Tu cuerpo, mi cuerpo

- ¿¡Tom!? –exclamó Bill.

Ahí estaba, parado frente a él, la razón de su miserable vida, recordó las palabras de su madre:

"El destino los unirá".

- Bi… Bill. ¿Qué haces aquí? –Su voz era entrecortada. –Bill, mi Bill. –Tom tocó con delicadeza la cara del pelinegro, éste sólo cerró los ojos, para poder sentir esos dedos que le acariciaban.

Echó un suspiro

Rápidamente Tom quitó las manos de la cara de Bill, los pasos de Isabella se escuchaban y su voz también.

- Oh ya se encontraron.

Los gemelos se quedaron viendo, nerviosos, esperando que la chica no haya visto nada.

- Mira Tom, él es Amir Derack, el modelo de que te hablé. –dijo la chica presentándolos.

- Mucho gusto. –dijo rápidamente el chico de rastas, mientras le tendía la mano.

En ese momento Tom parecía tan frío, tan distante, su expresión de amor, había cambiado por miedo.

- Me siento mal. –se excusó Bill, Saliendo de esa habitación. Realmente se sentía muy mal, todo lo que esperó para poder ver a Tom y ahora que lo ve, no era lo mismo, él ya no era parte de su vida, Isabella era parte de ella, no él.

- Lo siento Mariela pero me tengo que ir. –

- No, Bill, ¿Cómo te vas a ir? Acabamos de venir, no hemos quedado en nada. –

- Lo siento de verdad. –Bill sentía unas nauseas terribles. –Pero es mejor así, quédate, no te preocupes por mí, tomaré un taxi. –

- ¡No! Si te vas me voy contigo. –declaró la chica, mientras tomaba su bolso.

- Dije que ¡no! –finalizó.

- Está bien, vete solo. –dijo resignada. –Es tu decisión.-

Salió rápidamente, del apartamento, tratando de no ver hacia atrás, podría flaquear e ir a traerlo aunque sea a rastras. O eso era lo que tenía que hacer.

- Me voy. –anunció Tom rápidamente. –Solo venía por mi móvil que se me olvidó. –trató de hablar lo más normal posible, lo único que quería era salir de allí e ir a alcanzar a Bill.

Corrió, lo más rápido que sus pies le dejaron. Viendo como la delgada figura se desaparecía tras la puerta del ascensor. En ese momento solo se le ocurrió, bajar por las escaleras.

"Que inteligente eres Kaulitz –se decía mientras bajaba corriendo hasta el primer piso."

Ahora era Tom que corría tras Bill, la última vez fue al contrario. Pero él sí lo alcanzaría.

Al llegar al primer piso y poner su pie en el último escalón, vio al pelinegro salir del edificio. No podía ser cierto.

Bill paró un taxi y se montó en el, sin ver hacia atrás. Dejando a su Tom definitivamente.

El de ropas holgadas, se montó a su vehículo, tratando de divisar el taxi en el que se había marchado el amor de su vida.

El celular del chico sonaba, pero lo ignoró, no dejaría que se le escapara, aunque sabía que no podría pasar, ahora lo podía encontrar fácilmente.

- Aquí es. –indicó el chico, mientras sacaba dinero de su bolso. –muchas gracias. –

Con mucho esfuerzo, pero logró su cometido, Tom había llegado unos minutos después al hotel donde Bill se hospedaba.

Entró y miró a Bill camino a los ascensores.

- Bill. –llamó Tom. –No corras por favor. –pidió el chico, acercándose lentamente a él.

El pelinegro se giró hacía esa voz que lo había llamado.

-T-Tomi… -

-Shhh, no digas nada. –pidió, tomándolo de su cuello y jalándolo hacia él.

Se fundieron en un apasionado beso, ignorando la gente que los veía incrédulamente, en medio del lobby del hotel, sin vergüenza, tocándose sin pudor. Hasta que uno de ellos no pudo respirar y se apartó del otro.

- ¿Por qué tardaste tanto Tomi? –dijo Bill entre jadeos.

-Lo importante, es que estoy aquí. –respondió el de rastas.

Lo tomó de la mano, llevándolo hacía su habitación, era claro que no podían quedarse ahí hablando delante de esa gente. Querían algo más privado.

Entraron a la habitación, pero antes de cerrarla Bill colgó el rotulo de NO MOLESTAR, por la obvia razón.

