Estaba atrapado. Perdido en un laberinto interminable, en el que al doblar la esquina escenas tristes de su pasado lo abrumaban, recordándole lo solo que estaba.
Camino y camino por los interminables corredizos, parecieron días y días en los que anduvo sin detenerse, soportando todos y cada uno de los recuerdos; hasta que por fin, al llegar al centro se encontró con una imagen, y su pesadilla se convirtió en sueño.
Abrió los ojos poco a poco, acostumbrándose a la tenue luz que caía sobre sus parpados. Se encontró con el techo, era de un blanco inmaculado, parecía que no existía mancha en él, que aún bajo la blanca pintura, se ocultaban cimientos blancos. Después de observar por un tiempo aquel punto sin pensar en nada, su mirada celeste se paseó de un lugar a otro, hasta que por su mente pareció cobrar conciencia, fue entonces que se levantó casi de un salto.
El tacto de sus pies contra el suelo era gélido, hacía un frío extremo y su cuerpo apenas cubierto con ropas de dormir se erizo. Aun mareado por lo repentino que fue el pararse, caminó un poco. Analizó todo, más no encontró nada familiar, no creía estar en algún cuarto de su mansión. Su corazón pálpito con frenesí, ¿estaba acaso en el Nirvana que le prometió su sirvienta? Sin importarle lo helado del clima fue a la puerta, la cual abrió con un sonoro golpe. Corrió por los pasillos, que si bien no eran en extremo largos como los de su casa, eran lo suficiente grandes como para tardar varios minutos en recorrer cada uno. No se escuchaba ningún sonido, ni el de las aves trinar, solo se distinguía el traqueteo de los pies del chico que andaba sin detenerse y con el corazón emocionado.
Abrió y abrió puertas, pero en ninguna encontró a nadie. Después de recorrer nueve habitaciones se tumbó al suelo con la respiración agitada, y un sentimiento de soledad se apodero de su cuerpo. Las lágrimas estaban a punto de caer, y Alois volteo a ver un ventanal que se encontraba abierto frente a él. El día se mostraba gris, y el resplandor del sol era casi opacado por las nubes, que yacían cargadas de nieve. Un paisaje para nada conocido por el rubio se vislumbraba tras la ventana; había grandes y frondosos pinos cubiertos por la nieve, eran tantos que se perdían en el horizonte. El aroma tan propio de aquellos árboles inundo la habitación cuando una ráfaga de viento soplo, haciendo que los cabellos rubios del conde revolotearan, y que en sus mejillas se acumulara la sangre. Se encontraba también lo que parecía ser un lago congelado.
Una, dos, tres lagrimas se deslizaron por las pálidas mejillas del conde. Hundió su rostro en las palmas de sus manos, estaba frustrado, triste, sin ánimos, deseando morir; si es que no lo estaba ya. Un gemido de dolor se escapó de sus labios ante la idea de ser abandonado en un lugar donde solo existiese él y, levantándose con pesadez, se dirigió al umbral de la puerta, dispuesto a investigar más. En su mente intentaba hilar sus recuerdos, sin embargo, estos se encontraban dispersos. Lo último que recordaba fue que estaba celebrando el fin de año con sus sirvientes en una fiesta animada. Dio un par de pasos fuera de la alcoba, entonces aprecio el aroma de lo que parecían ser cerezas. Su semblante se llenó de júbilo, ¡solo había revisado la planta de arriba!
Con sus delgadas piernas volvió a correr, buscando esta vez escaleras, las cuales hayo un poco después. Bajó estas sin cuidado, tropezó en el último escalón, no obstante se puso de pie de un brinco y fue a donde su olfato le indicaba. Pasó por el hall y el comedor sin prestarles atención y cuando se dio cuenta, se encontraba de pie frente a la puerta de la cocina, su corazón se aceleró emocionado, los nervios se apoderaron de él y las mariposas danzaban en su estómago. Inhalo hondo, cuando exhalo extendió su mano temblorosa a la perilla, le dio la vuelta con sumo cuidado y la puerta se abrió.
