El día del árbol
FLASHBACK
(Casa de Eva Swan-hace 20 años)
«Emma, no, tu abuela pude volver en cualquier momento» dijo la morena, miedosa, mientras la rubia, torpemente, intentaba desabrocharle la camisa
«No te preocupes, tontita. Es la noche del jueves, fue con sus amigas al bingo» explicó Swan, aun perdiendo la batalla con los botones. «¡Qué cosa más difícil de abrir! ¿Te los pusiste con pegamento?» reclamó, exasperada
Regina sonrió ante la expresión confusa de su novia y ante la cara malhumorada que ponía en aquel momento.
«No, son así, siempre dan trabajo en estos momentos» exclamó, esbozando una expresión de arrepentimiento
Emma interrumpió el gesto y la miró con duda
«¿Cómo? ¿Ya hiciste esto antes?» preguntó desconfiada
«Olvida lo que he dicho, amor» pidió Mills, con voz dulce, distribuyendo besos por el cuello de la rubia.
Aun jadeando de deseo, Swan apartó su cuello para evitar las caricias de su amada, y continuó interrogándola
«¡No voy a olvidar nada, Regina! ¿Te has acostado con alguien antes?» preguntó, llena de celos, agarrándola por las muñecas
La morena se quedó tensa, intentando soltarse del agarre de la rubia, que la tiró en la cama, echándose sobre ella, poniendo los brazos de su novia por encima de la cabeza
«¿De verdad quieres hablar de eso ahora?» preguntó, mirando a Emma
«¡Quiero! ¿Quién fue?» indagó, en los ojos un brillo de furia
«No vale la pena mencionar el nombre, no la conoces. Ella es de Portland» esclareció, rehuyendo la mirada color esmeralda de la otra.
«¿Cuánto tiempo estuvisteis juntas? ¿Todavía te gusta? ¿Todavía la ves?» la inseguridad dominó a la rubia, que acabó "ametrallando" a su novia con varias preguntas al mismo tiempo.
Regina suspiró, ante tantas preguntas. Consiguió soltarse del agarre de Swan y se sentó en la cama de su abuela. Emma quedó frente a ella, esperando sus respuestas con aparente ansiedad.
«Estuvimos juntas casi un año. Ya no me gusta como antes y puede que la haya visto un par de veces últimamente. Pero lo que pasó entre nosotras ya es pasado y nuestras vidas son muy distintas hoy en día» respondió de una vez, intentando cerrar de una vez aquel incómodo asunto.
«¿Por qué no me dijiste antes que ya habías estado con otra persona?» preguntó, molesta
«Nunca se dio la oportunidad para tocar ese tema. Y yo, realmente, encontraba innecesario que habláramos de algo que acabó hace tanto tiempo» dijo, percibiendo que Emma estaba con los ojos bajos, todavía resentida.
La morena levantó el mentón de su rubia, le quitó las gafas, colocándolas sobre la mesilla de noche, y aseguró de forma enfática
«Bebé, no tienes que sentirte insegura en relación a mi pasado. Nunca hubo nadie, hasta hoy, a quien haya amado más que a ti» la besó enseguida, tiernamente, volviendo a encender la pasión en su novia, que pasó a devorar los labios de la morena en un beso hambriento y apasionado.
Emma, todavía movida por los celos y la inseguridad, y con miedo de que su abuela regresase antes de lo previsto y las sorprendiese en la cama, abrió los botones de la blusa de Regina con dedos trémulos, arrancando algunos por el camino.
Se echó sobre el cuerpo de la morena, levantándole la falda, mientras Mills la ayudó a librarse de sus propias prendas, dejando a la rubia solo en braguitas y sujetador.
«Calma, amor…» Regina habló, guiando las manos de Swan por su cuerpo, enseñándole las zonas en las que le gustaba ser tocada.
Emma capturó la lengua de la morena con la suya, recorriendo, todavía de forma imprecisa, las partes recién descubiertas del cuerpo de su amada, mientras se rozaba entre sus piernas.
Se quedaron desnudas sobre la cama de Eva Swan, descubriéndose y amándose por primera vez. Todas aquellas sensaciones eran nuevas y excitantes para la impetuosa Emma, y Regina, a pesar de la inexperiencia de su novia, jadeaba de deseo en cada caricia más íntima y beso más osado que la rubia depositaba en su piel y en sus labios.
Swan, encima, comenzó a gozar, rozando su sexo con el de la morena, y Mills, aun sin alcanzar el clímax, decidió fingir el orgasmo, para dejarla más confiada, ya que era la primera vez de la rubia.
