Hola amigas... un nuevo capitulo de esta historia... no la tengo abandonada, no piensen eso... es que... quien sabe... bueno, espero les guste...

Saludos a mis hermanas, gracias por su apoyo... las quiero...

Disclaimer. Nada en este universo me pertenece... ya quisiera yo...

Vivan los Sly!

Enjoy!

EL AMOR DE UN MORTÍFAGO…

El día había iniciado de la forma perfecta. El cálido sol de marzo entraba a raudales por el enorme ventanal, rivalizando fuertemente con la gruesa cortinilla del dosel de su cama. Allegra Zabinni sonrió aún antes de abrir los ojos, como cada día de los últimos veinte años.

Se levantó alegremente, descorriendo las cortinas, para correr descalza hacia el baño, la tina estaba llena de agua caliente, su esencia favorita había sido agregada y el baño estaba lleno de vapor.

Perfecto.

Se desnudó lentamente mientras tarareaba una canción muggle que seguramente había escuchado en la casa de Al. Sonrió al pensar en su novio, mientras su imagen se conjuraba en su mente como un hechizo: sus ojos verdes, su cabello negro profundo, difícil de peinar, pero tan sedoso al tacto, su piel bronceada y sus músculos firmes y fuertes.

Soltó una risita al pensar en qué diría él si supiera de qué manera lo había estado imaginando. Se introdujo en la tina, mientras dejaba que su cuerpo se acostumbrara al calor y el aroma a rosas y miel le relajara.

Le preocupaban los acontecimientos de ese día. Recordó con un poco de pesar mezclado con diversión el momento en que Albus se presentó en su casa para pedir el permiso de sus padres.

Flash back-

Su padre había acudido entre interesado y curioso cuando le habían avisado que Albus Potter le buscaba. Habían pasado a la sala, mientras su padre se sentaba en el amplio sillón de cuero negro que era su favorito, su madre a un costado de él, tomándose de la mano. Esa actitud le pareció graciosa pues parecía como si les fuera a dar la peor noticia del mundo. Aunque su madre ya se la esperaba, pues ella sabía desde un principio de la relación de su hija mayor con el joven Potter.

Albus se había mostrado tan sereno y ecuánime, pues juntando todo el valor Gryffindor que le venía de familia, explicó los motivos de su visita. Mientras hablaba, había mostrado tal seguridad que ni su padre se había atrevido a interrumpirlo, a pesar de que el siempre cremoso tono achocolatado de su piel fue cambiando a un tono casi violáceo.

Estaba conteniendo la respiración para no lanzarse contra él.

Después de lo que parecieron los minutos más angustiantes de toda su vida, Blaise Zabinni jaló el tan necesario oxígeno que había olvidado respirar, mientras soltaba la mano de su esposa, quien comenzó a masajearla para hacer volver el flujo sanguíneo a la extremidad, la cual se había adormecido por la presión de su mano.

Cuando su padre se puso de pie, Allegra hizo lo mismo, acercándose un poco hasta Albus, quien al ser un poco más alto que su padre, le miraba fijamente, sin despegar su vista de él. Blaise Zabinni se quedó observándolo algunos segundos, analizando la figura del hijo del Héroe más grande de todo el mundo mágico, tan parecido a él pero al mismo tiempo tan distinto.

Albus Severus Potter era, a sus diecisiete años, lo que Harry, su padre, nunca había sido a su edad. Era cierto que eran muy parecidos, pero fuera de su cabello azabache siempre rebelde y los ojos verde esmeralda, herencia de Lily Potter, no se parecían en nada más. Albus era alto, casi medía 1.85 de estatura, su complexión, aunque delgada, era fuerte, con músculos bien definidos, producto de los largos entrenamientos de Quidditch.

Se veía que el joven Potter estaba mucho mejor alimentado de lo que nunca había estado su padre, además de que siempre estaba contento, pues su vida no era ni la mínima parte (gracias a Merlín y a su padre) de lo que había sido para el Salvador del Mundo Mágico.

Blaise Zabinni era una persona muy observadora. Cuando el chico Potter había llegado, se había entretenido observando su comportamiento por medio de un espejo mágico que tenía estratégicamente colocado en su recibidor. Su hija había acudido a recibirlo, y con solamente un par de castos besos y un ligero abrazo, el chico había adelantado un muy buen tramo en el camino para ser aceptado como posible novio de su pequeña hija.

