II° PARTE
Capítulo I
La explosión nos cubre con sangre y carne. Carne de los mutos y humana. Carne de Gale. Cierro con fuerza mis manos alrededor de la escalera para no caer, y una vez que comenzamos a hacerlo, me encuentro que mis pies resbalan con la sangre en los escalones que voy pisando. Luego de un par de metros más de ascenso, Pollux se encarga de abrir la manilla para salir.
Cuando emergemos a la superficie nos encontramos nuevamente en una sala de servicio.
Pollux llora. Cressida se encuentra extremadamente pálida. Veo como suben también Aaron, Johanna, Jackson y Peeta. Una parte de mi, pequeña, suspira aliviada al ver emerger al desgarbado Aaron. Una explicación menos para Prim.
Johanna parpadea varias veces y las manos de Peeta aún se mueven demasiado rápido. Pero tiene el ceño fruncido. Aaron me mira, como si fuese la primera vez que me mirara, con sus ojos demasiados abiertos.
Y yo… yo intento no pensar.
No pensar en nada en absoluto.
- ¿Dónde…? – no estoy segura de qué decir, sin embargo, la pregunta muere en mis labios.
La puerta de la habitación de servicio (no la que lleva al alcantarillado, sino la otra) se abre de golpe, donde entra una mujer Capitolina, con los dedos sucios de grasa y el cabello lila. Abre la boca, y los ojos, reconociéndonos. Posiblemente para pedir ayuda.
No me detengo a pensarlo: saco una flecha de mi caraj y le doy en el pecho.
- Hay que revisar la casa. – digo, con la voz monótona, mientras observo como su abrigo blanco se empieza a teñir lentamente de rojo. La mujer regordeta del Capitolio aún tiene los ojos abiertos en señal de horror. Pollux, Cressida, Aaron y Johanna miran a la mujer en el suelo, mientras que Peeta mira directamente a mi rostro. Intento evitar su mirada mientras sigo. – Debemos intentar ubicarnos, sacarnos estas ropas, disfrazarnos de nuevo y salir de aquí. La explosión los distraerá, pero no demasiado.
- Sólo unos minutos. – asiente Johanna, con el rostro aún inexpresivo.
Son Pollux y Aaron quienes revisan el resto de la casa.
Mi cabeza es un torbellino en este momento. Mi amigo. Mi compañero de caza. ¿Qué le diré a Hazelle? ¿Arrastré a tu hijo a la muerte?
Uno pensaría que siendo el Sinsajo, rodeada de toda una revolución que no te pertenece del todo y más muertes por tu causa de las que puedes contar, debería dejar de sentir. Pero, al parecer por el peso en mi pecho, no es así.
Por supuesto que no es así.
Los que exploraban encuentran en la habitación de la mujer un montón de ropa colorida femenina. O se encontraba sola o vivía sola, ya que no encontramos ninguna prenda masculina. La última alternativa me gusta un poco más.
Cubrimos a Peeta, a Pollux y a Aaron con un montón de bufandas de colores mientras que Cressida retoca nuestros maquillajes. Al menos, es algo bueno que en el Capitolio ahora sea invierno. Nos da una excusa para ir completamente cubiertos.
Siento la mirada de Peeta sobre mi nuca, insistente. Pero no le devuelvo la mirada en ningún momento. Mientras que Johanna saca uno de los bolsos y comienza a buscar comida por la casa, yo me siento en la cama de la mujer. La superficie es tan blanda que de pronto caigo en cuenta de lo cansada que estoy.
- Katniss… - tantea Peeta, al sentarse a mi lado. No le devuelvo la mirada cuando lo hace, pero no protesto cuando una de sus manos toma las mías. Reconozco que el temblor sigue allí, aunque en menor medida.
- No fue tu culpa. – digo, porque creo que es algo que debo decir. Miro al suelo, a la esquina de la habitación, donde hemos colocado las ropas cubiertas con sangre y carne. Intento que mi estómago no se revuelva antes de continuar hablando. – No había nada más que hacer.
