Capitulo 10 parte 1

Volvemos al Sengoku en el momento donde nos quedamos. Este capítulo abarcará algo de tiempo en… poco tiempo. Disfrútenlo

La noche cayó sobre la pequeña aldea… una noche sin luna, pero tan clara y serena que se admiraban las estrellas, las cuales iluminaban sutilmente una escena encantadora.

Un joven Hanyō, ocupado en limpiar el lugar donde se había realizado una curiosa ceremonia, se mostraba un poco molesto. Eran las noches sin luna las que lo hacían sentir algo vulnerable, porque revelaban su naturaleza humana.

Inuyasha había adquirido su apariencia humana, esa que le resultaba un poco incómoda; sus ambarinos ojos habían tomado un tono oscuro como el cielo nocturno, y sus plateados cabellos también se oscurecieron, resaltando sus facciones suaves, las garras se convirtieron en manos normales. A pesar del cambio se podría decir que no perdía su atractivo.

En ese preciso instante se encontraba ayudando a sus amigos a limpiar el área cercana al Árbol Sagrado, en donde se había celebrado los esponsales de Miroku y Sango por segunda vez, con sus conocidos monstruos; esos que habían sido amables con ellos en el transcurso de las aventuras pasadas. Aún se preguntaba la razón por la cual Sesshōmaru había atacado a Koga, el Comandante de los lobos demonios, y no quería pensar que su hermano, un imponente Daiyōkai, lo había defendido de un sarnoso lobo con rabia. Para dolerle la cabeza, así que mejor dejó de pensar en ello y se dedicó a terminar las labores encomendadas.

El hermano de Sango, Kohaku, había decidido quedarse a dormir en casa de la anciana Kaede para acompañarla, debido a que la pequeña Lin, la niña que le "cambió" el corazón a Sesshōmaru, se fue con éste último, no se sabía hacia donde, y regresaría hasta la noche siguiente. ¡Ah!, y también porque notó las… buenas intenciones de su cuñado para con su hermana.

Inuyasha también decidió ir con Kaede. Como humano no deseaba quedarse afuera a pasar la noche. Pero les prometió a sus amigos ayudarles con la limpieza, porque el Árbol Sagrado era su sitio favorito: allí había conocido a la chica de negros cabellos y hermosos ojos cafés que lo hizo sentirse nuevamente amado. Y lo mejor es que ahora, aunque lejos en el tiempo, la sentía cerca de él.

Sus camaradas aún no se habían retirado a sus aposentos, y también se encontraban limpiando. "Es nuestro deber" había dicho la joven castaña cuando su marido casi se quería fugar con ella del lugar, para dejar que el Hanyō hiciera todo. Se ganó un buen bofetón por tal acción.

¡Keh! — dijo Inuyasha al tiempo que levantaban algunos restos de comida dejados por los monitos —. ¡Qué fastidio tener que hacer esto!

Tranquilízate — le dijo Miroku mientras él también levantaba otros desechos —. Si nos apuramos terminaremos pronto.

Y volteó a ver a su querida mujercita, la cual aseaba del otro lado del prado. Sango se movía con agilidad, agachándose para levantar los restos que había en ese lugar, lo que provocaba el sutil movimiento de sus caderas y que su castaña cabellera ondeara al viento. Aún no se había quitado el hermoso traje chino, regalo del gran demonio blanco, y le sentaba taaan bien en esa parte de su anatomía por la que su esposo perdía la cordura. Éste no pudo disimular una mirada de deseo contenido, los azules ojos le brillaron ansiosos.

¡Keh! ¡Miroku, cálmate y no seas tan… obvio! — le espetó Inuyasha, que había visto la cara de baboso de su amigo con fastidio —. ¡Me purga que seas así!

Bueno es que es tan… — le respondió Miroku sin quitar la vista de su amada, soltando un suspiro profundo — bonito el movimiento.

¡Ya cállate y cierra el pico! — lo interrumpió bruscamente su amigo —. No me des detalles que no te pido ni necesito.

Está bien, ya me calló. — dijo el ojiazul dedicando su atención nuevamente al trabajo, disimulando un poco su molestia por tener que salir de su "cochino y lujurioso mundo" — Guardaré mis cosas para más tarde.

