¡Hola! No dispongo de mucho tiempo así que hoy no me enrollo mucho LoL. Gracias todos los lectores y especialmente a los que mandan reviews para saber si voy bien encaminada XD. Os responderé a todos en cuanto pueda n.nU.
Salu2 y disfrutad de la lectura.
Capítulo 10. Eterna nevada. Guerra fría
Despertar siempre resulta doloroso en invierno, en especial si uno se siente partido en dos. Siempre era de noche, o de día, quién sabe, bajo aquella eterna y gris penumbra.
Parpadeaba bajo la azul oscuridad y permanecía en su lecho de hielo por unos minutos, reconstruyendo a duras penas las barreras que protegían sus recuerdos. Era lo único que le aseguraba su identidad, los rostros que nutrían sus sueños y le hacían desear no despertar. El miedo le corroía cada noche cuando se dejaba caer sobre las pieles, pues temía despertar y haber olvidado por completo quién era y a donde pertenecía. Sin embargo era una sensación tan pasajera como inútil. Después su mente se limitaba a divagar sin metas definidas, subyugada por una fuerza tan grande que vencerla resultaba imposible.
Cada día de aquella eterna nevada olvidaba una parte más de su pasado. Una sensación, un color, una risa. Se fundían como la nieve cuando la alcanza un rayo de sol. Y él quería llorar, pero parecía haber olvidado cómo eran las lágrimas y el sonido del llanto.
Como un polluelo que no ha conseguido romper su cascarón antes de que se le acabe el tiempo.
Un cazador nocturno se movió con una agilidad desmedida en la oscuridad, tan rápido que apenas dejó huellas en la nieve. Perseguía una presa que pastaba apaciblemente en un pequeño claro que había a unos veinte metros de su posición. Acarició la flecha de plumas negras con delicadeza y la tensó en el pequeño y flexible arco.
El ciervo movió una oreja, como si hubiera percibido su movimiento, pero no salió huyendo, sino que hundió de nuevo el hocico en la escasa hierba helada que aún sobrevivía bajo la nieve.
Peter sintió que se le partía el alma cuando soltó la flecha y acertó blanco. El ciervo sufrió una incierta agonía de unos cuantos segundos, pero después se derrumbó sobre la inmaculada blancura, sin vida. El joven, que rondaba los dieciocho años en aquellos momentos, se apresuró a correr hacia el venado y a desollarlo tan rápido como pudo. Mientras faenaba, no pudo más que derramar algunas lágrimas esporádicas de arrepentimiento.
El invierno duraba ya dos largos años. Dos años de nevadas continuas, de frío insoportable y de silencio sepulcral en cada rincón de Narnia. Los narnianos que seguían fieles a Aslan se escondían en refugios angostos bajo tierra, lejos del alcance de los secuaces de la Bruja Blanca. Peter, Caspian y sus hermanas no eran una excepción: vivían aquí y allá, cambiando de hogar cada poco tiempo por miedo a ser descubiertos. La orden de Jadis había vuelto a ser impuesta y cualquiera que tenía contacto con ellos era condenado a muerte.
Sin embargo, los rebeldes seguían allí. En la actualidad, Peter y los suyos estaban guarecidos en casa de Buscatrufas, aunque los topos habían tenido que faenar a destajo para ampliar la madriguera del tejón. Llevaban allí más de tres meses, pero sabían por experiencia que no sería por mucho más tiempo.
Mordiéndose la lengua, separó la piel de la carne y la dividió en porciones. Después del tan repentino invierno, los vegetales se habían ido terminando y las reservas de comida disminuían peligrosamente. Aún contra su naturaleza, los narnianos se habían visto obligados a cazar presas vivas, hasta el punto de que cualquier ser sin capacidad de habla podía servir de alimento en una situación dada. El problema era saber distinguirlas, y por eso el corazón del cazador se veía atenazado cuando soltaba la flecha.
Con su preciada carga acomodada en un morral, enterró el resto del animal bajo la nieve y retomó su camino. Peter aún seguía llorando levemente cuando subió la loma y se adentró en el bosque profundo.
El Bosque Tembloroso era un lugar extremadamente tétrico desde que había empezado el invierno. Muchos árboles habían muerto y yacían congelados allí hasta el fin de los tiempos. Apenas había animales que se aventuraran a salir a la intemperie y la mayoría hibernaba hasta que el hambre se hacía insoportable. Con cuidado de no resbalar, Peter descendió por la loma con todo el sigilo posible.