Le miró a los ojos, comprendiendo lo que éstos le querían decir: amor.

- Tomi… Tomi… -decía Bill pasando su lengua por el lóbulo de éste.

El de rastas suspiró y apartó a Bill de su lado. Se sentó en uno de los muebles de la habitación, recapitulando su vida y lo que vivió con Bill, tratando de encontrarle sentido al momento que estaba viviendo, preguntándose, si eso, valía la pena.

-Tom yo… perdóname, juro, juro que me he arrepentido. ¡Te amo!

-¿Desde cuándo lo sabes? –indagó el chico, levantando una ceja.

-Cuando te vi partir. –

- ¿Sí? –dijo con sarcasmo. –No me digas. ¿Cuándo se fue mi dinero, conmigo? ¿Y tú quedaste en nada?

-No, no lo entiendes, dejé todo, volví a vivir donde vivía antes. No soporté verte ir, quería que la tierra me tragara, morir en ese momento hubiera sido mejor. Pero, si hubiera muerto ese día, no estaría aquí contigo.

Bill estaba hincado frente a Tom casi suplicando.

- ¿Amir Derack? ¿Modelo? Cuéntame con quien follaste para entrar en este ambiente…

No había terminado la palabra cuando las manos del pelinegro chocaron contra su cara, dejándole un ardor incontenible.

-¿Qué te pasa? Eres un. –la mano de éste se alzó, para devolverle al chico lo que le había dado. –No vale la pena. –

- ¡Vamos pégame! ¿Eso te hará feliz?... anda pégame, sé feliz con eso. –Bill puso su cara lo más cerca que pudo, cerró los ojos esperando que éste le golpeara fuertemente.

Pero en vez de sentir un golpe sintió unos brazos alrededor de su cuerpo.

-Así, cierra los ojos mi querido Bill. –

Y como aquella primera vez que lo había llevado a su apartamento, lo levantó dejando que el pelinegro enrollara sus piernas alrededor de él y besándose, lo llevó hacia la cama de éste.

Esos cuerpos vibrando, se conocían, estaban hechos el uno para el otro.

Lo acostó en la cama.

-No, no abras los ojos. –pidió Tom. Mientras se quitaba la gorra y la bandana, dejando esas rastas sueltas.

-Tomi, ¿si me perdonas? –murmuró.

-No hables, vive el momento, tal vez mañana no volvamos a vernos. –

Levantó las manos del pelinegro y las dejó sobre su cabeza para poder sacar la camisa de éste, viendo esas tetillas rosa que tanto añoraba. Las besó suavemente, lamió, mordió, disfrutó de cada una de ellas, haciendo gemir al dueño.

-Tomi, Te amo… -

Bill jalaba las rastas del chico, con cada succión de sus pezones.

-Oh Tomi. ¡dios!... jodido Tom… y tu lengua.

Tom levantó la cara, lo miró y sonrió y subió hasta la garganta del chico, succionando suavemente y lamiendo, recordando el sabor de su pelinegro, oliendo su cabello, ese olor que lo embriagaba.

La tibia lengua de Tom se balanceaba de arriba abajo, llegando a los labios de Bill, éste abrió su boca para dejar entrar a esa lengua hambrienta de placer, que se dirigió hacía el.

-Mmmm. –era todo lo que se escuchaba.

Las manos del pelinegro se dejaron pasear bajo la gran camisa de Tom.

-Quítate la camisa, por favor. –logró decir Bill, entre tanto placer. Él se la quitó, tirándola lejos de ahí.

El cuerpo de Tom estaba más trabajado, le apetecía, cada parte de él.

Quitó el cinturón de su amante y bajó los pantalones de éste, por fortuna no levaba bóxer, dejando salir esa erección que conocía tan bien. Bajó hacia ella, lamiendo cada poro de su piel.

El pelinegro arqueó su espalda, al sentir el aliento de Tom rozar su entrepierna.

Suspiró y lamió desde la base del pene hasta la punta. Un escalofrío pasó por todo su cuerpo.

-Tomi… -gimoteaba, mientras las lamidas se hacían más intensas.

Abrió las piernas de su amante, éste solo se dejó mandar. La entrada del pelinegro estaba más apetecible que nunca, no perdería esa oportunidad.