Ambas mujeres, su esposa y su hija, ignoraban que él estaba al tanto de esa relación, pues gracias a Theodore había sabido los pormenores. Su amigo le había advertido desde hacía muchos años sobre sus observaciones, pues era un poco raro que Allegra no soportara de muy buena gana a Albus Potter, pues solamente lo hacía porque era el mejor amigo de Scorpius, y no le quedaba de otra.

Fue así como se dedicó a observar a su hija, a ver sus reacciones cuando los chicos eran invitados a alguna reunión en su casa. Se había dedicado a conocer desde la sombra, los misterios de esa extraña relación amor-odio que compartían ambos, compitiendo por la amistad de Scorpius. Y fue él quien descubrió en los ojos del chico Potter, hacía varios años ya, el brillo del amor hacia su hija.

Así que irguiéndose en toda su estatura, y con toda la autoridad que le conferían las finas hebras plateadas que salpicaban su cabello oscuro, le hizo la pregunta más importante para ellos y la más esperada para el joven.

-¿Qué pretendes de mi hija?-

Albus Potter observó fijamente a Allegra Zabinni durante algunos minutos, detallando lentamente su cabello oscuro, sus ojos grises, su aristocrática y fina nariz, sus pómulos altos, sus sonrojados labios, su fino mentón, su grácil y delgado cuello, la pálida y cremosa piel que dejaba al descubierto su fino vestido azul, su delgada y esbelta figura.

Hasta él llegaba el fino y delicado aroma a rosas y miel, mezclado con su esencia de mujer, aquélla que le volvía loco en los momentos más íntimos. Tragó saliva pues sus hormonas comenzaban a alborotarse ante esos pensamientos, mientras una deslumbrante sonrisa bailaba en los labios de la mujer que amaba, tranquilizándolo y dándole fuerzas para continuar hasta el final, como si fuera la batalla más difícil del mundo.

-Quiero estar con ella- dijo, observándola fijamente sin siquiera parpadear, diciéndole a ella, más que al propio Blaise, lo que en realidad quería- tal vez le parezca cursi, o que no sabemos que es lo que hacemos, que somos jóvenes y aún no estamos seguros de nuestros sentimientos, pero amo a su hija, y ella me ama a mí, y sólo eso me basta para querer pasar todos los días del resto de mi vida junto a ella-

Blaise Zabinni suspiró quedamente, mientras observaba la escena frente a sus ojos. Pudo reconocer la verdad en las palabras de Albus Potter, pues la devoción y el amor con que miraba a su Allegra era la misma con la que él observaba a su esposa todos los días, el mismo amor que los había unido hacía ya casi dieciocho años, y que hasta la fecha, no había hecho más que aumentar cada día.

Así que adelantándose unos pasos, quedó a unos cuantos centímetros de él, observándole fijamente, mientras una de sus sonrisas, aquélla que reservaba solamente para las personas que gustaba de intimidar, se iba formando lentamente en su rostro, mientras alargaba su mano para estrechar la de su ahora yerno.

-Espero que cuides y respetes a mi hija, mi familia es lo más importante que tengo en el mundo, y no me gustaría tener que darte una lección por hacerle daño a mi hija. Eres bienvenido, pero recuerda que yo también fui mortífago, y las artes oscuras son mi especialidad- le dijo, ante la mirada atónita de Allegra, quien los miraba de hito en hito, incrédula por las palabras de su padre.

Albus estrechó la mano que el hombre moreno le extendía, conteniendo un escalofrío cuando la camisa se deslizó un poco hacia arriba y alcanzó a vislumbrar la punta de la cola de la serpiente que se enroscaba dentro de la calavera, el inicio de la marca tenebrosa.

-Bueno, entonces, ¿Quién tiene hambre?-dijo Pansy, tratando de romper el incómodo silencio que se estaba formando.

Con una sonrisa, Blaise Zabinni abrazó a su esposa mientras la besaba, encaminándose hacia el comedor, escuchando sus palabras sobre quien sabe que preparativos, mientras se mantenía atento a las palabras de la pareja tras ellos.

Albus caminó hacia Allegra, quien le rodeó el cuello con los brazos, sonriéndole feliz porque por fin podría mostrarse ante el mundo como la flamante novia de Albus Potter. Él le rodeo la cintura, mientras se inclinaba un poco más hacia ella para unir sus labios en un tierno pero profundo beso. Se separaron como impulsados por un hechizo, ante las palabras de Blaise, quien aún no había salido del todo de la habitación.

-Potter, tengo ojos en la espalda…-dijo con la voz seria, pero en sus labios había una sonrisa que ninguno de los dos chicos pudo ver.

