Capítulo 11
Arthur descubrió que en cuestión de besos superaba a todos sus amigos, e incluso a los que no lo eran tanto. Gilbert ni siquiera había estado con una niña en su vida a pesar de lo mucho que fanfarroneara sobre las revistas y películas para adultos que guardaba bien escondidas en su habitación, lo más parecido a ello era cuando iba a molestar a Elizabeth y se agarraban a puñetazo limpio. Jamás había visto a una niña golpear de semejante modo, con tanta fiereza y habilidad; una lástima que no fuera un niño de verdad. En cuando a Dylan, tampoco le conoció novia alguna, pero reconocía que el chico no estaba interesado en ellas por el momento; prefería jugar y salir con sus amigos. No comprendía cómo le agradaba Normand e Ian, que le salían con patadas, insultos y malos gestos, pero a él le maravillaba sus reacciones y respondía de buen humor a todo. Otro que también fanfarroneaba pero que se echaba para atrás a la hora de la verdad era Lovino, quien miraba mujeres e intentaba ser un galán en todo lo que no le concerniera besar o incluso tomarles de la mano. Su caso era digno de verse: le gustaba Blanche y la niña lo sabía, pero Arthur no podía sentirse celoso cuando la amenaza en cuestión no lograba decir más de dos palabras seguidas en su presencia.
Desde entonces se fijó en los cuentos que James echaba de vez en cuando sobre sus novias -Arthur pensaba que tenía más de una- y sus conquistas -también pensaba que era la mitad de la población femenina de Londres-. Él quería ser como su hermano en un futuro, por lo que oírle para saber cómo seguir sus pasos era esencial en su formación. Solo que andar con varias mujeres no le parecía muy justo para ellas, y él se sentiría extraño. Si apenas podía con Blanche, ¿cómo aguantar mil más? James se burlaba de sus dudas y le insinuaba que él ya había probado con dos a la vez, que aquello era el principio de una vida de desvergüenza. Su hermano afirmaba conocerlo, Arthur detestaba eso porque él no se consideraba tan desvergonzado.
-Yo nunca he estado con dos –masculló, pero sabía a qué se estaba refiriendo. O a quién. Sus mejillas se volvían rojas ante el recuerdo de su verdadero primer beso, pero él argumentaba que era el calor londinense quien lo sofocaba. Era una mentira absurda, porque hacía frío, sobre todo por las noches, pero la sostendría como único argumento menos humillante.
James, era de esperarse, no le creía ni un poco. Lo había cachado intentando enterarse de lo que había ocurrido entre el vecino ciego y él, pero Arthur fue tan silencioso como un muerto y no dijo nada que lo comprometiera. Una suerte que a James no se le ocurriera hablar directamente con el idiota ciego. Por un tiempo no temió que esta posibilidad se realizara, así que vivió tranquiló enfocado en su entrenamiento de futbol, preparándose para ganar el primer partido –y los siguientes-, y en aprender a tocar la guitarra.
Lo que no sabía era que pronto tendría razones para temer: fue un sábado en la noche, cuando su padre vino y le dijo que irían a cenar. Arthur pensó que irían a algún italiano, por lo que le heló la siguiente aclaración: La señora Moreau los había invitado y ellos aceptaron felizmente. A su padre le agradaba no gastar en un restaurante y apreciaba tanto a la mujer como su hijo. A Francis no le caía demasiado bien, sin embargo, porque no disimulaba su lástima y lo trataba como si fuera la humanización de un osito de peluche especialmente retrasado. Y era cierto. Muchas veces, en las cenas, Arthur debía contener la risa cuando observaba la escena que nadie se atrevía a detener.
No quería ir a cenar allí. Su padre estuvo a punto de acceder a su negación, pero Arthur se vio de pronto obligado a aceptar: a James le había agradado la propuesta, incluso la de vestirse con formalidad para la ocasión. Si no iba, a lo mejor no podría evitar que se propiciara aquel encuentro que le destruiría la vida tal y como la conocía entonces. Aquel ciego lo arruinaba todo.
