Capítulo 11: Perdón y reconciliación

No supo en qué momento se había quedado dormida —o perdido la consciencia—, pero al despertar, se encontró sobre una cama en el despacho médico del hotel. Se quitó la cobija de encima y descubrió que la herida de su pie también había sido tratada y vendada, evitando cualquier posible infección o desangramiento. Sintiendo aún un poco de dolor, se tocó el tobillo con delicadeza, remembrando, automáticamente, todo lo acontecido en las montañas y en aquel lago.

Desesperación, incertidumbre y mucho miedo llegaron a su mente.

Si te sucediera algo, alguien estaría muy triste por ti...

Esa tonta de Kagome había jugado cruelmente con sus sentimientos, diciéndole aquello. ¿Acaso había esperado que por sus palabras ella se preocuparía menos? ¡Qué ilusa! ¿Cómo pudo siquiera imaginarlo? En cuanto la azabache desapareció de su vista, no dudó, ni por un instante, en arrastrarse como pudiera por el largo y difícil camino para pedir ayuda urgente. No fue sencillo y, seguramente, no lo habría logrado de no ser por aquel buen hombre en su motonieve.

Alivio, eso fue lo que sintió al ser llevada al interior del hotel. De hecho, todas sus turbaciones se desvanecieron cuando InuYasha la reconfortó en sus brazos, brindándole su calor y protección. Nunca se imaginó que él saldría corriendo a la simple mención de Kagome tras saberla en peligro. Aquel simple acto, fue más que suficiente para romperle, nuevamente, el corazón y hacerle entender que, su amor nunca más sería correspondido como antaño. Él, con o sin memoria, siempre le pertenecería a ella… a su rival. Esa mujer era mucho más importante para él y, sería ella por quién InuYasha se entristecería si algo le sucediera, por el sencillo hecho de ser la persona que reconocía su alma como su otra mitad, aun cuando fuese inconsciente de ello.

En el fondo, siempre lo había sabido, pero el corazón se había negado a escuchar la razón. Ahora, debería asumir las consecuencias. Al parecer, su destino la había condenado a vagar por el mundo como un triste cadáver, sin amor, y sin un rumbo fijo hasta el día en que lograra olvidar al hombre que la había cautivado.

—Kôga, ¿qué sucedió? ¿Los encontraron?

—No hay ni rastro de ellos. La ventisca se convirtió en una tormenta de nieve y no pudimos continuar. El equipo de búsqueda optó por una retirada hasta mañana temprano, cuando las condiciones climatológicas mejoraran.

Las voces de los amigos de Kagome se filtraron a través de las delgadas paredes desde la estancia a la habitación, llenándola de nerviosismo y angustia en un instante. ¿Había escuchado bien? ¿Ellos estaban perdidos? ¡¿Cómo era posible que todavía no los localizaran?! Había dos vidas en juego, eso en caso que InuYasha se reuniera con Kagome de manera instintiva, pues desconocía si él ya habría recobrado la memoria o no. Además, esos maleantes continuaban sueltos y… ¿qué pasaría si los atrapaban? ¡Tantas preguntas y ninguna respuesta!

—Entonces, ¿los dejarán allá fuera a su suerte? —Reconoció a Sango con tono de reproche y desespero—. En estos precisos momentos podrían estar en grave peligro y, con la tormenta... ¡Dios! ¡Tenemos que encontrarlos!

—No hay nada que podamos hacer... —dijo Kôga con impotencia—. ¡Maldición! Ni siquiera sabemos si InuYasha está con Kagome ahora o… si esos malditos la capturaron.

No había nada más deprimente que sólo escuchar, y no poder hablar; de ver todo a su alrededor, pero no poder expresar las emociones albergadas en su corazón; de percibir, tocar y sentir, pero no ser correspondida siquiera en un abrazo afectivo que la consolara.

Una solitaria lágrima de impotencia y profunda tristeza se escapó de uno de los ojos café de Kikyô, sintiéndose la mujer más infeliz del mundo. ¿Qué podía hacer?