La fragancia de los frutos secos, combinada con lo que parecía ser el aroma de flores, se mezcló en el aire, llenando las fosas nasales del joven. Los ángeles parecieron cantar cuando de reojo observo a alguien de pie. Sin siquiera prestarle atención a la figura, se lanzó hasta ella, dándole un abrazo aprensivo.
- ¡Hannah! ¡Pensé que me habías dejado! – expresó con felicidad, lágrimas de alegría bañaron su rostro, y una mano acaricio su cabello con cariño. Levantó la vista sonriendo, y grande fue su sorpresa al encontrarse con el rostro de Claude. Se separó de el al instante, y su expresión cambio a una confundida. Al chocar sus ojos con los iris dorados del mayor, fue cuando los recuerdos de la noche pasada le llegaron de golpe. Sus mejillas se tornaron carmines al darse cuenta de que fue lo que sucedió, y bajo la vista avergonzado.
- Buenos días, ¿cómo amaneció? – la ronca voz de Claude lleno los oídos del conde, haciendo que este se tornara aún más nervioso. Intento disimularlo, pero su cuerpo temblando lo delataba. Y es que, no era el hecho de que su mayordomo le hablase lo que lo ponía nervioso. Sino el hecho de la condición en la que estaban.
En un lugar desconocido.
Solo los dos.
Alois meneo su cabeza a ambos lados, intentando deshacerse de esos pensamientos. Armándose de valor, levanto la vista poniendo su mejor cara de arrogancia y, cruzándose de brazos, le pregunto al hombre:- ¿Dónde estamos, Claude?- su pregunta pereció ser ignorada por el otro, quien lo guio hasta la salida de la cocina y ya afuera, con el rostro de enfado del rubio por ser echado del lugar, le contesto.
- Hace un frío enorme, debo cambiarle las ropas. – se inclinó un poco, y comenzó a caminar en dirección a las escaleras. ¿Desde cuándo el demonio se preocupaba por su contratista? El otro no tuvo más remedio que seguirlo, quejándose en voz baja, más para sí mismo que para su mayordomo.
Las manos en contacto con su piel lo hicieron estremecerse y ponerse nostálgico. Hacía mucho que el mayor no le cambiaba. Cerro sus ojos, dejándose llevar por lo bien que se sentía que aquel hombre rozase su cuerpo. Sus mejillas continuaban ruborizadas, y eso no pasaba desapercibido por el mayordomo, que también retrasaba lo más que podía el cambiarlo. Disfrutaba ver las reacciones del chico al tocarle ciertos lugares.
Su mano rozó de forma rápida el pecho del joven, y ahí estaba la expresión que quería ver, su rostro se hizo un poco atrás. Le puso sus medias altas, y de paso sus manos tocaron la piel desnuda de sus piernas, al instante el chico abrió sus ojos, y miro con los orbes nublados al azabache, sus labios yacían entreabiertos. ¡Ah! Era esa una reacción que a Claude le encantaba.
La cordura del hombre desapareció de un momento a otro, y se lanzó a la cama, llevándose consigo al rubio. Estaba encima de él, con las manos a los costados del chico y los ojos mirándole directo a los suyos. Pasaron mucho tiempo así, sin decirse nada. Las miradas expresan más que las palabras. Claude se acercó al rostro de Alois lentamente, una de sus manos se fue al vientre del chico, y su rodilla de la pierna izquierda rozo la intimidad del chico, sacándole un suspiro. El tacto del hombre resultaba tan erótico, que los ojos del menor se nublaron. Los labios del otro se dirigieron a su cuello, dándole ligeras mordidas, simultáneamente, la mano de este se deslizaba bajo su camisa, aventurándose por el torso en extremo suave de Alois.
No necesitaban decirse nada, tampoco hubo necesidad de besarse. Con esa simple acción se decían todo, ambos lo deseaban.
- Alto.- dijo el rubio, y puso sus dos manos en el pecho del mayordomo, haciéndolo hacia atrás. - ¿Dónde estamos? – aquel acto por parte de él dejo confundido al mayordomo, que se puso de pie y, en un intento de ocultar su rostro, subió sus lentes.
- En una ciudad cercana a Londres.- contesto apenas, mirando con incredulidad a su amo, ¿acaso lo había rechazado?
