Chicas, ya estoy de vuelta y traigo un capítulo intenso para recuperar el ritmo.

Capítulo 10:

Estaba flotando sobre una nube en su puesto de trabajo. Inuyasha se tuvo que marchar relativamente temprano por cuestiones de trabajo pero pasaron la mayor parte de la noche haciendo el amor y acariciándose. No le había dolido nada perder la virginidad y de hecho, podía fardar de haber disfrutado plenamente de todo lo que Inuyasha le había ofrecido. Él le explicó que algunas mujeres nacían sin el himen y que a lo mejor era su caso pero no parecía demasiado convencido. ¡Qué más daba eso! Lo único que le importaba era la calidez que emanaba el cuerpo de Inuyasha y la envolvía a ella, sus masculinas manos descubriéndole todo un mundo de placer que nunca había experimentado, sus labios recordándole lo mucho que la amaba y su lengua explorando todos los lugares ocultos de su cuerpo.

Ese día no estaba ausente de su labor, no estaba oculta en ese mundo que había creado su mente para evadirse, no estaba deprimida. Ese día, estaba feliz y contenta como no lo había estado nunca de nacer y ser parte de ese mundo. Jamás había sonreído tanto a los clientes, nunca había podido ignorar de esa forma las quejas de la mujer del carnicero, se tomaba con humor todos los piropos y se estaba divirtiendo en el trabajo. Sin duda, era un gran día.

Apagó su caja cuando llegó la hora del descanso y se levantó de su asiento para dirigirse hacia la caja de su mejor y única amiga: Sango. Tenía que darle las nuevas noticias y puede que no se las tomara con mucho humor después de lo ocurrido anteriormente pero le daría su apoyo incondicional. Eso era lo que hacían las amigas, ¿no? Las amigas te limpiaban las lágrimas y se ocupaban de que no volvieras a llorar, te daban la mano cuando más necesitabas ayuda y siempre tenían un minuto para ti. Nunca supo lo que era todo eso hasta que conoció a Sango y no estaba dispuesta a perderla.

Sango le pidió que la esperara durante unos minutos mientras atendía a su último cliente y ella aprovechó para entretenerse leyendo uno de los carteles de publicidad. ¿Depilación láser?, ¿para qué? Nunca había tenido vello en el cuerpo por lo que nunca necesitó depilarse.

- ¿Vamos a tomar un café?

Se giró sonriente para atender a su amiga y le mostró un termo y un obento.

- Esta mañana tenía algo de tiempo y preparé café y sándwiches- le dejó sostener el termo- ¿te apetece?

- Claro que me apetece.

Salieron del supermercado a disfrutar del sol de verano y se sentaron en unos bancos cerca de la entrada. La gente seguía entrando mientras comían pero era su hora de descanso y se limitaban a comer y a tomar el sol. Ese día, la luz del sol le molestaba particularmente por lo que se mantenía a la sombra y con cuidado de no alzar demasiado la mirada.

- ¿Cómo que has vuelto con Inuyasha?- le regañó- ¡Te abandonó!

- Pero él ha vuelto y me ha dicho que me ama- se sonrojó- creo que yo también le amo.

- ¿Y esa tal Rin?

- Es su cuñada, le llamó para preguntarle algo sobre su hermano- mordió un sándwich- al parecer, el hermano de Inuyasha tiene un carácter extraño- masticó- ¡Qué suerte tener una familia! Estoy deseando conocerles…

- ¿No te estás adelantando un poquito?- quiso bajarla de la nube- no te ha pedido matrimonio, ni nada parecido…

- Ya pero siento que esto es algo más que un simple noviazgo- se llevó una mano al pecho, sobre el corazón- algo me dice que Inuyasha es para mí; él y sólo él.

Sango alzó una ceja escéptica ante sus palabras pero no intentó rebatirle, ni hacerle cambiar de opinión. Era más que obvio que nada le haría cambiar de parecer.

- Nunca había estado con un hombre hasta la noche pasada- suspiró- y no quiero estar con ningún otro que no sea Inuyasha.

- Se te ve muy enamorada- sonrió- por cierto, tengo algo para ti.

- ¿Para mí?

Sango se levantó del banco y entró corriendo dentro del supermercado sin contestarle. ¿Qué podría tener Sango para ella? Volvió la vista al frente y se terminó el sándwich vegetal que tenía en la mano. Estaba bebiendo un trago de café cuando Sango volvió a la carrera y se detuvo frente a ella sin sentarse.