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Una agradable calidez se extendió por todo su cuerpo, logrando infiltrarse hasta lo más profundo de su alma. Tan reconfortante y tan apacible. El penetrante frío que había amortiguado sus extremidades al punto de inmovilizarla, había desaparecido paulatinamente, devolviéndole el aliento de vida que creyó perdido. Dio un inhalo profundo, llenando sus pulmones con el oxígeno vital y sintió su corazón latir nuevamente con fuerza. De un momento a otro, su subconsciente dejó de formar parte de aquel mundo en que la realidad y la quimera se mezclan, para percibir el entorno que la rodeaba.

Creyó escuchar el casi constante golpeteo de algo muy cerca de ella, por lo que se esforzó en abrir sus ojos para averiguar el origen de aquel sonido. Lo primero que vio fue oscuridad. Parpadeó un par de veces para enfocar mejor su vista en el lugar de casi inexistente iluminación y alcanzó a distinguir una ventana en frente de ella, que crujía por la intensidad del fuerte viento que debía hacer afuera. ¿En dónde se encontraba?

Aturdida, movió sus pupilas de un lado al otro, tratando de reconocer alguna cosa y, fue entonces cuando percibió el aliento de alguien en su cuello, antes de siquiera intentar incorporarse. Los vellos de su nuca se erizaron al instante. Sintió escalofríos, por no mencionar el temor que comenzó a invadirla.

Hasta ese momento, no se había dado cuenta del brazo que se aferraba fuertemente a su cintura, además del cuerpo que se mantenía celosamente pegado a su espalda. Su corazón se agitó debido al nerviosismo. Y, de pronto, fue consciente de la exposición de su piel al frío cuando, en un ligero movimiento por quitarse cuidadosamente aquella masculina extremidad de encima, la prenda que cubría su hombro se resbaló. El pánico se apoderó de ella al saberse completamente desnuda y, por lo que podía sentir, ¡su desconocido captor también!

¡¿Qué estaba pasando?! ¿Cómo había llegado a este lugar? ¿Quién era la persona detrás de ella?

Los recuerdos de lo acontecido la asaltaron de lleno. Remembró su desesperada huida, el lago, la inesperada llegada de InuYasha, un arma apuntándole en la cabeza y… un dolor agonizante que terminó por hacerle perder la consciencia. ¡Dios, InuYasha! ¿Qué había pasado con él?

Se sintió morir de sólo imaginar que uno de esos asquerosos asesinos pudiera haberse salido con la suya, abusando de ella y deshaciéndose de su amado en el acto. Comenzó a temblar involuntariamente, al tiempo que sus ojos se humedecían. Su mente se turbó, siendo el deseo de despertar de esta maldita pesadilla y escapar, lo único que ocupaba su mente en esos instantes. De hecho, reuniría todas sus fuerzas para matar a…

—¿Kagome?

La respiración de la joven mujer se cortó ante el repentino reconocimiento de aquella nostálgica voz. Una lágrima se escapó de uno de sus ojos, humedeciendo su mejilla, mientras su consciencia se negaba a reaccionar todavía. ¿Lo habría imaginado?

—¿Inu…Yasha…? —susurró apenas audiblemente en un lapso de incredulidad, sólo para cerciorarse.

El hombre se abrazó más fuertemente a ella, enterrando su rostro en el cuello femenino. Lo escuchó suspirar con alivio, como si hubiese logrado despojarse de una gran carga que había estado aprisionando su pecho. No se trataba de un sueño; era real. ¡Era él!

—¡Has despertado! —profirió el hombre, reprimiendo un atormentado gemido. Sin duda, éstas habían sido las horas más angustiosas de toda su vida. No sabía cómo describir la alegría que sentía en estos momentos—. Estaba tan preocupado que… ¡pensé que te perdía! Nunca debí dejarte sola… Yo…

Conmocionada por las afligidas palabras a penas pronunciadas por el oji-dorado, la azabache aferró la masculina mano que posaba sobre su abdomen con la suya, dándole ánimos e indicándole que todo estaba bien. Sin romper el protector abrazo de InuYasha, Kagome se giró lentamente en su sitio para poder mirarlo de frente, continuando ambos acostados en el piso, entre toallas y viejas sábanas. Los dorados orbes del hombre refulgieron como dos faroles en medio de la oscuridad sobre ella, con inquietud.

La forma en que él la miraba… Las emociones que se reflejaban a través de sus pupilas, permitiéndole ver su alma expuesta y vulnerable… Una mirada que lo expresaba todo, sin necesidad de palabras, transmitiéndole una mezcla de sensaciones que no creyó volverlas a ver. ¿Podría ser…?