A las siete estuvo listo. Frente al espejo había intentado ordenar sus cabellos, pero lo consideró tarea imposible y se preguntó por qué se esmeraba tanto en una tontería tal. Diez minutos después fueron hacia la casa de al lado. La señora Moreau los recibió con la amabilidad de siempre, como si no hubiera roto todo lazo de amistad con su hijo o se siguieran viendo diariamente.
-¡Pasen, por favor! Arthur, qué de tiempo, ¿cómo estás, cielo? ¿Estás más alto? Qué guapo pareces. Sí, has crecido mucho.
La mujer le besó en ambas mejillas, y Arthur temió que le quedara restos de labial rojo. Cuando no lo veían, aprovechó para pasarse las manos por la cara para quitarse cualquier rastro de color. James lo instó a caminar con un golpe en el hombro. Fueron a la sala, donde estaban otros vecinos con los que los Kirkland no trataban a menudo. Estos no tenían niños, eran una pareja casada y joven.
Se preguntó dónde estaría Francis; en su tarea de ignorarlo se le sumaba la de impedir todo contacto entre su hermano y él. Le parecía que James había aceptado asistir a la cena con el fin de aclarar el misterio en torno a ambos niños. Pronto hizo aparición una niña incluso más pequeña que Blanche, tal vez fuera de la edad de Haydn, con un vestido rosado pomposo y un lazo en los largos cabellos castaños. Tenía los rasgos finos, como los de una muñeca. Si Arthur ya no tuviera a Blanche, se habría enamorado de ella.
-¡Monique! Cariño mío, ven, acércate a nosotros –habló la señora Moreau-. Señores, esta es mi hija menor, es Monique. Ha llegado ayer junto con su padre.
-Un placer –dijo. Arthur notó que su acento era menos notorio que el de su hermano.
Pronto se convirtió en el centro de atención, todos comentando sobre lo hermosa y tierna que era para su edad y que pronto se convertiría en una señorita y que ya sabía tocar piano y violín y hablar otro idioma.
-Y está aprendiendo italiano, ¿no es así? –agregó la madre.
Para ser sinceros, las pocas veces que Monique hablaba demostraba tener un mejor, muchísimo mejor, manejo del inglés que su hermano. Seguro a ella le había tocado ser la parte inteligente de los hijos y al ciego le había quedado ser la parte bonita.
Solo que no era bonita en lo absoluto, agregó después.
Arthur comprendió que era cuestión de tiempo para ver también al padre del ciego. Por mucho que ahora el chico le interesara nada, tenía curiosidad sobre aquel padre que nunca se nombraba y del que al ciego no le gustaba hablar. Su deseo de verlo se vio saciado media hora después, cuando el señor bajó y se presentó a todos acompañado de su hijo. Ambos vestían de negro. El hombre era alto, tenía barba y el cabello corto, una cara cuadrada y una nariz inmensa. A Arthur le aliviaba saber que los hijos habían salido a la madre.
Se presentó como Jacques Bonnefoy y se hizo agradable a todos en poco tiempo. Esta vez el ciego permaneció a un lado de toda la algarabía, escuchando sin ninguna expresión reflejada en su rostro. Arthur se acercó hacia Jacques y escuchó sus cuentos sobre Francia, que de repente ya no le parecía un lugar insoportable lleno de Francis, y sobre Estados Unidos. Ese hombre sabía demasiado de Estados Unidos. Tanto fue su embeleso, que se dio cuenta muy tarde que James y el ciego ya no estaban en la habitación.
Salió disparado a buscarlos. No estaban en las habitaciones superiores, por lo que solo le quedó ir a la cocina. Allí estaban, tomando cada uno un jugo de naranja y hablando en voz muy baja. Cuando James lo vio entrar, se calló y su mirada fue como fuego abrasador. Lo sabía, James se había enterado de todo, su vida se había acabado.
-Arthur –dijo James-, ¿tienes hambre ya?
-Un poco –dijo, tieso, nervioso, esperando la primera burla, la acusación.
-Francis me ha dicho que ha ayudado a preparar la cena, ¿cierto? –dijo James como forzándolo a hablar.
-Sí, yo he preparado la entrada y los postres –explicó, con la cabeza agachada, como si quisiera desaparecer ahora.