Tampoco quería que Swan se sintiese todavía más amenazada por su ex de Portland, que, en realidad, estaba más cerca de lo que Swan imaginaba: allí mismo, en Storybrooke.
FIN DEL FLASHBACK
«Sheriff, ¡sácame de aquí!» Milah pidió, despertando a la rubia que cabeceaba, debido a la noche de insomnio que pasó a causa del baile de reencuentro.
Emma tuvo que interrumpir su momento romántico con la esposa para atender una llamada del Rabbit Hole. Algunos usuales denunciaron la conducta inadecuada de la prostituta más famosa de la cuidad, que había bebido de más y estaba haciendo un striptease en el bar, además de haber roto una mesa y varias jarras de cerveza, mientras realizaba su espectáculo.
Como Graham estaba de permiso, ella misma tuvo que atender la urgencia, ir al bar, detener a Milah y conducirla a la celda de la comisaria. Por eso llevaba sin dormir más de 24 horas.
«¡Cállate, Milah! Estabas haciendo alboroto en el Rabbit Hole y te quedarás detenida hasta que aprendas a comportarte» dice la rubia, exasperada
«Aquellas personas solo me denunciaron por mi profesión, ya que no estaba haciendo nada, incluso a muchos les estaba gustando mi número» exclamó, resoplando de rabia y golpeando los barrotes de la celda
«Tu "número" como tú dices al show que estabas montando, me ha costado la mañana de sueño. Así que, quédate calladita para que al menos pueda echar una cabezadita» gruñe, malhumorada
«Xeriff, ¡incluso duermes cuando estás despierta!» pincha, llamando la atención de la rubia, que eleva rápidamente su mirada hacia su dirección
«¿Qué estás insinuando?» pregunta, frunciendo el ceño
«¡Estoy hablando de una cama que abandonaste y que no quedó fría ni siquiera una noche!» afirmó venenosa
Emma se levanta, se acerca a ella, e inesperadamente tiró de la blusa de la prostituta.
«¡No tengo tiempo para jueguecitos, Milah! Si tienes algo que decime, dilo ya» ordena, llena de rabia
«Quizás te lo diga, si me sueltas» dice, de forma libidinosa, librándose del agarre de la sheriff
La rubia la mira con una sonrisa irónica en su rostro
«Tengo otra propuesta para ti: dices lo que sabes, y no te dejo presa por más tiempo de lo que tu infracción exige. Ya que imagino que no querrás pasar un mes en esta celda, corriendo el riesgo de perder varios clientes a favor de la competencia»
Milah reflexiona por unos segundos y decide adoptar un tono conciliador
«Calma, sheriff, ya que insistes, te lo voy a decir» afirma, recelosa «Es lo siguiente: ayer por la noche, ante de mi striptease en la mesa del bar, cierta ingeniera rubia me pagó una copa para que le hiciese compañía, porque se sentía sola, ya que su amante, la dignísima alcaldesa, había ido a un baile y no podía dormir en la mansión, como hace casi todas las noches, desde que saliste de la casa» hace una pequeña pausa, notando como Emma se quedaba cada vez más enfadada «Llegó a darme un cúmulo de detalles sobre la intimidad de las dos, pero imagino que la sheriff no querrá saber esa parte» finaliza, cínica
Apenas la prostituta termina de hablar, Emma le da la espalda y comienza a caminar hacia la salida, mientras Milah grita
«Eh, ¿a dónde vas? ¡Sácame de aquí!» agarrada a los barrotes de la celda
La sheriff, ya en la puerta, se da la vuelta
«No puedo dejar la comisaria sola, así que sé buena y cuídala por mí» dice, sarcástica, y sale
Mientras Emma está pensando en esa otra posible traición de su mujer, tramando una forma de vengarse de Regina, llama a Graham y le pide que se quede en el apartamento.
La sheriff, todavía herida, no desconfía de que toda esa historia no pasa de una mentira de Elsa Frozen, que, despechada, porque la morena no la busca desde que Emma las encontró juntas, decidió pagar a la prostituta para que armase un escándalo y la apresaran, ya que de esa forma, Milah podría acercarse a ella sin levantar sospecha para sembrar la desconfianza en la mente atormentada de a rubia.
[Regina]
Me despierto con el ruido ensordecedor de una motosierra muy cerca, como si estuviese siendo usada en el jardín de mi propia casa.