La cueva de Buscatrufas estaba en la zona oriental del bosque, sólo que la entrada era más discreta y estaba más escondida que tres años atrás. El chico aún recordaba las complicaciones iniciales de vivir en aquel lugar, pues sólo Lucy podía andar por la guarida sin golpearse la cabeza. Pero ya era un lugar bastante más habitable.
Se detuvo frente a las dos rocas que escondían el portal y golpeó el portón de madera con los nudillos. Susurró el santo y seña cuando una voz se la preguntó desde el interior y se adentró en la guarida mientras se sacudía la nieve del pelo. Susan estaba en el recibidor y se apresuró a pasar los diversos cerrojos al tiempo que entraba.
–¿Has tenido suerte? -preguntó, mientras le sostenía el arco y la aljaba.
–Un ciervo. Tendremos para aproximadamente tres días -calculó el chico, quitándose la capucha y colgando la capa en una percha tras la puerta.
Se adentraron en la casa, donde el agradable calorcillo de la lar reconfortaba a cualquiera que lo notara. Buscatrufas se desplazaba aquí y allá, al parecer preparando un puchero, mientras Lucy cortaba lo que parecían unas patatas algo resecas. Caspian, en el fondo de la cueva, partía leña con una pequeña hacha, pero se incorporó al verle llegar.
–¿Has encontrado a alguien por el camino?
–Nadie. El bosque está desierto, como siempre -aseguró Peter, acercándose al fuego y frotándose las manos con insistencia.
De pronto el chico descubrió que quien había formulado la pregunta había sido Lucy. Apoyada en una arcada de piedra natural y cubierta con una manta parecía un poco más triste que antes. Al recibir la respuesta del chico, su semblante se ensombreció.
–Creía que quizás... habías visto a alguien importante...
Peter sabía muy bien a qué se refería.
No habían sabido nada del hermano de los tres desde que había empezado aquel invierno perpetuo. Después de que Edmund desapareciera, Peter había enviado escuadrones de rastreo en su busca, pero nunca lo habían encontrado, ni siquiera un cuerpo al que dar sepultura.
No obstante, se negaba a admitir que le hubiera perdido con aquella facilidad. No perdía la esperanza de encontrar a Edmund sano y salvo.
–Bueno, pues vamos a cocinar un poco de carne de ciervo, ahora que podemos -ofreció Buscatrufas, rompiendo el silencio de forma oportuna.
–Eso es -sonrió Peter forzosamente-. ¿Quieres un poco, Lu?
–No tengo mucha hambre. Prefiero irme a la cama ya -susurró la pequeña, dándose la vuelta y entrando en uno de los cuartos, el que compartía con Susan.
Se sentó en su lecho y siguió mirando la cortina corrida como si de pronto le revelara lo que quería saber. Hizo un gran esfuerzo por no ponerse a llorar, pero sus ojos se humedecían de forma traicionera.
Tras la mención a Edmund, Lucy había caído en una nueva pequeña depresión. Acurrucada en su pequeña y humilde cama había llorado incontables noches por la pérdida de su hermano, por no saber de su paradero o del destino que le había aguardado. Era innegable que Peter y Susan habían sufrido mucho por aquel suceso, pero para ella era diferente. Pues desde el segundo regreso a Narnia, algo les había unido de forma irremediable. Era un lazo extraño e ilógico, como una confianza mutua terriblemente ciega.
Después de todo, Lucy no podía olvidar que Edmund había sido el único en creerla cuando dijo ver a Aslan.
"Querido hermano, ¿por qué te fuiste de nuestro lado? ¿Tanto te hirió la desconfianza de los narnianos?"
Por supuesto, nunca obtenía respuesta.
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Las volutas de humo plateado ascendían como serpientes que se retorcían hasta extinguirse cerca del techo. Trumpkin fumaba en pipa, aunque se le notaba medio adormilado. No obstante, sus ojos pequeños y oscuros se encendían cada vez que tocaban un tema referente a la guerra.
–Hoy he hablado con los enanos de las minas del sur -aseguró-. Y las cosas van bastante mal. Algunos de los nuestros han estado haciendo trabajitos para la Bruja, aunque me avergüence decirlo.
–Aún hay enanos de fiar, Trumpkin -aseguró Buscatrufas, recogiendo los platos con lentitud-. ¿Qué me dices de los Siete Hermanos? Ellos siempre han sido fieles a los Hijos de Adán y no han dejado de forjar armas y cotas de malla para cuando llegue el momento.