- Esto es para ti.

Sacó sus manos escondidas tras la espalda y le mostró un paquete envuelto con papel de regalo rojo. ¡Claro! Ese día era su cumpleaños, cumplía veinticinco años. Se lo había dicho a Sango la semana anterior pero no esperaba que lo recordara y mucho menos que le hiciera un regalo. Era el primer regalo que recibía por su cumpleaños en toda su vida. Antes de ese día sólo había recibido el vestido con los complementos que le regaló Inuyasha semanas antes. ¿Qué sería? Rompió con impaciencia el papel de regalo y miró asombrada la caja de plástico. Dentro había cuentas para hacer colgantes, pulseras, pendientes, etc. Todo lo que necesitaba para hacerse un joyero.

- Una vez me comentaste que sólo tenías los pendientes que sueles usar de complemento- se sentó junto a ella- y cuando pasamos por una tienda de bisutería te quedaste mirando estos estuches con interés. Pensé que te gustaría hacerte tus propios complementos.

Había dado justo en el clavo. Siempre había querido hacerse sus propios complementos a su gusto y poder lucirlos pero nunca antes había podido porque no podía permitirse pagarlo. El poco dinero que le sobraba lo solía utilizar para la ropa que pudiera necesitar.

- Muchas gracias, Sango.

Los ojos se le inundaron en lágrimas de pura felicidad y antes de poder controlarse, se giró y abrazó intensamente a su amiga. ¿Cómo una sola persona podía aportarle tanta felicidad a otra? Nunca había entendido lo que era tener una amiga o un novio hasta que conoció a Sango y a Inuyasha. Ellos dos habían llegado como una bendición a su vida.

Su móvil empezó a sonar y a vibrar en el bolsillo de su uniforme y tuvo que romper el abrazo para cogerlo. Esa melodía no la había escuchado antes cuando la llamaban. Miró la pantalla y vio que ponía que era un mensaje de Inuyasha, su único contacto. ¿Cómo se leían los mensajes? Se estuvo peleando con las teclas hasta que por fin una de ellas pudo abrirle el mensaje y mostrarle el texto. Se sonrojó y rió como una quinceañera enamorada.

¡Feliz cumpleaños, preciosa! Voy a recogerte al trabajo y te llevo a casa. Cenaremos con champan y caviar. Tengo un magnífico regalo para ti. ¡Te amo! Besos

- ¡Qué cursi!

- No es cursi- le defendió- es encantador- le elogió- ¿cómo puedo contestarle?

Sango suspiró y con suma paciencia le explicó cómo acceder al menú de los mensajes, cómo escribir con las teclas y cómo enviarlo. Era difícil eso de escribir con el teclado pero Sango aseguraba que en seguida te podías acostumbrar. Ojala fuera cierto porque sus uñas se estaban empezando a resentir.

Muchas gracias. Te estaré esperando, ya tengo ganas de verte. ¿Qué será? No me hagas esperar demasiado. Besos

Se sintió tentada a decirle que también le amaba pero no lo hizo porque aún no había hablado de ello con él en persona. Quería que la primera vez que se lo dijera fuera cara a cara.

Cuando terminó de escribir el mensaje, se guardó el móvil y se levantó para seguir a Sango hacia el interior del establecimiento. Ya se había terminado su hora de descanso. Sin embargo, una oleada de calor inundó su cuerpo y empezó a sentirse extremadamente mal. Transpiraba muy rápido y de forma húmeda, el ritmo de su corazón estaba aumentando de forma alarmante, sentía nauseas y la vista se le nublaba. ¿Qué estaba pasando? Quiso pedirle ayuda a Sango pero no fue capaz de emitir un solo sonido cuando abrió la boca. Sus piernas temblaban a pesar de estar ardiendo y antes de que pudiera dar otro paso, le fallaron. Mientras caía al suelo le vino a la mente la imagen de Inuyasha y deseó no perderlo ahora que lo había encontrado. Entonces, todo se volvió oscuro.

…..

- ¡Kagome!

Sango corrió hacia ella en cuanto la vio caer al suelo. Estaban volviendo al trabajo tras la hora de descanso cuando sintió que los pasos de Kagome disminuían. Se dio la vuelta para ver qué era lo que le estaba entreteniendo y por poco estuvo a punto de ver cómo se golpeaba la cabeza. Había sido lo bastante rápida para agarrarla y evitar la desgracia. En ese momento se encontraba de rodillas en el suelo con una Kagome inconsciente a su lado. ¿Qué demonios le había pasado? Minutos antes se encontraba perfectamente.