—InuYasha, ¿has… recordado? —preguntó ella, dudosa, pero esperanzada—. ¿Cuándo fue que tu…?

—Cuando supe que estabas en peligro, mis instintos me guiaron hacia ti… y cuando te vi con esos sujetos, simplemente, enloquecí —confesó el hombre con sinceridad—. Supongo que el golpe en la cabeza que me dio uno de esos malditos, ayudó a sacudir mis recuerdos —bromeó, queriendo darle un ligero toque de humor a la situación—. ¿Por qué? ¿Me extrañaste mucho?

—¡Tonto! Te tardaste… —reprochó la azabache, escondiendo su rostro en el firme pecho masculino, sintiendo como las lágrimas humedecían sus ojos nuevamente. Ese mal chiste no le había hecho ni la más mínima gracia—. Creí que ya no volverías más a mí…

InuYasha apretó ligeramente su mandíbula y frunció su entrecejo, imaginándose el sufrimiento que debió causarle todo este tiempo. El sollozo de la mujer le partía el corazón y el sólo recordar las veces que la había menospreciado y rechazado, le daba rabia consigo mismo. ¿Cómo había podido ser tan estúpido?

Sintiéndose un completo miserable, el oji-dorado la abrazó con fervor, apretándola fuertemente contra su cuerpo, queriendo brindarle protección y seguridad. Por un instante, se sintió inseguro de poder dañarla, pero el deseo de estrecharla, sólo para asegurarle de que estaba allí con ella y no se alejaría, fue inevitable. Además, la hipotermia parecía haber desaparecido del organismo femenino y su temperatura se había restablecido. ¡Oh, y cómo le había costado abrigarla y mantenerla caliente!

—Kagome… lo siento tanto —expuso apesadumbrado, sintiendo aquel doliente nudo en su garganta por el remordimiento—. Yo nunca quise… Jamás me perdonaré por todo el daño que te he hecho —se lamentó, reprochándose a sí mismo por el gran error que había cometido tras el accidente—. ¡¿Cómo pude olvidarte?! Tu, que eres lo más valioso que tengo…

La respuesta, ciertamente, la llenó de regocijo. No sabía cómo ni en qué instante se había dado este milagro pero, finalmente, había ocurrido y de la manera más inesperada. Estuvo luchando por tanto tiempo para recuperarlo, sin obtener el más mínimo resultado y, ahora, de la nada, él había recobrado sus memorias perdidas. Por supuesto que, el ajetreo, la desesperación, el susto por aquellos asesinos y las violentas situaciones, debieron ayudar para que aquel bloqueo en su cerebro se desvaneciera. Por algo decían que no había mal que por bien no viniera.

Es increíble como el cuerpo humano termina reaccionando ante momentos desesperados como mecanismo de defensa, tanto para borrar algún recuerdo, como para recuperarlo en un abrir y cerrar de ojos.

—Me hiciste tanta falta —musitó ella, buscando los dorados ojos de su amado para perderse en su candor.

Ambos se miraron por unos breves segundos, perdiéndose en las ventanas de sus almas abiertas y transparentes, llenos de nostalgia. Y, sin detenerse a pensar en nada más, unieron sus labios en un añorado y tierno beso que representó el sello de una nueva promesa de amor, el bálsamo del perdón y la restauración de su interrumpida relación. El simple contacto los estremeció, alterando cada fibra de sus cuerpos como dos adolescentes que compartían el primer roce íntimo de sus bocas. Sin embargo, la dulce y casta caricia no duró demasiado, al percibir la azabache una temperatura fuera de lo normal en las mejillas del hombre.

—InuYasha, ¡tienes fiebre! —dijo alarmada, separándose de él lo suficiente para mirarlo al rostro, apartarle un poco el flequillo y tocarle con preocupación la frente.

—No es nada, no te preocupes —trató de tranquilizarla él, bastante calmado—. Debe ser por el chapuzón de agua fría que me di antes de llegar aquí —bromeó, regalándole una sonrisa.

Considerando por todo lo que había pasado desde el rescate de su amada novia, esta pequeña elevación en su temperatura corporal no era más que un leve resfrío por exhibir su torso desnudo a climas invernales. Con algo de descanso y, tal vez, un analgésico, estaría como nuevo.