–Me preocupa más que las Bestias Parlantes decidan mantenerse al margen -opinó Peter, rascando una muesca de la mesa-. Aunque son muy buenos luchadores, su organización es precaria. Y últimamente he visto muy pocos de ellos por estos lugares -se rascó la barbilla con insistencia-. Creo firmemente que debería ir a Beruna -dijo de pronto-. Todos sabemos que allí circulan todo tipo de rumores. Si queremos iniciar los preparativos del levantamiento, hay que ir allí.
–Podría ser peligroso, Alteza -indicó el tejón, dejándose caer sobre una de sus trabajadas sillas.
–Ya he ido más veces allí, la última vez hace apenas dos semanas -argumentó el joven.
–Pero esa vez no teníais intención de hacer nada, debo recordaros -intervino Trumpkin, retirándose la pipa de la boca por un segundo.
–Yo debo darle la razón a Peter -dijo Caspian, intentando no moverse mucho-. Será más discreto que vaya él solo pues llamará menos la atención. Aunque también podría ir yo.
La razón por la que trataba de no moverse mucho era que Susan se había quedado dormida con la cabeza apoyada en su hombro. Cualquiera que hubiera vivido con ellos notaría en el acto que había algo más que cortesía y amistad en sus miradas. Pero sólo era eso: miradas, cariño, quizás algunas palabras más corteses de lo justo que habían ido forjándose en los dos años que habían vivido bajo el mismo techo. Caspian era un rey y sabía muy bien cuales eran sus prioridades.
Peter parecía decidido a sacarse de la manga cualquier argumento que le permitiera hacer lo que se proponía.
–A mí me conocen por allí, al menos los que están de nuestro lado. Hay que obtener información a como dé lugar y empezar a difundir los rumores, a pesar del riesgo que pueda haber. Iré mañana al alba. No se hable más.
Nadie se atrevió a cuestionar su decisión. Peter le dio unas palmaditas a Susan en la cara para despertarla y después él mismo se echó en la litera que compartía con Caspian. Se obligó a sí mismo a descansar, pero lo cierto es que pasó rato hasta que consiguió cerrar los ojos y obtener un descanso aceptable.
La Bruja Blanca detuvo el trineo en las puertas de su palacio y descendió con elegancia. Pasear por sus dominios era sin duda el placer máximo, al igual que ver el miedo reflejado en los ojos de los que había sometido a su yugo.
Atravesó la gigantesca arcada y tendió sus ropas de viaje a unos obedientes enanos que se aseguraron de atenderla bien. El silencio de su morada le resultaba deliciosamente perfecto, al igual que las paredes recubiertas de cristal azulado. Tras unas leves escaleras, llegó al salón principal, enorme y de techos y paredes relucientes, donde un trono cubierto de pieles la esperaba con un bárbaro aspecto. Sólo había otro ser vivo a parte de ella en aquella sala vacía de mobiliario alguno.
Era un adolescente de cabello oscuro que permanecía sentado de forma algo miserable en el suelo translúcido. Vestía con pieles, grises a excepción de las botas, que eran blancas. Tenía el rostro extremadamente pálido, enfermizo, tanto que casi se asemejaba al de la Bruja. Sólo los labios eran sorprendentemente rojos, acentuado aquel parecido con Jadis. Las manos del chico estaban entumecidas y amoratadas por el frío. Su mirada, antaño emprendedora y llena de vivacidad, yacía desprovista de vida y de luz interior.
–Majestad, apenas quedan fragmentos -emitió, señalando las pequeñas esquirlas que tenía en una bandeja de argento-. Le pido que me permita descansar por unos minutos, pues las manos ya no me responden.
Jadis pareció valorar realmente su propuesta, pero era incapaz de sentir compasión por el adolescente. Era su esclavo y ella su señora: no había nada más.
–Te lo he repetido durante estos años, Edmund -repuso con frialdad-. Sólo aquel que quebró la vara puede reconstruirla. Y no te permitiré descanso alguno hasta que reúnas todos los pedazos.
Edmund siguió mirándola por unos instantes, tratando de enfocarla con una cada vez más deficiente visión, pero después posó de nuevo la mirada en el cetro de cristal que descansaba en el suelo helado a su lado. Era un material dorado blanquecino tan exquisito como el diamante de más quilates que uno pudiera encontrar en nuestro mundo.
