11. Descubrimiento

El Bunraku, o teatro de marionetas, en la pequeña ciudad de Rioku dejó fascinada a Rennie. Ella estaba acostumbrada a ver el teatro por televisión o internet, pero esto no se parecía a nada de lo que hubiera visto antes. Era una maravillosa y vibrante descripción mímica de los conflictos que oponen los ideales éticos establecidos a las realidades del amor y la existencia, así como de la expresión de las emociones de los hombres y las mujeres.

Rennie estaba conmovida. Desde que Jake había conseguido entradas y juntos se dirigieron a la oficina de turismo todo había sido un sueño. Había alquilado un kimono rojo y trenzado su rubio pelo hacia atrás. La señora de la tienda la había maquillado y por primera vez llevaba carmín rojo en los labios y rimel en las pestañas.

Pero no era eso lo que la tenía tan contenta. Separando su mirada del escenario, se fijó en Jake. Él también iba de kimono, con un tono azul que contrastaba a la perfección con su piel chocolate y el pelo lo llevaba hacia atrás en una pequeña coleta. Estaba perfecto y con algo de irritación comprendió que no era la única mujer que lo pensaba. De ser asiático, habría pasado por un guerrero imperial.

Pero no le hacía falta. Ya era maravilloso y dulce, seguro y sólido, gruñón y adorable... y ella estaba perdidamente enamorada de él.

Darse cuenta de ello, fue una si la golpeara una grúa. Jadeó y cerró los ojos.

Era estúpida, esto no eran las drogas y no había forma en el mundo de que él la quisiera siendo medio-vampira. Los lobos se emparejaban con hembras alfas con las que tener a los cachorros de la camada. Y ella no podía darle esos cachorros.

Jake se preocupó:

-Rennie... ¿estás bien?

-Si, es sólo un pequeño mareo, creo que el sashimi no me ha caído muy bien.

"No,- quiso decir-, me acabo de dar cuenta de que te amo con toda mi alma y eso me asusta-"

A Jake no lo engañó en lo más mínimo. Él la conocía muy bien. El tiempo de fuga, el ser amantes, las circunstancias habían provocado un gran lazo entre ellos y Jake pensaba potenciarlo siempre. Aún no había confesado sus sentimientos, pero de pronto, algo en el aire le hizo de idea, era un peligro inminente.

Sin pensar cogió el rostro de Rennie con sus manos y la besó.

Ella se derritió en sus brazos y el beso se tornó apasionado, se besaron con tal fulgor pero al mismo tiempo tanta ternura que perdieron la noción del tiempo.

Rennie estaba muy feliz, sus dudas anteriores aclaradas. No iba a pensar en las drogas, ni en las responsabilidades... sólo sabía que amaba a este hombre y que estaba en sus brazos. Lo amaría tan bien, con el alma, el corazón y el cuerpo que dejaría su marca.

Él nunca podría olvidarla.

Con fiereza le acarició la espalda, le rozó las caderas con las suyas y lamió su lengua. Él lanzó un gruñido de pasión... hasta que oyeron una risa.

Unos niños pequeños los estaban mirando con obvia diversión, mientras hablaban y los señalaban. La gente de las otras sillas los estaba mirando complejos. Hasta la obra se había parado.

Roja de vergüenza, Rennie tiró de Jake y fueron directos a la cabaña tradicional que habían alquilado. Ella cogía con fuerza su mano y él respondió al apretón.

Llegaron a la puerta. Mientras ella abría, el le daba besos por el cuello y la acariciaba los brazos, pasando a acariciar los bordes de los pechos. La puerta cedió. La casa estaba a oscuras. Ella giró y se le pasó los brazos por el cuello. Besándolo con abandono, entraron a duras penas en la estancia.

Ella le quitó el kimono, dejándolo sólo en boxers. Se acercó para continuar su asalto.

Él miraba más allá con verdadero odio y había comenzado a temblar. La puso detrás de él y a distancia segura cambió de apariencia. La estancia de pronto se iluminó. Ella asustada miró hacia delante y reprimió un sonido de angustia.

Snyke estaba gravemente golpeado, tirado en el suelo y Heidi, flaqueada por Demetri y Félix le sonrió con malicia.