Capítulo 11: Una duda que casi le mata

Con el cuerpo de Yao sobre la mesa y el pergamino temblando en sus dedos, se preguntó si había sido prudente el traer semejante monstruo tan cerca suyo. Está bien, no es como si fuera a encontrar un Jiang Shi que valiera la pena ayudar de buenas a primeras, pero un asesino…

Se abofeteó mentalmente. No podía arrepentirse a estas alturas. Había viajado kilómetros para encontrarlo, le había seguido el rastro por días y noches enteros; le había encontrado dormido una madrugada adentro de una fosa común y se lo había traído consigo… Y ahora lo tenía enfrente de sí, descansando su última comida. Si no hacía algo, era hombre muerto. "Vamos, Kiku. En caso que todo falle, siempre puedes exterminarlo…" Sus dedos tocaron la katana ceñida a su cinto. Inhaló profundo una vez. Dos veces. Extrajo de su bolsillo el pergamino…

Y Yao saltó encima suyo, hundiéndole los colmillos en el cuello. Kiku maldijo entre dientes al sentir las uñas del Jiang Shi incrustándose en sus brazos, y rebuscó en sus bolsillos un pergamino diferente. Cuando lo activó, una fuerte ventisca arrojó a Yao contra la pared opuesta, dejándolo inconsciente. Kiku se levantó con las piernas temblorosas. Ese error podría haberle costado caro, pensó, acercándose al cuerpo tendido en el suelo y levantándolo para llevarlo de vuelta al mesón. Luego, el pergamino que deseaba usar en un principio. Susurró el mantra atropelladamente, y presionó el pergamino contra la frente del Jiang Shi con los ojos apretados. Los hanzi se iluminaron por un instante breve antes de regresar a la normalidad. Kiku entreabrió los ojos. Todo parecía normal ahí. Tomó temeroso el brazo de Yao, moviéndolo con cuidado. Los músculos habían perdido la rigidez cadavérica, y un espasmo sacudió los dedos del monstruo cuando Kiku flexionó su muñeca. Le levantó los párpados, y encontró unos ojos nublados por las cataratas. Uh.

—Parece que el pergamino no resuelve los problemas de vista —murmuró para sí.

Era frustrante, pero no era tan necesario como para obligarle a rehacer los hanzi. Mientras el resto funcionara… Tragó saliva y levantó un poco la voz.

—¿Puede oírme ahora?

—Siempre… Siempre he podido oírte —respondió Yao, asustándolo con su voz gastada, casi como el chirriar de una puerta. Una sonrisa cruel se dibujó en los labios de la bestia.


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Está... ¡vivooooo!
Lamentablemente ese es el inicio de los problemas para Kiku. Oh, ¿cómo vas a librarte de esta?

El próximo capi va a ser algo más largo de lo usual por aquí. Capítulo 12: Una Rebelión de Uno Solo. ¡Nos leemos el próximo domingo!