David permaneció así, mirando el sickle falso, durante, por lo menos, un minuto. Ignoraba totalmente la escena que estaba siendo protagonizada por su profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras y la reportera más insoportable que la comunidad mágica haya tenido el desagrado de conocer. La palabra "Mentiroso" se iba desvaneciendo poco a poco de la superficie de aquella moneda que hacía las veces de detector de mentiras, pero David no podía evitar que ese conjunto de sílabas se mantuviera latente en su memoria. Algo estaba claro: Adelbert acababa de mentir. No importaba cuánto David hubiera odiado en el pasado a Rita Skeeter; ahora no podía hacer otra cosa que estarle agradecido, pues acababa de hacer que Adelbert se enojara tanto que todo intento por ocultar su mente había sido, seguramente, anulado. Y es que el enojo se notaba en el semblante del profesor, que parecía estar a punto de estallar.
― ¡Le ordeno que se retire de mi clase! -bramó Adelbert, al tiempo que la puerta del salón se abría con brusquedad.
La directora McGonagall acababa de entrar airosamente al aula, exasperada.
― ¡¿Qué diablos es ese grite...!? ¡Usted! -gritó, señalando con la temblorosa mano a la periodista de El Profeta.
Rita Skeeter no tardó ni un momento en decidirse. De todas formas, ya había conseguido lo que quería. Con una gran habilidad -que, sin lugar a dudas, era fruto de otras situaciones como ésa- tomó a su compañero del brazo y ambos se escabulleron antes de que alguien pudiese atinar a atraparlos.
― No podrán escapar si usted lo impide -sugirió amablemente Adelbert, que intentaba con todas sus fuerzas retomar la calma.
― ¡Bah! -se quejó McGonagall, al verlos corretear por los pasillos-. No vale la pena gastarse por ellos. Viven de la mentira, no debería molestarnos. Disculpe, profesor. Lo dejo seguir con la clase.
Ni bien dijo esto, la directora hizo una leve reverencia y se retiró del salón.
Adelbert, extenuado, se dirigió hacia su escritorio a paso lento. Ni bien lo alcanzó, apoyó las manos sobre él, palmas hacia abajo. Su respiración era demasiado irregular. Cerró los ojos con fuerza, como si le estuviesen clavando un puñal en la boca del estómago. Cuando pudo volver a la normalidad, los abrió lentamente, y giró para quedar de frente a la clase.
― Me tendrán que disculpar, pero esta clase deberá terminar ahora mismo. Lo lamento. Pueden irse... -hizo una pausa-. No quiero preguntas.
Los alumnos comenzaron a desfilar hacia la puerta; la mayoría de ellos, contentos por aquella decisión. David fue quien más tardó en marcharse. Tenía mil y una dudas sobrevolando su cabeza, por lo que sintió el impulso de acercarse al profesor, que estaba acomodando algunas cosas para poder marcharse lo antes posible. Pero su última consigna había sido clara. Y no sólo eso, sino que David tenía la seguridad de que había sido dirigida exclusivamente hacia él.
― ¡Increíble! ¡Qué útiles esas monedas! -dijo Charlie por tercera vez-. Entonces, eso quiere decir que sabemos la verdad sobre Adelbert gracias a esa Skeeter.
― No del todo -observó Silvia-. Por lo que contaste, David, no le hiciste ninguna pregunta sobre tu bisabuelo cuando hablaste con él.
― Bueno... -balbuceó David-. Es verdad, no lo hice.
― Por eso, quizá Adelbert ni siquiera se haya empeñado en ocultar la verdad la última vez. Aunque es cierto, y eso no lo podemos negar, que su estado de ánimo cuando Skeeter mencionó lo de aquella foto cambió radicalmente, y eso puede haber ayudado a que su protección mágica, si es que existía, se debilitara.
― ¿Creen que sea verdad lo de la foto? -preguntó Frank-. Digo, es una evidencia muy clara, ¿no?
― Yo creo que sí, teniendo en cuenta la forma en que se comportó cuando McGonagall se fue -dijo David.