Se quitó su pantalón y su bóxer. Mientras Bill estrujaba la almohada que estaba arriba de su cabeza, iba a explotar.

-Házmelo Tom, soy tuyo. –

-Pero no es mi cumpleaños. –musitó Tom, recordando el día que le dijo que su primera vez tenía que ser en su cumpleaños. Abrió más las piernas de Bill.

Y con la humedad de su pene trato de acariciar la entrada del chico. Haciéndole gemir fuerte.

-¡Ugh! No me hagas daño, lo prometiste. Ten. –dijo Bill, dándole un lubricante.

-¡Jesús! ¡Bill! Si no entro, me correré antes de tiempo. –sintió las manos del pelinegro acariciarle su entrepierna y el lubricante esparcirse por toda la carne. –Ya no, déjame.-

Puso una almohada abajo del trasero del chico para que su entrada quedara más visible. Y acercó su cara, lamiendo e introduciendo su lengua en el esfínter del chico, tan rosado. Y virgen – pensó.

Metió un dedo en él. -¿Duele? –preguntó.

El chico negó.

-Sigue te lo suplico. –el solo hecho de Tom dentro de él le volvía loco, ahora sabía lo que se estaba perdiendo, por idiota.

Metió otro dedo y otro, hasta que vio una mueca de dolor en la cara del pelinegro.

--¡Ah! –gritó. –eso sí lo sentí. –Sabía que dolería, pero eso le demostraría a Tom cuanto lo ama. Que de verdad lo ama.

-Bien, entraré. –

Pero antes se acercó a él besándolo y succionando su labio inferior.

Puso la punta de su erección, en el esfínter ya dilatado. Su entrepierna Dolía. Sólo quería embestirlo rápidamente. La empujó suavemente, sintiendo el cuerpo debajo suyo tensarse.

Bill cerró los ojos, al sentir la invasión en su cuerpo, era extraño.

La estrechez del chico y el calor dentro, hacia más excitante el penetrarle, podía sentir escalofríos en su ingle y eso que no se había movido.

-Mmm. –murmuró Bill. Se veía tan hermoso, tan a merced de Tom.

Sacó su erección, volviendo a la introducir más a fondo.

-¿Sigo? –preguntó, al ver la mueca de dolor de su amante.

-Sí. –contestó en un siseo.

Salió y entró delicadamente y cada vez hacía más y más rápidas las embestidas, hasta que se perdió en las entrañas del pelinegro y su excitación estaba al límite de su orgasmo.

Bill era tan estrecho, tan delicioso, que sabe que con un solo toque de él, sólo un roce podría explotar.

Y le vio, acostado bajo él, dejándose hacer, las lágrimas caían libres por sus sienes. Y dé repente paró las arremetidas.

Pegó su pecho con el de él y subió dando cortos besos.

-Bill. –llamó Tom. –Bill parecía en otro mundo. Pero el de rastas no quería eso, quería que lo disfrutara tanto como él.

El chico abrió los ojos, encontrándose con las de su amante.

-Si quieres no sigo. –declaró el de rastas. El pelinegro negó con la cabeza y lo jaló hacía él besándole e introduciéndole la lengua jugando con su piercing y el de él.

-Sigue mi amor, no te detengas. –dijo claramente.

Tom suspiró y continuó el trabajo, embistiéndole, sintiendo un cosquilleo en su parte baja, que anunciaba su orgasmo. Sintió la medio erección del pelinegro golpear su estomago y decidió darle placer, mientras él lo sentía usando su cuerpo.

La abrazó con su mano y empezó a masturbar mientras él seguía entrando y saliendo de aquel pequeño cuerpo, que pronto se derrumbaría.

El pelinegro sintió el placer de los dedos de Tom, arqueándose hacía él. Gimoteando su nombre.

-Oh Tomi… Tomi... ¡Mmmm!! Tom.

El de rastas tocó la próstata del chico con su pene, haciendo que éste gimoteara.

-Tomi… -gritaba.

-Shhh, no hagas ruido que nos pueden escuchar.-

La dulce vos que gemía su nombre fue la causa de su orgasmo, explotó fuertemente dentro del pelinegro, sintiendo el cosquilleo en su ingle bajar por su excitación. Y terminar en el cuerpo del chico.

-Bill, ¡te amo! –dijo en un suspiro.

