-¡Eso! -saltó James con entusiasmo-. ¡A mí no me importaría compartir habitación con Al! ¡Teddy puede instalarse en mi dormitorio!
-¡Ni hablar! repuso Harry con firmeza-. Al y tú compartiréis habitación cuando quiera demoler la casa.
Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, p. 634
Albus intentó picar con fuerza a la puerta, pero el ruido sonó trémulo e indeciso, aunque Albus sabía perfectamente que no podía haber nadie más en el dormitorio a parte de su hermano. Pero no podía evitarlo. Le temblaba todo: los dedos, las muñecas, las rodillas. Eran temblores repentinos, que le estremecían de la cabeza a los pies, como si tuviera fiebre. El sudor se le acumulaba en todas partes, su cráneo parecía a punto de romperse, le hacía presión detrás de los ojos, su estómago parecía querer escapar de aquel infierno por la garganta. El mismo Albus sentía asfixiarse en aquella prisión de carne, y sólo deseaba explotar y fluir lánguidamente como un fantasma.
Tal vez estaba enfermo. O así es como se sentía, al menos.
Volvió a picar, pero al ver que nadie contestaba, abrió la puerta y se atrevió a asomarse por el umbral. Para cometer tal temeridad se necesitaba un valor que Albus nunca había tenido, pero lo acuciante de la situación requería medidas drásticas.
El dormitorio del curso de su hermano era mucho más grande que el suyo propio. James lo compartía con nueve chicos más, mientras que el de Albus sólo estaba destinado a alojar a cuatro estudiantes de Gryffindor, incluido él mismo. Ya había estado allí otras veces, y sabía cuál era la cama de su hermano, pero aún así nunca se había sentido del todo cómodo allí. Se sentía expuesto y desprotegido, como si estuviera a la intemperie.
En su dormitorio, pequeño, destartalado y exhausto, que casi parecía una buhardilla, apenas cabían las pertenencias de los cuatro. Las camas con dosel se comían las unas a las otras para ganar espacio, y los baúles y las túnicas y los libros se amontonaban sin remedio y se pisoteaban entre ellos en su afán para lograr un poco de aire fresco. Todo estaba desordenado y revuelto, formando un caótico espiral de objetos y bufandas que parecía que los engullía. Y aún así, aquella habitacioncita que no había aprendido a crecer al mismo tiempo que sus ocupantes, inspiraba en Albus un cariño y una familiaridad extraña. Sentía que todos esos montones de cosas lo vigilaban y lo mantenían seguro. Se sentía a salvo y protegido, apretado entre las cuatro paredes del cuarto con el resto de sus compañeros, sabiéndose en un lugar pequeño y ajetreado, pero suyo. Cuando la profesora McGonagall reconoció el error de volver a abrir aquel dormitorio (con una cabezada seca, muy severa y circunspecta, después de desdeñar sus quejas durante años) y les comunicó que en septiembre los trasladarían a otro dormitorio, los cuatro habían prorrumpido en sendos gritos de alegría, pero Albus había sentido, muy dentro de sí, una curiosa punzada de desasosiego.
El caso es que el dormitorio de James, en comparación, parecía un palacio. La camas estaban separadas por desiertos de madera pulida, donde los baúles se aposentaban sin complicaciones, y donde los compañeros de su hermano podían extender todas sus cosas sin preocupación alguna de molestar a sus vecinos. Y el centro de la habitación era como una pista de baile desangelada, sólo suelo, aire y la luz que se colaba por entre las vigas de madera. El dormitorio de Albus, en cambio, parecía que se ahogase en sí mismo, que el aire se apretara contra las paredes, buscando una salida.
James estaba acurrucado contra el respaldo de su cama, encogido, pálido y con los ojos como platos. Pasaba obsesivamente las páginas de un libro abierto sobre sus muslos, y a pesar de ser junio, se cubría las rodillas con una fina manta de lana, bajo la cual se apreciaban unos pies flacuchos enfundados también en calcetines muy desgastados, casi deshilachados.
Albus se acercó a él con prudencia, como quien se acerca a un animal peligroso. Pero estaba tan desesperado que aquella vez se negó a aguantar las tonterías de su hermano.
- James, ¿tienes un momento? -dijo.
James pegó un grito y todo saltó por los aires. El libro, la manta, el propio Albus dio un respingo de sorpresa.
- ¡Al, me has asustado! -chilló James con una voz muy aguda y ridícula, mientras recogía todo y volvía a enterrar la nariz en el libro-. ¿Qué quieres? -añadió de malos modos.