― ¿Hay alguna forma de comprobarlo? -preguntó Frederic. Sus amigos lo habían puesto al tanto de lo ocurrido.
― Obviamente, revisando sus cosas, algo nada recomendable -contestó Silvia.
― ¡Eso es! -exclamó David.
― ¿No lo dices en serio, verdad? -inquirió Charlie. Hasta él, el mejor amigo de David, parecía aterrado ante esa posibilidad.
― Piénsenlo bien... Adelbert no parecía sentirse muy bien. ¿Por qué no se quedó en el salón, como lo hace siempre? Yo creo que fue a la enfermería.
― Sí, pero si fue sólo un susto, no tardará en volver -replicó Silvia.
― Realmente no creo que la enfermera deje ir tan fácilmente a un profesor. ¿Adelbert tiene clases con algún curso ahora?
― Creo que tercer año de Slytherin y Ravenclaw -dijo Frederic-. Durante el desayuno escuché a una chica de tercero hablar sobre lo emocionante que sería la clase de hoy.
Pero la afirmación de Frederic quedó sin valor cuando pasó junto a ellos un pequeño grupo de tres alumnos de tercero de Slytherin. Venían, aparentemente, muy felices.
― Brian se encontró con el viejo cuando iba hacia la sala común. Dijo que estaba pálido como el pelo de McGonagall -dijo uno.
― ¡Genial! Otra hora libre -exclamó otro, mientras el restante tiraba un puñetazo al aire.
― ¿Ven? -preguntó David con tono burlón, satisfecho de sí mismo.
― Bueno, puede que tengas razón -aceptó Silvia-. ¿Qué piensas hacer?
― ¡Volver, por supuesto! -dijo David, confirmando los acertados pensamientos de su amiga.
― No creo que sea conveniente, David... -se apresuró Frederic, adelantándose al potencial reproche de Silvia-. Si te atrapan, puede que te valla mal.
― ¿Puede que? -preguntó Silvia, incrédula-. ¡Podrían expulsarlo!
― Prefiero arriesgarme, a lidiar con una nueva Mirtha -dijo David.
Ante aquellas palabras, todos los demás guardaron silencio. Silencio que fue roto por Frank.
― ¿Crees que él esté en el mismo bando?
― No sé si en el mismo bando, pero si tenía alguna relación de confianza con mi bisabuelo, quiero saberlo.
Y sin esperar un solo segundo mas, giró sobre sus talones y salió disparado en la dirección contraria. Charlie lo vio alejarse durante unos segundos, antes de dar un suspiro de resignación y seguirlo. Frank y Silvia intercambiaron miradas de inquietud, pero no tuvieron más remedio que hacer lo mismo. Frederic, por su parte, estaba excusado: su clase de herbología estaba a punto de comenzar.
― ¡Esperen! -gritó Frank, cuando ya estaban cerca del aula que utilizaba Adelbert para impartir clases.
― Veo que ustedes también quieren saber qué pasa aquí -dijo David con suficiencia.
― No. Pero no podemos quedarnos a esperar que los castiguen -se sinceró Frank.
Cuando alcanzaron la puerta del salón de Defensa Contra las Artes Oscuras, se detuvieron casi automáticamente. Si eran descubiertos metiendo las narices en las pertenencias de un profesor, lo pagarían caro.
― Vale la pena -los consoló David, sin necesidad de escuchar sus reclamos. No hacía falta: él también sentía nervios.
Dicho esto, giró con lentitud la perilla de la puerta, y la empujó. La vieja puerta de madera comenzó a retroceder; Adelbert no había tomado la precaución de cerrarla.
David puso un pie dentro del aula, dispuesto a adentrarse en ella, pero antes de continuar pensó que no le serviría de nada que todos entrasen con él.
― Charlie, ven conmigo. Los demás quédense aquí a vigilar. Si sienten pasos, no tarden en avisarnos.
Charlie accedió al pedido -aunque no muy convencido-, y entró detrás de David. El salón estaba tan vacío como los fantasmas de Hogwarts. Rápidamente, David y Charlie se encaminaron al escritorio del profesor.
