DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a J.K. Rowling.
Espero que lo disfruten.
La suma de todos sus miedos
…
Capítulo 11: De besos y venenos
…
Parte III: Vértigo
…
Torre de Gryffindor. Mediados de enero/1997
"¿Sabes lo que es el vértigo?", le había preguntado Hermione casualmente durante una de sus clandestinas prácticas de vuelo. Entonces, por supuesto, él no lo había sabido. Era ahora, cuando el cuerpo exánime y enfebrecido de Granger reposaba sobre sus temblorosos brazos, que Draco estaba seguro que la miríada de sensaciones desagradables que en ese momento lo mortificaban, correspondían perfectamente a los síntomas que ella alguna vez le había descrito.
Con las ideas embotadas por la ralentización de sus sentidos, Draco intentó enfocar la vista para no trastabillar en su camino hacia el lavado, pero la intensificación del zumbido en sus oídos dificultaba terriblemente su propósito. Sintiendo las piernas débiles, hizo un esfuerzo hercúleo por no abandonarse a la deleitable sensación de desmayo que lo tentaba con la promesa de poner fin a su taquicardia.
Y justo allí, en medio de su sobrecarga mental, él se preguntó cómo es que habían terminado en una situación tan macabra. La respuesta llegó con el primer golpe de hiperventilación y sus resuellos –acelerados, pero poco profundos- se quedaron atrapados en algún lugar entre la garganta y su esternón tras percibir que el pulso de Hermione había desaparecido. Todo, recordó Malfoy, demasiado conmocionado como para reaccionar adecuadamente, había comenzado con el final de su cita la noche anterior; cuando Hermione recibió aquella extraña herida en su pierna.
…
Algunas horas antes…
Blaise hizo una mueca mientras cogía una revista muggle de tintes eróticos del escritorio en el que estaba sentado Theo y, recostándose en la cama de Malfoy, protestó:
―¡Ya estoy harto de esta situación! ―rodó sobre el colchón y miró por el rabillo del ojo a Draco apoyado en el alfeizar de la única ventana de la habitación; el resplandor del agua del lago dibujaba sombras cristalinas sobre el rostro del rubio―. Existe una fulana que te pone de malas y somos nosotros quienes tenemos que aguantarnos tus arranques de amargura.
La mirada de Draco cruzó velozmente la pieza hasta volcarse sobre Zabini con explícitas intenciones homicidas al mismo tiempo que Theodore Nott soltada un bufido de irritación.
―Existe una mujer ―señaló éste último, imprimiendo tanto resquemor en sus palabras que fue obvio para los otros dos chicos la repulsión que ese hecho le causaba.
Blaise, el siempre inoportuno, soltó una estentórea carcajada cuando Theo se levantó del escritorio en el que había estado garabateando quién sabe que hechizo y se encaminó a la puerta.
―¿Esta es la escena en la que dejas de ser un maldito reprimido y nos confiesas, en medio de un arrebato pueril de celos, que siempre has estado enamorado de Draco?
―Ve a que te jodan, Blaise ―replicó Theo; su voz tan sosegada era una contradicción en sí al insulto que acababa de esgrimir en contra de su compañero. Luego se dirigió a Draco―. Tú sabes perfectamente que la estás cagando. Esperé por ti durante toda la tarde; también lo hicieron Goyle y Crabbe.
Las morenas facciones de Blaise Zabini se contorsionaron en una mueca de afligido enojo.
―Otra vez conspirando ―se quejó, estampando la revista contra el oscurecido cristal de la ventana por la que miraba Draco.
