CAPÍTULO 11: Anhelo
A Santana se le cayó la bandeja al suelo y los vasos que sobre ella reposaban quedaron hechos añicos. La mitad del bar se la quedó mirando; la otra mitad negó con la cabeza. Era la segunda vez que le pasaba aquella noche.
Fue a agacharse para recoger, pero Alice no se lo permitió. "Ve a lavarte la cara", le dijo. "Ya me encargo yo de esto".
Santana se encerró en el cuarto de baño y hundió el rostro en el agua helada. No podía concentrarse. No había podido hacer nada a derechas desde ayer por la tarde.
Desde que Rachel la apartara de un empujón y saliera de su casa como alma que lleva el diablo.
Santana cerró los ojos con fuerza y volvió a sumergir la cabeza, deseosa de que el helor del agua congelase también aquellos recuerdos.
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Rachel no apareció por el bar aquella noche. Ni la siguiente. Ni la otra. Tampoco pisó la casa de Santana y, por más que la latina lo intentó, tampoco contestó al teléfono.
Santana suspiró ante la evidencia: Rachel la estaba evitando.
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Santana se desplomó en la cama cual saco inerte y ocultó la cara en la almohada. Trató de recordar cuándo fue la primera vez que comenzó a sentirse atraída por Rachel. Desde luego no en el instituto. Por aquella época sólo tenía ojos para Brittany y recordaba con especial diversión lo mal que le caía Rachel al principio. Era una sabelotodo insufrible y parlanchina que le crispaba los nervios con un solo cruce de miradas. Las cosas cambiaron cuando se unió al Glee Club, en especial durante su último año. Los detalles que antaño se le antojaban insoportables adquirieron entonces cierto encanto. Como aquella manera que tenía de hablar, que parecía que se fuese a quedar sin aire de un momento a otro. O su obsesión por todos y cada uno de los solos que se entonaban en la sala. Incluso aquella testarudez que tantos dolores de cabeza solía provocarle comenzó a parecerle algo digno de admirar.
Sí, era cierto. Rachel comenzó a caerle medianamente bien por aquella época, pero ni en el peor de sus sueños imaginaba poder llegar a sentir aunque fuera un mínimo de atracción por ella. Aquellos sentimientos eran algo nuevo.
Se estrujó los sesos en busca de indicios o pistas que le indicasen una base de dónde partir, pero no halló nada. Quién sabe, quizás fue desde esa primera noche que la vio aparecer por el bar, embutida en negro de la cabeza a los pies, trayendo bajo el abrigo miles de recuerdos y emociones. O tal vez fue tras aquel abrazo en el coche de madrugada. Puede que fuese incluso el verla con Darren en mil y una fotos lo que le movió las entrañas por primera vez. O cuando dejó de ir por el bar. O las heridas del pasado que, una a una, se había encargado de abrir y cerrar con sus propias manos. No lo sabía. El caso era que, por algún motivo, Rachel se había hecho un hueco en su pecho y por más que lo intentaba no se la podía arrancar de ahí.
Extendió el brazo y agarró el móvil de la mesita de noche. Como una autómata, marcó el número de Rachel de memoria y esperó hasta el sexto o séptimo pitido antes de colgar. Sabía de antemano que no iba a cogérselo, pero necesitaba intentarlo.
Completamente abatida, e ignorando las horas intempestivas (eran más de las tres de la mañana), dejó que sus dedos se deslizaran solos por el teclado.
Para: Rachel
Enviado Lunes 28 de Enero a las 3:12
Deja de ignorarme.
Obviamente, no contestó. O eso creía porque, cuando despertó con los primeros rayos del sol, la parpadeante lucecita roja de su teléfono se encendía y apagaba intermitentemente, indicando la llegada de un mensaje. Santana se abalanzó desesperada sobre el móvil.
De: Rachel
Recibido Lunes 28 de Enero a las 4:35
"¿Qué se supone que debo hacer, entonces?"
Sus dedos empezaron a teclear a toda velocidad.
Para: Rachel
Enviado Lunes 28 de Enero a las 7:41
"Dejar de ignorarme. Siento mucho todo lo sucedido."
