1799
- Entonces padre quiso castigar a Juan por mojar el vestido de Javiera, pero el muy tonto se escondió detrás de la falda de mi madre.
- ¿Y eso que?
- El marido de Javiera quería reírse, le pareció gracioso que mi hermana se enfadase tanto por un simple vestido.
- Insisto ¿eso que me importa?
- Pues, eres mi amiga, puedo contarte estas cosas que te parecen tontas.
- Mis hermanas ni siquiera hablan de cosas así.
- Eso es porque todas están casadas. – José hizo una mueca antes de girarse, estirándose en medio del patio del regimiento. – Si tu fueses como ellas, ya estarías comprometida.
- No, yo soy un soldado, los soldados como yo no se casan.
- Yo si me voy a casar, será alguien bonita y que no me golpee, quizá una chica que ya conozca.
- ¿Cuándo te vas a Lima? – Oscar cruzó los brazos sobre su pecho, su pelo ondeando gracias a la leve brisa primaveral que soplaba y refrescaba a los jóvenes militares.
- Al finalizar septiembre. – Bufó. – Padre quiere que sea un hombre de bien, parece que está cansado de que me meta en problemas.
- Ya no eres un niño, pronto cumplirás catorce años y es hora de que entiendas cómo funciona el mundo.
- ¿Y como funciona el mundo, Oscar? ¿acaso sabías que jamás podremos optar a un verdadero cargo militar solo por haber nacido en América? Los mejores puestos se los dejan a los peninsulares o a europeos que ni siquiera hablan nuestra lengua.
- Acaso quieres ser gobernador o virrey.
- ¡No! Pero es cansador saber que todo lo que hacemos, cada uno de nuestros movimientos está bajo la venía de un rey que nadie conoce.
- Mi padre lo conoce.
- El tuyo, el mío nunca me habla de eso. – Dio grandes zancadas hasta llegar a un poste, tratando de esconderse del sol. – Quizá este tiempo lejos me ayude a ser menos impulsivo.
- Deberías aprender de Manuel, él es mucho más sosegado y reflexivo, si no se hubiese apasionado por las letras sería un gran estratega.
- No todos tenemos a un André pegado como sombra detrás nuestro.
- ¿Por qué hablas de André? – Oscar se acercó a José, él apretando la mandíbula antes de contestar.
- Es simple, es alguien excepcional, mira como ayuda a Manuel con sus estudios y a ti cuando no estás en el regimiento.
- Es porque es mi amigo.
- Él ya tiene quince y no parece serle indiferente a las mujeres, incluso Javiera que solo lo ha visto un par de veces dice que es muy bien parecido.
- No creo que esas cosas le interesen.
- Es un hombre. – Los ojos marrones de José observaron el perfil de la joven rubia, la mirada azul tornándose dura mientras los músculos del agraciado rostro se apretaban.
- ¿Y eso qué?
- Pronto comenzará a correr detrás de las faldas.
- André no es como tú. – Carrera ignoró la ofensa, su mano derecha jugueteando con los botones de oro de su chaqueta.
- No lo es, pero insisto, ya no es el niño con el que creciste.
- Quizá en eso tienes razón, padre quiere que André estudie leyes, dice que no puede desperdiciar su inteligencia. – Oscar habló con voz suave, casi como si fuera un suspiro. – Cuando estamos en casa no deja que vayamos a montar a caballo ni que practiquemos con la espada, dice que necesita que André aprenda para que algún día me ayude a administrar las propiedades.
- No confía en ti.
- No es eso, un militar tiene que enfocarse en la vida en el campo de batalla, no tiene tiempo para cosas tan mundanas como dinero y esas cosas. – Explicó. – Padre quiere un administrador de confianza para mí.
- ¿Quién te asegura que André estará para siempre contigo?
- ¿Acaso podría estar en otra parte? André es mío y yo no voy a dejar que se aleje de mí.
- ¡Diablos! Pareces una mujer enamorada.
- ¿Enamorada? ¿de André? Es mi hermano de alma, tú no lo puedes entender, va más allá de la misma vida, José.
- Leí ese libro que tanto le gusta a Manuel, ese que habla de Oscar de Jarjayes y André Grandier.
- ¡Cuánta coincidencia! – Exclamó Oscar con falsa sorpresa.
- Búrlate si quieres, pero es un buen libro, aunque esa Oscar y ese André no logren ver el mundo por el que luchan.
- ¿No me digas que mueren?
- Así es.
- ¿Cómo?
- Uno un día antes de la toma de Bastilla y la otra en la misma toma.
