Autor: patriot117

Personajes: Taichi y Takeru

Concepto: Confesión

Confesión de una verdad

Nada era lo mismo desde que habían regresado del Digimundo. La vida en algún momento perdió cierta lógica, algo de esa vitalidad y brillo.

Takeru se sentía desorientado y desolado, perdido en un mar de confusión y constantes preguntas sobre lo que días atrás le había tocado vivir. Era como si aquella presencia dentro de su corazón todavía lo estuviera manipulando, aun cuando estaba consciente de que todo aquello no era así.

Con la puerta del Digimundo de nuevo abierta, sus amigos estaban preocupados por lo que pudiera estar sucediendo allí. Ignoraban por la situación que transitaba el rubio y que no compartía por cierto temor.

—¿Estás bien, Takeru?

Taichi se acercó a su amigo con un semblante que marcaba preocupación. Solo estaban ellos dos en aquel lobby del hotel, donde se hospedaba una de sus amigas a la que estaban esperando antes de reunirse con los demás y emprender el viaje al Digimundo.

Cuando Taichi lo tomó del hombro sintió un escalofrió, uno que solo sentía cuando tenía contacto con él. No quería alarmarse ni darle mucha importancia, pero aquellos días había tenido ciertas alucinaciones abstractas e incomprensibles.

—Nervioso.

—¿Nervioso? No veo de qué.

El rubio desvió su mirada, no quería confesar lo que en su interior sucedía, ni mencionar aquellas visiones y sueños; no quería ser tachado de un demente. Ese era un extraño comportamiento de su parte, pero después de que aquella presencia irrumpiera en su interior algo se había quebrado. No se sentía él mismo y cada vez resultaba más difícil ocultarlo a sus cercanos.

—¿Todo bien, Takeru?

—Sí, solo me duele un poco la cabeza.

—¿Quieres que te lleve a un hospital?

—Te lo agradezco, pero no. —Fingió una sonrisa convincente—. Es algo pasajero, creo que estoy acostumbrándome al cambio de horario.

Taichi alzó una ceja, intrigado.

Esa excusa le había salido mal y ahora tendría que buscar la manera de evadir las indagaciones del castaño que estaban por venir. Pero para su fortuna, Mimi había bajado al lobby y los saludó muy alegre, irrumpiendo el momento de tensión.

La castaña había regresado a Japón con sus padres para pasar sus días de instituto con sus amigos, pero aún no conseguían una casa propia por lo que de momento vivían en un hotel.

Después del ameno saludo, se dirigieron a la casa de Koushirou, que logró que la puerta al Digimundo solo estuviera disponible en su propio ordenador. Con eso evitarían cualquier accidente o cruce de ambos mundos, sin mencionar que podrían vigilar lo que sucedía del otro lado. Una alerta que se dio por lo que le había pasado a Takeru.

En el hogar del pelirrojo ya se encontraban todos, a excepción de Daisuke y Jou: uno por práctica de soccer y el otro por su ingreso a la universidad.

—Hola, amor —Hikari saludó a su novio, al verlo entrar en la casa.

—Hola, linda.

El abrazo y el beso provocaron en el rubio una quietud y paz que solo perduró por unos cuantos segundos, sintiéndose fatal al final.

—¿Que no me vas a saludar?

—Pero a ti te veo todo el día —bromeó la castaña, sacándole la lengua a su hermano.

Las risas no se hicieron esperar con sus burlas incluidas y lo que en algún momento del pasado le hubiera parecido gracioso, ahora no lo hacía.

Esas risas lo empezaban a molestar por algún motivo, cuando días antes las apreciaba y lo contagiaban de su buen humor. Apretó los dientes tan fuerte, que imaginó que todos habían escuchado cómo chirriaban. Sin embargo, nadie se percató de su estado excepto un individuo.

Taichi lo observaba intrigado y con una expresión de que su ira no había pasado desapercibida. Con la mirada intensa de su amigo, volvió a la tranquilidad y reflexionó sobre su estado. Estaba empeorando y necesitaba ayuda. No quería decirle a su hermano, porque aunque Yamato era un hombre centrado, de buen juicio y analítico, como el involucrado era su hermano menor, se dejaría llevar por la preocupación, al igual que su novia; Takeru no quería aquello, no en ese momento.

—Podemos ir una vez más al Digimundo. —Koushirou dio el aviso—. La puerta está estable.

Todos se acercaron al monitor, que tenía un recuadro negro con un azul opaco en el centro que indicaba que la puerta estaba abierta. Cada uno sacó de su bolsillo de pantalón o falda su digivice, excepto Takeru que dudó por unos segundos.