― No creo que guarde una foto tan comprometedora en este lugar -anticipó Charlie.
― No perdemos nada con intentarlo.
Sin embargo, Charlie tenía razón. No hubo rastros de la foto: apenas si encontraron algunas anotaciones hechas en pergaminos y varios objetos extraños.
― ¿Vamos? -preguntó Charlie, impaciente.
― Aún no -replicó David.
Comenzó a palpar los costados de un viejo armario que se encontraba en un rincón. No sabía por qué lo hacía, y no pensaba que aquello diera resultado, pero presentía que debía hacerlo.
Charlie ya se había ubicado cerca de la puerta, en una clara demostración de sus ansias por marcharse de inmediato. Sin embargo, David no mostraba señales de estar apurado.
― Debe haber algo... -repetía sin cesar mediante leves susurros.
― Es una pérdida de tiempo, David -repitió Charlie.
Pero no era así. David sentía que no era así. Sí, esa era la palabra, lo sentía. No era la primera vez que percibía la magia de algún objeto o persona. Y aquella particular presencia mágica le hacía recordar algo un tanto extraño...
― Aquí adentro hay un pensadero -dijo con seguridad, y abrió el armario.
No había nada allí. Estaba totalmente vacío, algo que no es común en un armario de Hogwarts. Cerró la puerta.
― No hay nada, David, vamos antes de que venga alguien.
No podía irse sin descubrir qué era lo mágico. Aquel armario no parecía emitir o poseer una gran magia. Por lo tanto, si percibía la presencia de un pensadero, un pensadero debía haber.
― Debe haber algún truco...
― Te digo que no hay nada, David.
― ¡Sé que hay un pensadero aquí, Charlie!
David continuó palpando los bordes del armario. Descendió hasta la base del mismo y pasó sus dedos por la abertura. Nada parecía funcionar. Hasta que se le ocurrió que quizás...
― Déjame ver el pensadero -dijo David, dirigiéndose al armario.
Supo que había ocurrido porque la presencia de aquella magia se hizo aún más fuerte. Sin pensarlo, abrió las sucias puertas y una luz plateada emergió del interior del armario.
― ¡Lo sabía! -exclamó.
Charlie, atónito por lo que su amigo acababa de descubrir, no se atrevió a insinuarle que dejara pasar la posibilidad de echar un vistazo a aquel curioso artefacto.
― Sólo tomará un segundo -lo tranquilizó David.
El chico se acercó lentamente a la vasija de piedra. Cada vez percibía más magia, cada vez sentía más ganas de adentrarse en los recuerdos y pensamientos de su enigmático profesor. Pronto sus ojos estuvieron lo suficientemente cerca de la superficie de aquel líquido (¿o era un gas?) como para ver la silueta de un niño que aparentaba tener la misma edad que él. La intriga lo venció, y sumergió su cara en el pensadero.
David estaba más o menos acostumbrado a la sensación que esto producía, así que no sufrió ningún sobresalto. Cuando la imagen del recuerdo se aclaró, no le extrañó en lo más mínimo encontrarse como espectador de una escena que, curiosamente, no parecía tener algún condimento especial.
Se encontraba en una pequeña sala de lo que parecía una casa antigua. Sentados al rededor de una mesa había cinco personas; cuatro de ellas eran mayores, y el restante un niño. No tuvo que hacer trabajar mucho su cerebro para darse cuenta de que aquel pequeño niño era su profesor, Adelbert, cuando tenía no más de once años.
Dos de los mayores, que eran hombres, estaban vestidos muy elegantemente: llevaban camisa blanca y saco de color gris, y unos pantalones y zapatos que combinaban perfectamente. Los otros dos adultos eran, como bien supuso David, los padres de Adelbert.
De pronto, uno de los adultos vestido de traje habló, pero David no pudo captar el mensaje.
― Debo estar muy lejos -se dijo David para sí mismo, sin temor a ser escuchado. Ya sabía a grandes rasgos cómo funcionaba un pensadero.