A pesar de los años de conocerlo, Draco no logró advertir qué era lo que fastidiaba más a Blaise en ese momento; si el hecho de que sus dos mejores amigos se hallaran enfrascados en un desacuerdo del que no tenía permitido formar parte, o que él y Theo siguieran marginándolo, excluyéndolo de sus planes, ocultándole sus verdaderas intenciones. Fuera lo que fuera, no tenía tiempo ni cabeza para lidiar con ese asunto ahora mismo. Menos si sus pensamientos, de forma anárquica, seguían enredándose en los acontecimientos de esa tarde. Draco lamió sus labios, todavía calientes por la huella del beso de Hermione y sintió el dolor de la pérdida golpearle con la fuerza brutal de un ariete. Pensó en ella abandonándolo bajo la lluvia sin miramientos de ningún tipo y luego huyendo de él en el castillo como si en lugar de besarla la hubiera ofendido cruelmente. Pensó en Granger no presentándose a cenar hace unos minutos, como si ignorándolo fuera a convencerlo de que lo sucedido había sido una invención de su maltrecha imaginación. Pensó en todo lo que le habría gustado decirle, pero que ella, egoístamente, no le había dado oportunidad. Pensó en ella, en su cabello mojado, en sus castaños ojos llenos de confusión, en sus labios hinchados y tuvo que empujar el recuerdo lejos de su memoria porque era muy doloroso soportarlo siquiera.
―Tenía asuntos que atender ―explicó Malfoy a la defensiva cuando retomó el hilo de sus pensamientos. Dando el esquinazo a los quejidos de Blaise y antes de que Theo extendiera su resentida monserga, añadió―. No te afanes, recuperaremos el tiempo perdido esta misma noche.
―Eso espero.
Blaise puso los ojos en blancos cuando Theo contestó y, con aire desafiante, abandonó la habitación; casi al instante, la mente de Draco fue tomada nuevamente por asalto.
Hermione volvía a ocuparlo todo.
…
Draco frunció el ceño en dirección a la mesa de Gryffindor. Sentía que la cabeza le explotaría de un momento a otro, pero sabía que su migraña no guardaba relación alguna con el trasnocho al que se había sometido durante las últimas horas ni al hecho de que el mismo hubiera resultado estúpidamente en vano. No, a él no importaba que el maldito encantamiento que protegía la Phitos de Morgana le Fay, siguiera intacto y que las pocas horas de sueño que le permitió la intransigencia de Theo las hubiese dilapidado en la infructuosa reparación del Armario Evanescente y que, por ende, sus planes para asesinar a Dumbledore estuvieran más estancados que nunca. No, eso no era lo que lo tenía al borde de una hemorragia cerebral.
Era ella. O, mejor dicho, su ausencia.
Al igual que anoche, Hermione Granger no se había apersonado esta mañana en el comedor. Seguía rehuyéndole y eso sí que iba a terminar por reventar sus arterias. Draco trató de sorber un trago de zumo de calabaza, pero el líquido frío le raspó la garganta seca, por lo que el mago desechó la idea de probar cualquier otro bocado. Abrumado en un mar de absurdos pensamientos, se masajeó las sienes con sus dedos en el momento que estuvo seguro que, en su afán por eludirlo, la estúpida de Granger era capaz de dejarse morir de inanición, por lo que seguramente tampoco se presentaría a almorzar.
"¡Maldita sea!", bramó en su fuero interno. Era obvio que ella no se lo pondría fácil, pero, por Merlín, ¿era necesario que lo hiciera tan putamente jodido? Draco ni siquiera sabía que quería decirle; ayer lo había tenido muy claro, pero hoy con tantas horas de insomnio a cuesta, su argumento se había difuminado en un aluvión de imposibilidades. Porque era simplemente imposible que Hermione y él pudieran siquiera vislumbrar la posibilidad de un futuro juntos. No siendo quienes ellos eran. Sin embargo, eso no cambiaba nada. Draco siempre lo había sabido; había tenido conocimiento del desastroso resultado que acarrearía el que él dejara que sus sentimientos por Granger tomaran alguna forma. Y ahí estaba él, al filo del estropicio, y no le importaba una mierda las consecuencias.
―Tómate esto ―dijo una voz femenina. Draco alzó los ojos y se halló con el rostro sonrojado y la sonrisa cándida de Astoria Greengrass―. Es una poción para el dolor.
Más curioso que cualquier cosa, tomó el contenido del frasco que la bruja le tendía en un estricto silencio. No obstante, sus facciones se relajaron cuanto el efecto calmante de la poción empezó a aliviar su migraña.
―¿Mejor? ―le dedicó una sonrisa dubitativa.
―Sí ―respondió él, secamente. La verdad, se sentía mucho mejor.