—¿Te metiste al lago… para salvarme? —titubeó Kagome, impresionada—. ¡Pero qué locura; pudiste haber muerto!

—Era eso o suicidarme tras asimilar tu muerte —respondió con tono serio y pensativo, borrando su previa sonrisa. El sólo recordar que había estado a punto de perderla para siempre, lo torturaba—. Además, tu pusiste en riesgo tu vida primero al romper la capa de hielo —le recordó con reproche.

—InuYasha… —no supo qué decir ni cómo contradecirlo; después de todo, él tenía razón. ¿Quién diría que ambos serían capaces de dar su vida por el otro sin medir las consecuencias? Sólo su amor lo hacía posible—. Tenemos que bajarte esa fiebre —indicó rápidamente, buscando cambiar el tema.

Casi por instinto, Kagome trato de ponerse de pie para buscar su abrigo; estaba segura de tener un par de aspirinas en alguno de sus bolsillos. No obstante, InuYasha se lo impidió, sujetándola casi por reflejo del brazo y reteniéndola en su lugar para evitar que se levantara.

—Te enfriarás. ¿Sabes lo mucho que me costó devolverle el calor a tu cuerpo? —la regañó el hombre y sólo entonces, la azabache fue nuevamente consciente de su desnudez. ¿Cómo había podido olvidarse de ese pequeño detalle? Cual tomate, sus mejillas se enrojecieron furiosamente de la vergüenza—. Perdona si no encontré otra forma para mantenerte con vida —rió InuYasha, desviando sus dorados ojos a los pechos de Kagome con cierta picardía.

—¡Oye!

¿Cómo no divertirse con los pequeños pucheros y los tímidos sonrojos de esa bella mujer, y deleitarse con las proporcionadas curvas que le ofrecía su femenino cuerpo? Una vista difícilmente resistible para cualquier hombre y, aún así, sólo ahora que ella estaba recuperada y despierta, era cuando él se daba el lujo de observarla de esa manera. ¿Fiebre? Sí, tenía un poco, pero en estos momentos sentía que ya no era causa de una reacción defensiva de su organismo ante la posible presencia de agentes endémicos, causados por el frío.

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había tenido la oportunidad de estar de este modo junto a la mujer que tanto amaba? Completamente solos y desnudos…

—Eres hermosa —susurró InuYasha con voz ronca, aturdiendo a la sonrojada mujer.

Acariciando tentadoramente el largo del brazo femenino, llegó a la pequeña mano y la tomó entre la suya, levantándola a la altura de su rostro para besarla con devoción. Con su otra extremidad libre, buscó el colgante de significado especial sobre su pecho y lo aferró en su puño por unos instantes. Miró a la azabache profundamente a los ojos y, de un tirón, soltó la cadena de plata de su cuello y le enseñó la palma con el objeto sobre ella.

—El anillo... —musitó Kagome sin palabras al reconocerlo pese a la penumbra del cuartito, olvidándose nuevamente de su condición. No podía creer que él lo conservara aun sin conocer su origen o su significado en ese momento.

—Te pertenece, mi amor —indicó el joven Taishô—; claro, si es que aún me aceptas y me permites cumplir la promesa que una vez te hice… —hizo una pequeña pausa, al tiempo que deslizaba el anillo con diamante sobre el delgado dedo anular de la joven—, la promesa de protegerte, amarte y hacerte feliz hasta el fin de mis días.

Pequeñas lágrimas se formaron en los ojos chocolates de la mujer y en un movimiento arrebatado, besó efusivamente a su prometido con infinito amor. ¿Cómo no iba a aceptarlo? Él era su razón de ser y ahora, estaban juntos otra vez, sin importar nada más.

Los instintos de InuYasha lo guiaron con anhelo y ella se dejó llevar por el calor que le ofrecía el masculino cuerpo, sin oponer la más mínima resistencia. Todo malestar quedó atrás; las preocupaciones abandonaron sus mentes, transportándolos a un lugar celestial en el que sólo importaban ellos dos. Sus bocas juguetearon sedientas entre gemidos, cargadas de pasión, añoranza y profundo amor. Sus manos recorrieron afanosamente la piel desnuda del otro, palpando y reconociendo cada perfecta curvatura, rozándose y otorgándose placer en cada minúsculo movimiento de sus cuerpos. Un contacto tan íntimo que iba más allá de una muestra de amor física; era la fusión de dos almas necesitadas y enamoradas que despertaban la naturaleza verdadera de un solo ser por medio de sus ardientes caricias.