No se esperaba que el teléfono vibrase a los pocos minutos.
De: Rachel
Recibido Lunes 28 de Enero a las 7:44
"Me besaste, Santana…"
Santana frunció el ceño.
Para: Rachel
Enviado Lunes 28 de Enero a las 7:46
"Lo sé. Te estoy pidiendo disculpas. No sé por qué lo hice."
Santana esperó con el corazón en un puño hasta que recibió la respuesta.
De: Rachel
Recibido Lunes 28 de Enero a las 7:51
"…"
Santana rodó los ojos.
Para: Rachel
Enviado Lunes 28 de Enero a las 7:54
"¿En serio? ¿Vas a responderme con un simple: "…"? Cógeme el teléfono, por favor. Voy a llamarte."
No le dio tiempo ni a marcar el número antes de que el teléfono vibrase de nuevo.
De: Rachel
Recibido Lunes 28 de Enero a las 7:55
"No"
Santana se pasó una mano por el pelo, histérica, y agarró el teléfono. Le daba igual lo que dijera, pensaba llamarla.
El aparato tembló entre sus manos otra vez.
De: Rachel
Recibido Lunes 28 de Enero a las 7:57
"No me llames. Voy para tu casa."
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Cuando el punzante sonido del timbre retumbó por toda la casa ya eran más de las doce. Santana tuvo que obligarse a tranquilizarse. Se frenó en seco delante del marco, dio un par de inspiraciones profundas, se acomodó el pelo con sutileza y abrió la puerta.
- Creí que cuando dijiste "Voy para tu casa" el margen de llegada sería de menos de tres horas.
Rachel enfiló el pasillo con aires de ofendida.
- Ha sido culpa de Janet –se lamentó-. De verdad, esta mujer me va a matar… ¿Tú te crees que puede llamarme a las ocho y media de la mañana y decirme que en media hora tengo una reunión con ella? Si total, lo único que hemos hecho ha sido darle vueltas al asunto de una campaña publicitaria que la semana pasada dejé claro que SÍ iba a hacer. O esta mujer tiene una tonelada de cera en los oídos o directamente me ignora cuando le digo las cosas. Ha sido como dar vueltos sobre la misma rotonda durante más de una hora. Y encima…
Rachel se detuvo con un golpe seco. Sin darse cuenta, se había sentado en el sofá con Santana al lado. Como si no pasara nada, como si no hubiese algo más urgente sobre lo que discutir que las lindezas de su manager.
- Perdona. No sé por qué te estoy explicando esto.
Santana apoyó el codo en el respaldo del sofá con aires de suficiencia.
- Siempre me cuentas estas cosas. Creo que sé más de la vida de Janet que de la mía propia. ¿Ha hecho ya las paces con Garet?
Rachel la miró con severidad.
- No te burles.
- No me burlo –aseguró Santana-. ¿Me has visto reírme acaso?
Rachel recostó la espalda en el respaldo del sofá y se llevó las manos a la cara, quedando un suspiro ahogado entre ellas.
- Santana, lo del otro día…
- Olvídalo –la cortó la latina con severidad. Cuando vio que la muchacha dejaba caer las manos y la miraba, volvió a repetirlo-. Olvídalo. No sé qué me pasó. Estaba enfadada y no pensé en lo qué hacía.
Rachel se mordió el labio inferior. Siempre lo hacía cuando estaba nerviosa. Santana tuvo forzarse a dejar de mirarlos.
- Pero no lo entiendo…
- ¿El qué no entiendes?
- Que me besaras justo cuando te dije adiós. Como si no quisieras que me fuera. Como si... -dejó la frase a medias.
Santana sintió que su respiración se aceleraba. Empezaba a faltarle el aire.
- ¿Lo hice? –dijo, desviando la vista hacia la ventana.
Rachel frunció tanto el ceño que apenas se distinguía dónde terminaba una ceja y empezaba la otra.
- Sí –siseó-. Lo hiciste.
Santana se encogió de hombros, aún sin mirarla.
- No sé, Rachel. No me acuerdo muy bien. Ya te he dicho que lo olvides. Un beso no tiene más importancia que la que tú le quieras dar.
