Capítulo once: detrás en el callejón

Roger sacó un reloj de su bolsillo y lo consultó. "¡Mira la hora! Creo que ya he tomado demasiado de tu tiempo. Es mejor que pasemos a los negocios ¿Qué te trae por aquí?"

"Esta carta" contestó Delbert, mostrándosela.

Roger sacó su monóculo, lo acomodó en su ojo y empezó a leer en voz alta. "Profesor Delbert Doppler… Universidad Wine Grower… Aviso de Envío… material para un seminario… recoger en la dirección… ¿aquí?"

"Es correcto," le confirmó el doctor a su amigo. "la mayor parte del material son libros, así que hablé con Henry y me dijo que aquí podían conseguir lo que necesitaba más rápido que en la universidad pero primero tenía que ponerse de acuerdo con los distribuidores sobre la fecha de entrega. Debió llegar el sábado pero aparentemente hubo algunos problemas."

"Ya veo," dijo Roger, suspirando con enojo. "esa es precisamente la razón por la que estoy aquí. Ven conmigo." Ambos se levantaron y salieron de la sala de descanso. Cruzaron el lobby hasta llegar a la puerta del cuarto de almacenaje.

"He estado recibiendo muchas quejas referente al servicio de mis tiendas en esta zona de Montressor," comentó Roger, buscando sus llaves. "por eso vine inmediatamente para saber que estaba pasando y descubrí que han habido muchos retrasos con las entregas debido a las inspecciones que les están haciendo a las naves repartidoras." Metió la llave en la cerradura y abrió la puerta. La habitación estaba bastante oscura. Roger registró la pared a su lado, encendió un interruptor y la habitación se iluminó; revelando montones de cajas apiladas unas sobre otras. Roger hizo pasar a Delbert. "Cuando estaba haciendo el inventario creo que vi una caja con tu nombre en ella."

"¿Tú hacías el inventario?" inquirió Delbert. "¿Dónde están Carol y Henry?"

Roger empezó a revisar las etiquetas de las cajas. "Henry esta haciendo algunas entregas para aliviar un poco la presión que tenemos aquí," explicó. "Carol se reportó enferma."

"¿Ella esta bien?" preguntó el Cánido.

"Nada de que preocuparse, es sólo un resfriado." Respondió Roger. "Ayer estuvo tratando de disculparse personalmente con algunos de nuestros clientes."

"Esa sí que es una empleada dedicada" se dijo Delbert a sí mismo. "como alguien que acabo de ver…"

Roger seguía revisando cada caja y haciendo a un lado las que ya había visto. "Déjame decirte que hay personas que tienen muy poca paciencia. Aguantar las quejas de otros es malo para la salud. Voy a darle unos días libres después que se recupere." Finalmente, encontró la caja que buscaba. La puso sobre otra más grande y quitó la cinta adhesiva que la mantenía cerrada. "Aquí tienes, revisa si esta todo lo que pediste."

Lo primero que Delbert hizo fue aspirar el olor de libros nuevos. "Llámame maniaco pero me encanta ese aroma."

"Ya somos dos" dijo Roger, sonriendo haciendo una mueca.

Delbert asió un libro de cubierta negra y retiró el plástico que lo envolvía. Roger cruzó los brazos y se apoyó en un estante. El titulo "Teoría de los Túneles Quantum" se podía ver claramente desde su posición. Él alzó una ceja y vio a Delbert mientras ojeaba algunas páginas. Conocía al Doctor demasiado bien para preguntarle algo sobre el tema (Derek no había sacado de la nada su hábito de explicar excesivamente las cosas). Además, el Cánido ya le había comentado que iba a dar un seminario donde expondría las más recientes teorías sobre astrofísica.

Delbert colocó el libro de vuelta en la caja y sólo observó la portada de los que quedaban. "Todos parecen estar aquí." Dijo él.

"Bien," se alegró Roger, juntando sus manos. "prepararé todo para…" de repente, la puerta del depósito que conecta con el callejón rechinó al ser abierta y por ella entró un Zandariano cargando con ambos tentáculos un paquete que, en comparación con su diminuto cuerpo, era de enormes proporciones (y pesado además, por el esfuerzo que hacía para meterlo). No notó la presencia del doctor ni la del dueño de la tienda pues el paquete le obstruía la visión de sus múltiples ojos. Usó su codo para tratar de cerrar la puerta aunque no pudo hacerlo completamente. "¡Henry muchacho! Llegas justo a tiempo." exclamó Roger.

