Capítulo 11.
Habían dado el gran golpe aunque se habían llevado menos de lo esperado. Poco más de unos cuantos miles de dólares y unos mapas con registros antiguos de tesoros ocultos y grandes minas de metales preciosos, sin mucha credibilidad, que en sus días sirvieron como pagaré de algunas jarras de cerveza. Además parecían aficionados dejándose ver durante tanto tiempo, ¿¡en qué estaba pensando su jefe enfrentándose al Sheriff!? Su primera regla como bandidos era coger el botín y salir corriendo sin mirar atrás pero estaba claro que su jefe estaba hecho de otra pasta de bandido, para él un enfrentamiento más en el que medir su fuerza y velocidad era mejor que todo el oro del continente, aunque llegado el caso se dejaba guiar por él tanto como cualquier otro.
Los primeros retazos de la noche se dibujaban en el cielo, teñido ya de las primeras estrellas y la luna. Los subordinados de Mihawk llevaban varias horas al trote lento, paseando y regodeándose entre risas por haber burlado a los pueblerinos de Solèy y a su propio agente del orden tan fácilmente. Habían sido incautos sí, pero fue como cortarle la crin a un potro, sólo les faltó dejarles el dinero en la puerta del banco y suplicarles que se lo llevaran todo. Y el chaval ese que se hacía llamar Sheriff, pobre inocente, seguro que a esas alturas su jefe le había dejado un pasaje en primicia para el otro barrio. Pero realmente… aunque fuera un rival más al que batir, nunca habían visto a Mihawk tan interesado por algo así.
En aquel momento, el continuo crepitar de la tierra bajo los cascos de un caballo les alertó de que alguien más venía. Se giraron hacía la procedencia del sonido con la certeza de conocer a su jinete y no se equivocaron; Mihawk había regresado.
Los subordinados se acercaron a su jefe, animados. Tenían muchas preguntas que hacerle, deseosos de conocer el desenlace de su duelo, mas la cara agria y de pocos amigos que les dedicó el pistolero al llegar a su altura les hizo contenerse. Se apartaron, dejándole paso hasta ponerse a la cabeza del grupo.
¿Qué hacéis ahí parados? ¡Moveos!- la rudeza de su voz dejaba ver su enfado, helándoles la sangre a los pobres hombres de alrededor; no era bueno estar cerca del pelinegro cuando se cabreaba.
E-Esto… señor, ¿no le ha ido bien?- se aventuró finalmente a preguntar uno. La mirada que recibió por su parte le hizo arrepentirse de haber abierto la boca- No he dicho nada…-murmuró alejándose un poco-
Tsk, por lo que veo no has podido acabar con él, ¿eh Mihawk? Siempre que vuelves de un duelo tienes una cara de sádico satisfecho que da miedo. Pero ahora estás que echas chispas…
¡Cállate Trafalgar! No eres quien para hablarme así.
Sabe que se lo digo con el mayor de los respetos, señor. Además, ¿por qué sino iba a estar sangrando? Pareciera que se ha visto en apuros…
No estuve en apuros. Roronoa sólo era mínimamente hábil con la espada. Ése pobre diablo no se volverá a levantar de la tierra en la que lo dejé tirado.
Pues para ser sólo "mínimamente hábil" le dejó bastante tocado, señor. Permítame que le diga que deberíamos acampar aquí mismo, hemos conseguido un botín curioso que no estaría mal atender con más atención, y de paso dejar que le curase esa herida del costado.-dijo señalando la zona con el dedo-
Mihawk harto de tener que escuchar la palabrería de su subordinado, sorprendentemente el único que tenía el valor de hablarle así y quizá por eso el único que se había ganado mínimamente su respeto de entre el grupo de ineptos que formaban el grupo, acabó cediendo a sus peticiones. Cualquier cosa con tal de dejar de oír su puñetera voz taladrarle los oídos.
Los últimos rayos solares se perdieron en el horizonte, sumiéndolo todo en las tinieblas en que se convertían las noches del desierto. Los ocho hombres se encontraban reunidos en círculo alrededor de una hoguera improvisada a partir de los abundantes matojos resecos de la zona, casi el último reducto de vegetación silvestre de los alrededores. Seis de los hombres charlaban entre ellos comentando en qué gastarían su parte del botín cuando llegaran al próximo pueblo. Por su parte, Mihawk estudiaba un mapa que tenía en las manos a la luz de las llamas mientras que Law atendía la herida de su costado.
