Advertencias: Ooc ligero
XI
Con la punta del pie le dio vuelta a una tabla rota, astillada y ennegrecida; reconoció el desagradable papel tapiz que aun llevaba adherido, un motivo de flores blancas formando espirales que alguna vez había adornado la cocina. Parte del solar se mantenía en pie, pero el resto de la casa era sólo un montón de escombros diseminados en la llanura. No había otras casas alrededor, solo bosque y ciénagas.
Radamanthys inspeccionó algunas cosas: un trozo de alfombra bastante enmohecida, que alguna vez había sido azul; restos de porcelana, esquirlados pero aún brillantes y metales retorcidos provenientes de un barandal de herrería; todo le era familiar y a la vez extraño... Alguna vez, hacía muchos años, había vivido allí, cuando era sólo un humano. No le gustaba recordar aquello, por meses había tratado de desterrarlo de su mente, aun así cada vez con más frecuencia las memorias volvían a él: imágenes de una mujer y un par de niños acosaban sus noches, impidiéndole conciliar el sueño, ecos de una risa lejana estorbaban su concentración y la vaga sensación de un beso suave le imposibilitaba disfrutar del alimento. Todo ese desasosiego le había obligado a volver a aquel lugar.
Y estando finalmente allí, pudo recordar momentos vagos. Había estado parado allí mismo, sobre una duela pulida y brillante cuando la energía de su divinidad lo despertó a lo que era en realidad: su cosmos se había incendiado en toda su plenitud y había hecho estallar su poder; todo había ardido hasta desaparecer: la casa y sus habitantes. En aquel momento no le había importado; llevado por el frenesí de su transformación a penas y recordaba quienes habían sido, Hades y la guerra eran lo único en su mente.
Pero después eso había desaparecido también; levaba meses sobre la superficie, sin que su señor le permitiera volver a su tribunal y estaba como exiliado en la superficie de la tierra, donde el aire viviente arrastraba esas imágenes a su cabeza y las memorias se estaban volviendo apremiantes, asfixiándolo.
Durante meses se había mantenido ocupado utilizando a Géminis, se llenaba la mente con imágenes de él para evitar que otros recuerdos, más antiguos, le subyugaran. Pero ahora esa presencia se había ido también y Radamanthys no lograba escapar de sí mismo. Estando en cualquier sitio y haciendo cualquier cosa un cuadro tras otro saltaban a su mente: una comida, unos pasos pequeños sobre la alfombra, el aroma del perfume de una mujer y la suavidad de una cuna… todo lo atormentaba, no lograba escaparse de ello. Con el paso de los días se fue sintiendo más frustrado y perdido, hasta que decidió dejar de huir, confrontaría su pasado.
No fue difícil dar con el lugar, sólo tuvo que seguir sus propios pasos hasta que se encontró dentro de aquella devastación. Se sentó en medio del desastre que era aquella casa y se obligó a dejar que esas memorias antes reprimidas inundaran su mente, Transportándolo años atrás y fue como si estuviera allí nuevamente y vio todo tal cómo había sido: dónde habían estado las ventanas, qué tan altos eran los techos, de qué color eran las paredes y cómo eran las fotografías que colgaban en ellas… escuchó risas y palmadas en las habitaciones, y vio cuatro personas sentadas en el suelo formando un círculo. Dos niños, una mujer… y un hombre: un varón joven, moreno y rubio, de ojos profundos pero alegres, con una sonrisa fácil. Era su rostro, pero no era él.
Recordarse a sí mismo fue triste y doloroso porque no se reconocía. No quería que ese individuo fuera su pasado, era tan insignificante, tan débil y tan… humano. No era él, a penas y se parecía a él…
Su atención se desvió a la mujer, su cara era apacible y grata, pero no le conmovió; a los niños no quiso verlos. Él había destruido todo lo que había sido importante para él en el pasado, lo había enterrado todo allí, junto con su antiguo nombre.
Ahora era Radamanthys, un espectro, uno de los tres jueces; pero también siervo de un dios derrotado; era un soldado caído que ni siquiera podía volver al inframundo, su casa.
Queriendo despedirse de todo su pasado dejó que aquellos pensamientos que había evitado lo absorbieran por completo y revivió todo, todo en absoluto: desde los días de su infancia, el regazo de su madre, las correrías de su juventud, la vida como un hombre de familia, el despertar, la guerra… y entonces recordó algo más, evocó a un grupo de hombres en los que no confiaba y a los que había seguido en contra de las órdenes de sus superiores; recordó una batalla tan triunfante como breve y luego un ser desvaneciéndose; recordó un nombre: Saga.
'No soy Kanon'. En ese momento no había entendido aquellas palabras, su significado no había siquiera rozado su mente pues él bloqueaba todos los recuerdos innecesarios. Pero ahora ante la claridad de todos lo sucedido se daba cuenta de cuál podía ser la verdad: no se había acercado siquiera al hombre que odiaba, el hombre que lo había derrotado. Si no que se había involucrado con ese otro, ese que había observado durante doce horas seguidas y que había estado a punto de engañarlo a cada momento.
Había sido Saga quien yaciera en su cama, entre sus brazos, bajo su cuerpo. Saga que había muerto en el inframundo y a quien no guardaba especial rencor. Dejó que esos recuerdos fluyeran también en su mente, junto con el tacto de sus labios, el sonido de su voz y la tristeza de sus ojos.
Finalmente se levantó, sintiéndose mucho más ligero y libre que antes, sosegado. Ya no necesitaba recordar el pasado, de entre todo aquello que había perdido había un fragmento aún que podía recuperar.