- Katniss. – repite él, mientras toma mi rostro entre sus manos y me fuerza a mirarle. Lo hago. Sus ojos azules, tan azules como dos cielos, me miran fijamente. No sé por qué, pero de pronto, mis ojos se llenan de lágrimas. – Ya queda menos.
No intenta disculparse. No intenta prometerme que saldremos todos bien de esta. Porque no puede. No puede hacerlo y no lo hará, porque Peeta es así.
Sé que tan solo disponemos de unos minutos, pero de todas formas me lanzo a abrazarlo con demasiada fuerza. Necesito sentir el calor de sus brazos, la sensación de protección que tan sólo él me puede dar. Peeta se desestabiliza y cae a la cama.
Veo su rostro por primera vez en lo que me parece mucho tiempo. En su cuello se asoma un horrible corte que no parece dolerle, junto con un par de heridas en la frente que quizá se infecten si no logramos quitar el maquillaje pronto. Levanto una de mis manos y le acaricio la mejilla con delicadeza.
- Estarás bien. – le aseguro, mientras sus ojos me devuelven la mirada con algo parecido al miedo.
Pese a que nos encontramos solos en la habitación, no es un momento para arrumacos. No al menos ahora, con la muerte de mi amigo tan reciente. Acaricio su mejilla con suavidad, intentando captar cada detalle de su rostro. Su mandíbula firme, el hoyuelo que no se forma de su mejilla izquierda porque no está sonriendo. Sus rizos ya no tan incipientes. Su frente tiene ahora un par de arrugas que antes no estaban ahí, que han salido prematuramente.
Y de pronto, me da tanto miedo perderlo.
- Vaya, vaya. – nos interrumpe Johanna, luego de soltar un silbido. Levanto la vista y me encuentro con ella y con Aaron, que viene detrás de la vencedora y nos observa con el rostro sin expresión. – Ustedes no pierden el tiempo, ¿verdad?
Peeta niega con la cabeza a medida de que nos levanta. Suspiro un poco cuando ambos debemos pararnos, pero su mano sigue junto a la mía. Cressida vuelve a entrar a la habitación en compañía de Jackson.
- Sé exactamente dónde nos encontramos. – el rostro de la capitolina aún no recupera del todo su color natural, lo cual hace que los tatuajes de su rostro también se vean descoloridos. Intenta componer una sonrisa que no va nada con su estado actual, pero señala con una de sus manos al holo de Jackson. – No habrá problemas para llegar donde Tigris.
- Perfecto. – digo, mientras asiento con la cabeza. Miro a Jackson durante unos segundos y luego suspiro. – Sé que todo esto definitivamente no ha sido lo que esperábamos cuando salimos del Distrito 13, pero…
- Te equivocas, Sinsajo. – me interrumpe Jackson. Le miro sorprendida, pues nunca antes habíamos hablado directamente. Se aclara la garganta antes de continuar. – Todos sabíamos en lo que nos metíamos cuando nos ofrecieron entrar en este escuadrón. Y si Boggs confiaba en ti, yo también lo haré.
- Bien. – asiento con la cabeza, porque no sé que más decir. Pienso en contarles que en realidad Coin me ha mandado a matar y darles la opción de irse, pero no se me ocurre cómo. Peeta me da un ligero apretón en la mano y le miro.
- Debemos informarles algo. – Peeta me mira durante unos segundos, como pidiendo permiso. Asiento con la cabeza.
Johanna suelta un bufido.
- ¿No estás embarazada de nuevo, verdad, preciosa?
Le miro, con la boca abierta y los ojos abiertos de par en par. La reacción de lo que queda de mi equipo es algo parecida. Nos encontramos en medio de una guerra, en el Capitolio, con todas las posibilidades de salir sin vida de esta… ¿y ella pregunta aquello? Pese a que quiero indignarme, siento como mis mejillas se colorean un poco.
- No… yo no… no. – repito, como si no supiese más palabras. Peeta suspira y niega con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa que carece de toda felicidad.
