.
Ella se acerca y me besa en ambas mejillas, una costumbre adquirida de nuestras madres y su profundo sentido de la teatralidad. La mía cantaba, la suya bailaba. Coincidimos en tantas fiestas y celebraciones en Venice que lo natural era que fuéramos amigos.
—Tú, por otra parte, eres incapaz de pasar desapercibido ¿no? El consentido de los profesores y el objeto del deseo de la mitad de la población femenina de la Academia— ella se ríe—. Me siento personalmente insultada por el hecho de que nadie parece creerme cuando digo que tu solías correr sin pantalones alrededor de mi piscina.
Ruedo los ojos.
—En mi defensa tenía cuatro años, Blair. Y tú solías robarme mi ropa ¿recuerdas? La mayor parte del tiempo corría alrededor de la piscina para recuperarla.
—Tu madre tenía buen gusto para las compras. Mi primer alijo de ropa masculina lo conseguí robándote.
—No es cierto. Estoy casi seguro de que tu armario tenía más prendas de chico que el mío.
Ella se ríe y mi mirada se desplaza por la habitación inconscientemente.
—Si estás buscando a tu chica Ranghild, está en la esquina, con Chase.
Mi mirada se desplaza
—A las tres en punto— agrega ella burlona.
Entonces la veo. Tiene la espalda apoyada contra la pared y se ríe de algo que acaba de decir su acompañante. Lo reconozco como uno de nuestros compañeros de Principios de Armamentismo, un idiota musculoso con el cincuenta por ciento de su cuerpo cubierto con tatuajes.
Ella levanta la barbilla y, por un momento, sus ojos se encuentran con los míos. Sonríe— me sonríe a mí—, y estira una mano, colocándola con delicadeza sobre el abultado bíceps del idiota.
Si buscara la definición de coqueteo, probablemente vendría ilustrado con una imagen de Arah ahora.
A lo lejos, escucho la voz de Bliss diciendo mi nombre con alegría.
La adrenalina se dispara en mi cuerpo, combinada por el enfado que siento. Estoy enojado con Bliss por haberme rogado que viniera, enojado con Arah por haberme dejado, por intentar probar que ella es mejor que yo; enojado conmigo por dejar que esto me afecte…
Ni siquiera soy consciente de estarme moviendo. En un momento estoy contemplando a Arah con la mandíbula apretada y al siguiente estoy girando sobre mí mismo. Mis manos encontrando el cuello de la chica con una familiaridad que me resulta casi ajena. Y entonces mis labios están sobre los suyos y escucho un grito sorprendido.
Es un beso lento, perezoso. Un beso aprendido, un beso fingido, de esos que das cuando sabes que eres el centro de atención. Un beso para la multitud, no para mí.
Ella no parece sorprenderse. Casi parece esperarlo. Sus manos sujetan mis hombros con suavidad, entregándose a la actuación y se ríe cuando me aparto.
—Luego me explicarás de que iba a eso— dice Blair en un susurro que solo yo puedo oír cuando separo mis labios de los suyos y nos apartamos, pero no es su rostro lo que veo.
A mi alrededor, todo es verde. Verde como el cabello de Bliss, que me mira boquiabierta, enfurecida, verde como los ojos de Arah, cuya expresión no consigo interpretar.
Algo en ella me hace sentir mal conmigo mismo, como si esta vez hubiera ido demasiado lejos. Pero de todas formas sonrío.
"Te gané".
Celebrando mi libertad, Rowan para el pueblo.
Muchas gracias a quienes leyeron. Aclaro que el personaje de Blair no es mío sino que pertenece a Camille, Freyja y Cassian para el reto de los Vigilantes del SYOT Amapolas para las luciérnagas. Espero que les haya gustado lo que hice con ella. Posiblemente la vean por ahí en algún capítulo del SYOT o de la Academia.
El Vencedor de los 26° Juegos del Hambre, Azel, es propiedad de Camille Carstairs.
Espero ansiosa sus impresiones sobre Rowan en este capi ¿cómo creen que vaya a reaccionar Arah?
Saludos, Elenear, Coraline y Hikari.