Henry se asustó, perdió el equilibrio y el paquete se balanceó peligrosamente en sus tentáculos. "¡Cuidado!" gritó. Se movió de un lado al otro, tratando de recuperar la estabilidad pero las cosas simplemente estaban fuera de control. Se dirigía a estrellarse contra una pila de cajas frente a él.

Delbert y Roger, viendo que la colisión era inminente, rápidamente intervinieron. Delbert logró atrapar a Henry. Roger quiso detener el paquete pero con el peso y la velocidad que llevaba, eso resultó imposible. Se resbaló de sus manos e hizo chuza con la pila de cajas. Cuando el estruendo del derrumbe de las cajas cesó, hubo unos segundos de silencio.

"¿Te lastimaste?" inquirió Delbert, todavía sujetando a Henry de los brazos.

Henry se puso de pie. "N-no… creo que estoy bien" dijo él algo nervioso, asegurándose de tener todo en su lugar. Alzó la vista para ver a su salvador. "Hola Doctor Doppler, gracias por la ayuda"

"De nada" respondió Delbert, mirando a su alrededor. "¿Roger?" lo llamó. "Roger ¿dónde estás?"

El pequeño Zandariano se subió a una caja y utilizó sus ojos para ver en todas direcciones. "¡por allá!" lo señaló.

"¡Santo cielo!" exclamó Delbert corriendo a donde apuntaba Henry. Parece que Roger tampoco pudo mantener el equilibrio y terminó boca arriba sobre un montón de libros. Delbert llegó como un relámpago al lado de su amigo quien yacía con los ojos cerrados. "¿Estás bien Roger, puedes oírme? Henry, anda rápido a buscar ayuda."

"¡Delbert, Delbert, cálmate!" exclamó Roger, abriendo los ojos. "No necesitas entrar en pánico, los libros amortiguaron mi caída." Henry llegó con ellos segundos después y entre él y Delbert ayudaron a Roger a levantarse.

"Gracias al cielo que estás bien," dijo Delbert. "por un momento creí que estabas herido."

Roger se sacudió la ropa. "sólo me aturdí un poco, eso es todo." le aseguró él.

"¿Estás seguro?" dudó el doctor. "Una caída así puede ser peligrosa."

Roger entornó los ojos. "Sí, estoy seguro. Sé que no soy tan joven como antes pero aún soy tan fuerte como un roble." ambos empezaron a reír.

"Lo siento mucho, señor Hudson," se disculpó Henry, avergonzado. "debí ser más cuidadoso."

"Tonterías, muchacho," le dijo su jefe. "tú no tienes la culpa. Yo no debí asustarte así." Roger contempló el desordenado panorama del almacén. "Vaya desastre que causó ese paquete ¿Qué hay adentro? Ni una caja de enciclopedias pesa tanto como esa cosa."

"Honestamente, no lo sé, señor." contestó Henry. "Fui a llevarle ese paquete a la señora Wilson como me lo pidió esta mañana, pero cuando ella lo revisó me dijo que no era lo que había pedido. Y tenía razón, aquí no vendemos aparatos tan raros como esos."

Roger arqueó una ceja. "Hmm… será mejor echarle un vistazo a esos aparatos." él miró a Delbert, levantando su dedo índice. "Ahora regreso, amigo mío."

Roger y Henry fueron hacia las ruinas de la pila de cajas y una por una las hicieron a un lado hasta que encontraron su objetivo. Henry enderezó el paquete y abrió la tapa para mostrarle a su jefe el contenido. Roger metió la mano dentro y sacó un pequeño objeto gris y cilíndrico, el paquete estaba lleno de ellos. Lo examinó minuciosamente de arriba abajo puesto que jamás había visto algo parecido, el pequeño Zandariano se veía tan intrigado como él. Delbert puso sus manos en su espalda mientras aguardaba pacientemente, observando desde la distancia. Roger se dio la vuelta y se acercó a la luz, sosteniendo en alto el objeto para verlo claramente. Se rindió, tratando de averiguar la procedencia y el uso del artefacto, y decidió consultar la opinión de su amigo. "Delbert ¿puedes venir aquí un momento?" sostuvo el objeto con su pulgar y su índice delante del doctor cuando éste se acercó. "¿Qué crees que pueda ser esta cosa?"