Albus barajó la posibilidad de burlarse de aquella reacción tan cómica (después de todo, James llevaba años haciendo mofas de sus graznidos propios de la pubertad), pero convino en que hacerlo enfadar era lo último que necesitaba. Así que respiró hondo y se enjuagó el sudor de la frente.
- James, ¿cómo te fue con tu primera novia? -preguntó atropelladamente, a bocajarro, como sacándose un peso de encima.
James frunció el ceño y lo miró por encima de su libro.
- Albus, ¿qué quieres? -repitió, esta vez con evidente irritación.
El poco valor que le quedaba a Albus se desintegró de sopetón ante estas palabras (él mismo sintió cómo se deshinchaba, cual globo) y empezó a balbucear y a parlotear sinsentido, como siempre que ocurría cuando se ponía nervioso.
- Yo... antes estaba... y... en las escaleras... -Albus notaba el rostro acalorado.
- ¡Cállate, Albus, por Dios, la cabeza me va a explotar! -gritó James mientras hacía muchos aspavientos con las manos, como si ahuyentara moscas. Albus cerró la boca de golpe y miró al suelo.
James puso los ojos en blanco, pero dobló la página por donde estaba y dejó el libro a un lado de la cama.
- ¿Tienes que preguntarme eso precisamente ahora? ¿No te das cuenta de que me examino de los ÉXTASIS en tres días? -terminó con cierta ansiedad-. Lo mínimo que podrías hacer es dejarme en paz mientras estudio.
Tenía razón por una vez, y Albus lo sabía. James siempre había sido demasiado impaciente para todo. Había pasado sus TIMOS modestamente, pero necesitaba unas cualificaciones impolutas, porque se le había metido entre ceja y ceja que quería ser auror como el padre de ambos, el legendario Harry Potter. Así que lo más sensato que podía hacer Albus era no molestarle, ignorarle incluso. Empezó a sentirse un poco culpable, pero no tenía a quién más ir. Sus amigos estaban igual de aterrorizados que él y Rose... bueno, ella era una chica, un obstáculo insalvable. Necesitaba consejo de alguien experimentado, y James había sido la primera persona que se le había venido a la cabeza, sin necesidad de que pensase en alguien más.
Ojalá Teddy estuviera allí, pensó con amargura. Teddy Lupin era el ahijado de su padre, y tanto él como su hermano lo idolatraban como si se tratase de un superhéroe. Él habría sabido como calmarlo y le habría indicado qué hacer y qué no, todo de forma rápida y eficaz. Con él todo era siempre era más fácil, era amable y paciente con Albus, y sabía que le podía preguntar cualquier cosa sin miedo a hacer el ridículo o a que se burlara de él, porque Teddy era sencillamente genial. Con James, en cambio, nunca sabías qué podía pasar... Y la hermana de ambos, Lily, era una cría. Iba a primero y aún llevaba esos pasadores de pelo que le ponían sus padres. Preguntarle sobre chicas se le antojaba a Albus tan estúpido como preguntárselo al calamar gigante.
James volvió a poner los ojos en blanco, pero respiró hondo y se pasó las manos por el cabello Parecía desbordado.
- A ver, primero de todo, ¿a qué viene esta pregunta? -inquirió con desconfianza, entrecerrando un poco sus ojos.
- Es que, verás... antes... yo estaba... -balbuceó Albus, que se sentía repentinamente falto de fuerzas.
- Bueno, es igual -le interrumpió con ligereza-. Mi primera relación fue todo expectativas infladas, deseo, esperanza y vehemencia. Iba borracho de excitación, de entusiasmo y de ganas. Y de miedo. Mucho miedo.
- ¿Miedo? -preguntó Albus extrañado.
- Amaba locamente lo que tenía -explicó James rápidamente-, pero no quería que se disipara, me aferraba a ello con desesperación, tenía miedo de perderla por cualquier tontería. Y no sabía qué hacer, sentía que me iba dando tumbos por todas partes, que hacía el ridículo, era todo torpeza, inexperiencia, ganas de complacerla, sacrificio, desconfianza también. No quería que se enfadara conmigo, pero no sabía qué cosas la hacían enfadar y qué no, no sabía si era muy pesado, o si la agobiaba, o si quería su espacio. No sabía si reírle las cosas crueles que decía sobre sus amigas, no quería que pensara que era un aburrido o un mojigato, pero tampoco quería que pensara que era cruel o que no tenía corazón o que no era sensible. Y me hacía el chulito delante de mis amigos, pero no sabía si hacer burradas para complacerla o llamar su atención, o si eso haría que me quisiera más o si, por el contrario, haría que me tachara de inmaduro. Al final, todo saltó por los aires, y la cosa acabó rápido y mal. Fin de la historia.