Suspiró con pesadez. La vara mágica estaba casi completa, pero aún faltaban unos pocos fragmentos. Y el pesar de Edmund era muy superior a lo imaginable, pues sabía que una vez reuniera todos los trozos él sería el primero en ser convertido en piedra, pasando a ser una estatua de lujo en el vestíbulo del palacio de Jadis.
Y uno puede preguntarse: ¿Por qué no retrasar a propósito el final de aquella tarea si el completarla conlleva un castigo tan desmedido? Edmund carecía ya de motivaciones para vivir y sentía que una muerte indolora sería el final perfecto a su castigo. Aunque, a decir verdad, en muchas ocasiones tenía la sensación de que aquella reconstrucción era una excusa para mantenerle ocupado bajo su mando. Con su enorme ejército y su eterno invierno, él no creía en absoluto que la Bruja necesitara de su varita para sembrar el pánico.
Cogió una nueva esquirla, aguda como una aguja, y buscó a ojo el lugar en el que encajaba. No era una tarea fácil: a diario aparecían seres que decían haber hallado un fragmento de la vara quebrada. Eran muchos, y en ocasiones tan pequeños que apenas se veían a simple vista. Edmund debía examinarlos para corroborar que realmente pertenecían al cetro y después colocarlos en el lugar oportuno. Dos largos e interminables años no habían bastado para terminarla.
Jadis sonrió con una siniestra crueldad y acarició la mejilla del muchacho, en un claro gesto de burla, antes de volver a sentarse en su trono. Edmund se hubiera estremecido por aquel frío roce tiempo atrás, pero ya no había sensación externa o interna que le afectara.
Él mismo parecía hecho del más irrompible hielo.
Se pinchó. La aguja de dorado cristal penetró en uno de sus dedos. El muchacho exhaló una queja entrecortada, demasiado refleja. Se quedó por unos segundos meditativo, ausente al dolor: el color rojo de la sangre destacaba increíblemente con cualquier cosa que hubiera visto en los últimos tiempos, siempre de unos monótonos azul, gris y blanco. Lo desconcertó al principio, pero después recordó que aquello era una herida y se llevó el dedo a la boca para acallar el dolor.
–¿Te has pinchado? -sugirió Jadis desde su trono.
Él la miró sin decir nada y aquel gesto sirvió como asentimiento. La bruja permaneció estática por unos segundos, pero después retiró una mitad de su manto de piel blanca de encima y lo mantuvo levantado.
–Ven aquí, Edmund -ordenó.
La capacidad para ignorar la voluntad de la Bruja Blanca se había visto prácticamente anulada para Edmund a lo largo de aquellos años. Se puso en pie con agilidad y caminó hasta su lado. Obedeció sin rechistar y se sentó sobre las piernas de ella, rígidas y fuertes, también frías. Ella cubrió sus hombros con el manto y después dirigió una sonrisa petulante al muchacho, que sólo parecía vivir para oírla hablar. Con lentitud pero más fuerza de la justa, cogió la mano del chico y observó el corte. Edmund arrugó las cejas cuando el frío pareció penetrar en la herida y helarle la sangre en las venas. Pero fue algo tan fugaz que después creyó que lo había imaginado.
–Voy a permitirte salir al exterior, Edmund -aseguró-. No me servirás de nada si pierdes el juicio estando encerrado. Tienes doce horas, ni una más ni una menos, para pasear a tus anchas por Narnia. Sin embargo, debo tomar medidas para que no huyas al verte sin vigilancia -rió para sí.
Levantó una de sus níveas manos y desplazó los dedos por la garganta del chico.
–Acabo de robarte la voz. No podrás volver a hablar a menos que regreses aquí y retire el hechizo de tu persona. Además no podrás mostrarle tu rostro a nadie, pues quien consiga verte la cara morirá en el acto. Y no creo que tú quieras eso, ¿verdad?
El chico ahora mudo asintió quedamente, mirándola a los ojos con intensidad. A continuación bajó del regazo de la bruja y se alejó en dirección a los pequeños aposentos donde se encargaría de conseguir una capa de viaje y unas botas de piel.
La taberna del Jubón de Plata era uno de los lugares más secretos y a la par más célebres de la derruida ciudad de Beruna. Las criaturas que todavía mantenían algo de fe en Aslan sabían de su ubicación pero pocos eran los seguidores de la Bruja Blanca que lo conocían. En aquel lugar se criticaba el tiránico dominio de Jadis y circulaban conspiraciones e insultos varios contra su persona.