- Buen intento, Johanna, pero no. – Se aclara la garganta y posa sus ojos azules en el suelo, como eligiendo las palabras. Le miro, anonadada, fijándome nuevamente en sus pestañas rubias que me parecen demasiado largas. Y en esas arrugas que antes no estaban allí. ¿En qué momento les han salido? – Supongo que notaron que Boggs había cambiado los planes, ¿verdad? – Espera a que el resto del equipo le responda. Jackson emite un pequeño sonido para confirmar su información y veo como Aaron y Pollux asienten con la cabeza. – Bien. Eso nos ahorrará un par de explicaciones más. El punto es que… él recibió órdenes directas de Coin, las cuales consideró que no debía obedecer.
Johanna alza su ceja derecha, pero nadie más dice nada. Lanzo un pequeño suspiro y continúo mirando a mi chico del pan, que vuelve parecer buscar las palabras en la alfombra, como si se escondieran de él.
- ¿Qué órdenes?
- Ella consideró que ya no necesitaba más al Sinsajo. – respondo yo, en esta ocasión. Cressida abre los ojos de par en par, mientras que Pollux frunce el ceño. Busco algún indicio de sorpresa por parte de Jackson, pero no encuentro ninguno. – Que se esforzara en acabar conmigo, de preferencia ante las cámaras y peleando.
- Vaya. – es todo lo que dice Aaron.
El resto del equipo nos mira, en silencio. Johanna parece incluso aburrida. Por su parte, Aaron, Cressida y Pollux lucen completamente sorprendidos, como si nunca se lo hubiesen esperado.
- Me gustaría saber qué piensas tú. – le dice Peeta a Jackson, con una leve inclinación de cabeza. La mujer suspira.
- ¿Qué les dijo Boggs después de que les explicara la situación?
- Que merecíamos descansar, que habíamos pasado por mucho. – respondo yo, a la defensiva.
- Puro sentido común. – murmura Johanna antes de que Jackson pueda contestar, mientras cambia su peso de un pie a otro. - ¿Y bien? ¿Qué hacemos ahora, entonces? No podemos ir a pelear, por miedo de que alguien mate a Katniss, ¿o no?
- Era información confidencial. – reflexiona Peeta, mirando nuevamente al suelo. – Por lo que técnicamente los soldados rebeldes no le harían daño. Con Katniss pensábamos… ir a por Snow. –Aquello suena terriblemente mal. Es decir, no tenemos ninguna posibilidad. Johanna sonríe ligeramente.
- Es casi una misión suicida.
- Tiene un par de desperfectos, eso es cierto. – admite Peeta, con una leve sonrisa. Pongo los ojos en blanco.
- Fue una de mis condiciones para ser el Sinsajo. – les recuerdo a todos. – Por eso queremos darles la posibilidad de salir de aquí. Ya hay concentraciones de rebeldes en el Capitolio, podrían ir hasta allí cuando avanzaran un poco. Eso… después de encontrar a Tigris, claro.
- No los abandonaré. – dice Jackson, con sus ojos de mujer madura y su voz, a su manera, profunda. No es la misma de Boggs, pero tiene algo, un tinte, que de todas formas indica que es una líder. Se encoje de hombros. – Nunca me cayó del todo bien Coin, y Boggs tenía razón. Ustedes no merecen esto. Y… es verdad que el plan no es del todo perfecto, pero creo que podremos hacer algo para remediarlo.
Pollux asiente con la cabeza y Cressida nos dedica una pequeña sonrisa. Miro a Aaron hasta que él suspira y se encoge de hombros.
- No podría separarme de ustedes de todas formas. – dice, mientras intenta sonreír. Solo les miro, sintiendo algo parecido al agradecimiento pero no diciéndolo porque creo que aún no soy capaz de hacerlo.
Al parecer, en eso Aaron y yo somos similares.
Si todo va bien, creo que quizá aprobaría lo suyo con Prim. Dentro de un par de años, claro está.