Albus se quedó de piedra, tan sorprendido que olvidó momentáneamente sus propios problemas. Ni en las más alocadas situaciones, como aquella, habría podido predecir aquel derroche de sinceridad por parte de su hermano. Albus supuso que el estrés por los exámenes le había inhibido su característica prudencia. James nunca hablaba de sus sentimientos, y Albus lo aceptaba. Él tampoco abría las puertas de su alma con mucha facilidad ante él. No tenían ese tipo de relación. Se ayudaban, se peleaban y se querían, y Albus sabía que James siempre estaría allí, a su manera chapucera y discontinua. Pero en su relación había un insoldable muro de mutuo acuerdo que separaba sus vidas. Nada de lo que le ocurriera al otro era de su incumbencia, y no querían molestarse mutuamente por pequeñeces. Si tenían que contarse algo, lo hacían, pero lo que realmente pensaban se lo reservaban para sí. Al acudir a él, Albus sólo había buscado un par de consejos útiles, no aquello, con lo que no se sentía demasiado cómodo, por cierto. La relación que tenía con su hermano era de las más sólidas y consistentes que tenía. Los dos sabían cuál era su papel y que esperaban el uno del otro, pero ahora, todo había quedado patas arriba.
- Yo... yo no sabía nada de eso -murmuró, sin saber qué decir.
- Pues claro que no lo sabías -replicó James con dureza-. ¿Por qué te lo tendría que contar? -James cerró los ojos un momento y volvió a abrirlos-. Se llamaba Juncal, así que por el nombre debes de imaginarte lo buena que estaba -¡Ala, menudo desparpajo! Albus enrojeció al instante, pero gracias a Dios, su hermano no pareció darse cuenta-. Ella iba a sexto y yo a tercero, ¿qué podía saber yo? Pero a ella le encantaba que la persiguiera por todas partes, como un perrito faldero, para luego darme plantón sin explicación alguna...
- ¿Aún os... habláis? -preguntó Albus con cautela. No entendía del todo el propósito de aquella extraña confesión (¿tal vez pretendía gastarle una broma?).
- Claro que no - James parecía escandalizado-. Se fue de Hogwarts hace muchos años -hablaba de ello como si hubiera sucedido hacía una eternidad-. Ahora está sola, y en paro. Y vive con sus padres -añadió con cierto rencor-. Y yo aquí, hincando codos para sacarme la matrícula de auror... -desvió un instante la vista hacia el libro, que reposaba pacientemente a su lado, con expresión desolada.
A Albus le sorprendió el tono resentido de su hermano, como si aún acumulara dolor hacia aquella infausta Juncal.
- Aún pareces algo afectado... -dejó caer Albus, ahora con auténtica curiosidad. Siempre había sentido que James era un imán para las chicas, que dominaba a la perfección su extraño lenguaje y sabía interpretar sus desvaríos y sus sutilezas. Para él, su hermano era el casanovas de la familia, el sabio del arte de ligar, e imaginarlo en una relación como la que describía se le antojaba extraño.
James, por su parte, parecía más tranquilo. Apoyó la cabeza en el respaldo de la cama y se puso las manos detrás de la nuca. Contemplaba el techo de su cama con expresión meditabunda. Albus descubrió que él también se había sentado en la cama. No recordaba haberlo hecho.
- Me utilizó y jugó conmigo cruelmente -sentenció James. Su rostro pétreo era una máscara impenetrable-. Y yo iba demasiado ebrio de hormonas como para darme cuenta. Pero no volvió a pasar.
- Y has tenido más novias -terció Albus sagazmente.
James hizo un amago de sonrisa.
- Tampoco para tirar cohetes. Sólo dos.
- ¡Sólo...! -murmuró Albus con estupor, apartando la vista.
- Me hizo mucho daño, Al, y ella nunca se disculpó ni volvió a hablarme, la muy... -Albus contuvo un gritito, porque James había dicho esa palabra que merecía una sonora colleja por parte de su madre, la temible Ginny-. Y no sé cómo olvidarla, y mira que pasó hace años. Ni siquiera sé por qué te estoy contando todo esto -ambos se quedaron callados un instante-. Estoy cansado, Albus -confesó con desaliento-. Necesito unas notas altísimas, y reconozco que debería haberme esforzado más con los TIMOS. Pero tenía la cabeza en otro sitio... Yo... de verdad que quiero ser auror. Nunca he llegado a hacer nada de lo que nuestros padres se sintieran verdaderamente orgullosos, como tú, Albus. Pero ahora, no sé sí...