Astoria volvió a sonreírle a manera de respuesta y, por primera vez desde que ella fue seleccionada en Slytherin, Draco le prodigó la merecida atención. A diferencia de Daphne, el cabello de Astoria era de un tono rubio más oscuro, casi castaño; sus ojos verdes tenían un extraño resplandor amatista y, de cerca, su piel no parecía tan pálida como la de su hermana, pero, definitivamente, cubría un cuerpo igual de curvilíneo. Era una chica bastante agraciada, deliberó Draco, sorprendiéndose de sus propios pensamientos, pues hasta antes de ese momento, ella siempre había sido solo la hermanita menor de Daphne. Malfoy no sabría si fue por el reciente descubrimiento de la femineidad de Astoria, pero se halló sinceramente agradecido con su gesto.
―Me alegro. Parecías a punto de hechizar ese omelette en cualquier momento.
―Gracias.
―No hay de qué, Draco.
…
Efectivamente, Hermione no dio señales de vida durante el almuerzo, pero al ser algo que Draco ya se esperaba, no tuvo mayor impacto en su humor; después de todo, él ya había tomado una decisión. En unos cuantos minutos, debían encontrarse en el campo de Quidditch para su última clase de vuelo y, según las figuraciones de Draco, había una alta probabilidad de que esta vez ella sí asistiera. No solo porque sabía que Granger no era el tipo de persona que dejaba las cosas inconclusas, sino porque al ser un terreno neutral, donde no existía la amenaza latente de la exposición pública, Hermione podría sentirse en la libertad de enfrentarlo sin necesidad de poses diplomáticas.
Esperó. A pesar de que la paciencia no era una virtud característica de su personalidad, Draco Malfoy procuró hacer acopio de ella durante los más de treinta minutos que esperó la llegada de Granger. Sus esperanzas de verla aparecer en el último momento se desvanecieron cuando fue más que obvio que ella, en definitiva, no haría acto de presencia. Así que endemoniado como estaba, Draco resolvió poner en marcha su plan de emergencia: hechizaría al primer estudiante de Gryffindor con el que se topara y vulneraría la seguridad de la torre hasta dar con Hermione. En eso estaba pensando mientras se sacudía la nieve de sus botas e ingresaba al castillo. Para su mala suerte, alguien que tenía planes totalmente distintos a los suyos, se interpuso en su camino.
―Qué bueno que lo veo, señor Malfoy. Espero que haya disfrutado de sus vacaciones.
Draco alzó los ojos y los músculos de su cara se contrajeron al ver la nariz respingada de Snape simular una mueca de desdén. El profesor lo escaneó en silenció y tras la falta de respuesta, agregó.
―Admitiré su silencio como una afirmación a mis especulaciones ―Blofeó; sus ojos observándolo, despectivamente―. Acompáñeme.
Reponiéndose de la sorpresa, Malfoy consideró cómo sería la forma correcta de responderle sin verse en la obligación de acompañarlo y seguir postergando su enfrentamiento con Granger. Sin embargo, algo en el lenguaje corporal y el filo de las palabras de Snape, daba a entender lo difícil que le resultaría escaquearse.
―Creo, profesor, que no ha llegado usted en un buen momento. Y la verdad, tengo asuntos más urgentes que atender.
―¿Más urgentes? ―se mofó Snape; un mohín viperino colándose en sus cetrinas facciones―. Espero que no esté hablando usted en serio, señor Malfoy. Me decepcionaría mucho tener que informar a Ya-Sabemos-Quién de su mediocre desempeño en labores que requieren toda su atención. Sobre todo, si debo entrar en detalles a la hora de describir las actividades que lo han mantenido tan… ocupado.
Un gruñido salvaje se escapó de la garganta de Malfoy y su postura un tanto relajada, automáticamente, mutó a una actitud completamente ofensiva. El hecho pareció no pasar desapercibido a ojos de Snape, quien, suspicaz, enarcó una ceja mientras parecía analizar todas las posibles implicaciones ocultas tras la reacción confirmativa de Draco. Tanto por la sonrisa macabra que acentuó su amenaza como por la forma en la que él lo miraba ahora, fue obvio para Draco que el maldito de Snape tenía conocimiento de su reciente interacción con Granger y la sola posibilidad de que Voldemort se enterara de su existencia, lo ponía realmente enfermo. Enseguida supo que no tenía alternativa.