A su lado, Pansy se cubría la boca con una mano, evitando soltar una risita. Sabía que Blaise no lo hacía por maldad, y eso le confería aún más diversión de la esperada.

Albus se irguió en toda su estatura, mientras tomaba la mano de su novia, caminando con seriedad hacia el comedor, mientras Allegra le susurraba que sólo era una broma por parte de su padre. Aunque Albus no podía olvidar la amenaza implícita en las palabras de su ahora suegro, ni la prueba en su piel de que en verdad era tan peligroso como prometía.

Fin de flash back-

Salió de la ducha, cubriendo su cuerpo mojado con una bata de baño. Se apresuró a salir del mismo, deteniéndose a la mitad de su habitación para enrollarse una toalla en la cabeza.

El vestido que usaría para su fiesta de compromiso ya estaba dispuesto sobre la cama. Sonrió al recordar la felicidad de Lily cuando habían acudido junto con su madre a una de las más prestigiadas tiendas de ropa en el Londres muggle. Una risita se le escapo al recordar la cara de su suegra cuando supo que la ropa que vestían ella y su familia era hecha por muggles. Ginny Potter seguía siendo un poco incrédula ante el hecho de que sus padres habían cambiado sus pensamientos sobre los muggles.

Deslizó la bata sobre su cuerpo, dejándola caer al suelo. Mientras se untaba una loción recordó el incidente tantos años atrás, que estuvo a punto de costarles la vida a Scorpius y a ella, a manos de unos Gryffindor sedientos de venganza por lo que sus padres habían hecho.

Los habían acorralado a ambos en el séptimo piso, en uno de sus recorridos como prefectos.

Había sentido tanto miedo por Scorpius, no por ella, que se había abalanzado hacia uno de esos idiotas, buscando distraerlos para que él escapara, ganándose solamente un sectumsempra por parte de ellos.

Cayó al suelo mientras la sangre se le escapaba por los profundos cortes, ahogándose en su propia sangre, mientras veía a Scorpius retorcerse por una Cruciatus. Por más que quería ponerse de pie, o conjurar su varita para ayudarle, las pocas fuerzas que le quedaban no le ayudaban más que para mantenerse consciente.

Cuando estaba a punto de desfallecer, de la nada vio salir varios hechizos, que hicieron que los cuatro idiotas cayeran al suelo petrificados. Lo último que hizo antes de caer inconsciente fue escuchar la voz de Albus, llamándola para que se quedara a su lado.

Lo que pasó después es un recuerdo de la conversación que mantuvo con Scor y Albus, donde éste último le explicó la desesperación y el sufrimiento que sintió cuando vio salir el fénix plateado de su cuerpo, signo de que estaba muriendo. Scorpius completó el relato detallando de qué forma había detenido Albus su último aliento, evitando que muriera desangrada.

Fue entonces cuando comprendió los verdaderos sentimientos de Albus. Y cuando se permitió darle nombre a lo que ella misma sentía por él. Ambos estaban profundamente enamorados uno del otro. Y fue ese preciso momento, en que ambos reconocieron lo que sentían uno por el otro, que inició la maravillosa historia que por fin se haría oficial ese día.

Caminó semi desnuda por su habitación, buscando algo que Scorpius le había dado hacía mucho tiempo atrás. Era un pequeño dije en forma de estrella, donde sus iniciales, las de los tres, quedaban grabadas en el centro. Se los había regalado en su segundo año, el día antes de su partida hacia sus hogares para las fiestas de Navidad. Nunca se lo quitaba, más que para bañarse, y sabía que Scor querría que lo usara ese día.

Se lo colocó frente al espejo, observando su cuerpo en el mismo. Su anatomía había cambiado, ya no era aquella niña flacucha que había luchado con uñas y dientes por un lugar en el enorme colegio, por hacerse un nombre propio y por demostrar que los errores de sus padres no tenía porque cargarlos ella. Suspiró al darse cuenta de que nunca volvería a ser la pequeña que había saltado ansiosa a los brazos de su padre, el primer día de escuela, rumbo a su viaje para tomar el tren rojo y dorado.

Con un movimiento de su varita, invocó el vestido y se lo colocó con delicadeza, acomodando el fino tirante que cruzaba su hombro izquierdo. Se quitó la toalla de la cabeza, dejando caer los rizos oscuros alrededor de su cara, mientras comenzaba a peinarse. Siempre le había gustado llevar su cabello suelto, dejando que sus rizos se acomodaran como quisieran, tal como los largos y casi blancos rizos de su tía Luna.