La llamó por su nombre varias veces e intentó reanimarle dándole alguna bofetada y sacudiéndola pero ella seguía sin reaccionar. Por lo menos respiraba y no se trataba de un paro cardíaco pero estaba inconsciente.

- ¡Socorro!- gritó- ¡Necesitamos ayuda!

Era lo único que podía hacer en ese momento: pedir ayuda y esperar a que alguien se acercara. Desesperada por la lentitud con la que se estaba acercando la gente, sacó su móvil del bolsillo de su uniforme y marcó el número de emergencias con dedos temblorosos. Si no se daba prisa en hacer algo a Kagome podría ocurrirle algo malo. Ni siquiera sabía el por qué se había desmayado. ¡Estaba bien!

- Necesitamos una ambulancia, de prisa- pidió- hay una chica inconsciente frente al supermercado Tatsuya, en el distrito de Shibuya.

Colgó a la espera de la ambulancia y palpó la piel cada vez más sudorosa de su amiga. Estaba ardiendo, debía tener más de cuarenta grados en el cuerpo, y cada vez ascendía más su temperatura. Su uniforme empezaba a empaparse por la transpiración, el cabello se humedecía y su respiración se entrecortaba más y más, se volvía muy costosa. ¿Qué debía hacer en ese momento? Ella no sabía nada de primeros auxilios para atenderla.

Las puertas del supermercado se abrieron y salió el encargado corriendo con un botiquín en las manos. Se dejó caer de rodillas al otro lado de Kagome y palpó su frente con preocupación. Su suspiro de angustia le hizo saber que las cosas no pintaban nada bien para la joven.

- ¿Sabes si le ha pasado esto antes?

- No tengo ni idea…

- Vamos a intentar darle algo de frío mientras esperamos a que llegue la ambulancia- le informó- no es bueno que su cuerpo esté tan caliente…

Con una botella de agua mojaron unas gasas y fueron refrescándole la cara, el cuello, el pecho, los brazos y las piernas pero no era suficiente. Su temperatura no bajaba ni un poquito y tampoco recuperaba la consciencia. Era como si todo lo que estaban haciendo resultara inútil. Sólo conocía una posible razón por la que alguien se sintiera así y eso no auguraba nada bueno.

Una vez vio producirse el cambio de humano a vampiro. Su madre trabajaba de criada en la casa de unos ricos vampiros que nunca amenazaron con hacerle ni el más mínimo daño a su madre o a ella. Eran gente realmente maravillosa. Ellos tenían una hija y un día, cuando cumplió veinticinco años, empezó a sentirse como Kagome en ese momento. Por aquel tiempo, ella sólo era una muchachita de quince años pero vio cómo se desmayaba y oculta tras una puerta escuchó la conversación. Así fue como descubrió que los vampiros existían. Un hombre llegó más tarde, él también era vampiro y pudo ver desde su escondite cómo le ofrecía su sangre a la vampiresa. Ella la tomó sin miramientos y empezó a sentirse mejor en ese momento.

Comunión. Así era como llamaban ellos a su transformación, al momento en el que alcanzaban la plenitud de sus facultades y empezaban a beber sangre humana o de vampiros. Dejaban de ser inmunes a la luz del sol y su reflejo desaparecía de los espejos.

Nunca se imaginó que Kagome fuera una vampiresa aunque no podía decir lo mismo de Inuyasha. Sus costumbres y su forma de comportarse eran tan extrañas que empezó a compararlas con las de los vampiros y el resultado fue positivo. No le extrañaría nada que Inuyasha estuviera allí para darle su sangre en el día de su comunión. En tal caso, ¿era amor lo que había entre ellos? o ¿un acuerdo comercial entre los padres de Kagome y él? Sin embargo, eso era imposible porque Kagome era huérfana. Todo era tan extraño en ese caso.

La sirena de la ambulancia interrumpió sus pensamientos. Los técnicos de emergencias fueron rápidos en subir a Kagome al interior de la ambulancia y ella deseó acompañarla.

- Ve con ella.

Al escuchar aquellas palabras se volvió hacia el encargado.

- Pero…

- Ella está sola y nadie debería estarlo en esa situación- le sonrió- en tu hoja de asistencia no pondré nada de esto.