Delbert asió el artefacto y se ajustó los lentes. Deslizó su mano sobre la superficie para sentir la textura. Era liso, sin ninguna marca visible o tangible y brillante bajo la luz pero no era metal. Estaba cubierto de filamentos como si fuera alguna clase de circuito. Pero fue cuando lo olfateó que pudo sentir que algo no estaba bien. Había químicos adentro, muy poco comunes para pasarlos por alto. Olfateó de nuevo y alzó una ceja. "Hay algo inusual…"

Roger cruzó los brazos y miró cuidadosamente a Delbert. El Cánido cerró los ojos y arrugó la frente, consultando en su mente sus conocimientos de química. "Un compuesto hecho de… metano… nitrógeno y… ¿benceno?"

Roger notó que su amigo se veía algo tenso. "¿Te sientes bien?" le preguntó. Allí fue cuando Delbert empezó a actuar de modo extraño en opinión de Roger. Sostuvo el objeto delicadamente en su mano y caminó lentamente hacia la caja de donde provenía. "¿Delbert?" inquirió Roger nuevamente, esta vez preocupado. "¿Algo anda mal? No soy un experto en químicos pero…"

Delbert lo interrumpió pidiéndole que estuviera en silencio, no pretendía ser grosero pero ese no era un buen momento para charlar.

Henry lo observó aproximarse y se rascó la cabeza. Miró al resto de los objetos dentro de la caja. "Deben ser piezas muy delicadas y valiosas." supuso él.

Delbert estaba a pocas pulgadas de regresar el aparato a su sitio cuando sus nervios lo traicionaron. Su mano comenzó a temblar y se le resbaló. A partir de ese instante fue como si el tiempo hubiese transcurrido más despacio. Él sofocó un grito y se paralizó. Henry simplemente estiró el brazo y atrapó el objeto antes que llegara al suelo. Después, lo depositó suavemente en la caja y sonrió. El Cánido parecía a punto de desmayarse.

El dueño de la tienda se puso las manos en la cintura. "¿Te importaría explicar por qué estás actuando como un perro en un circo de pulgas?"

El doctor sacó un pañuelo y secó su frente, suspirando aliviado. "Eso estuvo cerca." Dijo él, volteando hacia Roger. "Tenemos suerte de estar vivos, estos son detonadores de dinamita." Henry se alejó de la caja al oír la última palabra.

Roger, sin embargo, veía a su amigo; escéptico. "Por favor, Delbert." repuso él. "No me malinterpretes pero debes estar equivocado ¿Cómo es posible que un material así haya sido enviado aquí por error? La oficina de correo lo habría detectado de inmediato."

"Tal vez deban ver esto." Intervino Henry, rasgando uno de los lados de la caja. Tanto Delbert como Roger le hicieron caso al Zandariano. Él había removido el papel con la dirección, develando las iniciales C.M.B. en el costado.

"¿Compañía Minera Blowstone?" exclamó Roger, alarmado. "Esto es inaudito ¿Qué clase de irresponsable confundiría la dirección de un paquete tan peligroso?"

Delbert tenía serias dudas ¿Qué alguien cambiase las direcciones por equivocación? Altamente improbable. Las compañías mineras en Montressor llevan un estricto control de sus materiales, ya sea por responsabilidad o por las sanciones que acarrearía su manejo indebido.

"¿Sabes quien dejó ese paquete Henry?" inquirió Roger.

El Zandariano sacudió la cabeza. "No, señor Hudson. Carol fue quien lo recibió. No hay remitente ni señales de haber pasado por la oficina de correo."

"Bueno, por favor llámala y pregúntale." Le ordenó.

"Después que lo hagas, tal vez debas llamar a la policía." Sugirió Delbert.

"¿La policía, Doctor?"

"Delbert tiene razón," le confirmó su jefe, enojado. "deben venir a recoger esta amenaza empaquetada. No me gusta para nada este asunto, primero una serie de retrasos, ahora confusión paquetes. Apuesto que es culpa de sus inútiles inspecciones."

En realidad no era esa la razón que el doctor tenía en mente pero no había caso en mencionarlo. Henry asintió y corrió hacia lobby.

Roger miró a Delbert. "Te lo digo, voy a presentar una queja en el ayuntamiento de la ciudad cuando todo esto termine." Se paró al lado del doctor y le puso una mano en la espalda. "Gracias por salvarnos el pellejo con tu nariz, amigo mío, Henry y yo podríamos haber volado sin nave hasta la luna."

Delbert sacudió la mano. "Yo no hice nada. Tal vez exageré, si los detonadores no explotaron después de esa colisión quiere decir que son inofensivos."

"No seas modesto, mereces una recompensa." replicó Roger. "Como muestra de gratitud, yo pagaré el coste de tus materiales." Viendo que Delbert iba a comenzar a discutir, añadió: "Insisto."