No era la primera vez que Peter estaba allí, pero era un lugar que no solía frecuentar, al menos no más de dos veces al mes. Aunque solía estar lleno de ruidosos enanos rojos y algún que otro fauno mayor, uno también podía hallar harpías, enanos negros camuflados y en ocasiones ogros que se negaban a quedarse fuera. Por supuesto, cuando alguno de los últimos aparecía, nadie abría la boca para decir nada contra la Bruja.
Entró con total confianza, pues no deseaba levantar sospechas. Antes de retirarse la capucha, observó alrededor para identificar a los presentes. Como era habitual, un corrillo de enanos rojos bebía y reía animadamente en un rincón, fumando al mismo tiempo. Unos cuantos faunos tocaban flautas en el centro, aunque sonaban discretas y muy distintas al jolgorio habitual en las fiestas de verano. El amo del local era, por extraño que pareciera, un meneo de las Marismas que al parecer había tenido algunos problemas cuando los secuaces de la Bruja Blanca habían tomado las marismas septentrionales.
–Buenas -saludó el joven cuando se sentó en un taburete, cerca de la barra-. ¿Se cuece algo nuevo?
–Hola, amigo -respondió el meneo, aunque de un modo bastante apático-. No ha habido muchas nuevas favorables, que digamos. Sólo que la policía ha encerrado a unos cuantos faunos que habían decidido encender una fogata en el Prado Danzarín y bailar a su alrededor.
–Vaya -se lamentó Peter-. Pero no creo que les tengan retenidos por mucho tiempo. No es algo tan grave.
–Yo no lo diría así -protestó el tabernero con el semblante serio-. Empiezo a pensar que cualquier día de estos encerrarán a las criaturas por el mero hecho de respirar. No me extrañaría en lo más mínimo.
Sin duda alguna los meneos eran criaturas optimistas, se dijo Peter con algo de ironía.
Mientras bebía un ligero trago de un vino algo fuerte, observó a alguien que le había pasado desapercibido hasta entonces. Estaba sentado en la barra y se cubría totalmente con una capa gris que no dejaba ver ni la punta de su nariz. Llevaba botas de piel blanca, algo bastante inusitado. Por las manos pálidas que aferraban el vaso se podía deducir que era un humano, aunque Peter no recordaba haber visto ni siquiera telmarinos en los últimos dos años, puesto que la mayoría habían emigrado a Archenland.
–Amigo, ¿de donde eres? -sugirió con precaución.
–Mucho me temo que es mudo, amigo -intervino el meneo mientras encendía otro candil con sus largos dedos-. Ha tenido que indicarme lo que quería tomar con señas.
Peter se estremeció al pensar que los secuaces de la Bruja Blanca podían ir cortando la lengua de la gente por ahí, pero antes que eso Jadis prefería matar, así que no era demasiado probable. Más sentía que debía averiguar quién era el desconocido, pues bien podría ser un espía de la Bruja con apariencia humana para despistarles.
–¿Eres de Archenland, quizás? -preguntó, fingiendo inocencia.
El desconocido pareció mirarle tras los pliegues de la capa, pero no hubiera podido asegurarlo. Ni siquiera pudo discernir el brillo de sus ojos. Ejecutó un movimiento parecido a un encogimiento de hombros.
–¿Carlomene? No puede ser, tienes la piel muy pálida -intentó de nuevo Peter, frunciendo más y más el entrecejo.
Empezó a sentir desconfianza ante la negativa de no responder ni dar señal alguna. De forma disimulada, aferró la empuñadura de la espada por debajo de la capa, dispuesto a saltar sobre el extraño si no descubría algo sobre él.
–Exijo que respondas, más que sea con un asentimiento -declaró de pronto, desconfiado.
La taberna quedó en total silencio, incluida la música, y todos los ojos estaban puestos en ellos. Sin embargo, el encapuchado siguió sin soltar una palabra y tampoco parecía dispuesto a aclarar el por qué de su presencia allí. Con su ya legendaria habilidad, Peter desenvainó su espada y atacó al desconocido, lanzándose sobre él.
Más éste fue rápido. Sacó de su capa dos dagas gemelas y paró la embestida del chico. Por supuesto, el salto dado por Peter consiguió tumbarlos a ambos sobre las baldosas de piedra. El pánico cundió y los faunos salieron en desbandada, y los enanos intentaron separarlos.