- Gracias.

Sin esperar un solo segundo más salió corriendo hacia la ambulancia y se explicó delante de los técnicos para que le dejaran acompañarla. Al saber que era huérfana y que no tenía más familia aceptaron que los acompañara.

Sentada frente a la camilla vio con dolor cómo intentaban reanimar a su amiga sin ningún éxito. Le pusieron una bomba de oxígeno para que respirara por ella y usaron toda clase de tácticas para despertarla pero nada funcionó. Y ella sabía que nada iba a funcionar. Cada vez tenía más claro que Kagome estaba sufriendo su comunión y que necesitaba a Inuyasha antes de la medianoche si quería seguir con vida. Su madre le explicó que la comunión de un vampiro era el momento crucial de la vida de un vampiro. En ese día sólo había dos opciones, convertirse en vampiro bebiendo la sangre de otro o morir.

¡Claro! Debía llamar a Inuyasha y alertarle de lo que estaba pasando para que fuera cuanto antes al hospital a buscarla. Se excusó delante de los técnicos y rebuscó en el uniforme de Kagome hasta encontrar su móvil. No le costó nada encontrar el número de Inuyasha puesto que era su único contacto. Pulsó la tecla de llamada y esperó. Un tono. Necesitaría algo de tiempo para alcanzar el móvil. Dos tonos. ¿Por qué tardaba tanto? Tres tonos. Por favor, cógelo. Cuatro tonos…

- ¡Feliz cumpleaños, preciosa!

- No soy Kagome- contestó secamente.

- ¿Sango?, ¿qué dem…?

- No hay tiempo para discusiones- le interrumpió- Kagome está muy mal, estoy en una ambulancia con ella.

- ¿Qué le ha pasado?

Él estaba muy preocupado, prácticamente rugía por su pareja.

- Creo que está sucediendo su comunión.

- ¿Cómo dices?

- Ya sé lo que sois… vampiros- murmuró con mucho cuidado de que no la escucharan- tienes que venir al hospital en cuanto anochezca para evitar que muera…

- Pe- pero Sango…

- Tengo que colgar- vio el hospital a través de la ventana- por favor, no dejes que muera.

Colgó el teléfono y miró con nerviosismo a su amiga. Inuyasha parecía no enterarse de nada de lo que le estaba diciendo cuando le llamó. A lo mejor le pillaba recién levantado y estaba poco receptivo. Ojala fuera eso. Inuyasha era la única esperanza de Kagome en ese momento.

….

¿Cómo demonios sabía Sango que él era un vampiro? Ella era humana, estaba completamente seguro de ello. Si hubiera sido una vampiresa, lo hubiera olido a kilómetros a la redonda y hubiera tenido mucho cuidado de que no se acercara a Kagome. No se fiaba en lo más mínimo del lívido de una vampiresa. Pero no, Sango no era una vampiresa. Era una humana tan normal como Kagome porque Kagome era humana. No podía estar pasando por su comunión, era sencillamente imposible.

¿Por qué Sango sabía tanto de su mundo? La única forma de que un humano supiera de su existencia era que fuera criado de alguna familia de vampiros. Ahora bien, Sango trabajaba en el supermercado, no era criada de nadie. ¿No sería una caza vampiros? Pero si lo fuera ya le habría matado porque de alguna forma adivinó lo que él era y también habría matado ya a Kagome en lugar de avisarle. A no ser que todo aquello fuera una elaborada trampa de la caza vampiros. No podía confiarse ni un poco. Por ello, estaba conduciendo su Ferrari en la compañía de su padre y su hermano mayor. Si intentaban clavarle una estaca en el corazón, los tendría a ellos para que le ayudaran y no es que lo necesitara pero los caza vampiros no eran tan famosos por ser un desastre.

Necesitaba un trago bien fuerte. El cumpleaños de Kagome iba a ser el día más feliz de su vida y acababa de convertirse en un infierno. No sabía si Kagome estaba enferma o no, no sabía si Sango era de fiar o una caza vampiros tendiéndole una trampa y desde luego, dudaba mucho que Kagome estuviera pasando por su comunión. Fuera lo que fuera lo que estaba ocurriendo, lo sabría en cuanto llegara.

- Yo me ocupo de la caza vampiros y tú ve a por tu chica.

- ¡No!- le prohibió a su hermano mayor- ni siquiera sé si es una caza vampiros de verdad y tú la matarás.