Maldiciendo al que me despierta de esa manera, después de una noche de fiesta, cojo la bata gris, me la pongo, cubriendo mi camisón negro, y voy hasta la ventana para ver lo que está pasando.
Cuando corro la cortina y la luz del día me alcanza, dejándome momentáneamente ciega, tapo mis ojos con una mano y, finalmente, identifico a mi "adorable" esposa, destruyendo mi amado árbol.
Salgo del cuarto corriendo y bajo los escalones de la escalera de dos en dos, saliendo de casa, como si estuviese huyendo del mismo demonio.
«EMMA, ¿ESTÁS LOCA? ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?» grito, airada, acercándome a ella
«¡Buenos días, amor! Pienso que estoy haciendo el mantenimiento de tu amado manzano» dice, esbozando una sonrisa cínica, todavía cortando una de las ramas con la herramienta.
«¡Deja eso, Swan!» rujo, mandona, con el dedo en ristre, apuntándola y, probablemente, con la vena del cuello hinchada.
«¿O qué, señora alcaldesa? ¿Vas a mandar que me detengan?» pregunta, arqueando la ceja de forma guasona, apagando el equipo y dejándolo en el suelo
No entiendo su actitud agresiva, principalmente después de los momentos que compartimos durante y después del baile. Así que, decido preguntarle, ignorando su provocación
«¿Qué diablos te pasa?»
En vez de responderme, me mira con una furia que no comprendo y, sin esperarlo, me levanta en brazos y camina hacia la casa.
Sube las escaleras como una exhalacion, abre la puerta de nuestro cuarto con una patada, y me tira en la cama que compartió conmigo tantos años. Yo me quedo atónita y con miedo de preguntarle cualquier cosa, ya que nunca la vi con una expresión tan salvaje en el rostro.
Se libra de sus ropas y de las mías, rasgando algunas prendas, y se echa sobre mí, apretando mis labios con los suyos.
Su lengua lame la mía y yo desciendo mis manos por su espalda, ardiendo de deseo, sintiendo nuestros duros pezones tocándose.
Nuestras piernas se enredan y su boca captura uno de mis pezones, succionándolo con ardor, al mismo tiempo que sus dedos trazan la curva del otro pecho, y una de sus manos va en dirección a mi entre pierna, y encuentra mi sexo latiendo de tensión.
La agarro por el pelo cuando comienza a jugar con mi clítoris hinchado, rozando su intimidad mojada en mi muslo derecho, impregnando mi piel con su olor y marcando su territorio.
«Solo yo te puedo follar en esta cama…» gruñe, agarrándome por las muñecas y mirándome profundamente, tocando mis labios con los suyos.
Antes de poder decir algo, me vuelve a besar, separando mis piernas con las suyas de forma abrupta, pegando nuestras vaginas, moviéndose frenéticamente encima de mí.
Suelto gemidos y suspiros que son sofocados por sus besos sedientos, intento soltarme de su agarre para poder abrazarla
«Nadie conoce…tu cuerpo…como yo» afirma, anhelante, empujando locamente entre mis piernas, arqueando su tronco y separando nuestros pechos.
No sé a qué se debe tanta posesividad, pero no puedo negar su afirmación. La intimidad que disfrutamos en la cama durante 20 años es tan sublime que, incluso cuando la estaba engañando, acababa pensando en ella, en sus besos y sus caricias, para poder alcanzar un orgasmo.
«Sí…mi amor…nunca nadie me dio tanto placer…como tú» enfatizo, jadeante.
Su respiración se hace más pesada y comienza a gemir encendida, cayendo sobre mí, enterrando su rostro en mi cuello, entregándose a un intenso orgasmo, mientras siento su cuerpo vibrar encima del mío.
Suelta mis muñecas y aprovecho para acariciar sus suaves rizos. Ella respira con dificultad en mi cuello y su cabeza está perlada de sudor.
«¡Necesito sentirte toda mía!» resalta, con voz ronca y, sin más dilación, se yergue, colocándome a cuatro patas.
Separa mis nalgas, pasando la lengua por la abertura de mi ano, al mismo tiempo que sus dedos juegan con mi nervio hinchado y palpitante de deseo.
Su otra mano me retiene, mientras ella sigue lamiendo y chupando aquella región, arañando levemente el lateral de mis caderas, enloqueciéndome de pasión por su atrevimiento.
Diferentemente a la primera vez en que me hizo sexo anal, Emma se está esforzando en dejarme bastante lubricada, posiblemente porque me va a poseer por detrás y confieso que estoy ansiosa por sentirla penetrándome doblemente de nuevo.
