Contra la Fuerza de la Gravedad

Capítulo Once: Confianza


Carlisle se marchó cinco días después. Sacudió la cabeza, mirando a Quil, y murmurando algo sobre "milagros", pero yo no le estaba prestando atención. Mis ojos estaban sobre Quil, el cual estaba inclinado sobre la encimera de la cocina con un aspecto tan sano y fuerte, que nadie creería lo que cerca que había estado de la muerte.

—Muchas gracias, Carlisle, —dijo Emily, sonriendo, mientras Sam le sacudía la mano al doctor.

Carlisle les sonrió. Después sus extraños ojos dorados se volvieron hacia Quil. —Se pondrán muy contentos, estaban muy preocupados por su amigo. —Intercambiaron una significativa mirada.

Carlisle comenzó a retirarse, pero antes se detuvo delante de mí, cerca de la puerta. Se inclinó hacia delante, hablándome bajito en el oído para que nadie más pudiera oírle. Por el rabillo del ojo, con la pequeña parte de mi cerebro que podía separar la mirada de su angelical rostro, vi como todo el mundo se erguía y aspiraba aire con sorpresa.

—Quil tuvo mucha suerte de que estuvieras aquí, —dijo suavemente, su dulce aliento llegándome hasta la nariz y su voz aterciopelada. —Ten cuidado con tu poder, úsalo bien. —Se separó. Todos los licántropos en la habitación se relajaron visiblemente. Excepto Quil que, todavía tenso, estaba preparado para atacar.

—Yo no hice nada, —respondí en un susurro, sorprendida, pero Carlisle solo sonrió, se despidió de los demás con un gesto de la cabeza, y salió de la casa con la elegancia de un bailarín.

—Por fin. El Doctor Colmillos ya se ha ido, —suspiró Quil, acercándose a mí y colocándose a mi lado en un gesto protector.

—Eso no ha sido muy educado—, le regañó Emily. —No estarías aquí si no hubiera sido por él.

Quil se encogió de hombros. —Estoy sorprendido de que su olor no me matara en primer lugar, —espetó antes de girarse hacia mí con brusquedad. La curiosidad estaba pintada sobre sus facciones, pero intentó disimularlo. —De todas formas, ¿qué te ha dicho?

—¡Nada! —Respondí con rapidez. Después me tranquilicé un poco, y añadí. —Al menos nada que entendiera.

—Siempre son así de crípticos. —Arrugó la nariz cuando se acercó un poco más hacia mí.

—¿Qué?

—Hueles a chupasangres.

—Ah. ¿Y eso es malo? —Él asintió, alejándose. Fruncí el ceño. —A mi me parecía que olía bien.

El rostro de Quil se oscureció.

—¡Bueno, no es culpa mía! —Protesté, intentado airear el olor con la mano. De pronto Quil sonrió, y al instante supe que me había perdonado.

Quise preguntarle sobre todas esas extrañas cosas que había notado —y quería saber más sobre los Cullen, pero solo me quedaba un día de las vacaciones de abril, y un millón de otras cosas sobre las que hablar.

El año anterior ya se había convertido en una distante y gris pesadilla; había decidido pretender que no había pasado nada. Sin embargo, la tarde en la que mi madre iba a venir a recogerme, no pude contenerme. Tenía una pregunta más antes de que pudiera olvidarme de todo. Quil estaba sentado en las escaleras del porche, conmigo; mi mochila estaba hecha y lista detrás de mí. Respiré hondo.

—Quil, —él se giró al oír mi voz. —¿Vas a volver a dejarme… como la otra vez? Porque me da igual lo que pase, o el peligro que haya, no podría soportarlo.

Su rostro se suavizó, y me agarró la mano. —No. —Su voz me produjo un escalofrío. —No voy a marcharme. No cuando sé cómo se siente, no creo que vuelva a intentar mantenerme fuera de tu vida. Es demasiado difícil.

—Bien. —Me apoyé contra su hombro. —Porque probablemente tendría que matarte si lo volvieras a hacer.

Cuando mi madre llegó con el coche sonrió melancólicamente al verle sentado a mi lado. Le dio a Quil un abrazo y me lanzó una mirada significativa, pero supe que estaba contenta.