- Eso no me contesta nada, ¿por qué me has traído aquí? –cruzo sus brazos y piernas, volviendo a su actitud egocéntrica de siempre. Sus ojos se clavaron como cuchillas en los del demonio, que acomodaba el listón de su cuello, culminando así el momento en que lo vestía.
- Para que así aclare sus deseos. –respondió, enderezándose cual soldado. Desde la perspectiva en la que el rubio lo contemplaba ósea, desde abajo, sentado en la cama, el hombre lucía en extremo seductor, sus facciones se mostraban más pulcras que en otras ocasiones, y su mirada gélida despertaba interés a quien le viese.
-Yo solo… solo deseo ir con Hannah, ella no tardará en venir por mi.- logro contestar con firmeza, saliendo de su embelesamiento. Hizo un ademán, como restándole importancia al momento y se puso de pie, meneando las caderas sutilmente.
- Disculpe que lo contrarié amo, pero Hannah no actuara por sí misma, pues están unidos por un contrato. Si no le da órdenes de que venga por usted, ella no moverá un pie de la mansión Trancy.- menciono aquello mientras se acomodaba los lentes. Subió de forma imperceptible el rostro, y Alois hizo un mohín al ver eso, pues le pereció que el hombre irradiaba cierta victoria. – Y me parece que no tiene intenciones de invocarla. – concluyo, mirando al chico desde arriba, cosa que provocó que el rubio se enfrascara aún más en su "molestia".
- No me mires desde arriba, Claude. –Inquirió cortante, con una voz más seria de la que hubiese deseado.- Además, ¿quién dice que en este mismo momento no la llamaré? – objetó mirando suspicaz a su mayordomo, dando un par de pasos hacia atrás, haciendo que de esa forma se pudiesen ver mejor al rostro.
- Porque le gusta la idea de estar aquí… - ¿era la imaginación de Alois, o el hombre dijo aquello con un tono seductor? – junto a mi.- completo la frase. Y fue solo que mencionara aquello para que los colores subieran al rostro del menor tan rápido como las ideas pecaminosas que empezaron a inundar su mente.
Apretó los puños y miró a otra parte mordiendo su labio inferior, evitando así la mirada dorada. Esta vez no bajaría el rostro, iba a enfrentarse a todo lo que le viniera. Su estómago se revolvía, avisándole que un mar de emociones encontradas lo embargaban. Cariño, desprecio, coraje, ¿por qué ese hombre siempre lo ponía así? Sus labios no podían pronunciar palabra, frases se hacían y deshacían en su mente, en un debate sobre qué contestar.
Los ojos del mayor se paseaban con diversión por toda la complexión del chico, grabando cada una de sus reacciones infantiles. Si bien estaba algo molesto porque ahora le costaba más que el conde mostrara que era su debilidad, no le molestaba lo suficiente como para protestar, pues era un esfuerzo mínimo el que debía hacer para al final conseguir lo que ahora se encontraba frente a sus ojos: un pequeño vulnerable y con los sentimientos brotando a torrentes de su ser.
Un suspiró fue lo único que salió en ese momento de los labios del chico, ¿cómo es que siempre terminaba por doblegarse ante Claude? Se dio media vuelta y salió de la habitación sin más.
-Un alma tan apasionada como la del joven amo…- susurro relamiendo sus labios, para después mostrarse satisfecho y seguir a su amo.
Iban y venían, iban y venían. Sus ojos paseaban de un lado a otro, viendo al guisante dar vueltas en su plato. El silencio era abrumador, nadie limpiando, caminando o cualquier otra cosa. En esa mansión solo estaban ellos dos, claro que no habría ruido. Su corazón palpito con estruendo, y en su estomagó nacieron mariposas, provocando que la comida en la vajilla le pareciera repulsiva.
-¡Estoy aburrido!- se quejó empujando el plato con sus manos y recostándose en la mesa. Su actitud espontanea de siempre salió a flote en ese momento. Ya era tarde, y ese día se la pasó inspeccionando la casona, revolviendo todo, leyendo portadas de libros, jugando con la artesanía… pero nada que en verdad le entretuviese. La compañía de su mayordomo no había sido distinta a como era siempre, y eso solo termino por frustrarle más el día.