Rachel volvió a enterrar el rostro entre las manos y exhaló un suspiro henchido de frustración.
- Otra vez no…
Ésta vez, Santana sí la miró.
- ¿Otra vez no qué?
- La barrera –dijo sin despegar los de su cara-. La que siempre levantas alrededor tuyo. Ahí está otra vez.
Santana se agarró el puente de la nariz con los dedos.
- No estoy levantando ninguna barrera, Rachel.
- Sí, sí lo haces, Santana –Rachel se puso de pie de un salto-. Y por más que lo intento no consigo traspasarla. Trato de llegar a ti, sortear tus miedos, hablarte, pero siempre termino estampada de morros contra un muro de defensas… Aunque no sé de qué me sorprendo, siempre ha sido así. Cuando estábamos en McKinley te comportabas igual. Te ponías una coraza, tu mejor máscara de zorra, y salías a la calle dispuesta a jugar tu mejor papel. Creo que tan sólo unas pocas veces te mostraste ante mí tal como eres...
Santana frunció los labios, trastornada por la crudeza de sus palabras.
- ¿Hay algún punto en todo esto? –le preguntó con el tono más neutro que fue capaz de encontrar.
- El punto es que, aunque sólo sea por una vez, te pido que te quites la careta tan bien construida que llevas puesta y me digas qué es lo que pasa por tu cabeza porque no logro hacerme una idea. Quiero que me digas que está pasando entre nosotras, si lo que pasó el otro día fue de verdad un beso sin importancia o si hay algo detrás de todo esto. Pero dímelo sin máscara. Quiero que sea la auténtica Santana la que me lo diga.
Rachel tenía la respiración entrecortada, tal vez a causa del esfuerzo que había supuesto hablar tan deprisa. Santana también respiraba con dificultad a pesar de que no había abierto la boca. Tragó saliva con pesadez e intentó que el tono de su voz sonara firme.
- Muy bien, ¿quieres que sea sincera? –Rachel asintió y puso los brazos en jarra-. Bien. No sé qué pasa entre nosotras, Rachel. Si esperabas que contestara a eso, siento desilusionarte pero no puedo darte una respuesta cuando ni yo misma estoy segura. Lo único que sé es que no soporto que me ignores –dio un cauteloso paso hacia ella- ni que no me cojas el teléfono. No aguanto que no vengas por el bar por las noches, desayunar sola es insoportable y no saber nada de ti por días un jodido martirio –otro tímido paso-. Sólo sé que hace unos meses no soportaba ver tu cara en las revistas y que ahora no puedo dejar de buscarla… –avanzó un último paso hasta que su cara quedó a menos de un palmo de la suya-. y que no soporto tenerte lejos; es lo único que sé.
Estaban tan cerca que el aliento de Rachel lamía su nariz y Santana tuvo que cerrar los ojos para no hacer algo de lo que muy probablemente terminaría por arrepentirse.
- Gracias por ser sincera –dijo la actriz.
- De nada –dijo, haciendo acopio de todo su autocontrol.
- Es todo lo que necesitaba saber.
Dicho esto, Rachel le echó los brazos al cuello y la besó. Atrapó sus labios entre los suyos con fuerza y la atrajo hacia ella con brusquedad. Santana perdió la noción del tiempo. Con desesperación buscó su lengua, su cuello, su cara. Cada porción de piel fue besada por labios anhelantes, recorrida por lenguas juguetonas.
Se separaron unos instantes en busca de aire.
- Yo tampoco sé qué es lo que pasa entre nosotras –dijo Rachel, buscando de nuevo su boca casi con impaciencia-. No sé por qué desde hace meses lo único que hago es buscar tu compañía ni por qué me afecta tanto todo lo que tiene que ver contigo, pero –le dio otro breve beso en los labios- lo que sí sé es que yo tampoco soporto estar alejada de ti.
- Esto va a acabar mal, Rachel –se lamentó Santana en su cuello. Su piel era jodidamente suave.
- Bien –respondió la muchacha, alzándole la cara con las manos y buscando de nuevo sus labios-. Pues que acabe como tenga que acabar.