Pero Peter no tenía más ojos que para su oponente, el cual parecía conocer de memoria todos sus movimientos. Tras apartarle la hoja de la espada con el pie, el otro levantó sus dos armas y mantuvo una postura totalmente defensiva. Ello descolocó momentáneamente a Peter, pues el otro no parecía querer herirle, más bien defenderse.
Salieron al exterior entre empellones y choques de armas. Un grupo creciente de espectadores se congregó en la calle y la puerta de la taberna, contemplando la pelea y vitoreando indistintamente a un bando y a otro. Peter, a medida que seguía con aquel combate, iba teniendo más y más una sensación de déjà vu. Había algo en el juego de pies de su adversario y el modo en el que dominaba las dagas que le resultaba familiar.
Extremadamente familiar.
No tuvo duda alguna de lo que estaba ocurriendo cuando hizo un movimiento de ataque y le aferró una mano a su adversario para soltarle la daga. Más lo que notó fue otra cosa: éste tenía la mano fría, muy fría. Algo raro habiendo estado en un lugar tan caldeado.
–No puede ser... -emanó sin aire debido a la esperanza.
Sólo conocía a una persona que siempre tenía las manos frías.
No consiguió exteriorizar lo que pensaba. En un sólo parpadeo, la otra persona guardó sus armas y saltó sobre un caballo blanco que estaba sujeto a un poste en el exterior de la taberna. Peter se movió excesivamente rápido debido a la emoción y también aferró su montura, desatándole y subiendo a su lomo con la agilidad que bien humanamente pudo reunir.
Beruna era una ciudad situada en el llano, al lado del Gran Río de Narnia, por lo que Peter no perdió de vista a su objetivo en todo el rato. Le persiguió a través de las aguas heladas del río, y de llanuras cubiertas de nieve cegadora. La noche cayó pronto y les sumió en una oscuridad envolvente, pero la persecución no cesó ni un sólo instante. Peter no podía permitirse dejarle escapar sin comprobar que estaba en lo cierto.
–¡Edmund! ¡Eres Edmund, ¿verdad?! -vociferaba a menudo.
No obtuvo respuesta alguna. El otro se limitaba a espolear su caballo con más fuerza y la montura seguía avanzando de modo incansable, como si su ánimo fuera infinito.
Peter fue incapaz de contar después cuánto tiempo había durado aquella cacería desesperada, pero la luna formó un claro camino sobre su cabeza en todo aquel rato y cabalgó durante horas bajo su cinéreo resplandor. Sólo se detuvo cuando, calado de frío y totalmente agotado, vislumbró algo distinto a la llanura eterna que había visto hasta entonces.
Un castillo que conocía bien, aunque sólo de lejos y velado por la bruma del miedo. Enorme y altísimo, con torretas semejantes a chapiteles, y que bajo la luz lunar presentaba un brillo azulado. Y ante sus absolutos horror y estupefacción, la figura que perseguía se adentraba en la arcada cristalina, como si fuera su propio hogar.
Se quedó allí unos momentos, indeciso, con una parte de su ser tirando furiosamente hacia delante y pidiéndole que siguiera la única pista sobre su hermano que había tenido en dos años. Pero sabía que era un suicidio, más entonces que estarían sobre aviso. No podía comprender nada de lo sucedido, pero tenía una cosa clara.
Iba a recuperar a Edmund. Aunque tuviera que perder todos sus miembros.
–Jadis... -susurró únicamente, apretando los dientes con rabia.
Edmund entró, jadeando, en el palacio de la Bruja Blanca. Dejó a unos enanos negros cuidando de su caballo en el patio de piedra y ascendió a trompicones los escalones de piedra helada. El eco de su alterada respiración reverberaba en las cercanas paredes azules y, junto al latido de su desbocado corazón, creaban una sinfonía insoportable para su oído.
Inspiró profundamente bajo la capucha antes de atreverse a presentarse ante la Bruja. Sabía que Jadis poseía poderes extraños y fascinantes, y algunos podían leer la mente de los hombres. No quería que ella supiera a quién había encontrado en su precipitada visita a Narnia y que todos los recuerdos volvían a él como un imparable torrente.