—Te amo…

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Con el cesar de la furiosa tormenta de nieve, los primeros rayos del sol se dejaron ver entre las blancas y perfectas montañas de Furano, indicando el nuevo y resplandeciente amanecer de un nuevo día. Algunas aves de la localidad alegraron con su melódico canto aquellos nevados paisajes, agradeciendo al creador el fin de una tempestad.

En cuanto los signos de peligro se extinguieron y el cielo se despejó, el equipo de rescatistas y las respectivas autoridades retomaron su exhaustiva búsqueda por la joven pareja perdida y un par de reconocidos asesinos sueltos. Kôga y Miroku los acompañaron sin dudarlo, dividiéndose, conjuntamente con ellos, en dos equipos para realizar una búsqueda más amplia y rápida. La espera durante las horas de inactividad habían sido angustiosas, desesperantes y, definitivamente, de gran impotencia. El sólo imaginar que algo realmente muy malo les pudo haber pasado a sus amigos durante la larga y, perceptivamente, interminable noche, los llenaba de preocupación extrema. El temor de, posiblemente, sólo encontrar sus cuerpos inertes y sepultados bajo la nieve, era un pensamiento que los torturaba y, aún así, no del todo descartable.

La espesa capa de nieve dificultó la búsqueda en todos los aspectos. Si alguna vez hubo huellas, éstas desaparecieron sin dejar el más mínimo rastro. ¿Cómo encontrar a alguien bajo estas condiciones? ¡Esto era frustrante! En más de tres horas, no habían encontrado nada; ni siquiera un mísero cabello que les indicara que alguno había estado allí.

Kôga estaba al borde de un colapso. Y, de pronto, al dar un nuevo paso al frente, sintió un leve crujir bajo su pie. Con curiosidad, se agachó y escarbó un poco entre la nieve suelta, encontrando un celular de color rosado con un colgante en forma de perla. Estaba por demás decir que lo había reconocido al instante.

—Esto... es de Kagome... —balbuceó, consternado y, ciertamente, intranquilo.

—Señor, tiene que ver esto —indicó un miembro del equipo de rescate, de repente.

El moreno se apresuró a ver lo que fuera que hubiere llamado la atención del hombre y lo siguió sin hacer preguntas. Un mal presentimiento lo invadió a medida que trepaba por el empinado sendero. Al llegar a la plana superficie, sus ojos se ensancharon con admiración por el espléndido paisaje que tenía delante de sus ojos. ¿No era éste el sitio que había descrito Kikyô? Pero, sus facciones cambiaron prontamente, reflejando horror. Sintió sus extremidades temblar al divisar el desastre en aquel hermoso lugar.

—El lago está...

Sintiendo su corazón latir con fuerza, observó varios bloques de hielo levantados y sobresalientes de lo que debería ser una superficie plana y lisa. ¡Esto no podía ser! ¿Alguien había caído dentro? Los indicios de un resquebrajamiento abrupto del congelado lago, sin duda, estaban allí, aumentando la preocupación y miedo del oji-celestre. Aun si quisiera sumergirse en el agua para comprobar su teoría, nadie lograría sobrevivir con sólo el intento. Además, aquellas partes que deberían mostrar agua, ya habían formado una delgada capa de cristal debido al intenso frío que había hecho anoche. En poco, esas grietas y ranuras se volverían a congelar completamente. ¿Qué podía hacer?

Con manos temblorosas, Kôga sacó su celular y marcó presurosamente el número de Miroku. Antes de sacar cualquier conjetura, necesitaba averiguar si su amigo había tenido mejor suerte durante la búsqueda. A lo mejor los había encontrado…

Lo sentimos, usted se encuentra fuera del área de cobertura.

El inesperado mensaje de la grabadora sorprendió al hombre. ¡Grandioso! ¿Cómo era posible que el área no tuviese señal? ¡Malditas operadoras telefónicas! Ahora, ¿cómo salir de dudas? Sencillo, tendría que esperar a reunirse de nuevo con Miroku y los demás para intercambiar datos.