―Tiene razón, profesor ―expuso tras unos minutos de falsa deliberación―. Nada es más urgente que eso.
…
―Esto es una mierda ―refunfuñó mientras corría por los oscuros pasillos de Hogwarts.
Un par de horas después, cuando Draco había logrado por fin deshacerse de Snape, el mago estaba, si se podía, más ansioso por ver a Granger de lo que había llegado a estar en el transcurso del día. Como si se tratara de un hechizo de aturdimiento, bloqueó cada palabra del discurso reprobatorio del profesor y se dirigió como alma que lleva el Diablo hacía los aposentos de Gryffindor. Tenía que verla y, para su sorpresa, Malfoy descubrió que su urgencia nada tenía que ver con su deseo de aclarar las cosas con ella. Era algo distinto, algo que iba más allá de toda lógica; algo que le gritaba que Granger lo necesitaba.
Aferrado a esa idea, subió de plataforma en plataforma por la gran escalera, ignorando con bastante éxito los susurros escépticos de los retratos que adornaba las paredes, hasta llegar al séptimo piso. Durante el ascenso, Draco ya había valorado la idea de utilizar una variación del hechizo Annihilare y hacer volar las puertas de la Torre. Sin embargo, gracias a Merlín no fue necesario emplear recursos tan drásticos. Justo cuando su varita se preparaba para efectuar la primera floritura del encantamiento de apertura, el retrato que fungía como entrada de la torre, se abrió. Un chico de edad indeterminada y expresión retraída, emergió, quedándose estupefacto cuando, aparentemente, advirtió la presencia de un Slytherin en la entrada de su casa.
―La noche mejora.
Draco dijo esto con una sonrisa malévola estirándole las mejillas y antes de que el Gryffindor lograra retroceder sobre sus pasos para guarecerse en la torre, él lo jaloneó de la corbata y, haciendo valer su dominio sobre las artes oscuras, usó el maleficio Imperius para ordenarle que se marchara y no contara a nadie que él estaba allí. El muchacho obedeció al mismo tiempo que Malfoy ingresaba, alerta, a la sala común de Gryffindor; el corazón martillándole, eufórico. La visión del Slytherin pavoneándose por la desolada estancia, le confería el mismo aspecto gallardo de Alejandro Magno tras la consumación del Asedio de Tiro; la típica sonrisa arrogante del que se sabe infaliblemente vencedor y la tenebrosa expresión de alguien del que no se puede esperar nada bueno. Durante su inspección, Draco apenas si reparó en el mobiliario del lugar; lo único que captaba su completa atención era el hecho de que Hermione no estaba allí. Conociendo perfectamente la distribución de las habitaciones en el resto de las casas del castillo, a Malfoy no se le hizo difícil dar con el área en el que se hallaban los dormitorios de las estudiantes de sexto año de Gryffindor. Con cautela, corroboró uno a uno los nombres inscritos en los rótulos de las puertas hasta que se topó con el de Granger y sin más dilación entró sin anunciar su llegada.
Cuando Draco giró el pomo de la puerta se sorprendió de que estuviera abierta. Sin embargo, el desconcierto fue sustituido rápidamente por la intriga. La habitación de Hermione no era en absoluto como él se la había imaginado. Era extremadamente ordenada, sí, pero además de estanterías repletas de libros, también se hallaban un montón de enseres amontonados en un escritorio de finos acabados, de los que él no tenía ni idea de su utilidad. Despacio, sus ojos recorrieron el amplio espacio ocupado por camas con dosel y escaparates que cubrían el ancho de las paredes hasta los techos altísimos. En el ínterin, su atención se concentró en un póster gigantesco adherido al tabique del lado izquierdo de la recámara, donde Viktor Krum posaba con esa sonrisa bobalicona que, Malfoy acababa de descubrir, lo sacaba de quicio. Con enojo renovado, se acercó para inspeccionarla y en el trayecto colisionó con lo que a primera vista le pareció una moqueta peluda que, hasta hace un instante, él podría haber jurado que no estaba allí. El chillido estridente de un minino le hizo darse cuenta que se trataba del horrendo gato que Granger cargaba con ella todos los primeros de septiembre en el Expreso de Hogwarts. Precisamente cuando pensaba hacer uso de algún hechizo para silenciar al animal, otra serie de gemidos lo descolocó.