James se quedó callado, parecía a punto de llorar. Albus estaba tenso como una astilla. ¿Que debía hacer ahora? ¿Darle la mano? ¿Abrazarlo? Se sentía torpe y denso, como una pesada mole de roca.
Entendedlo, a Albus le resultaba imposible percibir a su hermano como una criatura desvalida y necesitada de consuelo, blanda, sensible. Para él, James siempre había sido el hermano mayor insufrible, interesado en chicas y en Quidditch exclusivamente, cabezota, arrogante y un poco malévolo, siempre gastándole bromas y metiéndose con él por cualquier cosa. Albus siempre lo había visto como el típico tipo duro sin una pizca de cerebro, sólo músculos y ganas de llamar la atención. Lo creía feliz en su mundo de idioteces e inconsciencia, contento del papel que representaba en la clasista sociedad de Hogwarts. Ya hora lo veía allí, con la mirada perdida, rodeado de papeles y apuntes, preocupado por su futuro, hablando de la adolescencia y del amor como si nada, como si reflexionara cada día sobre eso. Albus no se hubiera sorprendido más si hubiera visto a su aburrido hasta la muerte tío Percy (todo gafas, codos y ceños de desaprobación) contando un chiste verde o bebiendo alcohol.
- Pero James... tú... ¡tú puedes con lo que te echen! -exclamó torpemente, con un tono un poco ultrajado, como con rabia. Su hermano siempre se había hecho el milhombres por cualquier cosa, ahora no podía flaquear.
Él, sin embargo, sonrió débilmente.
- No sabes la de cosas que tengo que memorizar, Al -dijo-. Me encantaría que inventasen un hechizo que le permitiera a uno comerse los libros uno tras otro, de verdad. Además, voy atrasadísimo -señaló con una seca cabezada el tomo que había al lado de su cama, el Libro reglamentario de hechizos, séptimo curso-. Mira, todos mis compañeros ya van como mínimo por el tema dieciséis. Y yo voy por el once , Albus. ¡El once! Es mediocre.
Albus se dio cuenta que James parecía realmente deprimido. Resolvió definitivamente que no se trataba de una broma.
Pareces tú el hermano mayor. Tengo envidia de tus éxitos académicos.
- James, ahora no puedes lamentarte de no haber estudiado todo lo que hubieses querido -James se hundió de hombros un poco más, y Albus se maldijo así mismo-. Mira, ahora lo último que puedes hacer es desanimarte. Aprovecha estos días al máximo, y pide ayuda a tus amigos o a los profesores -otra cosa no, pero amigos de James salían de debajo de las piedras. Era muy popular-. O... a mí -añadió, vacilante-. Yo estoy aquí para lo que haga falta. Yo...
- En realidad, me gustaría hacer esto sin tu ayuda, Albus -el tono de voz de James era tan amable que incluso parecía dulce-. Papá y mamá... siempre están contentos con todo lo que tú haces: tus notas, tu actitud, tu comportamiento.
- ¡Pero si tú también sacas buenas notas! -protestó Albus. Notó que se estaba ruborizando.
- En cambio yo -continuó James sin hacer caso de su hermano-, sólo hago que dar problemas y disgustos a nuestros padres. Quiero... quiero demostrarles que, si quiero, yo también puedo ser modélico y ejemplar, como tú.
- Pero no hace falta que demuestres nada a nadie. Si no quieres ser auror...
- Pero sí que quiero Albus, ese es el problema -James sonrió-. Debería haberte ayudado con el Quidditch y no haberme burlado de ti. Pero era agradable ser mejor que tú en algo.
- No te preocupes, ya lo he dado por perdido -dijo Albus encogiéndose de hombros, intentando animarlo, porque realmente se lo veía muy alicaído-. Estoy seguro de que conseguirás lo que te propongas, James, de verdad. Y respecto a lo de Juncal, bueno, yo soy el menos indicado para hablar, pero creo que es una chica cruel e imbécil que acabará sola en la vida -proclamó con resolución, como si conociera a la tal Juncal de toda la vida.
Aquello hizo sonreír a James.
- Tú no lo entiendes, Albus -dijo con tono cariñoso, como si le hiciera gracia la ingenuidad de Albus-. Yo era un niño con un cuerpo que me venía grande. Sí, tenía bigote, y músculos, pero era infantil y hacía estupideces. Y eso llamaba la atención, mi cuerpo hacía que mis estupideces parecieran las temerarias hazañas de un hombre, y no los escarceos de un adolescente imbécil y subido arriba. La adolescencia es una mierda, Al, todo protuberancias y excreciones. Papá y mamá dicen que es una etapa agridulce. Pues es más agria que dulce, qué quieres que te diga. En cambio tú -James esbozó una sonrisa-, eres todo lo contrario. Tu mente ha dejado atrás a tu cuerpo hace años.