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Sumamente concentrado, analizó, por reiterada vez, el pedazo de papel que mostraba impreso toda el área al que tenían acceso. Un mapa que le había otorgado el dueño del hotel para que pudiera guiarse, sin problemas, durante la exploración. Inclusive, había marcado con un marcador de color rojo las partes ya revisadas. También señaló el punto exacto en que habían encontrado la motonieve que se llevó InuYasha para una mejor referencia, pero desde allí, no habían tenido mucha suerte. De los hermanos Relámpago, tampoco había habido mayores señales, por lo que no podían saber a ciencia cierta la gravedad del peligro en el que estarían sus amigos.

—Veamos... el lago está aquí y de acuerdo a la señorita Kikyô, ellas se separaron por acá... Si InuYasha llegó allí, entonces, posiblemente, se encontró con la señorita Kagome por allá —Miroku realmente estaba haciendo trabajar su cerebro—. Si fuera perseguido y una tormenta de nieve me alcanzara, lo primero que haría... sería buscar un refugio... —el oji-azul giró el mapa en sus manos y al no ver lo que buscaba, optó por preguntar a alguno de sus acompañantes—: Disculpen, ¿saben si hay alguna cueva o algún lugar para refugiarse por aquí cerca?

El pequeño grupo se volteó a él; luego intercambiaron sus miradas para consultarse, silenciosamente, entre ellos, finalmente, negando con sus cabezas. Sólo un hombre pareció recordar algo y tomó la palabra:

—Existe un lugar a menos de un kilómetro de aquí... —indicó—. Una pequeña cabaña que solemos utilizar como bodega auxiliar para guardar cosas perdidas de los visitantes y, a veces, objetos desechables del hotel... si alguien decidió guarecerse en ese lugar, no creo que la pasara muy bien anoche, pues la casucha a penas da la posibilidad de un techo.

—Pues nada perdemos con ir a verificar —dijo Miroku, albergando todas sus esperanzas de encontrar a alguno de sus amigos en ese lugar.

Sin mayores discusiones, todos se pusieron en marcha, examinando el área a su alrededor mientras avanzaban. Después de media hora de dificultosa caminata, lograron divisar lo que parecía ser una pequeña casita, parcialmente enterrada entre la espesa nieve. Todo se veía bastante calmado y, posiblemente, el interior estaría vacío, pero para un prófugo de la justicia, cualquier escondite podía ser válido para ocultar su pellejo.

Miroku estuvo a punto de gritar los nombres de sus amigos para ver si obtenía alguna respuesta, pero el equipo policial lo acalló de inmediato, tomando el control de la situación por cuestiones de seguridad. Con diligencia, varios hombres se encargaron de liberar calladamente la entrada, preparándose de inmediato para una sorpresiva intromisión. Todos sacaron sus armas y con una silenciosa señal de sus cabezas, patearon la frágil puerta con fuerza para ingresar.

—¡Arriba las manos! —Gritó uno de los agentes antes de parpadear con absoluta estupefacción para, finalmente, bajar su pistola, atónito y sin habla—. Eh…

—¿Qué ocurre? —inquirió Miroku, curioso, y el hombre sólo pudo señalar con su dedo al frente.

Los demás compañeros agentes, algunos del equipo rescatista y el oji-azul, asomaron sus cabezas por la entrada para ver lo que pasaba, llevándose, igualmente, una gran sorpresa. De entre un bulto de sábanas y trapos viejos, una adormilada pareja se dejó entrever, despreocupadamente. No había delincuentes, tampoco heridos ni secuestrados… solo ellos dos.

InuYasha se incorporó de medio cuerpo y entreabrió sus ojos, ciertamente, molestado por la abrupta intromisión de luz que le había dado directo en el rostro, más que por los inesperados visitantes. Kagome se sentó en su puesto también, sin comprender lo que ocurría, y se frotó somnolientamente sus ojos con una mano.

—¿Por qué tanto escándalo? —balbuceó, sin percatarse que, con su natural movimiento, su torso había quedado completamente al descubierto ante la presencia de ocho furiosamente sonrojados y paralizados hombres (menos uno, claro estaba).