Al fin, concluida la tarea, únicamente restaba acarrear los regalos que faltaban a la cabaña de los esposos. Ya Kohaku y Shippou habían ayudado al llevar algunos obsequios, despidiéndose y retirándose velozmente porque también notaron… las intenciones del pervertido monje. "Se me hace que este enfermo de Miroku quiere partir a Sango por la mitad… ¡voy a perder la apuesta!" pensó el kitsune mientras se alejaba con el muchacho.

¡Qué bien! — dijo el ojiazul al enderezarse —, ¡al fin terminamos! Y ahora… — rápidamente abrazó a su adorada tentación, la cual se había acercado a ellos y en ese momento se encontraba de espaldas a él, estirándose para relajarse después de tan duro trabajo — ¡Mi vida! — le habló cerca del oído.

Esta vez la "mano maldita" de Miroku tomó a su esposa de un lugar más arriba de la cintura mientras apretaba su cuerpo contra el de él (jijiji, recuerden como abrazaba Kuno a Ranma mujer, cuando la agarraba por sorpresa). La furia de la exterminadora se mostró en su totalidad (su presencia maligna), haciendo retroceder a su marido. Sango enojada le daba más miedo que un centenar de espíritus… hasta Inuyasha se escondió detrás del atontado manolarga, mirando a su amiga con expresión de horror.

¡MIROKU! — le gritó ella con enojo — ¿¡ES QUE NO PUEDES ESPERARTE HASTA QUE ESTEMOS SOLOS HACIENDO…! — y súbitamente se sonrojó.

¡PAF!, le soltó una buena cachetada a su asustado esposo.

¡Mira lo que me haces decir! — le dijo aún sonrojada y enojada, desviando la vista de ellos — ¿Qué van a pensar?

El Hanyō puso los típicos ojos de puntito con su gotita anime en la cabeza ante una situación algo repetitiva. "¡Keh!, pues que se te han pegado algunas mañas", pensó en tanto su gesto volvía a ser hosco.

Sanguito, amor… — Miroku se acercó lentamente, sobándose la mejilla — ¡Perdóname, no lo vuelvo a hacer! — y realizó el movimiento del "tigre caído" (o sea que se arrodilló y le dedicó breves reverencias, jajaja).

¡Keh! Sango por favor — le espetó Inuyasha viéndola con enojo y un poco de burla, mientras pensaba que eso no era novedad en su amigo el monje —, si llevan tres días con lo mismo… Ya conoces al manolarga de tu esposo.

Pues debe aprender a controlarse delante de las visitas — contestó la castaña mientras le dirigía al aludido una mirada de reproche en sus hermosos ojos cafés, y él seguía arrodillado con la cara al suelo —, y más aún delante de Kohaku.

Lo siento vida mía — el ojiazul se acercó un poco más a su mujer, aún de rodillas, y le tomó delicadamente una mano, —, eres tan hermosa que me es difícil controlar mi amor por ti — para después frotar suavemente con el dorso de ella su mejilla golpeada. —. ¿Me perdonas? — Y la miró con ojos de borrego tierno, "Si no le derriten mis palabras, a lo mejor si esta mirada" pensó mientras le dedicaba también una sonrisita entre pícara y tímida.

"Otra vez éste y sus payasadas", el de ojos negros hizo un breve gesto asqueado, viendo la escena con cara de aburrido, "Lo que le es difícil controlar son sus impulsos perversos". Rememoró muchas de las ocasiones en que su amigo no controlaba a su "mano maldita", terminando siempre golpeado en cuanto la joven exterminadora notaba esos manoseos desenfrenados en su bella anatomía.

Ahhh… — el rubor que coloreaba los pómulos de la castaña se hizo más intenso — lo pensaré — contestó al fin; bien que la conocía su marido, esos ojitos azul profundo le habían hecho estremecerse un poco —. Ahora terminen de llevar los regalos — continuo tratando de guardar las apariencias ante su amigo de negra cabellera — mientras iré a despedirme de Kohaku y Shippou, y darles las gracias.

Y se fue andando por el sendero, dirigiéndole a su esposo una mirada de "Más vale que te comportes adecuadamente". El monje se levantó y volvió a sobarse la mejilla.

¡Ahhh!... ese movimiento de cadera — dijo como para sí mismo, soltando un suspiro — me alucina.

¡Keh! Ya te dije que no me des detalles — Inuyasha lo miró también con reproche, hablándole con dureza —. Mejor obedece a tu mujer o tal vez esta noche el que duerma fuera sea otro… ¡jajaja! — se carcajeó brevemente ante su chiste.