- Pues mira, en algo coincidimos -terció Albus-. Somos «iguales, pero por razones opuestas» -dijo, imitando el tono agudo de su madre. Ginny decía aquello a menudo.
Ambos soltaron una carcajada, que resonó diáfana el amplio dormitorio.
- Bueno, cuéntame qué te pasa -James se acercó a él, incorporándose con habilidad de la cama-. Que llevo todo el rato quejándome de mis problemas, como si fuera la llorona de Lily.
Albus no perdió el tiempo y le puso al corriente de todo. Y conforme hablaba, se iba poniendo más y más nervioso.
- Ay, Al, Al... -por su tono de voz, Albus temió que fuera a burlarse de él, pero James sonrió-. A ver, yo qué quieres que te diga. Habla con ella y dile hacia dónde quiere llegar con todo esto. Si quiere que salgáis, o si ha sido un momento de locura, o si sólo pretendía un lío esporádico de estos de si te he visto no me acuerdo. La cuestión es que descubras qué pretende. Y además -agregó frunciendo el ceño, pensativo-. Darse a la fuga después de besarte no ha sido lo más acertado.
- ¡¿A qué no?! -exclamó Albus volviéndose con violencia, dando rienda suelta a su indignación-. Pero a lo mejor quería que la siguiese, o esperaba que fuera a hablar con ella en la sala común, o vete a saber qué...
- Albus, no te ralles -le interrumpió James con serenidad-. Simplemente pregúntaselo.
- ¡Pero a lo mejor debería saberlo! Tal vez si se lo pregunto se ofende, o quedaré como un tonto, o un inexperto...
- Es que lo eres, Al, cualquiera que te conozca un poco lo sabe -James se encogió de hombros ante la expresión dolida de su hermano-. Simplemente, sé tú mismo, y no te obceques porque no sepas qué piensa ella, pregúntaselo y ya está. Recuerda que no sabes Legeremancia. Y no finjas, eso es lo último que deberías hacer. Después de todo, vas a hablar con un ser humano, también, no con el krarken del lago. Son chicas, no monstruos, recuérdalo.
Albus se quedó callado. James lo había resumido todo de manera que parecía súper simple, un juego de niños prácticamente.
Tal vez lo era.
- Pero tengo miedo de quedar mal, o que se ría de mí o... -gimoteó como un niño pequeño, sin darse cuenta, como cuando su padre le hacía comerse las acelgas. «No quiero, no quiero».
James le revolvió el pelo con cariño, e instantáneamente, Albus se sintió mejor. Aquello le sorprendió.
- ¿Cómo se las ingenió mamá para enamorar a papá? -preguntó.
- Ella dice que estuvo años carcomida por la vergüenza -explicó James-. Y que salió con otros chicos para olvidarlo, siguiendo el consejo de tía Hermione. Pero al final se armó de valor y dio ella el primer paso y lo besó -los dos hicieron una mueca al instante. Pensar en sus padres como un par de enamorados tenía algo de perturbador.
-Ojalá fuera tan valiente como mamá -murmuró con voz apagada.
Ginny se tomaba todo con tanto desparpajo, con tanta firmeza y resolución... Su padre, por ejemplo, al hablar de Cho Chang le entraba dolor de cabeza, pero su madre se partía de risa cuando explicaba historias de sus ex novios.
- ¡Y lo eres! -dijo James, poniéndole un dedo en el pecho-. Sólo tienes que armarte de valor, como hizo ella. ¿Por qué a ti te gusta Angevina, no?
- Sí -murmuró Albus.
- Pues entonces a por ello -terminó su hermano con una amplia sonrisa.
Y entonces, justo entonces, Albus notó que la aprensión lo abandonaba, al menos un poquito. Sí, estaba decidido. Iba a encararse al peligro, iba a hablar con ella, con sinceridad y tranquilidad, como un adulto. Después de todo, peores cosas se habían visto. Sí, no había marcha atrás.
- Deberíamos hablar más -dijo mientras se levantaba de la cama.
- Deberíamos -James se desperezó-. Adiós, Al.
- Adiós, Jamie.
Lo llamó como cuando lo llamaba cuando eran pequeños, antes de que descubrieran la diferencia entre lo bonito y lo cursi. Antes de que empezaran a pegarse.