Allí estaba ella, sentada en su trono y con el rostro inexpresivo, como cincelado en pura roca. Posó los ojos en él al verle llegar y sonrió, creyendo que había cumplido con su parte. Edmund sintió, de un modo u otro, que algo de la magia que pesaba sobre él se desvanecía y supo que el hechizo que le impedía mostrar su rostro había desaparecido. Se fue directo a su sitio habitual, dispuesto a seguir con su infatigable tarea sin dar muestra alguna de alteración.
–Ven aquí, Edmund -exhortó la Bruja con frialdad.
Él giró sobre sus talones sin titubear y se acercó a su trono, hasta estar al alcance de su mano. Jadis acarició su garganta con sus pálidos dedos y después tomó sus manos entre las suyas. Era una sensación extraña que unas manos del tacto del hielo acariciaran las suyas, templadas.
–Tienes las manos calientes -emitió, mirándole fijamente.
Después, sin previo aviso, descargó un golpe tremendo sobre el rostro del chico. Edmund sintió el sabor de la sangre en el paladar mientras perdía el equilibrio y se derrumbaba sobre los escalones, jadeando quedamente. Jadis se elevó de su asiento hasta que sus pies estaban justo frente a la cabeza del muchacho, que se mantenía inclinado por su voluntad.
–¡A pesar de todos los hechizos que he lanzado sobre ti, intentas huir de mi lado! ¡Maldito mocoso desagradecido! ¿¡Con cual de tus hermanos te has encontrado que ha tocado tus manos y hecho flaquear el maleficio de frío eterno que pesa sobre ti!?
–No sé de qué me habláis, mi señora... No he hablado con nadie y nadie me ha visto el rostro, tal y como usted quería -dijo él, lo bastante alto como para ser oído.
–Mientes -era una afirmación y ella enseñaba los dientes mientras hablaba-. No hay poderes mágicos que puedan quebrar un hechizo de frío eterno. Sólo el tipo de magia que Aslan apreciaba puede hacer eso. ¿Has ido a buscar a tus hermanos?
–¿De qué iba a servirme, Alteza, si no podía hablarles ni dejar que me vieran? Sólo he ido a Beruna a tomar un trago -juró el muchacho, inclinando tanto la cabeza que prácticamente rozaba el suelo con la frente.
Jadis evitó cuestionarse si el chico tenía o no la edad para beber, pero sabía que le estaba mintiendo de forma descarada. La primera vez que le había visto, cuando sólo era un muchacho tembloroso y hambriento que se había sentado en su trineo, había distinguido la capacidad de mentir en sus ojos. No eran unos ojos puros y cristalinos, habituales en los niños: yacían velados por la ignorancia y la avaricia, por el ansia de elevarse sobre los demás. Entonces no supo exactamente sí podía confiar en él o no o si tarde o temprano haría lo que consideraba correcto.
Pero en aquel momento sí lo vio. Sus ojos eran nítidos como espejos, y en un mar de insensibilidad las emociones latían como llamas encendidas. La mentira era vibrante como el estallido de un trueno.
–Sé que mientes, Edmund. Pero por lo que veo ya has recibido el suficiente castigo -soltó la Bruja en una carcajada.
El chico no supo inmediatamente a qué se refería, pero de pronto sintió algo totalmente distinto al frío irrompible que había percibido en aquellos dos años de encierro sin paredes.
Lágrimas. Estaba llorando de forma imparable y las lágrimas calientes rodaban por sus pálidas mejillas. Las emociones habían regresado a él y le apuñalaban con crueldad.
Comprendió en el acto a qué castigo se refería la Bruja.
Ems, no... No tengo intención alguna de escribir ninguna escena de romance, a pesar de lo que haya parecido en cierto punto de este capítulo. Puede que haya alguna que otra pareja, pero este fic es de aventura, família y fantasía, así que lo que es romance no vais a leer prácticamente nada XD. Lo digo porque mi fiel hermana, que lee todos los capítulos antes de que lo publique, me preguntó si iba a haber amoríos y esas cosas. La respuesta es no xDDD
Emi: ¿Sigues conservando tu salud mental después de leerte tres capítulos de tirón? Oye, eres mi ídolo XD. Gracias por el empeño y salu2.
Mell.Russell: ¡Me encanta como lo has descrito! Yo lo hubiera llamado "hachazo", pero bueno xDDD. Me alegra haberte despertado tantas emociones, pero es que eso es lo que persigo, así que me doy por satisfecha xD. Mil gracias por el infaltable review y muchos buenos deseos. Salu2.