―¡No me jodas! ―murmuró Draco, desesperado, cuando por encima delPandemónium en el que el pánico acababa de sumir sus pensamientos, logró reconocer la voz de Hermione.
Ojeó la habitación con la típica premura de quien se sabe sin tiempo para remediar cualquier calamidad y fue entonces que dio con ella. La imagen lo golpeó con la brutalidad de una piedra de demolición. Hermione estaba tendida de espaldas sobre el piso al tiempo que su cuerpo se convulsionaba en escalofriantes sacudidas. Pese al shock mental que le produjo la escena, Draco logró deliberar rápidamente lo que estaba sucediendo. Ella estaba bajo algún hechizo; no sabía cuál, no sabía cómo, pero estaba seguro de que, si no hacía algo pronto, Hermione moriría. Cuando las convulsiones cesaron y el cuerpo de Granger quedó inerte, Draco se precipitó, salvó las distancias y la tomó en sus brazos para cerciorarse de su estado. Un alivio tan potente que casi le dolió, lo golpeó cuando logró captar su pulso; débil, pero constante. La bruja estaba envuelta en un camisón holgado que dejaba expuesta gran parte de su blanca y delicada piel. Fue así como Draco pudo notar las extrañas ronchas que se extendían por lo largo de su anatomía y el hecho de que su temperatura corporal rebasaba considerablemente los estándares normales. Durante un momento de duda, él tanteó la posibilidad de ir a por ayuda, pero al recordar todas las explicaciones que tendría que rendir, se decantó por su plan original. Su decisión se vio reforzada cuando mientras cogía a Hermione para llevarla al baño, su mirada tropezó con un pequeño caldero, una reguera de pergaminos y un robusto libro, situados no muy lejos de donde había yacido ella desmayada. Antes de completar sus propósitos, los inspeccionó en busca de respuestas y se halló con una poción a medio preparar y, entre los ingredientes desperdigados por el piso, había una receta para combatir el veneno de una exótica especie de Tentáculas. Los ojos grises de Draco se agrandaron por el terror y su mirada voló hasta situarse en la pierna horriblemente mancillada de la bruja.
Fue entonces que todo calzó en su cabeza.
…
Él la deseaba.
Pero más allá de cualquier atracción libidinosa, estaba lo que él sabía que sentía por ella. Por la persona. Por Hermione Granger, la bruja a la que le había hecho la vida imposible durante el último lustro de su existencia, pero por la que ahora estaba dispuesto a jugarse su propia vida por mantenerla a salvo.
Él, no estaba completamente seguro, pero creía que lo que sentía por ella era muy parecido al amor. A veces estaba convencido de estar enamorado... De sus gestos presuntuosos, su sonrisa fácil y sus ingeniosas ideas. Draco creía que no había mujer más perfecta que Granger y allí, con ella plácidamente dormida mientras el antídoto corría por su torrente sanguíneo, él podía por fin expulsar el vértigo de su sistema y recrearse en el lazo tan íntimo que los mantendría unidos de ahora en adelante.
Preso de sus ensoñaciones, recordó el afrodisíaco olor que emanaba de sus poros; cada curva de Granger bajo la bata mojada. Recordó sus manos recorriendo la tersura de su cuerpo, frotando y curando sus heridas y como su piel reaccionaba ante el contacto. Recordó su voz adormilada llamándolo en gemidos rotos.
―¿Malfoy? ¿Malfoy, eres tú? ―le había preguntado cuando él la había introducido en la tina y había empezado a lavar las yagas de su piel―. ¡Por favor, no te vayas, no me dejes!
―No voy a dejarte, Granger. Jamás te dejaría.
Y él la había besado. De forma tierna, sin ningún atisbo de la lujuria que había acompañado su primer beso. La había besado con devoción; solo porque se sintió invadido por un miedo atroz de perderla y quería retenerla a como diera lugar. Y, todavía atrapada entre las alucinaciones del veneno, ella había correspondido ese beso, tal como había hecho con el primero y, a pesar de su estado convaleciente, Draco había notado la agitación en su respiración y el sonrojo de sus mejillas y el deseo porque ese no terminara nunca.