—Dichosos los ojos que la ven, señorita Kagome. Luce radiante esta mañana —se atrevió a hablar un desvergonzado Miroku, delineando, sin recato, los bien formados pechos femeninos que se mostraban majestuosos ante él. Luego reparó en el hombre que estaba a su lado—. Oh, InuYasha, ¿así que también estás aquí? Me alegro de que los dos estén bien.

InuYasha parpadeó confundido ante tal comentario sin saber cómo reaccionar. Al parecer, aún continuaba dormido, y su cerebro no terminaba de procesar la actual e incómoda situación. Cualquiera en su lugar se sentiría extremadamente avergonzado o, por lo menos, se habría alterado. Era un típico "lapsus brutus" que lo tenía con cara de tonto indefenso. Lo único que logró hacer, fue voltearse hacia la mujer a su lado y, fue hasta entonces que algo en su cabeza hizo clic, obligándolo a abrir sus ojos como enormes platos.

Kagome, por su lado, terminó de despertar y cual cachorrito perdido en medio de gente desconocida, los miró a todos con un gran signo de interrogación saliendo de su cabeza. Dadas las incómodas miradas de todos esos hombres sobre ella, frunció levemente una ceja y ladeó su rostro hacia InuYasha, encontrándose con los dorados ojos perdidos en cierta parte de su anatomía. Con curiosidad, descendió la vista al mismo lugar y…

—¡AAAAAAHHHHHHHHH!

El despavorido grito de la azabache fue más que suficiente para sacudir a un abstraído InuYasha y activar su lado protector en un parpadeo. La pequeña cabaña se estremeció ante el despertar de la bestia celosa y posesiva, obligando a todos los presentes a salir corriendo entre tropezones y montoneras con tal de resguardar sus vidas de una posible paliza y objetos voladores. Y, es que, no había nada más atemorizante que un hombre defendiendo lo que era suyo de buitres fisgones, más aún cuando se trataba de una mujer con la cual había compartido la cama (o el piso, daba lo mismo). Todos lo habían entendido, menos uno.

—Veo que supieron sobrellevar muy bien el terrible frío de anoche; apuesto que con tanto calor ni lo sintieron —insinuó Miroku con picardía y completamente sonriente, después de analizar mejor la presente situación—. Ya te habías tardado, amigo mío, te felicito por volver y recuperar la mem…

—¡LARGO DE AQUÍ!

Sí, InuYasha Taishô había recuperado felizmente la memoria, recordando, sobre todo, a su adorada e irremplazable prometida Kagome. De eso no había la menor duda y el inescrupuloso de Miroku lo confirmó tras recibir el golpe de un leño volador en su cabeza, ante el ataque de su amigo por proteger celosamente la integridad de SU mujer.

Continuará…

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N/A: ¡Hola a todos!

¿Cómo han estado? Apuesto que a full entre estudios, proyectos y trabajo :P. Bueno, en mi caso, únicamente, las dos últimas opciones xD. Han sido semanas realmente pesadas y, al parecer, aún no terminan. Pero, que todo sea para bien n_n.

Sé que algunas me querrán apedrear por cortarles la escena hot, pero dada la clasificación "T" del fic, se la dejo a su entera imaginación xD. Ya les compensaré en algún One Shot que tengo planeado a futuro :P. Por lo pronto, espero que hayan disfrutado de la lectura y no los haya decepcionado en nada. Si todo sale bien, creo que el próximo capítulo ya sería el último, así que estense atentos para lo que pueda venir. Hoy estuvo bastante calmado, considerando que no me alcanzó la escena que quise poner acá… En fin.

Antes de despedirme, quiero agradecerles a todos por su paciencia y por su incondicional apoyo. Como siempre, sus reviews me alegran la vida, además de entusiasmarme a seguir escribiendo para ustedes: Faby Sama, Ahome23, Kiba-sanDval-Taisho, Lis, lindakagome, Fireeflower, haru10, Marlene Vasquez, Raven Sakura, Sele de la Luna, kira-taisho-128, Megami No Gaka-C, nanami kiss, sharied love, koneko taisho, niko pince, lokis cardenalin, akari-mamoru2904, MONICA V, Kira Sakura y kariina.

Gracias también a todas esas personas que me agregaron a sus alertas y favoritos. Recuerden que no muerdo, así que no duden en dejarme sus comentarios ;).

¡Hasta la próxima!

Con cariño,

Peach n_n