Luego de disfrutar del desayuno, nuestros aventureros se pusieron en camino. Magnus intentó vanamente en sonsacarle información a Sigurd, quien se rehusaba a decirle hacia dónde se estaban yendo. El explorador percibió una especie de temor en el dragón, pero prefirió no decir algo al respecto.

—Vamos, Sigurd. ¿Por qué no me dices a dónde nos estamos yendo? ¿A la cueva dónde hay muchos tesoros? —insistió Magnus, a quien le molestaba el secretismo con el que se manejaba el dragón.

Pero Sigurd no respondió. Temía que, de revelarle lo que iba a pasar a continuación, Magnus decidiera largarse. De por sí, ya estaba nervioso por lo que podría ocurrir. Todo era una simple corazonada. De vez en cuando, observaba a Magnus, pero continuaba manteniéndose en silencio. Se sentía bastante culpable, para ser sincero, pero debía mantenerse fuerte.

Esperaba que Tino hiciera lo mismo.

Como Magnus comenzó a aburrirse, decidió que era el mejor momento para ponerse a cantar ruidosamente, para intentar obtener una respuesta de Sigurd.

—Quizás me estás llevando al infierno mismo y por eso no me estás diciendo que te traes entre manos —Magnus bromeó, aunque al mismo tiempo estaba buscando una reacción del dragón.

Pero todo lo que consiguió fue una mirada asesina por parte de Sigurd.

Sin embargo, pese a su buen humor, Magnus comenzó a sentirse mal. Un fuerte dolor de cabeza le atacó y tuvo que detenerse repentinamente.

Dos alas rojas y fuego. Se escuchaban gritos por todas partes. Pudo ver a un par de dragones que volaban en circulos, pero no era capaz de moverse por más que lo intentara. Hacía muchísimo calor. Tanto que sentía que sus escamas se estaban derritiendo. Y el dolor era espantoso.

Sigurd se dio la vuelta de inmediato al no escuchar las pisadas de Magnus detrás de él. Se aproximó y le abrazó por la altura de la cintura, para que pudieran continuar con su camino.

—¿No crees que hace mucho calor, Sigurd? —Magnus inquirió. Se sentía como si estuviera atrapado en el Averno.

El dragón comenzaba a tener sus dudas. ¿Sería capaz de hacerle esto a un humano que sólo había sido amigable con él? Negó con la cabeza. Esto era por el bien de los cuatro, se dijo.

Había alguien más con él en aquella estrecha jaula. Otro dragón, quizás. El olor a escalas chamuscadas penetraba sus orificios nasales y empezaba a desesperarse. Necesitaba salir de ahí cuanto antes, pero le era imposible moverse. El fuego seguía devorando su piel. Dolía muchísimo.

—Siento que me estoy quemando, mierda —Magnus se apartó de Sigurd y arrojó su camisa hacia un lado. Miró sus brazos y estaban perfectamente bien. ¿Por qué, entonces, sentía como si estuviera siendo devorado por las llamas?

Sigurd pudo observar que el enorme tatuaje de la espalda de Magnus estaba brillando cada vez más. El escudo se había vuelto de un rojo sangre. La inscripción podía leerse perfectamente: "Llévame al lugar de mis orígenes y volveré a emerger una vez más"

—Sé que duele —Sigurd se acercó nuevamente a Magnus, quien estaba acurrucado cerca de un árbol:—Mírame, por favor —Se acuclilló frente a él y le agarró de las manos. Todo esto era su culpa. Lo mínimo que podía hacer era intentar aliviarle el dolor.

Magnus no conseguía comprender lo que ocurría. Sentía que estaba comenzando a recordar un evento que había ocurrido mucho, mucho tiempo atrás. Levantó la mirada y se apoyó en el hombro del otro. El dolor era insostenible.

—Estuve esperando por este momento desde hace siglos —Sigurd le susurró. No estaba seguro si Magnus le estaba prestando atención, pero valía la pena intentarlo:—Lo siento. No pensé que te traería tanto dolor. Ya vamos a llegar, Magnus. Lo importante es que ya estás despertando —murmuró.