Y Albus se encaminó hacia la puerta del dormitorio con grandes zancadas, muy seguro de sí mismo, y la abrió con decisión. Justo cuando iba a abandonar la habitación, oyó la voz de su hermano, a su espalda.
- ¿Ha sido tu primer beso?
-Sí -reconoció Albus, muy azorado, mientras se giraba.
- Vaya, pues felicidades, hermanito. ¿Hace falta que te lleve de la mano como cuando papá te llevó a San Mungo por primera vez?
- Tú ocúpate de tus ÉXTASIS, que yo ya me las apañaré -dijo con una autosuficiencia que desde luego no sentía.
- Cuéntamelo luego, ¿eh?
Albus le echó la lengua y salió del dormitorio, sintiéndose mucho más ligero.
Mientras bajaba por la fresca y oscura escalera de piedra, y oía los murmullos apagados que salían de los demás dormitorios, Albus reflexionaba. James, preocupado por decepcionar a sus padres, James celoso de sus buenas notas, James inseguro, James dubitativo. La verdad, no era consciente de que su hermano tuviera pensamientos tan profundos, y descubrirlo era extraño y cómico a la vez. Albus no recordaba la última vez que habían hablado tan abiertamente, sin tapujo alguno, sin lanzarse pullas o sin querer aparentar nada el uno frente al otro. Tal vez aquello fuera el comienzo de un nuevo episodio entre ellos, donde pudieran hablar sin remilgos sobre cualquier cosa, como dos verdaderos hermanos. A lo mejor, una de las razones por las que la relación afectiva entre ambos se había oxidado (tal vez la única), era porque consideraron que eso de hablar de sentimientos era de nenazas. Albus creía que, sencillamente, los dos empezaban a madurar por fin.
«Hoy hemos aprendido muchas cosas», se dijo Albus, pensativo. Sin embargo, a primera vista, nada de todo aquello le servía para enfrentarse a lo que le esperaba a los pies de la escalera de piedra. Albus tragó saliva.
Angevina Ianor.
Albus se quedó helado. Rápidamente entró en pánico, y toda su serenidad saltó por los aires al darse cuenta de lo que iba a hacer.
Todo había ocurrido de repente. Albus deseaba haber podido interpretar una señal, alguna clase de aviso que le pusiera en alerta sobre lo que ocurriría aquel día. Pero no, se había levantado de la cama con la monotonía y la intranscendencia habitual, sin saber que al volver a ella Albus se habría convertido en un chico besado.
Subía solo con Angevina Ianor del Gran Comedor, hablando animadamente de esto y de aquello, todo muy normal y cotidiano. Era viernes y disponían de toda la tarde libre, que ambos la querían destinar a preparar sus propios exámenes, que tendrían lugar una semana después de los TIMOS y los ÉXTASIS. No recordaba de qué habían hablado exactamente. Profesores, alumnos, exámenes, qué más da. Lo importante es que, en cierto punto, Angevina rompió en mil pedazos aquella charla insulsa y estampó los labios en los de Albus. Así, sin más.
Todo fue a borbotones, rápido y brusco, inconstante, como el agua que sale de un grifo averiado. A Albus le pareció que duraba un instante, y a la vez una eternidad.
Al apartarse, la reacción instintiva de Albus fue apretarse contra ella de nuevo, ciego de... ¿de qué? No lo sabía, pero tras aquel segundo de locura Albus se alejó débilmente, trastabillando, y se apretó contra la pared de piedra como si quisiera dejar de existir, repentinamente falto de fuerzas. Sintió su rostro ponerse rojo hasta la raíz del pelo, la sangre acumulándose en sus mejillas, como si quisiera salir de su piel, violentamente, como chorros de manguera. Y cuando recuperó la compostura, Angevina había desaparecido, dejando a Albus tan mareado que tuvo miedo de desmayarse allí mismo, sin parar de mover la lengua por todo el paladar. «Esta saliva no es mía», pensaba con la mente atontada. Y al entrar en la sala común, con la vista baja, lo primero que había visto había sido su cabellera platina, y, presa del pánico, había cruzado la sala común como alma que lleva el diablo para hablar con su hermano, que seguro que estaría en su habitación repasando con desesperación para sus exámenes.
Y ahora tocaba afrontarla.
Pero por otro lado, a Albus le alegraba que aquello hubiese ocurrido, le quitaba un peso de encima, como si al fin hubiese cumplido con su deber.