"Me das demasiado crédito." dijo Delbert, cruzando los brazos.

"Es sólo lo justo." contestó Roger, en el momento antes que Henry entrara de nuevo en el almacén.

"Señor Hudson, Carol necesita hablar con usted. Es importante."

"Muy bien, anda arriba y busca el pedido de la señora Wilson. Si no lo encuentras, no te preocupes, yo veré que sucedió con él. Luego bajas aquí y llevas los libros del doctor a su carruaje. ¿Podrás hacerlo, muchacho?"

"Cuente conmigo, señor Hudson" Henry partió inmediatamente a cumplir su tarea.

"No quiero ser un estorbo, Roger," respondió Delbert. "si están demasiado ocupados, puedo volver después."

Roger le palmeó la espalda, sonriendo. "No puedes evitar pensar primero en los problemas de los demás ¿cierto? Bueno, yo no puedo dejar de pensar en mis clientes primero; en especial si se trata de un buen amigo mío. Espera aquí, por favor. Henry volverá en cualquier momento." Se dio la vuelta y cruzó el umbral.

Delbert se enfocó en el paquete. Guardó sus manos en los bolsillos de su chaqueta y caminó a una distancia prudencial alrededor del paquete. Los aparatos, ahora conocidos como los detonadores, se veían pacíficos bajo la luz. No era de extrañar que él estuviese tan nervioso, uno solo podía volar una montaña entera, y allí había un paquete lleno de ellos. Obviamente alguien los envió pero ¿con que propósito? Él dejó de caminar y puso su mano en su barbilla. Ese momento de meditación permitió que Delbert captara voces diferentes a la de Roger y su empleado. Miró hacia la dirección de la que provenían las voces y vio que la puerta que Henry usó para meter el paquete estaba entreabierta. Debido a un singular fenómeno acústico, todo lo que sucedía en el callejón trasero resonaba dentro del almacén. Lo siguiente que escuchó fue a alguien acallando a otra persona.

"sí, la capitana Amelia" dijo una voz.

Delbert inmediatamente agudizó más su oído y se aproximó lentamente a la puerta. Escuchar una conversación privada era algo que él jamás hacía, no obstante unos desconocidos estaban hablando de su esposa y eso era algo que no podía ignorar. Dio un vistazo a través de la abertura pero no logró ver a nadie en la parte que le era visible del callejón.

"¿Qué es lo que quieren con ella?" inquirió una voz diferente.

"No lo sé, pero seguramente nada bueno."

"¿Tendrá alguna relación con la desaparición del Anaheim y el Leónidas?"

"Lo estamos investigando pero hasta ahora no sabemos cuál es la conexión."

"¿Gray sabe del atentado?"

"Sí"

"¿y aún así quiere continuar con el plan? No me parece correcto lo que le hace a ella. No es el cuello de él debajo del hacha."

"A mí tampoco, por eso voy a contactarla pronto, ella debe saberlo."

Delbert no entendía muy bien de qué estaban hablando, pero si ellos querían algo con Amelia, tendrían que encararlo a él primero. Asió la puerta, decidido a abrirla y descubrir la identidad de los desconocidos. Pero entonces la sirena de la policía empezó a sonar.

"La policía viene en camino ¿Qué hacemos ahora?"

"Tú regresa al escondite, yo tengo que ir al puerto."

"¿Qué hay del paquete?"

"Aquí ya no tenemos nada que hacer. La policía se lo llevará."

"¿Paquete?" pensó Delbert, sorprendido. Su mano comenzó a halar la puerta cuando le tocaron el hombro.

"WHOA!" gritó Roger cuando el doctor dio un brinco. "Lo siento, creí que me habías escuchado venir ¿te sientes bien?"

Respirando agitadamente y con una mano en el pecho, el Cánido asintió. "Sí, sí, estoy bien, estoy bien"

"En verdad tengo que tener cuidado, parece que soy bueno asustando a la gente." bromeó Roger. "Te acompaño hasta tu carruaje, Henry ya viene a recoger tus libros."

Delbert iba a pedirle que aguardara un segundo. Aún tenía que averiguar quienes eran los que hablaban en el callejón. Pero al fijarse en la puerta se dio cuenta que con el susto la había cerrado y ese tipo de puerta se bloqueaban automáticamente. Para cuando él le hubiese pedido a Roger que la abriera y le explicase el motivo, los desconocidos seguramente ya habrían desaparecido. Sin otra opción tuvo que resignarse. "Te sigo" dijo finalmente.