Recuerdos (séptima parte III) Amigas. El plan.
Un inesperado sonrojo se hizo presente en sus mejillas. Por Kami, pero que cosas estoy pensando. -Se dijo, sin dejar de sonreir.
Las primeras luces del alba descubrieron a una desvelada y feliz Kágome, no había podido cerrar los ojos en ningún momento; el cúmulo de increíbles revelaciones, emociones contradictorias e inauditas conclusiones de esa larga noche la mantenían en un constante y creciente estado de azoro; lo que le impedía conseguir el sosiego necesario para abandonarse en brazos del dios de los sueños.
Ciertamente se sentía cansada, pero si algo era capaz de mantener en feliz desvelo a la poderosa sacerdotisa, eran, precisamente, las cuestiones de amor; y en el caso, las ilusiones surgidas a raíz de sus incesantes elucubraciones sobre la situación de Rin y Sesshomaru. Estaba realmente contenta ya que había llegado al firme convencimiento de que la muchacha tenía enormes posibilidades de despertar el corazón de ese témpano de hielo hecho demonio.
Solo había uno o... tal vez dos pequeños problemas. El primero era ¿cómo hacer para que Sesshomaru diera el paso? Si; ese que implicaría el reconocimiento definitivo de su amor hacia Rin; el segundo, que no podía soslayarse, era: ¿y si solamente la veía como a una hija?
En cuanto al problema número uno, pues…–miró a Rin-ella definitivamente tendría que dar el primer paso, porque ese orgulloso Inu youkai, ni aún en el caso de que correspondiera a sus sentimientos tomaría la iniciativa, menos si no veía claras muestras de aceptación por parte de ella, así que a Rin tocaría darle un buen empujón para animarlo.
En cuanto al problema número dos; pues… ese sí era un problema; no podía esperarse que alguien cambiara ese tipo de sentimientos tan fácilmente, ni menos que de la noche a la mañana la viera de forma distinta; además, tampoco sería bien visto ya que él la cuidó desde pequeña.
-Kami; - pensó, rascándose la cabeza. -¿Por qué me colocas en esta encrucijada?
Luego de pensarlo un rato se dio cuenta de que quizá el problema no era tan grande después de todo: Sesshomaru no era humano, así que no podía esperarse que pensara de la misma manera que uno; los usos, costumbres y tradiciones youkai, eran diversos a las de la cultura humana, por lo que ese prejuicio tal vez ni siquiera se presentaría; además, realmente nunca le pareció que Sesshomaru viera a Rin como a una hija, ni nadie jamás comentó eso siquiera, más bien pensaban que era una protegida, alguien a quien acogió y de quien se responsabilizó después de haberle devuelto la vida; aparte eso ¿de qué otra forma podría verla?, finalmente en ese tiempo ella era sólo una niñita que lo seguía y admiraba devotamente; la veía como tal, como una niña; pero ahora que volvieran a estar juntos, obviamente las cosas no serían iguales, Rin ya sería una mujer y muchas, muchas tendrían que cambiar, incluida su forma de verla y ¿por qué no? tal vez, de sentir hacia ella.
En fin, pensó extendiendo los brazos, tratando de ya no darle más vueltas al asunto por riesgo a perder la cabeza- lo más saludable es darle tiempo al tiempo, y confiar en que la cercanía entre ambos, el amor y atenciones de Rin, así como los finísimos instintos de Sesshomaru entrarán en acción en su momento, con excelentes resultados.
Y ahora, lo último, pero no por eso lo menos importante a considerar, era ¿Cómo ayudar a Rin para dar el primer paso? Lo primero, claro estaba, era que tenía que conseguir algo fundamental: el respeto de Sesshomaru, a fin de que este cambiara su percepción hacia ella como un ser humano indefenso y débil, y la viera como a una guerrera; humana, indudablemente, pero que no necesitaría de su constante protección; así, y de paso, la misma Rin dejaría de sentirse inútil y desvalida.
Cosa que, para variar, no iba a ser nada fácil, para eso Rin tendría que entrenar arduamente desde ya, y echar mano de todos los recursos a su alcance para hacerse más fuerte (o sea, de la misma Kágome, Sango, Miroku e Inuyasha).
Estaba segura de no tener problemas en conseguir que Sango y Miroku colaboraran en su entrenamiento; pero Inuyasha era otra cosa, y era importante su participación ya que, por su naturaleza hanyou, era un guerrero muy poderoso, aparte de ser el único en toda la aldea diestro en el uso de la espada.
Debía arreglárselas para convencerlo de entrenar a Rin en el uso de esa arma, sin limitación alguna, y al mismo tiempo, mantenerlo al margen de la situación; claro, eso si quería evitar el nacimiento de un nuevo volcán.
Si, el nacimiento de un nuevo volcán, ya que si de algo estaba segura era que, si ese Inu se enteraba de los verdaderos motivos de la petición, el escándalo que armaría sería de tales magnitudes que pasaría a la historia como el más memorable de la era Sengoku, y temía que la cantidad de Osuwaris que necesitaría para calmarlo sería tan basta que provocarían la formación de un cráter tan profundo que llegaría al núcleo de la esfera terrestre para peligro de la aldea y territorios colindantes.
Ante este pensamiento, no pudo evitar dejarse arrastrar por su imaginación, y lo chusco de las escenas que su mente creó, hicieron que sin querer soltara una sonora carcajada.
En eso estaba cuando una conocida voz, interrumpió el espontáneo gesto.
-¿Kagome? La exterminadora se encontraba parada en el umbral de la puerta y la miraba con semblante divertido y extrañado.
Del sobresalto, la sacerdotisa se incorporó del suelo quedando sentada.
-¿Te encuentras bien?, ¿Qué es tan gracioso?- Preguntó con una sonrisa, mientras se acercaba.
-¡Sango! Exclamó la aludida, terminando de incorporarse de un salto, para luego correr hacia ella. - Que bueno que llegaste, vamos afuera, necesito de tu ayuda. Dijo mientras prácticamente la arrastraba afuera de la choza, ante la sorpresa de su amiga.
¿Qué sucede Kagome, pasa algo con Rin, le sucedió algo? Preguntó la exterminadora.
Si, pasa mucho, pero… nada que no tenga solución y no, no le sucedió nada. ¿Tus hijos aún duermen? Preguntó la sacerdotisa, ya fuera de la choza.
Si, todavía no despiertan, aún es muy temprano, dormirán buen rato más, ¿por qué?, preguntó Sango con la incertidumbre en el rostro.
-Sango –inquirió la sacerdotisa en tono bajo y confidencial- necesito decirte algo, ¿puedo contar con tu discreción?
-Sabes que sí kágome. Contestóla aludida, con marcado interés y preocupación.
-Es sobre Rin…, vamos a tu casa.
Ambas enfilaron sus pasos hacia la pequeña cabaña de la exterminadora. Kagome estaba poniendo en marcha, la primera parte de su plan