Esto se ve feo, es bastante profundo.- dijo Law- Debió de darte fuerte.
Tú calla y cose.
Volvió a centrarse en el papel que había sacado de lo robado en Solèy. En él se reflejaba la topografía de la zona y estaban marcados tanto el pueblo y el fuerte como un asentamiento indio. Además de que cerca de éste se indicaba la entrada a unas minas muy antiguas de incalculable valor en oro, plata y piedras preciosas, de las cuales nunca antes había tenido constancia. La veracidad y confianza de ese mapa era como poco cuestionable pero sólo imaginarse que todas esas riquezas podían estar en sus manos sembraba la duda en él.
¿Crees que es verdadero? –preguntó Law continuando con su tarea.
¡Au! Ten más cuidado. Y no, no sé si lo es, pero no estaría mal comprobarlo…
No me seas quejica- le reprochó-. Entonces, ¿iremos a ver?
No iremos. Irás.
¡¿Qué?!
Lo que ha oído señor Trafalgar. Irás al poblado de esos indios a investigar sobre las minas. Si dicen no saber nada… bueno, estoy seguro de que sabrás convencerlos, ¿verdad? – le acusó, sabedor de que a su subordinado nada le causaba más placer en ese basto territorio por el que se movían que cumplir con la oscura diversión por la que le encarcelaron una vez antes de fugarse de la cárcel: aplicar de forma no usual ni ética todos sus conocimientos en medicina. Usarlos en prácticas poco convencionales de formas poco convencionales constituían para Trafalgar Law la misma producción de adrenalina en su organismo que ser poseedor de un gran tesoro en monedas de oro. Por algo llegaron a llamarle el Cirujano de la Muerte en Europa, de la cual escapó hacia el Nuevo Mundo, precisamente huyendo de la policía. Ésta le acusaba, a su parecer, de forma desproporcionada por operar amablemente a unas cuantas decenas de ciudadanos sin cargos adicionales para sus pobres bolsillos a parte de algunos de sus órganos con los cuales comerciar en el mercado negro. Claro, que eso sus pacientes no lo sabían. Quizá por eso siempre le perseguían los oficiales con tanto ahínco y enfado.
Trafalgar sonrió de forma infantil, recordando con añoranza sus tiempos mozos en los que tanto disfrutaba con aquellas prácticas. Sí, claro que sabía perfectamente a lo que se refería su jefe. Y no, no tendría ningún problema en poder disponer de un poco de información extra si así lo ameritaban las circunstancias. Unos pocos indios menos tampoco harían daño a nadie, ¿cierto?
La mañana se presentó fría, aunque dentro de bien poco cambiaría de forma drástica. Los últimos rescoldos de la pequeña hoguera de matojos silvestres que les alumbró durante la noche daba sus últimos signos de vida dejando escapar un humo grisáceo que se perdía con el soplar del viento de entre las moribundas brasas. Mihawk fue el primero en despertar. Se levantó observando el ascender del astro rey sobre el horizonte. Suspiró. Había visto tantas estampas similares en aquellas tierras de nadie que ya ni recordaba cuanto llevaba en ellas, recorriéndolas. En fin, aquello ya no tenía caso, además algo más importante ocupaba sus pensamientos. Aunque le aseguró a su subordinado que aquel Sheriff no volvería a levantarse de la tierra en que lo dejó tirado sabía perfectamente que sí lo haría, y que vendría a por él. No todos los días se encontraba un adversario como aquel chaval de cabellos verdes y en cierta medida, se alegraba de haberse quedado sin balas en el momento más decisivo; ya no habría podido jugar más con él si se le moría en el primer asalto.
Roronoa Zoro, Sheriff de Solèy, te estoy esperando- dijo en voz baja, lanzando su reto al aire.
Se quedó allí de pie, pensando, hasta que sus subordinados se dignaron a despertar. Tras desayunar, cuando estuvieron todos listos y a lomos de sus monturas el pelinegro se dirigió a ellos para planear sus siguientes movimientos.
Lo he estado pensando y creo que es mejor que todos vosotros vayáis a ese poblado indio tan majo. Espero que no me defraudéis o ni se os ocurra volver a presentaros ante mí si no es para morir.
De ese modo y sin que ninguno de los hombres bajo su mando se atreviera a objetar algún punto de su plan se marcharon divididos en dos grupos. Por un lado sus siete subordinados bajo las órdenes de Trafalgar al poblado Lacota; por el otro, él de vuelta a la cabaña que hacía las veces de base secreta.