Génesis Nott había heredado el cabello lacio de su tío Theodore, pero de un rubio platinado como el de su madre. Los ojos azules de Génesis eran idénticos a los de su padre, y sus facciones eran más como las de su madre, a diferencia de su hermano Harrison, quien era castaño con unos increíbles ojos grises como los de su madre y más parecido a Theodore Nott.

Sonrió al recordar la cara de bobo que ponía Reneé cuando la veía, completamente enamorado hasta la médula de ella, mientras ella fingía que no se daba cuenta. Esos dos se iban a volver locos si no daban ninguno el primer paso. Hizo una nota mental de comentarle a Scor y a Al, seguramente ellos le ayudarían con eso.

Cuando estuvo lista se contempló en el espejo. La imagen que éste le devolvía era la de una mujer joven, de brillantes ojos grises, con un cabello oscuro y rizado peinado en una coleta baja hacia un lado, adornada por un broche de diamantes, con el blasón de su familia. Su cuerpo estaba enfundado en un vestido rosado donde la parte de arriba era de un solo hombro y tenía cientos de piedrecillas incrustadas, mientras que la falda larga hasta los pies era parecida a un tu tú de ballet.

Sobre su cuello estaba la extraña estrella de su amistad, haciendo juego con un par de pendientes de estrella, obsequio de su padre en uno de sus cumpleaños. Su maquillaje estaba perfecto, así que con un suspiro, caminó hacia la salida, dándose cuenta de que había tardado más del tiempo requerido, perdida entre sus recuerdos.

Bajó las escaleras lentamente, mientras veía a su padre caminar desesperado por el vestíbulo. Las campanadas del reloj muggle que le regaló a su padre en una de sus tantas navidades de niña dio las doce del medio día, haciendo que abriera sus ojos con sorpresa, pues no pensó que fuera tan tarde.

Su padre volteó en el preciso momento en que ponía un pie sobre el vestíbulo, sonriéndole orgulloso al observarla, mientras a ella se le hacía un nudo en la garganta. Blaise Zabinni no era su padre, pero sabía que la quería con locura, tal vez más de lo que la hubiera querido… él.

Se refugió entre sus brazos como cuando era niña, aspirando su aroma a hierbabuena, sintiéndose segura y feliz como antaño. Su padre era su roca, su ancla firme que siempre la sostendría, y le estaba profundamente agradecida por amarla tanto.

-Déjame verte-dijo Blaise, separándola tiernamente de su cuerpo, para admirar a la mujer en la que se había convertido su pequeña- pareces una princesa…-

-Papá…-susurró Allegra, orgullosa como siempre de su padre, siempre tan galante.

-Es verdad, parece una princesa-dijo Pansy, quien bajaba en esos momentos, ataviada en un vestido azul que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, haciéndola verse muy sensual.

Blaise se quedó sin habla, contemplando a la mujer que compartía su vida, como si fuera la primera vez que la viera. Pansy siempre había sido muy hermosa, pero con el pasar de los años, la madurez que había ganado la había hecho ganar una sensualidad que impregnaba cada uno de sus movimientos y gestos, algo innato, nacido de ella misma, transpirado como el aroma que dejaba en el viento al pasar.

Pansy sonrió coqueta al darse cuenta de la forma en la que su marido se la comía con los ojos. Caminó hacia él, moviendo sensualmente sus caderas, mientras Blaise tragaba saliva, tratando de recomponerse pues sentía como su masculinidad comenzaba a despertar, pero la conciencia de que sus dos hijas estaban presentes le impedía lanzarse sobre su esposa, para desnudarla y poseerla ahí mismo.

-Bue…no, nos vamos yendo ¿no?-balbuceó él, mientras sentía que el cuello de la corbata comenzaba a ahogarle.

-Yo no sé que manía tienen de querer salir tan pronto, vamos como con seis horas de antelación- dijo Isabelle, quien bajaba detrás de su madre, exasperada por la urgencia por salir tan temprano, si la fiesta comenzaba a media tarde.

-Ya sabes que papá quiere conducir el auto, además ni loca me desaparecería hasta allá, y mucho menos llegaría por flu-dijo Allegra con fastidio, para agregar divertida- además de que te quejas, de seguro Hugo ya debe de haber llegado, sabes que la Abuela Molly les pidió ayuda con los preparativos…-

Ante la mención del menor de los hijos de Ronald Weasley, Isabelle cerró la boca y caminó decidida hasta la salida.

-Pues si no hay más remedio…los espero en el auto-susurró, ante la mirada divertida de Pansy y Allegra, y la horrorizada de Blaise.


Bueno, hasta que le dejamos por hoy...

gracias mil por leer...