Seguía pensando en eso al tiempo que aprovechada la oportunidad única que se le estaba brindando al tener a su disposición las pertenencias más preciadas de Granger. Mientras velaba sus sueños, Draco husmeaba en los documentos que Hermione tenía perfectamente ordenados en su escritorio. Seguía sin descifrar el funcionamiento de algunos artefactos muggles, pero a estas alturas, ya había leído tres de las muchas cartas que ella almacenaba en su baúl de correspondencia y ninguna había logrado ponerlo de tan mal humor como la esquela que acompañaba un obsequio que Viktor Krum le había enviado por Navidad. Draco se sentía furioso por la intimidad con la que el húngaro se dirigía a Hermione, pero como todavía no tenía un título oficial para hacer valer los derechos que él creía tener, se consoló con la idea de maldecir al susodicho hasta la locura. También se castigó mentalmente por no haber tenido él la iniciativa de obsequiarle algo y se prometió que muy pronto le regalaría algo más bonito, caro y significativo que lo que le hubieran podido dar Potter, Weasley y Krum juntos.
―¿Qué haces?
Draco se sobresaltó cuando la nítida voz de Hermione llegó a sus oídos y dejó caer el pergamino que estaba leyendo en ese momento. El Slytherin buscó la mirada de la bruja y notó que ella lo escudriñaba con suma perplejidad. Sus grandes ojos marrones parecían asustados -casi desconcertados- y llenos de silenciosas preguntas; pese a saber lo que se avecinaba, para Draco fue un alivio poder ver las emociones en sus ojos de nuevo.
―¿Cómo te sientes? ―le preguntó, incapaz de organizar una réplica distinta; bien fuera por la sorpresa o porque realmente estaba preocupado por su bienestar.
―Perfectamente ―dijo ella al tiempo que sus ojos se achicaron y su boca se dobló, formando un puchero de enojo. Enseguida, insistió―: ¿Qué hacías con eso?
Repuesto del inesperado asalto, él sonrió con suficiencia mientras le decía.
―Solo buscaba material útil de lectura. Tu estantería está plagada de libros muggles y tu sosa correspondencia con Potter y Weasley me es sumamente aburrida.
―¿Leíste mi correspondencia? ―le censuró, intentando infructuosamente ponerse de pie.
―Solo un par de cartas ―aclaró, acercándose para evitar que intentara levantarse otra vez. Draco la acomodó en la cama y la sintió temblar bajo el frió roce de sus dedos al tiempo que él se esforzaba por no evidenciar la agitación que ese mismo hecho le producía. Su cabello húmedo estaba enmarañado como un manto de algas marinas y se desparramaba sobre la almohada mientras su frágil cuerpo se hundió con facilidad bajo las frazadas cuando él tomo asiento a su lado―. Quédate quieta. Solo me puse al corriente con ese drama que tienes con el par de tarados de tus amigos. Y, debo admitir, Granger, que desconocía completamente la intensidad de los sentimientos que Krum alberga hacía ti.
―¡Malfoy, voy a asesinarte!
El chillido encolerizado de Hermione, lo hizo poner los ojos en blanco. Y es que obviando su acostumbrado cinismo, a Draco le parecía sumamente incómodo lo atractivo que siempre le resultaba ser sus ataques de enojo.
―Eso sería muy descortés. Puesto que acabo de salvarte la vida.
―No te debo nada, imbécil. Casi muero por tu culpa. Si tú no me hubieses perseguido hasta el bosque y besado en primer lugar… ―Hermione palideció y se calló de súbito. Parecía no haber tenido intenciones de tocar ese tema tan a la ligera. Por su parte, Draco se limitó a lanzarle una fría mirada de traición―. Yo no quiero… ¿Qué haces aquí?
―Te cuidaba hasta que despertaras y pudiera comprobar que, efectivamente, seguías siendo la misma insufrible de siempre.
Draco se sorprendió cuando la expresión furibunda de Hermione mutó a una de sobrecogido asombro. Y cuando de su boca no salieron más reproches mientras inspeccionaba su atuendo, (que ahora constaba de un colorido suéter con las iniciales de su nombre bordadas al pecho -característica inconfundible de la indumentaria Weasley- y unos diminutos pantaloncillos de algodón) Malfoy supo que había llegado lo peor.