Cressida dice que tiene todo listo para partir. Tan sólo debemos caminar un par de cuadras para llegar a la casa de Tigris. Me explica un poco de la historia de Tigris, de ella siendo una de las mejores estilistas para que luego se le pasara un poco la mano con las cirugías y a Snow le pareciera de mal gusto. Intento recordar de las maravillas que me habla, de los vestidos hechos de oro puro con incrustaciones de diamantes. Pero no lo logro. Hace un par de ediciones de los Juegos yo salía a cazar por esos días. Con Gale. Un estremecimiento me recorre la columna al pensarlo.
Mientras Cressida sigue hablando sobre las maravillas brillantes de Tigris, pienso que los capitolinos parecen luciérnagas, siempre siguiendo todo aquello que brille. Casi con un deje de ironía me doy cuenta de que no es sorprendente que le gustasen tanto un par de llamas, hace tan sólo un par de años atrás.
Nos preparamos para salir a la calle. Decidimos salir todos juntos luego de una pequeña discusión en la cual Jackson argumenta que, en caso de ser necesario, ella verá lo que sea que esté frente a nosotros y yo seré capaz de disparar. No es el plan más seguro que hemos hecho hasta el momento, pero no se nos ocurre nada mejor. Últimamente, todos nuestros planes carecen de aquel absoluto que solían tener en antaño.
Caminamos intentando simular normalidad. En las calles vemos a apresurados capitolinos caminando demasiado rápido, con la mirada gacha y sin mirar a ninguna parte. Nada que ver con lo que fueran tan solo un par de años atrás.
Luego de dos cuadras, veo a un grupo grande de personas bajitas caminando. Están cabizbajos, delgados y son demasiado pálidos como para estar sanos. No sé por qué, pero les intento ver mejor. Cuando me doy cuenta de qué son, ahogo un gemido en mi garganta.
Son huérfanos.
Lo sé por la calidad de sus ropas, porque pese a ser ridículamente llamativas como todo en el capitolio, se notan viejas y sucias. Más de un par no tiene zapatos y veo a un par que tose con demasiada fuerza como para ser normal. Todos sus rostros están llenos de dolor, cosa que no debería pasar a tan corta edad.
La guerra afecta a todos los lados.
Peeta aprieta con mayor fuerza mi mano cuando se percata de lo que estoy viendo. Aparto mi vista de la fila de pequeños capitolinos, deseando con todas mis fuerzas que no les suceda nada a ninguno de ellos. Ninguno tiene la culpa, de nada. De nada de lo que pude haber hecho o pude haber dicho en algún momento.
Cuando Cressida entra en una tienda de ropa interior de segunda mano, mis ojos logran captar la última visión de un impermeable amarillo y un cabello pelirrojo ondulado, perteneciente a una niña pequeña de no más de cinco años, que se encuentra en la última parte de la fila india de aquellos pequeños niños. Y no sé por qué, su imagen se graba a fuego en mi mente.
El interior de la tienda es demasiado cálido. O nosotros nos encontramos demasiado abrigados.
- Tigris. – llama Cressida a una mujer que se encuentra de espaldas a nosotros, mirando a lo que parece ser un inventario. Cuando ella se da vuelta, Cressida se quita la bufanda que le cubría hasta la nariz.
Contengo una exclamación cuando la veo.
Tigris camina, sin parecer demasiado sorprendida. Rodea el mesón, pasa por nuestro lado y cierra con pestillo la puerta. Baja las cortinas y se da vueltas para mirarnos.
Todos nos miramos y la miramos, en silencio.
En un tenso silencio.
Observo a la mujer, con sus bigotes de gato y sus ojos demasiado grandes. Pienso en que quizá luchó durante toda su vida por ser lo que era y luego se vio despojada de todo solo porque a Snow no le agradaba la idea.
No me parece el motivo más noble para convertirse en una rebelde, pero no discuto su decisión.
- ¿Nos apoyas a nosotros? – le pregunto, intentando mirar a sus ojos y no a sus bigotes. Pienso en qué haría Peeta en esta situación para ganarse la simpatía de la mujer y de pronto le sonrío levemente cuando no me contesta. – Porque voy a matar a Snow, ¿lo sabes?