En su interior, una desconfianza cobró vida, embargando cada centímetro de su cuerpo como una cicatriz de una batalla. La figura negra, esa silueta que se apoderó de su cuerpo, amenazó su mente y la estrujó y zarandeó.

Su mano flaqueó por unos segundos casi perdiendo de su agarre el digivice, que con mucho esfuerzo consiguió finalmente colocarlo frente al ordenador.

—¡Vámonos! —Miyako gritó con entusiasmo.

El túnel de colores volvió a abrirse ante sus ojos y su corazón se aceleró, temiendo que volviera a sufrir lo de hacía días, pero esta ocasión fue diferente.

En su mente, tuvo proyecciones de una alucinación en específico lo atormentaba, solo que esta vez no era abstracta y reconoció figuras y rostros. Todos conocidos y con nombres fijos, pero solo uno constante: Taichi.

Una vez todos llegaron al Digimundo, se pusieron en marcha hacia una ubicación que Gennai les había facilitado para investigar ciertas anomalías. Takeru aprovechó para apartarse un poco del grupo, con Taichi. Hikari iba con Sora, Mimi y Miyako por lo que no fue difícil, solo tuvo que esperar a que su hermano se separara del líder del grupo.

—¿Me dirás qué te está ocurriendo?

—No estoy bien.

—Eso ya lo sabemos. —Apuntó con su dedo índice a ambos—. Sabes que puedes confiar en mí.

—No es tan sencillo.

Taichi quedó intrigado por esas palabras, a lo que Takeru se aventuró a explicar lo que estaba viviendo esos días. No ocultó nada, se abrió por completo. Le contó de cómo se sentía y de aquellas alucinaciones y ciertos sueños esporádicos.

—¿Crees que se deba a lo que te sucedió?

—Me temo que sí.

—Jou dijo que te encontrabas bien y Koushirou lo corroboró.

Takeru se encogió de hombros, solo sabía lo que le estaba sucediendo y lo que sus amigos pudieran haber dicho ya no tenía relevancia.

—Imagino que no se lo has contado a Yamato. —El silencio lo confirmó—. Bien, no te culpo, sé que no lo quieres preocupar.

—Taichi, hay algo más.

—Dime.

Dudó en decirle aquello que lo atormentaba desde su llegada, pero debía contar todo lo que sabía por más duro que fuese. Solo una cosa se guardó de aquella posesión y, en ese momento, con la visión que tuvo al adentrarse al Digimundo, tenía que hablar.

—No he sido del todo honesto.

—¿De qué hablas?

—Cuando me poseyó esa entidad, hubo un momento donde creí ver a mi verdadero yo. —Taichi escuchaba atento, sintiendo la mirada de Yamato y Hikari—. Me vi destruyendo nuestro mundo y el Digimundo, dejaba que la oscuridad entrara en ellos acabando con todo.

Se detuvo, recordando esas aterradoras imágenes, la razón del porqué de su temor y el porqué de su silencio. Verse como el causante de una destrucción como la que presenció, lo tenía fuera de sí, avergonzado y temeroso.

—Seguro solo fue una manera de manipularte por parte de quien haya estado en ti.

—No, sé que lo que vi es real. —Takeru clavó su azul mirada en la marrón de su amigo—. Pero, no sé cómo decirte esto…

—No temas, sabes que cualquier cosa te ayudaremos.

—Es que yo no soy el del problema, ya no. —Takeru se detuvo y miró a su hermano y luego a su novia, para pasar a su cuñado—. Hace unos momentos, cuando llegamos al Digimundo, tuve una visión de aquella destrucción, esta vez fue muy clara…

—¿Y? —Taichi lo animó hablar cuando se quedó corto en la conversación—. ¿Qué viste?

—No era yo el que destruía nuestros mundos,… sino Hikari. —La noticia hizo que Taichi permaneciera estático, mirando a Takeru y después a su hermana que se les iba acercando, ya que ambos se habían quedado muy atrás del grupo—. Taichi, y lo que vi después es peor. —Takeru hablaba de prisa—. Te vi a ti asesinándola.

Con esto terminó por dejar al líder del grupo desconcertado, ya que por motivos ajenos a él, sintió aquellas palabras tan reales como una profecía. Por su sangre sentía correr el peligro inminente ante lo que su amigo revelaba con pesadez y prevención.

—¿Todo bien?

Hikari se acercó a sus dos seres más preciados, pero solo obtuvo miradas vacías y rostros palidecidos. Algo no estaba bien y eso no quedaba a discusión, el peligro era tan familiar como ajeno.


Notas: ¡Gracias por leer!