Se fijó en sus ojos y en las largas pestañas, ambos húmedos. ¿Por qué estaba tan seguro de que se había echado a llorar ante James? ¿Por qué tenía que llorar por todo y dejarle como el villano, con un remordimiento de conciencia que era difícil ignorar?
-¿Se van a quedar aquí? –preguntó Arthur, queriendo que de una vez se separaran.
-No, ya regresamos a la sala. –James se levantó y el ciego hizo lo mismo.
La velada solo se hizo angustiosa a medida de que avanzaba. La señora Moreau arregló la mesa y Arthur tuvo la mala suerte de quedar entre James y el ciego idiota, además de frente a la linda hermana. Sirvieron los primeros platos y comenzaron a comer.
Su padre preguntó el motivo de que Bonnefoy e hija estuvieran en Londres en esa fecha. Se hizo un breve silencio, en el que a Arthur le pareció que el ciego también quería desaparecer de la faz de la tierra.
-Mi objetivo es mudarme con Monique y Francis a Estados Unidos. Hay buenas escuelas para Monique –comenzó a explicar Jacques-, y la medicina está bastante adelantada allá y, bueno, hay ciertos tratamientos que beneficiarían a Francis.
-¿Pueden curar su ceguera?
Arthur se tensó en su asiento, interesado por completo.
-Sí, hay bastantes posibilidades de que ocurra –y tanto Jacques como la señora Moreau se sonrieron, ya dándolo por un hecho, no por una posibilidad.
Todos alabaron esta noticia que nadie pensó que no fuera definitivo. El señor Jacques siguió hablando, informándoles que por eso mismo partirían la siguiente semana. Este año lo había arreglado todo para establecerse allá definitivamente, o al menos lo que durara el tratamiento de Francis.
Arthur fue sintiendo un peso en el estómago, que se extendió por el resto de su cuerpo. De repente se sentía mareado, sin dejar de oír las explicaciones del señor Jacques, que hablaba que era un tratamiento largo y que se requería de mucha paciencia, pero ellos estaban dispuestos a esperar años por los resultados.
No se atrevió a mirar al ciego, porque tenía miedo de lo que iría a encontrarse. Estaría feliz de irse, por supuesto. No sólo se encontraba con la posibilidad de recuperar la vista, sino que se marcharía de una ciudad en la que había sido infeliz encerrado en aquella casa sin amigos. El mareó se intensificó, pero intentó disimular que no le ocurría nada. Monique mantenía su mirada en él, penetrándolo como un lince. Sintió que alguien le tomaba del brazo, con una delicadeza tosca, y por un momento tuvo la esperanza que fuera el ciego imbécil que necesitara de su apoyo por alguna razón, porque no quería irse y alejarse de él, porque quería repetir aquellos momentos juntos. Pero no, era James, quien se había dado cuenta de su estado.
La comida estaba deliciosa y Arthur lamentó no tener ánimos para arrasar con ella. Comió poco y dejó que James se quedara con las sobras de su plato. El ciego tampoco parecía tener apetito. Al finalizar la cena, se quedaron un rato hablando en la sala, pero Arthur se marchó despidiéndose de los demás con bochorno y torpeza, sin estar acostumbrado a ser educado en una reunión.
Cuando estuvo en su habitación, por primera vez en todo este tiempo se permitió llorar. Ni siquiera las hadas, que su llanto alarmó, lograron calmarlo con dulces caricias. ¡El muy imbécil se iba! ¡No volvería nunca más! ¡Y a él le afectaba esa decisión, le dolía no tener un nueva oportunidad para verlo! Odiaba tanto no soportar que se alejara, se detestaba porque a pesar de lo que había hecho seguía extrañándole. Quería volver a su lado y pasar las tardes juntos y que aquello durara para siempre.
Pero ¿no merecía su desprecio? ¿Que siguiera ignorándole con ahínco? ¡Sí, lo merecía pero no contaba con las fuerzas para cumplirlo! No cuando el adiós se hacía definitivo. Y tampoco tenía las fuerzas para regresar a aquella casa y demostrarle a ese ciego idiota que lo seguía apreciando. Que lo quería a su manera, que mientras no hubiera besos e insinuaciones extrañas él aceptaría estar a su lado, jugando o bailando o lo que sea que quisieran hacer.
