CRISIS MINISTERIAL

CAPÍTULO 11

NERVIOS PRELIMINARES

-¡Pero! ¡Pero...!¡Me niego en rotundo a participar en esta acción! ¡Yo no soy una auror!

-No vas a participar en el rescate. Simplemente tienes que estar en el lugar para lidiar con los chicos de la prensa, algún funcionario chino que pasaba por allí... esas cosas. Venga, ponte el chaleco que nos tenemos que ir.

-¿Y si se escapa un hechizo? ¿O una bala perdida?

-Pues por eso precisamente te tienes que poner el chaleco protector.

-¡Esto es una irresponsabilidad tremenda! ¡Y una barbaridad!

-No te va a pasar nada. Creo que mas bien son los magos chinos los que tendrían que estar preocupados.

-¡Rocío! ¡No estoy para bromas! ¡Tengo cuatro hijos pequeños!

Cecilia había protestado mucho pero lo cierto es que había obedecido a Rocío y se había puesto aquella prenda negra parecida a un chaleco anti- bala de la policía muggle que además de proteger contra las armas tenía incorporados una serie de hechizos de escudo.

-Te vas a quedar donde yo te diga, al resguardo, hasta que saquemos a la niña. Entonces te tocará lidiar con los periodistas y demás especímenes. La verdad, Cecilia, no se qué es más peligroso...

-Muy graciosa, pero que sepas que no me convences en absoluto. Esto es una temeridad por mi parte.

-No te olvides de apagar el móvil. Una melodía chillona en el momento más inoportuno puede ser fatal...

Aquello era una locura. Una completa locura. Cecilia dejó su teléfono en silencio y lo repuso al bolsillo del pantalón. Entonces alzó su varita hasta colocarla a la altura de sus ojos y la miró fijamente. La temperatura de la madera se elevó notablemente. Por alguna razón, sentir el calor de su varita en su mano le había proporcionado una inmensa sensación de seguridad desde que era una cría. De alguna forma estaba segura de le transmitía toda la ansiedad contenida que sentía, y la varita reaccionaba como diciendo "yo estoy aquí. Si tu estás lista, yo también". Era algo tan íntimo y personal que jamás se lo había comentado a nadie, ni siquiera a Alberto. Cecilia se sintió reconfortada y ni siquiera recordó que, de sus dos varitas en constante uso, era aquella con la que menos sincronizada y sintonizada se sentía.

Intentó desterrar el pánico de su mente. Si algo le ocurría... No, aquel pensamiento no tenía cabida en esos momentos. No podía permitirse dejar crecer el miedo que le producía la sola idea de dejar a Alberto solo con la crianza de cuatro críos, encima todos mágicos, y embotar sus sentidos. No, eso no era una opción. Tenía que estar al ciento uno por ciento para afrontar aquello.

Cecilia respiró hondo y procuró serenarse. Repasó mentalmente todas las instrucciones que le habían dado: ella estaría en el pequeño puesto de mando de los aurores, a salvo en principio de cualquier peligro; si las cosas se torcían, debía seguir puntualmente las instrucciones que le darían para ponerse a salvo inmediatamente, sin intervenir para nada en el enfrentamiento; cuando sacaran a la niña y se confirmara que el perímetro era seguro, saldría para lidiar con la prensa de la manera que le pareciera más adecuada, según la marcha de los acontecimientos; si aparecía algún funcionario chino, tendría que venderle la versión oficial de que se consideraba un delito cometido por una banda de criminales, sin implicarles ni relacionarlo en absoluto con la condición mágica de la niña, y de alguna manera dejar claro sin provocar un altercado diplomático que no la devolverían. En definitiva, un plan nada fácil y repleto de incógnitas que se irían definiendo sobre la marcha. Se sentía agotada y desbordada, y eso que todavía no había ocurrido nada.

Rocío debió percibir algo, porque la agarró del brazo con afecto antes de echar a andar hacia la zona habilitada para desaparecerse. Cecilia acompañó a los aurores hasta el lugar, un barrio periférico en el que no había estado nunca, con casas nuevas y un gran parque. Cecilia sentía el sabor dulce de la adrenalina en la boca y el corazón acelerado. Se le vino a la cabeza entonces el recuerdo de las sensaciones que describía su primo Fer cuando en el mes de Julio se plantaba en Pamplona para correr delante de los toros, y concluyó que debía estar volviéndose majara. Decidió entonces fijarse en cómo habían preparado la zona y algo de calma volvió a su ser.

La policía muggle había hecho un trabajo impecable. La zona estaba discretamente acordonada, de manera que ni había un solo ciudadano despistado por los alrededores ni nada que llamara la atención escandalosamente. Miró el reloj. Eran las tres y media de la tarde y el plan estaba previsto para las cuatro, antes de que los niños salieran de las escuelas. El tiempo corría lenta pero inexorablemente.

A menuco me ocurre que cuando tengo previsto un ritmo para una historia y éste por alguna razón se tuerce, retomarla se me hace cada día más cuesta arriba, aunque sepa lo que va a pasar y por tanto no padezca de crisis de inspiración. El resultado suele ser que cuando por fin me pongo a ello con el firme propósito de devolverla a su ritmo anterior y concluirla el primer capítulo me cuesta y encima me sale corto. Y es lo que le ha ocurrido a esta historia. Además, tengo un sueño tremendo... cualquiera que me "conozca" un poco sabrá por qué... ;)

¡VIVA SAN FERMÍN!

(Y de aquí a la gloria, chicos de la Roja)