- ¿Qué no lo sabes?- se quejó- ¿qué cojones estoy haciendo aquí, entonces?

Ni él mismo lo sabía. Desde que recibió aquella trágica llamada de Sango no sabía ni por dónde pisaba. Estaba muy preocupado por Kagome y el no saber qué estaba pasando lo destruía por dentro lenta y dolorosamente.

- Cuando lleguemos averiguaremos la verdad.

- ¡Y una mierda!

- Dejad de discutir- les ordenó su padre- estamos tratando un asunto muy delicado.

Y tanto que delicado. La vida de Kagome estaba en juego y no pensaba permitir que muriera a merced de los planes de ningún caza vampiros o de las decisiones de ese Dios a el que adoraban los humanos. Si su vida estaba siendo realmente amenazada, llegaría incluso a morderla para salvarla. Lo que fuera para que ella continuara viva, junto a él, para que ella viviera.

Llegaron al hospital en pocos minutos y preguntaron en recepción por ella. Tan rápido como recibieron la información que necesitaban, salieron corriendo hacia la zona. Kagome estaba en la zona roja, de alto riesgo de muerte. ¿Cómo podía haberse puesto tan grave de esa forma tan repentina? No había detectado enfermedades en su cuerpo, ella era vital y enérgica, una chica sana. No lograba entender cómo podía haber acabado en ese sitio.

Irrumpieron en la habitación como guerreros a la espera de una trampa pero lo único que encontraron fue a una Sango llorosa que sujetaba la mano de su amiga. ¿Caza vampiros? No, Sango no era ninguna caza vampiros.

- ¡Por fin llegas! – exclamó sollozando- ella te necesita…

Se acercó a la camilla con el corazón partido por lo que estaba viendo. Su Kagome, su pequeña Kagome se veía tan indefensa allí tumbada. Necesitaba una máquina que respirara por ella, suero para alimentar su cuerpo, máquinas para controlar su pulso y su tensión, una vía abierta de sangre. Estaba tan pálida que casi no parecía ella pero a la vez todo en ella ardía. Podía notar sin tocarla que su cuerpo estaba a una temperatura mucho más alta de lo normal y era eso lo que aceleraba su pulso.

- Kagome…

- ¿A qué esperas?- le insistió Sango- si no lo haces antes de media noche, morirá.

Su padre se adelantó dando dos grandes zancadas y agarró el codo de Sango con delicadeza y autoridad.

- ¿Qué sabes tú de los vampiros?

- Yo… sé que todo lo que sale en el cine…- dudó- es cierto.

- ¿Cómo lo sabes?

- ¡Mi madre!- exclamó- mi madre trabajaba en una mansión de unos vampiros y ellos confiaban en ella.

- Obviamente hicieron mal- gruñó.

- ¡No!- se defendió- mi madre nunca me lo contó, yo lo vi… - miró a Kagome- un día, la hija de los amos se puso como Kagome y vino un vampiro que le dio su sangre, un macho.

Ella sabía cómo se hablaban entre ellos. Sango había estado expuesta a los vampiros sin duda alguna y había demostrado su lealtad.

- Me descubrieron y me lo explicaron todo- suspiró- pero juro que no he contado nada de esto a ningún otro humano.

- Te creo- contestó Inuyasha antes que su padre y su hermano.

Se apartó sin miramientos cuando su padre le ordenó hacerse a un lado y esperó con impaciencia su veredicto. Si Kagome de verdad se estaba enfrentando a la muerte, él iba a ocuparse de rescatarla y traerla de nuevo a su mundo. La convertiría en vampiresa y después en su esposa tal y como hizo su padre en su día.

- Inuyasha, ella tiene razón-su padre puso su mano en la frente de Kagome y respiró hondo- ella está esperando su comunión.

- Pe-pero… e-ella es… humana… - balbuceó.

- No es humana, nunca lo ha sido.

- ¿Y su familia?, ¿su apellido?, ¿su olor?- intentó buscar algo que lo negara.

- Si ella no sabe nada se debe a que fue arrancada del seno de su familia- especuló- en cuanto a su olor- continuó- las vampiresas no empiezan a oler como un vampiro hasta que pasan por su comunión.

- No puede ser…

- ¡Asúmelo, Inuyasha!- intervino su hermano- ella es de los nuestros.