Me entró el pánico cuando estaba en el coche, la mochila en el asiento de atrás, y mi madre a mi lado. Intenté empujar a un lado el miedo. Sabía que era irracional, sabía que Quil no iba a irse a ninguna parte y que mi vida iba a volver a ser la misma de antes, pero seguía teniendo miedo. De que algún día decidiera volver a dejarme, y que ese extraño "poder" que tenía sobre él no fuera lo suficiente para traerle de vuelta.

Quil estaba de pie en el mismo lugar en el que me había despedido de él. Tenía las manos en los bolsillos, y su rostro estaba cuidadosamente inexpresivo. Excepto sus ojos. Hoy eran verdes, e intensos, casi afligidos. Me sentía igual. Me dolía separarme de él, como si me estuviera desprendiendo de un brazo o un pie. De una parte de mí misma.

—Te veré mañana, Claire, —dijo. Intenté sonreír, pero más bien me salió como una mueca. ¿Y si no lo haría? ¿Y si no venía? ¿Podría volver a ser normal otra vez, volver a una vida de la que Quil no formaba parte? Ya lo había hecho antes cuando no tenía otra opción —lo intenté. Y a pesar de lo duro que fue, sabía que sería mil veces peor si lo tuviera que volver a hacer otra vez. Verle, tocarle, hablar con él… lo había cambiado todo.

Nunca volvería a ser capaz de pretender que no le quería, o intentar convencerme de que solo era un estúpido encaprichamiento, porque era mucho más. Siempre lo ha sido. Desde que yo era una niña siempre había estado con él, atraída hacia él como si fuéramos dos imanes.

—¿Claire? —La voz de mi madre me trajo de vuelta a la realidad. Me estaba mirando, preocupada. Intenté sonreír para tranquilizarla.

—Lo siento. Me he despistado un poco. ¿Estabas diciendo algo?

—Te estaba preguntando si te lo habías pasado bien.

—Sí, al menos cuando Quil se puso mejor.

—Sí, Emily me contó lo que pasó. Me alegro de que esté bien. —Mi madre me miró otra vez, escudriñándome el rostro. —¿Todo va a volver a la normalidad? Quiero decir, ¿entre tú y Quil? —Asentí, esperando que me dijera que tuviera cuidado con él. Después de todo, mi madre sabía cuánto daño me había hecho. Pero cuando habló, su voz era suave. —Me alegro por ti, Claire.

No hablamos mucho más durante el resto del trayecto, y por ello me alegré. Necesitaba tiempo para pensar, para procesar todo lo que había pasado la semana anterior. Todo había cambiado tanto, y eso me asustaba tanto como me alegraba.

Colleen estaba en la cocina comiendo un sándwich cuando llegamos a casa. Me observó especulativamente durante unos segundos mientras yo me echaba un poco de agua en un vaso y me sentaba a su lado. —Hey, —dijo silenciosamente. —Me alegro de que estés de vuelta.

Sonreí, aunque no pudiera sentir lo mismo.

Por primera vez en mucho tiempo, aquella noche dormí mal. Mis sueños eran siempre de lo mismo; en ellos estaba sola en la playa mientras los truenos sonaban con fuerza en el cielo. Llamaba y llamaba a Quil hasta que mi voz se rompía, pero él nunca me contestaba.

Estaba lloviendo cuando me desperté, y me sentí nerviosa y cansada. Colleen me observó mientras tomaba el desayuno frenéticamente y mientras caminaba por la sala de estar después de desayunar.

—¿Por qué estás tan nerviosa, Claire? —Me preguntó, exasperada. La estaba distrayendo de la televisión.

—Por nada, —repliqué automáticamente, aunque una guerra de sentimientos estuviera teniendo lugar en mi interior. Una parte de mi cerebro me decía que me calmara, que confiara a en Quil –después de todo me dijo que vendría, y él siempre cumplía sus promesas. Pero… la otra parte me susurraba, ¿y si no venía?