Sin embargo, Magnus no respondía. Las lágrimas caían por su mejilla. Apenas podía soportar el sufrimiento en aquel instante.

Estaba a punto de darse por vencido. Miró hacia arriba una vez más. Un dragón de color azul oscuro le devolvía la mirada. Su corazón se partió en dos en aquel preciso instante. No iba a poder estar con él nunca más y no entendía exactamente el porqué. Rugió. Rugió hasta que las fuerzas le abandonaron por completo. Rugió hasta que cada persona de los pueblos más cercanos pudiera oír su lamento.

Sigurd le tomó entre sus brazos con cariño. Acarició su cabello mientras que trataba de apaciguarle. Estaba completamente consciente de lo que le había hecho. Había sido y seguía siendo egoísta. Había provocado un intenso dolor en Magnus y empezaba a sentir dudas.

Sin embargo, las dudas se disiparon conforme pensaba en lo mucho que había esperado por aquel momento. Había estado siglos en completa soledad, aguardando por el día en que su compañero regresaría. Quería volver a ver esas alas rojas surcar el cielo. Quería volver a escuchar aquel rugido que sacudía montañas. Sobre todo, quería volver a sentirse amado por alguien más.

Sabía que Magnus no podría continuar caminando en ese estado, así que luego de recostarlo sobre el suelo, se quitó la ropa. Depositó un suave beso en los labios de Magnus.

—Te prometo que esto no habrá sido en vano. Sólo necesito que aguantes un poco más —le suplicó.

Luego se apartó y se transformó. El espacio era reducido pero era la única manera en que podrían proseguir su travesía. Con su cola, puso lentamente al explorador sobre su espalda y también el resto de sus pertenencias.

Como no había manera en que pudiera emprender el vuelo, simplemente caminó hasta el centro del valle. No estaba muy acostumbrado a hacerlo y sentía que sus movimientos eran excesivamente torpes. Sin embargo, su forma humana era demasiado débil para soportar el peso de Magnus. Así que no le quedaba de otra más que intentar soportar la caminata.

—Estúpidos árboles —Sigurd se quejó, mientras que se hacía espacio con las alas y la cola.

"—Prómeteme que esperarás por mí y que no matarás a nadie. Al fin y al cabo, no tienen la culpa"

Sigurd se detuvo cuando escuchó que Magnus estaba murmurando algunas palabras. Las entendió perfectamente. A pesar del tiempo que había transcurrido, seguía deseando la venganza. Quería que alguien pagase por el dolor y el sufrimiento ocasionados. El dragón sacudió la cabeza, no era el momento de pensar en ello. Tenía que proseguir con el viaje.

En aquel momento, se preguntó cómo le estaría yendo a Tino. Conociéndolo, sabía que le habría contado a Berwald sobre lo que se estaban proponiendo hacer. No podía quedarse callado por mucho tiempo. Sólo esperaba que tuviese la misma voluntad para continuar. Tenía sus dudas, pero tenía que confiar en Tino.

Finalmente llegaron al centro del valle., después de una caminata que había parecido eterna. Sigurd contempló el panorama y al cabo de unos minutos, se fijó que había un nido y en el mismo, estaban depositados tres huevos. ¿Tres huevos? Sigurd no podía creerlo.

Luego depositó a Magnus con cuidado, sobre el césped. Volvió a su forma humana y se estiró un poco. Tras asegurarse de que Magnus estaba aún inconsciente, Sigurd se encaminó hacia al nido. Efectivamente había tres huevos: Uno rojo, otro dorado y otro plateado, el cual era el más pequeño.

Sigurd tomó el plateado y lo observó con atención. Leyó las inscripciones sobre la cáscara. Al parecer, pronto nacería un nuevo dragón.