Su padre besó la mano de Kagome y se volvió hacia él con una expresión de sorpresa en la cara.

- Deberías estar contento- dijo- ahora lo tienes mucho más fácil.

- ¡Maldita sea!- Sango golpeó la pared con los puños- ¡Dejad de discutir y ayudadla!

Era cierto. Si Kagome era una vampiresa todo se volvía muy sencillo. Ya no tenía que preocuparse por encontrar la forma de alargar lo máximo posible su vida, ni por ocultarla de posibles ataques enemigos, ni de conseguir la aprobación de su matrimonio. Nadie en su mundo podría impedir que se casara con otra vampiresa y el que no tuviera familia volvía las cosas mucho más sencillas. No habría que enfrentarse a los padres o tutores legales para que le concedieran su mano. Todo se había vuelto tan sumamente sencillo que casi le resultaba imposible de creer.

- ¿Podéis dejarnos solos?

Su padre agarró a Sango por los hombros y tiró de ella con cuidado para sacarla de la habitación. Su hermano siguió su mismo camino pero antes se detuvo para lanzarle una mirada extraña que le puso los pelos de punta. Él, se volvió hacia Kagome y se acercó lo máximo posible.

- ¿Tienes sed, Kagome?

Con sumo cuidado le quitó el suero y cerró la vía de sangre que tenía abierta. Apagó todas las máquinas a las que estaba conectada y le sacó la mascarilla de oxígeno. Si ella estaba pasando por su comunión, no necesitaba todos aquellos aparatos dañando su suave piel. Le pasó un brazo por detrás de la espalda y la incorporó hasta tenerla sentada con la cabeza apoyada en su pecho.

Ella seguía inconsciente pero él sabía muy bien que el olor a sangre conseguiría despertarla. Se apartó el cuello de la camisa dejando al descubierto su yugular y su clavícula, palpó la sensible vena y se arañó. No gritó, ni se quejó por el dolor. Había sufrido cosas mucho peores a lo largo de su vida y de solo pensar que eso podría salvar a Kagome, dejaba de sentir dolor. Pudo oler su propia sangre y la sintió cuando una gota empezó a resbalar a lo largo de su clavícula pero el descenso se detuvo.

Era Kagome. Ella había lamido esa gota pero continuaba estando inconsciente. Era su instinto de vampiresa el que le había obligado a hacerlo y el que le estaba instando a despertar. Ella abrió los ojos costosamente y su cuerpo tembló a pesar de lo caliente que estaba. Entonces, le miró con las retinas rojas por el cambio operante.

- Inuyasha…

- Shhhhhhhhh- la silenció- tienes que morderme- le indicó- no te preocupes, a mí no me dolerá.

- Pero…

- No te preocupes- intentó tranquilizarla- todo va a salir bien…

Ella continuó dudando de sus palabras pero finalmente arqueó su espalda para alzarse y le mostró sus colmillos. Estaban creciendo, eran preciosos. Blancos y bien afilados, deseosos de hincarse en su yugular y él también estaba deseoso de que ella lo hiciera. Pudo sentirlos rozando su piel en una suave y mortal caricia. Su lengua lamía la sangre que emanaba el arañazo en su cuello pero esa herida ya estaba casi curada, no saldría mucha más sangre. Necesitaba morder para obtener la sangre que necesitaba y tanto ella como su cuerpo lo sabían. Había sido un duro golpe aceptar que Kagome era una vampiresa pero ahora que lo sabía, lo único que deseaba era sentir esos colmillos clavados en su cuello.

Su deseo se vio cumplido cuando algo afilado atravesó su carne. En lugar de dolor sintió puro placer y una instantánea erección pugnó por atravesar la bragueta de sus pantalones. El mordisco de un vampiro no solo servía para alimentarse, también provocaba deseo sexual y placer. Sentirla en su cuello mordiendo y succionando la sangre que él tenía que ofrecerle era el mejor afrodisíaco del mundo. Ningún vampiro podría sentirse más orgulloso de otra cosa que no fuera alimentar a su hembra. A partir de ese momento, ella vivía de él y él viviría de ella.

Sintió que ella iba a detenerse y puso su mano en su nuca para obligarla a continuar.

- Sigue- la instó- no me pasará nada…

Y ella continuó succionando su sangre como si se tratara del mejor manjar que había probado nunca. Él alzó la cabeza complacido y miró la luna llena. Nada iba a poder separarlo de ella.

Continuará…