Me senté en una silla e intenté prestar atención a la televisión, pero con cada pequeño ruido saltaba en el asiento, nerviosa. Colleen me miraba como si sus peores miedos se hubieran hecho realidad y por fin me hubiera vuelto loca, pero apenas me importaba.

—¡Claire, para! —Exclamó. —Me estás asustando. ¿Qué narices te pasa?

Abrí la boca para responder, pero justo en ese instante, oí el más dulce de todos los sonidos. Un suave golpe y después la puerta de la cocina abriéndose. Me levanté de la silla en un segundo.

—¡Quil! —Exclamé, tirándome hacia él. Sus brazos me rodearon con fuerza. —Tenía tanto miedo de que no vinieras. —Apoyé la cabeza sobre su pecho, y aspiré su cálido aroma que se hacía más fuerte con la lluvia.

—Por supuesto que vendría, ¿por qué no iba a hacerlo? —Preguntó, acariciándome la espalda. De pronto mis miedos me parecieron estúpidos e injustificados, así que me encogí de hombros y no respondí. Pero no dejé de abrazarle; era agradable estar entre sus brazos, sentirme segura y protegida. Podría tirarme así para siempre.

El sonido de una garganta aclarándose a mis espaldas me hizo alzar la mirada. Colleen.

Estaba al lado de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho. Parecía lívida. —Así que has vuelto, ¿no? —Le espetó a Quil, su voz llena de veneno. —¿Cuánto tiempo piensas quedarte esta vez?

—¡Colleen! —Me giré hacia ella, aún sujetando la mano de Quil.

Ella me ignoró. —Creo que es una pregunta justa.

—No me voy a ir a ninguna parte, —contestó Quil silenciosamente. No parecía sorprendido por su enfado.

Los ojos de mi hermana se entrecerraron. —Le costó meses volver a su vida normal, meses para dejar de llorar durante todas las noches. Deberías haberla visto Quil; era un fantasma, tan pálida y tan callada. —Quil hizo una mueca. —Tú la hiciste esto, así que perdóname si no me siento muy feliz de verte aquí.

La observé, demasiado sorprendida para decir nada.

Pero Quil no lo estaba. —Tienes todo el derecho de estar cabreada conmigo, Colleen. He cometido muchos errores… —comenzó.

Ella resopló. —¿Crees que puedes llegar aquí y fingir que el último año y medio nunca existió? ¡Que no le rompiste el corazón a mi hermana!

—¡Colleen, cállate! —Chillé, sorprendida ante mi propia vehemencia. Respiré hondo e intenté calmarme. —Le he perdonado, y eso es lo único que importa. No te metas.

Sus ojos relampaguearon de la furia. —Claire, sube a tu habitación, por favor. Quiero hablar con Quil a solas.

—¡No! —Grité. —¡No me voy a ir a ningún sitio! —Nos fulminaos mutuamente con la mirada durante unos largos minutos, ninguna de las dos dispuesta a rendirse. La cálida mano de Quil se posó sobre mi hombro y me apartó delicadamente. Intentó tranquilizarme sin palabras.

—¿Por favor? —Era la primera vez que había oído a mi hermana suplicarme de aquella manera, y aquello me conmovió más de lo que estaría dispuesta a admitir. —Solo serán unos minutos.

Discutí con ella durante unos minutos más, pero mis pensamientos estaban en la gran caja que tenía guardada en el armario. De pronto, quería sacarlo todo. Quería tener mi jarro de piedras de cristal de mar sobre el escritorio, mis posters en la pared, y mis fotos en el álbum. Quería que mi vida volviera a la normalidad…

Y eso significaba darle a Colleen la oportunidad de gritarle a Quil, dejar que se deshiciera de ese rencor que había guardado dentro para que pudiera volver a ignorarle como antes. Observé a mi hermana una última vez antes de subir las escaleras. Fui directa a mi habitación, ni siquiera tentada en escucharles. Conocía demasiado bien a mi hermana — pobre Quil.


Me temo que todavía falta un poco para que Quil y Claire se besen xD Pero todo llegará a su tiempo. Capítulo de "relleno", el próximo será desde el punto de vista de Colleen. No sé qué me pasa últimamente con esta traducción, que siento que algo falla *suspiro*