Lo cierto es que cuando pisó Hogwarts aquel setiembre para empezar cuarto curso, Albus estaba verde como una brizna de hierba de primavera, con la misma experiencia que un bebé de dos meses. Y eso empezaba a ser alarmante. Sus tres mejores amigos, con los que compartía el dormitorio de Gryffindor, ya habían pasado la prueba con desastrosos resultados (pero con resultados, al fin y al cabo) y todo el curso estaba saliendo con alguien, o tenía novio o eso. Incluso Rose había tonteado un poco con Scorpius Malfoy, el colegio entero lo sabía. Albus no solía pensar demasiado en estas cosas, pero lo cierto es que se sentía un poco inadaptado, sobretodo porque no tenía ni idea de qué hacer para que se produjera una situación propicia para besar a alguien.
Después de todo, ¿quién se iba a fijar en él? Era el más bajito de todo el curso (usaba túnicas de dos tallas menos que el resto de sus compañeros de dormitorio), con bracitos blancos de niño impúber y hombros estrechos, lento y torpe en el Quidditch, delgaducho y poca cosa, con esa mata de pelo indómito. Lo único que le gustaba de su aspecto eran sus centelleantes ojos verdes que a su padre le hacían suspirar, porque decía que eran los mismos ojos que su abuela. Además, se consideraba un chico demasiado retraído y poco interesante como para merecer la atención de las chicas. Sacaba buenas notas, y creía que era simpático y buena persona, pero al parecer eso no era suficiente, James se lo había demostrado a lo largo de los años.
Angevina era arrebatadora, y tenía esa seguridad en la mirada de las chicas que han sido guapas desde niñas y son conscientes de ello, y no les importa. Angevina tenía una cabellera impresionante, rubio platino, lacia y brillante, además de una tez de palidez imperturbable y unos ojos claros que antaño le parecían escalofriantes. Incluso le recordaba un poco a la aristocrática belleza de sus primas Delacour, tan incólumes e inaccesibles, auténticas emperatrices de hielo.
Y por supuesto que se había fijado en ella, quién no. Y la había observado de reojo por los pasillos y en las clases, y había fantaseado un poco con la idea de ser su amigo, y había imaginado conversaciones tan bellas como improbables donde ella le declaraba su amor. Pero, un día, ambos habían formado pareja para practicar un hechizo en Transformaciones, y desde entonces habían sido cada vez más amigos. Albus descubrió que le gustaba todo de ella, su implacable decisión ante todo, su timidez que surgía a ratos, su particular sentido del humor, e incluso las réplicas ácidas que soltaba cuando se enfadaba. Pero aunque a Albus le gustaba mucho Angevina, aquel beso lo había pillado completamente desprevenido.
Albus irrumpió en la sala común de un portazo, empujado por la determinación, pero al ver a Angevina, oculta entre una marea de amigas al otro lado de la habitación, tropezó de forma muy ridícula, y tuvo que hacer una pirueta para no caerse. Gracias a Dios, nadie se había dado cuenta. Albus se escondió tras una mesa para planear su próximo movimiento, ignorando la mirada curiosa que le dirigieron un par de alumnos de segundo.
¿Cómo podía tener la desfachatez de esperarlo rodeado de amigas?, se preguntó con desesperación. Aquello lo ponía mucho más difícil. ¿Qué debía hacer? ¿Acercarse a ella y hablarle delante de todas aquellas chicas? Dios mío, sólo con pensarlo empezó a tiritar de puro terror.
Los dos alumnos de segundo empezaron a susurrar y a señalarle con el dedo, mientras soltaban odiosas risitas. Albus contuvo el impulso de abofetearlos a los dos. Pero si no se daba prisa pronto todos descubrirían que estaba agazapado detrás de una mesa, y sería el hazmerreír de toda la Casa. Además, ¿qué otra alternativa le quedaba? Si Angevina quería ponérselo difícil... bueno, pues a aguantarse.
Albus contó hasta diez, intentando demorar el tiempo al máximo. Los dos alcornoques de segundo ya empezaban a avisar entre risas a sus odiosos amiguitos. Así que se levantó (el cuerpo entero entumecido por la tensión) y avanzó con decisión hacia el nutrido grupo de chicas.
Tenía la mente desesperadamente llena de nada, de repente, su cerebro se había vaciado, sólo notaba un incesante pitido de alarma. ¿Qué iba a hacer? No podía quedarse callado, sin decir nada, pero sus piernas ya no le respondían, no podía parar. Se iba a estrellar contra ellas, estaba seguro. Su melena, como una mancha blanca rodeada de negro, se iba acercando más y más...