―Esta no es... ―Su expresión, si estaba leyéndola correctamente, se debatía entre la confusión y la vergüenza mientras que en su voz se percibía la angustia―. Malfoy, esta no es la ropa que traía puesta.
La habitación se sumió en una absoluta e incómoda quietud. De repente ninguno de los dos parecía tener el valor de mirarse a la cara. Draco ni siquiera era capaz de conseguir su voz. En silencio, consideró si el cinismo le ayudaría para aligerar la situación, pero la mueca de horror que halló en el rostro de Granger cuando se atrevió a mirarla, le delató que lo mejor sería que fuera seriamente sincero al respecto. Así que, tras una premeditada pausa, inició su explicación:
―Como supongo que adivinaste mientas averiguabas lo que te pasaba, el veneno de la Téntacula que te hirió corresponde a una de las variaciones más extrañas y nocivas que existe. Cuando te encontré, Granger, estabas volando en fiebre y tenías el cuerpo plagado de horribles laceraciones, así que hice lo primero que se me ocurrió: te metí en la tina hasta lograr estabilizar tu temperatura y al mismo tiempo desinfectar y cauterizar tus heridas.
―¿Me viste desnuda? ―le preguntó, horrorizada, en el mismo tono recriminador que venía usando desde que despertó; una avalancha de sangre arremolinándose bajo la clara piel de sus mejillas.
―No lo hice ―le aseguró Draco, tragando el nudo que acababa de formarse en su garganta―. Te bañé con la ropa puesta y luego usé un hechizo para cambiarte.
El sonrojó de la Gryffindor disminuyó un poco tras esa aclaración, pero sus ojos seguían lastrados de una inconfundible vergüenza.
―¿Qué hora es? ―Quiso saber ella.
Draco, sin embargo, supo que su interés por la hora era más un artilugio para cambiar de tema que cualquier otra cosa. Igualmente, admitió:
―No lo sé. Supongo que ya es de madrugada.
―¿Y te quedaste conmigo todo este tiempo?
―¿Qué esperabas, Granger? ―le sonrió con esa malicia que a todas luces resultaba arrebatadoramente sexy―. Estabas drogada después de haber sido envenenada. Además…
―¿Además qué?
―Me pediste que me quedara.
Una risita tonta se le escapó a la Gryffindor y Draco tuvo que esforzarse en controlar su ritmo cardíaco cuando sus dientes se movieron inconscientemente hacía sus labios, atrapándolos en una mordida. A partir de allí, desvió la trayectoria de su mirada.
―Estabas moribunda. Ni modo que te dejara a tu suerte.
―Querías hacerlo ―lo acusó Hermione, estrechando los ojos con fingida sospecha.
―¿Qué yo quería pasar mi noche del sábado cuidando que no te murieras? ¿Qué te hace considerar semejante locura?
Ella contestó con la misma seguridad con la que obtenía puntos para Gryffindor en sus clases.
―Porque eres Draco Malfoy y jamás haces algo que no quieras.
Él se limitó a sonreírle. Ingeniosa como siempre.
―Y aun así, aquí estás.
―Tengo debilidad por las damiselas en apuro.
―Las damiselas ya no nos apuramos, Malfoy. ―replicó ella, siguiéndole el juego. Draco advirtió que el tono de su voz ya no era acusador.
―Lo dice quien estuvo a punto de morir envenenada por las toxinas de una extraña planta.
Hermione arrugó el ceño al tiempo que su expresión se tornaba meditabunda.
―¿Cómo entraste aquí , de todos modos?
―Esa, Granger, es una larga historia.
Draco se acomodó en su lugar de la cama y empezó a contarle; detalles más, detalles menos.
Continuara...
Hola:D
Acá les traje este capítulo que espero haya sido de su agrado. A mí me gusto mucho escribirlo aunque no me quedó como originalmente lo tenía pensado. Comenteme qué les pareció y si les gusta el rumbo y ritmo de la historia. ¡Nos leemos pronto! Y desde ya agradezco a todos los que leen y comentan.
¡Feliz existencia!
*Curazao. Octubre 10 de 2017*