Una pequeña sonrisa comienza a crecer en su rostro, mostrando una serie de afilados dientes. Un escalofrío recorre mi espalda cuando recuerdo a Enobaria.
- Bien. – dice simplemente. Algo en su voz, también me recuerda a un gato. Buttercup. – Pasen por aquí.
Nos conduce hasta un piso inferior, una especie de bodega. Me doy cuenta de lo peligroso que es todo esto, nosotros escondiéndonos en el centro mismo del capitolio. También que aquí todo se encuentra terriblemente frío, en comparación a la tienda.
Tigris y yo traemos todas las mantas que ella nos puede pasar sin levantar alguna sospecha. También le pido desmaquillante, aguja e hilo, para poder limpiar las heridas de Peeta. Ella me entrega un botiquín completo.
- No dejes que le suceda nada a tu chico, ¿está bien?
Me sorprende que se tome tantas libertades, cuando recién nos hemos conocido. Pero luego, recuerdo que todo el mundo conoce "mi historia" con Peeta. Asiento con la cabeza mientras intento no poner los ojos en blanco.
Cuando vuelvo a bajar, encuentro a Peeta apoyado en contra de la pared. Parece casi dormido, si no fuese por la mueca de dolor en su rostro. La adrenalina está bajando.
- Ven acá. – dice, abriendo sus ojos azules. Sé que es estúpido, pero siento como si con sus ojos llegara en lo más profundo de mi alma. Hago un esfuerzo por no pensar demasiado en eso.
- Te limpiaré las heridas primero. – le advierto, y el sólo suspira. Pero no reclama, lo que debe significar que realmente le molestan.
- Creo que nada será peor que aquella vez, la de la pierna. – cierro los ojos y sacudo la cabeza, con disgusto al recordar la escena. Ahora, que sé lo que siento por Peeta, me parece incluso más aterradora que en ese momento.
- Nada será peor. – coincido, con la boca pequeña. Peeta suspira cuando aplico el desmaquillante cerca de las heridas de su frente. Pero no dice nada. Peeta Mellark, aquel hombre que afronta todo el dolor en silencio, sin preocupar a nadie. Desearía ser como él. – Ya sabes, si te duele, puedes reclamar.
- Creo que nada será peor que aquella vez. – repite, moviendo la cabeza levemente. – Cualquier otro dolor es una pequeñez a su lado. Y cuando pensé que estabas muerta. Nada se le compara.
Termino de quitarle el maquillaje para poder acariciarle la mejilla. Antes, cuando sus comentarios expresaban el amor infinito que me profesaba, me ponía terriblemente incómoda. Pero ahora, pese a que no sea el mejor momento, hace que mi estómago se revuelva. De la buena manera.
Comienzo a limpiarle las heridas lentamente, intentando recordar lo que hacían mamá y Prim cuando llegaban mineros heridos a nuestra casa. Dejo para lo último la herida del cuello, porque sé que es la más grande.
La coso con los dedos temblorosos. La sola idea de hacerle daño a Peeta hace que mis manos comiencen a sudar, por lo que intento no pensar demasiado en eso. Para cuando termino, ambos soltamos un largo suspiro.
- Pensé que me cortabas el cuello. – dice como broma, mientras yo le saco la lengua.
Le doy un beso en la frente antes de ir a revisar las heridas de los demás. Él reclama un poco, pero le prometo que volveré pronto. Ya tiene los ojos cerrados cuando me levanto.
Cressida tiene un par de raspones en sus manos, mientras que Pollux se encuentra intacto. Johanna pone los ojos en blanco y dice que estará bien, por lo que siquiera intento revisarla. Jackson dice que todo está perfecto con ella, luego de mostrarme una pequeña herida en el brazo. Cuando reviso a Aaron, él no se deja revisar.
- ¿Qué sentiste cuando mataste a la mujer del edificio?