Muy gracioso Inuyasha. — contestó el ojiazul lanzándole una mirada de disgusto —. Terminemos con esto.

Y se fueron también, llevándose los últimos regalos con mucho cuidado.

Por cierto Inuyasha — le preguntó Miroku mientras caminaban, recordando el último suceso de esa tarde —, ¿qué fue lo que te ocurrió?

¿A qué te refieres? — contestó el aludido, aunque se imaginó hacia donde iba la pregunta.

Bueno, cuando estabas peleando con Koga… — continuo — caíste como todas las veces que la señorita Aome te decía "Osuwari".

¡Cómo olvidarlo! — respondió el Hanyō con una mirada que reflejaba un poco de disgusto e ilusión —. Esperaba que tú me lo explicarás.

A ver dime… — insistió su amigo — ¿qué sentías? Porque actuabas muy raro.

Pues… — reflexionó el de ojos negros — sentía que Aome me acariciaba… — y se sonrojó en cuanto su amigo lo miró con una significativa mirada que parecía decir: "Por eso la carita de placer ¿no?" — eso me daba mucho gusto... ¡Miserable Koga! — agregó enojado —, ¿por qué tuvo que provocar a Sesshōmaru?

En eso puede que tengas razón — ahora el que reflexionaba era el monje, poniéndose algo serio —. Yo diría que posiblemente la señorita Aome se encontraba del otro lado del árbol, en su época. O sea que…

¡Qué el Árbol Sagrado nos conecta! — dijo Inuyasha muy feliz, comprendiendo lo que eso significaba, y sus oscuras pupilas brillaron de contento —. ¡Qué bien!... Espero que Aome se haya percatado.

Tal vez no puedan conectarse al grado de poder hablarse — continuo el ojiazul con su reflexión — pero, al parecer, la cercanía al árbol les permite sentir su presencia. Ahora entiendo.

¡Lo que sea esta bien! — le interrumpió el Hanyō, visiblemente contento —. ¡Ojala coincidamos otra vez!

Me alegro por ti amigo — le sonrió Miroku cuando llegaron a la cabaña y entraron —, por lo menos en esencia están conectados. Bien, déjame ver. — y acomodaron los regalos sobre un mueble.

Y si que eran extraños. Destacaba una roca espiritual obsequiada por el dios Mono; diversidad de venenos y antídotos preparados por el Maestro de las pociones; hierbas medicinales especiales, regalo de Jinenji, y… una gran piel de jabalí, regalo de Koga.

Sacaré provecho de esto… — murmuró Miroku en cuanto vio el regalo del dios Mono, — Los venderé a precio de oro… — volvió a decir algo más emocionado, admirando el regalo del Maestro de las Pociones — ¡Seré rico! — gritó triunfante al ver el regalo de Jinenji.

Inuyasha había escuchado todo el monólogo de su amigo con gesto de "¡Qué aprovechado eres!"

El regalo de Koga es… espectacular — observó el ojiazul al sacar la piel de su envoltorio.

¡Keh! ¿Acaso también la vas a vender? — le espetó Inuyasha sin disimular su fastidio —. Miroku… eres un cínico.

¿Cómo crees? — contestó el aludido —. Necesitaremos un cobertor para el invierno.

El de oscura y larga cabellera puso ojos de puntito en tanto le brotaba la típica gotita anime… su colega podía ser demasiado elocuente.

¿No te basta con tu calentura? — dijo enojado.

¡Jajaja! — rió alegremente el monje ante la expresión de su amigo —. De todos modos necesitaremos protegernos, porque no nos vaya a dar un aire.

¡Keh! — espetó el Hanyō aun con enfado —. No empieces otra vez… me enferma tu forma explícita de decir las cosas.

Inuyasha — ahora Miroku lo miró con seriedad —, es mejor que te alecciones un poco para cuando la señorita Aome regrese.

¡Keh! — "Este pervertido me va a…" pensó sintiendo ganas de ahorcarlo por inconsciente —. ¿Tú me vas a dar lecciones? — contestó bruscamente al tiempo que se sonrojaba un poco —. No gracias, me das náuseas… además, a tu mujer no le gustaría — observó cruzándose de brazos, desviando la mirada oscura del rostro de su amigo.