-¿Qué le parecería ir al jardín? No ha salido de aquí en todo el día.- ofreció el demonio. El menor no tardo en pensarlo, en un momento ya estaba de pie, corriendo a la puerta de entrada. Con esfuerzo, logro abrir una de las pesadas puertas de roble tallado. Una fuerte ráfaga de viento gélido que le erizo cada cabello de su cuerpo hizo que cerrara la puerta con rudeza. – Es conveniente que se ponga un abrigo, estamos en invierno. – exclamó pasando un chaqueta larga por los hombros del conde. Y ahora sí, ambos salieron al jardín.
No se podía apreciar con claridad pues ya estaba entrada la noche, sin embargo, las luces de la mansión iluminaba una porción de lugar que resplandecía incansable. La curiosidad innata del rubio lo llevo a desear explorar el lugar. Cuando ya estuvo cerca se dio cuenta que se trataba de un estanque congelado. Sus ojos brillaron con emoción desbordante, y volteo a ver a su mayordomo como un niño que acaba de recibir regalos de navidad. Sus dedeos fueron bien sabidos por el azabache, que más rápido que inmediatamente le tenía ya unos patines para hielo.
-¡Vamos Claude!- gritó con euforia, tendiéndole la mano al hombre para que lo acompañase. Su sonrisa sincera no le dio opción al mayor más que aceptar a la petición de su amo.
El hielo saltaba por los aires al impactar los pies de ambos contra el agua congelada. Sus siluetas giraban en perfecta sincronía, recordándoles a ambos la vez en la que bailaron por primera ocasión. Y, como en aquel momento, sus mentes no procesaban nada salvo el no caer o chocar con el cuerpo contrario. No se podía decir que estuviesen haciendo algo en especial, solo se dedicaban a disfrutar del momento, sin los molestos ruidos propios del mundo.
La apacible tranquilidad que gobernaba el ambiente fue destruida cuando los golpes empezaron a ser más bruscos. Y es que, en silencio, se había formado una competición entre ambos, amo y mayordomo, por quien lograba hacer mejor cada movimiento. Empezó siendo un juego de Alois al imitar un paso y sacarle la lengua al mayor, no obstante, el ego de ambos fue tomando terreno, orillándolos a iniciar una carrera que ninguno pensaba perder.
Sus miradas chocaban hostiles, retándose entre sí. Los copos de nieve caían sin parar, formando un montículo que no fue previsto por el demonio al estar tan ido en ganarle al pequeño. Uno de sus pies choco contra él, haciendo que se desestabilizara. El rubio corrió a socorrerlo, más con movimientos torpes hizo que ambos cayeran al suelo. Este se rompió sin más, los fuertes golpes de los zapatos de patinar debilitaron la capa de hielo.
Ambos cayeron de ello al agua helada, empapándolos por completo. Alois creyó que iba morir ahí mismo. De un salto el pequeño se fue hasta la orilla, y en un intento de darse calor se abrazó a sí mismo, con los dientes tiritándole del frío. Claude se sentó a su lado, más el conde se apartó un poco, mirándolo con molestia.
-A sido un error mío, no volverá a ocurrir algo coco eso…- empezó a decir, pero fue interrumpido por el otro.
-¡Pero tú no estás muriendo del frio! No sabes cómo se siente esto. – bufó molesto, y camino malhumorado a la mansión.
-Pero se cómo se sienten otras cosas.- hablo para sí con picardía, y fue tras el joven.
No le había dirigido la palabra durante todo el trayecto a la casona, ni cuando lo baño, ni cuando lo cambio, aún incluso cuando ya lo había arropado, seguía enojado y con un mohín en la boca.
-Sin más, me retiro.- exclamo el demonio haciendo una reverencia. Tomó el candelabro y se dirigió a la salida de los aposentos, no obstante, cuando estuvo a punto de cruzar el umbral de la puerta, fue detenido por la voz de su amo.
-Quédate aquí hasta que duerma.- demando el chico, hundiendo su rostro apenado en las sábanas de seda.
-Yes, your highness. – contestó el demonio volviéndose al lado de su amo. Esbozo una sonrisa imperceptible y de un soplido apagó las velas, con los ojos encendidos en carmín.