«Son chicas, no monstruos», dijo una agradable voz en su cabeza. Y así, se topó de bruces con su rostro. Estaba tan aterrorizado que le costó unos segundos enfocar su cara, que lo observaba en silencio, sin decir nada, casi aprensiva.
- Angevina, ¿podemos salir a hablar un momento, por favor? -¿Aquella voz era la suya? ¿Había hablado él, Albus? ¿Cómo podía estar pasando aquello? ¿Por qué sentía que ya no podía controlar su cuerpo, como si estuviera fuera de él, un mero espectador que contempla impotente la escena?
- Claro -respondió ella elegantemente, como una duquesa.
Albus se esforzó por no apartar la vista de Angevina. Sentía que si se cruzaba con las miradas burlonas y condescendientes de sus amigas (que sentía con intensidad dolorosa, clavadas en sus ojos), le daría un ataque al corazón y se moriría allí mismo. Así que se giró sobre sus talones y empezó a avanzar hacia el agujero del retrato, que abrió con brusquedad. Notaba la presencia de Angevina siguiéndolo en la nuca. La Señora Gorda protestó indignada, pero Albus no podría haberle importado menos algo en aquel momento que la vieja vestida de rosa que guardaba la sala común.
Abrió la primera puerta que encontró, que llevaba a una habitacioncita donde sólo había una escalera de caracol que subía Dios sabe dónde y un ventanuco cuadrado. Albus se sentó en el primer escalón y se encaró a Angevina, que, por su parte, se sentó en suelo, frente a él.
Tuvo que pararse un par de segundos para que su respiración se normalizase.
- Pero bueno, Albus, ¿qué ha sido eso? -inquirió ella, esforzándose por ocultar la sonrisa-. Parecía que me llevabas al matadero.
Aquello sacó definitivamente de sus casillas a Albus.
- ¿Cómo tienes...? ¿Cómo te atreves...? ¿Qué...? -Albus parecía a punto de explotar, así que intentó serenarse y respiró hondo varias veces-. Angevina, ¿no podías haber tenido la amabilidad de esperarme sola? ¿Sabes el suplicio que he tenido que pasar, viendo como tus amigas se reían de mí en mi cara? ¿Sabes el ridículo y la vergüenza que he pasado? -terminó con aplomo.
La sonrisa de Angevina se congeló en su cara.
- Oye, ¿y yo cómo podía saber que irías a hablar conmigo? -contraatacó ella, molesta-. Cuando has llegado a la sala común la has cruzado como una centella, y ya creía que te pasarías el resto del día en el dormitorio. ¿Esperabas que me pasara el día sola esperando a que aparecieses?
- ¡Pues sí! -gritó Albus-. ¡Me acabas de besar, por Dios! ¡Y después vas y desapareces sin dejar rastro! ¿Cómo se supone que tengo que tomarme eso?
Albus se sintió satisfecho después de gritar, aunque sabía que ese no había sido el consejo de James. Pero mira, estaba enfadado y disgustado, y hacérselo saber no le haría daño alguno. Temió que se pusiera de morros y abandonara la habitación, pero Angevina apartó la vista, avergonzada, tensa.
- Bueno, mira, vamos a dejarlo estar, ¿vale? -dijo Albus con ademán conciliador-. Ni tú ni yo hemos estado bien hoy. Yo, por mi parte me he puesto nerviosísimo, y no sabía cómo actuar, ni qué hacer -Albus calló a la espera de que Angevina hablara, pero ella sólo asintió, así que prosiguió-: Entonces, ¿quieres ser mi novia? -preguntó bruscamente, confuso-. O, no sé... ¿qué quieres? Yo... nunca antes... -su voz se fue haciendo cada vez más inaudible-. Me gustas mucho, Angevina -terminó, rojo como un tomate.
Bueno, pues ya está. Había racionalizado y expuesto sus sentimientos ante ella. Se cruzó de brazos, esperando una respuesta. Ahora le tocaba a ella sacar sus cartas. «Las chicas están todas como una cabra», pensó, ceñudo.
- Pues claro que quiero ser tu novia, tonto -dijo ella, y Albus se sintió tan aliviado que pensó que podría derretirse allí mismo-. Eres adorable, Potter -le susurró mientras acercaba el rostro al suyo.
Albus sintió su proximidad, y entonces se quedó súbitamente tranquilo, lo invadió una calma que aún no había sentido en todo aquel día de locos. Albus cerró los ojos, y se dispuso a entregarse a lo que fuera que estuviera a punto de pasar.
Su último pensamiento, lleno de agradecimiento, fue, sin embargo, para su hermano James.