Pronto su llanto se hizo una serie de sollozos lentos y sin fuerza, hasta acabar quedándose dormido. A la mañana siguiente se levantó sin que el peso que le invadió anoche se hubiera ido y por más que intentaba despejar su mente, no se largaba. Intentó evitar a James, pero a los dos días todo el esfuerzo se le hacía insoportable y ya no podía apartar a Francis de su mente. Estaba cayendo, solo que desconocía qué se encontraría al estrellarse en el fondo.
Gilbert y Dylan estaban preocupados, pero no lograban sacarle nada a Arthur. Blanche intentó animarlo regalándole un dibujo de un estadio de futbol. La niña dibujaba bastante bien para su edad. Sus amigos y su novia no entendían esa actitud de pesadumbre que se apoderaba de su carácter y su figura, sin dejarle en ningún momento, sin que nada pudiera arreglarlo, porque la única solución la conocía Arthur y la creía imposible.
El viernes creyó que iba a estallar. No regresó a casa después del entrenamiento, sino que fue hacia el parque y se adentró en el bosque. Subió y subió hasta quedar en la cumbre. Intentó volver a llorar, pero no soltó ni una lágrima. Pero seguía sintiéndose mal y ni siquiera las hadas a su alrededor y las estrellas en el cielo, brillando más intensamente que nunca, le presentaban algún alivio.
Un hada llamó su atención por sobre las demás, un hada que hacía gestos y se retorcía desesperada para que le hiciera caso; pronto, al hada se le unieron unas recién llegadas, y Arthur comprendió que aquello era serio. Se levantó para ser guiado por ellas solo que no hizo falta.
-¿Arthur? ¿Dónde tú estás? –preguntó la voz apremiante de Francis.
El chico había aparecido de repente y volteaba vacilante hacia todos los lados, sin decidir por dónde caminar.
-¿Francis? –preguntó, incrédulo-, ¿qué mierda…? ¿Cómo es que…?
Aquello fue suficiente para llevarlo hacia él. Arthur acabó tomándole de la mano para indicarle que ya estaban juntos.
-James me ha ayudado a subir. Él es aquí, pero él no ha querido acercarse, él ha dicho que él no es su asunto –le explicó.
Aquello tenía sentido pero ¿por qué James hacía todo aquello, como si acaso le importara lo que pasara entre su vecino y él? No tenía una respuesta. Arthur le indicó a Francis que se sentara y se colocó a su lado.
-¿Tu madre sabe que estás aquí?
-No. Yo fui salido sin su permiso. Pero es igual, yo no quería… o mejor, yo quería verte una otra vez. Lo siento, yo no te diré más esas cosas, y yo no buscaré que tú hagas mi novio –comenzó sin darse ninguna pausa, desesperado por liberar palabras que hace mucho quería decirle-, yo fui mal y una persona horrible y… yo no quiero que tú no seas más mi amigo. Yo te quiero, te quiero tanto que con nosotros somos amigos es suficiente. Yo no quiero partir cuando tú me odias.
-Yo no te… ¡oh, bueno! –Arthur le puso un dedo en sus labios, para indicarle que se callara-. Bien, te pasaste y, tal vez, en un remoto caso que tal vez pudiera ser menos remoto de lo que quiero decir pero esto no tiene ninguna importancia para el caso, el punto es. Que. Tal vez. Yo. Bueno… -¿por qué tenía que complicarse tanto?-… ya que tú me extrañaste y no podías vivir sin mí, yo… yo…
-¿Tú…?
-¡No estás cooperando para nada! Pero bueno, lo que pasó, pasó. Vamos a olvidarlo, ya no tiene importancia –repuso Arthur. Desistió en confesarle que él también lo había extrañado muchísimo. El peso de los últimos días se había disipado, quedando únicamente un extraño alivio.
Le tomó de la mano.
-¿Cuándo te irás?
-El domingo. Ya casi todo está listo.