Su pregunta me sorprende. Le miro unos segundos y me recuerda a mí misma, hace solo un par de años atrás, sin los Juegos ni nada a cuestas. Enojado, furioso, contrariado y haciendo todo de mala gana. Suspiro y me encojo de hombros.
- Creo que aún no lo he asimilado. Eso es lo malo de la guerra, te insensibiliza.
Él asiente.
- Tengo una herida en la pierna, pero no es nada serio. – murmura. Se mueve un poco y señala un espacio a su lado. Le hago caso y me siento. – Tu y Prim son demasiado diferentes como para ser hermanas.
- He pensado demasiadas veces aquello, créeme.
- Ella también es una guerrera, aunque de forma diferente a la tuya. – observa, mientras me mira atentamente. – Pero tienen la misma nariz.
Niego con la cabeza, con una sonrisa.
- ¿Cuáles son tus intenciones con Prim? – le pregunto, porque no puedo evitar ser un poco celosa. Él suspira y se encoje de hombros, aunque una pequeña sonrisa se dibuja en sus ojos grises demasiado pálidos.
- Las mejores. Me gustaría hacerla feliz. Hacerla reír. Cuando todo esto acabe, por supuesto. Y si a ti… si a ti no te parece mal.
- No soy yo quien debe dar una autorización o algo por el estilo. – digo, contrariada, pese a que todo mi interior grite lo contrario. – tenemos una madre, ¿sabes?
- A ojos de Prim, es tu opinión la que importa. – me dice Aaron, poniendo los ojos en blanco. – Y supongo que es lo normal. Tú la mantuviste viva, desde siempre.
- ¿Te contó eso?
- Tu hermana te admira profundamente, Katniss. Se lo dice a todo el mundo.
Siento como mi corazón se estruja.
- ¿La extrañas? – le pregunto. De pronto, que Aaron sea tan parecido a mi me parece algo bueno. Es como la justa medida para bajar a Prim de las nubes a las que suele subir sin darse cuenta.
- Más que nada. – responde, y de pronto, sé que lo de ellos será algo bueno.
- Esperemos a que todo esto termine. – le digo, mientras me levanto y busco dónde dejé a Peeta. Cuando lo localizo, vuelvo mi vista hacia Aaron. – Pero, de manera preliminar, no encuentro nada para oponerme.
Una enorme sonrisa nace en el rostro del muchacho.
- Gracias, Katniss.
Camino en dirección a Peeta. una vez que llego a su lado, le acomodo mejor entre las mantas que nos pasó Tigris. Enredo una en forma de almohada, para poder colocar su cuello de manera que no pase a llevar los puntos. Nadie hace la guardia, al parecer, todos estamos lo suficientemente cansados como para no hacerlo. Y es primera vez, en toda esta misión, que nos podemos considerar seguros.
Me acuesto a un lado de Peeta y rodeo su pecho con un brazo. Él, de manera inconsciente, hace lo mismo. Suspiro, pensando en todo lo que ha pasado el día de hoy y cómo no me gustaría vivirlo nunca más.
Me quedo dormida al instante.
Pero tengo una pesadilla.
En ella, veo a Hazelle llorando. Y a todos los hermanos de Gale. Rory, Vick y Posy. Y todos me recriminan que no logré salvarlo, que hice todo mal, que fue todo lo mismo que con Rue. Que había prometido protegerlo y que no lo había logrado, que me había importado más yo misma que su integridad, que no me preocupé si venía detrás o no.
Todos comienzan a gritar y yo me siento tan pequeña. Me acurruco en el suelo y comienzo a llorar, a hipar, a realizar esos horribles sonidos que hago mientras lloro. Porque tienen razón, porque no logré siquiera pensar en que perder a Gale era una posibilidad.
Soy un monstruo.
Abro los ojos con fuerza, mientras que quedo sin respiración. Tomo grandes bocanadas de aire a medida que intento soltarlas también. A mi lado, Peeta aún duerme profundamente. Como nos encontramos en un piso inferior, no hay ventanas, por lo que no logro saber qué hora es.
Me siento encerrada.
