¡Continuamos! Siento que tenga tanto párrafo.


12-. Familia.

.

.

Sí algo tenía esa palabra es que a veces era demasiado puñetera cuando abarcaba a tanta gente en una cosa de tan solo unas cuantas sílabas, vocales y consonantes juntas. Y especialmente, lo fácil para distorsionar el significado.

Porque él tenía una familia. Muy importante.

Su mujer, Sakuno Echizen, anteriormente Ryuzaki. La amaba por encima de todas las cosas y muchas veces sopesaba que no se la merecía, porque más de una vez había cometido un error u otro que su mujer olvidaba o perdonaba. Aunque dudaba que las mujeres tuvieran la capacidad de olvidar cuando les hacían daño, Sakuno simplemente fingía que así era. Sí. Tenía una suerte de caballo.

Después, llegaban los gemelos. Esos pequeños y traviesos niños que adoraba con locura. Un niño y una niña. Kotarou y Sayuri. La chica idéntica a él y el niño idéntico a su madre. De carácter. Lo demás era un poco de cada progenitor. También los amaba con locura. Aunque dieron ciertos problemas en el vientre de su madre y al salir. Aunque le dejaran siempre, ocasionalmente y como aquel que dice, sin querer, sus juguetes por medio para que los pisara y fuera el acto más doloroso del mundo.

También estaba su mascota. Karupin había fallecido hacía ya bastante y con su dolor, Sakuno temió que entrara en depresión y trajo un nuevo integrante al que llamaron Kuro. El gato era negro totalmente, exceptuando sus ojos. Sakuno solía decir que le recordaba a él por el tono de sus ojos. A Ryoma le recordaba a un bicho, porque el felino, aunque había sido para él, le atrapó una tirria insostenible hacia él desde que nacieran los mocosos. Cada vez que podía, le daba un bocado. El último fue en el culo mientras acostaba a Sayuri.

Persiguió al gato por toda la casa hasta que Sakuno les dio a ambos con la escoba y los castigo cara a la pared. El dichoso gato se escabulló con arrumacos. A él no le dejaron ni dar un beso.

Luego estaban su padre y madre, que vivían en su casa y generalmente, desde que él se casó, vivían a la sopa boba. Viajando de un lado a otro y disfrutando de su jubilación. Nanako hacia años que también se había casado y Ryoga era un caso perdido que buscaba el amor eterno desde que conoció a Sakuno. Ryoma dudaba que lo encontrara si seguía pensando en su mujer como prototipo.

Luego estaba la parte de la familia de su mujer.

Conocía a la abuela de esta desde que eran pequeños. La mujer había fallecido un año atrás. Sakuno tuvo una buena depresión que cubrió gracias al amor de sus hijos y su apoyo, pero todavía podía escucharla algunas noches llorar en el baño o mientras prepara algo de comida que ella le enseñara. Ryoma le prometió ganar todos los partidos que pudiera en su nombre. Al fin y al cabo, ella fue su entrenadora.

Recordaba haber regresado de América tiempo atrás, antes que falleciera y los gemelos nacieran para verla en el hospital. Sakuno le había dado a ella antes que a nadie la noticia de que estaba embarazada. Luego la mujer no cesó de burlarse de él, pero se lo consintió de algún modo. Al menos pudo ver a sus bisnietos antes de morir.

Luego estaba el padre de Sakuno. Lo conoció tiempo atrás, cuando fueron a la fiesta de fin de curso. No pareció caerle demasiado bien. Pero al menos, el paso del tiempo se convirtió en cervezas, partidos de tenis y todas esas cosas que los hombres hacían para tener un buen trato con más facilidad que las mujeres. Era un buen hombre.

Eso sí, nunca podía estar junto a su padre por más de una hora o terminaban discutiendo. Especialmente, desde que los gemelos buscaban una palabra para decir. Todos querían que los niños dijeran papá, mamá, abuelo… lo que fuera que distinguiera a un miembro de la familia. Ellos fueron caprichosos y sus primeras palabras fueron comida, — aunque en realidad sonó algo como "mida" —, y chuche, — que sonó más bien como "uche" —.

Y luego… bueno, estaba la madre de Sakuno.

Con ella tuvo un cambio tremendo.

Muchas veces había escuchado a casados quejarse de su suegra. Que si era una pelmaza. Que si se las mañaba para interrumpir. Que si lo hacía aposta. Que si le odiaba. Etc. De suposiciones. Él se había encogido de hombros y nunca pensó de ese modo.

Hasta entonces…

Fue un día que regresó de un partido y Sakuno estaba histérica. Los niños estaban rebeldes a más no poder. Kuro no cesaba de morder todo lo que pillaba y colgarse de su falda favorita, rasgándola de tal modo que no tuvo cura. La cocina era un desastre y la casa olía a comida quemada.

La encontró sentada en el sofá, llorando a mares mientras mordisqueaba un pañuelo de tela entre los dientes. Al verle, le gritó porque sí y subió corriendo hacia su dormitorio para encerrarse.

Ryoma apenas había dejado el petate para ir a buscarla, cuando se encontró con su suegra en la puerta de la cocina, con Sayuri sujeta en su brazo y le miraba acusadoramente.

—¿Por qué siempre el marido cree que la mujer tiene que hacer todo?

Ryoma la había mirado perplejo.

—¿Qué?

—Deberías de ayudar a tu mujer en vez de estar todo el día jugando. Ella también necesita jugar.

Y le dio la espalda para meterse en la cocina.

Desde entonces, su suegra le odiaba. Quizás fuera como algo lógico. ¿Qué madre querría que su hija sufriera? Ninguna. O al menos, ninguna con cerebro. Ryoma entendía eso. Pero él no estaba jugando por jugar. Él ganaba dinero gracias a esos juegos. Gracias a sus horas de entrenamiento y a su perfecto tenis era capaz de poner un plato en la mesa de su mujer cada día y darle esa enorme casa. De criar a sus hijos en condiciones y llevarla de viaje a donde quisiera. Es más, esas vacaciones pensaban ir a Disney.

Pero también había comprendido a Sakuno, como esta aceptó que en realidad no era culpa de él. Que tenía un mal día y lo había pagado con su persona en vez de explicarle y dejar que la ayudara.

La madre de Sakuno se había llevado a los niños y Ryoma se llevó a Sakuno fuera de la casa, para disfrutar de una cena relajante y de vistas al mar.

Al día siguiente, Sakuno era un todo terremoto de nuevo en marcha. Pero su suegra seguía odiándole con todas sus fuerzas.

Así que básicamente, las cosas se volvieron una mierda con ella. Cada vez que tenía oportunidad le echaba en cara que no cuidaba a su hija o que la hacía llorar. Hasta ponía en duda su virilidad. Sakuno había insistido en que no querían tener más hijos, pero su madre continuaba diciendo que era culpa de él por agarrado.

Ryoma decidió ignorarla rotundamente.

Pero sí, ella también, por desgracia o no, formaba parte de su familia.

Y, en sí, no podía despreciarla. Por muy horrorosa que fuera, comprendía sus razones. Por muy cruel que fuera su boca o sus gestos o que él fingiera que no la veía echarle mostaza picante en el té, esa mujer, era la única mujer en el mundo capaz de haber creado lo que él más amaba.

Sakuno. El pilar de su familia.


¡Nos vemos en el próximo!