Por el camino, Mihawk, iba rememorando mentalmente los apuntes a pie de página que había ido anotando en cada mapa. Desde luego en ninguno de ellos se mencionaba esa espectacular mina fácilmente comparable a la leyenda del Rey Salomón, aunque tendría sentido que la guardaran en la caja fuerte de Solèy si realmente en su interior se hallaban tantas riquezas como aseguraba el derrotero.
Cuatro jornadas después llegó a la cabaña, todo estaba exactamente igual conforme la recordaba de casi tres semanas atrás cuando se fueron, el pozo, los mustios retazos de hierba… todo menos un caballo atado en el poste de la entrada. Dudaba mucho que sus secuaces hubieran llegado antes que él, más bien era imposible, y aún si fuera el caso, habría siete caballos y no solamente uno. Bajó de su montura, dándole una palmada para que se alejara, desenfundó uno de sus revólveres y entro en la cabaña. Al abrir la puerta se encontró con un chico joven revolviendo entre un montón de papeles dispuestos encima de la mesa.
Vaya, vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí?
El chico, que estaba de espaldas dio un bote sobresaltado, seguro que no se esperaba ser descubierto. El pelinegro apuntó al intruso con su arma, asustándole más si aquello era posible.
Bueno, ¿me vas a decir quién eres y qué hacías aquí, o me harás sacártelo a la fuerza? Personalmente, si yo fuera tú optaría por la primera opción.
Vio como el chico tragaba con dificultad sopesando las posibilidades que tenía de salir bien parado de la situación y como finalmente tomaba aire dispuesto a hablar.
Me llamo Yuta. Llevaba días dando vueltas por el desierto cuando encontré la cabaña; como no había nadie y no sabía adónde ir me quedé.
Ya… ¿y rebuscas en mis cosas porque…?
Porque me llamaron la atención. Ha recopilado mucha información.
Sí, es cierto. Son varios años de trabajo. Y dime, Yuta. ¿Por casualidad ese uniforme no será del fuerte Grand Line? –afirmó más que preguntó. Porque él ya conocía demasiado bien ese uniforme, aunque con los años había variado un poco.
El chico meditó la respuesta; era probable que su vida dependiera de ello. Y justo cuando juntó aire para contestar la puerta de la cabaña se abrió dando un fuerte portazo al chocar contra la endeble pared de madera que tembló ligeramente por el golpe.
¡Jefe! –entró Law de forma atropellada y alterado, seguido de los otros seis hombres que formaban la banda. Habían venido lo más rápido que sus monturas pudieron galopar.- Tenemos un problema… Espera, ¿quién es ese?- dijo reparando en la presencia de Yuta-
Sólo un intruso, me estaba encargando de él ahora mismo, no tiene caso. ¿De qué problema se trata?
Los Lacota, señor. Fuimos a su poblado tal y como nos lo ordenaste. Primero declararon no tener constancia de tales minas aunque se les notó muy nerviosos cuando las nombramos. Después bajo artes más sutiles y la certeza de que algunos de sus amiguitos no verían la luz de un nuevo día, admitieron su existencia, pero dijeron que no dirían nada al respecto. Por lo visto unos días antes unos soldados del fuerte Grand Line les hicieron una visita y les amenazaron con matar al príncipe de la tribu si no abandonaban las tierras en las que vivían.
¿Y cuál es el problema?- preguntó Mihawk que no veía la implicación de los soldados en el asunto ni por qué aquello provocaba en el único hombre en su grupo de subordinados que tenía cerebro tanta incomodidad y nerviosismo.
Pues que no dirán nada si no les regresan a su heredero por mucho que me divierta con mi pasatiempo. Antes acabaría con todos ellos a que nos revelaran la información que deseamos.
El pelinegro meditó durante unos instantes la nueva información que tenía y recordando dónde había dejado la conversación con el intruso antes de que llegaran sus subordinados esbozó una sonrisa con un toque siniestro de superioridad, como quien siempre tiene a la diosa Fortuna de su parte.
Entonces estamos de suerte -dijo girándose hacia el chico-. Tenemos a un soldado de Grand Line ante nosotros. Y seguro que está muy dispuesto a colaborar, ¿cierto Yuta? –sentenció Mihawk mientras atravesaba al intruso con sus amenazadores ojos dorados llenos de sadismo que acongojaron a todos los presentes.
