Lance le acababa de rechazar un cigarrillo. No quería sumar otro vicio, por más que Keith lo provocara con en esa sonrisa juguetona que le regaló desde temprana la noche.

Estaban en el patio de Hunk en el viernes de pizza y esperaban a que ellos eligieran la película, o a que llegaran las pizzas, no lo sabía con seguridad. Pero esperaban. No hablaron mucho en la semana, pero el ambiente sereno le indicaba que todo estaba bien. Que el beso pudo haber sido desenfrenado y fuera de lugar, y ninguno iba a hablar sobre ello, porque estaba bien.

Que estuviera bien no significaba que se harían los tontos.

Al principio, Lance pensó que sí. Que Keith era de la clase de personas que ignoraban todo tipo de acontecimientos que prefería olvidar. Lance lo hacía a menudo. Pero notaba los acercamientos discretos del otro y no podía evitar corresponderle.

Como ahora. Keith apagó el cigarrillo y se inclinó hacia él. Parecía estar tratando de recordar qué iba a decir, o de buscar una excusa para su acción. La luna iluminaba más de sus rostros que la luz de la casa y las estrellas relucían todas dándole coraje. Era una noche agradable. Lance sentía que podría haber estado tronando en una implacable tormenta y seguiría pensando que era una noche agradable.

Lance lo tomó del rostro y lo besó. Estaban enfrentados y sus cuerpos lejos, pero mantuvieron sus rostros como punto de contacto. Volvió a sentir ese golpazo de adrenalina caliente que viraba constantemente entre el amor y la calentura y, al mismo tiempo, no se definía como ninguna de las dos. Las mejillas de Keith eran cálidas y se separó de sus labios para plantar un beso su cachete.

Terminaron mirando las estrellas. Hace rato que Lance no se acostaba en las reposeras de la azotea con sus sobrinos a ver cuál de los dos encontraba más constelaciones. El recuerdo era familiar y un toque nostálgico.

―A veces imagino que mi perro puede transportarse por el espacio ―dijo Keith―. Cuando no estoy en casa, él está en un planeta de otra galaxia o algo así.

Agregó algo de que sería cool y que por eso su padre lo llama Kosmo. Lance se reincorporó con la intención de besarlo otra vez, pero la puerta corrediza se deslizó y un rostro conocido que no veía hace tiempo lo sorprendió.

―¡Allura!

―Lance ―exclamó con el entusiasmo de una niña.

Se abrazaron. Allura siempre olía a frutas acarameladas. Tenía el cabello blanco suelto y adoraba verla así, siempre tan bonita y maravillosa.

―Oh, ¿Y él es?

Keith tenía los brazos cruzados sobre el pecho. No lucía feliz. Era como presentarle a tu pareja actual al ex que nunca superaste. Excepto que Keith no era su pareja. Y Allura nunca lo fue. Lance trató de arreglarlo haciendo las presentaciones, aunque nunca tuvo en cuenta que esta situación se iba a dar tarde o temprano.

―Keith, posible rogue. Keith, ella es Allura, nuestra master de rol y amiga que viene cuando puede.

―Un placer, Keith.

―No sé jugar rol, eso es para nerds.

Lance metió su pie entre los de Keith mientras caminaban, para que se tropezara por lo dicho, y entró a la casa antes de que planeara vengarse.

Entre Pidge y Hunk le explicaron cómo funcionaba todo. Allura lo ayudó a hacer la ficha de personaje (que eligió ser un paladín llamado Akira sólo porque se negaba a admitir que era rogue por todos lados, para molestar específicamente a Lance). Tenía cara de no entender absolutamente nada, pero siempre les pasaba a los que jugaban por primera vez.

Para las cinco y cuarto de la mañana, cuando dieron por concluido este episodio de Voltron, Keith ya estaba sumido por completo en la historia. Las dos primeras horas se la pasaron peleando entre sí, pero luego de un momento único de unión (que Leandro, el personaje de Lance, se niega a admitir que ocurrió) se convirtió en una especie de líder para el grupo.

Fue realmente divertido.

A las seis acompañó a Keith a la calle, que esperaría un rato hasta que el amanecer le brindara un poco de luz para devolverse a su casa. Tenía expresión cansada, pero no tan hostil como de costumbre.

Lance se recostó contra la pared y levantó la cabeza. Nunca había visto apropiadamente un amanecer, pero estuvo cerca durante incontables trasnoches con sus hermanos en la azotea, cuando vivían en Cuba.

―¿Qué hay? ―inquirió Keith con voz suave, envuelto en humo y luces tenues.

―¡El amanecer! ―Explicó, porque para él era lo más común del mundo admirar el cielo.

―Sólo a ti te pueden gustar las cosas más simples ―se burló el otro con la misma suavidad.

―¿Simple? ―Lance estaba ofendido a un nivel personal―. Es una puta bola de fuego gigante a miles de kilómetros que ilumina todo el planeta. Dime qué hay de simple en eso.

Pareció considerar su comentario, con la misma sonrisa burlona que antes. Apagó el cigarrillo y se plantó frente a él como si pidiera su atención. Lance quería hacerse el difícil, pero no era como si atraer su atención fuera complicado.

Keith transformó su sonrisa en un gesto más tranquilo cuando se acercó. Lance vio venir el beso y lo esquivó, dándole la mejilla en su lugar. Clavó la vista al frente. Estaban tan cerca que podía ver su expresión de disgusto.

―Vas a tener sabor a cigarrillo ―se excusó y no estaba seguro de que fuera la verdad.

Quizás fue ver Allura de nuevo. Tal vez estaba confundido hasta la médula y no tenía idea de qué hacer, qué no hacer, qué pensar, si debía pensar, qué diablos sentía por quién.

Para su fortuna, Keith parecía no tener estos problemas, además de ser impulsivo e ignorarlo siempre. Sintió sus dedos en la nuca unos segundos antes de que tirara de él. Lance no estaba bromeando, no le gustaba el sabor a cigarrillo en bocas ajenas.

Pero le gustan otras cosas de él. Le gustaba la manera en que hundía sus dedos fríos contra su piel, casi con la intensión de tironear de su cabello. Le gustaban los pequeños mordisquitos que se daban el uno al otro entre beso y beso, como si no fuera suficiente con un par de insultos y bromas al día para dejar en clara la rivalidad. Le gustaba su cercanía.

Esa mañana le gustó también que lo besara a pesar de haber dudado. Aunque se hubiera perdido el amanecer otra vez.