—¿Qué pasó? —Magnus preguntó. Miró a sus alrededores. Estaba confundido. ¿Cómo habían llegado hasta allí?

Sigurd dejó el huevo en el mismo lugar que lo encontró y tomó el rojo. De inmediato, se acercó al explorador.

—¿Sigurd? —Magnus estaba mareado. Sentía como si le hubieran dado millares de puñetazos en la nuca. Era como si algo o alguien hubiera abierto una puerta en su mente y dejado que miles de recuerdos regresaran.

El dragón se sentó frente al explorador y le entregó el huevo. Su corazón latía con fuerza de la emoción.

—Ese es tuyo —Sigurd le explicó. Vio que el rostro de Magnus estaba bastante pálido. Esperaba que pudiera soportarlo un poco más y luego podría descansar todo lo que quisiera.

Magnus arqueó una de sus cejas.

—¿Ah? ¿Mío? —le preguntó. Tomó el huevo entre sus manos y lo contempló por un largo rato. De repente, el huevo se abrió y un diminuto dragón rojo salió del mismo. Se quedó en la palma de Magnus, mientras que trataba de abrir sus alas.

—Ese eres tú —Sigurd se rascó la nuca. ¿Cómo se suponía que debía explicárselo? Suspiró y continúo hablando:—Cuando moriste en tu vida anterior, parte de tu alma se selló en este huevo y la otra buscó por un recipiente apropiado para recibirla —Al menos, eso era lo que recordaba del libro que había leído tiempo atrás.

La criatura recién nacida intentó expulsar fuego, sin mucho éxito. Volvió a sentarse y contempló a Magnus con atención, estudiando sus facciones.

—No —Magnus respondió de manera contundente.

—¿Cómo que "no"? —Sigurd se dio cuenta que había cometido un grave error. No se había dado cuenta de lo asustado que estaba Magnus en realidad.

Magnus depositó al pequeño dragón sobre la mano de Sigurd y con dificultad, consiguió ponerse de pie.

—Tú… —Magnus le señaló con el dedo índice:—Ustedes nos usaron. No había ningún tesoro en este lugar, ¿no es cierto? ¡Fue una trampa! —Le acusó con cierta rabia contenida.

—No es cierto, Magnus. El momento que vi tu tatuaje, supe que eras tú —Sigurd entró en pánico aunque su voz no le delatara:—Por favor, te he esperado por tanto tiempo —le suplicó:—No estás completo. Te traje aquí para que recuerdes toda tu vida pasada —añadió.

Pero Magnus no quería escuchar nada de eso.

—¿Acaso me estás diciendo que soy un dragón? ¿O la reencarnación de uno? —Magnus negó con la cabeza varias veces:—No puedo hacer esto. Lo siento —Se dio la vuelta. Era demasiado para él.

Sigurd no pensaba rendirse tan fácilmente. No podía contemplar la idea de perderlo por segunda vez.

—Lo eres. Cuando te reúnas con este pequeño dragón, lo comprenderás todo, Magnus. Sólo tienes que dejar que se conecte con tu alma humana —Sigurd se levantó e intentó agarrar al explorador, pero éste le empujó bruscamente.

Magnus se alejó de allí a pasos agigantados. Necesitaba tiempo para comprenderlo todo. De cierta manera, se sentía traicionado por Sigurd.

Los dos dragones se quedaron en el suelo, contemplando como Magnus se perdía en la maleza. La criatura recién nacida empezó a rugir, como si estuviera llamando a su dueño de vuelta.

A Sigurd le invadió una profunda tristeza. ¿Qué había hecho mal? Lo había perdido otra vez.

—Lo siento. Pronto volverá —le dijo al animal, aunque en realidad no estaba muy seguro de ello.

Magnus consiguió llegar a una distancia considerable y se sentó. Estaba exhausto. Se echó a llorar. ¿Qué era lo que debía hacer ahora?

Pronto se dio cuenta de que a su mejor amigo le esperaba un destino familiar y no había nada que él pudiera hacer para impedirlo.


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