Siguió agitando su mano contra el pene de su igual, sintió el cuerpo de éste tensarse bajo él y el cálido liquido invadir sus manos. Y aún dentro de él, siguió besando su cuello y lamió el lóbulo. Siseando un te amo.

Bill se sentía roto en dos partes pero el te amo de Tom había valido el dolor de su cuerpo.

- Te amo Bill. –replicó Tom. –Te amo más que antes y mañana te amaré más. –decía quitándole el mechón de cabello que caía libremente en la cara del pelinegro.

-Yo también te amo Tom, te lo juro. –lo abrazó fuertemente y besó su frente, sintiendo la humedad de ella y el sabor salado de éste. Descansando después de ese orgasmo.

Minutos después el de rastas se levantó de la cama, e invitó a Bill para darse un baño con él.

Al levantarse notó, las manchas de sangre en la sabana.

-¡Por Dios Bill! –exclamó el chico. -¿Qué te he hecho?-

El pelinegro sonrió y lo abrazó de nuevo y le susurró al oído:

-Sólo me hiciste el Amor.-

Sintió como su piel se enchinó, al sólo sentir el roce de su aliento en su oreja.

-¡Oh Bill!, harás que se levante mi ego. –dijo sonriendo. Mientras entraban al baño.

Donde empezaron a llenar la bañera, para darse una buena ducha relajante.

Tom entró primero, y dejó que Bill se sentara en su regazo.

-¡Ay! –se quejó Bill. –Tomi malo, me duele. –dijo sonriéndole.

-Te amo Bill, pero, no sé cómo va terminar esto. –

-¿Cómo así? –indagó en tono preocupado. –Pensé que me perdonaste. –

- No y si. –

-¿Cómo no y si? No juegues conmigo. –dijo, mientras echaba el liquido para la espumas en el agua.

-Te amo sí, pero primero tengo que terminar la relación que tengo con Isabella y es algo complicado. –

-¿Complicado por qué?-

-Ella prácticamente, lleva mi vida, mis cuentas y todo lo relacionado con esas cosas. –

-Pero yo soy tu esposo, ¿ella lo sabe? –dijo girándose hacia él, sentándose en su regazo dejando que sus entrepiernas se encontraran.

-Si lo sabe, ella sabe que Bill Kaulitz en mi esposo, no Amir Derack y ella es una persona verdaderamente vengativa. Y sé que hará lo que fuera por dañarnos. Tengo miedo que quiera hacerte algo, ahora con tu carrera, casi dependes de ella. Pero también está lo que mi corazón me dice y es que no te he olvidado, te sigo amando y no quiero negarlo más, no ante ella.

Bill escuchaba mientras besaba el cuello del de rastas, dando pequeñas lamidas.

- No quiero que nos veamos a escondidas, yo quiero ser libre como antes, ser sólo tuyo y tú solo mío. Porque, ¿sabes Kaulitz? Tú Sólo eres mío y de nadie más. –replicaba lamiéndole su cuello. –Y si me toca salirme de esto me salgo y fin del asunto. –dijo, mientras acariciaba sus rastas y mordía el lóbulo de la oreja. -Mierda Tom, ni el hecho que somos hermanos nos separó, peor una tipa cualquiera-

-Nos separó tú…

-Shhh, no digas nada de eso, me arrepentí. -

Ahora Tom acariciaba la entrepierna de Bill.

- Ya no hablemos de eso ¿quieres? Hagamos otras cosas.

- ¡Sí! –dijo Bill pegándose más al cuerpo de Tom. –pero ahora te toca a ti. –

- ¡Jesús Bill! Sólo déjalo para mañana, ahorita te haré sentir bien con mi lengua. –

Lo paró y lo puso de espaldas contra la pared y el bajó hasta el esfínter adolorido y sonrojado del pelinegro.

Separando sus nalgas y lamiéndolo, dibujando su contorno. En el baño solo se escuchaban los siseos del pelinegro y las succiones de la boca de Tom.

En las afueras de la habitación estaba Mariela llamándole insistentemente, pero éste no abría y recordó que Bill le había dado una tarjeta aparte para abrir su habitación, por eso de que si le pasaba algo y como él sólo confiaba en ella se la dio.

Se dirigió a su habitación a traer la bendita tarjeta que le abriría la puerta, esperando que a Bill no le ocurriera nada malo.