Me doy cuenta de que sale un momento, pero regresa enseguida, y siento el plástico del dildo en la hendidura de mi trasero, mientras distribuye besos por toda mi espalda.
Su mano recorre el camino desde mi sexo hasta mi ano y siento que me está lubricando con mis fluidos vaginales y con la crema que debe haber cogido del baño.
Da leves tirones de mi pelo y comienza a entrar lentamente por detrás, al mismo tiempo que sus dedos separan mis labios mayores.
Gimo, una mezcla de dolor y placer, y ella lame mi nuca, haciendo más profunda la penetración anal e introduciendo dos dedos en mi vagina.
Desliza sus labios hasta mi oreja, mordiéndola levemente, embistiéndome con ganas, arrancándome gritos de éxtasis.
Aún dentro de mí, me empuja suavemente contra el blando colchón, levanta mi pierna izquierda, haciendo que forme un 4 y coloca las manos a un lado de mi torso, quedando medio inclinada sobre mí, sintiendo sus pechos en mi espalda, cuando mueve sus caderas.
Vuelve a mordisquear mi oreja, chupando el lóbulo una y otra vez. Giro mi cabeza para poder verla y ella agarra mi mandíbula, entrando y saliendo incontables veces, en un ritmo terriblemente sabroso, presionándome contra el colchón.
Las uñas de mi mano izquierda están clavadas en el blando tejido de seda. La otra desciende hacia mi entrepierna y comienzo a estimular mi clítoris, mientras Emma aumenta el ritmo de sus estocadas.
Mi cuerpo se tensa bajo el suyo y ligeros espasmos recorren mis terminaciones nerviosas. Abro y cierro los ojos, sintiendo cómo se aproxima el orgasmo, ver su expresión mientras me folla me excita mucho.
Un torrente de placer me envuelve tan fuerte que no consigo delimitar su principio ni su fin. Parece que una gran ola me arrastra en una espiral de gozo y, cuando me doy cuenta, estoy con el rostro encajado en su pecho bañado de sudor, intentando recuperar el raciocinio y normalizar la respiración.
«¿Ahora puedo saber el motivo de todo esto?» pregunto, sonriente y todavía jadeante «No es que me esté quejando, pero me gustaría saber, por ejemplo, qué te hizo mi árbol» concluyo escuchando su risa
«Tu manzano solo fue un medio para llegar a ti» explica, enigmática, apartando unos húmedos cabellos de mi rostro
«¿Y qué te he hecho esta vez?» pregunto, sorprendida, levantando mi cabeza para mirarla
«¿Te acuerdas de que esta mañana recibí una llamada?» hago un gesto positivo con la cabeza «Bien, pues fui llamada para que fuera a arrestar a cierta persona, por alteración del orden público, y ella acabó contándome sobre tus encuentros nocturnos con Elsa aquí, en la casa» concluye, enfadada
Me quedo pasmada y rebato
«Sé que mi palabra no vale mucho, pero juro por nuestros hijos, que son dos de las personas que más amo en la vida, que no me encuentro con Elsa desde que nos encontraste en el motel»
Emma se queda pensativa, parece que está haciendo un esfuerzo para creer en lo que le decía. Sin embargo, antes de que hablase, le pregunto
«¿Quién te dijo eso?»
«Milah» responde, después de unos segundos de silencio
Sorprendida ante esa información, tomo valor y afirmo
«Hay algo sobre ella que debería haberte contado hace tiempo»
Sin embargo, antes de comenzar mi relato, el teléfono de Emma suena. Veo el nombre de Ariel en la pantalla y ella me hace un gesto para que espere, mientras atiende.
Cuando cuelga, vuelve a mi lado.
«Regina, ¿podemos continuar con esta conversación después?» pregunta, mientras se está vistiendo «Ariel se ha sentido mal y está hospitalizada» esclarece y, en ese momento, me muerdo el labio para no reír, imaginando que la "zorra pelirroja" está en el hospital a causa de la "travesura" que llevé a cabo con ayuda de Ruby.
Nada más ella salir, después de decirle que nuestra conversación podría quedar para más tarde, me quedo preguntándome hasta cuándo voy a soportar compartir mi esposa con Ariel, dándome cuenta de que, una vez más, estoy sola en la cama, mirando para el lado izquierdo del lecho, vacío, y acariciando la colcha donde, hace unos instantes, su cuerpo fatigado reposaba sobre el mío.