Finalmente había podido regresar a casa después de dos meses enclaustrada en el regimiento con la irritante compañía de José quien no se cansaba de repetir esas tonterías sobre André y eso del amor ¿cuándo Carrera se había vuelto un sentimental? Quizá estaba leyendo algún libro de amor cortés y trataba de emplear sus nuevos conocimientos en sus allegados, algo totalmente infantil desde el punto de vista de Oscar.
Se sentó en un banquillo del segundo patio, respirando a gusto el perfume de rosas que inundaba el lugar, suspirando antes de sobresaltarse cuando sintió que cubrían sus ojos.
- Adivina quién es. – Una sonrisa se asomó en los labios de la joven, llevando sus propias manos a las que le negaban la vista para tratar de separarlas. – No hagas trampa.
- Sé que eres tú.
- ¿Quién es "tú"?
- ¡André! ¡Deja de jugar! – Las manos de él se apartaron, ella girándose para encontrarse de frente con su amigo.
- ¿Así me saludas? Tanto tiempo lejos y solo recibo regaños de tu parte.
- Casi suenas como José. – André se sentó a su lado, cruzando los brazos detrás de la cabeza de forma despreocupada.
- Aun es un niño, todavía le falta mucho por vivir.
- Es solo un año menor que tú.
- Igual tú, pero eres mucho mayor de aquí – Señaló la frente de Oscar. – que José, supongo que tiene algo que ver conque tú eres una mujer.
- ¿Cuánto tiempo te quedarás esta vez? – André enarcó una ceja, convencido de que la rubia había cambiado de tema por la mención de su sexo verdadero, sin embargo, decidió ignorar esa idea.
- Tu padre quiere que me quede, desde hoy estudiaré en casa hasta que tenga la edad para entrar a la universidad.
- ¿Estudiaras leyes como quiere Padre?
- Sé que querías que fuese tu médico personal, pero debo hacer lo que mi patrón me manda, sin su ayuda jamás habría podido pisar un colegio ni aprender a leer y a escribir.
- ¿Quién eres y que hiciste con mi amigo?
- ¿Por qué?
- Siempre te quejabas de que no te gustaba estudiar y ahora…ahora parece que ya no quieres dejar el convictorio.
- No es eso, es que aprendí el valor de la educación, Oscar. – Ella lo miró, detallando el perfil del joven hombre, dándose cuenta de que José tenía razón, los rasgos infantiles que tanto añoraba en sus días en el regimiento estaban quedando atrás, dando paso lentamente a un rostro más anguloso, una mandíbula más fuerte y una serenidad en la mirada que solo engrandecía esa dulzura que parecía exsudar; su pelo, negro como noche sin luna, estaba largo y atado en una coleta baja con una cinta de un tono azul casi tan oscuro como los mechones que sujetaba. – Tu padre dice que destacas en el regimiento.
- No es difícil, casi todos mis compañeros son unos inútiles. – Se acomodó las mangas de la blusa, poniendo las manos sobre las rodillas, suspirando.
- ¿Cuánto tiempo te quedaras tú?
- No lo sé, Padre quiere que entre al servicio personal de gobernador, pero no creo que a él le guste tener a una mujer como guardiana.
- Eres la mejor, así que no creo que tenga mucho de que quejarse.
- Pero sabes cómo son los hombres.
- Haz un buen trabajo y nadie tendrá en cuenta si eres hombre o mujer. – Llevó una mano al suave cabello rubio, pasando sus dedos por entre los mechones que parecían resplandecer bajo el sol. - ¿Quieres que vayamos a dar un paseo a caballo?
- Por hoy no, he estado sintiendo unas molestias en el vientre y no me siento capaz de montar.
- ¿Qué molestias? – Se levantó alarmado, asustando a Oscar.
- Solo unos calambres.
- ¿Le has dicho a la abuela o a tu madre?
- ¿Para qué? Seguro debe ser cansancio, André, así que no te preocupes. – Trató de tranquilizarlo.
- Oscar, aún no cumples catorce años y te estas quejando de dolor, por supuesto que debo preocuparme. – Le tendió una mano. – Vamos donde mi abuela ahora mismo.
- ¿No te detendrás hasta que haga lo que quieres?
- De la misma forma que yo te acompaño en tus locuras, quiero que me acompañes a mí y me ayudes a calmarme, mi abuela sabrá que es lo que tienes y te dará alguna medicina para que te sientas mejor.
- Esta bien, pero estoy segura que estás exagerando.
Al fin comienzan las vacaciones de invierno (!siiiiiiiiiii¡), así que podré investigar mucho más para poder seguir con esta historia. (No soy estudiante, o bueno, no en el sentido estricto de la palabra, yo soy "la profe" o "la tía", pero bueno...igual soy joven ])