Era inevitable. Arthur resistió las ganas de echarse a llorar, si ni siquiera Francis parecía a punto de hacerlo.
-¿Estás entusiasmado?
-Yo quiero ver verdaderamente. En Estados Unidos yo voy a ver, ¿tú lo imaginas ? ¡Yo podré descubrir totalmente unas cosas! Y cuando yo lo consiga, yo retornaré a este odioso lugar solamente para verte y caer en amor una nueva vez.
-Nadie se va a caer en amor otra vez, pero te entiendo la idea.
Le apretó la mano, queriendo que aquello ocurriera, aunque fuera difícil dejarlo ir sin más. Se encontró estrechándolo contra su cuerpo, pero claro, si hacía un frío tremendo y ambos estaban temblando. Era el frío, pero también la emoción.
-Nosotros podemos escribirnos, me abriré una cuenta de correo y usaré el ordenador de Monique.
-Suena bien, y hablar por skype.
-Y yo te enviaré unas cartas postales.
-Eso es del siglo pasado.
-¡Pero yo lo amo! Es más romántico.
-Según tú.
-Arthur, ¿tú recordarás de mí siempre?
¿Por qué tenía la manía de ser tan directo? Aquello estaba implícito, si ni siquiera estando ofendido había podido olvidarlo por mucho que lo había intentado.
-Yo te olvidaré jamás –siguió Francis, entendiendo que no iba a recibir respuesta.
Se quedaron en silencio, sin saber qué más decir. Francis parecía conformarse con tenerlo como ahora, Arthur se sentía tonto cada vez que encontraba un tema de conversación. Todo le parecía innecesario. Las hadas los rodeaban, James estaba esperándolos, tal vez observando la escena, las estrellas también estaban atentas. De repente le pareció que una de ellas le había hecho un guiño, como instándolo a tener más valor. Hubiera pensado que era su imaginación, si acaso otra más no hubiera hecho lo mismo. Y se decidió.
Pero siguió sin hablar. Arthur llevó sus dedos hacia los ojos de Francis, cuyos párpados mantenía cerrados, tan quieto que parecía estar durmiendo. Solo el escalofrío posterior le confirmó lo contrario. Francis quiso apartarlo, agarrándole de ambas muñecas, Arthur no se resistió y esperó ser rechazado, pero no llegó a ocurrir. Francis, después de una ligera vacilación, retiró sus manos y las dejó caer. Arthur le tocó los párpados, acariciándolos con la mayor delicadeza de la que pudo recurrir, pasó sus dedos por las pestañas y luego por el resto del rostro, por la nariz perfilada, por las mejillas sonrojadas, las orejas frías, la barbilla pequeña y suave y, por último, por los labios ansiosos de calor, solo que no los besó, conteniéndose ante el impulso que podría lamentar luego.
Lo recostó en la grama, colocándosele encima, y le abrazó como nunca antes había hecho con nadie. Te extrañé, te extrañaré, era lo que ansiaba decirle. Francis pareció comprenderlo, porque le devolvió el abrazo. Se quedaron así por un tiempo indeterminado, a Arthur le parecía que había pasado días, pero seguía siendo de noche. Al levantarse, se encontró helado por el frío y Francis no dejaba de temblar. Debían regresar.
Le tomó de la mano y lo ayudó a levantarse, iniciando el trayecto de regreso.
-Hey, al fin –dijo James, saliendo a su encuentro. No dijo nada sobre la escena que había presenciado, Arthur quería pensar que nunca le diría nada. Ni a él ni a nadie.
Notas: Ya casi estamos llegando al final. ¡Muchísimas gracias por sus comentarios! Este abril se celebraron muchas cosas: primero, la Entente Cordiale, con el correspondiente evento de fruk_me, ¿ya leyeron las historias? ¡Les recomiendo que lo hagan! Las chicas que participaron son -como siempre (L)- muy talentosas. También fue mi cumpleaños, y ya eso es un evento mega importante.
Y, claro, la inauguración de una nueva comunidad sobre ellos en Tumblr: La vie en fruk. Les pido que se den una vuelta, es rosa y preciosa.
BTW, Monique es Mónaco.
Nos vemos!