¿Y quién te dijo que te mostraría la práctica? — le contestó el ojiazul aparentando ofenderse por la observación —. Lo que yo hago aquí, aquí se queda. Sango no es instructora, sólo es mi discípula.

¡Jajajaja! — se rió Inuyasha mientras le bajaba el rubor, volviendo a ver a su compañero —. Pero no te gusta guardar mucho la discreción — dijo un tanto irónico.

Bien ya no sigas — ahora el sonrojado era otro —. Cuando retornemos a nuestras actividades normales te daré algunos tips, de forma teórica.

Mientras el primer tip no sea ser manolarga — el Hanyō habló con tono burlón —, eso no te ha funcionado mucho.

No, ese es mi cosecha personal — respondió el monje, mientras acomodaba el "cobertor" sobre su colchoneta nupcial —. Si me disculpas traeré a mi mujercita a casa, a ver si ya me perdonó.

Y se disponían a salir de la habitación cuando…

¡Miroku, cariño! — Sango entró velozmente y se abalanzó sobre su marido, plantándole un gran beso en los labios mientras caían juntos sobre la colchoneta.

La castaña ignoraba que su amigo Hanyō aun estaba con su esposo; Inuyasha hizo gesto de "Lo sabía, ya se le pegó lo indecente" al ver la acción de la exterminadora. Miroku tardó en reaccionar como un segundo, en lo que caían a la colchoneta, y lo primero que hizo fue abrazarla tomándola de la cadera, correspondiendo el beso de forma apasionada, como si no le preocupara que su amigo los viera.

Ejem… por mí no se detengan — dijo el de oscura cabellera, entre avergonzado, molesto y divertido —, ya conozco la salida.

La joven reaccionó al oír la voz de su compañero y se apartó un poco de su marido, enrojeciendo visiblemente.

¡Inuyasha! ¿Estabas ahí? — le dijo apenada volviendo la vista hacia él.

No te fijes y continúen, — dijo el Hanyō y se apartó para salir — yo ya me iba de todos modos.

Miroku no había soltado a su esposa y le lanzó una mirada a Inuyasha como diciéndole "¿Qué diablos esperas para irte?". Sango le dio a Miroku una pequeña cachetada al sentir todavía sus manos donde no debía agarrarle delante de los demás.

¡No enfrente de las visitas! — dijo un tanto enfadada y, aún sonrojada, se dirigió a Inuyasha nuevamente —. Lo siento, pensé que ya te habías ido al árbol sagrado.

El pobre manolarga se sobaba nuevamente la mejilla y le lanzó otra mirada enojada a su amigo inseparable, dándole a entender con su gesto que viera las consecuencias de seguir ahí de… metiche. Aquel fingió no darse por enterado del reproche silencioso.

No dormiré ahí por hoy, no quiero pelear esta noche con alguna basura que se le ocurra molestar — le dijo, y salió de la habitación al tiempo que continuaba —. Y no se molesten y disfruten… Adiós.

"Por lo menos ahora no me mareara el "amor"" pensó el de larga y negra cabellera mientras salía de la cabaña de sus camaradas, y escuchó a su alocado y pervertido compañero decir un tanto alto:

¡Sango, mi amor! ¡Bésame otra vez!

"Ese mugre Miroku… y Sango que se hace." pensó nuevamente Inuyasha mientras apuró el paso para no escuchar nada más que pudiera avergonzarlo "Si bien que le encanta que él sea así". Desvió un poco su camino, antes de ir con la anciana Kaede. "Iré al Árbol para despedirme". Llegando junto al árbol dijo:

Aome, tal vez ya no estés cerca esta noche — habló en tono suave —, pero se que mis palabras te llegarán; recuerda que te espero porque… te necesito a mi lado. Dulces sueños.

La suave brisa agitó las ramas y, del otro lado del tiempo, como una respuesta, las hojas también se agitaron, enviándole a una chica de negra cabellera, que dormía plácidamente, las dulces palabras de un corazón enamorado.

Nota: Gracias por leer y espero siga siendo de su agrado. No se pierdan la conti porque el Sengoku fue muy intenso en lo que Aome volvió. Viene algo ya esperado después de que ese par de enamorados se casaron… la llegada de sus primeras hijas. ¿Cuántos hijos más podría darle Sango a Miroku? He decidido que no sean demasiados, porque pobrecita de ella… jajaja. Nos vemos.