Se aproximó aún más, pero no podía comprender lo que aquellas personas estaban diciendo. Pronto se encontró en el borde mismo de la mesa, y le resultó un tanto extraño ser testigo tan directo de algo que había pasado tantos años atrás. Aun así, le era imposible descifrar aquellas palabras.
Pero, después de aguardar unos segundos, comprendió. Apenas si pudo captar la misma palabra en repetidas ocasiones: Adelbert. Aquellas personas estaban hablando en Alemán, y David lamentó no haber tomado un curso acelerado de aquel idioma.
El chico se quedó allí, observando aquellos labios que producían sonidos que su cerebro era incapaz de decodificar. Pero no quería perderse ningún detalle. El pequeño Adelbert haría algo en cualquier momento, lo presentía. Pero nada ocurrió.
De súbito, la imagen cambió. Ahora David se encontraba en el jardín de una pequeña casa. Miró por una ventana, hacia el interior del hogar, y vio la misma mesa en la que había tenido lugar aquella breve reunión. Pronto, notó la presencia del pequeño Adelbert, sentado en la hierba, prácticamente escondido por un arbusto, como si no quisiera que nadie que pasara frente a la casa lo viera. David se acercó con rapidez.
Adelbert estaba sentado frente a un grillo. Y estaba haciéndolo flotar.
― ¿Cómo? Increíble, no tiene varita... -se dijo David.
Y era cierto. Adelbert estaba haciendo magia sin varita. Era obvio que quería hacer levitar a aquel pobre grillo, porque lo dirigía con la mirada. Sin embargo las facciones del niño no denotaban curiosidad, sorpresa, satisfacción o alegría por lo que estaba haciendo. Al contrario, su mirada era una de las más tristes que David había visto en su vida.
Repentinamente, el grillo cayó al suelo, cuando un molesto sonido interrumpió aquel silencioso ritual. David supuso lo que era: seguramente, la puerta del jardín que daba a la calle acababa de ser abierta, provocando el característico chirrido. Miró en esa dirección... y el corazón le dio un vuelco.
Era su bisabuelo; sabía que era él. Lo había visto en sueños. Él era el muchacho rubio que, en sus pesadillas, siempre aparecía junto a la caja cuyo contenido había sido robado por Mirtha McFly y Rodolphus Lestrange.
David no supo qué hacer. Lo último que vio y oyó fue que Adelbert profirió un grito de terror. El hombre rubio dijo algo en alemán, con una voz fría y carente de emoción, mientras extendía su mano izquierda en dirección al atemorizado niño. La extremidad derecha, por su parte, buscó la varita que se escondía en uno de los bolsillos de su elegante túnica.
En ese momento, David sintió un tirón en su brazo izquierdo y salió del pensadero.
― ¡Alguien viene! -le gritó Charlie.
David quería reaccionar, pero no podía. Lo que acababa de ver era algo demasiado chocante. Charlie pareció comprender la situación, porque lo tomó del brazo y lo arrastró hasta la puerta, donde estaban Silvia y Frank, que mostraban un nerviosismo notable. Una vez fuera del aula, recorrieron a gran velocidad una buena parte del pasillo de piedra.
― Eso estuvo cerca -dijo Charlie, cuando estuvieron lejos de la escena del crimen.
― Sí... ¿qué sucede, David? -preguntó Silvia.
― David encontró un pensadero en el armario de Adelbert -comentó Charlie.
― ¿Si? ¿Un pensadero? -inquirió Silvia, emocionada-. ¿Qué viste? ¿Pudiste escuchar algo?
― Pude ver un recuerdo y parte de otro... en el primero, Adelbert, que tenía más o menos nuestra edad, estaba junto a sus padres y dos hombres... conversaban, pero no pude entender lo que decían, porque hablaban en alemán...
David comenzó a tomar grandes bocanadas de aire. La corta carrera lo había cansado más de lo común, quizá por la mezcla de emociones que padecía.
― ¿Y el segundo recuerdo? -preguntó Silvia, impaciente.
― En el segundo... el mismo Adelbert estaba en el jardín de su casa y... y... y mi bisabuelo lo interrumpió. Creo que quiso matarlo. Grindelwald quiso matarlo.