Me muevo, torpemente al principio, luego con más ligereza. Intento no molestar a Peeta, quien no se ha movido en toda la noche. Deben dolerle en verdad las heridas para que no lo haya hecho. una vez de pie, hago un recuento de los daños mental. Cuando recuerdo que Johanna escondió grandes cantidades de comida en su bolso me dirijo hasta allí para preparar algo parecido a un desayuno.
- Buen día, descerebrada. – me asusta Johanna cuando llego a su lado. Le pongo los ojos en blanco. - ¿Una pesadilla?
- ¿Qué crees tú? – le respondo, sin ánimos de pelear. Ella suspira y se encoje de hombros.
- Supongo que no podía ser de otra forma. – adivinando mis pensamientos, abre el bolso. Dentro encuentro una gran cantidad de cajas, latas y un par de bolsas de pan. Saco lo que necesitaremos y lo demás lo dejo dentro. Le asiento a mi interlocutora antes de que ella ponga una de sus manos en mi hombro, sorprendiéndome. – Lo siento.
Mis ojos se llenan de lágrimas.
Asiento mientras camino hacia el centro de la estancia. Johanna no me sigue, entendiendo que quiero encontrarme sola en este momento. Gale. Aún es algo que no puedo procesar del todo bien. Mi compañero de caza.
Un gemido se escapa de mi garganta.
¿Cómo se lo contaré a Hazelle?
Cuando Pollux y Jackson despiertan y se acercan hasta mi, aquello parece una señal para Johanna, que hace lo mismo. Entre los cuatros organizamos los alimentos en el suelo de forma que queden distribuidos para seis personas.
Voy y despierto a Peeta, con delicadeza. Veo como no logra ocultar una mueca de dolor antes de abrir sus ojos y sonreírme levemente. Hago lo mismo, solo porque ver sus ojos azules abiertos y vivos es una motivación para seguir adelante. Le ayudo a levantarse e ir hasta el centro. Lo hace cojeando, lo que me indica que la pierna ha vuelto a doler.
- Siéntate. – le pido, mientras le señalo una especie de colchón que construimos con mantas para él. Bufa un poco al verlo pero hace caso. Sin embargo, tira de mi brazo para que yo quede sentada justo en el hueco entre sus piernas.
- Mucho mejor. – susurra, rodeando mi vientre con sus brazos. Tiemblo un poco.
- ¿Te duele? – pregunto, señalando primero a su pierna y luego su cuello. Él suelta un pequeño suspiro.
- Creo que dejé el medicamento de la pierna en el trece.
La nueva información hace que mis pensamientos vayan en otra dirección, nada inocente: Entonces, no podremos divertirnos en el Capitolio.
Mis mejillas se sonrojan un poco antes de contestar:
- Oh, ¿te duele mucho?
Pone los ojos en blanco y deposita un pequeño beso en mi hombro.
- Ya te lo he dicho, nada se compara con las heridas de la pierna.
Comemos en silencio. Los demás comen rápido y se levantan, cada uno en alguna dirección. Reconozco que nos quieren dejar a solas.
Se los agradezco interiormente.
Me apoyo en el hombro derecho de Peeta, reposando toda mi espalda en su pecho. Él afirma su agarre por mi cintura y vuelve a suspirar.
- Creí que te perdía. – susurra, mientras su agarre en mi cintura vuelve a apretarse. Pienso en decirle que me hace daño, pero le dejo.
- Yo también. – respondo, con voz pequeña. Pongo mis brazos sobre los suyos y suspiro. – Peeta, prométeme una cosa.
- Lo que tú quieras. – responde inmediatamente. Sonrío levemente al ver que no tiene ninguna duda.
- De aquí en adelante… Juntos.
Peeta se queda en silencio por un tiempo. Luego, me besa lentamente el cuello. Y el hombro. Y nuevamente el cuello.
- Pensé que eso estaba más que claro. – responde, mientras me besa de una forma que sé que lo hace para que yo olvide lo que sucedió el día de ayer.
Y por un par de segundos, lo hago.
